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Capítulo 4:Prepárate

"Crecer sucede tan rápido a veces, que nos pilla por sorpresa"

Cómo robar una espada de un dragón. –Cressida Cowell

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Iban de regreso a la aldea principal, pocas veces se les veía caminando juntos, en específico, tomados de las manos y con esas sonrisas tan amplias en sus rostros. Hipo aprovechaba de vez en cuando para rodear a Astrid de manera protectora, o darle pequeños besitos, ya fuera en su cuello o en sus mejillas.

La rubia, por otra parte, entre juegos y bromas trataba de alejarse un poco de Hipo, no porque estuviera molesta, sino porque tenía que arreglar algo, pero entre tanto jugueteo, era difícil realizarlo.

-Hipo, deja que haga mi trenza, por favor, bien sabes que no me agrada tener el cabello suelto. –comentó mientras sujetaba su melena.

El jefe la soltó, ofendido, e incluso haciendo una mueca.

-Ni te quejes, que fuiste tú quien me deshizo la trenza. –defendió, a punto de finalizarla, colocándola sobre su hombro izquierdo.

-Sí, esa parte la recuerdo bien. –le dijo, acercándose a ella por detrás, dándole un beso en la mejilla, al cual ni siquiera pudo corresponder. –Además, tú también me deshiciste una. –reprochó, a manera de broma y vengativa.

Astrid se ruborizó un poco, apartando la mirada. Se acercó a Hipo y le jaló el cabello, haciendo que el castaño riera por esa acción. Ágilmente, la rubia realizó una trenza pequeña, y aprovechó para ajustarle la otra.

-Tu cabello ya creció un poquito. –observó. –Dentro de poco tal vez pueda hacerte otra más. –dijo, emocionada, dando un pequeño saltito.

Hipo abrió los ojos, pensando que tal vez debería cortárselo antes de que su esposa lo usara para jugar, en realidad no le importó, por lo que tomó la mano de la rubia y siguieron andando. El castaño acarició el brazo de ella para encontrar el camino a su mano, pero se detuvo en su muñeca, agarrando un brazalete que ella siempre portaba desde hacía casi un año cuando le pidió de manera indirecta que se casaran.

-No te lo has quitado, ¿verdad?

Astrid negó con la cabeza. -Sabes… el brazalete se lo regresé a tu mamá cuando lo vio. Le dije que era de ella, y que si quería, podía regresárselo.

-Me lo comentó. –recordó el chico.

-Sí, pero ella me dijo que no, que ahora me pertenecía, que este brazalete ha sido de las esposas de los jefes en varias generaciones atrás.

-Así, es. Y sólo tú puedes portarlo. –recalcó con orgullo, ahora dirigiendo su mano al cuello de la chica.

-Y por lo que veo, tampoco te has quitado el collar que te hice. –observó, sonriendo. –Ni el medallón de tu mamá.

La rubia volvió a negar. –No, este es más especial tú me lo hiciste, para pedirme que fuera tu novia hace años, y el medallón, pues me hace recordar de dónde vengo.

Sonrieron levemente y siguieron su camino. No sabían ni qué hora era, sólo que era muy tarde porque incluso algunas de las lumbreras que había, ya ni emanaban el humo de la madera consumida conforme se acercaban a la aldea, hasta que sigilosamente entraron a la casa, tratando de hacer el menor ruido posible, pero en medio de la oscuridad, Hipo se dio varios golpes mientras se dirigían a su habitación para dormir (provocando que Astrid se riera de buena gana) lo que quedara de esa noche, que hasta el momento, había sido maravillosa.

Astrid se puso un camisón para después acurrucarse en la cama, de la manera más íntima posible, con Hipo.

-Te amo mi lady. –susurró tiernamente después de besar su frente.

La rubia rodeó el cuello de él, comenzando a besarlo nuevamente.

-Y yo a ti, mi amor.

Lamentablemente, sería la última que compartirían de esa manera, tal vez la rubia lo presentía, y debido a eso, miles de recuerdos y pesadillas la envolvieron durante las pocas horas que pudo dormir.

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Se despertó más temprano que de lo usual, pero no le ganó a Valka, en cuanto el sol estaba por salir, ella ya estaba despierta, lista para volar con Brincanubes. Pero sabía que regresaría para desayunar. Quien no se había despertado era Hipo, vaya que el día de ayer fue pesado para él, porque de lo usual ya estaría comenzando a recorrer Berk.

Además, esa madrugada habían regresado bastante tarde del claro, no podía despertarlo sin razón, además, es ella quien no había dormido bien por sueños raros que había tenido, así que al no conciliar el sueño, retomó algunos quehaceres de la casa.

El sol todavía no salía, así no podía ir por huevos ni pescado, había quedado algo de pan de la cena, por lo que puso algo de leche a hervir y calentar esos panes para desayunar.

Escuchó unos ruidos en el piso de arriba, lo que seguramente significaba que Hipo ya se había despertado, y comenzaba a arreglarse.

Pese a las pocas horas que sueño que tuvo, y las "pesadillas", se encontraba con mucha paz en su interior, es como si algo le dijera que todo estaba bien, de momento, y estaba feliz, más por la decisión que ella e Hipo habían tomado justo anoche, ruborizándose por recordar cómo habían terminado las cosas allá en el bosque, y cómo continuaron cuando llegaron a la habitación.

-Buenos días, mi lady.

Astrid sonrió, aún estaba oscuro, pero la vela iluminaba lo suficiente como para ver la sonrisa de Hipo.

