Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo IV:
A partir de hoy
«Siempre hay alguien como tú que te nubla la razón pero no quiere escucharte.»
A partir de hoy, David Bisbal ft. Sebastian Yatra
El parque no está en el rango de visión de Dudley.
Ojalá que los magos realmente hayan estado más ocupados atacándose entre sí, o Dudley no sabrá cómo los tiene que defender de la magia. Claire le ha preguntado por qué está tan apurado en que se vaya y Dudley, en cambio, le ha pedido que le cuente de ella. Se ha enterado que Eliza está en un viaje familiar y que regresará dentro de un mes, que Eliza está interesa por conocer al nuevo amigo de Claire y otros detalles que Dudley ha escuchado atentamente. La conversación con Claire le ha ayudado a que no piense por qué, ni cómo o qué razón ha habido. No es quien para que ande pensando en cómo resolver la vida de los demás —este es el objetivo en la vida de Harry—. Lo curioso es que lo han hecho en un lugar no mágico, como si les importarse una mierda cargarse el Estatuto del Secreto Mágico.
«No. Ya no pienses en eso, Dudley», se dice a sí mismo.
Ve a Claire y la manera en que ella le sonríe. Le está mencionando la pequeña travesía que han tenido al ir a aquel parque botánico y Dudley, aparentando un interés que no siente. Claire se ha quedado con él pese a que Dudley ha sido muy tosco con ella, le ha seguido sin que le haya dicho pedido —lo que nunca hará— y ha aceptado que la lleve a ningún lugar. Tampoco entiende por qué está siendo tan amable con él, como si esperarse que él se la devuelva de algún modo o lo que sea que pase por la mente de Claire. Bueno, si ese es el caso ya lo ha hecho.
Aunque no ha llovido, hace un frío insoportable. Con la ropa que anda puesta Claire ha creído que ella se está muriendo de hipotermia, sin embargo, parece que ése no es el caso. Claire parece cómoda con la temperatura baja que hay, aún para los estándares habituales de Inglaterra, como si no estuviese usando una blusa desmangada. Dudley está sumergido en sus propios pensamientos. Está pensando en cómo contactar a Hestia para informarle de lo que ha pasado. No espera que Hestia Jones venga a Little Whinging de inmediato, empuñando la varita y dispuesta a matar a quién se interponga en su camino. Hestia Jones no es así. Para ser honesto, él se fía tanto de Hestia como lo hace de Pearl si la cachorra vigila su comida.
Un mago, o bruja para el caso, tiene que enterarse. Se supone que es el trabajo de los aurores. Dudley está más que harto que vivir con la incertidumbre; ha pasado por eso una vez, lo que ha bastado para toda una vida.
Harry se ha comunicado con sus amigos mágicos usando una lechuza. En dónde conseguirá una lechuza si Harry nunca se lo ha explicado, en parte porque Dudley jamás se lo ha preguntado y hace poco que ha estado en contra de toda esta cosa mágica.
—Estás distraído —dice Claire. Le tira del brazo con una sonrisa jovial en el rostro. Dudley nota que todavía no se han soltado, pero tampoco le molesta ni a ella ni a él—. ¿No hay nada más que quieras saber de mí? ¿O ya puedo empezar a preguntar acerca de ti? —añade en un tono divertido.
Antes que Claire le conteste, el teléfono de Dudley vibra en el bolsillo. Otro mensaje de mamá preguntándole qué día tiene libre o qué día Dudley arribará en el número 4 de Privet Drive. Mamá no lo deja tranquilo, en serio, ¿cuál es el problema que ella tiene con que Dudley tenga su propia vida? Le insiste en que ni puede ni debe desligarse del lugar que lo ha visto crecer, donde han pasado los años dorados de su juventud y un montón de palabras vacías para él. Baja la tapa del teléfono y lo guarda en el bolsillo, y se vuelve hacia Claire que está esperando una respuesta.
Por la manera en que le ve, poniendo las manos en su cintura y sonriéndole mientras le enseña los dientes, deduce que no. Todavía no entiende por qué Claire Bellamy actúa de esta manera con él, teniéndole una paciencia que solo demuestran mamá y papá.
Suelta el brazo ya que encuentra extraño que estén en esta postura, cuando ya no hay peligro y probablemente los magos se hayan ido a otra parte de Little Whinging.
