El Matrimonio Médico
Disclaimer: Los cursos prematrimoniales con Bryan son tan divertidos :P Nomas porque los imparten Hugh y Lisa, y son un cachondeo único. Esperemos que con los cursos suficientes pueda dejar de repetir que hasta el momento del si quiero no me pertenece nada de House, MD
Se que me he demorado mucho con el update n.n''. Y espero que no les decepcione ;) Y...cuando comiencen a leer, no, no se han equivocado de fic xD :P ciertos personajillos que...estan enlazados, creanme :)
Ando apurada :P Espero que les guste...porque (y siempre me repito :P) no estoy segura del resultado...sinceramente, espero que ustedes si. Apenas lo suficiente ;)
Esta vez, esta dedicado a ti, al que este leyendo esto, por mantenerte al otro lado de la pantalla aun con todo ;)
III Fe y oración
Sin embargo, tampoco estamos absolutamente determinados: hay un margen de elección, y ahí es donde se pone a prueba nuestra moralidad. (…) Es una libertad condicionada
(Agustín y Tomás Domingo y Lydia Feito, Ética)
Maybe there's a God above
But all I've ever learned from love
Was how to shoot somebody who outdrew ya
And it's not a cry that you hear at night
It's not somebody who's seen the light
It's a cold and it's a broken Hallelujah
(Jeff Buckley, Hallelujah)
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
Elise se levantó aquella mañana más temprano de lo habitual.
Nada más despertar, sus dos ojos azules chocaron con los dígitos de su reloj, desagradablemente chillones. Ahogó un suspiro cansado contra la almohada, y giró sobre sí misma para desembarazarse de las sábanas. El sol templado de Australia lucía grisáceo, un amanecer sucio para estar ya casi en verano.
Reprimió el impulso de bajar de un salto de la cama y en su lugar se sentó en el borde del colchón antes de meter los pies pequeños en las zapatillas. Primero uno, luego el otro. Se impulsó con las manos y se puso en pie con lentitud sobre su cuerpecito adolescente. Se felicitó mentalmente. Ni mareos ni fatiga al incorporarse. Respiración regular, sin necesidad de echar mano del inhalador que descansaba en su mesita de noche. Sonrió y se apartó los rizos rubios de la cara. Y ni siquiera había tenido que entrar Anne para ayudarla.
.- ¡Elise! – una mujer alta entró en la habitación. Se había recogido apresuradamente la melena oscura en una tirante cola de caballo y barrió el cuarto con su mirada verde antes de clavarla con indulgente reprobación en ella. Las facciones de su cara joven eran tensas y severas, pero aún así resultaba atractiva – Aún deberías estar en la cama tres cuartos de hora más. Es demasiado pronto.
.-No puedo dormir, Anne. – replicó, balanceándose con cuidado sobre sus zapatillas azules – Creo que estoy mejor.
.-No digas tonterías. – espetó Anne, aliviada al comprobar que todo estaba en orden. Avanzó y colocó sobre los hombros delgados de la joven una bata. – Sabes que tienes que avisarme cuando te levantes.
Elise compuso una sonrisa de disculpa, abrochándose los botones.
.-Lo siento. No quería preocuparte.
El semblante rígido de la mujer se suavizó al instante, como derretido por la vocecita. Sacudió la cabeza y le tendió el inhalador, que Elise recogió sin rechistar.
.-Ve a la cocina y siéntate. Voy a abrir las ventanas.
…Y no quiero que cojas frío, con lo frágil que te nos has vuelto. Elise sonrió para sí, sabiendo que aquella frase omitida seguramente estaría rondando la cabeza de la enfermera.
Anne no tardó ni cinco minutos en llegar a la cocina con su paso enérgico, poniéndose un vaporoso delantal por el camino. Elise estaba sentada al frente de una mesa de cristal y apoyaba la mejilla en su mano con gesto aburrido. Frunció la nariz en un gracioso mohín cuando Anne sacó del bolsillo del mandil una jeringuilla, pero no dijo nada. La mirada verde de la mujer parecía disculparse con rigidez cuando Elise dejó descubierta la delicada piel blanca de su antebrazo izquierdo, y apretó los labios con fuerza al sentir la aguja traspasar sin piedad la carne.
.-Sabes que es necesario, así que no te quejes. Ya deberías estar acostumbrada. – replicó con voz dura, girándose bruscamente para desechar la jeringuilla, vacía, en la papelera. En total contraste con la violencia del comentario, aplicó mimosamente algodón en la zona herida con suaves caricias. – Elise, esto te mantendrá sana. No queremos correr ningún riesgo, ya lo sabes.
