N/A: Realmente no me da la cara para disculparme una y otra vez por la demora monstruosa que ha sufrido el lanzamiento de este capítulo, supongo que ya saben la causa, la facultad realmente me absorbe muchísimo, lo vale realmente, pero no por eso deja de ser agotador xD.

Como fuere, espero de manera sincera que encuentren agradable este nuevo capítulo, es posible que este fic termine con seis capítulos y no cinco como yo creía, depende mucho de cómo termine de acomodar algunos detalles, de cualquier modo ya estoy de vacaciones, así que no tendrán que esperar ocho meses al próximo. (Cuando menos eso espero xD)

1 2 3

Propiedad Privada

Fase cuatro: Revelación

Realmente podía sentirla, piel suave y cremosa estremeciéndose ante el contacto de sus palmas, delgadas líneas perladas que robaban tersura pero que lo hacían aún más exquisito y valioso ante sus ojos grises, que brillaban cargados de deseo.

Podía notar que no era el único profundamente afectado por el contacto, los ojos de un color miel sobrenatural mutaban de una manera hipnótica, brillando intensos y nublándose al mismo tiempo, llenos de una lujuria tal vez sólo comparable con la que podía sentir en el punto más recóndito de su bajo vientre, una expresión que, casi estaba seguro, solo él había visto a lo largo de casi dieciocho años.

Y su pecho se lleno de orgulloso ardor por eso.

Su cabello estaba extremadamente desordenado, y tenía que admitir que, si bien siempre le había gustado que los mechones de un castaño claro estuviesen prolijamente peinados, nunca los había visto así de perfectos.

Las mejillas brillaban con pudor, así como lo hacían las suyas, los alientos se mezclaban en un remolino desesperado, la agitación producto de la cercanía era tal que no pudo evitar preguntarse, cuan intensa podía ser la sensación al... y es que los separaban solo centímetros, más de cinco pero menos de diez, se sintió tragar, un profundo nudo aflojándose solo un poco en su garganta, un segundo después, sus labios se habían unido.

Y entonces fue un nuevo día.

Podía sentirse jadeando, habiéndose sentado de manera inconsciente y completamente falto de aliento. Su rostro profundamente sonrojado y empapado en sudor. Le tomó solo unos segundos darse cuenta de su ubicación, su vieja cama de dosel era la misma de siempre, agachó un poco la cabeza e hiperventiló siendo vagamente consciente de cómo su aliento cálido se transformaba en vaho al contacto con el frío helado propio del mes de febrero.

Ya habían pasado dos semanas, y aún así la intensidad de los sueños no parecía menguar, muy por el contrario, parecían hacerse cada vez más intensos, cada vez más precisos y detallados, eran cada vez más Remus Lupin.

Y eso lo aterraba.

Volvió a tragar, tratando de finalmente aliviar aquel nudo en su garganta, sin mayor éxito, exhaló un tanto derrotado y se dejó caer con pesadez sobre la almohada.

Ya había intentado todo por superarlo, había visto a muchas chicas, había jugado más al Quidditch, incluso había estudiado por más horas, pero todo esfuerzo terminaba siendo completamente inútil, porque inevitablemente lo vería, tal vez no físicamente, pero si en su mente, en fantasías eternas que daban comienzo cada vez que cerraba sus ojos, y con las cuales se sentía extremadamente atormentado, no por su contenido, sino por la culpa, la culpa de anhelar cada ilusión, de saborearlas con todo su ser y por sobre todo, de no querer que terminen.

Sabía que todo era su culpa, pero es que... realmente estaba confundido, su interior era un juntadero de emociones y conceptos opuestos que colisionaban a cada segundo, después de todo, y por más que el luchare contra eso, la sangre de esa maldita casa corría por sus venas, los Black sabían de vivir la buena vida, con todos sus lujos y excesos, pero no sentían, no se involucraban y por sobre todo, no se enamoraban de hombres lobo.

Y a quien se atreviera a llamarlo prejuicioso, no dudaría en romperle la cara a golpes, porque de verdad que el problema no era tanto el que Remus fuera un chico y mucho menos el que fuese un hombre lobo, es solo que...de verdad no era fácil.

Por más que se hubiera desvinculado por completo de su familia (con la sana excepción de Andrómeda, Nymphadora y su ahora fallecido Tío Alphard) las marcas que dejaron en su mente aún eran profundas, sus enfoques del mundo, si bien opuestos, guardaban algunas raíces elementales comunes.

