Opción nº 20: Esa vez en la que Zeno enterró a su madre. (propuesto por mutemuia)
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Reto 4: Promesa egoísta.
Zeno se encontraba trabajando en el escritorio de su despacho en el castillo Hiryuu.
Ser líder de tribu era un trabajo mucho más engorroso de lo que podría haber llegado a imaginar, sobre todo con lo mucho que se estaba incrementando el territorio que estaba bajo su jurisdicción con las últimas alianzas. Por muchos asistentes que tuviera trabajando a su cargo al final su firma como líder de tribu siempre era requerida y tenía que revisar torres y torres de documentos que nunca parecían tener fin.
Cuando aceptó beber la sangre de Ouryuu para servir a Hiryuu no era precisamente un trabajo de oficina lo que se esperaba. Pero, por otro lado, qué más podía hacer si su poco llamativo poder de sanación no era útil en las batallas. No podía quejarse porque le terminaran enredando con el engorroso papeleo.
Se escuchó un leve toquecito en la puerta, ante el cual Zeno dio permiso para que entraran en un acto reflejo sin molestarse en levantar la vista del complicado documento que estaba revisando y no terminaba de entender.
Uno de sus asistentes entró y, tras un breve saludo y reverencia, le hizo entrega las misivas que habían traído los mensajeros dirigidas para él dejándolas en un rincón de su abarrotado escritorio, como era habitual cada día.
Zeno le agradeció y despidió con un leve asentimiento de cabeza, aún enfrascado en su lectura, y el discreto asistente se apresuró en salir para no perturbarle más.
El dragón amarillo ignoró su correspondencia durante unos minutos, hasta que concluyó la tarea que estaba realizando y firmó los correspondientes documentos, pero después agarró el pequeño montoncito de misivas.
Revisó las cartas de forma mecánica, pasando rápidamente de una a otra a la vez que las clasificaba separándolas en diferentes montones para facilitar su lectura de forma más concienzuda más tarde. Después de todo no había nada nuevo: facturas, reportes de sus subordinados, peticiones de algunos líderes de aldeas, invitaciones a distintos eventos…
Zeno se detuvo en seco cuando llegó a una misiva en particular, que resaltaba por su aspecto humilde en comparación con el aire ostentoso que tenían el resto de cartas en mayor o menor medida.
Volteó el sobre para leer el nombre de una aldea muy familiar, sin embargo el nombre del remitente era diferente al habitual.
Al instante se le heló la sangre en las venas. No podía ser…
Sin perder ni un instante más abrió la carta de forma precipitada y se apresuró en leer el mensaje que contenía, el cual era escueto pero terriblemente revelador, confirmando sus peores sospechas.
Zeno palideció y sus manos temblaron arrugando levemente el papel que sostenía.
Por fin había llegado el momento que tanto había temido.
El momento de cumplir su promesa.
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Guen, Abi y Shuten entraron en el amplio comedor del castillo Hiryuu mientras discutían acaloradamente entre ellos sobre los beneficios e inconvenientes que estaban provocando las nuevas leyes que recientemente habían instaurado en el reino como consecuencia del aumento del territorio.
Tan enfrascados estaban los tres en su "charla" que tardaron en percatarse de que Hiryuu, con un inusual porte serio y callado, había ordenado comenzar servir la comida cuando aún faltaba un comensal.
—Disculpe mi Rey, pero ¿no vamos a esperar a Ouryuu? —inquirió Guen, que como no podría ser de otra forma fue el primero en percatarse de la ausencia de su hermano menor, que de haber estado presente ya habría intervenido para tratar de detener la discusión y calmar los ánimos.
—Zeno no nos acompañará hoy —fue la escueta respuesta de Hiryuu, en un tono sombrío que además de poner en alerta a Guen también consiguió cortar en seco la discusión que aún habían estado manteniendo Abi y Shuten.
—¿Qué le ha pasado? ¿Está enfermo? —siguió preguntando Guen, porque no se le ocurría ningún otro motivo por el que podría ausentarse.
