Meitantei Conan y todos sus personajes son propiedad de Aoyama Gosho.

Nota previa: Este shot se ubica poco después del file 881, si no lo has leído hazlo antes porque contiene un spoiler.

Igual que hace millones de siglos
en un microscópico mundo distante, se unieron
dos células cualquiera…

Instinto,
dos seres distintos
amándose por vez primera.

~Deseo~

Kazuha abrazó con fuerza la cintura de Heiji al tomar aquella curva tan endiabladamente cerrada. Iban muy deprisa, demasiado para su gusto. No era que no confiase en las habilidades del joven de Osaka el problema era que no confiaba en aquella traicionera carretera de montaña de doble dirección y jodidamente estrecha.

La moto se inclinó hacia la izquierda y sus cuerpos reaccionando al unísono estabilizaron la máquina.

—¿Falta mucho? —gritó por encima del rugido del motor.

Heiji alzó la cabeza y la giró ligeramente para que pudiera escuchar la respuesta a pesar de los cascos.

—Casi hemos llegado. —Kazuha pareció relajarse—. ¿Estás mareada? ¿Necesitas que pare?

—Sí, por favor —pidió aunque en realidad no lo estaba.

Desde que era pequeña la combinación Kazuha más curvas había sido desastrosa, aunque nunca se había mareado yendo en moto con Heiji. Avanzaron unos metros más hasta un pequeño recoveco en el que la carretera se ensanchaba un poco, era un espacio en el que cabían, como mucho, dos coches. En aquel tipo de carreteras siempre había pequeños espacios como ese para detenerse.

Heiji puso la pata de cabra y se quitó el casco, tomó la mano de Kazuha para ayudarla a mantener el equilibrio mientras se bajada. La muchacha soltó la mochila, se quitó el casco y exhaló un suspiro. Él bajó también.

—Deberías haberte tomado las pastillas que te dio tu madre.

—Odio tomarlas —dijo sentándose en una roca que parecía haberse desprendido de la montaña muchos años atrás—. Me producen dolor de estómago.

—Mejor eso que marearse, ¿no?

No le contestó. Bajó la cabeza a la altura de las rodillas fingiendo que combatía el mareo.

—Toma. —Kazuha le miró, le ofrecía un caramelo—. Un poco de azúcar te irá bien.

—Gracias.

Se puso en cuclillas y apoyó las manos sobre las rodillas de ella. Kazuha se metió el caramelo en la boca era de fresa y extremadamente dulce.

—¿Cuándo vas a decirme a dónde vamos?

—Idiota, si te lo digo no será una sorpresa.

Heiji y su repentina costumbre de darle sorpresas. Hacía dos meses que iba de sorpresa en sorpresa y, sinceramente, no sabía qué pensar. Estaba muy raro desde la operación encubierta de Yakumaru-san cuando había gritado "¡qué le haces a mi Kazuha!". Se sonrojó al recordarlo.

—Parece que empiezas a sentirte mejor, vuelves a tener color en las mejillas.

Evidentemente no le corrigió. Le dio un toquecito en el muslo y se puso en pie tendiéndole la mano, ella se la tomó dejándose alzar como si no pudiera hacerlo sola.

—Deben quedar unos quince minutos ¿podrás aguantar?

—Sí, ya estoy bien.

Retomaron el camino, Kazuha se agarraba con fuerza a él que procuraba tomar con más suavidad las curvas. Lo que más le gustaba de ir en moto era poder estar tan cerca de él sin tener que preocuparse por el qué dirán. Curvas y más curvas, bosque y más bosque, kilómetros de carretera estrecha y desierta. Parecía estarla llevando al fin del mundo.

Tomó un desvío a la derecha y la moto traqueteó al entrar en el camino sin asfaltar, Kazuha ahogó un grito y apretó más el abrazo, Heiji dejó la moto derrapar y apoyando el pie en la gravilla la estabilizó con una sacudida, a pesar de los baches las ruedas se mantuvieron firmes contra la tierra.

Cuando Heiji detuvo la moto Kazuha se quitó el casco, el aire olía bosque húmedo. Miró alrededor entre aquel espectáculo de la naturaleza había un ryokan enorme.

