Notas de autor: Pues muchísimas gracias por los comentarios y favoritos, hoy Harry y Draco dan un paso adelante y otro paso atrás. Porque darse cuenta de ciertas cosas no es fácil...
Aclaraciones: Por si alguien pregunta: Nigel Wespurt es un personaje creado desde la 4ª película de HP, pertenece al Ejército de Dumbledore y lo he adoptado como si fuera canon, aunque a muchos no les guste.
Episodio 4: Lo que hace la horrible resignación
Y llegó Draco como Harry pensaron en la palabra "resignación": estar de acuerdo con todo lo que pidieran los novios y acatar sus órdenes sin rechistar; pros, Pansy y Ron se salían con la suya; contras, tendrían que aguantarse no entonces, sino en un futuro próximo; asistir a más cenas con gryffindors y slytherins, mezclando las tradiciones sangrepuras con las de mestizos y traidores a la sangre, saludando a squibs y permitiendo a sus ojos asistir al horror de la anti-moda. Aguantando mentes manipuladoras y tradiciones ancestrales, vistiéndose a la última moda porque así lo exigían las esposas de sus amigos, cenando caviar y otras lindezas que apenas llenaban el plato. Toda una desgracia. Su vida iba a cambiar y ellos no podían hacer nada salvo sentarse y mirar. Y así, resignados y derrotados como se sentían, decidieron cumplir los recados; básicamente, juntos, porque los muy cabrones habían tenido la delicadeza de mezclar las tradiciones sangrepura con las de asquerosos muggles.
—Este es el último tema, ya están las cuatro canciones de la ceremonia y las doce que Pansy quiere poner durante la cena —Draco se giró y le entregó a Potter una cajita con ellas—. Dime cómo vas a hacer que esas canciones suenen bien empleando tu magia y un disco.
—No es difícil, solo requiere algo de tiempo —respondió Harry, vestido con ropas muggles y sacando su varita. Poco a poco, la dirigió hacia la caja e hizo que las notas fueran cayendo en el disco una tras otra. Draco frunció el ceño. Tras cada canción, el moreno se aseguraba de que sonaran apropiadamente. De no ser así, debía comenzar de nuevo el proceso. Era tedioso, pero a Harry no parecía desagradarle; estaba a gusto haciendo magia, y él, Draco Malfoy, de repente, se sintió fuera de juego, contemplando a Potter blandiendo la varita, preguntándose cómo blandiría otras cosas...
—Bueno, Potter, mejor me voy a casa, ya veo que te llevará toda la tarde —dijo Draco levantándose, ignorando su calentón cuando otra canción estuvo lista.
—Nada de eso —Harry apenas levantó la vista y pronunció despacio—, llama a Kreacher y que te ofrezca algo mientras estoy ocupado. No te quieras librar tan pronto de mí.
¿Por qué de un tiempo a esta parte la palabrería de Potter se le antojaba atrayente?
El rubio se medio rió, nervioso, y le hizo caso; al fin y al cabo, la bodega de los Black estaba llena de joyas alcohólicas, era lo único que podía rivalizar con los Malfoy. Sentado en un sillón, fue consciente del silencio en la enorme casa, interrumpido tan solo por los pasos del elfo contra el suelo resquebrajado. Él aún vivía con su madre y en la enorme mansión también había un tremendo silencio. Para Potter debió ser difícil dejar a la comadrejita cuando se dio cuenta de su preferencia sexual; aunque frecuentara la casa de los Weasley, era el Salvador y se supone que debía estar rodeado de fans y no solo, arreglando unas canciones para su mejor amigo, que se casaba en tres meses.
—¿No te has tirado a Wespurt todavía? —la pregunta produjo que Harry equivocara las notas y debió empezar de nuevo. Por suerte, no vio cómo Draco se desabrochaba la camisa para ponerse más cómodo.
Con cierto tinte divertido y a la vez apenado, respondió:
—Tienes razón; Nigel cree que estoy contigo —si Draco hubiera medido la forma en cómo giró el cuello, desde luego estaría desnucado—. El otro día me preguntó si íbamos en serio.
—¿Te lo ha dicho?
—Piénsalo: ahora almuerzo más contigo que con Ron. A veces tú y yo nos hemos ido juntos del Ministerio, y además tenemos cosas en común que él no conoce. No es tan raro.