—No, no se trata de eso —se apresuró en negar su Rey—. Simplemente le ha surgido un compromiso imprevisto y ha tenido que salir de viaje por asuntos personales.
A las palabras de Hiryuu le siguió un silencio de los tres anonadados dragones, el cual no duró más de unos segundos antes de que los tres comenzaran a hablar al unísono:
—¿Cómo que asuntos personales?
—¿Qué puede haber ahora más importante que el reino?
—¿Cuánto tiempo va a durar el viaje de ese holgazán?
—¿Es consciente de que tenemos una reunión inaplazable dentro de dos días?
—Como general de tribu no puede ausentarse así de repente.
—Seguro que solo se ha asustado y ha huido con el rabo entre las piernas.
—¿Cómo habéis permitido algo así, alteza?
—Iré y arrastraré su perezoso culo de vuelta.
—Hay un límite en lo irresponsable que se puede ser.
—Le consiente demasía-
Hiryuu dio un golpe seco en la mesa que les calló al instante.
Los tres se arrepintieron de su anterior arrebato al recibir una inusual mirada reprobatoria de su Rey y se esforzaron en calmarse y recuperar la compostura.
—Discúlpenos, alteza. Nos hemos excedido —se disculpó Abi en nombre de los tres.
El Rey asintió, aceptando al instante sus disculpas para luego suspirar pesadamente.
—Entiendo vuestra sorpresa y preocupación —retomó la palabra Hiryuu, con tono solemne—. Sin embargo, después de que Zeno me explicara la situación, no he podido más que darle mi beneplácito y consentir su marcha. Él también lamentaba tener que irse de esta forma tan repentina, e insistió en que os pidiera disculpas por ello en su nombre.
Los guerreros dragones escucharon atentamente a su rey, esta vez sin osar decir ninguna palabra que le interrumpiera. Sin embargo, cuando este pareció dar por terminada la explicación sin resolver la mayor duda que tenían los tres, Guen se atrevió a preguntar:
—Mi Rey, ¿cuál es el motivo del viaje de Ouryuu?
—Debe cumplir una promesa.
A la escueta respuesta de Hiryuu le siguió otra pausa, que esta vez rompió Shuten:
—¿Esa promesa es más importante que la lealtad que os juró al tomar la sangre de dragón?
—Lo es.
Declaró el Rey sin dudarlo un instante, para desconcierto y contrariedad de sus guerreros dragones.
Ellos estaban a punto de expresar su indignación. Sin embargo Hiryuu no les dio oportunidad de hacerlo al retomar la palabra para finalmente revelarles de qué se trataba la promesa que había hecho Zeno y ahora debía cumplir. Ante eso las protestas de todos murieron en el acto.
El silencio se prolongó durante varios minutos, mientras asimilaban las palabras de su Rey, hasta que Guen volvió a hablar con tono serio:
—¿A dónde ha ido Zeno concretamente, mi Rey?
Hiryuu parpadeó sorprendido, al parecer no se había esperado esa pregunta. Luego pareció dudar, y Abi intervino:
—Por favor, alteza —le rogo con la misma seriedad y determinación que trasmitía ahora el dragón blanco.
—Solo escúpelo de una vez, rey idiota —se sumó Shuten a la petición a su peculiar manera, ganándose una leve mirara reprobatoria de los otros dos guerreros.
Hiryuu no pudo evitar sonreír y esta vez les respondió con gusto.
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Zeno tuvo que cabalgar durante todo el día, hasta que finalmente llegó a su destino cuando el sol ya se había ocultado.
Su aldea natal estaba tal y como la recordaba, no había cambiado. Casi parecía que no había pasado el tiempo.
Aunque en realidad habían pasado varios años, y Zeno sí que había cambiado mucho desde que abandonó estas tierras junto con su mentor para cumplir su vocación de sacerdote cuando apenas podía ser considerado todavía un adolescente, dejando todo lo que conocía atrás, dejándola a ella atrás…
Los aldeanos, algunos que recordaba y otros que no, se apresuraron en salir a su encuentro y presentarle sus respetos, siendo precedidos por el líder de la aldea que le había enviado la misiva para comunicarle la noticia.
