Desde que empuñara la Kurikara, Akame no tuvo ningún problema para repeler los ataques del demonio, y en cuanto se alejó lo suficiente de Rin hacia el interior del bosque pasó de la defensiva al ataque.
Era hábil con la espada, y, aunque el bicho no dejaba de saltar muy alto con sus fuertes patas, de vez en cuando paraba para atacar con la boca, y Akame aprovechaba estos momentos para atacarle. Sin embargo, el ritmo frenético del Dunkler Körper hacía a la pelirroja no parar de moverse para evitar sus embestidas, y aunque tenía un arañazo un tanto profundo en la pierna izquierda, por suerte contaba con la fuerza y la poderosa visión del demonio de su interior, que le ayudaban a esquivarlos fácilmente. Y contaba con la poderosa espada demoníaca con las llamas del rey de los demonios. En esas circunstancias, ¿qué podía salir mal?
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Le frustraba sobremanera. No podía ver un palmo más allá de sus narices, y mientras tanto se imaginaba que Akame estaría luchando contra aquel bicho, y él sólo podía esperar en el suelo con el corazón en un puño sin más referencia que unos fuertes rugidos y unos jadeos entrecortados además de sonidos de ramas rotas de vez en cuando.
Golpeó el suelo con los puños, impotente. Estaba con el alma en vilo, esperando rodeado por las azules llamas de Satán, cuando un rugido mucho más estruendoso que los anteriores acompañado de un grito de su compañera le sobresaltó.
Pocos segundos más tarde la oscuridad se disipó de golpe y la repentina aparición de la luz le cegó. Unos momentos después abrió lentamente los ojos y vio unos metros más allá a Akame tirada en el suelo con la espada en llamas aún en la mano.
—¡Akame!—gritó y salió corriendo en su dirección, preocupado. Cuando llegó junto a ella se arrodilló a su lado, poniendo las manos sobre sus hombros y zarandeándola suavemente.
La pelirroja levantó la cabeza con cara de cansancio pero con mala leche.
—¿Qué demonios se supone que estás haciendo? ¡Suéltame!—le espetó incorporándose. El vástago de Satán se quedó mirándola sin palabras.
—P-pero tú… —balbuceó sin saber por dónde empezar. Tenía muchas preguntas que hacerle— ¿Te… te encuentras bien?
—¡Claro que sí!—dijo terminando de levantarse.
—¿Entonces por qué estabas tirada en el suelo?—inquirió. Akame se sonrojó.
—Me tropecé con una piedra cuando volvió la luz—murmuró con la boca pequeña.
—¿Cómo dices?
—¡Que me he tropezado con una piedra!—le espetó, molesta.
—Oh—comprendió el medio-demonio— Bueno, ¿me devuelves mi katana?—preguntó cambiando de tema, pero con la suficiente sequedad como para que ella no mencionara el tema de las llamas azules. Ya hablarían de ello más tarde. Akame le tendió la katana silenciosamente, con el semblante serio de nuevo.
Rin enfundó la espada demoníaca haciendo que las llamas azules desaparecieran en su interior, y un momento después seis personas llegaron corriendo hasta ellos.
—¿Estáis bien?—preguntó Yukio casi sin aliento, mirando un tanto preocupado a su hermano ya que momentos antes aún estaba envuelto por las llamas de Satán. Los aludidos asintieron con la cabeza— ¿Qué… qué ha pasado con el demonio?
—Yo le he derrotado—intervino Akame seriamente dando un paso hacia delante. Los demás abrieron mucho los ojos, atónitos.
—Pero, ¿cómo?
—Le cogí la katana prestada a Rin—dijo e hizo un gesto con la cabeza hacia éste. Los ojos de los otros seis se clavaron inmediatamente en él, y empezaron a hacer sus conjeturas.
Akame era ciega, pero no lo parecía. Se comportaba y se movía con toda normalidad… pero ciertamente, no podía ver, luego era imposible que hubiera visto las llamas de Rin… Por otro lado, según habían oído a hurtadillas, sí que podía ver en la oscuridad. Eso significaba que entonces sí que las había visto… pero estaba tan tranquila… No todo el mundo que ve las llamas azules de Satán puede actuar tan tranquilamente como lo estaba haciendo ella.
—¡Ah!—exclamó de repente Shiemi— ¡Estás herida!
La pelirroja se giró ocultando la pierna magullada, a la defensiva.
—No es nada.
—¡Que sí!—insistió la rubia, sacando un papel— ¡Nii!—invocó. Y de la nada apareció un pequeño hombrecito de musgo con una hoja como sombrero— Vamos a curarla, Nii. Akame, por favor, siéntate.