—Bueno, ¿qué quieres saber de mí? —dice Dudley. Da un bufido al recibir un nuevo mensaje—. No pasa nada interesante en mi vida, ¿sabes? Salvo que cuentes las veces que acabé castigado por culpa de Wright
—No puedes culpar a los profesores por algo que tú hiciste.
Dudley se le queda mirando a Claire, incrédulo de lo que acaba de oír. Todas las personas que quieren a Dudley han concordado con él, sin excepción; no importa qué o quién sea, Dudley siempre tendrá y los demás nunca, jamás acertarán. ¿Y ahora Claire Bellamy le viene a echar en cara lo que ha hecho, a decirle lo que ha debido de hacer solo porque le conoce de ayer? Bufa. Se prepara dar un puñetazo directo al abdomen, sin embargo, cierra los ojos con fuerza y se cruza de brazos.
—¿Ah, sí? —dice Dudley escupiendo las palabras. Claire se inclina hacia atrás, aunque sin moverse—. A ver, señorita sabelotodo, ¿y tú qué demonios sabes de mí?
—Solo te constaté…
—Bueno, ¿quién carajo te ha pedido tu opinión, Claire?
—No es para que reacciones de esta manera.
¿Y exactamente cómo se supone que tiene que reaccionar en la oh tan sabia opinión de una estúpida que acaba de conocer? Se aclara la garganta, sin la intención de pronunciar ni la más mínima palabra, y se gira hacia la calle, casi chocándose con un faro a la que algún idiota ha decidido que este es un buen lugar para ponerlo. ¿Acaso es culpa de Dudley que Wright nunca haya sabido aceptar un simple comentario, o que tenga tan burdo sentido del humor para no reírse de una inocente broma? ¿Cómo es posible que Claire Bellamy, de la que ni siquiera ha recordado que existe, afirme que tiene el derecho de decirle qué hacer y qué no hacer así como así? ¿Quién cojones se ha creído que es?
—Cállate —dice Dudley entre dientes.
—En serio, relájate —le pide Claire, manteniendo su distancia pero mirándole a los ojos—. No es para tanto.
—Entonces si «no es para tanto» para qué das tu opinión, Claire —dice Dudley, procurando que sea entendible. No audible, ese nunca ha sido un problema para él—. Escucha, ¿qué te parece si de aquí tú te pierdes?
—Dudley, por favor, cálmate —dice la muchacha, sonando tan confiada como de costumbre.
—¿Y pretendes que lo haga solamente porque tú lo pides? —dice Dudley viéndola de arriba abajo, con una ceja levantada—. ¿En serio quieres que escuche a una torpe inútil que no sabe qué hacer con su vida?
Dudley sonríe con altanería a los segundos que los ojos de Claire se abren, acción acompañada de un brillo peculiar en su mirada. Sea lo que Claire esté sintiendo, ella misma se lo buscado por entrometerse en asuntos que no son de su incumbencia. La muchacha agacha la cabeza, con los ojos fijos al suelo y balbuceando muy suave. Dudley no le entiende más que «por qué» y entorna los ojos. ¿En serio? ¿Es tan débil y patética que no aguanta ni un comentario honesto? Cuánta hipocresía reunida en una sola persona.
»No hay nada que decir, ¿verdad, Claire?
—Digo que eres un imbécil, Dudley Dursley —dice Claire con el mentón en alto. Una firmeza, que no ha oído antes, aparece en su tono de voz—. Digo que eres un estúpido niño malcriado que difícilmente hace algo por sí mismo; y si lo haces, es compadeciéndote de ti mismo. No eres el único que tiene mierda en su vida que necesita limpiar. No eres el único que lo ha jodido todo. Y si te olvidas de ti por un momento, lo verás —finaliza, sin haber elevado el tono de voz.
Dudley está acostumbrado a que su mente se quede en blanco. Es lo que le ha pasado tan comúnmente durante años que no intenta cambiarlo. Las interrogaciones de los profesores en clase, los comentarios empalagosos de Marge, las actuaciones histéricas de mamá y el aire de superioridad de papá son los causantes habituales. Asentir y aparentar estar acostumbrado es lo que hace, lo que hará y lo que ha hecho —no exactamente en ese orden—. No obstante, es la primera vez que realmente quiere objetar. Claire está equivocada, tan equivocada como nunca lo ha estado en su vida. Él no es así. Él lo sabe. Ella necesita saberlo. ¿Cómo puede acusarlo de todas cosas que son puras mentiras?