La posible felicidad del reencuentro quedó opacada por el motivo que le había hecho regresar y que todos sabían.
Zeno respondió a sus saludos y palabras de aliento lo mejor que pudo, y cuando se percató de que varios se dirigían a él con excesivo respeto e incluso le llamaban Ouryuu les rogó que le apearan el tratamiento.
Ahora mismo era solo Zeno. Un humilde aldeano que regresaba a su casa después de mucho tiempo… Demasiado tiempo.
Permitió que los aldeanos le acompañaran hasta la cabaña en la que había pasado su infancia, que era aún más vieja de lo que recordaba, pero cuando llegaron a la puerta les rogó que le dejaran solo.
Ellos lo comprendieron y se apresuraron en marchar tras unas últimas y breves palabras de aliento.
Antes de que reuniera el coraje para entrar se sorprendió al ver salir de la cabaña a otras dos mujeres que le resultaban familiares, seguramente viejas amigas de su madre. Ninguna de ellas le dijeron nada, simplemente le dirigieron una sonrisa cordial y le dieron una leve palmadita en la espalda antes de irse también y concederle la intimidad que seguramente le habrían oído pedir desde dentro.
Zeno se dijo que tenía que recordar agradecerlas más tarde, por su consideración y también por acompañar a su madre en su ausencia, como estaba seguro de que habrían estado haciendo hasta ahora mismo. Sin embargo ahora tenía algo más importante que hacer.
Finalmente se armó de valor y dio los últimos pasos para entrar dentro de la cabaña. La imagen que quedó ante él hizo que se le encogiera el corazón y los ojos le picaran por las lágrimas que aún no se había permitido derramar.
Alumbrada por la leve y vacilante luz de un candil se podía ver a su madre recostada boca arrima en su lecho con las manos cruzadas sobre su pecho. Estaba vestida con su kimono más elegante, cuidadosamente peinada y maquillada. Su expresión era tan serena que podrías pensar que simplemente estaba durmiendo apaciblemente, pero no era así…
Zeno se acercó a ella para sentarse de rodillas a su lado.
Se limitó a mirarla silenciosamente durante unos minutos más, pero finalmente extendió su mano de forma vacilante para agarrar las de ella que tenía cruzadas sobre su pecho. Estaban tan frías…
—He vuelto a casa, madre —susurró Zeno, con voz temblorosa—. Tal y como prometí, te acompañaré en este último viaje — su voz se quebró con un irreprimible sollozo. Las lágrimas ya estaban inundando sus mejillas.
Después de esas últimas palabras ya no pudo contenerse más y simplemente se abandonó al llanto, liberando toda la tristeza y angustia que se había esforzado en mantener a raya mientras había hablado con Hiryuu, mientras había preparado apresuradamente su viaje, mientras cabalgaba a toda velocidad, mientras hablaba con los aldeanos… Hasta ahora… y ahora no quería pensar en nada más que en ella, no podía hacerlo en nada más.
Ella había sido la mejor madre que habría podido desear.
A pesar de que habían sido pobres siempre le había mantenido bien vestido y alimentado. Cuando comenzó a oír la voz de los dioses le había apoyado y ayudado a sobrellevar el don que le había sido concedido. Le había buscado un buen mentor, y le había permitido marchar para cumplir su sueño de ser sacerdote con una sonrisa, aunque eso significara que ella se fuera a quedar sola.
Ella le había dado tanto, ella le había amado tanto… Y él a ella también, con todo su corazón y su alma.
Cuando él la mandó una carta tras beber la sangre de dragón y comenzar a servir a Hiryuu, contándola el nuevo camino que le había marcado el destino, ella le había transmitido todo su orgullo y felicidad a través de las palabras que le escribió en respuesta.
Zeno la había pedido que se mudara al castillo Hiryuu con él, diciéndola que así podría vivir tranquila e incluso también trabajar si necesitaba sentirse útil. Sin embargo ella se había negado, diciéndole que prefería vivir en el campo y no quería perder sus amistades.
