Siete años después...

—Te suplico que lo reconsideres.

Letty, Mia, alargó la mano por encima de la mesita de té del salón de la mansión Regmont y apretó levemente la de su hermana.

—Tengo el presentimiento de que tengo que ir.

—¿Por qué? —Las comisuras de los labios de Mia se inclinaron hacia abajo—. Lo entendería, si Owen estuviese contigo, pero ahora que ha fallecido... ¿Te parece seguro viajar sola?

Esa pregunta se la había hecho Letty a sí misma miles de veces, pero la respuesta carecía de importancia. Estaba decidida a ir. Ahora se daban todas las condiciones para hacerlo y era poco probable que volviese a tener otra oportunidad.

—Por supuesto que sí —afirmó convencida—. El hermano de Owen, Brian , se ha encargado de organizar el viaje y un miembro del servicio irá a buscarme al puerto. Todo saldrá bien.

—Eso no me tranquiliza —contestó Mia, pensativa y triste, sin dejar de jugar con el asa de la taza de porcelana de estampado floral.

—Hubo una época en que tú también querías viajar a tierras lejanas —le recordó Letty, que odiaba ver a su hermana tan preocupada—. ¿Has perdido el espíritu aventurero?

Mia suspiró abatida y miró a través de la ventana que tenía al lado. Las cortinas proporcionaban cierta intimidad y, al mismo tiempo, dejaban ver el tráfico que circulaba por delante de la mansión de Dom, pero Letty sólo tenía ojos para su hermana. Se había convertido en una joven muy hermosa, a la que alababan por su melena y sus ojos , enmarcados por espesas pestañas negras. Tiempo atrás, sus curvas habían sido más sensuales que las de Letty y su carácter más alegre, pero el paso de los años había menguado ambas características y se había convertido en una mujer delgada como un junco y dotada de una serena elegancia.

Mia se había ganado fama de reservada, lo que no dejaba de sorprender a Letty, teniendo en cuenta lo encantador y abierto que era Vince . Ella le echaba la culpa de los cambios de Mia al padre de ambas, a su maldito orgullo y a su misoginia.

—Estás pálida y muy delgada —dijo—. ¿Te encuentras bien?

—Estoy de luto por tu pérdida. Y tengo que confesarte que no he dormido bien desde que anunciaste que tenías intención de hacer este viaje. —Mia volvió a mirarla—. No puedo entender por qué quieres ir.

Ya hacía casi un año que Owen había muerto y, antes de eso, había estado tres meses enfermo. Letty había tenido tiempo de sobra de resignarse a vivir sin él. Sin embargo, el enorme pesar que sentía se pegaba a ella como la niebla sobre el mar. La familia y los amigos intentaban que dejase atrás el pasado y siguiera adelante, pero Letty no sabía cómo hacerlo.

—Necesito alejarme del pasado para volver a tener un futuro.

—¿Y no te basta con retirarte al campo?

—El invierno pasado no me bastó. Y ahora la nueva Temporada está a punto de empezar y seguimos atrapados en esta nube negra que se cierne sobre mí. Tengo que romper con la rutina para que todos podamos recuperar nuestras vidas y seguir adelante.

—Dios santo, Letty —suspiró Mia, pálida—. No es posible que estés insinuando que tienes que morir, igual que Owen, para que los demás podamos superarlo. Tú todavía eres joven y puedes volver a casarte. Tu vida no está ni de lejos terminada.

—Estoy de acuerdo. Por favor, no te preocupes por mí. —Volvió a servirle té a su hermana y le echó dos cucharadas de azúcar—. Sólo estaré fuera el tiempo necesario para vender la plantación. Volveré como nueva y con energías renovadas y así os animaré a todos los que me queréis y os preocupáis por mí.

—Todavía no puedo creerme que Vince te haya dejado ese lugar. ¿En qué estaría pensando?

Letty sonrió con cariño y miró las cortinas de seda amarilla con flores azules. Mia había redecorado la mansión poco tiempo después de casarse y aquel salón reflejaba su innato optimismo.

—Vince quería que fuese completamente autosuficiente y ese lugar tenía además un valor sentimental para nosotros. Owen sabía lo mucho que me gustó nuestro viaje a su finca de Republica Dominicana.

—El sentimentalismo está bien, excepto cuando te manda a la otra punta del mundo —masculló Mia.

