Familia Lupin.

Andrómeda Tonks se levanta y, como cada mañana, va a desayunar a la cocina. Corre las cortinas de la ventana de la cocina, para que los primeros rayos de sol entren por la ventana. Pone una cafetera italiana sobre el hornillo de la cocina y con un golpe de la varita enciende el fuego. Se sienta en la mesa a esperar a que el café esté listo.

Tiene sesenta años, pero se siente como si tuviera cuarenta. Cuidar de su nieto la había rejuvenecido, no podía rendirse por él, no podía relajarse por él y, sobre todo, no podía morir en vida porque estaba él con ella. Andrómeda lo había perdido casi todo. Su marido, su hija, su yerno... Incluso la muerte de Bellatrix le dolía, era su hermana. O, bueno, le dolió, hasta que por un descuido del Ministerio se enteró que ella misma había asesinado a Nymphadora. Harry Potter había pedido por todos los medios que no saliera a la luz que la propia tía de Tonks la hubiera matado, pero Andrómeda terminó enterándose.

El ruido de la cafetera silbando la distrajo. No era un buen día para pensar en su hermana. Se levantó y se sirvió el café. Recogió El Profeta, que llegaba de la pata de una lechuza. Leyó una noticia de la portada y sonrió. Kingsley Shacklebolt anuncia su próxima jubilación y propone a Hermione Granger-Weasley como futura Ministra de Magia. Y una foto del viejo mago saludando con una sonrisa en la cara acompañaba al título.

-Esa niña merece ser Ministra de Magia, no me imagino a nadie mejor. -se dijo a si misma. Se sentó en la mesa redonda de madera de cocina y se puso a leer el resto del periódico. Hasta que escuchó la puerta de su casa abrirse. Miró por encima de sus gafas hacia el sujeto que entraba tambaleándose en la cocina con una sonrisa de lado.

-Buenas noches, Abu... -dijo Teddy Lupin, su voz no sonaba muy bien y el hecho de que tuviera la vista desenfocada y casi se cayera a un lado no ayudaba. Venía de su fiesta de graduación.

-Buenos días, Teddy. -le corrigió su abuela.- ¿Cómo ha estado la fiesta? -le preguntó lenta y dulcemente. Su nieto se sentó, con dificultad, a su lado y la miró con los ojos entrecerrados y una sonrisa perdida.

-Muy bien.

-¿Muy bien?

-Sí, muy bien...

-¿Estás borracho? -Andrómeda era una Black, y no se andaba con rodeos. Su nieto abrió los ojos como platos y negó efusivamente.

-No he probado ni una gota de alcohol, Abu. -le dijo Teddy, tan poco convincente que al inclinarse hacia su abuela casi se cae. Andrómeda escondió una risa y asintió, como si le creyera.

-¿Y Victorie? ¿Se lo ha pasado bien ella?

-Eso creo...

-¿La has acompañado a casa?

-Sí.

-¿Y te ha visto Bill Weasley?

-No, Abu.

-Gracias, Merlín... -murmuró ella. Su nieto la miró, tratando de enfocarla con la vista y ella se rió.- ¿Quieres un café, cariño?

-No... Pero, ¿hay galletas? Tengo hambre.

-Sí, donde siempre.

Teddy se levantó y donde siempre era en una alacena. Abrió la alacena correcta, aunque ni él sabía como había acertado, y tratando de coger el bote de las galletas tiró al suelo todo lo de su alrededor. Miró a su abuela con arrepentimiento, pero ella no podía hacer nada más que sonreír, era la primera borrachera de su nieto.

-Perdón. -le dijo Teddy.

-No pasa nada.

Teddy comió un puñado de galletas y luego se disculpó para irse a dormir. Andrómeda asintió y lo vio marcharse hacia su cuarto, tropezándose hasta con sus propios pies. Se rió y miró al techo de la cocina.

-Dora, mi vida, te hubiera encantado ver esto. -le dijo a la nada. Y es que Nymphadora Tonks había llegado en condiciones parecidas de su fiesta de graduación. Horas más tarde, cuando Andrómeda ya estaba preparando la comida, escuchó los descoordinados pasos de Teddy por el pasillo superior de la casa y por las escaleras. Cuando entró en la cocina señaló con la mirada la mesa.- Tu desayuno.

Teddy miró confuso hacia donde su abuela señalaba y sonrió de lado al ver un vaso de agua lleno y un aspirina a su lado. Se lo tomó y luego se acercó a su abuela por la espalda y la abrazó por los hombros. ¡Por Merlín, ya era mucho más alto que ella!

-Gracias, Abu. Eres la mejor del mundo. -le dijo Teddy.

A Andrómeda se le llenaron los ojos de lágrimas, pero se limitó a asentir con la cabeza y recibir gustosa un beso sonoro en su mejilla, antes de que su nieto se fuera a tumbar en el sillón, hasta que la comida estuviera lista.