-Buenos días, guapo.

El jefe se acercó a la chica y le dio un leve beso en la mejilla, sin embargo, la rubia se apartó al sentir una sensación extraña.

-¿Sucede algo malo? –preguntó, consternado, moviendo sus manos.

Ella rio por el gesto que hizo. –No, no es nada. –se acercó nuevamente, acunando su rostro entre sus manos. –Es sólo que veo que te ha crecido más tu barba, y pues… no sé, me picó un poco. –comentó, acariciando una de las mejillas de él, jugando de manera tierna con los pelitos puntiagudos que sobresalían de su cara.

Ver a Astrid así, le hizo tener una idea bastante loca, muchísimo más que la de anoche. La sujetó con un brazo de su cintura, él sabía que a ella le encantaba que hiciera eso, aunque lo negara abiertamente, para después susurrar cerca de sus labios.

-¿Y no te gusta que mi barba te haga cosquillas?

La rubia ahogó un gritillo de sorpresa, haciendo que se apartara de él. Hipo sonrió triunfante por el sonrojo de la rubia, pero ésta no se quedó conforme, en respuesta le dio un muy buen golpe en su costilla izquierda.

-Ouch. –se quejó, exagerando el dolor, pues ya estaba acostumbrado a esa "violencia intrafamiliar". -¿Por qué me golpeas tan temprano? –cuestionó, sobándose con sus manos.

La rubia se encogió de hombros.

-Ya sabes cómo soy, no sé qué te sorprende.

El castaño negó con la cabeza. –Sí, no me sorprende que seas ruda. –comentó, como si fuera obvio, aunque a decir verdad, la rubia tuvo una idea para ponerlo en su lugar.

Para sorpresa del chico, Astrid aprovechó la oportunidad, con algo de fuerza, que aunque no le gustara admitir que Hipo ya era un poco más fuerte que ella, lo empujó contra la pared de madera que estaba a su derecha, se acercó a su rostro y besó fugazmente sus labios, claro que con su toque de pasión y atrevimiento, dándole una pequeñísima mordida en el labio inferior de Hipo, quedando consternado por la acción.

Se separó muy poco de él, dejándolo sin oportunidad de pensar. Lo miró con maldad, para después susurrarle seductoramente.

-¿Y acaso… no te gusta que sea ruda contigo? –alzó una ceja de la manera más coqueta que se le ocurrió.

Ahora sí que Hipo se sintió tan vulnerable y torpe, conocía a Astrid y sabía que se iba a desquitar de una manera u otra, y en definitiva, lo logró.

Hipo no contestó, miró hacia un lado, creyendo que iba a desaparecer ese momento bochornoso, agradecía que nadie más lo estuviera viendo.

-De acuerdo, tú ganas. No vuelvo a intentar nada de esto. –comentó abochornado, separándose un poco.

La rubia al verlo así, sonrió triunfante, era hora de celebrar su victoria.

-"Soy Hipo, el jefe de Berk, y mi esposa me pone nervioso cada vez que me besa". –Astrid imitó la voz de él, exagerando con sus manos y gestos.

Haddock ya sabía ese jueguito, pero le encantaba divertirse con ella cuando lo parodiaba, y debía admitir que lo hacía muy bien. El castaño no se iba a quedar conforme, no esta vez, buscaría una revancha. Sacó de la bolsa de su pantalón, a banda que la rubia siempre usaba en su cabeza. Ella abrió los ojos, tocó su frente y se dio cuenta que curiosamente no la traía, olvidó ponérsela en cuanto despertó.

Graciosamente, Hipo la puso sobre su frente, se cruzó de brazos, carraspeó su garganta, y comenzó a hablar con voz algo aguda.

-"Soy Astrid, la más ruda de por aquí, y me gusta hacer que mi esposo se moleste y darle golpes, porque así, puedo besarlo después en señal de remordimiento". –cuando terminó de hablar colocó una de sus manos en su cintura derecha, balanceándose levemente, para después acercarse a la rubia y darle un ligerísimo golpe en su hombro.

Hofferson no aguantó las carcajadas por la imitación, eran contadas las veces cuando Hipo lo hacía, y sin duda, ésta fue la mejor.

-En eso sí que me ganaste… ni cortándome una pierna lograré mejorarlo. –admitió entre risas, que Hipo también comenzó a dar. –Estuvo muy buena.

Hipo: 2

Astrid: 54 (contadas)

El castaño sonrió muchísimo, aun no podía creer que él era la causa de ese comportamiento en, la que en sus días de adolescencia, la vikinga más fría y ruda de todo Berk.

Se quitó la banda, la cual ni se había puesto bien, y fue a sentarse al lado de Astrid, a quien ya le dolía el vientre por tanta risa. Él tomó su rostro y colocó la diadema café en la cabeza y frente de la rubia, ella se la acomodó justo como su madre le enseñó cuando era niña.

Hipo seguía en su papel de "Astrid", por lo que le dio otro golpecillo en el hombro.

-Esto es por imitarme. –dijo, agudizando su mirada, claro que la muchacha no se aguantó la risa, de por sí. –Y esto… -lamentablemente Hipo no terminó la imitación, porque la rubia le colocó un dedo en los labios.

-Esto es por todo lo demás… -retomaron sus papel originales, la chica rodeó el cuello de él con sus brazos, se puso sobre las puntas de sus pies e inició un dulce y tierno beso.

