Los personajes de twilight no me pertenecen, pertenecen a Stephenie Meyer.

Capitulo 3:

Carlisle me mira con esos ojos dorados suyos llenos de seriedad. Suspiro y me remuevo en el sofá, incómoda ante su mirada tan penetrante. No quiero discutir con él, no me apetece, pero mi doctor, al parecer, se empeña en qué tengamos esta conversación tan innecesaria. Pongo los ojos en blanco pero él ni se inmuta, sigue mirándome seriamente, cumpliendo su papel de doctor.

—Vamos, Carlisle —me quejo, suspirando—, no me mires así. He tenido hoy día suficientes miradas como para tener que soportar una más.

—No te estás tomando esto con la seriedad necesaria, Bella.

— ¡Pero si sólo fue un desmayo! —Mi voz resuena por toda la casa, histérica y desesperada.

—Un desmayo que pudo haberle causado muchos problemas a tu cerebro —contraataca tranquilamente. Se envara en su asiento y se pone a escribir cosas en su pequeña libreta.

—No me pasó nada, ¿de acuerdo? Mírame, Carlisle, estoy bien.

Niega con la cabeza, exasperado, pero no hace ningún comentario, sólo se dedica a seguir escribiendo en su libreta. Suspiro. Llevamos más de una hora sentados en la sala de mi casa, conversando un tema que es muy insignificante para mi pero que, según Carlisle, debería importarme; estamos hablando de mi desmayo del día de hoy en el instituto. Carlisle no comprende que no me sucedió nada y que estoy sana y a salvo, se empeña en querer llevarme al hospital para que me hagan un chequeo médico, pero yo no deseo eso. De verdad me siento bien, no he sentido dolores luego de llegar a casa… echa un mar de lágrimas, qué, gracias a Dios, nadie vio porqué la casa estaba sola cuando llegué.

No quiero contarle a Carlisle lo que me sucedió después porque estoy segura que con ello me llevará si o si al hospital, alegando, a su favor, que lo que sufrí es muy grave para mi salud y que necesitan revisarme para ver si estoy bien. Tampoco quiero hablar del tema, no quiero recordar ese maldito ataque de pánico que me dio cuando intenté subirme al MBW3 descapotable. Me avergüenza lo ocurrido en esos momentos, me da pena mi reacción y mi actuar.

— ¿No hay nada más que quieras contarme? —La voz de Carlisle me saca de mis pensamientos. Le miro y está con una ceja alzada, mirándome escéptico—. ¿Algo que haya sucedido después del desmayo?

Me muerdo el labio inferior, con la disputa mental confundiéndome. No quiero contarle lo que sucedió después, no quiero.

—Bella —advierte con un suspiro.

Resoplo enfadada. Pareciera que Carlisle pudiera leer mis pensamientos y adivinar lo que estoy pensando. Siempre me descubre cuando le miento y luego me regaña por mentirle.

Si le miento no es porque no confío en él, al contrario, confío en él con mi vida, pero a veces se comporta un poco exagerado y con la mínima cosa que me pase, inmediatamente quiere llevarme al hospital. Sé que se preocupa por mí, y eso lo agradezco, pero me gustaría que dejara de ser tan… sobreprotector conmigo.

—Me hice unos pocos amigos en el instituto —comienzo.

— ¿Amigos?

Asiento con la cabeza.

—No son estudiantes, son profesores, pero me llevo bien con ellos. Tienen mi misma edad.

Alza una ceja, totalmente divertido.

— ¿Y eso qué tiene que ver con lo qué estamos hablando?

—Déjame terminar —le regaño, suavemente. Suelta unas risas—. Son dos hombres y dos mujeres. Me invitaron a sentarme con ellos en el almuerzo y acepté de buen gusto. Cuando estábamos conversando una de las chicas pegó un grito ensordecedor y me mareé. Ahí sufrí ese pequeño desmayo insignificante. —Me mira enfadado y yo suspiro—. Bueno, luego de las clases me encontré con ellos en la salida del instituto y se ofrecieron a venir a dejarme en casa, pero había un solo problema.

— ¿Cuál? —pregunta, preocupado.

—Me querían venir a dejar en un carro. Un MBW3 para ser más específica.

La sorpresa surca en el rostro de Carlisle para luego ser reemplazada por la preocupación. Inspiro profundamente y sigo con mi relato.

—Intenté… intenté subirme al carro, te juro que intenté perderle el miedo a esas malditas cosas… pero no pude. De un momento a otro comencé a marearme, las manos me sudaban, la respiración se me aceleró y mi corazón parecía querer salirle de mi pecho. —Cierro los ojos con fuerza ante el repentino e inoportuno recuerdo de esos momentos—. N-No podía respirar, el aire no me entraba en los pulmones. Traté de tranquilizarme pero no pude. Mis amigos me preguntaron que me pasaba pero no les podía responder, sólo les pedí, como pude, que me pasaran mis pastillas que estaban en mi mochila. Cuando las pastillas me tranquilizaron salí pitando del instituto, tenía tanta vergüenza por todo lo que había pasado que me fui sin despedirme de nadie.

No quiero abrir los ojos porqué se que si los abro, voy a ver la mirada de reproche que tiene Carlisle en estos momentos y no quiero verla. El recuerdo del chico de cabello cobrizo en la motocicleta me ataca de repente y el bichito de la consciencia me dice que se lo cuente a Carlisle pero no lo hago. Por alguna extraña razón quiero mantener al chico en secreto, sólo yo quiero saber de su existencia.

—Bella —me llama Carlisle, haciéndome abrir los ojos. Me está mirando con… ¿orgullo?—. Me complace el que quieras vencer tus temores, y admiro, verdaderamente, lo que hoy pasaste sólo para subirte a un vehículo. Fuiste muy valiente, Bella, no cualquiera trata de vencer sus temores de esa forma.

Le sonrío, pero muy dentro de mí sé que falta algo más que debe decirme.

—Pero… —musito, incitándolo a seguir.

Ríe alegremente y sacude la cabeza.

—Pero debes tomarte las cosas con calma, Bella. Sé que ha pasado un año desde el accidente y qué piensas que ese es tiempo más que suficiente para recordar y afrontar tu temor a los vehículos, pero las cosas no son así. —Suspira y se pasa una mano por sus cabellos—. Hay gente que sufre accidentes muy parecidos al que tú tuviste y también sufren amnesia. Pueden pasar años, muchos años, para que esa gente recuerde y por lo mismo tú debes ser paciente y esperar.

«Sé que te dije que tu amnesia es permanente ya que eso decían tus exámenes, pero también te dije que en tu mente tú controlas todo y, si tienes la fuerza y la voluntad necesaria, puedes recordar esos cinco años de tu vida que olvidaste. Pero la mente es algo complicado, Bella, y si ella quiere, puede demorar muchos años para recordar.