Después de todo, los Black no se humillaban, no pedían ayuda y mucho menos perdón, no lloraban y por sobre todo, no se enamoraban.

Es por eso que se desconcertó así mismo, tomando la iniciativa en esto que llamaron "el juego", insistiendo ante la reticencia de Moony, asegurándole que de estar solos "siempre era mejor estar solos juntos" todo por un sueño muy parecido al que había tenido esta noche. Y si, era consciente de cuan arrogante y pretencioso sonaba, incluso a sus propios oídos.

Había querido algo y lo había tomado, como siempre lo hacía, pero nunca había esperado encontrar más, mucho más... nunca creyó que unos cuantos besos en los pasillos desiertos se transformarían en algo tan adictivo, algo tan esencial para su existencia, algo tan esencial como lo era Remus.

Pero allí radicaba el problema, porque nadie podía ser esencial para su existencia, ni siquiera Remus, no de ese modo, no podía ser, toda su vida, su existencia, debían girar en torno a sí mismo, por egoísta que eso sonara, el depender de alguien para sentirse completo, para ser pleno como siempre lo había sido sin ayuda alguna...era algo que Sirius no podía tolerar.

Fue entonces que su cuerpo entró en conflicto, dos de sus instintos más primarios luchando de manera incansable, opuestos como el día y la noche, trabajando en concordancia con el movimiento de los astros, la parte de él que luchaba por independencia, por ser libre de toda atadura, la que lo impulsaba a buscar cualquier medio, femenino en todos los casos, para dispersar aquella absurda idea que era amar a Lupin trabajaba con el brillo del sol, en intento tras intento de fallida normalidad.

El movimiento de la luna indicaba siempre la indefectible victoria de la otra mitad de su ser, aquella que rogaba con desesperación por unirse con aquel muchacho de cabello castaño, la que le imploraba abandonar su orgullo y vivir para respirar el mismo aire que el joven licántropo, ser feliz cuando él lo fuera y abrazarlo para expulsar sus tristezas cuando fuere necesario y claro, besarlo hasta dejarlo sin aire y tener sexo salvaje siempre que las circunstancias así lo permitiesen.

Claro... jamás había considerado la posibilidad de que todo su accionar pudiera tener efectos colaterales como, por ejemplo, destruir emocionalmente a Remus Lupin, lo cual no hacía más que incrementar esa sensación de "Soy el mierda más mierda del universo" que lo acompañaba desde hacía un buen tiempo a donde quiera que fuese.

Pero es que así era él, con una visión del mundo tan hedónica que terminaba, sin deliberación alguna, siendo un completo cerdo egoísta, y si bien usualmente eso era parte de su encanto, ahora mismo era la causa de todos sus problemas.

Había lastimado a la única persona que le había dicho sinceramente que lo amaba, a la única que había considerado amar, y tan enfrascado como estaba en él mismo, ni siquiera se había dado cuenta.

Moony se negaba a tocar el asunto, le hablaba siempre con cortesía y sonrisas cálidas, en esa actitud que Sirius podía identificar sin esfuerzo alguno, aquella que reservaba para los extraños, para aquellos que no eran dignos de contemplar cuán más profunda era su alma, sólo era una sonrisa, y aún así le dolía más que si le hubiera gritado a los cuatro vientos que lo odiaba. Por que, incluso el odio era un sentimiento, pero esos gestos en la cara del chico de ojos miel, mostraban que hacía lo máximo por no sentir nada.

Dejó escapar un suspiro agotado, sus ojos grises perdidos en un punto indefinido de las cortinas aterciopeladas que lo separaban del mundo, indiferente a los primeros rayos del sol que luchaban por penetrar sus barreras y a los movimientos de los demás habitantes del cuarto, que despertaban y comenzaban a alistarse para un nuevo día.

-CDE-

El lugar estaba lleno de sensaciones que invadían sus sentidos con violencia: Imágenes, sonidos, sabores y aromas se mezclaban en un intenso torbellino de colores que no hacía más que marearlo, robando el poco color que quedaba en sus mejillas.

El gran salón era el mismo que en cualquier otro desayuno de viernes, repleto de ruidosas charlas sobre Quidditch y el incesante tintineo de los cubiertos, caras sonrientes por el prospecto del fin de otra ajetreada semana de estudios y un vago pero insistente olor a tocino, arenques y pan tostado que llenaba el ambiente.