Más tarde Zeno se enteró de que ella se había negado a viajar porque estaba enferma, cuando su condición se agravó y ella ya no se atrevió a seguir ocultándoselo para no preocuparle.
En ese momento deseó ir a visitarla. Solo se refrenó por la expresa petición de su madre de que no descuidara sus responsabilidades por ella, además de que en ese entonces todavía tenía que acompañar a Hiryuu y sus hermanos al campo de batalla por las continuas escaramuzas y disturbios que surgían en el aún inestable y disgregado reino de Kouka.
De todos modos se encargó hacer que un buen médico la visitara y la compró todo tipo de medicinas. Aunque el doctor ya dio un diagnóstico contundente desde el primer momento: la enfermedad que ella tenía era mortal e incurable.
Ellos siguieron carteándose. Las responsabilidades siguieron impidiendo que Zeno la visitara como deseaba, tampoco quería molestar a Hiryuu con esos asuntos cuando tenían tantos problemas en el reino.
Hace apenas una semana había recibido la última carta de su madre, en ella le hacía una petición, una que ella misma había reconocido que era egoísta: que fuera el mismo Zeno el que oficiara la ceremonia en su entierro. Le había dicho que si sabía que sería su querido hijo bendecido por los dioses el que la llevara de la mano a los cielos podría dejar este mundo sin temerle a nada.
Zeno había llorado con esa emotiva misiva que tenía un regusto amargo de despedida, la cual había guardado como oro en paño, para luego apresurarse en responderla comprometiéndose a hacerlo. Prometiendo cumplir la petición egoísta de su amantísima madre, y diciéndola lo mucho que la quería.
Ahora ni si quiera sabía si ella podría haber llegado a leerla antes de…
Justo en ese preciso momento, al apretar el agarre de su mano, Zeno se percató de un tacto extraño.
Su madre tenía algo agarrado entre sus manos entrelazadas sobre su pecho.
Después de vacilar un momento, Zeno se atrevió a comprobar qué era sacándolo cuidadosamente de entre las frías manos de ella.
Se trataba de un trozo de papel cuidadosamente doblado, y cuando lo desplegó para leer su contenido tuvo que taparse la boca con la mano para ahogar un fuerte sollozo.
Se trataba de la última carta de Zeno, esa que le había enviado prometiéndola estar con ella en este preciso momento.
Una vez se tranquilizó se limpió las lágrimas con su ya empapada manga para aclarar su visión y volvió a doblar el papel para devolverlo a donde lo había encontrado, moviendo las manos de su madre con toda la delicadeza que pudo.
—Ya estoy aquí, así que no temas. Como prometí, abriré la puerta de los cielos para ti, madre —la aseguró, ya más sereno y esforzándose en dirigirla una sonrisa tranquilizadora, aunque sus ojos aún estuvieran cargados de angustia y lágrimas no derramadas.
Su madre siempre le había dicho que amaba su sonrisa, que se sentía como un cálido rayo de sol que a pesar de las adversidades se las arreglaba para abrirse paso entre las nubes y transmitirles calidez y luz a todos.
Así que Zeno, aunque tuviera el corazón partido en dos, ahora más que nunca sonreiría por ella. Se convertiría en la luz guía que ella necesitaba para marcarle el camino hacia los cielos, tal y como le había prometido.
Ahora más que nunca, aunque pudiera parecer demasiado tarde, deseaba devolverla parte del amor incondicional y felicidad que ella le había otorgado.
Fueron todos esos sentimientos los que llevaron a que Zeno se pusiera a hablar antes de darse cuenta, contándole todas las experiencias felices que había vivido alejado de ella que deseaba compartirle.
La habló sobre toda la gente y lugares que había conocido mientras viaja con su mentor cuando aún era un aprendiz de sacerdote, de la vez en la que conoció a Hiryuu y su primer encuentro con aquellos a los que ahora llamaba hermanos, de todo lo bueno que ahora podía hacer por la gente siendo líder de tribu, de los niños huérfanos a los que visitaba con frecuencia, de la sabiduría de Hiryuu, el complejo de hermano mayor de Guen, la astucia y amor por los animales de Abi y lo considerado que podía ser Shuten a veces a pesar de sus rudas palabras…
Zeno habló y hablo, señalando solo los buenos momentos y dejando de lado todo lo malo, porque lo que quería transmitirle a su madre era que él era dichoso en su nueva vida, que podía marchar tranquila porque él estaría bien.