Los ojos me pican y se llenan de lágrimas. Siento en mi pecho un peso que no me deja respirar; ese es el peso del dolor que todo esto me produce. No quiero llorar pero me es imposible no hacerlo, cada palabra de musitada por Carlisle me llega al corazón y me hace darme cuenta que tal vez nunca recuerde. Eso me duele.

— ¿Me… me estás queriendo decir que tal vez nunca recuerde?

—No, no te estoy queriendo decir eso. Lo que quiero decir es que tal vez tengan que pasar demasiados años para que… recuerdes —responde Carlisle.

Asiento con la cabeza. No quiero seguir hablando más de esto, todo me duele y no quiero sufrir más.

Hoy a sido un día muy difícil para mí; con el instituto y sus miradas, mis nuevos amigos, el desmayo, el ataque de pánico; todo eso he tenido que soportar el día de hoy. Y ahora tener que soportar también esta dura realidad de mi amnesia no me deja muy bien. No quiero más dolor, no quiero llorar.

—E-Entiendo —tartamudeo entre lágrimas—. D-Debo tomarme las cosas con calma.

—Bella…

—N-Necesito estar sola, Carlisle. Agradezco el que vinieras a casa para verme pero necesito pensar y relajarme un tanto.

Asiente con la cabeza y se levanta de su asiento. Me mira con la preocupación mal disimulada en sus ojos y abre sus amables brazos para mí. No lo pienso dos veces y me arrojo a sus amables brazos, dejándome rodear por ese consuelo y ese cariño que Carlisle me da.

Carlisle es para mí como un padre. Ha estado en este proceso, tan agónico, conmigo siempre, dándome su apoyo incondicional y su cariño. Le quiero de verdad, como a un padre, y por lo mismo para mí es muy importante que él este conmigo.

—Gracias por todo, Carlisle —murmuro contra su pecho.

Me besa el cabello y me estrecha entre sus brazos.

—No tienes nada que agradecer, Bella. Sabes que te quiero como a una hija.

—Y yo a ti como a un padre.

Nos separamos lentamente y él me regala una de sus sonrisas, de esas que me hacen tranquilizar inmediatamente. Se devuelvo la sonrisa tranquilamente. Él se inclina un poco y besa mi frente con ternura. Cierro los ojos y me dejo llevar por esa sensación de cariño que Carlisle me está dando.

—Me tengo que ir, Esme me espera —dice.

Me río entre dientes y asiento con la cabeza. Esme es la honorable esposa de Carlisle Cullen, desgraciadamente yo aún no conozco a la esposa de Carlisle pues no hemos tenido la oportunidad de juntarnos y conocernos. Pero, por lo que escucho decir de ella por los labios de Carlisle, sé que es una gran mujer de un buen corazón y una arquitecta inigualable. Carlisle se merece a alguien así en su vida y en su corazón, de ello estoy segura.

—Adiós, Bella.

—Adiós, Carlisle. Espero que nos veamos pronto y que la razón de nuestra reunión, para la próxima, no sea algo malo de mi salud —me burlo, sonriendo.

Carlisle se ríe por lo bajo.

—Yo también espero lo mismo. Pero veremos, Bella, veremos.

Lo acompaño hasta la puerta y él sale sonriendo. Espero a que se suba a su reluciente Mercedes de color negro y, cuando sus ojos se posan en los míos, me despido suavemente con la mano, agitándola, gesto que Carlisle me responde con naturalidad.

Entonces, cuando entro en mi hogar, luego de cerrar la puerta, es como si toda la realidad cayera de sopetón sobre mis hombros. Lucho contra las lágrimas que amenazan con salir de mis ojos, más no puedo con ellas. Mi corazón late y cada latido me duele en lo más profundo de mi alma. Las palabras de Carlisle se repiten en mi mente incesantes sin darme tregua alguna.

Hay gente que sufre accidentes muy parecidos al que tú tuviste y también sufren amnesia. Pueden pasar años, muchos años, para que esa gente recuerde y por lo mismo tú debes ser paciente y esperar.

¿Ser paciente? ¿Tengo que ser paciente? ¡Pero si he esperado por más de un maldito año para que los recuerdos me lleguen pero eso no pasa! Cada día ha tratado de darme los ánimos suficientes para soportar este dolor y esta amnesia y, cuando no recuerdo nada durante el día, me consuelo a mi misma tratando de convencerme de que lo que tengo es complicado y que se toma su buen tiempo para sanar.

Pero ya me cansé de todo eso, me cansé de esperar a que un maldito recuerdo de esos cinco años llegue a mi mente. Me cansé de tratar de recordar cada día, me cansé de poner mi mayor esfuerzo en recordar cuando los malditos recuerdo no abarcan mi mente. Ya no quiero tener esos dolores de cabeza por el esfuerzo nato que hago cada día. Ya no quiero mentir cada vez que alguien me pregunte que he hecho en los últimos seis años, pues siempre lo hago. Ya no quiero que la gente me tenga lástima por ese accidente.

Sé que te dije que tu amnesia es permanente ya que eso decían tus exámenes, pero también te dije que en tu mente tú controlas todo y, si tienes la fuerza y la voluntad necesaria, puedes recordar esos cinco años de tu vida que olvidaste. Pero la mente es algo complicado, Bella, y si ella quiere, puede demorar muchos años para recordar.

Esas palabras musitadas por Carlisle son las que más me duelen. Esas palabras se clavan en mi pecho como un puñal lastimero que se clava en lo más profundo de mi corazón. Las piernas me tiemblan y, si es posible, más lágrimas salen de mis ojos sin control alguno. Mi corazón se retuerce de dolor bajo mi pecho, un dolor que he sentido por un año completo. Y tal vez lo vuelva a sentir en muchos años más, años los cuales dure mi amnesia de esos cinco largos años de mi vida.

¿Cuántos años más tendré que soportar esta tortura? ¿En cuántos años más mi mente me traerá esos recuerdos que tanto anhelo? El mero pensamiento de que, tal vez, esto dure por muchos años me hace estremecer de dolor. El pensamiento de tener que soportar esto por muchos años más se me hace insoportable, doloroso y agónico.

Puede que gente no me comprenda, puede que se pregunten porqué me interesa tanto recordar esos cinco años de mi vida porque piensan que en ellos no sucedió nada de vital importancia. Pero a mi sí me interesa, a mi sí me importa lo que pudo haber pasado en esos cinco años, no por más que mal a mi madre le duele tanto el que no recuerde esos cinco años de mi vida. ¿Qué pasa si de verdad pasó algo de vital importancia en esos cinco de mi vida? ¿Qué pasa si cometí un error gravísimo en esos cinco años? Ó ¿Sucedió algo que debo saber?

— ¡Arg! —grito, poniendo entre mis manos mi cabeza.