—Tal como te he dicho, quiero ir. Diría incluso que lo necesito. Es una especie de despedida.

Su hermana gruñó exasperada y capituló.

—¿Me prometes que me escribirás y que volverás en cuanto te sea posible?

—Por supuesto. Y tú también tienes que prometerme que me escribirás.

Mia asintió y levantó la taza de té, que se bebió de golpe, en un gesto nada propio de una dama.

El té era una bebida tonificante. Letty lo sabía mejor que nadie, pues, a medida que iba acercándose el aniversario de la muerte de Owen cada vez bebía más tazas.

—Te traeré un montón de regalos —le prometió a su hermana, en un intento de aligerar el tono de la conversación y con la esperanza de arrancarle una sonrisa.

—Me basta con que vuelvas tú —replicó Mia, señalándola con un dedo.

El gesto le recordó tanto a su infancia, que Letty no pudo evitar preguntar:

—¿Vendrás a buscarme si tardo demasiado?

—Vince jamás lo permitiría. Pero te prometo que convencería a alguien para que fuese tras de ti. Quizá a una de esas matronas que tanto se preocupan por ti.

Letty fingió horrorizarse ante la perspectiva.

—Me ha quedado claro, hermanita. Cuando quieres, puedes ser muy cruel. Volveré cuanto antes…..

Dom estaba de espaldas a la puerta de su despacho, en la sede de su naviera, cuando aquélla se abrió. La salada brisa del mar se coló en la oficina y le arrancó de la mano derecha el documento que iba a archivar. Lo atrapó con rapidez y, acto seguido, miró por encima del hombro. Se quedó petrificado al ver quién era su visita.

-Brian.

Los ojos de Brian se abrieron igual de sorprendidos y sus labios esbozaron una media sonrisa.

—Dom, viejo granuja. No me dijiste que estuvieras en la ciudad.

—Acabo de regresar. —Guardó el documento en el archivador que correspondía y cerró el cajón—. ¿Cómo estás?

Brian se quitó el sombrero y se pasó una mano por el pelo castaño. El título de vizconde le pesaba y le otorgaba una madurez que hasta entonces Dom no le había visto nunca. Brian iba vestido en tonos marrones y apretaba nervioso el sombrero que sujetaba en la mano izquierda, en la que lucía el sello de Owen, como si no pudiese acostumbrarse a llevarlo.

—Tan bien como me lo permiten las circunstancias.

—Mis más sinceras condolencias para ti y para tu familia. ¿Recibiste mi carta?

—Sí, la recibí. Gracias. Quería contestarte, pero el tiempo se me ha escurrido entre los dedos. El último año se me ha pasado tan rápido que apenas he conseguido recuperar el aliento.

—Lo entiendo.

Briam asintió.

—Me alegro de volver a verte, amigo mío. Has estado demasiado tiempo fuera.

—La vida del hombre de negocios.

Dom podría haber delegado más, pero quedarse en Inglaterra equivalía a correr el riesgo de cruzarse con su padre o con Letty. Su padre se quejaba del éxito de Dom con la misma virulencia con que se había quejado de su vida disipada. Y eso causaba múltiples dolores de cabeza a su madre, así que lo único que podía hacer él para aliviarla era estar ausente el mayor tiempo posible.

Y, en cuanto a Letty, ésta se había esmerado en que no se encontrasen siempre que él estaba en la ciudad. Y cuando vio cómo la había cambiado su matrimonio con Owen, Dom hizo lo mismo.

Letty seguía comportándose con el mismo decoro de siempre, pero a él no se le pasó por alto el modo más sensual en que movía las caderas ni la mirada de conocimiento de sus grandes ojos. Algunos hombres deseaban resolver el misterio que ella significaba, pero Dom sabía lo que se escondía detrás de ese velo y ésa era la mujer a la que él deseaba. Sabía que en el mundo real letty estaba fuera de su alcance, pero siempre la tenía presente. El fuego de la juventud se la había grabado en la memoria y el paso de los años no había logrado que la olvidase ni siquiera un poco.

—La verdad es que me alegro mucho de tu pericia para los negocios —le dijo Brian—. Los capitanes de tus navíos son los únicos en los que confío para llevar a mi cuñada sana y salva hasta Republica Dominicana .