Ella no contestó. Cubrió de nuevo el brazo con la bata y apartó la vista. Tenía los ojos enrojecidos, pero Anne no se dio cuenta mientras vertía leche en polvo en una taza con agua y removía con una cucharilla. En su perfecta jaula de cristal.
.- ¿Puedo preparar los huevos? – preguntó, forzando una sonrisa.
.-Te cansarías. No seas impaciente.
.- ¡Anne! – Elise se cruzó de brazos, mordiéndose el labio inferior. – Preparar mi desayuno como cualquier chica de quince años, no me fatigará.
La enfermera resopló y se giró. Posó con dureza la taza con la leche caliente frente a ella y apoyó las manos en la cadera, frunciendo el ceño.
.-No puedes estar cinco minutos de pie sin necesitar sentarte después para recuperar fuerzas, ni mantener los brazos alzados más de cuatro segundos¿de verdad crees que no te fatigará? – enarcó una ceja oscura – Tu tío me dio instrucciones precisas. Y ni siquiera sé por qué estamos discutiendo. – puso un bote de vitaminas junto al vaso. – Bébete la leche, te freiré los huevos.
.-Mi tío lleva tres meses fuera y llama una vez a la semana. – repuso Elise con amargura.
.-Está muy ocupado, pero se preocupa por ti.
.- ¡Y ni siquiera es mi tío de verdad! – exclamó la joven. Algo le empañaba la mirada azul y le perfilaba el contorno de las pestañas claras. Se puso en pie ignorando el grito enfurecido de Anne, y alzó la barbilla titubeante, apoyándose en la mesa – Es solo el padrino que nunca conocí, y si mis padres no hubieran muerto no se hubiera preocupado nunca de mí. No puede decidir lo que puedo o no hacer.
.- ¡Ya basta, Elise! – Anne ahogó un grito de alarma cuando Elise perdió el equilibrio y tropezó. Ofreció su cuerpo como apoyo y evitó que cayera al suelo, pero la joven en sus brazos temblaba. Suspiró. – No llores, Elise. Sé que duele. Pero con el tiempo dejará de hacerlo.
.-Quiero sólo…ser normal. - se le quebró la voz, respirando afanosamente.
Sentándola de nuevo, le obligó con firmeza a aspirar a través del inhalador y a tragar una de las pastillas de vitamina. Después, con infinita dulzura, le acarició el pelo rubio mientras bebía la leche.
.-Se preocupa por ti. – repitió con voz tensa. – Sé cuánto lo hace.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
"En New Jersey siendo las 12:30 del 3 de mayo de 2006, se reúnen los siguientes con motivo del enlace matrimonial del primero y tercero"
Le veía estudiar con ojo crítico cada palabra. Se apretó las manos. Tranquila. La firma relucía, húmeda aún, desde el papel de seda. Cuddy podía verla incluso al otro lado de la pared de cristal del despacho. Parecía real. Parece real. Tranquila. No sospecharán. Vincent hizo un gesto brusco dentro del despacho, impaciente. Había sido idea suya la de fechar el matrimonio con el plazo de un mes, de hacerlo coincidir con el caso que había mantenido en vilo semanas atrás – una vida atrás – al Departamento de Diagnósticos, de Oncología y a Administración…el adolescente que hablaba con Dios. Cuddy nunca había creído verse de nuevo implorar con verdadera fe, no tras aquel fraude.
"Primer cónyuge: Gregory House."
No se había preparado para verla, al menos no tan pronto. Cada detalle, cada vacilación, ligera onda sobre el papel. La "G" un poco alargada y delgada, y la "H" de rasgos ligeros, ambiguos. Cada carácter se había grabado a fuego en su memoria tras años de papeleo forzado y de informes retrasados. Reprimió el impulso – casi angustioso, casi doloroso – de pasar los dedos sobre ella a través de la pared. Es como si lo acabara de hacer él, ahora, como si nunca hubiera sido disparado y acabara de firmar. Pasará, sé que lo hará. No pueden sospechar.
"Testigo: James Wilson."
Le sintió tenso tras ella. Había acudido puntual a aquella especie de cita secreta a pesar de todo, y ni siquiera necesitaba torcer la mirada para comprobarlo. El silencio se había impuesto entre los dos desde la tarde anterior…y tampoco habían intercambiado mirada o roce desde entonces. Un pequeño mareo la sacudió. ¿Cuántas horas han pasado¿Cuántos minutos¿Sólo un día?