—¿No es tan raro que piense que estamos juntos o que tú y yo tengamos una tregua temporal? —Harry terminó la última nota y se sentó junto a Draco quien yacía tirado en el sofá, con las piernas ligeramente abiertas, como si hubiera dormido esa noche ahí. Harry parpadeó para no dejar volar esa idea, así como trató de ignorar los primeros botones abiertos de la camisa del rubio. ¿Hacía calor?
—¿Tú no sales con nadie? Me cuesta creer que ningún aristócrata esté detrás de ti —Draco lo evaluó con cuidado, tratando de encontrar algún atisbo de celos en el rostro del auror.
—No hay nadie lo suficientemente bueno para mí —para su sorpresa, Harry sonrió encantado.
—¿Sabes? Pansy decía lo mismo y luego acabó fijándose en quien menos le convenía —el rubio pareció ofendido. ¿Qué se creía ese Potter? Él no estaba tan grave como Pansy, solo eran... momentos transitorios debido a su celibato.
—Es evidente que algunos magos han caído muy bajo, con la prisa de desposarse, eligieron sin sentido común —el rubio miró el negro líquido de su vaso y lo apuró de un trago. Ya llevaba dos vasos de vino de saúco y era su límite para no quedar como un imbécil frente a su anfitrión—. En fin, haznos un favor y tírate a Wespurt, así tendrías a un fan tuyo siguiéndote por estas escaleras, le harías feliz, a tus amigos gryffindor también.
No tuvieron tiempo para nada más. El disco estuvo listo en apenas dos horas y Draco se marchó para salir con Blaise por ahí, no quería perder la costumbre de salir con sus amigos, no con gryffindors extraños a los que estaba unido por exigencias del guion. Harry, por su parte, permaneció en Grimmauld con Kreacher, sintiéndose extrañamente solo después de la presencia de Malfoy, porque había algo en él desde esa resignación que cambió los encuentros entre ambos; como ya no había ganas de insultarse, estaban más relajados, tenían conversaciones, y nada les importaba; ni siquiera entraban al trapo si se decían palabras duras; solo parecían estar atravesando una pesadilla y ambos querían que acabase lo antes posible.
§§§§
Transcurrió una semana antes de que Potter pudiera hacerse cargo del tema de las flores, y fue regresando de una misión cuando volvió a verlo sentado en la cafetería del Ministerio, junto a Nigel. Por supuesto, había sido una misión de riesgo y el auror venía herido; nada que lamentar, y sin embargo, Draco se sentía preocupado; si el auror no volvía, seguro que a él le tocaba hacerlo todo. Además, no podía pasarle nada hasta después de la ceremonia; Potter podría acudir con el brazo en cabestrillo si le daba la gana, pero debía estar allí, con él, para sufrir juntos. Se dirigió hacia la mesa haciéndole una seña a Wespurt para que se levantara, pero este lo ignoró. Cuando Harry alzó la mirada, le sonrió con... ¿cariño? Un momento, ese no era Potter. No, sería alguien con multijugos. Ignorando a Wespurt y sus malos modales, cogió una silla y se sentó con ellos.
—¿Te lanzaste otra vez hacia la muerte? —había un brillo en sus ojos, como de satisfacción. Por supuesto, la misión había salido bien, lo había oído comentar en las oficinas, pero quería saber de una fuente fidedigna.
—Ya sabes que si no, mi vida es muy aburrida. ¿Qué tal, Malfoy?
—Aburrido sin ti —y le dedicó una sonrisa anormal. Muy, muy extraña, a nadie le pasó desapercibida.
—Malfoy, tengo el turno primero. Si quieres quedarte aquí, solo escucharás, porque él aceptó desayunar conmigo, ¿entiendes? —Draco casi se carcajeó al ver al otro en pie de guerra.
—Escenitas de amantes frustrados, ¿eh? Tranquilo, no tocaré al auror a menos que me lo pida —Draco también sonrió de forma triunfal, como si amedrentar a Nigel fuera un triunfo personal—. Pero no me voy. Me quedo, te guste o no. Que yo sepa, Potter no te pertenece y puede hablar con quien le dé la gana.
