Candice...
Aloy contempló a la mujer rubia que se aproximaba desde la entrada lateral. En tiempos no muy lejanos, apenas el día anterior, le habría reñido por permitir que su elegante vestido quedara arruinado; pero hoy no. Sencillamente, en ese momento tan especialmente doloroso, no podía sino admirar el singular donaire con que la joven enfrentaba al mundo; un mundo que, de haber sido ella otra, le habría cobrado cara la factura por seguir al corazón.
Candice poseía una fuerza interior que la desconcertaba y, al mismo tiempo, había terminado por subyugarla. Pese a todo; pese a que, hasta ese día, había creído a pie juntillas que la intempestiva partida de William a Escocia era su responsabilidad; así como también la comprensible decisión del heredero de permanecer allá por tiempo indefinido, quizás para siempre, presa de una decepción difícil de sortear.
Aloy suspiro: estaba vieja para esas cosas; cansada de luchar contra el mundo y perder; de intentar frenar al destino y fracasar. Harta de comprobar que, en lo tocante a William, siempre terminaba por comprobar cuán perfectamente capacitado estaba él para tomar sus propias decisiones sin que ella interfiriera en absoluto. Tenía que reconocer que su sobrino era mucho mejor juez respecto a la naturaleza humana que ella, especialmente, debía admitir que, por sobre todo, William conocía a la perfección el alma de la mujer cuyo fino vestido exhibía las huellas de una mañana laborando en el jardín.
Aloy no podía evitar reconocer, en ese día tan especial, que la elección de William había sido la más acertada e indiscutiblemente adecuada: la mejor que pudo haber tomado, sin importar las circunstancias.
Mala suerte que no lo hubiera creído así hacía un par de años. Tal vez, si no se hubiera empeñado en recordar a William su posición, sus responsabilidades, aquella promesa, y, por sobre todo, si no se hubiera empeñado en sembrar la duda en el corazón del joven patriarca, las cosas serían distintas ahora... y ella no estaría sufriendo esa corrosiva culpa.
Sintió un familiar dolor en el pecho al reconocer que, entonces, como ahora, debería haber sabido que, tanto William como Candice, tenían perfectamente claro lo que deseaban y que ninguno de ellos se conformaría con nada, excepto aquéllo que habían elegido.
Entonces, como ahora, debería haber sido capaz de distinguir dos piezas de rompecabezas que encajan a la perfección.
─Thomas se encuentra con Dorothy ahora ─dijo, intentando ahuyentar los fantasmas que aparecían y desaparecían cuando tenía la ocasión de cruzarse con Candice.
Aunque la mansión era demasiado grande y ella se esforzaba por permanecer en sus habitaciones, decidida a no cometer de nuevo el error de intentar confinar a un espíritu libre como ciertamente lo era la joven protegida de William, Candice no le permitía aislarse tanto como quisiera y, desde la llegada de Thomas, le había permitido visitarlo en sus habitaciones cada día, procurando estar ausente cuando eso ocurriera. El hecho de que siempre se encontraran en ese sitio exacto de la mansión, demostraba a la perfección lo meticulosa que era la mujer rubia cronometrando el tiempo y cuanto empeño ponía en evitar incomodarla con su presencia.
Para sorpresa de la matriarca, Candice había demostrado desde que se convirtiera en residente permanente de la mansión, sus innatos dotes de anfitriona y también le había demostrado que podía ser tanto o más persistente que ella en lo tocante a cumplir objetivos y, ciertamente, la meta primordial de la hija adoptiva de William en aquellos días parecía ser el no privarla del derecho a convivir con Thomas.
Hija adoptiva. Algo se encogió en el alma de la matriarca al recordar que ese título ya no le venía bien a Candice, que quizás jamás había sido adecuado. Mala cosa el empeño en rechazar lo inevitable.
─¿Ya está despierto? ─inquirió Candice, en su habitual tono amable, aunque sin sonreír. Ella miró con detenimiento y pudo notar las huellas de lágrimas en el habitualmente sereno rostro de la joven; por primera vez, Aloy pudo darse cuenta de que Candice no era tan fuerte como aparentaba, y notó, no sin congoja, que, tal y como el mismo William, Candice estaba acostumbrada a rumiar su tristeza en soledad.
Candice, al igual que William, conocía el alto precio por mostrar siempre al mundo un rostro amable.
─Desde hace una hora ─respondió entonces a la pregunta formulada por la ex-enfermera, esforzándose, como siempre, porque su voz no delatara la ternura que le inspiraba Thomas, pese a desconocer, antes de ese día, la verdad. También se preguntó ¿De qué servía fingir? Muy posiblemente de nada; aunque debía reconocer que tampoco servía caminar por el mundo con la sinceridad inscrita en la frente.
Ciertamente a William no le había sido de utilidad, mucho menos a Candice.
─¡Uy! ─exclamó Candice al escucharla; luego, apresuró el paso, soltando por último comentario, antes de comenzar a subir las escaleras─: George ha llamado, dice que vendrá a cenar, parece que tiene algo importante que anunciarnos.
Aloy sintió como si una buena parte de la pesada loza que sentía oprimirla fuese instantáneamente removida, en el momento en que comprendió lo que el anuncio de Candice significaba: Johnson por fin había decidido actuar.
