Lamento mucho la demora..! Pero la universidad estas semanas se le dio por estar mas pesada de lo normal y el único dá que parece ser que tengo un horario medianamente decente y libro, es los miércoles UU
Lean y comenten. Mircea las quiere ¡NO OLVIDEN QUE LAS AMO!
Capítulo 4: Eso que ellos sabían
En un principio, algo dentro suyo, en su cabeza, se había desfragmentado con violencia. Era un niño, no había interactuado con personas que no perteneciesen a la organización y ellos, los monjes que cubrían sus rostros y cuerpos de túnicas que les llegaban hasta los pies, le decían lo que estaba correcto y eso que no debía de hacerse. Le explicaban, según ellos, lo que era justo y necesario. No necesitaba aprender ninguna otra cosa que no fuese lo que esas personas de ruck oscuro le decían. Todo se limitaba a él y su deber.
Quizás ese descuido por parte de ellos –porque tiempo después ellos habían admitido su falta de responsabilidad – le había costado el mayor error de su vida y el peor de los castigos que se hubiese imaginado.
Recordaba la noche en Sindria y el calor que recorría su cuerpo gracias a la gran cantidad de vino de la misma forma en que recordaba la expresión preocupada de Markio al día siguiente. Fue una vez, una noche, y Judar nunca se había sentido así ni se había imaginado que el enemigo jurado de la organización podía hacerle disfrutar de algo que en realidad prácticamente desconocía. El acontecimiento habría pasado al olvido de no ser porque semanas después al estar caminando en uno de los pasillos del palacio en Kou, rodeado de un grupo de siete sacerdotes, el magi se había mareado, terminando desvanecido en el suelo.
Fue un desastre.
Markio estaba parado a un lado de su cama, discutiendo con un Ithnan que no tenía la máscara que cubría parte de su rostro. Ambos lucían preocupados, casi al borde de una desesperación incontrolable que los superaba a los dos y que transmitía en Judar un grado de preocupación y confusión difícil de asimilar. En ese suceso, le faltaba un mes para cumplir los quince años y uno de los sacerdotes, uno de tantos que jamás se hubo molestado en recordar el nombre, aparecía en la puerta de entrada de su aposento con un pergamino en mano.
Markio se crispó, alterado. Ithnan fue el único en notar que acababa de despertar y el magi jadeó cuando él se le acercó para colocar con delicadeza la mano sobre su abdomen.
Los días posteriores a la pesadilla Kougyoku se quedaba hasta el amanecer y en ocasiones dormía a su lado. Despeinaba sus cabellos, lo despertaba cuando veía que los sueños eran demasiados tortuosos y Judar se aferraba a las vestiduras del príncipe al igual que la primera noche.
Kougyoku acudió esa primera noche al oírle gritar. Judar se le había aferrado, abrazándole con fuerza, repitiéndole una y otra vez hasta el cansancio que nunca le abandonase. Tan bochornoso y ridículo, se había reducido a eso luego de que aquello que se supone debía seguir dentro suyo, se le fuese arrebatado.
El recuerdo permaneció oculto, casi inexistente en su memoria hasta que el enano, Aladdin, con una jugada sucia, se atreviese a mostrarle el único recuerdo que su joven memoria tuviese de sus difuntos padres.
— ¡Judar!
La voz de Hakuryū lo despertó de un sobresalto y como el resto de los días anteriores de la semana, el magi se le abalanzó, quedando con las manos a escasos centímetros del cuello marcado por la cicatriz.
Los ocelos azules del cuarto príncipe se le quedaron mirando con tristeza y preocupación. No era Gyokuen, ella no estaba a su lado. Era Hakuryū quien actualmente cuidaba sus noches luego de que las pesadillas que se supone estaban olvidadas surgiesen después de que Aladdin usase la sabiduría de Solomon en su contra durante la batalla en Balbaad.
— Judar ¿Otra vez..?
— No lo digas
— Esto no puede continuar así por mucho tiempo —Mierda, las malditas pesadillas...
El magi quería protestar. Se mordió el labio, frustrado. Maldijo mil veces. Hakuryū acarició los cabellos oscuros del oráculo y le besó la frente con todo el cariño que era capaz de mostrarle actualmente. No le amaba, pero si le tenía un aprecio que había nacido luego de un pleito sin sentido que habían tenido en los jardines de palacio y que había aumentado por las noches que compartieron la misma cama.
La actual emperatriz, Ren Gyokuen, les había quitado a ambos parte importante de la familia que uno había amado y que el otro había anhelado tanto tener.
Detrás de la puerta de la alcoba de Judar, Kougyoku se quedó con el puño a un centímetro de la puerta, deseando egoistamente retroceder el tiempo para ser él quien estuviese velando del sueño de Judar durante las noches.
Kougyoku sabía, le había escuchado murmurar en las noches, en medio de esos sueños que lo atormentaban. Habian dañado a Judar y eso era suficiente para que le guardase rencor a la segunda esposa de su padre.
Reprimió su sollozo, su incapacidad por no poder hacer algo por el que era su valioso amigo. Deseaba llorar como un desdichado al saber que Judar tenía el consuelo que ya no podía darle en los brazos de una persona que al igual que al magi, también quería.
¿Desde cuando había comenzado a sentirse de esta forma..?