Y aún así, podía sentir que de algún modo, los cuatro estaban totalmente apartados de eso, las sensaciones exteriores transcurriendo en un mundo borroso y agitado que no era el de ellos, en una frecuencia que sencillamente no era la suya. Como si algún gigante sin nada mejor que hacer los hubiera aislado con un frasco solo para entretenerse un rato.

Peter untaba generosas cantidades de mermelada de naranja sobre un bollo, en apariencia, totalmente tranquilo pero, para quienes lo conocieran bien, notoriamente tenso. Uno podía notarlo por sus niveles de ansiedad, el esmero con que el cuchillo diseñaba patrones sobre la masa anaranjada, como si consiguiera, con cada segundo invertido en ese esfuerzo, alejar por un momento más la confrontación del asunto. Y es que Wormtail no era la clase de persona que supiera lidiar con situaciones conflictivas, su estrategia era siempre esperar a una posible solución, y solo entonces, prestar sus servicios. Pero mientras tanto, seguramente estaba convencido de que la prolija capa de mermelada podía llegar a ser incluso más perfecta.

Junto al muchacho más bajo del grupo, James sorbía de su té de forma silenciosa, lo cual también era un cambio (no solo porque por lo general sorbiese haciendo ruidos), usualmente el muchacho de anteojos hablaría hasta por los codos, divagando entre planes para atormentar a algún Slytherin (generalmente Snivellus) y formas para lograr que la implacable Lily Evans "se de cuenta de que no puede vivir sin mi", pero no últimamente, no ahora, solo se quedaba sentado, con una sonrisa misteriosa dibujada en sus labios, como quien sabe algo que los demás no, un jugador que guarda su mejor carta para el final.

Frente a James, Remus mantenía sus ojos fijos en la mesa, una expresión triste, melancólica, llenaba sus facciones, de una manera que tal vez solo él y unos cuantos elegidos podrían identificar. Aquella que para los demás solo sería una mirada concentrada en la forma de realizar una poción particularmente complicada, la cuchara en su mano revolvía con desgano su cuenco de avena prácticamente fría.

Esta conducta, tan profundamente irritante como efectiva, era la clave que permitía la supervivencia del joven Lupin, indistintamente de que fuesen profundas heridas en su espalda o marcas aún más intensas que reptaran con virulencia en su mente, el truco estaba siempre en la imagen que se transmitía al mundo, por que un gesto pensativo era siempre mejor que uno lleno de tristeza, por que sencillamente nadie hace preguntas cuando uno sonríe.

Ese razonamiento, tan terrible como real, no hacia nada por mejorar el humor de Sirius, quien sentado a su lado, no podía evitar sentir que estaban más alejados que nunca, su ceño fruncido en una profunda línea, y ojos fijos en el reflejo descrito por la taza de Earl Grey que sujetaba con ambas manos, la calidez del té calentando sus fríos dedos, nunca llegando a su garganta. Podía escuchar fragmentos dispersos de una conversación de la cual se suponía era participante, así que forzó su mirada, obligándola a enfocarse en una muchacha del quinto año, bastante linda e insistente en sus gestos, Remus evidentemente la recordaba tanto o más que él, pues se movió un tanto incomodo en su asiento. Stephani Winters seguía siendo igual de rubia, igual de ojiazul e igual de poco interesante.

No estaba del todo seguro del motivo, pudo haber sido porque la campana que indicaba los últimos quince minutos de receso antes del comienzo de la primer clase estaba pronta a sonar, pudo ser que necesitase ir un momento al baño o por un libro que olvidó en el cuarto, o solo tal vez fuese por el hecho de que la muchacha del quinto curso encontró conveniente ese momento para colgarse de su brazo, como fuere, Sirius sintió un peso muerto en algún lugar de su estomago cuando Lupin lo miró a los ojos solo por un segundo, con orbes que no reflejaban odio, tristeza, o cualquier otra emoción razonable, simplemente resignación y cansancio para luego ponerse de pie y, excusándose con un seco "disculpen", marcharse sin mirar atrás.

-CDE-

La gente en los pasillos camina con prisa notoria, aquella propia de quienes saben que los segundos desperdiciados podrían implicar un futuro reinado por improductivos sermones sobre la responsabilidad y rollos de pergamino extra a la hora de los deberes.

Caminan, cada uno pensando en lo suyo, ninguno puede notar que su corazón esta destruido, y eso es porque todos miran, pero ninguno ve.

Marchando con un paso lento, de torpeza elegante y lleno de contemplativos pensamientos por los que gustoso sacrificaría un brazo con tal de olvidar siquiera un momento, contrarrestando de manera poderosa el ir y venir del negro borrón de túnicas escolares, Remus Lupin debe de admitir que aquel poderoso aire de indiferencia generalizada posiblemente sea lo mejor para todos.