"Segundo cónyuge: Lisa Cuddy"
Por fin, llegó a su lado, en silencio. Una sombra cálida, enmudecida, enrarecida por el ambiente incómodo de lo sucedido entre los dos. Tenía las manos en los bolsillos de la bata y miraba al frente, al otro lado de la pared de cristal. No la miró, pero el espacio entre ellos desapareció cuando se acercó de forma involuntaria. Cuddy no se dio cuenta de que también lo había anhelado, inconsciente, hasta entonces. No sospecharán. Vincent es bueno, es un buen abogado. Te salvará. A los tres. Contuvo un escalofrío.
"Notario: Adam Vincent"
Salió del despacho a paso rápido. Tras mirarlos titubeante, y antes de llegar hasta ellos, Cuddy pudo ver por encima de su hombro al presidente de la Comisión Disciplinar sentado en el sillón, frotándose la frente. Seguía estudiando su documento matrimonial cuando se cerraron las cortinas. En el momento ínfimo en que se cruzaron sus miradas a través del vidrio, Cuddy dejó de sentir miedo. Alivio. Silencio. Casi tuvo la seguridad de que… se lo había transferido a él. Esbozó una sonrisa minúscula, y después le perdió de vista tras el azul apoteósico de la persiana.
Dejó de sonreír al girarse para enfrentar a Vincent, esperando la respuesta a la pregunta implícita en el que flotaba entre los tres, de forma radicalmente distinta a la última vez que se habían visto así.
.-Quiere tiempo para decidir si merece la pena reunir a la Comisión Disciplinaria. – el abogado hizo una mueca. – Quizá pida una vista oral con la Jurídica.
.-Eso no es bueno. – Wilson tenía el ceño fruncido. Vincent le miró con gravedad antes de contestar.
.-No. Eso no es bueno.
.-Está fechado de hace un mes. Nadie va a creer eso.
Vincent bufó.
.-Era nuestra mejor opción.
.-No. – replicó el oncólogo, encogiéndose de hombros – Era nuestra única opción.
Cuddy se sintió de pronto incluida con violenta en la discusión de la que no había querido participar. Miró a Wilson por primera vez a los ojos. Eso ha sido totalmente innecesario. La acusación indirecta se le había antojado una venganza rastrera, impropia en él y en aquellas circunstancias. No esperada. No después de la tarde anterior. Sentía la mirada rota. No solo la suya…también la de él.
.-Eso no importa. Ya no. – supo modular su voz. Un silbido estrecho, fastidiado, como si fuera una explicación superflua y las palabras supieran frías en su boca. Era como si las sintiera desde lejos. – ¿Cuándo sabremos su decisión?
.-Al final de la tarde.
Volvieron a mirarse, como si hubiera respondido él y no Vincent. Y todo pareció cambiar. Wilson no había vacilado, y Cuddy tampoco. La tormenta de fuego que se había desatado se convirtió en mansos remolinos de viento. Después ella asintió suavemente con la cabeza.
.-Bien. Búscame. – y sin esperar más, se giró y se fue.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
La capilla del hospital estaba desierta. O casi.
Se pasó los brazos por los hombros, sintiéndose tan desnuda como el cristo que en tétrica imagen colgaba en la pared frente a ella, para darse algo de calor. Frotó la piel por encima de la bata, una y otra vez. Sentía frío entre las paredes de madera de la sala y la luz veraniega que entraba a raudales, tintada de colores al pasar por las vidrieras, era sólo una clase de ardor invernal, de ese que ilumina pero ni caldea ni se siente.
Una prisión idílica, onírica. Un paraíso de cristal.
Hacía años que no entraba en una iglesia y no parecía entender muy bien qué hacía allí de repente, enfrente de un pequeño altar y no de su escritorio enorme repleto de papeleo, en medio del camino de las luces encontradas de los santos enfilados a ambos lados, en un lugar ligeramente familiar que no recordaba haber pisado desde niña. Sustituyendo su terreno ya tan conocido de facturas, informes y juegos peligrosos por las plegarias que entre labios iba susurrando como un antiguo mantra.
Yahvé, Padre, perdóname. Abraham, Padre, perdóname. Ayudad a vuestra hija.
Dejó caer las manos en el regazo de su falda, exhausta. Ya no tenía tanto frío.
Como médica, sabía que rezar no calmaría su dolor. Como judía – tanto tiempo que no sentía ya como una que resultaba una sensación extraña – quería pensar que ayudaría a aligerar la carga en sus hombros. Que algo acudiría a su llamada desesperada.