No sabía por qué, pero Hipo veía a Astrid más feliz, más alegre, incluso podía decir que irradiaba una luz distinta, claro que no se lo diría porque tenía la probabilidad de ganarse otro golpe, y con uno matutino era más que suficiente. Lo que sí, no se resistió fue a darle un beso en la mejilla, para después unir sus frentes y mirarla a los ojos.

-No sé qué haría sin ti. –confesó abiertamente. Aun no entendía cómo es que su padre siguió vivo sin tener al amor de su vida cerca. –Te quiero.

-Y yo a ti.

Haddock estaba a punto de decir algo más, cuando escucharon unos ruidos afuera de la casa, sonrieron, a sabiendas que se trataban de sus dragones.

-Los chicos demandan atención. –comentó Astrid, divertida caminando hacia la puerta.

Hipo agarró un pan, y se lo llevó comiendo mientras salían del hogar.

-¡Buenos días Tormenta!, ¿descansaste bien? –dijo la rubia, acariciando a su dragón, después de llegar al establo, en seguida saludó y acarició al dragón de su esposo.

La dragona movió su cabeza con entusiasmo.

-¿Qué tal Chimuelo?, ¿listo para empezar con los labores de hoy? –preguntó el jefe.

El Furia Nocturna asintió, justo en ese momento aterrizó Valka, con una cesta grande de peces, ante lo cual los dragones fueron a degustar inmediatamente las delicias marinas que la protectora de los dragones trajo consigo.

-Buen día. –saludó, bajando de su dragón.

Los tres reptiles que vivían en el establo devoraron rápidamente los pescados que la madre de Hipo había llevado.

-Gracias por ahorrarnos el trabajo, Valka. –agradeció Astrid. –Mañana me encargo yo.

-Hija, no tienes nada qué agradecer. –comentó, acariciando al dragón de ella.

Hipo sonrió por ver a las mujeres que más amaba, platicando animadamente.

-Bueno, ladies, creo que Chimuelo y yo debemos marcharnos. Iremos al verificar que la tormenta de la madrugada no haya dejado estragos en la aldea.

Su madre lo abrazó.

-Cuídate hijo.

El asintió, a veces su mamá era muy protectora, aunque no tanto como su esposa.

Se dirigió con Astrid, quien le hacía mimos a su dragona, se detuvo por un momento para despedirse de él, Hipo le dio un abrazo, y después un beso en la mejilla.

-Regreso más de rato.

Ambos se sonrieron con la seguridad de volver a verse pronto.

Dicho eso, el chico montó al alfa y volaron hacia el bosque, junto con los primeros rayos del sol que empezaban a cambiar los tonos del cielo. La rubia se le quedó mirando con una mirada de amor y emoción.

Para Valka no pasó desapercibido ese cariño y complicidad con la que ambos chicos se despidieron. Por más que respetara su relación, no dejaba de ser curiosa ni tampoco emocionarse como si fuese una adolescente por la historia de amor del que su hijo era protagonista. Y otra cosa que le llamaba la atención, es ese brillo lleno de luz y esperanza que Astrid emanaba de manera inconsciente.

La observó varios minutos al jugar con Tormenta, mientras seguía dándole pescado.

La rubia sonreía, emanaba felicidad, desprendía luz, y en ciertas ocasiones, sin que ella lo notara, se tocaba el vientre.

Valka sonrió feliz, tenía una corazonada de lo que le podía estar pasando. Eran tantas las señales, que no podía seguir ignorándolas, debía cuestionar las inferencias de su mente, sin embargo, no podía ser tan directa y cuestionarle algo así como "¿Mi hijo y tú han tenido intimidad últimamente?", no, claro que no. Debía ser más sutil.

Estaba por preguntar si había tenido el sangrado durante ese mes, pero se detuvo cuando vio que la rubia se quedó congelada, dejando de hacerle caso a Tormenta y se tocó el pecho con dolor, por lo que ella notó esa acción y se dirigió a su nuera.

-¿Estás bien, Astrid? –cuestionó la mujer, tocándole el hombro para que mantuviera el equilibrio.

La rubia trató de tranquilizarla haciendo un ademán.

-No te preocupes Valka, es sólo que me dieron… un… un poco de nauseas con el olor del pescado. –señaló algo de disgusto en su rostro.

Pensó rápidamente, ésa era la oportunidad que buscaba.

-¿Y desde cuando tienes esas nauseas? –preguntó suspicaz.

La rubia se recargó en el poste del establo.

-No sé, no les había prestado atención, seguramente debió ser algo que comí. –tragó duro y pasó el malestar. –Pero ya estoy mejor.

La jinete de Brincanubes no le creyó, nada.

-Si quieres, entrar a la casa, descansa. Sirve que desayunamos. –propuso.

La rubia asintió, acarició a los dragones, y ambas mujeres se dispusieron a entrar al hogar.

-Había preparado un poco de pan, por si gustas. –comentó Astrid, retomando el papel ama de casa.

Eso era algo que le gustaba, tanto Valka como ella tomaban la responsabilidad de hacer las actividades domésticas.

-Gracias.

Las Haddock desayunaron rápidamente, conversaron de temas triviales de la aldea, aunque Valka no dejaba de sentirse emocionada por la posibilidad de embarazo de Astrid.

-Por cierto, mañana veremos en la Academia de dragones la clase Nadder y Cortaleña, son tu especialidad, ¿te gustaría acompañarnos? –preguntó Valka, dando un último bocado a ese pan.