Su Padre le transmitió esa realidad, no con palabras, sino con demostraciones igual de poderosas: Cada puerta cerrada, cada amigo que dejaba de serlo, una exclusión que poco podía envidiarle al ostracismo, todas ellas fruto de ser progenitor de un pequeño hombre lobo.

La sociedad elige no ver esas cosas, es el tipo de situaciones con las que uno prefiere no lidiar porque, después de todo, precisamente para eso asignan responsabilidades tan engorrosas a los muermos que han votado para que los representen, prefieren creer que René Lupin ha sido un poco incompetente y por eso no deja de ser degradado dentro de los burocráticos escalafones del ministerio, prefieren no ver la discriminación o cuan poco diferentes son del terrible señor oscuro que gana más y más poder entre las sombras, Remus concluye que así es mejor, porque muy posiblemente esa indiferencia será la que termine por salvarles la vida.

Cada átomo de conocimiento, indistintamente de cual sea su campo, implica un nuevo paso, un paso que nos acerca a la luminosidad de la sapiencia. Si. Pero que, de manera indefectible, nos revela más y más de la oscuridad en la que se envuelve la realidad. Quien se involucra y descubre cosas nuevas, gana algo importante, pero siempre corre el riesgo de perder mucho más.

Tal vez, si su naturaleza no hubiera sido la de una persona sedienta de conocimiento, no habría aceptado la invitación del Profesor Dumbledore, teniendo en cuenta que cada vez más y más hombres lobo comienzan a apoyar la causa de Lord Voldemort, en el peor de los casos podría haber vivido en paz hasta el fin de sus días, en el mejor incluso habría ganado mayores libertades.

Sin embargo, eligió esto.

Eligió conocer, rostros que antes no eran nada y que ahora valen incluso más que su propia existencia. Prefirió aprender sobre cosas que, en un principio, ni siquiera esperaba encontrar y que sobrepasan con una intensidad feroz la sabiduría de los libros.

Valor. Lealtad. Amistad.

Y Amor.

Podría haber vivido tranquilamente, sin mayor preocupación que determinar si el día se prestaba más a las consideraciones de Emerson o a los recovecos profundos de un poema Borgiano, hoy es conciente de que no se esconderá detrás de un libro si alguien se atreve a llamar a James "traidor de la sangre" o "amante de muggles" .

Podría haber elegido el menor esfuerzo, existir solo para si mismo y dejar de hacerlo cuando a él se le plazca, pero prefirió no hacerlo, sintiéndose complacido de ayudar a Peter a terminar sus ensayos de Encantamientos y Defensa Contra las Artes Oscuras siempre que lo necesitase.

Podría haber muerto en su cama, feliz tras haber leído su último libro y comido una última barra de chocolate, pero ahora sabe que nada lo haría sentirse más orgulloso que dar su vida enfrentando a aquellos que creen que alguien como Lily Evans no tiene derecho a existir.

Podría haber preferido una existencia sin mayores dolores, siendo sus transformaciones un tormento suficiente, pudiendo elegir una vida anestesiada y con sufrimiento solo una vez al mes. Y aún así prefiere mil, o un millón de veces esto. Prefiere sentir como la negligencia de Sirius deja cicatrices allí donde las garras del lobo nunca han podido llegar, porque desde que ha sabido de su existencia, daría su vida con tal de no renunciar a ella.

Sabe que a esta altura, los "Podría" ya no importan.

"Porque – Como le dijo su madre poco antes de comenzar su primer año en Hogwarts - Mucha gente, muchísima, será la que encuentres agradable en tu vida, no tantas serán aquellas con las que podrás compartir una risa y para aquellos que estarán dispuestos a compartir tu llanto, te bastará con los dedos de tu mano."

"Pero una vez que los hayas encontrado, no importará el dolor, no importará el miedo, no importará la incertidumbre."

-CDE-

Si bien Sirius es la persona que más conoce sobre el idioma corporal de Remus Lupin, James es perfectamente conciente de que en este preciso instante se encuentra en uno de esos momentos de "exceso de pensamiento". Puede notar que su andar es más lento, y aunque camine casi medio pasillo por delante de ellos, podría apostar unos cuantos galeons a que sus hombros están algo tensos y sus ojos un tanto más oscurecidos.