—¿Qué hacemos aquí?

—Mi madre me dijo que las aguas de este ryokan son famosas por sus propiedades curativas.

Kazuha contempló el edificio en silencio.

—Aún te duele ¿verdad?

—¿El qué?

—El tobillo. Por eso no te han convocado para la competición de la semana que viene.

Se miró el pie. Era cierto se lo había torcido hacía más de un mes y después de quince días de reposo absoluto todavía le molestaba, no podía cargar correctamente el peso sobre la pierna derecha y cuando caminaba mucho rato se le hinchaba.

—Me he fijado en tu forma de caminar, es extraña así que deduje que todavía te duele.

»Vamos. Hice una reserva la semana pasada.

—Pero Heiji alojarse en un sitio de estos es carísimo —protestó.

—Míralo así —pronunció—. Si no se te cura no podrás venir a animarme a Kyôto y si no vienes me dejaré ganar.

Kazuha avanzó junto a él apoyando el pie con cautela sobre la gravilla, sólo faltaría que se lo volviera a torcer.

—Idiota, no lo harías —soltó—, odias perder.

—Por poder echártelo en cara lo haría.

Sonrió como un crío planeando una diablura, sus dientes blancos resaltaban con el moreno de su piel, le fulminó con la mirada, el muy maldito sería capaz de hacerlo sólo por fastidiarla.

Una mujer con kimono les recibió en la entrada con una marcada reverencia.

—Los Hattori, imagino —dijo y ambos muchachos la miraron con sendas muecas de desconcierto—. Son nuestros únicos inquilinos hoy.

»Les acompañaré a su habitación.

Aunque el que usase el singular les sorprendió ninguno de los dos dijo nada, podría ser simplemente una forma de hablar, pero cuando la sonriente mujer les abrió la puerta de la suite nupcial casi se caen de culo al suelo.

—Un momento, un momento —soltó Heiji incómodo—. Reservé dos habitaciones. Dos. Habitaciones.

—Pero la señora Hattori llamó para solicitar un cambio y reservó esta suite.

—¡¿La señora Hattori?! —casi aulló el joven detective.

Y es que lo que los dos adolescentes no sabían es que todo aquello formaba parte del diabólico plan de sus madres. Porque, más allá de la fascinante capacidad de observación que poseía el chico, la madre de Kazuha se había asegurado de llamarle acongojada para explicarle lo mal que lo pasaba su angelical hijita por culpa de aquel malvado tobillo que no quería acabar de curarse. Un poco de exagerado padecer, un par de lagrimitas de cocodrilo y ¡puf! Preocupación instantánea. Sembrada la preocupación tocaba regarla con un cuento de viejas sobre aguas milagrosas que curan las dolencias articulares y, como Shizuka Hattori, era una gran aficionada a las aguas termales le relató a su inteligente pero tremendamente inocente y atolondrado hijo de las milagrosas cualidades de aquel rincón perdido en el culo del mundo.

Sembrada la preocupación y regada con abundante cuento chino sólo hubo que esperar lo que ambas mujeres sabían llegaría, aquel: mamá ¿no tendrás el número de esos baños termales? Y la respuesta de Shizuka, claro está, fue un reluciente y musical "sí".

Y allí estaban inmóviles en el centro de la lujosa habitación como si se hubiesen quedado congelados.

—Te juro que reservé dos habitaciones —musitó Heiji muerto de la vergüenza.

—Ya —replicó ella avergonzada también—. La señora Hattori… ¿se refería a tu madre?

—Si ha sido cosa de ella la desheredo.

Kazuha le miró y se rió.

—¿No es ella la que tiene que desheredarte a ti?

—Eso no importa, se va a enterar —gruñó—. Voy a pedir que nos realojen.

Pero Heiji fue derrotado por tres mujeres: su propia madre, la madre de su amiga y la dueña del ryokan. Y es que las dos mamás conspiradoras se habían asegurado de que el resto de habitaciones (seis en total) no estuvieran disponibles; todo por el bien universal. Porque si el par de idiotas de sus hijos no eran capaces de dar el paso y los kami estaban demasiado ocupados como para echarles una manita, pues ellas mismas obrarían el milagro de eliminar la estupidez.