—No necesito tu ayuda—contestó ésta secamente.
—¡Que te sientes, he dicho!—ordenó Shiemi autoritariamente, cosa poco usual en ella, con lo que todos se quedaron boquiabiertos. Incluso Akame, que se sentó en el suelo dócilmente, extendiendo la pierna herida.
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Le molestaba el vaivén. No estaba cómoda. Odiaba estar tan cerca de alguien, y más todavía si se trataba de Rin; y le incomodaba profundamente esa invasión de su espacio personal.
—De… de verdad, que no necesito esto… bájame, por favor—murmuró abochornada.
—¡De eso nada!—dijo Shiemi— Para curarte del todo tienes que reposar.
Akame refunfuñó algo por lo bajo, mientras se revolvía un poco y cruzaba los brazos. Rin chasqueó la lengua, molesto.
—¡Podrías parar de moverte un poco! ¡Encima de que te llevo…!—Akame se cruzó de brazos y le sacó la lengua—¿Ah, sí? ¡A ver si ahora te voy a tirar al suelo!—le espetó, y moviendo un poco los brazos la dejó colgada de la pierna sana, boca abajo. Pretendía picarla y asustarla un poco, pero ella siguió tranquila ante la maniobra del medio-demonio. Éste se cabreó y estuvo a punto de soltarla, pero vio la severa mirada de Shiemi y con un gruñido la levantó de nuevo, matándola con la mirada, aunque ella no podía verle.
Así siguieron un rato caminando hacia la residencia de estudiantes, en silencio, cada uno enfrascado en sus propios pensamientos. En cierto momento, Akame, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad se giró un poco en los brazos de Rin y se agarró a su cuello, para acercar la cara a su oído. Éste se sonrojó, confundido.
— ¿Q… qué estás haciendo?—preguntó suavemente, abochornado por la cercanía del rostro de la invidente.
—No quiero parecer… cotilla pero… —susurró al oído de Rin acentuando esa palabra—tenemos que hablar sobre lo que ha sucedido antes en el bosque.
Rin miró hacia otro lado, incómodo.
—Mira…—empezó— no creo que sea buena idea hablarlo aquí y ahora…
—Bobadas. Ni que los otros no supieran ya lo que te pasa. No soy idiota, lo he notado. Y agradece que tenga la entereza de estar aquí en tus brazos hablando contigo tranquilamente después de haberte visto arder entre las llamas de Satán hace un rato. —dijo irónicamente. Rin puso cara de obstinación, pero no tuvo más remedio que conceder que Akame tenía razón— Además… si quieres confesarme algo que no quieres que los demás oigan, no te preocupes—dijo melosamente con un ligero toque de burla— porque aunque susurres lo más bajo que puedas te oiré —finalizó con una sonrisa levemente maliciosa.
Rin frunció el ceño. Había visto las llamas de Satán, no había más. Le debía una explicación.
—Bueno… pues resulta que soy el hijo de Satán.
*dummy* Bien por María, que tras semanas (¿han sido semanas?) sin publicar, ha vuelto a las andadaaaas! xD
Qué queréis que os diga, en clase se escribe muy requetebién. En las vacaciones no se aprovecha nada, qué le vamos a hacer.
¡Bien! Pues aquí dejo el capítulo 4, ya. Vaaaya. No pensé que fuera a seguir tanto (?) Bueno, en realidad no pensé que realmente me gustara lo que iba escribiendo, y como me está gustando, pues pienso seguir... indefinidamente (?) Que esto no quiere decir que nunca acabará, sino que no se sabe hasta cuando xD *feel-like-la-dummie-que-soy*
Esperemos que la señorita inspiración me visite tan a menudo como estos días, y que no me peten a exámenes (cosa que parece que van a hacer) y publicaré el capi 5 en cosa así como semana o semana y media. No se sabe. Eso es lo que espero, pero ya veremos xD
Bueno, pues espero que os esté gustando ^^ Y que no me matéis por hacer RinxOC, no sé si se nota (?) que está yendo la cosa ligeramente (?) por ahí xD Leñe, y si no os gusta no lo leáis (?) (Noo por favor, seguid leyendooo (?))
Bah, olvidad mis desvaríos xD En resumen, que espero que os esté gustando, espero publicar más pronto ^^ Y se agradecen muchísimo las reviews, no os cortéis ^^
Un beso para todos~~
Universo AnE (c) Kazue Kato
Akame Hokori y trama de AmnS (c) Yo, marii-vamp