Saltaron chispas en la mesa, a pesar de que Harry trató de imponer silencio y paz. Luego, les contó resueltamente lo sucedido, mientras ambos le miraban, uno con incredulidad, el otro con abierta adoración. Al parecer, Potter había sido herido en un costado, pero ya estaba bien, se había tomado dos días libres de reposo a petición de los sanadores y había vuelto al trabajo como si nada, como si tuviera siete vidas como el maldito de Voldemort. Después, Malfoy le recordó que irían a lo de las flores en cuanto estuviera recuperado y tuviera ganas de aguantar a antiguos rivales deseosos de su compañía. Después se pateó mentalmente al darse cuenta de su idiotez transitoria, mirando a Potter durante el almuerzo como uno de esos fans cegados por ese halo de auror valiente y temerario. Harry sonrió con gusto y establecieron verse esa misma tarde. A Harry, volver a su vida normal, le ocasionaba varios problemas: uno, el volver a asimilar lo de Parkinson y Ron, dos, el verse de nuevo con Malfoy, después de haberle extrañado esos días. Malfoy, a su lado, parecía menos sarcástico que de costumbre y extrañamente aliviado.
—Eso que dijiste en la mesa, tuviste mucha razón.
—¿Harry Potter me está dando la razón? Parece que el mundo llega a su fin. ¿Qué dije?
—Lo de no pertenecer a Nigel.
—¿Sigues sin habértelo tirado? Por favor, Potter, no te quiero a mi lado cachondo como un conejo a riesgo de que me violes —contuvo la respiración porque no solía hacer bromas tan implícitas con el auror, pero el otro no pareció ofenderse.
—Creo que lo haré esta noche, seguiré tu consejo —la sonrisa del idiota lo dejó fuera de juego. Porque no sonreía porque quisiera retozar con el gryffindor, es como si le invitase a él... y si eso ocurriera, Draco no estaba seguro de su autocontrol. No. Esos últimos días llevaba una bonita colección de pajas aludiendo a ese hombre que caminaba a su lado, que le rozaba los hombros y a veces la mano de forma accidental, imaginándolo vestido con esa túnica que llevó a casa de Granger, e inmediatamente solo con sus manos como envoltura corporal.
Caminaron en silencio después de que Harry convenciera a Draco para ponerse prendas simples, ya que iban a pasear por barrios muggles, y, tras aparecerse en una zona cercana a Notting Hill, llegaron a una floristería de una calle principal, llena de tiendas. Allí, una jovencita de su edad saludó a Potter con un beso en la mejilla y les hizo pasar. Ignorando la insulsa conversación de la chica con el auror, Draco se dedicó a mirar el lugar y los diferentes tipos de flores a la venta. Poco después se acercaron ellos dos.
—...porque tenemos una boda y... queremos que encargues las flores para la ceremonia.
La chica, de pelo castaño y sujeto con una coleta, pareció emocionada.
—¿Te casas? ¿Con él? Hacéis buena pareja —Draco no vio el gesto en el rostro de Potter, pero tampoco escuchó una risita.
—No, no, es... Ron, me dijo que viniera a encargarte las flores.
—¡Ron! ¿En serio? Qué pena, me gustaba mucho, Harry —esos muggles tenían el gusto por donde cagaban, realmente, se dijo Draco, y se volvió a ver a la jovencita de ojos extasiados—, ya sé que a ti no puedo tenerte, así que me tuve que fijar en tu amigo. ¿En serio? ¿Y cuándo se casa? ¿Serás su padrino? ¡Qué emoción, Harry! ¿Cuáles quieres? ¿Eliges de aquí o te traigo el catálogo?
Draco se presionó las sienes, tanta palabrería lo estaba poniendo nervioso. Por eso no le gustaban las mujeres, no paraban de hablar. Una mano en su codo lo devolvió a la realidad.
—Malfoy, ¿cuál te gusta? —el rubio se giró, con la cara del auror a milímetros de la suya; una sonrisa amable, unos ojos brillantes, verdes. ¿Qué se había hecho el cabrón durante esos días? Hasta su perfume corporal lo estaba absorbiendo cual súcubo. Ignorando el latir apresurado y el toque casual de Potter sobre su brazo, tragó saliva y carraspeó.
—Quiero ver el catálogo —Emma, la joven, asintió y fue a la trastienda para traerlo. Draco lo dejó sobre el mostrador y pasó las páginas, mientras Potter, a su lado, hablaba con ella—. Eh, señor auror, no quiera escaquearse; venga aquí.
—Todas son bonitas, no podría elegir. Ayúdame, haz los honores —ese "ayúdame" de repente apareció en una imagen que Draco no quiso desterrar de su mente: un Potter con la bragueta abierta, sentado en un sofá victoriano de la mansión, con el pelo revuelto y esa rebeldía innata, heredada según decían de su padre. Sacudió la cabeza para alejar esas imágenes traicioneras y pasó las páginas, marcando las que le interesaban. Pansy llevaría tulipanes en el ramo, así que Draco quería elegir tulipanes también como flor básica; sin embargo, Potter le quitó el bolígrafo, ese artilugio muggle con el que aún no sabía escribir, y plasmó una enorme cruz en las rosas.