»Hasta nunca, Dudley Dursley —dice Claire, sin sonreír y le ve con algo parecido a…
Realmente no sabe que es.
Lo único que hace es observar cómo Claire se va, con las palabras atoradas en la punta de su lengua y suponiendo que ella nunca más volverá a juntarse con él.
Dudley está caminando a su apartamento apesadumbrado, apenas recae en el hecho que el teléfono le ha vibrado dos veces más hace veinte minutos. Ya que no ha regresado a la tienda de Sheeren, uno ha de ser de Malcolm. De hecho, apuesta a que todos son Malcolm insistiéndole en que no puede perderse como si estuviesen en la secundaria. Hay un malestar en la boca del estómago que le está incomodando con cada paso que da, como si necesitase comer algo que más que un plato de Fish and Chips. Para ser honesto, Fish and Chips es uno de los pocos caprichos que su apretado presupuesto le permite. El presupuesto que él se está ganando a base de esfuerzo y sudor, así que solo piensa en ello con orgullo y satisfacción. Se ha adaptado a saltarse un tiempo de comida de vez en cuando; con mamá llegando apareciéndose de la nada, es imposible que lo haga regularmente. Además, un Malcolm Athens que le esté respirando en la nuca, forzándole a recuperar el peso perdido con el experimento que él llama «comida» es una tortura que no volverá a vivir. Hasta los sermones inaguantables de Malcolm son aguantables.
Una vez que ha encontrado la llave, decide que leerá los mensajes. Es muy poco probable que sea de mamá, a quien le ha prometido que irá a visitar el fin de semana. De Piers solo tiene uno, y de Malcolm ha recibido tres. En el caso de Malcolm, abre el último.
De: Mal
Fecha: 24 de febrero. 21:49hr
«Estás de joda, ¿no?
Sé que ni abriste mis mensajes anteriores.
He cerrado la tienda. Sé que Sheeren no nos ha dado la autorización de que lo hagamos, pero ya se está demorando. Le he dejado una nota explicando el porqué de mis acciones.
¿La razón?
Alana ha decidido que sentará las bases para que empiece con las lecciones de manejo.
Soy el único que tiene una copia de la llave.
(No mires a la pantalla como un estúpido. Tú la perdiste la única y última vez que Sheeren te dejó a cargo.
En qué estaba pensando, quién sabe.)
Eso es todo.»
Al menos conserva el empleo. Le parece extraño que Sheeren no haya regresado, pero supone que hay una primera vez para todo. Por cierto, ¿es bueno que una cosa haya salido bien esta noche? Enterarse de esto no le ha quitado el malestar, de hecho solamente lo ha aumentado; Dudley gruñe y gira el picaporte. Al entrar, le pone el seguro a la puerta. Ese es un detalle importante si quiere a los Bailey Lovelace que aparecen de la nada, invitándole a un campo de golf y… De hecho, enfadarlo ha sido divertido. Ah, dulce venganza. Sin que pueda evitarlo suspira una vez más, ¿cuántas veces lo ha hecho?, y le escribe una vaga respuesta a Malcolm. No corrige la ortografía. «Corrígela. Existe el corrector en el teléfono. Es un corrector de mierda, pero a ti te ayuda», oye la irritada de voz de Malcolm en el oído. Esta es la queja habitual de Malcolm en la primaria, secundaria, preparatoria y cada que han visto los apuntes de Dudley y Piers.
El mensaje de Piers es corto. Unas simple ocho palabras que, por una vez, hacen que no critique la escasez de palabras que usa Piers. Un directo «Ven a la final. Es en quince días». No le envía la respuesta ya que posiblemente no pueda asistir, otra vez. No se está ocultando de sus amigos, como a los quince años, es solo que las prioridades han cambiado. Simplemente eso. Ver a Piers competir es mantenerse pegado al televisor, aclamando los golpes que da y reaccionando como si estuviese presenciando un partido de fútbol soccer. Un «ya veremos» de respuesta no servirá de nada. Además, no es el único que no ha animado a Piers personalmente. Malcolm ha estado tan concentrado entre la universidad y en la tienda de Sheeren que tampoco ha ido; Dennis y su compulsión por cumplir su ocupado horario también se lo impiden, a menos que sea por una causa de fuerza mayor. O Gordon, del que no sabe nada pero sí que debe tener un compromiso o dos a los que atender; a diferencia de sus queridos padres, que hacen de nada un todo.