A su vez, puede ser que Remus sea la persona que conoce los lugares más íntimos y ocultos de Sirius Black, pero James es quien mejor sabe sobre las reacciones, sus temblores y gestos, que son imperceptibles, pero que siempre están allí, como el perro que debió esperar quince años para correr libre, pero que siempre existió en su interior.

El perro que es hiper-acción constante y posesividad absoluta. Aquel que olisquea en las emociones ajenas, empapándose en ellas e hincando sus dientes, desgarrando a aquellos que se atrevan a tocar su propiedad, a cualquiera que se atreva a poner una mano en lo que es suyo.

Y Remus es suyo.

James sabe que Sirius ha llegado a esa conclusión, tal vez no de una manera conciente, sino de una más primitiva, más salvaje e impulsiva. Una conclusión que es como el propio Sirius, dueño de una irreflexión constante: Es en momentos como éste en los que no le caben dudas de que Sirius es la persona inteligente más estúpida que conoce.

Puede decirlo por la manera en que sus ojos grises, hasta ahora un tanto ensombrecidos, chispean con una violencia perturbadora, cejas unidas en una línea que poco podría envidiar a las mejores de la Profesora McGonagall y rígida quijada de piel que toma el color de la leche en mal estado.

Los dientes se aprietan con una fuerza impresionante, y James debe admitir que el contacto de paletas, molares y colmillos jamás le hubiera parecido un acto tan intimidante.

La sangre de los Black esta maldita, aunque nadie lo diga, todo el mundo lo sabe, siglos de las más pérfidas prácticas y otros tantos de poca disimulada endogamia a llenado los genes de la casa con la más poderosa magia e intenciones oscuras.

Los rumores mas difundidos son que en esa familia siempre consiguen cuanto quieren, y que poseen estrechas conexiones con el poder a nivel mundial, otros rumorean que su noble casa surgió de una noche de placeres oscuros entre Merlín y Circe, aunque eso fuese cronológicamente imposible, a la gente le encanta hablar, y ese es el motivo por el cual usualmente James no da un Knut por esos datos.

Pero ahora mismo, estando junto a él, no le cabe duda alguna sobre la existencia de aquella oscuridad; y se siente un poco aliviado, porque en detrimento de lo que pudiera haber creído su yo de once años, no se siente particularmente perturbado, tiene perfectamente claro que aquella aura de una negrura imposible que mana desde uno de los puntos más recónditos del alma de su mejor amigo no es más intencional que la licantropía de Remus o su propia miopía.

Lo ve caminar con un paso mecánico, completamente diferente a aquel andar fluido e incluso carismático que lo caracteriza, su túnica negra ondeando como consecuencia de un viento inexistente, posiblemente como consecuencia de aquella magia tenebrosa que bombea con violencia, transformándolo en un ente de presencia escalofriante, incluso los más distraídos pueden sentirlo ya, a medida que se acerca al aula de destino, lo ven pasar en un silencio plagado de murmullos y miradas asustadas.

Y entonces sucede.

Es solo un segundo el tiempo que dura ese impacto, una tensión palpable que le produce un escalofrió y hace que el puente de los anteojos resbale un poco por la nariz, ellos ni siquiera se miran, pero en el momento en que el cuerpo de Remus Lupin y Sirius Black quedan a la misma altura, sin siquiera tocarse, el universo estalla, deja de existir por milésimas de segundo y se recompone con la misma velocidad.

Es entonces que las estimaciones de James se transforman en una total certeza.

Ha tenido una revelación.

El prefecto de Ravenclaw, un joven de cabello color paja que cree recordar se apellida Hawkins, no pierde su sonrisa, ni deja de gesticular con ansiosos ademanes de sus manos, es posible que la gloriosa Rowena no lo haya dotado con sus mayores dones, pues para él son imperceptibles las vibraciones oscuras que desaparecen en el momento que el joven de cabellos negros ingresa al aula, sin mirar atrás. Así como lo son los ojos de un color miel, que miran algún punto distante en el suelo de piedra. Se limita a seguir con su discurso, pidiendo consejo al dueño de aquellos ojos, sobre Runas Antiguas, como lo viene haciendo hace poco más de diez minutos.

Continuará

N/A: Este capítulo fue hecho en numerosos, numerosos, intentos, re-escrito más de una vez casi en su totalidad. El resultado es este, más parecido a mi idea original, pero con algunas readaptaciones que juzgué convenientes.

Bien... debería irme al gimnasio, pero creo que prefiero dormir un par de horas más, muchos saludos a todos (:

Viosil Uab