—También estas —ordenó—. Emma tiene unas rosas preciosas.
—Las rosas son flores muy vistas y simples, Potter. Pansy no las elegiría nunca.
—Las rosas son románticas y era la idea que tenía yo. Puedes elegir las demás, pero quiero rosas, Malfoy —elevando las cejas en señal de sorpresa y asombrado por ese lado romántico del auror, hizo un círculo en la cruz arrebatándole de nuevo el bolígrafo a Potter y elevó la vista hacia Emma—. Estas para los centros de las mesas, por favor.
—Claro —Emma anotaba a toda velocidad—, ¿en qué colores las queréis?
—Blancas —dijo Draco.
—Rosas —dijo Harry, y Draco hizo un gesto de desagrado.
—Mira, Potter, las rosas no van con los manteles de Malfoy Manor, que son rojo vino, así que por favor, ten un sentido mínimo del gusto.
Emma se dio cuenta de la irritación de ambos, y como buena vendedora, explicó:
—Pueden elegirlas de ambos colores, y mezclarlas. Así no chocaría tanto con las mesas.
—Muy bien —aceptó Harry con una enorme sonrisa, mientras Draco murmuraba algo desagradable por lo bajo. Después de varias puestas en común, finalmente, las flores para la decoración del pasillo de la ceremonia consistirían en tulipanes, lilas y lisianthus. Después, su madre se encargaría de repartirlas apropiadamente, y Draco la ayudaría. Harry, presumiblemente contento después de la elección final, le preguntó al rubio cuál era su flor favorita, y Draco nombró el narciso. Emma fue a la trastienda para encargar el pedido y Harry, escondiendo algo a la espalda, se acercó a Draco, que olía unos crisantemos:
—Me encanta que hayas elegido las lilas.
Draco, sabiendo que esa flor le recordaba al auror a su madre muerta, se mofó de él.
—No nos pongamos sentimentales, Potter, bastante he tenido con tu perra floral por las rosas.
—Las rosas son bonitas, Malfoy, no entiendo por qué no te gustan —el rubio se volvió y los ojos del auror parecían traviesos; entonces, algo bloqueó su mirada: un hermoso narciso amarillo—. Esta es para mi narcisista favorito.
El rubio parpadeó, sin dar crédito. Miró a Potter a los ojos, sin atreverse a tocar la flor.
Por Merlín, ¿cómo podía haber echado de menos a ese insufrible? Después de venir de la misión, Harry tenía muchas ganas de ver a quien lo había estado torturando durante años, pero cuya presencia, al parecer, se había vuelto una medicina para su estado de ánimo tan cambiante. No sabía si Malfoy sentía lo mismo, pero al menos el idiota no lo insultaba tan a menudo y parecía buscarle también. Ese día, en el Ministerio, en cuanto llegó y lo vio acercarse a su mesa tuvo ganas de mandar a Nigel a freír espárragos, como decían los muggles. Sintió ganas de estampar a Draco contra la pared y decirle unas cuantas cosas sucias solo para ver su reacción. Hacía tiempo que cuando caminaban, sus hombros parecían tocarse, y él tenía la imperiosa necesidad de ponerle las manos encima, aunque fuera para alejarlo. En la floristería, por un segundo le pareció estar eligiendo para la boda de ambos, hasta que Malfoy dijo algo inadecuado y el sueño se rompió. Tampoco perseguía ningún futuro con él, simplemente, le ponía caliente. A pesar de todo, Harry estaba exultante, y no dudó en comprar un narciso, a riesgo de que el otro lo rechazara, y si lo hacía, Harry se lo regalaría a Nigel y desde luego Draco se acabaría enterando, se pondría furioso. Darle celos con Nigel no era mala idea, por tanto, cuando Draco insistió en que se metiera en su cama, Harry se inventó una supuesta cita entre ambos. Y ahora le plantaba el narciso en la cara y el rubio lo miraba, atónito, como si no pudiera creerlo.