Y alguien se sentó a su lado. No. Definidamente, ya no hacía tanto frío. Una mano, suave, le alargó una taza de café.
.- ¿Has dormido o comido algo desde ayer?
Aceptó la bebida caliente sin abrir los ojos. Estaba amarga y le ardía en la lengua.
.-No.
Había pasado por su casa para ducharse y vestirse, sin querer aceptar que en el transcurso de veinticuatro horas había dinamitado lo construido en treinta y ocho años. Había querido creer que ese matrimonio no podía haber sucedido en realidad y que no había habido ningún tiroteo. Durante un solo instante, bajo la intempestiva agua fría de la ducha, había querido creer que era feliz. Fueron las palabras de Wilson las que la hicieron darse verdadera cuenta del tiempo real. Se echó hacia atrás y apoyó la cabeza en el respaldo del banco. El café quemaba. Un día. Sólo ha pasado un día. Y lo ha cambiado todo.
Yahvé, Padre, perdóname. Abraham, Padre, perdóname. Ayudad a vuestra hija.
James suspiró. Tampoco la miraba, sino que mantenía los ojos castaños fijos en el crucifijo, como ella lo había hecho. Pensativo. Era la primera vez que hablaban, en cierto modo, en la segunda mitad de su vida. Ni siquiera sabían a ciencia cierta cuándo había ocurrido la incisión, cuándo se había diseccionado la confianza.
.- ¿Sabes por qué la gente se redime después de años? – no esperaba respuesta, y ambos lo sabían. Quizá aún se entendieran. Bebió un poco más. – Las personas necesitamos una figura en la que apoyarnos, una efigie, una idea en la que depositar nuestras seguridades, nuestras esperanzas. Somos seres complejos, capaz de levantar culturas y de destruir imperios enteros en pos de una creencia, pero necesitamos la seguridad de que, si caemos, alguien nos tenderá una mano para ayudar a levantarnos. Llamamos a ese algo, a esa idea, con diferentes nombres. Dios, Yahvé, Alá…Ciencia; en el fondo es todo lo mismo. Y necesitamos saber que merecerá la pena, que todo lo que hacemos se rige por una razón lógica, que explicará por qué hemos devastado lo que nosotros mismos hemos erigido. – un gemido quiso brotar de lo más hondo de su garganta, ahogándolo enseguida con una nueva oleada de café caliente. Wilson no pareció darse cuenta. – Pero, a veces… caemos. Y descubrimos que el todo ideal en el que habíamos depositado cada parte de nuestra fe, es en realidad algo utópico. No existe…y no hay nadie que nos ayude a levantarnos. Es un descubrimiento cruel. – suavizó su voz, como si estuviera cantando una nana a un recién nacido, y Cuddy se preguntó si era así como hablaba a sus pacientes. Un veneno disfrazado de ternura. – Duele. Y creemos que no lo soportaremos… - Dulzura. Amargura caramelizada. Cuando se giró, descubrió a Cuddy mirándole muy seria. Los labios fruncidos y los ojos secos, templados. Él había esbozado media sonrisa. – Mi dios ha caído conmigo, Cuddy. Ya no me queda nada… y sé que a ti tampoco. ¿Por qué si no hemos regresado al lugar que los dos habíamos abandonado hace tanto tiempo? – miró al techo, jugando ligeramente con las manos. – Pero quizá haya alguien que te oiga, y entonces… quizá House te perdone. Nos gusta pensar en la esperanza y en que al final del camino habrá una mano que nos acariciará y nos secará las lágrimas, pero vosotros sois…diferentes. Nunca superasteis del todo lo que significó para los dos el tener que comportaros como médica y paciente. No has venido aquí para rezar un perdón, Cuddy, pero quieres pensar que quizá esto cierre al fin la herida¿no? – abrió mucho los ojos, como si lo comprendiera en ese instante – Eso es lo que de verdad pretendías al firmar, dejando solo por un segundo de lado la ketamina y los deseos expresos de House, sólo quisiste dejar de sentir, alcanzar…lo que llevas persiguiendo desde hace seis años. – bajó la vista y la miró. Ya no sonreía. – No pensaste en él cuando firmaste. Y te odias por ello. Porque en el instante en que os sentenciasteis para siempre, por un segundo, por uno solo…pensaste en ti.
A pesar de jugar el papel de oyente clavada en el banco de madera, Cuddy sentía su propia garganta seca, como si las palabras salieran de ella y no de Wilson. Sus manos se habían aferrado con fuerza a la taza hasta volverse blancas. Casi sintió ganas de soltar una irónica carcajada. Mientes. Mientes.
