Primero, mil millones de disculpas por la demora ;-; -Voy a empezar a actualizar con algo de tiempo las cositas que tengo pendientes, pero voy con este por haberlo tenido más entero~ nvn aunque les traeré dos capítulos seguidos por la demora. Gracias por leer uvu.
Para este capítulo, el horno sacó 1500 palabras~ uwu/
Katekyo Hitman Reborn no me pertenece, es de la grandiosa Akira Amano.
Entre empezaba a conocer más a esa niña, el albino más se convencía de que venía de un lugar excepcional y único. Por eso mismo fue que empezó a convencerse cada vez más y más de que esa pequeña niña de cabello verde intenso y ojos de cielo nocturno venía de un sitio que sólo él, con toda su inteligencia para ver las cosas profundas, podía.
En su cumpleaños número 7, Byakuran se había entusiasmado con uno de los tantos regalos que le había hecho su padre y olvidándose de los carritos, las pelotas y las consolas de juegos de video. El jovencito, ayudado de la servidumbre se llevó el enorme telescopio a su habitación, la más alta de la casa, para ponerlo en un sitio adecuado para buscar las estrellas. Esa misma noche incluso, prefirió hacer esperar a su familia con el pastel y la fiesta, mientras observaba a través de aquel instrumento, buscando su estrella favorita, la estrella que más brillaba en el cielo. Sirius, ni más ni menos.
Pero cerca de su estrella, divisó algo, pronto. Un puntito brillante y negro, ¿Qué era? Sabía que era algo muy, muy pequeño, que su telescopio lo podía captar por lo poderoso que era. Cuando parpadeó, notó que no era un sueño. El objeto, planetoide o lo que fuera, seguía ahí. Desde entonces, a veces tomaba su tiempo para furtivamente observar aquel lugar. No le hizo saber a nadie de su hazaña, como muchas cosas que se guardaba para él mismo. Pero para él, aquel pequeñito asteroide, seguramente no más grande que una casa, tenía el nombre de "Asteroide GiglioNero-01".
Era como un sueño imaginarse que quizá ya conocía a esa princesita mucho antes de haberla visto.
Cada noche miraba a Sirius, siempre que había cielo despejado, y furtivamente observaba aquel cuerpo celeste que era su secreto. Como un enamorado espiando a su princesa, el jovencito era infaltable a su rutina, aunque la presencia de nubes y lluvia siempre le ponían de mal humor.
Pero cierto día aquella visión desapareció de su vista. ¿Acaso lo habría soñado? ¿Acaso había sido un puntito de suciedad en el lente? Se desilusionó, pero se hizo a la idea de que aquel pequeño asteroide seguía ahí, en alguna parte en el cielo, girando hasta que algún día, su órbita lo trajera de regreso al lado de la estrella que tanto le gustaba.
Byakuran dedujo que quizá por eso nadie podía asegurar la existencia del asteroide GiglioNero-01, pero para él, era más que evidente que existía. Que mientras él creyera así sería y nunca dejó de creer en ello. Era casi como creer en los superhéroes. Y la mente de él definitivamente estaba llena de ese tipo de ilusiones, porque era un soñador sin remedio.
A la llegada del tercer día, Byakuran tuvo de nuevo, una conversación casual con la niña, en la que un tema de mediano calibre salió a la luz. En ese momento, estaban terminando de desayunar los malvaviscos con galletas y agua que él tenía entre sus provisiones. Él estaba sentado sobre la cálida arena y la jovencita, sobre las mantitas que usaban para dormir, cuidadosamente dobladas a modo de cojín. Uni estaba además, mirando de reojo el libro de dibujos que ahora también contenía retratos suyos, al parecer, hechos mientras ella dormía.
Aparecía ella misma sonriendo, de pie sobre un asteroide con el nombre "GiglioNero-01". Habían otros donde el aviador había hecho tentativas de dibujos suyos, sonriendo, durmiendo, comiendo malvaviscos, observando ese block de bosquejos… ella por todas partes. Eso le hacía ruborizarse sin que el otro pudiera advertirlo, porque si no, seguramente en esa bitácora habría también, varias páginas dedicadas a su adorable rostro sonrojado.
Eso sí, el dibujo de Lambo, era el que siempre, indiscutiblemente, se llevaba toda su atención y al que más cariño le tenía. Pero a los dibujos de los corderos que no quiso (A los que había bautizado como I-Pin, I-Pin adulta y Lambo adulto) también los observaba y los acariciaba, aunque les decía que lamentaba mucho no podérselos llevar con ella a su casa.
La duda le surgió a la niña, precisamente mientras miraba el dibujo de Lambo al que le estaba rascando la pancita luego de haberle dado de comer un malvavisco. Todavía se preguntaba si eso era correcto, pero como no había pasto en el desierto…
—Oye Byakuran… Los corderos comen arbustitos, ¿Verdad?
Byakuran se echó a reír con esa pregunta tan inocente.