Las sienes comenzaron a punzarme y la cabeza me duele a horrores. Cada vez que pienso en lo complicada que se ha vuelto mi vida luego del accidente termino teniendo un dolor de cabeza insoportable y uno de esos ataques espontáneos. Sin pensarlo mucho corro escaleras arriba en mi casa y me meto en mi habitación, buscando, desesperada, mis tabletas que me recetó Carlisle. Cuando ya las tomé, me quedo quieta por unos minutos para que se me pase el dolor de cabeza.

Y ahora, ¿qué hacer? Me pregunto mentalmente. ¿Qué debo hacer ahora con todo lo que Carlisle me dijo sobre mi amnesia? ¿Qué hacer ahora en adelante? No estoy segura de que querer hacer de ahora en adelante, no sé si podré aguantar un minuto más con este dolor que me consume todos los días después del accidente.

De lo que sí estoy segura es que no pienso vivir a base de mi pasado, no pienso quedarme atrás, estancada en el pasado que no recuerdo. Quiero vivir mi vida sin que nada se interponga en mi camino, quiero dejar se sufrir, quiero dejar todo atrás y comenzar desde cero nuevamente. Pero… ¿cómo hacerlo cuando todo con lo que tienes que ver te recuerda a tu accidente? ¿Cómo lograrlo cuando no puedo olvidar lo que hace un año pasó? Ni siquiera puedo decir o decidir olvidar todo y comenzar de nuevo porque con cada maldita pesadilla que tengo todas las noches, con cada dolor de cabeza y con cada ataque espontáneo me recuerda al accidente que tuve.

Entonces, si voy a vivir así, con esto para siempre… ¿cómo vivir? ¿Qué puedo esperar del futuro? ¿A qué atenerse? ¡A nada! ¡No puedo esperar ni atenerme a nada! No puedo esperar nada del futuro si todos los años de mi vida tendré que soportar este dolor y este suplicio de por vida.

Me abrazo a mi misma mientras lágrimas caen por mis mejillas. Mi espalda choca contra la pared y mis piernas flaquean a causa del dolor. Me dejo caer al suelo recargada en la pared y abrazo mis piernas en un vano intento de protegerme del dolor, de no dejar que el dolor entre en mi pecho. Pero ya es demasiado tarde, el dolor ya está instalado en mi pecho desde hace mucho tiempo y no me deja respirar con normalidad.

No sé cuanto tiempo paso ahí, tirada en el suelo, llorando desconsoladamente y dejando que el dolor me consuma. Pero de un momento a otro siento unos brazos rodearme y observo, con alivio, que mis padres están en casa, dándome ese apoyo suyo que siempre me han dado. Me dejo envolver por los brazos de mis padres y su cariño. Es tanta la relajación y el alivio que siento, que luego de unos minutos me quedó dormida entre los brazos de mis padres. Pero, debo saber, que quedarme dormida… no es la mejor opción para mí.

Inmediatamente comienzo a soñar, y eso me desespera. Es el mismo sueño que todos los días, el mismo que me aterroriza todos los días. Voy yo en el asiento del copiloto de un carro, a mi lado va alguien conduciendo y, en los asiento de atrás, va otra persona que deduzco es mi madre. El sonido que nos envuelve es de Claro de Luna de Debussy. Yo estoy sonriente, alegre por una razón que desconozco. Entonces miro por el ventanal del coche y veo, con nerviosismo, que afuera nos envuelve una oscuridad y una neblina densa y total. Hay tanta neblina que casi no se puede ver nada, solo los faros del carro dejan ver un poco en la densa neblina. Miro hacia al frente, preocupada por el camino. El carro en un principio va muy bien, hasta que de pronto un ensordecedor sonido me deja sorda momentáneamente. Aturdida miro al frente y unos enormes faroles se cruzan en nuestro camino, encandilándome.

Desesperada me retuerzo en mi asiento de copiloto y me doy la vuelta, como puedo, en mi asiento, desesperada por proteger a esa persona que está en los asientos de atrás. Al momento que siento ese cuerpo entre mis brazos lo estrecho con fuerza y siento como otro cuerpo cubre los nuestros, protegiéndonos. Pero se hace imposible al impacto del camión contra el carro pues choca justo en mi lado, haciendo que soltara el cuerpo de mi madre y me impactara contra la puerta. Esta se abre y salgo disparada hacia fuera. Cierro los ojos con fuerza al sentirme en el aire, mi cuerpo se golpea muchas veces contra algo hasta que un solo golpe en la cabeza me deja inconsciente.

Pero el sueño cambia de un momento a otro. Ya no estoy en un carro, no estoy acompañada. Al contrario, estoy sola. Me encuentro en la cancha… ¿del instituto de Forks? Estoy sentada en las barreras del publico a escucho a lo lejos un sonido musical que, esta vez, no reconozco. Entonces escucho una suave carcajada y veo, a lo lejos, a Emmett MacCarthy sonriéndome radiante y luego me guiña un ojo. Le sonrío pero por dentro estoy confundida, ¿qué tiene que ver él en mi sueño? Pero antes de que pueda pensar en algo más, escucho un bocinazo que procede de un lugar desconocido. Me volteo con una expresión de horror, los tímpanos me pitan de dolor al escuchar el bocinazo y la cabeza me arde. Y unos enormes faroles se acercan a mí, amenazando con matarme…

…y me despierto gritando agónicamente y sobresaltada, de nuevo. El grito que escapa de mis labios es desgarrador, agónico. Mis manos sudadas se aferran a mi pecho, sintiendo bajo su piel el latido histérico de mi corazón. Mi cuerpo esta sudoroso, el cabello se me retuerce bajo el cuello, pegado a él por el sudor. Inspiro profundamente en un vano intento de calmarme, más no puedo. Un sonido resonante, ensordecedor, se escucha en la habitación pero desconozco su procedencia.

La puerta de mi habitación se abre y entran mis padres, con semblantes preocupados predominando en sus rostros. Se abalanzan contra mí y me aprietan en un abrazo grupal, de esos que me calman inmediatamente… pero no en este caso. Trato de calmarme, pero no puedo, a pesar de sentir los brazos de mis padres rodeándome.

—Shhh, cariño, shhh. Todo está bien, estamos contigo. Ten calma, por favor —susurra mi madre en mi oído.

Es ahí cuando lo comprendo todo. El sonido resonante y ensordecedor soy yo. Ese sonido es el de mis sollozos agónicos que brotan de mi pecho y suenan en mi garganta. Trato de enmudecer, de acallar esos sollozos que salen de lo más profundo de mí ser, pero no puedo. Es tanta la histeria y el dolor que siento, que no puedo acallar mis sentimientos.

Pasan unos cuantos minutos y aún no he podido calmarme. Los sollozos siguen arrematando contra mí, sin piedad alguna. A causa de esto mi cuerpo tiembla de pies a cabeza, como si estuviera en un terremoto. Son tales las sacudidas que consigo arrastrar con mis movimientos la cama, haciendo que esta se sacuda con fuerza al ritmo de mis sacudidas. La cabeza me da vueltas de tal manera que consigue marearme. Mis manos siguen aferradas a mi pecho, intentando calmar a mi loco corazón que bombea sangre a mi cuerpo de un modo frenético.