Tampoco apaga el teléfono. No tiene el humor para corresponder una llamada o ver un mensaje; sin embargo, hay personas a las que no puede ignorar sin pagar las consecuencias. Y las consecuencias incluyen su tímpano sufriendo por horas o atosigamientos mediante incesantes mensajes a su teléfono.
Se sienta en el sofá y apoya el plato sobre las piernas, prende la televisión y empieza cenar, tomándose su tiempo. Ya ni recuerda la última vez que ha comido sin atragantarse, o que ha disfrutado de su sabor favorito. Siempre con el tiempo límite por aquí, con la impaciencia de los profesores por allá. «Esta es la vida de un adulto, Dudley. Pero depende de ti qué tipo de adulto quieres ser», citando a Hestia Jones. Ahora la entiende. No está a gusto, pero se conforma. No apoya el conformismo, pero no le queda de otra. Y odia ceder, pero qué otra opción hay. Y si hay otra opción, la desconoce. Recuerda las palabras de Hestia Jones ya que Sonia Henderson le ha dado una variante hace años: «tú y tu padre… ¿Quién eres?». Ah, y odia los acertijos. O los ha odiado hasta que los ha entendido.
—¡Noticia de último minuto! En el Luchino Café hay rastros de que ha ocurrido un asalto. La camarera* relató que un adolescente fue el primero en entrar al local, viéndose ansioso y con la intención de irse tan pronto como le fuera posible. Momentos después, un adulto ingresó y se empezó un ataque. La camarera no recuerda los detalles, pero las autoridades ya están en el caso —dice la presentadora—. No hay rastro del adolescente ni del adulto. En otras noticias…
—Qué aburrido —dice Dudley.
Apaga el televisor, termina de cenar y el malestar aún no se ha ido. Tal vez tenga que ir a hacerse un chequeo médico; se reajustará el dinero, eso seguro; no obstante, no puede no hacer respecto a este tema. Su salud es importante. Mira el teléfono, que está reposando a la par de él y que todavía un par de minutos para una llamada. Sin saber por qué, marca el número de Gordon. Durante un larguísimo minutos se oye la señal de se está conectando la llamada; finalmente, Gordon contesta.
—¡Duddy!
Y cuelga.
El teléfono suena.
Rechaza la llamada.
Vuelve a sonar.
La rechaza de nuevo.
Una vez más.
La vuelve a rechazar.
¿Adivina qué?
Suena otra vez.
—Me rindo. Este tipo es imposible —dice Dudley. Está agotado. Tiene una jaqueca de las que solo le dan cuando se emborracha y está pensando en qué podrá pasar cuando acepte la llamada—. Dime qué quieres, Bailey. Estoy ocupado.
—Pero qué malo eres, Duddy. ¡Y tú me llamaste! Rompiste mi corazón en mil pedazos. ¡Rompecorazones descorazonado!
—No uses palabras contra mí que no entiendo. ¡No sé cómo defenderme! —dice Dudley, quejándose como un niño pequeño. Bailey se ríe—. En serio, dime qué quieres o te bloquearé.
—Tú no tienes nada que me interese —dice Bailey— y querías algo de Gordy. Si es un consejo, tienes al Lovelace indicado.
—No es un consejo.
—«No es un consejo» —satiriza Bailey—. Vamos, Dudley. ¿Qué clase de hermano mayor sería si te dejara varado a tu suerte? Te me hundirías sin que te dieras cuenta, hermanito.
—Uno. Tú no eres mi hermano mayor. Gordon está para ocupar ese papel —dice Dudley—. Dos. No necesito tu ayuda. Déjame tranquilo.
—Vamos, Dudley. Los dos sabemos que sí necesitas la ayuda de Gordon, o la mía, con algo. Dímelo. No se lo diré a nadie, si es por orgullo —insiste Bailey. Dudley frunce el ceño, mascullando «chicos entrometidos» sintiéndose exasperado—. No le he dicho a Andrea que Gordon ha estado enamorado de él. Gordon lo ha hecho cuando ha «cortado» cualquier sentimiento amoroso por ella. Soy de fiar. Ni siquiera necesitas confiar en mí para eso, Dudley.
»A ver, ronda de veinte preguntas. ¿Te peleaste con Marge?
