Se me olvidó por completo pasar en limpio este capítulo, pero ahora lo hago, después de este van quedando seis, en fin, espero les guste porque las aventuras y días de este ahijado lindo y cejón junto con este acosador padrino siguen :3!

La caza-padrinos, Natalia.

Vivir con un hado pervertido realmente no era sencillo, para nada, los caprichos de éste tampoco, ni siquiera su rareza en gustos, el tener que mirar hasta dentro de tus zapatos para ver si no se convirtió en una hormiga para "inspeccionarte", mirar con sigilo el baño, no puedes respirar tranquilo sabiendo que alguien quería acabar con tu virginidad a toda costa, aunque tú fueras el que pedía deseos…

Es el padrino el que realmente te desea.

Pero justamente eso hace al estadounidense muy torpe, es hábil e ingenioso cuando de acosar al pequeño se trataba o ocupar elementos suasorios para que dictara algún deseo que luego podría jugarle en contra para que Jones se pudiera aprovechar de él, pero sólo era amor, acosador, pedófilo y niñofilico amor, pero lo era.

–Porque te amo…–susurró el hado suavemente, metido en el baño del colegio del menor, sí, discutían en el baño.

–¡No, no me amas, sólo me tienes ganas! ¡ganas de comerme, ganas de violarme! –

–¿No has pensado que sólo tengo ganas de amarte? –preguntó pequeñito el hado. –Además, nunca te habías enfadado tanto… Artie…–decía con un leve puchero el mayor, flotando despreocupadamente.

–¡Casi matas a mi profesora, casi la matas! –le asaltó el dramatismo al pequeño, Jones había hecho que la profesora accidentalmente mezclara otro ingrediente y que la sala explotara.

Según él, el hado pedófilo claro, la profesora -inocente en su pobre desgracia- le decía a Kirkland muchas veces "eres un niño tan bueno y aplicado, te daré un premio después de clases", y Jones se quiso morir, se imaginó lo peor y se tiró dramáticamente al piso mientras era un lápiz mágico, se imaginó a una profesora enferma y desquiciada viola niños, acosando a su Arthur.

SUYO.

Que fuera a manosear a su hermana, a su prima, a una guagua, él era el único asalta cunas inglesas aquí.

–¡Te quería violar Arthur, te salve! –

–¿Violar? ¿que me quiere violar? ¿quién eres tú para decirme eso? ¿un santo? ella al menos no se convierte en una bufanda, en un bóxer, en un perrito, en mi jabón y demás…–

–P-Pero A-Arthur yo…–

–¡Deseo que no puedas usar tu magia contra los demás! –el pequeño estaba colérico, sí, ya eran cinco meses los que llevaba con el americano, cinco meses… quizás, sí, se dejara besar de vez en cuando, mientras no se propasara demasiado, a veces Jones se calentaba con demasiada facilidad y trataba de correrle mano debajo de la polera.

De acariciarle sus pezones, de morderle fuertemente el cuello, el menor sólo oculta sus gemidos en sus manos, si Scott lo escuchara haciendo esos ruiditos tan eróticos quien sabe qué pensaría de él, hasta se acostumbraba, se sentía placentero, pero cuando el mayor quería meterle mano en su "cosita", en su trasero o tocarle sus rosados botones el menor lo detenía.

Podía permitir algunas cositas, sí, pero los celos de Alfred eran irracionales, poco menos ataca en forma "de perrito" al pobre panadero, al cartero, a quien ose mirarlo con una sonrisa. Por eso, la magia de Alfred no debía afectar a los demás, ya no más, pero no sabía que una risa diabólica estaba escuchando su "imaginaria y demente" casi para todos los alumnos, conversación que tenía con el aire, Alfred puso carita apenada y se convirtió nuevamente en una extravagante bufanda con diseño americano, refunfuñando para volver a clases.