El rostro de Astrid se iluminó.

-Por supuesto. Me llevaré los bocetos que Hipo hizo sobre las diferentes etapas de los Nadder, ¿te parece?

-Es excelente.

Ambas compartían esa fascinación por los dragones, Valka veía en la chica esa hija que no tuvo oportunidad de tener, y Astrid, venía en su suegra, esa mamá que le faltó, que aunque tuvo a su tía Gylda en todo momento, pues ni era de su sangre.

La viuda de Estoico estaba fascinada al ver los gestos de Astrid, así que decidió que era momento en que debía comenzar a preguntar esas dudas que a cada segundo incrementaban.

-Anoche ya no escuché bien cuando tú y mi hijo regresaron. –comenzó, con respeto, dando un sorbo a la leche hervida.

Pero claro que le dio gracia ver a Astrid sonrojarse un poco.

-Sí… llegamos algo tarde. –aclaró su garganta. –Hipo tenía que hablar conmigo de… algo importante.

-Ya veo.

Un raro e incómodo silencio se formó entre ellas, Astrid no estaba segura de comentarle a Valka sobre lo que Hipo y ella habían decidido, pero tampoco podía excluirla así, aunque ya llevaba un año viviendo de nuevo en Berk, la rubia había sido testigo de lo difícil que había sido adaptarse a su nueva vida, tomó aire y también valor para hablar, aunque no entendía por qué sonreía como una tonta.

-En realidad… Hipo me pidió que…

-Sí, ¿qué te pidió? –animó a que siguiera.

-Que… que lo acompañe en un viaje que va a realizar. Ya sabes, para la firma de tratados.

Valka sonrió, recordando y añorando los viajes que en su juventud también realizó.

-Me alegro, es bueno que lo acompañes. -suspiró con nostalgia. –Yo acompañé a Estoico en un par de viajes, es lindo que otras islas también sepan que eres parte del gobierno de Berk.

La jinete de Tormenta sonrió, preparándose mentalmente para lo que iba a confesar.

-Y también… también…

-¿Sí?

Volvió a suspirar, sin dejar de sonreír.

-Valka, Hipo no me dijo que te comentara nada aun, pero somos una familia, y a fin de cuentas, pues también te involucra ti. –comentó nerviosa aunque con sonrisa en su rostro.

La mujer ladeó un poco el rostro, tratando de adivinar qué es lo que pasaba.

-Hipo y yo creemos que estamos preparados para tener un hijo.

La mujer se contagió de las sonrisas de su nuera, ya no seguiría indagando, pronto se daría cuenta de su embarazo.

-¿Es en serio? –preguntó llevándose una mano a la boca.

-Sí. –confirmó con orgullo. –Sólo esperemos que los dioses piensen igual.

A Valka se le quebró un poco la voz.

-A penas ayer te dije que no prestaran importancia a los comentarios de los aldeanos. –dijo divertida. -Estoy completamente segura que pronto darán la noticia que Berk tanto desea oír.

Hofferson sonrió feliz, junto con su suegra, sin embargo, ésta se borró al instante por el sonido que se escuchaban por todo Berk. Las féminas prestaron atención y se prepararon mentalmente.

-Es la alarma de invasión norte. –apreció Valka, poniéndose de pie al mismo tiempo que la ojiazul. Ambas se vieron a los ojos, asustadas.

-Hipo… -musitó Astrid, con preocupación.

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Ser centinela de noche no era sencillo.

Ser un jinete de dragones, tampoco.

Ser centinela, jinete de dragones y tener de compañero a un Mocoso, mucho menos.

-Pero en serio Papapez, creo que las cosas con Brutilda están mejor que nunca. –dijo, recargándose en la silla, meciéndose un poco.

Una de las cualidades del vikingo regordete, era su paciencia. Y vaya que había desarrollado una con el paso de los años, tan paciente, comprensivo y conciliador se había vuelto que hasta había entablado una buena relación de camaradas. Pese a que se disputaban la atención de chica, no era una competencia que afectara su amistad.

Sin embargo, había algo que tenía perturbado al pobre rubio, y es que en algún momento, de alguna forma, la chica que cuestión debería decidirse por alguien, y la pregunta aquí era… ¿qué le pasaría al otro?

¿En serio quería a Brutilda así como veía a Patán desvivirse por ella?, ¿o así como Hipo velaba por su esposa?

La respuesta a ese cuestionamiento era afirmativo, sí la quería, la quería mucho, no porque fuera una de las pocas chicas que quedaban "libres" en Berk, era su manera despreocupada de ver la vida. Y por eso mismo es que desde hacía meses atrás se había dedicado a reprimir sus sentimientos, a mentalizarse que ella no era para él, que no tenían mucho en común, y la verdad es que, pese al sufrimiento de su corazón, era cierto.

No fue nada fácil dejar de hacer acciones que le agradaran a ella. Dejó de darle ovejas en las carreras, dejó de buscarla, no le dijo nada durante semanas a menos que ella lo ocupara para algo en específico. Fue difícil al principio, pero… por alguna razón, no le dolió tanto como pensó.

Era una de las cosas en las que la mente fallaba: los asuntos del corazón.

Claro que le tenía un cariño especial a Brutilda, de alguna forma fue su primer interés "real" amoroso, bueno, también estaba esa chica de hace unos años, ese flechazo de verano que sintió por Heather, pero no fue muy serio o al menos no lo recordaba, y de una forma u otra lo marcó en su vida, pero, de igual modo sabía que no es lo que su corazón buscaba.