Cuando Heiji regresó derrotado y cabizbajo Kazuha le esperaba sentada sobre el futón de matrimonio, no necesitó que le dijese que no había logrado su objetivo, lo llevaba escrito en la cara.

—No he conseguido ni un mísero futón individual.

Kazuha miró el futón sobre el que estaba sentada.

—Bueno, tampoco es que sea la primera vez que dormimos juntos.

Y era cierto, claro que por aquel entonces tenían diez años e inocencia y no casi dieciocho y hormonas revolucionadas.

—¿Lado derecho o izquierdo? —preguntó Heiji, ella analizó el futón y se encogió de hombros.

—Izquierdo —contestó, ya que se había sentado se quedaría allí.

Tras deshacer el poco equipaje que cargaban dieron un cauto paseo por los alrededores. El bosque milenario los mantenía aislado de una ajetreada ciudad que, en realidad, no estaba tan lejos. Allí arriba todo era calma, pájaros piando y viento siseando entre las hojas.

Absoluta tranquilidad y ningún crimen a la vista, eso hacía especialmente feliz a Kazuha. No tener que rivalizar con un cadáver era un auténtico alivio; quería a Heiji y por más que le encantase aquella expresión suya tras resolver un caso lo cierto era que sentirse menos interesante y atractiva que un muerto con la baba colgando la deprimía.

Heiji propuso darse un buen baño antes de cenar, si su madre no le había mentido tal vez el tobillo de Kazuha mejorase, además sería una pena no emplear los baños. Unos baños naturales de aguas termales en mitad de un bosque con el cielo como techo prometía ser especialmente agradable.

Tras tomar sus cosas de la habitación se dirigieron a la parte trasera del ryokan y entraron cada uno por su respectiva puerta. Con un poco de suerte la pared que separaba el ofuro femenino y el masculino les permitiría hablar sin necesidad de gritar.

Kazuha se duchó rápidamente, los jabones olían a hierbas y a bosque y proporcionaban una agradable sensación de frescor. Observó el enorme ofuro al aire libre. Había un muro de piedra que separaba ambas zonas, supuso que el agua debía ser más profunda de lo que parecía desde allí. Se recogió el pelo con una pinza y colocándose la toallita sobre la cabeza se metió en el agua, tener aquella enorme balsa de agua caliente natural para ella sola era increíble.

Se pegó al muro y fue avanzando agachada esperando encontrar un punto profundo que explicará por qué no había una pared alta o un separador de bambú, pero el agua apenas le llegaba a medio muslo si se ponía de pie. Escuchó el chapoteo del agua se incorporó para mirar la entrada pensando que tal vez alguna de las empleadas había decidido bañarse también pero no había nadie, entonces debía ser en el otro lado.

Allí estaba Heiji quieto tapándose como podía con aquella minitoalla y mirando hacia otro lado, aunque había visto suficiente ¿desde cuándo tenía Kazuha todas aquellas curvas? La chica soltó una exclamación y se sumergió bruscamente en el agua, desnuda y muerta de la vergüenza se miró las rodillas a través de la transparencia del agua termal. De acuerdo, no era la primera vez que se veían desnudos, se habían bañado juntos cuando eran unos críos pero sus cuerpos de ahora no eran como los de antes. Si de ella hubiese dependido Heiji no habría llevado esa toalla, nada más pensarlo deseó hundirse en las profundidades del ofuro y morir achicharrada y ahogada por ser una pervertida.

Se estaba muriendo de calor y ya no sabía si era por la temperatura del agua o por la cantidad de estupideces que estaba pensando.

Oía el agua ondularse al ritmo de los pasos de Heiji al otro lado de aquel maldito muro. Le apoyó la mano en la cabeza enredando con suavidad los dedos entre su pelo húmedo.

—Idiota —le soltó y se sentó sumergiendo el cuerpo en el agua.

—¿Sabías que era así?

Pensando todavía en cosas en la que no debía pensar estuvo a punto de contestar que la imaginaba diferente, entonces cayó en la cuenta, se refería a la separación de los ofuro y su profundidad.

—No, creía que habría bambú o algo por el estilo.

