Sabrá Dios -o aquella entidad no empírica la cual nos aferramos la gran mayoría de las personas para justificar nuestra existencia o avivar la fe, sea cual fuere- porqué las cosas pasan como pasan. Y por qué pasan.
En este día Takahiro bien amaría salir hacia el club, entrenar con ganas de derribar la red y derrochar un par de sonrisas por ahí, durante el largo camino de las horas mientras, también, pasear por la zona, desplazarse en algún local de comida (o alguna tienda para sus golosinas) compartiendo con Matsukawa, Iwaizumi u Oikawa, ya sea juntos o con cada uno por separado con la negrura en la espalda de un sol que está ocultando. Sin embargo, sí, el maldito palo en la rueda, se siente para el mismísimo diablo para siquiera abrir una puerta. Así que mucho menos la idea de correr, silbar y todo eso de coser y cantar (pues la rutina motiva al encuentro, las ganas, el corazón y la risa). La buena rutina. Pero no de un círculo repetitivo, sino infinito. De posibilidades por doquier en el día a día.

Pero al diablo todo.

Oh, maldecir mentalmente (es decir sin quién lo reprenda) está bastante bien en realidad. Como aliviar un arrebato... con otro arrebato.
El asunto es que le duele la espalda más de lo que estaba planeado -claro que aquello no se planea sino supone mas él creería al menos tener un mínimo control de su cuerpo: no duelas tanto, decirse, y así mágico, apenas doler- mientras su cuerpo es un incendio. Pero tiene frío. En la controversia, arde en fiebre. Entonces es como juntar dos extremos que nada tienen que ver entre sí pero al colisionar son una masa amorfa y pesada; en efecto Takahiro es un moribundo con fiebre y dolor muscular.

La mañana es tranquila y sería idónea para descansar si no fuera por el ardor sobre los ojos al intentar cerrarlos. Por lo que, si va a quedarse despierto, al menos va a prepararse algo caliente para contrarrestar este frío horrible que siente.
Además tiene que cuidarse solo pues mamá está en el trabajo y papá... papá no existe. Es casi mitad independiente. Ella le ha dejado antibióticos para bajar la fiebre y éstos han hecho algo de efecto, mas aún el mareo persiste junto a una sensación de algo atorado en su garganta y cabeza.

Las medias arrastradas, terriblemente blancas que su madre regañaría por desplazarse por la casa sin pantuflas. Pero, chico rebelde, insiste en que ella no está y por ende automáticamente él sigue sus propias reglas (en realidad son de lana y le van gigantes que son casi como pantuflas y apenas siente el suelo). El celular en mano y la calefacción encendida.

Es curioso que ayer disfrutaba un día soleado mientras el pensamiento de enfermarse jamás asomó pues estar hoy así es completamente inesperado, de una traición natural. Un descuido, una gota de más en el vaso de agua.

Tocan la puerta. Él... vacila; cejas inclinadas y labios apretados. Entrecierra los ojos y piensa; cálculos mentales, pensamientos flotantes.
Lentamente, la sonrisa.

Si bien continúa sintiéndose como el mismísimo demonio, de alguna manera puede hacerse para abrir la puerta. Ha recuperado, quizá, un diez por ciento de energía.

Afuera es otro mundo. Percibe el rasguño de un frío fugaz.

— Yo, sabía que ibas a ver ir — dice a un Matsukawa desprolijo, con la mochila escolar colgando de un hombro, el saco oscuro y un suéter cuello alto arrugado en el principio del pecho. Makki se hace a un lado con la sonrisita acusadora.

— ¿Cómo lo sabías? — Hay una leve inclinación de cabeza; un cachorro o un confundido Mattsun.

— Porque me has estado enviando mensajes, aunque me sorprende que Oikawa e Iwaizumi no estén aquí.

— Soy un niño grande sabes, puedo venir sin mis padres. — El chico entra pero se quedan allí, en medio del genkan y la puerta ahora cerrada.

— No lo sé. Quizás te has escapado y tonto uno y tonto dos están buscándote desesperados porque, bueno, es horario de clases. — Hanamaki entrecierra los ojos en un claro gesto de fingida desconfianza. Matsukawa limpia sus zapatillas en el felpudo sabiendo que con ello alcanza para andar calzado por su casa (además Takahiro tendría que ir a buscar las pantuflas de repuesto que están en su habitación, volver, y... mejor no).

— Entonces ¿qué mejor que mi mejor amigo para esconderme? — Issei lo empuja un poco para adentrarse más a la casa. El calor de aquí debe golpearlo de improvisto pues se remueven ligeramente -sólo un observador empecinado como él lo notaría- los mechones de la frente, casi como flotando en aire nuevo. Dos pasos para atrás e Issei estira una mano y le toca la frente. Los dedos fríos acarician la zona.

— Voy a cobrarte la estadía — contesta sonriente, ignorando el hormigueo y la cercanía. Los dedos se apartan de modo que recuerda cómo respirar.

— ¿Cómo te sientes? — le pregunta Matsukawa alejándose, andando por la sala y dejando caer la mochila y el saco por ahí. Takahiro, despacio, lleva una mano a su frente percibiendo un poco de tibieza.