.-Bien. – El café temblaba. – Bien. – repitió. Wilson no se inmutó por la voz sin textura de la mujer. Ya no. Se limitaba a observar la escena en silencio, con la barbilla ladeada y las manos en los bolsillos de la bata, estático tras la revelación. – Ahora dime… ¿para qué has venido tú?
.-Yo también necesito redimirme. – señaló con la cabeza hacia el frente, hacia el pequeño altar, y después quedó atrapado por la mirada de Cuddy. Dilo ya. Sin despegar sus ojos de los de ella, engarzó las tonalidades castañas con las grises en perfecta simbiosis. La perfecta unión. En perfecta homeostasis. El perfecto equilibrio. Y asintió. Por favor. – Lo siento. Todo…
Yahvé, Padre, perdóname. Abraham, Padre, perdóname. Ayudad a vuestra hija. Ayudad a vuestros hijos.
Y pensó que sí había alguien. Y que incluso en los momentos más oscuros de su vida, la había enviado la compañía de otra alma como ella, para que la guiara y bajara con ella al infierno, hasta el momento…de despertar. Y supo que había escuchado sus plegarias dolientes, sangrantes, cuando Wilson habló de nuevo, completando la frase como una exhalación fragmentada en dos.
.-El que le disparó ha llegado a Urgencias.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
Llegó más rápido de lo que hubiera creído.
Y más lúcida que nunca.
No se le nubló la mente por la ira ni la sangre se desbordó, hirviendo, hasta rebosar las azuladas venas e inundar el último resquicio de cordura que habría podido reconstruir afanosamente. Tampoco el fuego de la sed de justicia había consumido su mirada. Sólo había escarcha perfilando sus pupilas. Y la venganza es un plato que se sirve mejor frío.
Cuando la vio llegar, él recordó. Y sonrió. Tenía la sonrisa manchada en sangre.
.-Doctora Cuddy. – tosió y se llevó las manos al costado. Inmóvil en el umbral de la puerta, ella siguió el movimiento con calma. El líquido vital rebosaba los bordes del pequeño orificio ennegrecido, allí donde la bala de un policía le había alcanzado. Olía a pólvora y a carne quemada. Un escalofrío de placer la estremeció. – La esperaba.
Ladeó suavemente la cabeza como aceptando sus palabras, y después se volvió. Desde el pasillo llegaban los gritos de alarma de los médicos. Sh. No hay prisas. Con calculada lentitud, posó la mano en el cerrojo de la puerta. Le miró. Será rápido. Y luego cerró.
.-Me estoy desangrando.
.-No se preocupe. – no sonreía y el hielo en su boca le quemaba. – Tenemos tiempo. Y no le robaré mucho del suyo…
Moriarty tragó saliva y esbozó una mueca ambigua.
.-Quiere vengarse.
.-Usted le disparó.
.-Tenía mis motivos.
Cuddy asintió.
.-No quiero escucharlos – ninguno hizo caso de los golpes enloquecidos en la puerta. Vagamente, distinguió entre las voces escandalizadas trazas de Foreman, Chase y Cameron. Pero no oía a Wilson. Él sabía lo que hacía cuando me lo dijo. – No sabe lo que ha hecho.
Obtuvo un gemido de dolor por toda respuesta. El aire en la habitación comenzaba a espesarse.
.-Necesito…que me traten. Me estoy muriendo.
.-Lo sé. – parecía incluso sentir lástima. No había odio. Ya no. Moriarty abrió los ojos con horror, empañados en algo líquido que no se parecía al llanto.
.- ¿Se sentará…y verá cómo me muero?
.-No sabe… a quién se lo ha hecho.
La puerta saltó con un crujido desagradable. Cuddy se giró y se enfiló hacia la puerta al tiempo que los tres jóvenes médicos se abalanzaron sobre la camilla y trataban de estabilizarle. Moriarty gritaba.
.- ¡Era sólo un médico¡Un estúpido, prepotente médico tullido¿Quién podría lamentarlo?
Ella se detuvo y alzó la mirada, de espaldas a él. Chocó con el semblante descompuesto de Wilson.
.-Yo. – Amargura caramelizada. Veneno suave, gentil. Aquí tienes lo que querías, James. – Soy su esposa.
Antes de cerrar la puerta, sintió el peso de cuatro pares de ojos tras ella. Wilson la miraba de frente en el segundo compartido en que se cruzaron sus caras. Parecía arrepentido.
Escarcha.
Aquí tienes lo que querías, James. La venganza es un plato que se sirve mejor frío.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
Continuará… ;)