Antes de que se diera cuenta los primeros rayos del sol comenzaron a despuntar en el horizonte y se filtraron por las ventanas, tiñendo de tonos anaranjados y rojizos la piel cada vez más pálida y quebradiza de su madre, cosa que agradeció inmensamente. No pudo evitar interpretarlo como que esa era la particular manera de los dioses de intentar suavizarle la amarga tarea que tenía por delante.
Tal y como esperaba, no tardaron en llamar a la puerta. Se trataba del líder de la aldea que junto con otros hombres más cargaban el humilde ataúd de madera que habían fabricado para su madre.
Zeno les dejó pasar y con el corazón en un puño permitió que las dos amigas de su madre le ayudaran a acomodarla dentro de la caja de madera de la mejor forma posible, todo en un respetuoso silencio.
Zeno estrechó una última vez las frías manos de su madre y la dio un cariñoso beso en la frente, esforzándose en grabar en su memoria su imagen bañada con los gentiles rayos del alba, antes de ser él mismo el que cerrara la tapa del ataúd.
El sonido del entrechocar de la madera reverberó de forma tétrica en la silenciosa habitación.
A pesar de que sabía que debía moverse, Zeno se sentía incapaz de hacerlo, permaneciendo arrodillado con las manos apoyadas en la dura madera durante largos minutos como si estuviera petrificado, esforzándose nuevamente por contener las lágrimas.
Estaba perdido en sus recuerdos, en la infancia feliz que había pasado junto a ella.
Quería volver a ver su sonrisa, oír su voz…
Esto era demasiado…
No quería despedirse, no estaba preparado…
El líder de la aldea le sacó bruscamente de su espiral de pensamientos dándole una palmadita en el hombro.
—Es la hora. Permítenos que la llevemos a su lugar de descanso para que hagas lo que debes hacer —le habló el líder con un tono de voz que pretendía ser reconfortante pero no dejaba de ser firme.
Los hombres que se habían encargado de transportar el ataúd hasta allí dieron un paso al frente, ofreciéndose silenciosamente a hacerlo nuevamente esta vez hacia el campo santo. Lo normal era que los familiares se encargaran de esa tarea, pero su madre no tenía más parientes conocidos que el mismo Zeno, que tenía el papel de oficiar la ceremonia y no podría hacerlo.
Zeno apretó sus manos temblorosas formando puños sobre el ataúd.
Una parte de él se sentía agradecido con estos hombres por ofrecerse a hacer esta desagradable tarea sin tener obligación; en cambio la otra parte, la más herida y oscura, no podía evitar sentirse reacio a dejar a su madre en sus manos.
Sabía que era una reacción estúpida, que estos hombres tenían las mejores intenciones y seguramente habrían apreciado a su madre y la habrían cuidado mientras vivía.
Era ridículo que actuara a la defensiva, sin embargo no podía evitarlo…
—Esa es una tarea que nos corresponde a nosotros —intervino una voz grave que sonó atronadora en el denso silencio.
Zeno se estremeció y abrió ampliamente los ojos por la sorpresa y la incredulidad al escuchar esa voz familiar, sin embargo comprobó que sus oídos no le engañaban cuando alzó la mirada y se encontró con la impotente figura de Guen que entraba en ese momento por el umbral de la puerta, seguido de cerca por Abi, Shuten y el mismísimo Rey Hiryuu.
Ante la seguridad y serenidad que mostraban los cuatro recién llegados, como si tuvieran todo el derecho de estar aquí, los aldeanos les abrieron paso en un acto reflejo a pesar de que ni siquiera se habían dignado a presentarse, aunque por sus caras de pasmo se podía adivinar que por lo menos sospechaban quiénes eran.