Tomó aire, maldición, era un vikingo, debía ser más rubia, no entendía por qué le costaba tanto, si sabía que la gemela no era su "alma gemela".

Lo único que pedía era a alguien a quien cuidar para siempre.

Su dragona notó el ánimo de su jinete, así que trató de acercar su cabeza para que la acariciara. Funcionó, porque de inmediato el chico sonrió y le agradeció con la mirada ese gesto que tuvo.

Volteó a ver a su amigo, observar cómo estaba de feliz contando la manera en la que iba esa extraña relación (que de momento sólo Patán decía que existía), le hizo comprender que alejarse del camino del Mocoso, y darle la oportunidad de tener esperanzas a él, era una sensación agradable para sí, aunque debía estar preparado ante una fuerte decepción, no amorosa, o al menos no totalmente, pero sí para que decayera algo.

Sólo le quedaba la esperanza de encontrar algún día, esa chica que le apasionaran los dragones, que fuera de buenos sentimientos con esa vena ruda característica de los vikingos, pero que principalmente, lo amase tanto como seguramente él la amaría. A veces pensaba que no llegaría, pero si Hipo logró entrenar a un Furia Nocturna, claro que había posibilidades de encontrarla por algún lugar.

Sonrió con esperanza, para después ver que Patán seguía contándole la interesante odisea que él vivió jugando tres días enteros a las escondidas con Brutilda.

El cielo ya había cambiado de colores, anunciando el próximo amanecer. Eso sólo significaba una cosa.

-¡Cambio! –se escuchó la rasposa voz de Brutacio, que venía con su dragón, animadamente para relevar el puesto.

Sin embargo, ambos centinelas se le quedaron viendo decepcionados.

-Se supone que debías venir hace cinco horas. –dijo Patapez, cruzándose de brazos. –De día no nos toca ser centinelas.

Brutacio se rascó la cabeza, levantándose el casco un poco.

-Pero descuida futuro cuñado. –se adelantó Patán. –Ya me encargué de todo. –dicho lo anterior, se besó sus músculos de los brazos.

-Caray, pensé que me tocaba al amanecer. –confesó, quitado de la pena y rascándose la cabeza. –Bueno, en ese caso, adiós.

El jinete del Gronckle se levantó y estiró un poco.

-Mañana haces doble turno sin quedarte dormido y ya.

Brutacio retorció su rostro, como si Patapez hubiese dicho una aberración.

-Sin peros,o le diré a Hipo y…

Los dos espectadores comenzaron a reír, como si el rubio acabara de contar el chiste más gracioso, incluso el gemelo se limpió una pequeña lagrimilla de sus ojos. –Ay, el buen Hipo. Debo admitir que ahora le tengo mucho más respeto. –comentó divertido.

-Pues deberías. –el vikingo del cabello largo trenzado se volteó rápidamente al escuchar la voz de su jefe, que ya estaba detrás de él montado en su Furia Nocturna, acompañado de su amigo Eret y Rompecráneos.

Los demás rieron un poco por las caras que hizo Brutacio.

-Claro jefe.

Hipo sonrió, al menos, le quedaba el buen humor y la compañía de sus amigos.

-Venimos a buscarlos porque llegó la noticia de que hay varios árboles que se cayeron en la tormenta de la madrugada. Están estorbando en la pasada de un puente. –comentó Eret.

-¡Excelente! –dijo Patan, montando a Dientepúa. –Le mostraré a la hermosa Tilda de lo que soy capaz, vamos amigo.

Dicho lo anterior, el vikingo de pequeña estatura se elevó por los aires, aunque algo llamó su atención, parecía un barco atascado entre unas rocas, poco antes de abrirse ante altamar.

-Chicos… ¿qué es eso? –preguntó, señalando el lugar.

Los hombres voltearon, tratando de enfocar su vista.

-¡Es un barco berserker! –comentó Brutacio desde el suelo, utilizando el catalejo que Hipo y Astrid le regalaron en su cumpleaños pasado.

Hipo bajó de Chimuelo, también utilizó el catalejo de mayor tamaño para enfocar la vista.

-Así es, tiene el estandarte de un Skrill. –confirmó preocupado.

-¿Pero qué hace sólo un barco? –preguntó Patapez.

-Eso mismo es lo que averiguaremos. –terminó el jefe, subiendo a su dragón nuevamente para ir, le indicó con la mirada que lo acompañaran. –Esperemos un poco, todavía no hay que tocar la alarma…

El hijo de Valka aún no terminaba de hablar, cuando escuchó que el cuerno de aviso sonaba ya por todo Berk.

Los jinetes se miraron entre sí, bajaron la mirada y se toparon a Brutacio levantando el pulgar de su puño, guiñando un ojo, en señal de compañerismo.

-¿Ah, pero porqué eres tan bruto? –preguntó, Eret, enojado, empezando a volar con su dragón. –Ya veo por qué te llamas así.

Hipo lo fulminó con la mirada.

-Dije que no había que tocar la alarma.

-Ops, lo siento, dijiste alarma, y lo que hice fue esto. –así es, volvió a tomar aire y volvió a tocar el cuerno.

Hipo y sus seguidores rodaron los ojos, rendidos.

No pasaron más que un par de segundos cuando se vio que su mamá y Astrid venían en sus respectivos dragones, además de la gente empezando a aglomerarse cerca de ese acantilado.

-¿Qué sucede? –preguntó Valka en el momento que su compañero tocó tierra.