—Ella y yo estamos bien si mantiene sus babas lejos de mí.
—¿Es por una chica?
—No —responde Dudley con la voz estrangulada.
—¡Voy a ser tío!
—Querrás decir «voy a tener una cuñada».
—Yo veo más allá —dice Bailey. No tiene que estar allá para asegurar que hay una sonrisa burlesca en el rostro y le dará un puñetazo en cuanto le vea—. Y has metido la pata y no sabes cómo salir de ahí. Me recuerdas a mis hermanitos de sangre. ¿Te recuerdas que Gordy tuvo un fuerte enamoramiento por Sky Smith? El pobre tuvo un desamor tan cómico que hasta papá se ríe de él. Lo vi venir desde el inicio. Ah, el amor de estudiante. Qué dulce.
—Ajá. Qué emoción —dice Dudley poniendo los ojos en blanco. ¿Qué tanto daño hará que le cuelgue de buena vez? No lo averiguará—. Supongo que tienes algún consejo, genio del amor que nunca se ha enamorado.
—Eh, eh. Sí que me he enamorado. Pero estamos discutiendo tu incompetencia en tu vida amorosa. ¿Qué tipo de error cometiste?
—Le eché en cara un problema que me contó.
—Te puedes recuperar. Deja de regodearte en tu miseria y ve a buscarla. No hay muchas peces en el mar que quieran a un pez como tú, Dudley —dice Bailey. Puede ver la sonrisa socarrona de Bailey al otro lado de la línea—. Ve a por ella, Duddy.
—Gracias… supongo —dice Dudley poniendo los ojos en blanco.
El número 4 de Privet Drive ha cambiado desde la última vez que la ha visto y aún no ha decidido cómo supuestamente tiene que sentirse. Mamá ha replantado toda la flora del jardín, ya que se han marchitado a falta de que alguien las cuide. Ha mejorado la valla de la entrada, la que espera que dure luego de que los mini vecinos estrellen el balón de soccer en ella repetidamente. La manera en que los clavos están puestos le recuerdan tanto a papá usando un pastel para sellar la entrada, cuando aquel millar de cartas han entrado sin tregua. A simple vista, parece una simple remodelación que se ha visto venir; no obstante, hay mucho más de lo que los vecinos nunca podrán ver. Mamá no está «podando» los arbustos cerca de la valla, escuchando los chismes más recientes y deleitándose con ellos. Papá sí está en Grunnings, irritando a sus empleados y poniéndose de los nervios ante la más mínima mención a los meses que han desaparecido.
Las supuestas amigas de mamá no han parado de hacer interrogatorios y suposiciones, alocadas y hostiles, acerca de lo que ha pasado. Mamá las ha ignorado y a la única a la que pretende explicarle lo que realmente ha sucedido es a Yvonne; sin embargo, cada que Yvonne y mamá se ven no se mencionan nada referente a las vacaciones extendidas que han tenido. De hecho, ahora que recuerda, Yvonne también ha sido la única que ha visitado la casa Dursley mientras Dudley ha estado depresivo. Ellos no han hablado en aquel tiempo; casi no se han hablado cuando Dudley ha sido un niño, a menos que Yvonne tenga un regalo para él. Mientras va avanzando, oye el ruido de la radio menguándose. Quizá mamá está leyendo una revista de farándulas. Al menos, eso ha afirmado hasta que oye algo impactándose fuertemente en la mesa de la cocina. ¿Por qué mamá ha reaccionado así?
Duda entre quedarse en la sala de estar e ingresar en la cocina. Si mamá está enojada, a menos que no sea contigo, lo mejor es alejarse de ella hasta que se relaje. Es algo que Dudley y Harry han aprendido desde muy pequeños; Harry, ya que ha sido quien ha causado la mayoría de los disgustos de mamá; Dudley, ya que ha aprendido de los errores de Harry. Decide que va a entrar en la cocina, con la estúpida pregunta de «mamá, ¿estás bien?» en la punta de sus labios. Por la rendija de la puerta medio abierta, ve a mamá y a Yvonne luciendo escandalizadas y a punto de lanzar alaridos. No se quiere meter en una pelea de adultos, pero se quiere enterar.
—Tengo que saber en dónde has estado, Petunia —dice Yvonne, alterada—. Sé que no fue un viaje auspiciado por Lowell. ¡Lowell no sabía a dónde fue su hijo cuando le pregunté, y entre los dos los estuvimos buscando durante meses! ¡Meses!
