Pasaron un par de semanas desde que Ludwig habló por última vez con su abuelo y siempre estaba dándole vueltas a lo que le dijo de no encariñarse con el mundo humano. Él lo comprendía y entendía, pero estaba enfadado. ¿Acaso no podía quedarse en el mundo humano? Porque con los miles de ángeles que hay, uno podría sustituirlo mientras él estaba viviendo en el mundo humano y quién sabe, puede que un ángel viviendo en el mundo humano como una persona más produjera un gran acercamiento entre los dos mundos, dado que se podría quedar ahí estudiando el comportamiento humano, costumbre y demás características de aquellos seres mortales, pero también aprender sobre el planeta Tierra en general, sobre cada país y no sólo eso, también lo que se encuentra fuera de él. Varias veces pensó en proponerle el proyecto a su abuelo y que él luego se lo propusiera a los que están por encima de él, pero seguro que se negaría, pues sólo estaba dispuesto a seguir las normas establecidas y no alterarlas.

En cuanto a su vida humana, no era muy interesante para un mero humano, pero para él sí: Pasaba las mañanas desde los martes hasta los sábados sólo, pues Feliciana se tenía que encargar de atender en la floristería en la que trabajaba, por lo que aprovechaba curioso para explorar la casa como si de un niño pequeño se tratase y con cuidado de no descolocar nada. Había veces que salía afuera al jardín y se encargaba de cuidar las plantas justo como Feliciana le enseñó. Encargarse del jardín era lo que más le gustaba hacer de toda la casa. Le encantaba regar las pequeñas flores de colores y las verdes y hermosas plantas que poblaban esa pequeña parcela, pringarse las manos mientras les echaba abono y agua, y cortar las hojas mustias con sumo cuidado, pero hacerlo sólo le resultaba algo aburrido. Cuidar del jardín, limpiar, ver la tele, cocinar y demás acciones cotidianas las disfrutaba mejor en compañía con quien había proclamado su mejor amiga, Feliciana.

Feliciana era para él como una figura materna, una figura materna de la que siempre careció. Siempre estaba pendiente de él y sonriéndole, diciéndole lo que debería hacer y lo que no, e incluso le regañaba a veces, pero la cara de lástima que le ponía el rubio cuando se arrepentía le podía, y siempre le daba fin a la regañina con un "¿Pero qué se le va a hacer con sólo charla? La próxima ten más cuidado" mientras le sonreía. Cuando oía esto, se aliviaba y le devolvía la sonrisa también mientras se disculpaba. En cuanto a Feliciana, si le cogió cariño los primeros días, ahora le tenía bastante y más con lo adorable que le resultaba, sobre todo cuando lo trataba como si fuera un niño. Pero ella sentía algo más que eso, lo veía como algo más que un niño grande, más que un amigo. Ella empezaba a amarlo, empezaba a verlo como a su amante o eso esperaba también de su parte, pues ella no notaba lo mismo en Ludwig, sólo notaba inocencia en él suponiendo que se debía a su amnesia.

Era un sábado a mediodía y Feliciana acabó su turno y volvió a casa para relajarse tras la jornada semanal. Fue directa a encontrarse con Ludwig, que ya era como un habitante más de la casa.

Estaba frente a la televisión sentado en el sofá y se había quedado dormido con ella encendida. Se acercó a él y le quitó el mando de entre sus manos sin lograr despertarlo y apagó el televisor. Se sentó junto a él y miró tranquila su rostro sereno. Siempre que estaba despierto, tenía el ceño fruncido y una pequeña arruga entre las cejas, haciéndole un rostro serio y frío, pero la verdad es que era un hombre bastante a agradable y demasiado inocente para sus apariencias. Pero ahora estaba dormido y ese ceño y arruga ya no estaban sobre su cara, haciéndola menos fría pero no por eso más o menos atractiva.