-¿Estás bien Hipo? –cuestionó su esposa, aun en el aire, aprovechando para comenzar a descender.

La gente comenzó a acumularse en esa parte de la isla, muchos comentarios comenzaron a aparecer sobre la incertidumbre a lo que ocurría.

-¿A caso habrá otra guerra? –preguntó Brutilda, que llegaba también, colocándose en la cabeza correspondiente de su dragón.

-No sabemos, sólo deben saber que yo fui quien tocó la alarma. –alzó las manos para dar a conocer su gran hazaña. –No me lo agradezcan hooligans, sólo soy un jinete al servicio. –finalmente hizo una leve reverencia, cerrando los ojos.

Los berkianos rodaron los ojos, Astrid fue la primera.

-¿Entonces se trató de una falsa alarma? –preguntó furiosa, le dieron un gran susto.

-Claro que no. –defendió el del Cremallerus. –Allí hay un barco berserker.

Quienes escucharon esa noticia miraron hacia donde se señalaba.

Astrid miró a Hipo, se comunicaron con la mirada. Hipo le dio la orden a Chimuelo de que se elevara un poco para que la aldea lo viera y escuchara.

-De momento sólo es un barco, iré con los jinetes a ver qué ocurre. Estén alerta. –la voz, que aunque amable y con timbre agradable del jefe, dejó atentos a los berkianos.

Hipo emprendió camino hacia las rocas donde se encontraba el barco; a su derecha, Astrid con su dragona, del otro extremo los gemelos, detrás de ellos, Patán y Patapez, vigilando que no atacaran por sorpresa, mientras que Eret fue en compañía e Bocón a monitorear y mantener vigilado los horizontes en caso de que viniera una flota mayor.

-¿Crees que sea una trampa? –preguntó Astrid.

-Tal vez.

Se acercaron con cuidado y cautela, se apoyándose en las rocas puntiagudas. A simple vista no se veía ningún berserker dentro del navío, lo cual propiciaba una sospecha más fuerte.

El jefe y Chimuelo aterrizaron en el barco, frente a ellos estaba una manta que cubría un gran bulto. Se acercó para tratar de revelar lo que había.

-Ten mucho cuidado Hipo. –pidió la rubia, con su hacha en mano.

Su esposo sacó su inseparable arma, Chimuelo se colocó en posición preparada para atacar. Hipo tomó la manta y la arrojó al agua. Los dragones estaban en a punto de echar fuego, pero Patapez detuvo el ataque.

-¡Es un dragón! –dijo el chico, bajando para colocarse con su jefe.

Los demás se extrañaron de ver un barco con ese reptil.

Hipo se acercó, a fin de cuentas no sabía si se trataba de un dragón salvaje, pero cuando notó la especie, dejó todo en manos del experto.

-Haz lo tuyo, Patapez.

El mencionado se acercó al Látigo, no era muy común encontrar uno.

-Hola amigo… -cuando el reptil escuchó los pasos y la voz del chico se alertó, demasiado para su gusto, a punto de aventar espina de metal a sus acechantes. –Huy, me confundí, lo siento, chica… tranquila.

Chimuelo le rugió, dando la orden de que se calmara, la dragona bajo la cabeza, comunicándose con su alfa, éste, entendió el mensaje, y volteó a ver a Hipo.

-¿Qué ocurre, Chimuelo?

El Furia Nocturna se acercó a la dragona, allí fue cuando Patapez e Hipo descubrieron el problema.

-Oh, pequeña, tienes lastimada una patita y no también el ala. –dijo el rubio, gentilmente. La dragona fue perdiendo la desconfianza, permitiendo que los chicos la observasen, notaron que el ala estaba completamente rota y sangraba, además de auq algunas flechas traspasaron completamente su endurecida piel.

-Ay, tanto escándalo para nada. –comentó Brutilda, fastidiada. –Yo quería una batalla.

Astrid no se fio de todo, por lo que también descendió y monitoreó la superficie galeón. Algo dentro de ella le decía que no era normal ver a un dragón sobre un navío, y mucho menos si tenía el estandarte de la tribu del odioso de Dagur, aunque también le causó mucha lástima la drgona herida, pudo ver que también había restos de flechas incendiadas allí, lo cual significaba que había sido un ataque.

Observó cómo es que Patapez ayudó a que la dragona se pusiera de pie para ver la gravedad de la herida, y fue cuando notó algo que le hizo abrir los ojos.

-Babe, tienes que ver esto. –Astrid lo llamó desesperada, su esposo acudió de inmediato.

-¿Qué pasa?

Hipo también abrió los ojos, para después acercarse a lo que parecía ser una muchacha.

El cabello negro y la capucha de la chica tapaba la cara de ella, pero hasta que Patapez se acercó y movió el cuerpo de la inconsciente, los tres abrieron la boca sorprendidos.

-No…

-Puede…

-Ser…

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Se removió un poco en cuanto sintió un algo de agua sobre su frente. Gimió un poco hasta que fue abriendo los ojos.

-Al menos está viva. –informó Brutacio, quitándose de la vista de la chica que se enderezaba.

-¿Dónde estoy? –preguntó en cuanto pudo, a pesar de tener la garganta seca y un terrible dolor de cabeza.

En cuanto terminó de hablar, se enderezó, tratando de enfocar la vista. Cuando lo hizo, ella logró ver en donde estaba, y verlos, le hizo recordar esas viejas amistades de siempre.