—Esta es para mi narcisista favorito —Potter, no te hacía del tipo romántico —y entonces, Malfoy sonrió, algo azorado, y agarró la flor. La escena frente a él fue tan intensa que, presto a asumir otro riesgo y quizá siendo demasiado impetuoso, acercó su cara a la del rubio y le plantó un beso corto. Como el otro tirara de su camiseta negra hacia él para continuarlo, Harry se armó de valor y lo pegó a él, con una mano en la espalda. Fue como si se disolviese algo que por dentro clamaba ser escuchado; no hubo lenguas, ni fue desesperado, pero exudaba posesión y autocontrol desatado, como si cada uno quisiera competir para ver quién lo hacía mejor. Emma volvió de la trastienda y ambos se separaron, sus ojos como pozos lúgubres, hambrientos, confusos. Como el pobre narciso yaciera, aplastado, entre ambos, Draco lo acunó y trató de ponerlo presentable.
—Te hace juego con el pelo —sonrió Harry, pero el otro no alzó la vista. Después, le oyó murmurar algo así como "idiota" cuando Emma llegó a entregarles la hoja de pedido y el presupuesto, se despidieron y salieron del local, no sin antes haber sido besados por la entusiasta dependienta.
—Me ha besado una muggle, quiero vomitar —se quejó Draco, raspándose la cara, y escuchó una risita a su lado-—. ¿Y a ti qué te parece tan gracioso, auror de pacotilla?
—Es que —Harry caminó a su lado, algo divertido—… no te has molestado por mi beso y sí por el de Emma.
Draco evitó mirar al idiota a la cara: se había descubierto. Sintió como si realmente regresara de algún extraño universo paralelo, donde él era amigo de los muggles y los aurores besaban a hijos de mortífagos por alguna extraña razón. Después recordó que la boda de Pansy y Weasley sí era real y Potter le había besado… por Salazar, el mundo se había vuelto estúpidamente loco, realmente, el Apocalipsis muggle no era nada comparado con aquello.
—¿A qué ha venido eso, Potter? —notó al auror encogerse de hombros aunque no le estuviera mirando.
—No sé. Pensaba que tú podrías responderme, ya que de los dos tú pareces más cuerdo —ah, qué bonito, el auror le lanzaba la pelota.
—Te respondería si hubiera estado en mis cabales, pero entenderás que después de haber entrado en una floristería muggle y haber elegido unas flores con el salvador del mundo, me haya contagiado de tu demencia —Draco se dio buena cuenta de recordarle el tema de la fama que tanto dolor de cabeza traía al moreno. Después, ambos callaron, como si supieran de la mentira creada por ellos mismos, aún conscientes de los apresurados latidos de sus corazones y secretamente repasando la escena en su memoria una y otra vez.
§§§§
Ron Weasley habló a Harry por enésima vez: habían ido a ver un partido de quidditch y trataban de oírse entre la enardecida multitud; la frente de Weasley gritaba "Chuddley Cannons" con un hechizo mágico de luces de neón mientras un despistado Harry trataba de coger por enésima vez el hilo de la conversación de su amigo.
—Te veo cabreado, Harry, ¿algún gilipollas te ha molestado? —Harry sonrió. Cuando iban a ver partidos de quidditch a veces se sentía él más adorado que el equipo local, pero si le dijera a su amigo por qué estaba intranquilo, seguramente le enviaría a los dementores. No, un momento. No lo haría, porque el muy imbécil iba a desposarse con la zorra de Parkinson; quizá por eso no había cogido el hilo de la conversación, si solo hablaba de la maldita slytherin. Y cuando recordaba "slytherin" algo hacía clic en su cerebro, como si ahora esa palabra significara para él algo prohibido, deseado, inalcanzable y jodidamente erróneo. Todo se había reducido a un simple y único beso, y lo gracioso es que en ese momento se sintió tan relajado, como si el besarse con Malfoy fuese algo natural y predestinado. No, el rubio había seguido almorzando con él en la cafetería del Ministerio, a veces incluso lo hacía con él, Hermione y Ron, y Harry estaba temiendo ciertos sentimientos aflorando en su interior dedicados a ese capullo; porque, si bien no habían vuelto a salir porque los futuros novios habían tenido la decencia de dejarlos en paz con los mandados, lo extrañaba. Simplemente, le echaba de menos, quería escuchar su palabrería culta, sus sílabas arrastradas; algo incomprensible, porque ¿quién quería volver a ver a un insufrible bastardo sangrepura cuyo trasero era más frígido que el de todo su cuerpo de aurores? Trasero. Cuerpo. Mala idea—. ¿Harry?
Oh, sí, Ron estaba hablándole desde hacía un buen rato.
—Ah… perdona, Ron, estaba mirándole el culo a Ernest —el pelirrojo desvió la mirada hacia la cancha y sonrió.
—Nunca me acuerdo de que para ti el quidditch es disfrute doble.