Lowell Dursley es el no tan discreto abuelo de Harry Potter y Dudley Dursley, que ha pasado de los setenta. Durante años Dudley ha vivido viendo cómo el abuelo ha tomado en cuenta las opiniones de Harry, escuchándolo y a veces jugando con Harry cuando éste ha sido más joven. Ha detestado que tuviese que compartir las atenciones y los mimos del abuelo con el fenómeno, a quien ha convencido de que se aleje de su abuelo a menos que haya querido que le cace. Aún once años después Dudley recuerda el comentario muy enojado del abuelo, quien no ha tolerado que papá le haya graznado a Harry por tirar accidentalmente un vaso al suelo. De toda la conversación, la frase «es mi nieto también» se ha grabado a fuego en su mente.
Esa una razón más por la que ha maltratado a Harry.
Es evidente que Hestia Jones y Dedalus Diggle no saben del abuelo, o lo hubiesen llevado al refugio también, o eso piensa ya que no entiende por qué Marge no se les ha unido en su especie de base secreta, pero no subterránea. A Marge le ha importado un carajo la seguridad de papá, su propio hermano, mamá y él mismo. En serio, ¿quién simplemente dice «tráeme más brandy» luego de tantos meses incomunicados? A papá le ha sentado fatal, pero no trata de convencer a Marge de lo contrario. Y si papá no ha sido despedido de Grunnings por la junta del consejo, es por un truco mágico que Dedalus ha aplicado en la susodicha junta. Esa es una base para la mentirilla que mamá le planea dar a Yvonne.
—Te estoy diciendo la verdad, Yvonne. La junta…
—A la mierda la junta, que yo no soy una imbécil como Marge —espeta Yvonne que le castañetean los dientes por la cólera—. No sé qué te pasa, Petunia. De verdad que no lo sé. Tú me has contado todo a mí y yo te he contado todo a ti. ¿Y precisamente tratas de engañarme después de desaparecer por meses?
—Es la verdad —insiste mamá, en un tono que reconoce como pánico. No del pánico que le ha dado cuando Harry ha hecho magia, sino del tipo de pánico que le ataca cuando la situación se le sale de las manos—. No hay nada más que decir. Fue la junta la que nos dio el viaje. Si hubiéramos desaparecido como tú lo dices, a mí esposo lo habrían despedido. Pero no pasó, por lo tanto es la verdad.
—No me vengas con cuentos —dice Yvonne—. También le pregunté al subdirector de Grunnings dónde estaba Vernon. Y tampoco sabía nada, pero les dio un plazo para reaparecer o Vernon perdería la compañía. Y cuando regresó, Vernon conservó trabajo. ¿Quieres saber cuánto era el plazo de Vernon? Una semana. Una puta semana y todo se iría a la mierda para ustedes. No sé qué clase de magia usaron ustedes en la compañía, pero conmigo no va a funcionar. Quiero saber la verdad y la quiero saber ahora.
—¿Magia? —tartamudea mamá.
—Así que sí había magia en Lily, vaya sorpresa —dice Yvonne, en un tono que Dudley no sabe diferencia si sorpresa o sarcasmo.
—¿Magia?
—Sí, magia. ¿Estás tonta o qué? —Los ojos de Yvonne se oscurecen—. ¿Qué tan estúpida crees que soy para creerme tus patéticas mentiras de que «nada pasa, esto es tan perfectamente normal que es increíble» en la casa Evans? Nos conocemos de pequeñas, Petunia. Sé que antes has amado a tu hermana y que ahora la odias a muerte. Y odias a tu sobrino, del cual asumo que es mágico también. Tal vez antes no te confronté, pero fue porque no te afectó directamente.
Mamá está esforzándose por mantener la compostura y regular la respiración.
—¿No te…? —dice mamá, trabándose con sus propias palabras—. Esto es anormal, ¿no te…?
—¿Aterra, repulsa? —propone Yvonne. Niega con la cabeza—. Estoy cabreada contigo. Y eres una imbécil, pero la imbécil soy yo por no haber reaccionado antes. Sé que Figg lo notó también, pero pensé que no debía interferir en asuntos que no me concernía ni comprendía. Maldición, seguro que ni ahí se consentiría lo que tú has hecho.