La joven no pudo contenerse y le acarició los labios suavemente con la yema de los dedos, haciendo que el rubio se estremeciera y lamiera sus labios, pero ella siguió con su plan y le besó en la mejilla dulcemente con sus carrillos rojos como un tomate. En todo este tiempo, se dio cuenta de que deseaba que su relación con él aumentara a ser algo más que amigos. Le parecía atractivo físicamente; esos ojos azules que se te clavaban y te atravesaban, ese pelo dorado siempre recogido para atrás, esa piel pálida y cómo no, ese cuerpo bien trabajado. Pero ella veía más allá de todo esto. Amaba su forma de ser, su inocencia e ingenuidad propia de un niño, su amabilidad, su deseo de querer ayudarla siempre que fuera posible. Creía haber conocido finalmente a la persona con la que compartiría el resto de su vida, pero no se atrevía a confesarlo.

El joven dio una pequeña encogida y se despertó, encontrándose a Feliciana pensativa a su lado y algo sonrojada. Ludwig se frotó los ojos y dio un pequeño bostezo. -¿Qué tal el día?- dijo con su típico tono de voz.

-Muy bien, por fin ha sido el último día hasta el martes.- le sonrió dulcemente mientras lo miraba aún algo roja.

-¿Te ocurre algo?- dijo mientras la miraba fijamente, poniendo su mano derecha sobre la frente de la muchacha, como veía que hacía ella cuando estaba sonrojada a causa de la fiebre.

-No.- le sonrió ruborizándose más.

-Pero estás roja, ¿tienes fiebre?-

-No, Ludwig, no es eso.- le sonrió dulcemente. –No es nada.-

-Bueno…- apartó la mano aún no muy satisfecho, pero Feliciana la volvió a agarrar y provocó que el muchacho se sonrojara.

-¿Qué tal tu día?- dijo ruborizada un poco más sin saber muy bien lo que hacía.

-Ah... esto…- se puso nervioso, pero no apartó su mano ni ella la soltó. –Bien, me he encargado del jardín, que estaba lleno de hojas mustias de las plantas y demás.-

-No tenías por qué hacerlo, Ludwig.- se llevó algo nerviosa su mano a los labios y la besó dulcemente.

Ludwig la miró extrañado sin entender su conducta y notando cómo temblaba, así que apartó la mano. -¿Estás bien de verdad?- se acarició el dorso de la mano, justo donde ella la besó.

-Lo siento.- se disculpó sonrojada y se apartó. –No sé… no sé lo que me pasa…- se tapó la cara con ambas manos avergonzada.

-No pasa nada, mujer.- Ludwig se acercó más a ella sin darle mucha importancia, pues no le había hecho nada malo para que tuviera que perdonarla. –Entonces, ¿te pasa algo?-

Feliciana le miró aún avergonzada y, a pesar de su nudo en la garganta, decidió hablar con él de una vez por todas. –Ludwig, ¿qué... qué soy para ti?- dijo agachando la cabeza mirando hacia el suelo.

-Para mí... pues... eres una amiga a la que valoro mucho.- se ruborizó de nuevo.

-¿Sólo una amiga?- se negaba a alzar la cabeza y mirarlo un poco si quiera.

-¿Deberías ser algo más?- preguntó sin saber muy bien de qué iba.

-Dime, alguna vez… ¿has amado a alguien?- no se ruborizó más porque no podía.

-Pues… que yo recuerde no.- se ruborizó más.

-Claro, soy una tonta.- rió nerviosa. -¿Y ahora, durante tu amnesia, amas a alguien?-

-Feliciana, ¿qué te ocurre? Acaso… ¿acaso amas a alguien?- le preguntó ruborizado acercándose más a ella algo preocupado. –Puedes decírmelo, estoy dispuesto a escucharte.-

-Ludwig, yo…- empezó a llorar de los nervios. –Yo no puedo decírtelo.- se llevó las manos a la cara.

-Feliciana, no me gusta verte así.- se cambió de sitio sentándose frente a ella. –A mi me gustas más cuando sonríes, cuando me perdonas tras regañarme por hacer algo que no debía o mal hecho, cuando hablamos sobre las cosas divertidas que nos han ocurrido.- la abrazó contra su pecho y ella se puso más nerviosa aún. –Me amas a mí, ¿verdad?-

-¡Sí!- se atrevió a decir alzando su voz quebrada aún con un nudo en la garganta y llorando más aún. –T-te quiero, Ludwig…- se abrazó más a él acercándose más a su pecho y posando sus lágrimas sobre él. –Te amo, Ludwig, pero por favor, no me odies por esto…- cerró los ojos mientras se le inundaban completamente.