— Tengo fiebre, normal. Va y viene. ¿Tú cómo estás? Estaba por tomar un té ¿Quieres? ¿Con miel? Es bueno para la garganta. Y limón, creo. Mamá lo prepara así — dice mientras sigue a su amigo. Éste entonces se dirige a la cocina.

— Bien. Ve a la cama.

— ¿Qué? ¿No quieres té? — ligero alzamiento de cejas.

— Que vayas, yo me ocupo. Tienes fiebre por más leve que sea, así que ve a taparte y cuando esté lo llevo. Sé dónde está cada cosa.

Takahiro asiente porque Issei es terco y en todo caso podría hasta arrastrarlo hasta su habitación, entre muchas otras posibilidades.
Pero, por supuesto, él sigue teniendo sus propias reglas por lo que regresa todo envuelto en una frazada y lo mira preparar los tés sentado en una de las sillas altas de la cocina. Deja caer los codos en la mesada.
Se oye, tranquila, de boca cerrada, la risa divertida de Mattsun. Él evita la mirada, también riéndose.

— ¿Nunca me harás caso?

Mmm. Nope.

Los ojos en la cerámica.

— No importa. Me gustan los desafíos.

Los ojos ojos en Matsukawa.

De pronto hay un té delante suyo. Murmura un agradecimiento y se lo toma como agua, ardiente y dulzón. Quedan pequeñas sensaciones de limón entre los dientes.
Y el tiempo sigue pasando. Asimismo, la fiebre sube. Diría inesperada, pero tenía claro que volvería en cualquier momento. Takahiro se mueve, echándose en el sillón; es una bolita dentro de una frazada.

— Estoy tan caliente — exclama, pues arde en todas las malditas partes del cuerpo, de este a oeste. Hasta que esa sensación se intensifica cuando Matsukawa suelta una risita ahogada. Bajita y contenida.
Entonces es un calor vergonzoso y rojo. Muy rojo.
Uh. Probablemente no debió decir eso.
Takahiro enseguida siente las cosquillas particulares en las mejillas, y en toda la cara. Está por decirle que se calle, que no bromee con un enfermo pero muere mucho antes de llegar a la garganta:
— Eso puede arreglarse. — Matsukawa es tan serio, diablos. A él se le agrandan los ojos, confundido.

Pero, de nuevo rotando el universo, de cabeza o derecho, su mejor amigo viene hacia él con un paño mojado. Se siente terriblemente relajante cuando cae en su frente. Se lo acomoda y se acomoda, haciendo espacio a Mattsun en el sillón.

— Sabes que es imposible que por un dolor de espalda tengas fiebre, ¿no? Eres como un caso particular. — Issei se muerde la boca, comprimiendo la risa incrédula. Él le da una patadita.

— Ja. Cállate. Sólo han coincidido ambos dolores y pues, esas raras casualidades del tonto cuerpo.

— Voltéate.

— ¿Cómo?

— El gel refrigerante, al calentarse, sirve para el dolor muscular prologado. Vi que tenías uno y lo calenté. Tengo que ponerlo en tu espalda — explica Mattsun, casi como si tuviera manzanas en las manos, y uno más uno dos, etcétera. Es decir, como si hablara con un niño.

Hanamaki obedece enseguida, de modo que una mano levanta su remera y otra aplica el gel caliente; en un principio es incómodo pero poco a poco es un alivio en la zona. Da otra vuelta pues igualmente el gel queda abajo suyo siguiendo en la espalda, haciendo él un poquito de presión. Al girar boca arriba tiene la cara bonita de Matsukawa muy cerca, lisa y uniforme que parece ilícito estar tan mudos. Como volver a tomarse un té cálido, con limón, si es posible, muy temprano, entre las comodidad de las medias y sábanas, para contrarrestar al frío invernal. Y todo está bien. Perfectamente al momento. Más o menos, idéntico al hoy.

Entonces imagina el aroma del cítrico, fuerte e irremediablemente dulce a su gusto.

— Duerme.

Matsukawa se levanta para devolverle el espacio. Él sonríe agradecido, ya sintiendo los párpados cansados, o más bien perdiendo fuerzas. Quiere escapar hacia el otro mundo, el de los sueños. Pero también quiere quedarse, la amena sensación de querer compartir un instante más porque más tarde el recuerdo exigirá cosas no hechas o dichas.

— No te preocupes por mi. — Mas Matsukawa simplifica, suma emociones y resta el tiempo de dudas y reprimendas consigo mismo cuanto todo lo que debe hacer es una y solo una cosa.

Así que, además de amotinarse todos sus sentidos haciéndolo más bien un real desastre, resurge un sueño arrebatador y todo lo que puede hacer, y hará, es dormir durante largas horas.

Quizás hasta Matsukawa siga aquí cuando despierte.

Es un hecho.


El coqueteo natural de estos dos. Ayyy.

Resulta que aún quedan algunos capítulos (tres, cuatro) porque, chica rebelde diría Makki, decidí un par de cosas. Espero mañana actualizar, sino en la semana que viene. Tengo un mes pesado, suerte por ahí.

Gracias por leer¡!

Nao.