—Lo siento…
—No lo sientes. Tú no lo entiendes. —Yvonne corta la autocompasión de mamá, que no le sienta nada a mamá—. Oh, Dudley cielo, ¿cuánto tiempo llevas ahí?
—Acabo de llegar —responde Dudley, abriendo casualmente la puerta.
—Eres igual a Petunia —dice Yvonne suspirando—. Estaré en el jardín.
Yvonne pasa a la par de Dudley y vuelve a negar con la cabeza. Yvonne susurra «igual a Petunia» mientras mira a los ojos de Dudley. Sin saber por qué, se incomoda y decide que el florero es repentinamente interesante. Dudley no encuentra qué decir desde que Yvonne se va, y mamá debe estar pensando que esta es la primera vez que se pelea con Yvonne. Ésta última masculla algo que no ha entendido, pero que no le ha parecido una disculpa o promesa de que se verán en el centro comercial.
La magia les ha causado inconvenientes en el pasado, pero ninguno que haya incluido a sus respectivas amistades o alegados. Y mucho menos a este extremo. Yvonne se ha enfadado con mamá, los amigos de Dudley lo han confrontado hace años y papá casi ha perdido la empresa que ama. Es obvio que papá no le dirá la verdad al abuelo, y éste eventualmente la exigirá. La plática se volverá escabrosa y de ahí ya no quiere imaginar.
—¿Qué te pasa? —pregunta mamá. Dudley abre la boca y alza un dedo, dispuesto a contestar—. Y no me mientas.
—Es por una chica —dice Dudley en voz bastante baja. Mamá todavía le ha oído, pero no espera nada de ella—. Es una tontería. Olvídalo.
Mamá señala la mesa con una amplia sonrisa en el rostro. Ambos se sientan, uno frente al otro.
—No tienes el tacto para tratar con una dama, ¿cómo la liaste?
—¡Se supone que soy tu hijo!
—Y por eso te pregunto, pichoncito —dice mamá, usando el tono que siempre le tranquiliza.
Le funciona.
—Dije algo que la molestó y… más o menos, la insulté —dice Dudley—. Sé que he metido la pata y sé que no la volveré a ver… He tenido esta conversación con Bailey y hasta él me lo ha dicho. Bueno, en realidad me lo ha insinuado. —Le importa una mierda que casi ninguna chica que haya conocido le haya ignorado, ni lo proyectos en equipo consiguen que alguna le hable. Sin embargo, Claire Bellamy le está causando demasiados problemas. No es que le molesta, no tanto al menos, y quiere entender por qué—. No tengo ni puta idea de cómo explicártelo, mamá. Solamente lo sé, pero no sé por qué Claire no me gritó.
—Mamá tampoco lo hacía cuando se enfadaba. Lily y yo solíamos preferir que lo hiciera en vez de lanzarnos sus clásicas miradas de decepción —dice mamá—. Eso es lo que nosotras tenemos de ella, a menos que realmente hicieras enfadar a Lily.
—No lo sabía.
—Hay mucho que aún no sabes de ella, dulzura. Te contaré más de ella después, pero quiero saber qué te molesta.
—¿Nada más?
—No te presionaré a que me digas qué hiciste con exactitud, eso depende de ti —responde mamá, desestimándolo—. Si es importante para ti, es importante para mí. Siempre ha sido, Dudley —añade. Dudley siente que hay un «deberías recordarlo» al final—. ¿Y bien?
—Ella me insultó. Le demostraré que está equivocada. ¡Me dejó con las palabras en la boca, y nadie me hace eso! —dice, y piensa que nadie que no sea Malcolm Athens o Harry Potter lo hacen. ¿Cómo es que lo hacen, que no se da cuenta hasta que ya se han ido?—. Estoy enojado, solo eso.
—¿Dónde la conociste?
—En el club al que va Dennis. Claire es su amiga y me enseñó un poco de golf.
Mamá sonríe aún más.
—Si es amiga de Dennis y quieres demostrar que está equivocada, ve a visitarlo. O pídele a Dennis que la invite y se encuentran allá —propone mamá. Dudley asiente—. Y que pase lo que tenga que pasar. ¿Te parece bien, pichoncito?
—Es perfecto. Uh, ¿y qué con Yvonne?