Y allí estaba, Natalia, sólo de pronunciar su nombre las ampolletas se trizaban dramáticamente, salían truenos místicos de quién sabe donde -quizás Thor peleando con Loki- y los alumnos huían despavoridos, porque era tranquila cuando quería y sumamente rarita y demente cuando no. La profesora de física, una solterona mujer de veintitrés años.

Que ponía notas rojas hasta por respirar mal en su clase, pero claro, Arthur parecía una planta en clases, no hacía nada, casi ni respiraba, tal y como le gustaba a la profesora, pero hace un tiempo estaba extraño, tenía más alegria, y el sexy, delicioso y lindo bravucón que antes tenía no lo molestaba, algo pasaba.

Debía ser obra… obra…

¡DE LOS PADRINOS MÁGICOS PEDÓFILOS!

Sí, había reunido pruebas, no de que eran pedófilos, pero sí que existían seres alados con habilidades únicas, coronillas y magia, y que gustaban de cumplirle deseos a los niños, he allí su intuición de que sean pedófilos, miró suavemente a la clase, y a Kirkland, sentado algo molesto en el primer banco de la sala.

–¿Están comprendiendo la materia, mis queridos alumnos? –

Los niños le hubieran respondido "sinceramente ni una mierda estimada señorita", pero todos estaban muy afectados mentalmente, la profesora les había dicho… les había dicho… "queridos alumnos", al único que le dice así es a Iván, el matón de dieciséis años de los cursos avanzados, de otra manera, es un ser diabólico, todo el mundo sabe que le tiene ganas a su hermano.

–¿Dudas?–

Otra vez los alumnos hubieran respondido algo como "¿por qué no se mata?" pero hacen eso y otros hubieran sido los muertos, la profesora parecía estar de muy buen humor, quizás le había "tocado" -tocado sexo, claro- no había otra razón para que una chica como ella estuviera feliz, ciertamente era tranquila y serena hace unos cuantos años, pero todo se vio afectado con la llegada de cierto ruso al colegio.

La clase circuló y se llevó acabo de una manera normal, Alfred estaba triste, ya no podía atentar contra la vida de los demás, y creía que no sería buen momento para acosar al pequeño, pero lo que no sabía era que Kirkland también estaba pensando porque no le hablaba el estadounidense, quizás fuera algo vergonzoso de admitir, pero se sentía algo solo sin Alfred, un tanto... menos especial, un poco menos amado.

¡Dios, que cursilerías tan homosexuales estaba diciendo, se le estaba pegando lo Alfred! ¡fuera Alfredez -idiotez- fuera!

–Bien alumnos, la clase ha terminado...–susurró la profesora.

Todos arreglaron las cosas, hasta que la señorita toca el hombro de un pequeño, deteniéndolo, el menor alza los ojos, esos grandes y lindos ojos verdes.

–Kirkland...–

–Profesora...–respondió cortes.

–Tú te quedarás hoy un poco después de clases, tenemos que conversar...–la bufandita estadounidense miró con sospecha a la bielorrusa, algo le daba mala espina.

El niño asintió suavemente, mientras la profesora afirmaba que iba a buscar algo y volvía en unos diez minutos, que por mientras podía avanzar con la materia que se evaluaría la próxima clase.

Arthur se sentó, un poco confundido, y en eso, siente un poof, y ve a Alfred revoloteando arriba de él.

–¿Eres estúpido? ¿no sabes que alguien puede venir?– no es que estuviera preocupado por Jones, claro que no.

–Esa profesora quiere violarte, estoy seguro que fue por su sed Sado lleno de látigos, ropa sexy y sensual que se te vería muy bien a todo esto, apretada, ceñida a tu linda figurita y a tu piel lisa y linda, como la de una niña, para luego atar tus delgadas manos mientras tu carita se enrojece confundida... luego te bajara los pantalones y...–

–¿Podrías decir eso sin imaginártelo?–

–¿Cómo sabes que m-me lo imagino?–respondió nervioso el mayor.