—Sobre todo ahora que no llevan túnicas —la temporada de quidditch había terminado, y los jugadores no lucían las túnicas habituales cubriéndoles todo el cuerpo, sino el uniforme de partidos benéficos, creados para una causa, bastante más ligero y apretado al ser verano.
—Deberías darle las gracias a Draco Malfoy, ¿no? Él es quien se encarga de patrocinar y organizar estos eventos. El muy cabrón está en un sitio inmejorable, se entera de todo antes que nosotros, no es justo —la simple mención del rubio volvió a transportar a Harry a la tarde de las flores, cuando Malfoy le había agarrado de la camiseta para estamparlo contra él y continuar la locura perpetrada de besarse sin razón aparente. Cada vez que trataba de recordar el por qué se había lanzado de ese modo sentía tener muchas respuestas y ninguna a la vez. Porque ¿podía de repente un enemigo resultar apetecible y tierno a la vista al verlo parpadear frente a un narciso? No, solo las colegialas se dejaban llevar así. Él era un hombre, por Merlín, no solía besar a nadie, normalmente iba directo a la paja o la cama… por eso se había estado viendo con Nigel. Nigel, gryffindor, un muchacho de su edad con quien se supone debía sentirse a gusto. Y lo estaba. Al menos, en la cama; pero no dejaba recordar que quizá Nigel estuviera mucho más entusiasmado que él con la idea.
"A la mierda, solo le hice caso a Malfoy". Por supuesto. Él le dijo "ve y tírate a Nigel", y Harry, como un tonto, le complació; seguramente, a Malfoy no le había importado nada, porque trataba de darles espacio cada vez que el otro aparecía. Ya no era Nigel quien se sentía desplazado cuando venía a su mesa; ahora Malfoy se levantaba en cuanto el rubio llegaba, tras despedirse con una enorme sonrisa. Y estaba bien, porque Nigel era para él, al igual que Malfoy se follaría a algún otro mago sangrepura con refinado gusto para vestir. Sí. Claro que sí. Él ya estaba con Nigel, sería cuestión de tiempo el ignorarle hasta que la boda de los tórtolos inconscientes se llevara a cabo.
Draco Malfoy arrugó por décima vez el tríptico que, con su caligrafía brillante, debía terminar para duplicarlo y repartirlo como memorándum por todo el Ministerio. Los ojos azules del idiota de Wespurt se aparecían una y otra vez en su mente: traidores, burlones, socarrones, guasones. Porque el muy imbécil, de forma astutamente sutil, le miraba más de la cuenta, simplemente para recordarle, grabarle a fuego con su mirada, que el auror más codiciado del mundo mágico le había llevado a la cama. Otra mirada propia del catálogo de Nigel Wespurt exhibía descaro, firmeza, seguridad. Solo porque el gilipollas estaba siendo follado o metiendo su endeble falo (no estaba muy seguro de qué opción prefería Potter) en el culo ardiente del auror, se permitía el derecho de pasearse con esa actitud de "miradme, soy el NOVIO de Harry Potter. Caed a mis pies". Draco sentía ardor de estómago al recordarlo. Ardor acompañado con ganas de gritar porque él le había animado a hacerlo. Por eso tenía que levantarse cada vez que lo veía acercarse al auror. Eran dos opciones: o le veía besar a Potter en público y lanzaba una imperdonable, o se marchaba para lanzársela a sí mismo por sugerir que ambos se acostaran. ¿Lo peor?: Potter lo miraba súper amable cuando eso ocurría: debía pensar, "mira, esto es lo más cerca que podrás estar de mí, ya que solo meto GRYFFINDORS en mi cama".
Gryffindors malditos todos, y en especial, él. Puto auror caliente con esa jodida túnica de hombre temerario que hacía saltar todas las fantasías, en todas las posturas disponibles... exhaló todo el aire retenido en sus pulmones quién sabe desde hace cuánto tiempo y se serenó.
"¿En qué estaría pensando? Demonios, solo porque me besara esa tarde en esa tienda muggle… no tiene por qué pedirme matrimonio".
Lo cual sería muy mala idea porque ya había un matrimonio lo suficientemente desagradable. Un matrimonio al parecer que prometía, después de escuchar pláticas interminables de Pansy acerca de llenar más de rojo su guardarropa, para brillar junto a su amante perfecto. De verdad que a esas alturas, Draco respetaba a Weasley; porque aguantar a esa bruja alterada de hormonas y seguirle el ritmo en la cama era absolutamente incomprensible para él. Por eso, ya no hablaba mal del engendro, ni lo sometía a grados de sarcasmo; lo miraba hasta con curiosidad ya no lo llamaba "rubio oxigenado", ni hurón saltarín, pero evitaba hablar con él más de la cuenta, algo que hasta a Draco se le hacía lógico.