—Yo también lo había pensado. —Kazuha se giró, se puso de rodillas y apoyó los brazos sobre el muro—. Pero es cómodo podemos hablar como si estuviéramos en casa.

Heiji enarcó una ceja antes de girarse. No era exactamente lo mismo, para ser "como en casa" les faltaba ropa, a no ser que se refiriera a «como en casa aquel día que tuvimos la fantástica idea de esposarnos y tuvimos que hacerlo todo juntos como si fuéramos siameses». Si se refería a ese "como en casa" entonces sí.

Agradeció el ver sólo sus brazos y cabeza, se colocó como ella.

—Además se ve la puesta de sol —continuó mirando hacia el horizonte por el que el sol, convertido en una enorme bola roja, descendía tiñendo el mundo de tonos rojizos—. Es precioso, ¿no te lo parece?

—Sí —contestó aunque no apartó los ojos de ella.

Ocuparon el tiempo hablando de cosas cotidianas, sin especial importancia, sobre ellos, sobre el mundo, sobre el futuro. Sin poder dejar de pensar en los detalles que amaban del otro; los ojos, la cintura y la jovialidad de Kazuha; los labios, las manos y la determinación de Heiji…

El sol se apagó encendiendo un millar de estrellas que titilaban iluminando aquella noche de luna nueva.

Kazuha suspiró con los brazos apoyados sobre el murete de piedra le dedicó a Heiji una mirada llena de determinación con las mejillas ruborizadas.

—Heiji —susurró—. ¿Puedo pedirte un favor?

—¿Cuál?

—¿Podrías besarme?

Se dio la vuelta recargando la espalda contra el muro ocultando el tono rojo encendido de su cara morena.

—¡Pero qué estupideces estás diciendo, idiota! —exclamó crispado. No podía escaparse, al menos mientras ella siguiera mirando hacia su lado del muro—. Idiota.

—Ya me lo imaginaba —pronunció decepcionada—. ¿Sabes? Creía que besar a alguien debía ser increíble —susurró lentamente, el agua chapoteó—, que debían sentirse un montón de cosas fascinantes, pero me equivocaba.

—¿De qué estás hablando?

—El otro día me besó un chico.

Heiji volvió a girarse ¿qué acababa de decir? ¿Qué la había besado un chico? Ah, no, eso sí que no. NADIE tenía derecho a poner sus asquerosos labios sobre SU Kazuha y menos a decepcionarla.

—¿Quién? —gruñó el detective.

—Eso da igual —replicó ella—. Fue bastante asqueroso…

»Sólo quería comprobar si contigo era diferente.

Le puso la mano en la nuca y en un gesto brusco y torpe juntó sus labios con los de ella apenas durante unos segundos. Miró aquellos ojos verdes, grandes y brillantes. ¿Por qué demonios tenía unos ojos tan bonitos? Y ¿por qué demonios su cuerpo había decidido por sí solo que tenía que volver a besarla?

«Estúpidas hormonas. Es tu amiga, tu AMIGA» pensó pero sus dedos se movieron por las espalda desnuda de ella sin su consentimiento. El chapoteo del agua le hizo preguntarle quién era el que se había movido ¿había sido él o ella?

¿Y si paraba ya? Aquello estaba perdiendo cualquier rastro de inocencia que hubiera podido tener al principio. Las manos de Kazuha también se habían movido, ya no estaban sobre el muro ahora descansaban sobre sus hombros y desprendían un calor irreal, o no si tenía en cuenta que estaban en un baño termal y que el agua debía estar a unos 45 grados.

Escuchó como algunas palabras se fugaban de sus propios labios aunque no tenía ni idea de qué acababa de decir. Su capacidad de raciocinio estaba perdiendo la batalla contra el instinto y eso era peligroso.

La empujó por los hombros apartándola pero sin soltarla, podía ver el inicio de la curvatura de sus pechos. Apartó la mirada y pensó que afortunadamente el muro ponía distancia entre ambos, aunque podía saltarse sin ningún problema.

—¿Satisfecha? No vuelvas a pedírmelo, idiota.

—Gracias —susurró Kazuha con voz ronca.