–Estás teniendo una hemorragia nasal de polvo dorado y gay... ¿qué quieres que piense? ¿que fantaseas con Campanita?–respondió el menor cruzándose de brazos con una mirada reprochadora.

Sí, a Alfred no le daban hemorragias nasales con sangre, sino con mucho, mucho polvo de hadas.

–Lo mío con Campanita ya no existe, y nadie me puede decir lo contrario, además no era tan linda como tú...–

–¿En serio tuviste algo con Campanita?– susurró el pequeño inglés con un tic en el ojo, Alfred le estaba cagando literalmente la infancia, la imagen era horrible. Pobre Campanita ¿cómo se fijó en Jones?

–Hace mucho, unos cien años... larga historia, terminamos porque yo era gay...–suspiró suavemente.

Arthur quería ponerse en posición fetal y llorar, su infancia estaba destruida con lo que había dicho ese hado.

Y siente un ruido, le hace señas a Alfred para que vuelva a ser la bufanda estadounidense, éste acepta entre leves murmullos para que el inglés tratara de sacarse el trauma de Alfred y Campanita como amantes.

–Y bien... ¿estudió?–preguntó la muchacha con una sonrisa.

Y de un momento a otra la mujer cierra la puerta, tirándose contra el niño quien trata de resistirse, pero la acción era muy apresurada y no le dio tiempo para reaccionar. Está amarrado, la muchacha le explica que no tiene caso gritar, no lo escucharían.

–Tienes padrino mágico, lo sé... lo quiero...–susurró con una sonrisa extraña la muchacha.

Arthur abrió los ojos sorprendido por el tema, haciéndose el tonto.

–Un... ¿un padrino qué? ¿para que quiere algo así?–rió suavemente, tratando de aparentar de que no sabía de que hablaba la profesora, como si estuviera loca.

–¿Para qué quiero un padrino mágico?–preguntó la muchacha algo triste. –Quizás para lo mismo que tú pequeño, para ser feliz, mis padres odian a mi hermano, Iván, por eso él es como es, pero yo lo amo... lo amo demasiado, lo sé, algún día me amará ¡lo hará!–

–Realmente le afecta mucho la soltería señorita...–susurró Kirkland sarcásticamente aunque estuviera amarrado.

–Cuando tenga a tu padrino mágico haré que Iván me ame, haré que todo cambie...–

–Está demente, necesita ayuda...–

–¿Es la bufanda verdad?–la muchacha delineó con sus manos la bufanda.

El chico se puso un poco nervioso ¿porque Jones no le jugaba una broma a esa safada y loca profesora y escapa? ¿acaso quería que esa mujer se lo llevara? ¡era un tonto, un verdadero tonto, no podía irse, no así, aún tenía mucho que decirle, mucho de lo que discutir! porque muy en el fondo Arthur Kirkland... no lo quería dejar ir, no quería que Alfred se fuera.

Y recordó su deseo.

"Deseo que no puedas usar tu magia contra los demás"

El rostro le palideció del susto y forcejeó contra las marras en sus muñecas, pero era inútil, le quitarían a Alfred, y todo sería culpa de él, y si no mal recuerda las reglas dicen...que si llegan a descubrir a Alfred... él olvidará para siempre que una vez tuvo un padrino.

La garganta empezaba a dolerle y sus pequeños ojos amenazaban con derramar saladas gotas, no quería que se fuera, justo en el momento en que sabe que lo va a perder es cuando más se da cuenta que le importa, cierra los ojos de impotencia sintiendo las uñas de la muchacha deslizando la bufanda, llevándosela para siempre.

–Ma-maldita sea Alfred, n-o puede acabar así, deseo...deseo que te quedes conmigo...–lloró un poco, mientras sentía una leve risita, la muchacha no lo oía, estaba muy centrada en que por fin su deseo con su hermano se cumpliría.