Finalizado el tríptico, dos horas después, Draco le puso el hechizo para multiplicarlo y lo mandó a modo de memos por todos los departamentos del Ministerio. Uno de ellos iba a la Oficina de Aurores; quizá lo leería Potter en persona, últimamente estaba muy dedicado a papeleos, por eso se le veía tan cabreado. El imbécil prefería jugarse la vida por ahí... como si Draco pudiese comprender esa extraña parafilia. Bueno, a él le gustaba molestar a Potter, pero como últimamente el molestado era él, con la inestimable aparición de Wespurt aquí, Wespurt allá... Draco torció el gesto y cogió otro pergamino. Garabateó, hizo una pajarita, la echó a volar junto a los trípticos y sacó otra carpeta, la de facturación por eventos deportivos. Con esa tendría para rato.
Harry Potter se sentó de nuevo en su sillón tras haber aguantado dos horas de insufrible reunión con el Cuerpo de Aurores. Dejó las notas que había tomado su pluma a un lado, ya las ordenaría, y apartó algunos papeles levitándolos sobre la mesa. Miró en derredor, no había manera de aclararse con tanto papelucho y si viniera Hermione, le echaría la bronca por enésima vez por ser desorganizado. Agarró la varita, pero no era buena idea; no podía ordenar algunos papeles aún sin catalogarlos. Rendido, la dejó a un lado. Supuso que atender los memorándum serían una tarea menos tediosa; con suerte, hasta le enviaban alguno con sorpresa. Como siempre, les lanzó un hechizo de cautela y al reconocerlos inofensivos los abrió. Uno era del Ministro de Magia en persona para solicitarles un informe de todas las misiones realizadas; alzando una ceja, se lo envió a Michael; otros los derivó a Edmund y él se encargó del último. Bueno, además del último había una pajarita de Ron que no paraba de dar vueltas sobre su cabeza. Harry agarró el papelucho y lo desdobló. Curioso, paseó la mirada por las líneas:
Se acaba el mundo y tú tienes la oportunidad de echar un último polvo. Tienes a estos tres especímenes, ¿a quién escogerías?
Harold Ernest.
Anthony Goldstein
Draco Malfoy
Harry pestañeó. Maldito Weasley y sus curiosas preguntas... El moreno agarró la pluma y cerró los ojos, imaginando un campo de quidditch; los Cannons habían vencido y él bajaba al vestuario para felicitarlos; allí estaba Harold Ernest, duchándose, con el mejor culo del campeonato. Las gotas de agua resbalaban por su pálida piel... oh, joder, Harry quería follarlo ahí mismo. Seguramente, su pene sería grueso y ligeramente curvado, como se adivinaba a través de las ropas ajustadas que portaba en los partidos. Harry se despertó, comprobando con horror que la pluma había goteado tinta sobre un informe que debía revisar y entregar al Comité de Regulación de Criaturas Mágicas. Nervioso, lanzó un hechizo para eliminarlo, y al segundo intento, lo logró. Jadeando, paró sus latidos apresurados, se acomodó la parcialmente hinchada entrepierna y miró el papel. Anthony Goldstein. Al marido de Hermione, Harry le había enseñado a hacer patronus y hechizos de ataque, pero en ese momento al moreno le gustaban las mujeres, o eso creía, por aquel entonces quizá ni siquiera había despertado su sexualidad. Ahora... bueno, no debería tener absolutamente ninguna fantasía con el marido de Hermione. No. Punto.
Malfoy. Draco Malfoy o cómo aguantar una tensión sexual durante años. Sí, su historia solo sería creíble si Harry imaginaba a Draco persiguiéndole en los pasillos de Hogwarts para atacarle; haciendo estallar su poción para quedarse a solas en la detención puesta por Snape, colándose en El Bosque Prohibido para poder magrearse. Subiendo a la Torre de Astronomía, penetrándole al ritmo del reloj, una y otra vez, una y otra vez... rompiendo así esa máscara de aristócrata frío y engreído, haciéndolo jadear bajo sus manos, con el peligro de saber que Lucius Malfoy lo colgaría de los huevos si se enterara... mancillando a su heredero de una forma que Harry nunca creyó posible; mordiendo sus labios finos y altivos, jodiéndole... como siempre se habían jodido el uno al otro.