—Vamos, Bella —murmura Charlie en mi oído—, trata de dormirte. Nosotros estaremos aquí, contigo.

Niego frenéticamente con la cabeza, aumentando el mareo que siento en estos momentos. No quiero dormir, porqué sé que si lo hago tendré ese maldito sueño de nuevo. No quiero volver a vivir esa pesadilla nuevamente, no deseo sufrir más de lo que estoy sufriendo.

—N-No —tartamudeo.

Charlie suspira.

Pasan los minutos y el cansancio empieza a presionar mi cuerpo. A pesar de que no quiero dormir, mis ojos, cansados, me comienzan a pesar a tal punto de que temo volver a pestañear. Si pestañeo nuevamente mis ojos se cerrarán de forma permanente y eso no lo deseo. Pero de igual forma mis ojos se cierran y me dejo vencer por el sueño…

…y de nuevo tengo esa maldita pesadilla.

Me despierto sobresaltada, pero no tanto como anoche. Mi pecho se agita al compás de mi respiración y mi corazón se remueve de dolor. Aún así logro calmarme tomando grandes bocanadas de aire y tratando de que mi respiración se normalizara a la misma vez que mi corazón. Me alegra un poco el hecho de que la pesadilla no fue tan brutal como la noche anterior.

Ya más calmada, me paro de mi cama y fijo mi mirada en el reloj del velador que está al lado de mi cama. Son las 7:00 AM así que decido levantarme y preparar mis cosas para otro odioso día en el instituto. Pensar en el instituto trae consigo las imágenes de mis nuevos amigos y sus expresiones preocupadas el día de ayer, cuando tuve el ataque de pánico por el carro. Sacudo la cabeza, tengo que encontrar una forma de explicarles lo sucedido.

Entro en el lavado y me doy una suave y relajante ducha que quita toda tensión y cansancio que mi cuerpo tenía horas antes. El delicioso aroma de mi champú de fresas me trae de nuevo a la realidad y me calma considerablemente. Luego de la ducha, me cepillo los dientes tranquilamente, peino mi cabello y salgo del lavado para vestirme. Ahora elijo unos pantalones negros ajustados, con una blusa larga muy bonita de color azul y mi chaqueta de color beige.

Cuando me miro en el espejo me doy cuenta de que debajo de mis ojos se

encuentran unas marcas que delatan mi mal sueño de anoche. Son ojeras negras que se hallan debajo de mis ojos azules, como pequeñas bolsas y que no se ven muy bonitas en mi rostro. Suspiro y comienzo a buscar en mis cajones las pinturas no deseadas que mi madre había comprado para mí hace unos meses. Nunca he sido fanática de los maquillajes y de ocuparlos pero esta es una clara excepción, no puedo ir al instituto así.

Me coloco un poco de polvo debajo de los ojos, tapando las feas ojeras y aprovecho la oportunidad para colocarme un poco en las mejillas, ya que parecen no tener color alguno, están más blancas de lo normal. Luego de eso decido bajar para tomar un rápido desayuno e irme al instituto.

—Buenos días —saludo al entrar en el comedor.

Mis padres inmediatamente alzan sus vistas y clavan sus ojos, preocupados, en los míos. Suspiro sacudiendo la cabeza. Una parte de mi se siente culpable por el dolor que les causo a mi padres, de hecho es la mayor parte de mi la que se siente culpable. Pero no puedo, de verdad que no puedo controlar esas malditas pesadillas que tengo todas las noches, de verdad que no puedo dejarlas ir.

—Buenos días —responden al unísono.

Suspiro y me siento en la mesa, en frente de ellos. Alargo la mano, dispuesta a sacar un panecillo que se encuentra en la mesa pero la realidad me golpea con fuerza. No puedo hacer como si nada sucediera, no puedo olvidarme del fatídico ataque que la noche anterior había sufrido. Y lo más importante de todo es que debo disculparme con mis padres, eso lo sé. Debo disculparme por el sufrimiento que les estoy haciendo pasar.

Alargo mis dos manos por sobre la mesa mientras lágrimas caen por mis mejillas. Tomo las manos de mis padres entre las mías y me inclinó para darles un suave beso a cada una de ellas, ignorando el sollozo que suelta mi madre al verme. La culpa me carcome por dentro, arremate contra mi corazón sin piedad alguna dejando un agudo dolor en mi pecho. No me gustan hacerles sufrir, no me gustan el que sufran por mi culpa.

—L-Lo siento —murmuro entre lágrimas, alzando la vista—. De verdad lamento el hacerles sufrir tanto. Yo… no puedo contra esas pesadillas, de verdad que trato de luchar contra ellas pero siempre me vencen.

Charlie suspira y acaricie mi mano con su pulgar. Su contacto me trae una ola de tranquilidad y amor paternal que me descoloca por un segundo. Mi padre jamás es muy demostrativo con sus sentimiento, al igual que yo. Mi padre es tímido y reservado, no muy demostrativo y yo he sacado esas características de él, por eso me desconcierta su caricia en mi mano y el amor que me profesa. Aunque nunca he dudado sobre el amor que él y Reneé me profesan.

—No tienes que disculparte con nosotros, hija…

Lo interrumpo inmediatamente, alzando las manos en su dirección.

—Claro que debo disculparme. Por mi culpa ustedes sufren cada noche viendo como esas pesadillas me carcomen por dentro.

Reneé niega con la cabeza.

—Pero eso no es algo que tu hagas a propósito, hija —dice, sonriendo con tristeza—. Eso es algo que no puedes controlar, algo que te deshace todos los días. Por ello sufrimos, porque vemos que cada día las malditas pesadillas matan algo en ti.

Sacudo la cabeza, desconcertada al darme cuenta de cuanta razón tiene mi madre. Cada maldita pesadilla parece matar algo en mí, algo se me desmorona por dentro con cada pesadilla que sufro por las noches. Pero a pesar de todo mis padres no tiene porqué sufrir conmigo, no tengo que arrastrarlos conmigo y mi dolor. Ellos merecen vivir una vida más tranquila, con menos dolor y tristezas.

—No quiero verlos sufrir más —digo con un suspiro lastimero—. Ya veré que haré con las pesadillas.

Ellos asienten no muy convencidos, pero sé que confían en mi resolución; sea cuál sea. Luego todos nos dedicamos a tomar el desayuno en silencio, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Yo, por mi parte, ahogándome en mi propio dolor y en mi miseria interna.

Cuando terminamos de comer, mis padres se aseguran de que me encuentre bien para ir al instituto, para gran fastidio mío, y luego de despiden de mí, deseándome un buen día en el instituto. Al escucharlos bufo por lo bajo y pongo los ojos en blanco, asegurándome de que no me oyeran. Lavo los platos, al igual que ayer, y luego salgo de la casa con un sonoro suspiro.