—Oh, eso es obvio, Uni-chan~. El pasto y los arbustos casi son lo mismo~
—Ah~ ¡Que alivio y qué alegría! —El albino tuvo cierto momento desubicado, mientras se quedaba perplejo viendo a la pequeña con el rostro iluminársele al oír ello, pero antes de que formulara la pregunta, la pequeña respondió, con su alegre enunciado—. ¡Entonces también se comen a los baobabs! ¿Verdad?
—Uni-chan, esos son árboles muy, muy grandes… aunque pusieras un tropel de elefantes y los colocaras unos sobre otros, no lograrías que se comieran uno solo de esos árboles…
—¡Unos sobre otros! —Uni empezó a reír, porque aquello le había parecido muy gracioso— Oh, pero Byakuran, los baobabs solo son enormes después de muchos años. Antes de ser colosales, empiezan siendo arbustos pequeños…
—Admito que tienes razón, Uni-chan… —Concedió el muchacho de ojos violetas, mientras le sonreía con curiosidad, dando un sorbo de agua— Pero, ¿Por qué quieres que Lambo-kun se alimente de baobabs pequeños?
—Oh… —La princesita notó que ésta pregunta no podría evadirla, pero no tenía caso hacerlo; para ella era importante, aunque hizo un último esfuerzo de no dejarle las cosas tan fáciles, de alguna forma, sentía gusto por lo enigmático—. Dedúcelo, Byakuran.
El aviador se quedó quieto y pensativo, mientras trataba de inferir. Si la niña quería que el pequeño cordero comiera esas cosas… era obviamente, porque eran una plaga. ¿Verdad? En todos los planetas había plagas entonces… Y de ser así… quizá y solo quizá, en casa de ella, los baobabs fueran el tipo de hierba mala más letal para el pequeño suelo planetario. Porque en la tierra, aquellos árboles no eran un peligro, pero para el de ella, probablemente fuera más grave de lo que se le antojaba.
Golpeó el costado del puño sobre la palma de su otra mano, cayendo en el "Eureka" mental. Cuando miró a esa niña, ella le devolvió la mirada en silencio y asintió con la cabeza, sonriéndole con júbilo por haber captado su punto. Él nunca dejaba de maravillarse con la habilidad que ella poseía para leerle la mente.
—Debes ser muy cuidadoso —Le explicó la pequeña princesa, en todo confidencial—. Si un baobab no es arrancado a tiempo, al crecer mucho, es imposible de hacerlo…
—Oh~… ¿En serio? —El aviador le escuchaba atento, como un niño oyendo un cuento antes de dormir.
—Así es… Crece más y más, y sus raíces pueden perforar el planeta hasta hacerlo estallar… —Concluyó la pequeña princesa, mientras miraba al chico que de pronto, había adquirido en el rostro, una expresión de ingenua sorpresa.
—Vaya, no pensé que fuera tan grave~… —Reconoció Byakuran, observando a la niña con los ojos muy abiertos e imaginándose que la culpa de todas las explosiones planetarias las tenían los baobabs. Nunca más volvería a ver igual a esos árboles al viajar al África.
—Hay que ser disciplinado —Reía la pequeña con suavidad—. Después de la rutina de la mañana, ésta termina con arrancar las hierbas malas, los baobabs. Hay que saberlos distinguir de entre las rosas, ¿Sabías que se les parecen mucho cuando son pequeños? —El negó con la cabeza y ella le sonrió, mientras asentía— . Es un trabajo fácil, aunque un poquito aburrido.
—Entiendo~… —El mayor le miró radiante y admirado. Oír acerca de su vida, era fascinante, porque tenía una naturaleza distinta a la que él concebía posible en los cómics, los libros o las historietas de extraterrestres—. ¿Alguna vez te has topado con algo de esa naturaleza, Uni-chan~? —La chica asintió y él dio un silbido de admiración.
—Antes de venir, pasé por el planeta de alguien que descuidó tres arbustos…
La imagen mental le hizo torcer la sonrisa al chico pelopincho, mientras la niña notó (Luego de quedárselo viendo fijamente y preguntándose si le había caído mal la comida) que estaba a punto de explotar de risa. Ella amplió su sonrisa un poco y eso fue suficiente para que al momento, ambos estuvieran riéndose a carcajadas. Él por la imagen mental, y ella porque la risa del muchacho era contagiosa. Duraron largo rato de esa manera, mientras en el desierto el eco de ambos sonidos le daba más realce a la hermosura solitaria del lugar.
—Ah, Uni-chan… eres tan interesante~ —Dijo luego de unos minutos el muchacho, mientras se limpiaba las lágrimas de risa. Aunque el silencio le hizo limpiarse más rápido los ojos para verla bien, porque creyó haber dicho algo que la hubiera molestado de alguna forma. Pero no fue así.
La pequeña se había ruborizado con sus palabras.
Listo~ ahora voy pronto a poner el otro, gracias de nuevo por leer~