Heiji se rascó la nuca al borde de un ataque. Parecía el maldito día de vuelve a hacer las cosas que hiciste por primera vez cuando eras un crío y que hace mucho que no haces. Primero tener que dormir juntos, cosa que no hacían desde los diez años; volver a bañarse juntos, la última vez que lo hicieron tenían ocho años; volver a besarse, eso lo hicieron por primera vez con cinco años y Heiji no lo había olvidado.

Kazuha le sujetó la mano para que dejase de rascarse, parecía que iba a agujerearse el cuello.

—Heiji… —pronunció con voz suave y peligrosa.

—¿Qué?

—¿Por qué no vienes a este lado del muro?

Y es que Kazuha también estaba pensando que parecía el día de volver a hacer cosas que hace mucho que no haces y se sentía tentada a añadir alguna nueva al repertorio.

Heiji la miraba con cara de espanto, como si su amiga de la infancia se hubiese convertido en un monstruo con cuatro cabezas y enormes y afilados dientes.

Los dedos de Kazuha recorrieron su cuello con una suave caricia cargada de electricidad.

—Idiota —bufó mirándola mal.

Ojos verdes, grandes, brillantes y suplicantes…

Adiós razón.

Saltó el muro.

Fin

Notas de la autora:

¡Hola! Antes que nada mil gracias a Camila1487 por las sugerencias para la letra D; al final me quedé con Deseo de Jorge Drexler, una canción muy alejada de lo que suelo escuchar tanto por estilo musical como por el tipo de cantante. Busqué la letra y me pareció sencilla y bonita así que me lancé a escribir sobre ella. De nuevo si alguien tiene alguna sugerencia bienvenida sea.
Esta vez ha tocado un poco de humor, me encanta torturar a Heiji. Algo de real encierra este shot así que me lo he pasado de fábula escribiéndolo y adaptándolo a ellos, de hecho me reía yo sola mientras escribía y en el tren me miraban como si estuviera loca. Siento si en algún momento han quedado algo OoC he intentado que no pasara.

Aclaraciones:

Ryokan: tradicionalmente los ryokan alojaban a gente a corto plazo, pero en la actualidad son hospedajes de lujo, sobre todo, para los turistas occidentales. Se caracterizan por sus onsen (baños colectivos), los jardines y la gastronomía.

º º º

CodeYumishiyama: ¡Hola! Tengo que escribir algo más largo sobre estos dos de niños, a ver si encuentro una buena canción para hacerlo.
A ver si baja la musa a visitarte para que puedas acabar la historia, unas cuantas dosis de tontos de Osaka en vena y seguro que se te ocurre algo.
Un besazo.
Camila1487: ¡Hola! Una vez más, gracias por las sugerencias, me han sido de gran ayuda.
Yo también quiero un príncipe como Heiji, pero parece que se esconden muy bien para que no los encontremos jajaja.
Un abrazo.
Woman in red: ¡Hola! Muchas gracias por tu review, me alegra que te gustase y espero que este también sea de tu agrado.
Eché en falta una escena en la que Aoyama nos lo explicase, ni que fuera un flashback de diez segundos, lo justo para saber qué pasó. He leído varias versiones del incidente y no pude evitar hacer la mía propia.
Un abrazo.

Nahia: ¡Hola! Otra víctima de los largos trayectos en tren, siempre son una aventura, cuando te subes a uno nunca sabes qué pasará. Yo voy de Sants a Granollers Centre y te aseguro que raro es el día en que no viva un mini aventura, es divertido escribir allí, te puedes fijar en los gestos de la gente para ambientar una historia, además siempre quedan más auténticas si tienes un punto real sobre el que cimentar lo que explicas.
El Boig per tu siempre será mi canción preferida del panorama musical catalán y una de las 10 que siempre van conmigo.
Intento ser fiel a los momentos que muestra Aoyama aunque hay momentos en los que me resulta muy difícil porque me estresan jajaja.
Mis fics de RK están en pausa, me quedé completamente atascada, aunque pienso acabarlos en cuanto mis neuronas decidan centrarse de nuevo en el universo samurái. Puedo hacerme una idea del miedo que puede dar una "enamorada" de un personaje jajaja, yo también he conocido a alguna.
En fin, tras la pausa para el shot de San Valentín dejo este, a ver si te gusta también.
Un abrazo.