Entonces caigo en la cuenta de que hoy veré al señor Whitlock con sus amigos. El estómago se me contrae cuando recuerdo el doloroso ataque de pánico con el MBW3 rojo, cuando intenté subirme a él y no pude por miedo. Las mejillas se me incendian por la vergüenza, ¿Cómo puedo tener cara de verlos luego de lo que sucedió? Tal vez la mejor opción era hacer como si nada pasara, como si nunca ocurrió lo del carro, pero sé muy dentro de mí que ellos no se quedarán tranquilos hasta que les cuente lo que sucedió.

Sacudo la cabeza mientras camino con suaves pasos hacia el instituto. ¿Cómo podía explicarles lo que me sucede? ¿Cómo explicarles de mi dolor ante mi amnesia? No, no había una explicación lo bastante buena que explicara mi dolor ante mi amnesia. Pero no puedo seguir pensando más porque algo llama fuertemente mi atención.

Justo en frente de mi se halla un paradero de autobús y en él han miles de papeles de anuncios pegados. Por mera curiosidad me acerco a los papeles porque justamente hay un anuncio con letras mayúsculas que llama mi atención.

SE VENDE APARTAMENTO EQUIPADO.

EL APARTAMENTO CONSTA CON DOS HABITACIONES, UN BAÑO, BALCÓN CON VISTA AL PUEBLO, COCINA MEDIA, COMEDOR AMPLIO Y SALA DE ESTAR.

El precio que piden por el apartamento no es muy costoso para ser con equipo de incluida. Además de que queda relativamente cerca del pueblo y del instituto. Es una gran opción después de todo y el dinero lo tengo.

Si, el dinero lo tengo porque mi madre hace unos meses me avisó que en los cinco años que, dolorosamente, no recuerdo había ahorrado una buena cantidad de dinero trabajando en una tienda de artículos para montañeses y había enviado ese dinero a una cuenta a mi nombre en el banco. Aunque debo admitir que me extrañé cuando mi madre me informó lo de la cuenta en el banco. Que yo recuerde, antes de mi accidente, obviamente, nunca me gustaron los bancos como para dejar mí dinero en ellos, no confiaba demasiado en ellos, pero, tal vez, había cambiado de opinión en esos cinco años de mi vida que no recuerdo.

Comienzo a pensar en mis opciones.

Ya no quiero vivir en casa de mis padres por dos razones. La primera es que ahora se me hace más duro el tener que soportar que mis padres vivan conmigo el dolor y la angustia que vivo cada día, con cada jaqueca o pesadilla que tengo. Ya no quiero complicarles más la vida con mi dolor, quiero dejarlos en paz. Por lo mismo pienso que la única solución a eso sería cambiarme de casa.

Y la segunda razón es porque ya estoy bastante grandecita para vivir con mis padres, por Dios, tengo veinticuatro años, necesito irme a vivir sola. Quiero rehacer mi vida desde cero, comenzando con nuevas oportunidades, con nuevas expectativas que se abran paso en mi vida. Desconozco el hecho de que si antes del accidente vivía con mis padres o sola, pero de verdad que necesito mudarme.

Además, si no quiero engañarme a mi misma, deseo vivir sola para dejarme llevar y envolver en mi dolor y desdicha en la soledad del apartamento, tranquilamente, si tener que preocuparme porque los demás o mis padres me vean sufriendo. Yo necesito mi espacio para pensar, para tomar desiciones correctas o no, para vivir mi propia vida. Necesito rehacer mi vida y comportarme como una verdadera mujer de mi edad.

Y ya está decidido. Compraré el bendito apartamento y me iré a vivir sola, para dejar las vidas de mis padres en paz y para poder vivir mi independencia, mi espacio. Saco de mi mochila mi pequeña libreta que siempre llevo conmigo, saco también una pluma y escribo la dirección del apartamento y el número telefónico de la persona que vende el apartamento. Luego de eso me percato que se me está haciendo tarde para llegar al instituto así que guardo mis cosas y apresuro mis pasos, deseando internamente el no llegar tarde a mis clases.

Cuando llego al instituto, como era de esperarse, todos los alumnos que se encuentran afuera, llegando tarde al igual que yo, me miran inmediatamente. Suspiro y me coloco mi capucha, deseando que de ese modo pueda pasar desapercibida, pero mi deseo no se cumple. Todas las miradas están puestas en mí nuevamente, pero me tranquilizo en mi fuero interno con la excusa de que tendré que soportar todo esto por un solo año, solo un año.

Me remuevo un poco para sacar de mi mochila mi horario de clases. Al verlo abro los ojos como platos y mi respiración se acelera. Diablos, me toca Historia a primero hora… ¿cómo no revisé antes mi horario? Sacudo la cabeza con decepción y entro en el edificio. Camino rápidamente a la clase y entro con sigilo, con el estómago removiéndoseme lleno de nerviosismo.

De mis labios escapa un suspiro de alivio cuando me doy cuenta qué, al igual que ayer, todos los alumnos están conversando entre ellos animadamente y la clase aún no comienza. El señor Whitlock se encuentra de pie, mirando ansiosamente por la ventana con el ceño fruncido y los labios torcidos en una mueca. Levanto una ceja y entro en el aura.

Inmediatamente todos se quedan callados cuando entro en la sala. Todos los pares de ojos que se encuentran aquí se posan en mí, haciéndome sentir muy incómoda. Cierro los ojos por unos momentos e inspiro profundo, en un vano intento de calmar mis nervios y mi disgusto. Entonces, cuando abro los ojos y veo que aún me siguen mirando, la cabeza me comienza a dar vueltas de una forma irremediable y las sienes comienzan a pitarme. Me llevo las manos a la cabeza, sujetándola ya que parece que se va a derramar en cualquier momento. Tuerzo los labios en una mueca dolorosa ante los punzantes dolores en mis sienes.

Mis piernas comienzan a flaquear un poco e inmediatamente siento unas amables manos rodeándome y otorgándome un apoyo físico para no caer al asfalto. Levanto la mirada y veo que quién me sujeta es el señor Whitlock, que me mira con sus ojos llenos de preocupación. Cierro los ojos nuevamente y luego estiro mis piernas para permanecer de pie.

—Señorita Swan —murmura el señor Whitlock, con su voz teñida de preocupación—, ¿se encuentra bien?

Asiento con la cabeza e inmediatamente me arrepiento de ello. El movimiento de cabeza me proporciona otra ola de punzadas llenas de dolor que producen que tuerza los labios con dolor y cerrara los ojos con fuerza.

—Auch —siseo por lo bajo. Luego me dirijo al señor Whitlock—. Sí, profesor Whitlock. Me encuentro bien.

El señor Whitlock me sorprende soltando un bufido y poniendo los ojos en blanco.