-Hola Heather. –saludó Patán. –Sabía que volverías por esto. –señaló sus brazos, besándolos. –Porque tú eres Heather, ¿no?, yo nunca olvido unos ojos así tan lindos como los tuyos.

La mencionada se removió un poco.

-Hola, chicos… -agradeció la castaña.

Recibiendo a cambio algunas miradas confusas por parte de los demás.

-Vaya, parece que ya hemos vivido este mismo momento cinco años atrás… incómodo. –mencionó Brutilda, ironizando. –Aunque ahora no nos encerraste ni atacaste como las últimas veces.

Heather se enderezó sonriendo nerviosa. -¿Cizalladura? –preguntó nuevamente.

-¿Te refieres a tu dragón? –cuestionó Brutacio. –La tiene Papapez. –señaló.

El rubio amigo, respiró para controlarse. –Por enésima vez, mi nombre es Patapez.

La dragona lastimada hizo un gesto para que la vikinga que se acercara.

-Ya chica, ya estoy aquí amiga. –musitó Heather, llegando hasta donde estaba.

Un poco apartados de los demás estaban Astrid e Hipo, conversando con Valka.

-Sólo digo que debes preguntar por qué estaba en un galeón berserker, sé que Dagur es su hermano, Hipo, pero me parece sospechoso, por favor no me hagas enojar. –trató de hacerle recapacitar.

El jefe suspiró consiente de la situación.

-Amor, no es que no te haga caso, también tengo ciertas reservas, no olvidemos que ella ha pasado por mucho, además será bueno que hables con ella.

La rubia sonrió, después de todo era una amiga, observó la actitud de la chica, debía admitir, que ahora transmitía un poco más de confianza que años atrás.

-¿Ya la conocían? –preguntó Valka, montando a Brincanubes.

-Sí, y no fue una experiencia muy agradable que digamos. –compartió Astrid, cruzándose de brazos. –Aunque es una vieja amiga. –sonrió con algo de nostalgia.

En ese momento llegó Eret, colocándose al lado de la rubia.

-Varios hombres y yo volamos alrededor y no notamos ninguna flota Berserker, había una, pero tenía bandera blanca, de las islas del sur, no muy lejos de Berk.

La rubia asintió. –Gracias, Eret, ahora vayamos a ver a Heather.

El chico seguía a su jefa, pero se detuvo de abrupto en cuanto escuchó el nombre de la mencionada.

-¿Heather? –cuestionó, acabándose el aliento, quedándose de piedra, observando a la muchacha que acariciaba a la reptil de metal.

La rubia ni le prestó atención, porque estaba dedicada, observando a la chica nueva.

-Y Heather ¿qué fue lo que te pasó? –cuestionó Astrid, repitiendo la misma pregunta que hizo años atrás.

-Hola Astrid. –saludó la chica, nerviosa e insegura. –La verdad… aunque no me crean, y suene repetidor… hace varios días unos piratas sitiaron la flota en la que mi aldea y yo viajábamos, como yo era la única que tenía un dragón, pues… pude escapar, después de eso me dediqué a buscar mi tribu pero… no he hallado señal de ninguno de ellos, ni de los atacantes.

-¿En serio crees que te vamos a creer eso? –preguntó Brutilda. –No sería la primera vez, pensé que eras algo así como una jinete solitaria.

Heather endureció su mirada.

-Si no me creen, ese no es mi problema. Yo digo la verdad.

-¿Y cómo explicas el barco Berserker? –preguntó Brutacio.

-¿El qué?

-Ya sabes, el barco, galeón, navío, fragata… -comenzó Patapez, haciendo desesperar a los demás, haciendo reír a Heather.

-Sé a lo que se refieren. Cizalladura y yo íbamos volando, buscando señales de mi tribu, pero… de repente, nos atacaron, me enviaron flechas con fuego… -se horrorizó por recordar. –Incluso aventaron un hacha, esa misma lastimó a mi látigo. –informó con rencor, acariciando al reptil herido.

-¿Y por qué te atacaron? –preguntó Astrid, indagada.

-La verdad no sé, ya conocen a Dagur, insiste en que Cizalladura y yo nos incorporemos a él, además era de noche, y por un momento creí que era mi flota, por lo que me acerqué y fue cuando… -la chica abrió los ojos, como si hubiese recordado algo importante. –Hipo… -lo llamó, el jefe la encaró. –Logré escuchar que venían a Berk.

-¿Qué dices? –preguntó el chico.

Todos se alarmaron un poco.

-Sí, un hombre dijo algo así como que venían a buscar a una tal esposa de Dagur, que alguien de aquí se la había robado hace años… no escuché bien, lamento no tener buena información.

Astrid e Hipo se voltearon a ver, compartiendo el mismo pensamiento, era obvio que el resto de los presentes no sabían nada al respecto. Sin embargo, esos comentarios no pasaron desapercibidos por el hombre que se mostró atento desde que su dragón pisó tierra.

-¿Heather? –se escuchó la voz de Eret, los demás voltearon a observarlo curiosos.

-¿Se conocen? –preguntaron los gemelos al unísono, pero los involucrados hicieron caso omiso.

-¿Eres tú? –preguntó de nueva cuenta el ex cazador de dragones, acercándose a la pelinegra.

La castaña se alejó un poco de su dragón, acercándose al quien le llamaba. De alguna manera ese chico de brazos grandes se le hacía muy familiar.

-¿Eret? –preguntó en un hilo de voz, casi con lágrimas en sus ojos.