Zeno por su parte no salía de su asombro, limitándose a observarles con los ojos muy abiertos sin acertar a decir nada o moverse, porque no tenía sentido que ellos estuvieran aquí…
Guen se arrodillo a su lado, tomando el lugar que antes había ocupado el líder de la aldea que también se había apartado apresuradamente. Esta vez fue su escamosa garra de dragón la que se apoyó sobre su hombro, y si bien era mucho más áspera y ligeramente dolorosa sin duda fue mucho más reconfortante.
—Permite que nos ocupemos de esto, hermano —le pidió de forma humilde y solemne el dragón blanco. Las miradas serias y decididas de los otros dos guerreros dragones e Hiryuu secundaban su petición.
En ese momento la mente de Zeno era un hervidero de caóticas preguntas por el inesperado desarrollo de los acontecimientos, sin embargo no pudo más que asentir y permitir que los fuertes brazos de Guen le ayudaran a ponerse de pie sobre sus inestables piernas.
Sin decir ninguna palabra más los cuatro recién llegados se movieron, Guen después de haberle dado un leve apretón en los hombros que le animaba a tener coraje, y se colocaron cada uno en una esquina del ataúd para levantarlo cuidadosamente y salir con él por la puerta a paso lento.
Zeno les siguió de cerca, sin sentir sus propias piernas mientras caminaba y la mente en blanco como si se encontrara en una especie de trance.
A pesar de lo desconcertado que estaba por la situación, ahora se sentía extrañamente calmado y sereno. Las presencias de sus hermanos dragones le estaban rodeando en el plano mental, las sentía más claramente que nunca aún sin necesidad de cerrar los ojos. Era como si le estuvieran prestando su fuerza, permitiéndole mantenerse entero y no desmoronarse.
Zeno no pudo más que aceptar la ayuda que le brindaban agradecidamente. Después de todo confiaba en ellos ciegamente. No podría dejar a su madre en mejores manos, las mismas que le habían salvado la vida también a él en numerosas ocasiones.
Cuando llegaron al pequeño cementerio de la aldea, seguidos por cada vez más aldeanos curiosos, la comitiva se detuvo frente al hoyo que había sido cavado recientemente en el suelo para la ocasión.
Zeno no se detuvo, pasando con paso firme al lado de sus compañeros dragones y su rey que aún sostenían firmemente su preciada carga, y adelantándose para ponerse al frente de todos.
El dragón amarillo respiró hondo un par de veces reuniendo fuerzas, antes de cuadrar su postura y girarse hacia su audiencia con el porte solemne que merecía la situación. Las miradas de ánimo que le dirigieron todos le ayudaron a entrar en el papel.
Ahora mismo no era más que un sacerdote, un sacerdote que iba a abrirle el camino a los cielos a un alma buena y pura.
Comenzó la ceremonia.
Zeno recito las palabras en lengua antigua de forma serena, rezándole a los dioses para que acogieran en su seno al alma que se disponía a abandonar el mundo terrenal y ascender a los cielos.
Mientras él oraba el resto de guerreros dragones y el rey procedieron a meter el ataúd en su lugar de reposo valiéndose de gruesas cuerdas para seguidamente tapar el hoyo con la tierra que había acumulada a un costado, colaborando en un respetuoso silencio.
El resto de aldeanos unieron sus manos en posición de rezo uniéndose a las plegarias, lamentándose por la pérdida de un ser muy querido.
Las lágrimas volvieron a picar en los ojos de Zeno. Sin embargo no se permitió llorar, apoyándose en la fuerza que aún le transmitían sus hermanos en el plano mental, y siguió con la ceremonia hasta el final.
Cuando concluyó y el joven rubio vio concluida su tarea, dejó de ser un sacerdote para ser de nuevo solamente Zeno, un hijo cuyas lágrimas se volvieron a desbordar por la pérdida de su madre.
Los guerreros dragones e Hiryuu, que también habían concluido su tarea, se apresuraron en ir a su lado para transmitirle su apoyo. Esta vez fue el Rey el que se colocó a su espalda para agarrarle reconfortantemente de los hombros, transmitiéndole su calidez.