—Pues no se nota.

Sonrío imperceptiblemente.

—Sólo necesito tomarme unas pastillas que me recetó mi doctor y estoy bien —contesto tranquilamente.

Justo en ese momento me acuerdo de que debí haberme tomado las pastillas en la mañana pero se me olvidó. Sacudo la cabeza, Carlisle me va a matar.

—Entonces vaya a tomarse sus pastillas y vuelve a la clase —dice sonando como todo un profesor—, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Me aferro a mi mochila y salgo de la sala. Camino tranquilamente hasta el lavado del instituto y entro en él, sacando por mientras las pastillas que están en mi mochila. Saco dos pastillas del frasquito y doy el agua. Me inclino, pongo las pastillas en mi boca y tomo un gran sorbo de agua para luego tragarme las pastillas. Me recargo contra el lavamanos mientras siento los punzantes en mis sienes, mi corazón latiendo como loco contra mis costillas y mi respiración acelerada.

Trato de calmarme respirando profundo mientras espero que las pastillas surcan su efecto en mi cuerpo. Entonces, cuando las pastillas ya sacan mi dolor de cabeza y estoy un poco más calmada, salgo del lavado para ir directamente a la sala donde me espera el señor Whitlock.

Él está sentado en frente de su mesa, con un libro entre sus manos mientras todos los alumnos están concentrados en un trabajo. Cuando entro, maravillosamente, nadie me mira ni levanta la vista de su trabajo. Sospecho que en algo tuvo que ver el señor Whitlock, quien me está mirando preocupado.

— ¿Se encuentra mejor, señorita Swan? —Se acerca a mí, susurrando.

—Sí, profesor. Me encuentro mejor, las pastillas me han ayudado mucho —respondo con calma.

Asiente y me inspecciona con la mirada, probando así si es verdad lo que estoy diciendo. Cuando acaba me vuelve a asentir y apunta hacia la dirección de mi pupitre para que me vaya a sentar. Cuando me dispongo a ir a sentarme, una suave voz me susurra en el oído.

—No creas que se nos olvidó lo de ayer, Bella. Hay mucho de qué hablar.

Reprimo las ganas de gemir con frustración y asiento con la cabeza. Algo me dijo desde el principio que esto iba a pasar. Me enfurruño en mi asiento, torciendo los labios con disgusto e imaginándome la preocupación de los demás. ¿Cómo seria la mejor opción de explicarles lo que me sucedía? No, ya lo he dicho. No hay una explicación lo suficientemente buena que explique detalladamente el dolor que me produce no recordar cinco años de mi vida.

La clase pasa normalmente y gracias a Dios ninguno de mis compañeros se tomó la molestia de echarme una mirada si quiera. Eso me hace sentir aliviada. Sé que se mueren por mirar a hurtadillas o enviarme miradas de soslayos pero no lo hacen por alguna razón que desconozco pero que me grade de todas maneras. Como siempre lo he dicho, me encanta pasar desapercibida.

Cuando estoy saliendo de la sala, en un intento de escapar de las garras del señor Whitlock, mis planes se van al suelo cuando el señor Whitlock pasa por mi lado y me susurra riendo:

—Nos sentaremos en la misma mesa de ayer… si deseas hacernos compañía —dice riendo ligeramente—. Alice ha estado desesperada por verte.

Una risita escapa de mis labios al enterarme de la desesperación de Alice. Por Dios, esa chica aún no me conoce completamente y ya se preocupa por mí. Sacudo la cabeza y sonrío ligeramente.

—Está bien, iré.

El señor Whitlock me sonríe encantado y sale de la sala. Sonrío sin poder evitarlo y sigo mi camino hacia el aura de Matemáticas que me toca ahora. Cuando llego, veo a un hombre de mediana edad parado en frente de toda la clase. Es bajo, de cabello corto y con unos ojos sorprendentemente negros. Cuando se voltea y me ve, me sonríe educadamente.

— ¿Si, señorita? —Tiene una voz ronca y muy alta.

Me estremezco por alguna razón desconocida, que me descoloca por completo, e intento sonreírle, más mis labios no desean cooperar conmigo en ese esfuerzo. Frunzo el ceño, contrariada por la actitud que estaba teniendo con este caballero. ¡Si jamás lo había visto en mi vida!

—Soy Isabella Swan —murmuro entre tartamudeos.

Él solo asiente con la cabeza.

—Bueno, señorita Swan, siéntese por favor para que podamos comenzar la clase.

Asiento con la cabeza y siento como mis mejillas se tiñen de un leve sonrojo. El señor Masón, según la etiqueta de su chaqueta, comienza la clase tranquilamente y observo, aliviada, que su materia y su forma de enseñar no se me hacen muy fáciles, gracias a todos los cielos. Apunto todo con normalidad y tomo atención en todo lo que el profesor dice ya que, a veces, las matemáticas se vuelven muy complicadas.

Termina la clase y guardo mis cosas para salir del aura. Según mi horario ahora me toca la clase de Español que está en el segundo piso. Camino hacia las escaleras del edificio porque nunca me han gustado los ascensores. Pero justo en el momento en que estoy subiendo las escaleras, con montones de adolescentes subiendo y bajando, que milagrosamente no me miran, es cuando veo una cabellera cobriza bajar.

El corazón me comienza a latir con fuerza contra mi pecho y una sensación extraña pero burdamente conocida me recorre el estómago. Paro mis pasos en seco, esperando ver al chico de ojos verde esmeralda bajando por las escaleras, pero cuando alzo la vista la cabellera cobriza ya no está, no se encuentra por ninguna parte. Sacudo la cabeza, ignorando la decepción que me produce el no ver al chico. Me estoy volviendo loca. Me río para mis adentros y sigo con mi camino.

Entro en la casa de Español, cuando ya la encontré, y me encuentro con una mujer de mediana edad, con rizos rubios y ojos claros. Esta me sonríe cuando el digo mi nombre y me invita a pasar con un movimiento de manos.

—Pase, señorita Swan, para dar comienzo a la clase —dice sonriéndome.

Me congelo en mi lugar y jadeo de la sorpresa. La señora Coleman me ha hablado en español fluido y preciso… y yo lo he comprendido todo, a pesar de que nunca antes había hablado en español, ni siquiera en Phoenix ya que ahí no me hacían la clase de Español. No puedo comprender como es posible el que haya entendido a la perfección el español que ha usado la profesora conmigo, no me cabe en la cabeza.

A pesar que dentro de mi mente se halla una caótica maraña de pensamientos, logro avanzar por la clase y sentarme en un pupitre alejado de todo el bullicio y de los adolescentes. No logro poner atención a la clase ya que aún mi mente no rectifica el hecho de que sé hablar español. Eso es imposible, jamás había estudiado español… ¿cómo entonces pude comprenderle a la profesora con perfección? Sacudo la cabeza, sin comprender nada. Además de que no puedo seguir dándole vueltas al asunto ya que la cabeza comenzó a dolerme con fuerzas, así que dejo el tema de lado para pensarlo luego en mi hogar.