-El mismo que viste y calza. –dijo con una sonrisa arrogante, alzando sus brazos.

La castaña corrió abalanzándose contra él, el hijo de Eret la abrazó con cariño, algo muy inusual en él.

-Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, pequeño huracán. –dijo el hombre. –Sólo mírate, ya no eres una niña.

Los demás estaban con la boca abierta.

-¿Creo que me perdí? –comentó Brutacio. -¿Te atacaron los marginados o los berserkers?

Más de siete personas lo voltearon a ver por ser tan imprudente, ganándose un buen golpe por parte de su consanguínea.

-Te creí muerto. –dijo la chica, quien que limpiaba las lágrimas con la manga de sus ropas.

-Por allí dicen que mala hierba nunca muere. –bromeó.

-Tú siempre tan gracioso, hermano. –regañó la muchacha, dándole un leve golpecillo.

Esa información fue nueva para todos.

-¿Hermano? –preguntaron todos los presentes.

-Un momento chica, decídete, ¿quién es tu hermano? –preguntó Brutilda, enojada y medio confuso.

-Me duele la cabeza. –comentó Brutacio, algo mareado por tanta información,

Fue en ese momento cuando Heather y Eret voltearon con los demás.

-Eret es mi hermano, bueno, hermano adoptivo, sus padres fueron quienes me acogieron hace años, pero… no entiendo, ¿qué haces en Berk? –preguntó después de soltar el abrazo.

-Historia larga, más que la de nuestra isla, y tú… ¿cómo los conoces?

-Un historia más larga y conmovedora. –irrumpió Astrid en esta ocasión para desconcierto de todos. –Lo que interesa ahora es eso que dijiste sobre los berserkers. ¿Cuándo crees que lleguen?

Heather estaba a punto de responder, pero Valka se adelantó.

-Creo que en unos minutos, y no vienen solos. –comentó la madre del jefe, montando a Brincanube, observando el horizonte.

Todos los hooligans que se encontraban allí, voltearon rumbo a la dirección que la ex jefa indicaba.

-Es imposible, Eret y yo sobrevolamos hace unas horas, los habríamos visto. –comentó Bocón, ajustándose una prótesis.

Hipo tomó el catalejo para comprobar sus sospechas.

-¿Quiénes vienen con ellos? –preguntó Astrid en un susurro.

El castaño tampoco sabía quiénes eran.

Sintió miedo, miedo por Berk, por su familia, por sus dragones, pero principalmente por las palabras que había dicho la huésped inesperada.

-Brutacio. –llamó el ojiverde.

El rubio obedeció, yendo hacia él.

-Sí, jefe.

Hipo endureció su mirada.

-Ahora sí, toca la alarma. Todo Berk debe prepararse para esto. –ordenó el jefe.

Tacio acató la indicación.

-Hipo… -llamó Astrid antes de que él se subiera a Chimuelo, quien ya estaba listo para pelear. –Heather dijo que vienen por la esposa del jefe… tal vez, Dagur descubrió que yo… que yo soy Camicazi.

El castaño besó su frente y la abrazó, ignorando el ruido de la alarma y de los rápidos movimientos que todos hacían en Berk, para sólo sentir los latidos de su corazón.

-No te preocupes. Sólo sobre mi cadáver Dagur te vuelve a alejar de mí.

Las palabras de su esposo la animaron, pero no dejaron de darle desconfianza, era claro que ella no permitiría que nada malo le pasara a Berk, ni mucho menos a Hipo, y si tenía que tomar decisiones difíciles otra vez, para salvaguardar a quienes amaba, lo haría sin pensarlo.

Se sintió mareada en cuanto Hipo soltó su mano para dirigirse a las catapultas, comenzó a ver negro, pero tomó fuerza desde su interior, le hizo sentir que debía hacer algo, debía prepararse para lo peor, sin saber, que no sólo se trataba de ella, sino también de su bebé.

Todos, debían ser fuertes y prepararse para lo que fuese que Dagur tenía entre sus planes.

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Notas de la autora:

Lamento la tardanza, este capi en especial me costó trabajo porque recientemente ha habido muchos cambios en mi vida, y tuve que organizarme, prepararme y empezar etapas nuevas.

Además el capi quedó súper largo, por lo cual opté en dividirlo.

No tengo palabras para agradecer los 63 reviwes que esta historia tiene, de momento es mi fic más exitoso, es un nuevo record para mí. Espero que les siga gustando, una de las razones por las que escribo, es por ti, por ti que lees esta historia.

Como ven esa idea loca de que Eret y Heather son hermanos?, explicaré esto a más detalle pronto, pero en realidad me parecen dos personajes, que tienen ciertas características físicas, además de "curiosamente", ellos cambiaron su manera de ver a los dragones gracias a Tormenta. Sé que a muchos nos les agrada Heather, pero en lo personales me parece alguien interesante, y que quería retomar para escribir la historia, además… el archipiélago es muy pequeño.

Trataré de actualizar lo más pronto posible, lo bueno es que tengo muy avanzado el capi 5.

Nuevamente les agradezco su apoyo, me hacen muy muy feliz.

Nota agregada junio 2015: Después de caer en depresión por saber de Dagur y Heather, el fic empieza a ser modificado desde aquí. Pero Eret y Heather son hermanos adoptivos jeje.

¡Gracias por leer!

Dios los bendiga

**Amai do**

-Escribe con el corazón-

Publicado:19 de agosto de 2014