Los aldeanos se fueron acercando uno por uno, dejando una flor blanca en la tumba y seguidamente reiterar sus condolencias frente a Zeno.
El joven rubio les dirigió un asentimiento de agradecimiento a cada uno de ellos, aunque apenas se sintió capaz de prestarles atención, y cuando quiso darse cuenta todos ya se habían marchado, quedando solo él junto a sus hermanos dragones y su Rey.
Abi le extendió a Zeno una hermosa flor blanca, que seguramente habría obtenido de los aldeanos, y él la tomó con manos temblorosas. Luego se acercó más a la tumba, seguido de cerca por los demás, y después de darle un suave beso a los delicados pétalos de la flor la dejó caer sobre el resto que ya estaban ahí amontonadas. A la suya le siguieron otras cuatro más de sus todavía silenciosos acompañantes.
Zeno sabía que ahora que había concluido lo que había venido a hacer aquí debían marcharse. Si la ausencia de uno de los líderes de las tribus ya habría sido mala por sí sola, no quería ni imaginarse cómo sería que todos sus líderes, incluso su Rey, se marcharan de improviso al unísono. Seguramente todos en el castillo Hiryuu deberían estar al borde del colapso, si no lo estaba el Reino entero.
Sin embargo aquí estaba Zeno perdiendo el tiempo contemplando una lápida, un montón de tierra y unas flores blancas.
Guen le tendría que estar dando una charla sobre las responsabilidades que conllevaba ser un guerrero dragón, Abi riñéndole por descuidar sus responsabilidades, Shuten pateándole el trasero espetando maldiciones e Hiryuu ordenándole que regresara ya al castillo.
Pero ninguno de ellos hizo nada de eso. Solo siguieron a su lado en silencio, aguardando pacientemente por él.
Zeno estuvo a punto de volver a ponerse a llorar, aunque esta vez porque no podía creerse lo afortunado que era por tener a personas tan increíbles a su lado, porque el destino le hubiera llevado hacia esta nueva familia, por no encontrase solo.
Finalmente se armó de fuerzas y valor, suspirando pesadamente a la vez que alzaba su mirada al cielo azul, despidiéndose silenciosamente de su madre una última vez, reiterándola esta vez completamente seguro que no tenía por qué preocuparse, que él estaría bien.
El joven rubio se giró para encarar a sus acompañantes, les dirigió una sonrisa sincera aunque sus mejillas aún estuvieran manchadas de lágrimas.
Había muchas cosas que quería decirles, pero lo resumió todo en una palabra:
—Gracias.
Todos le devolvieron la sonrisa, asintieron y siguieron a Zeno cuando este comenzó a caminar alejándose de una vez de la tumba.
Continuaron en un cómodo silencio mientras salían de la aldea, después de que Zeno se despidiera brevemente de los aldeanos. Sin embargo pocos minutos después de que comenzaran a cabalgar de vuelta al castillo Zeno comenzó a hablar.
Compartió con sus compañeros los mejores recuerdos que tenía de su madre. Les habló de cómo permitía que se acurrucara junto a ella las noches de tormenta cuando las voces de los dioses eran demasiado fuertes, de la forma en la que se reía de las bromas tontas e infantiles de su hijo, de aquella ocasión en la que le enseñó a pescar en el lago, sobre los patrones divertidos que le entretejía en su ropa vieja cuando la remendaba, de la forma en la que camuflaba la verdura para que Zeno se la comiera…
Zeno siguió hablando y hablando durante todo el trayecto, sabiendo que sus acompañantes le estaban escuchando atentamente aunque no dijeran nada, porque ellos sabían que lo que él necesitaba en ese momento era que le escucharan sin ser interrumpido.
Cuando llegaron al castillo les estaban aguardando varias reuniones urgentes, una montaña de documentos que revisar y firmar e incluso una pequeña rebelión que de alguna forma se las habían arreglado para organizar durante su breve ausencia.
Todo era un caos, pero nadie le reclamó nada a Zeno.
Zeno no pudo más que volver a sentirse agradecido y afortunado porque su nueva familia hubiera respetado que cumpliera su promesa egoísta.