La clase termina y con ello viene el almuerzo, razón por la cuál todos los alumnos salen como alma que lleva el diablo para poder comer. Me río por lo bajo y tomo mi mochila para salir del aura. Entonces un repentino mareo ataca mi cuerpo haciendo que me tambalease hacia la pared más cercana. La cabeza me da vueltas de un modo vertiginoso y tengo que afirmarme de la pared para no caer al suelo. Trato de enderezarme un poco y en cuando siento unas manos tomarme por los brazos.

— ¡Bella! —El gritito de Alice hizo que algo explotara en mi cabeza y casi caigo de bruces al suelo a causa del dolor. Pero al parecer ella no lo nota—. Oye estaba pensando en que tal vez podríamos salir un día las tres; un día de chicas. Rose, tu y yo, ¿qué te parece?

—Yo creo que es una buena idea —aprueba la voz de Rosalie. Hasta ese momento no me he percatado que ella es quién me tiene sujetada por el otro brazo—. Creo que podríamos ir a ver una gran película… ¿qué dices, Bella?

— ¿Bella?

No puedo respirar bien, el aire no llega a mis pulmones con facilidad. Comienzo a respirar agitado mientras me aferro a los brazos de Rosalie y Alice que están a mi lado. El dolor punzante de mi cabeza me está matando, ya no lo soporto. Vagamente siento como Rosalie y Alice me transportan a través de los pasillos del edificio. Me siento mareada, no aguanta al más mínimo movimiento pero gracias a Dios que las cosas a mi alrededor dejaron de dar vuelta y me permito abrir los ojos.

Estoy sentada en la misma mesa de ayer, en las del señor Whitlock y sus amigos. Estos están a mí alrededor, mirándome preocupados y con el miedo descrito en los bordes de sus ojos. Intento envararme en mi asiento, pero al leve movimiento que ejerzo mi cabeza reclama de dolor. Hago una mueca dolorosa.

—Toma, Bella —murmura suavemente Alice, alargando su mano para depositar en mi palma dos pequeñas pastillas.

Las reconozco inmediatamente, son mis pastillas para la jaqueca. Alzo la vista y le sonrío agradecida a Alice, quien me devuelve el gesto. Rosalie se acerca a mí y me pasa una botella de jugo natural, se lo agradezco con una sonrisa y me tomo las pastillas. Cuanto termino, recuesto la cabeza contra la mesa tratando de acompasar los locos latidos de mi corazón, mi respiración apresurada y el dolor de cabeza que me mata por dentro.

De cierto modo se me hace un poco raro el tener dos ataques de dolores de cabeza en un día, jamás me había pasado antes. Obviamente cuando recién salí del hospital luego de mi accidente, tenía jaquecas insoportables y las matutinas pesadillas, pero, según el mismo Carlisle, eso era normal luego de haber sufrido tal accidente, y él juraba que con el tiempo iban a ir disminuyendo. Aunque debo decir que tuvo razón con respecto a las jaquecas, con el paso del tiempo fueron disminuyendo simbólicamente y pude seguir mi vida con un poco más de paz y tranquilidad. Pero Carlisle se equivocó fieramente con respecto a las pesadillas, estas aún siguen formando estragos en mí.

— ¿Estás mejor, Bella? —La voz de Emmett MacCarthy me saca de mis pensamientos.

Me enderezo en mi silla y alzo la mirada. Instintivamente alzo mi mano y la coloco en mi frente, sorprendiéndome al no sentir esas insoportables punzadas en a cabeza pero si sintiendo el viscoso sudor que cubre mi frente. Vaya, si que parezco una enferma depresiva. Sacudo la cabeza, sonriendo ante mi propio chiste privado.

—Sí, estoy bien. Sólo fue una jaqueca matutina —contesto entre suspiros aliviados.

Rosalie frunce el ceño y se sienta a mi lado, sorprendiéndome con su actuar. En sus ojos se refugia la preocupación que envía olas de agradecimiento a mi corazón.

—Sí dicen que son matutinas es porque te pasa todos los días, ¿cierto?

Asiento débilmente con la cabeza, avergonzada.

—Sí, pero no es nada por lo que preocuparse.

Alice resopla y se sienta enfurruñada en la silla contigua a la mía. La miro

sorprendida ante su arrebato, parece fiera estando en ese estado de enfado total. Una sonrisa se instala en mis labios sin poder evitarlo al ver la furia de una chica tan pequeña, es como si un gato deseara ser un león. Me río en mi fuero interno ante la imagen mental.

—Eso no es normal, Bella. —Alice clava sus ojos en los míos.

Suspiro. Sé muy dentro de mi que ella tiene razón, que las jaquecas insoportables que últimamente me han estado atormentando no son del todo normales. Pero no deseo preocupar más a mi gente, a mi familia, con tantos problemas y dolores. Ya basta con todo lo que ellos han sufrido por mi culpa, y además creo febrilmente que los dolores son sólo producto de tantos nervios que he pasado en estos dos últimos días. O al menos quiero convencerme de ello.

—Está bien —murmuro, derrotada—. Hablaré con mi doctor cuando llegué a casa. ¿Contentos?

—Sí —replican los cuatros al unísono. Resoplo y pongo los ojos en blanco.

—Bella… —comienza el señor Whitlock. Sé exactamente de qué quiere hablar.

Alzo las manos para detenerle un poco.

—Sé de qué quiere hablar, señor Whitlock, pero antes de que me interroguen, necesito pedirle algo a Alice. —Se me acaba de ocurrir una idea y necesito la ayuda de ellos. Alice me mira inmediatamente cuando musito su nombre—. Necesito pedirles a todos ustedes un gran favor.

—Todos —murmura Alice para sí misma. Frunzo el ceño, contrariada—. Lo que me recuerda…. Oye, Bella, hoy conocerás a Edward.

Alzo una ceja. No sé de qué mierda me está hablando, de verdad. Rosalie suspira y pone los ojos en blanco.

—Edward es el chico que ayer no estaba con nosotros porque su familia lo necesitaba, el que faltaba en el día de ayer.

Me sonrojo ante mi estupidez.

—Oh, claro. ¿Hoy vino? —Me pica la curiosidad.

El señor MacCarthy asiente con la cabeza, y por alguna extraña razón totalmente descocida para mí, parece estar muy entusiasmado por algo. Sus ojos grises llamean con una diversión y alegría que me descoloca por unos breves minutos.

—Sí. Mira, ahí viene —dice y apunta con su barbilla algo detrás de mi.

Como acto reflejo me volteo para observar lo que el señor MacCarthy ve detrás de mí. Entonces ahogo un gritito cuando veo quién es.