Yvonne es un algo en la vida de Dudley. Es decir, que es la única amiga de mamá y que, por efecto dominó, tiene que interesarse en lo que pase entre ambas. El consejo de mamá le ha parecido más certero que el de Bailey; no obstante, Bailey ha sido útil para descubrir que aquella molestia es en realidad enfado.
—Ya lo resolveré —dice mamá, suspira y ve en la dirección en que se ha ido Yvonne—. Suerte, Dudley.
Dennis ha dicho que sí, por lo que está en la casa de los Bradley con el picaporte en la mano. Hace años que ha aprendido que se sale de su posición al girarlo, pero se arregla si se vuelve a enroscar haciendo presión. La primera que ha visitado a Dennis ha notado que, al ingresar, uno de los tablones rechina al pisarlo; la siguiente ocasión ha descubierto que si corres, terminas quebrando el tablón y con un vendaje en la pierna.
Hace cinco años que se ha hecho mejorías en una que otra parte de la estructura. Adrien Bradley, patriarca de la familia y viudo, ha educado a dos niños mientras coordina su tiempo entre los dos trabajos que tiene. Desde el año pasado que la hermana mayor de Dennis —de la que no recuerda el nombre, siempre le pasa— ayuda a la familia, dividiendo su tiempo entre la universidad y convivir con Dennis.
Sus padres todavía no entienden cómo es que Dudley es amigo de Dennis, pese a las veces que se los ha explicado. Papá le ha exigido en que consiga amistades que valgan la pena, y mamá le ha insistido en que no haga casos de caridad. Los Polkiss son viejos amigos de la familia Dursley —del tiempo de Lowell—, así que Dudley y Piers se han juntado desde muy niños, pero no ha sido hasta los nueve años que han sido amigos. Raro de verdad. Malcolm Athens es de clase media, pero condenadamente inteligente y con un futuro brillante. Gordon Lovelace es millonario. ¿Y qué hay de Dennis Bradley? Dennis no es el más inteligente del salón, ni el más atlético de la clase, odia decir mentiras y dar respuestas esquivas. Dennis no es un luchador; aunque está en su grupo no le ha pegado a nadie: ni por accidente, ni a Harry. Dennis tampoco beneficia positivamente a la reputación de Dudley.
Esa ha sido la primera vez que Dudley le ha llevado la contraria a los ideales de sus padres.
Están en la cocina. Dennis está «arreglando» la mesa, y por «arreglar» se refiere a que la está construyendo desde cero mientras que Claire le pasa las herramientas. Cualquiera que piense que el talento de Dennis en la carpintería es la razón de porqué se junta con Dudley, se equivoca. Dudley prefiere mil veces comprar sus trabajos en la maderería —y arriesgarse a que los profesores lo descubran— que aprovecharse de Dennis. Está mal. Simplemente está muy mal, y a quien lo ha tratado de hacer la banda de Dudley Dursley le ha dado la paliza de su vida. «No somos los secuaces de gran D», ha sido la queja de Piers. Aunque «la banda» suena mejor que «la pandilla» en opinión de Malcolm, no deja de ser irritante que se refieran a ellos así. Hasta a Dudley le molesta y se supone que debe ser un orgullo para él.
O eso es lo que dicen sus padres.
—Te invitó —dice Claire al ver a Dudley. Luce disgustada y le sonríe a Dennis en cuanto le da el destornillador. Bien, al menos Claire no es tonta como para culpar de Dennis—. ¿Qué quieres, Dudley?
—Demostrarte que estás equivocada, muchacha.
—¿Y cómo lo harás? —pregunta Claire. No hay malicia en su voz, a pesar que le suena a que lo está retando—. ¿Me vas a golpear?
—No —responde Dudley, casi un minuto después. Ya no está molesto, pero sí muy disgustado—. Solo… Es que… Está muy equivocada, Claire. Totalmente equivocada.
—Vaya, gracias.
—No miento.
—No digo que mientas, Dudley —dice Claire—. Solo te agradezco por decírmelo.
Después de cinco minutos sin que Claire, Dudley o Dennis digan algo, Dudley se va sintiéndose un poco menos disgustado.
Curiosamente, por una vez, no le parece que se haya equivocado otra vez.
*La que aparece en la escaramuza en el Luchino Café. En la película, a ella le importa un carajo lo que pasa y Hermione le ordena que se vaya: desconcertada, asustada y, por consiguiente, con la memoria intacta; en el libro, le borran la memoria junto a Thorfinn Rowle y Antonin Dolohov.