Harry suspiró, sintiendo ardor subiendo por sus mejillas. Las manos le temblaban y sin darse cuenta había hecho puños sobre la mesa; se estaba clavando las uñas en la palma de la mano; y por si fuera poco, además de la aparente erección pulsante, su pantalón lucía un charquito como colofón final.
Maldito fuera Ron. Lo imaginaba, riendo con una enorme sonrisa tenebrosa, mientras la palabra "slytherin" aparecía en la imagen, dementorizando a Harry hasta el infinito y más allá. No. Definitivamente, nadie debía saber eso. Un gryffindor y un slytherin solo podían tener rivalidad, no pasión entre las sábanas y si Ron lo supiera, es posible que hasta se alegraría de que él y el hurón salieran en grupos de parejas. Afectado, marcó el nombre del jugador de quidditch en la pajarita y esta se marchó campante.
Ese fin de semana, al fin, Ron fue liberado de su obligación con Parkinson y él y Harry aprovecharon para quedarse en Grimmauld Place, como antaño, bebiendo y hablando hasta la madrugada; Ron se quedó a dormir y Harry, feliz, rezó porque hubiera más fines de semana en los que pudiera ver a Ron. Sin embargo, su amigo le pidió un último favor: elegir el traje del novio. Después de aquello, le aseguró no volver a disponer de él para preparativos nupciales, algo que Harry agradeció profusamente.
—Te ayudaría, Ron, si tu novia no fuera a matarme al ver el traje que seguramente elija y ella odie, y lo sabes bien.
Ron puso ojos de cachorrito, utilizados para manipular a su amigo.
—Lo sé, Harry, pero si lo elige Malfoy no habrá problema. Yo no me llevo bien con él, y vosotros habéis hecho el resto de las cosas de forma civilizada, sin hechizaros —Harry abrió los ojos y entonces se dio cuenta: Ron tenía razón, desde la primera vez que habían ido a por las invitaciones, salvo discusiones varias, consiguieron llegar a un acuerdo—. Por favor, Harry, no puedo pedirle ayuda a Pansy, se supone que el traje es sorpresa.
Así que Harry, tragándose el orgullo, la rabia, la indignación y otras emociones varias, yacía ese viernes bajo el toldo de la tienda de Flourish&Boots, esperando a Draco Malfoy para que le ayudara a elegir un traje. Se sentía nervioso, llevaba casi tres semanas ignorando al rubio en el Ministerio, en cualquier lugar público donde lo encontraba, saludándolo simplemente con un escueto "Buenos días, Malfoy", "Hasta mañana, Malfoy". Ahora salía a almorzar a otra hora a la cafetería, acompañado siempre por Nigel, Hermione y Ron. Todo había vuelto a la normalidad salvo la horrenda boda de su amigo, y debería sentirse feliz, pero faltaba algo en el puzzle. Draco Malfoy llegó minutos después, algo apresurado y vestido con una camisa de algodón con sus iniciales bordadas en el pecho y unos pantalones de vestir negros. Simple, pero arrebatador; Harry pestañeó varias veces, tratando de no fijarse demasiado en él, fallando estrepitosamente.
—Bueno, explícame tu urgencia de hoy, ya que en la nota que trajo tu remedo de lechuza no me diste muchos detalles —Harry asintió, preocupado; por evitar hablar cara a cara con el rubio, le había enviado la lechuza de Ron para pedirle ayuda con otro preparativo de la boda, y tuvo que esperar tres días hasta obtener una respuesta.
—Hm. Hola, Malfoy. Ron me ha encargado elegir el traje del novio. Para mí no es importante, pero sé que su futura esposa lo mataría si fuera vestido con algo que hubiera elegido yo. No te robaré más tiempo del que nos tome encontrar un traje. Por si acaso, Ron ya se ha tomado medidas tanto en Madame Malkin como en Twilfitt and Tattings—el rubio trató de escudriñar alguna mentira, pero tras varios segundos mirándolo intensamente, asintió y echó a andar.
—Bueno, Potter, vayamos, entonces. Esta será nuestra última quedada. Pansy me ha prometido no pedirnos nada más.
—Ron me dijo lo mismo. Al parecer Molly va a ayudar con algunas recetas para el evento, y todo lo demás lo tienen casi listo. Gracias, Malfoy, por aceptar —el rubio gruñó algo ininteligible y se dirigieron hacia la tienda, hacia su último destino.
CONTINUARÁ