Es el chico de ojos verde esmeralda, el del piano y la canción Claro de Luna. Viene caminando hacía la mesa con un gracia y elegancia que me hipnotiza por breves segundos. Su vestimenta es casual, unos jeans oscuros, una remera gris y una chaqueta de cuero negra, pero a pesar de ello se ve extremadamente guapo. Sus ojos verde esmeralda se clavan en los míos mientras camina en nuestra dirección y esboza una sonrisa ladina cuando me ve, lo que provoca un movimiento alocado y frenético de mi corazón. Siento las mejillas acaloradas cuando pasa por mi lado y su delicioso aroma inunda mis fosas nasales, haciéndome perder todos mis sentidos.

El corazón me late frenéticamente contra mis costillas y la respiración comienza a acelerarse, pero inmediatamente intento calmarla respirando profundamente. No deseo que me de otra jaqueca u otro ataque espontáneo así que opto por calmarme. Pero todo mi autocontrol se va por los suelos cuando alzo la vista y veo que está mirándome fijamente.

—Hola, chicos —saluda sonriente, sacándose su chaqueta.

Mi corazón en estos instantes parece un colibrí batiendo sus alas con fiereza. Una sensación extraña pero raramente dulce se instala en mi corazón al verlo sonreír, aunque ese dolor desconocido que se hallaba en sus ojos la primera vez que le vi sigue allí, instalado en lo más profundo de su alma y reflejado en sus ojos verdes. Parece feliz, pero sé, raramente, que en el fondo de su ser hay algo que le atormenta y le duele.

— ¡Edward! —Alice se para y arroja los brazos alrededor del cuello de su amigo.

«Edward»… «Edward»…

Ese es su nombre. Ese es el nombre del chico de aquella tarde que me hipnotizó con el piano y su hermosura. Sonrío levemente, contenta de tener un poco de información sobre ese misterioso chico.

No puedo quitar mis ojos de él, pareciera que una especie de imán me atrae mis ojos hacía él con una fuerza brutal, inexistente. Es tanta la presión magnética que ejerce este chico en mí que deseo alagar mi mano, para tener aunque sea un poco de contacto con él. Pero la racionalidad opaca mis deseos recordándome que los dos somos completamente unos desconocidos, no sabemos nada de uno ni del otro. Ese pensamiento provoca que me retuerza en la silla, incómoda al sentir esa fuerza magnética empujando todos mis sentidos hacía él, pero lucho contra ella con toda la racionalidad que mi mente pueda poseer en estos momentos. Por unos momentos deseo febrilmente, en mi fuero interno, dejarme llevar por ese magnetismo, por esa fuerza irracional que choca en mi cuerpo, pero sé muy bien que eso no es lo correcto.

—Edward, mira, quiero presentarte a alguien —anuncia Rosalie, provocando que saliese de mi letargo hipnótico hacía ese chico de cabellos color bronce.

Mientras Rosalie está hablando, alarga un brazo, me toma del codo suavemente y jala de él para que me levante de mi silla. Lo hago al mismo tiempo que ella, sintiendo las mejillas sonrojadas y el aire atorado en mis pulmones, privándome de un oxígeno que es muy vital para mí. Pero todo esto se borra de mi mente de inmediato cuando el chico posa sus verdes ojos en los míos.

—Edward, ella es Isabella Swan, una nueva amiga —presenta Alice sofocando una risita al ver a su amigo tan al pendiente de mí. Me sonrojo furiosamente—. Bella, él es Edward, un amigo nuestro de toda la infancia.

Alzo la mirada, con la intención de saludarle educadamente, como la gente. Pero mi resolución se debilita con fuerza cuando él avanza medio paso hacía mí y su perfume llega a mis fosas nasales. Me deleito por un breve momento con ese delicioso aroma varonil y parecido a la miel que parece proceder del chico que responde al nombre de Edward. Él me mira, sacándome abruptamente de mi ensoñación, y sonríe torcido para luego alargar una mano en mi dirección. Yo alzo la mía inmediatamente, en un acto reflejo, y me retuerzo en la satisfacción al ver que mi mano no tiembla o da signos de perturbación alguna. Todo lo contrario a lo que realmente está pasando en mi interior.

El chico toma mi mano y al momento en que nuestras pieles se rozan suavemente, una electricidad recorre mi cuerpo de pies a cabeza, lo que produce un estremecimiento. Pero, al parecer, no soy la única que siente aquello, ya que el chico también se estremece de pies a cabeza.

—Hola —murmura con su aterciopelada voz que envía escalofríos a mi columna vertebral—. Yo soy Edward Masen.

Sonrío ligeramente y me muerdo el labio inferior. Por dentro estoy danzando, girando y saltando como loca al ver que poco a poco consigo más y más información sobre este misterioso chico. Pareciera que el destino está jugando sus cartas con los dos, pareciera que el destino quisiese que nos conociéramos y desease que algo más pasara.

Y así lo siento. Siento que todo esto no es mera coincidencia o casualidad. Siento que esto cambiará mi vida por completo. Y eso es lo que he buscado siempre, desde él día que desperté en esa horrenda camilla de hospital. Siempre he buscado algo que cambiase mi vida, algo que me sacara de ese letargo lleno de dolor y sufrimiento en el cuál vivía todos los días. Algo que me despertara de ese largo sueño lleno de dolor que viví por mucho tiempo, algo que me deseara vivir la vida y no odiarla como últimamente está pasando.

Por eso deseo febrilmente aferrarme a esa pequeña esperanza que se instala en mi pecho, aferrarme a esa esperanza que está creciendo en mí. Una esperanza en que consiste en dejarme llevar por lo que la vida me estaba ofreciendo, una esperanza que se basa en que por fin deje atrás mis días tristes y llenos de dolor, para empezar una nueva vida, un nuevo comienzo. Y eso es lo quiero.

Aunque a pesar de todo sé que volver a reiniciar mi vida no será fácil. Tendré que sortear y soportar muchas cosas de ahora en adelante, pero sufriría el cambio contenta. Yo estoy segura que todo lo que tendré que sortear en el futuro, todo lo que tendré que soportar lo haré con una sonrisa de oreja a oreja, porque de verdad deseaba una nueva vida, un nuevo futuro.

Sonrío, deseando en mi interior que ese nuevo futuro me ayude a recordar esos años de mi vida que olvidé con mi amnesia, por que a pesar de todo el dolor de aquel accidente seguirá atormentándome hasta que recupere todos y cada uno de mis recuerdos. De ello estoy segura.

Pero de igual forma soy positiva, y sonrío al pensar en el nuevo futuro que me espera. Un futuro prometedor, donde por fin pueda recordar.

Aún sonriente alzo la vista y le sonrío aún más al chico que está en frente de mi.

—Y yo soy Bella… Bella Swan.


He aquí el capítulo tres, espero que les guste. Gracias a todas (os) por sus hermosos Review. Me encantan. Nos leemos en el próximo capítulo. Besos