"Siempre lo estaré Arthur, hasta hacerte feliz" oyó suavemente.

Y sonó la alarma del colegio, pero era demasiado tarde, le habían quitado su prenda, el niño miró con terror la escena, realmente se lo estaban llevando...

O quizás no.

La prenda era de color neutro y apagado, ya no tenía diseño alguno.

Y otra persona entró a la sala, era un maestro... uno un tanto extraño, con ropa muy juvenil y espontánea, una blusa a cuadros, unos pantalones negros algo apretados y un delantal blanco arriba de todo, lentes sencillos, cabello rubio y ojos azules.

–Oh... profesora Natalia... ¿tener a un niño amarrado para enseñarle hoy en día es normal? –susurró con una sonrisa extravagante y algo muy celosa mirando directamente a la profesora.

–Tú... ¿quién eres?–miró impactada la mujer a ese sencillo y juvenil muchacho.

–Alfred F. Jones, maestro suplente de física...– sonrió. –Y tal como veo, permanente... –

Sujetó a la muchacha, llevándola hasta inspectoría, el pequeño ya desamarrado observaba con asombro el desplante que tenía Jones en el mundo humano, realmente parecía un profesor en párvulo común y corriente.

–Y señor Jones ¿podría llevarse al pequeño Kirkland mientras discutimos el tema de la profesora Natalia?–

–Sería un placer...–sonrió como un lobo hacia su presa al menor, quien se sonrojó suavemente ante la vista del americano.

No quería admitirlo, pero era de las primeras veces que lo veía con un traje diferente al habitual o al del lobo que se suele colocar, algo lo estremeció, se veía guapo, lo hacia temblar un poco la mirada que lo observaba con deseo.

Arthur no habló mucho, por eso Jones explicó. La regla sólo decía que no podía interferir con los demás, pero nunca se dijo que el pequeño se unía a ese saco, por lo tanto, al pedir el último deseo le dio la libertad para trasformarse sin ser visto en uno de los profesores. Para quedarse "al lado" del pequeño.

–Por eso, desde ahora seré tu profesor Artie...–

Arthur lo miró atormentado, ahora Jones lo acosaría en el colegio como un profesor, uno muy guapo y extraño, tembló un poco al sentir la mano grande entrelazarse con la suya.

–Aunque sinceramente pronto dejaré el empleo, la verdad, prefiero enseñarte personalmente biología en casa...–

–Eres un pervertido Alfred...–agachó la cabeza el pequeña frunciendo sus gruesas cejas comprendiendo la indirecta.

–Seré el pervertido...que nunca te dejará, que siempre estará contigo...–sonrió sutilmente.

El menor volvió a sonrojarse llegando a casa, recordando el estúpido y cursi deseo que le pidió a ese estúpido hado, nunca más diría algo así, jamás.

JAMÁS.

–Te odio Alfred, I hate you...–

–Yo también te amo mi pequeño cejón...–susurró el hado, ya ambos debajo de las sábanas, besando los labios de su dulce y violable cejón.

Éste para su sorpresa, no apartó los labios como siempre, sólo se quedó allí, sintiendo una tras otra... miles de jaladas en su corazón al profundizar el roce de labios, su corazón... el que poco a poco se ganaba ese estúpido hado. Sin detenerse, sin compasión.

Mágicamente... nacía la unión.

N.A: El siguiente capítulo es el último capi "feliz" que queda, ya se darán cuenta. En fin, espero que les gustara ;D

Próximo capítulo: Día de los enamorados y Francis, el cupido.

Porque a Arthur no le interesaba esa maldito día en lo más mínimo, pero a un estadounidense sí, que lo llena de regalos, le manda indirectas indecorosas, que Kirkland contrarresta con maestría, pero alguien lo ayudaría, un hado más pervertido que Jones, sí, ese francés, pero aparte de ayudarlo le provocaría muchos…MUCHOS celos, porque ese niño inglés es sólo suyo.