-¿Por qué he de odiarte? ¿Acaso debo hacerlo?- se apartó y le alzó el rostro de la barbilla a pesar de que ella se negaba en que la viera así. –Ningún humano es responsable de sus sentimientos, ¿verdad? Simplemente brotan y ya.- recordó esas palabras de cuando se las dijo su abuelo estudiando la psicología humana, pero sabía muy bien lo que significaban.

-Seguro que tú no sientes lo mismo, por eso.- dijo avergonzada mientras se le quebraba la voz por cada sollozo.

Él se quedó callado pensativo. Nunca había experimentado el sentimiento de amar a alguien, pero lo que sabía es que apreciaba muchísimo a Feliciana, más de lo que él creía y aparte, el beso que le dio en su mano le agradó bastante, e incluso quiso algo más de él. –Feliciana, yo…- se puso nervioso también. –Yo... quiero que me sigas besando y que estés a mi lado siempre… creo... que también me gustas.- se atrevió a decir finalmente. La humanidad empezaba a brotar de su interior. –Quiero estar siempre a tu lado.- la abrazó fuertemente contra su pecho.

La joven se quedó paralizada ante estas palabras y se ruborizó y emocionó más aún, hundiendo su rostro en el pecho de Ludwig mientras sus lágrimas se chocaban con él. –Pero, Ludwig, ¿estás seguro de lo que dices?- le miró a los ojos alzando la cabeza hacia su hermoso rostro. –Quizá sólo me ves como una amiga o hermana, pero yo…- volvió a refugiarse en su pecho.

-No.- le acariciaba el casco suavemente. –Yo también te quiero, Feliciana, pero no como tú dices.- la cogió de las mejillas y le alzó el rostro, clavando sus cristalinos ojos en los suyos de color miel. -Quiero... quiero que me beses, y yo besarte a ti...- se sonrojó y la soltó avergonzado sin saber muy bien lo que decía.

-¿De veras?- dijo Feliciana incorporándose y apartándose las lágrimas.

-Sí.- no se lo pensó dos veces, ya aceptaba su enamoramiento con la mortal humana.

-Pues... si quieres podemos besarnos...- dijo sonrojada. –Será mi primer beso...- dijo en voz baja algo nerviosa.

-Y el mío.- la acompañó Ludwig tras oír su comentario. –Estoy seguro de que mi primer beso también.- la cogió de las mejillas con cuidado mientras las acariciaba con los pulgares y miraba el rostro sonrojado de Feliciana, que le miraba ruborizada y algo nerviosa a sus ojos y de vez en cuando, a sus labios.

No se lo pensó más y por fin sació su deseo. Se acercó más a ella y le dio un leve beso en los labios mientras Feliciana le rodeaba el cuello con sus delgados brazos. El joven volvió a retomar la acción pero esta vez, Feliciana abrió la boca levemente invitándolo a entrar. Gustoso, aceptó la invitación y metió su lengua lentamente buscando la de la joven. Ella la movió aún nerviosa buscando la lengua de su amado y cuando la halló, le tocó la punta ruborizándose aún más. Los dos estaban rojos como dos tomates, pero Feliciana no se iba a detener después de todo lo que le había costado declararse, así que se armó de valor y cerrando los ojos, jugó con la lengua de Ludwig, que se puso más nervioso pero también la movió con la de Feliciana.

Tras el intenso beso, los dos se apartaron y tomaron aire mientras se miraban ruborizados y riendo nerviosos. Ninguno de los dos dijo nada hasta que la muchacha rompió el hielo.-¿Qué tal?- le sonrió dulcemente volviendo a acercarse a él menos ruborizada que antes, pero aún estándolo.

-Bien.- respondió ruborizado. -Entonces, ¿somos novios?- dijo sin ningún rodeo y directamente.

-B-Bueno.- tartamudeó la joven avergonzada. –Supongo que sí, pero si no quieres…-

-Entonces no hay problema por mi parte.- sonrió levemente ruborizado. –C-como ya he dicho, te quiero… y… me gustaría ser tu novio…- no se ruborizó más porque no podía.

-Y a mi tu novia.- estaba menos ruborizada. –Así que lo somos, ¿no?-

-Sí.- le acarició el pelo con una sonrisa mientras sus colores de las mejillas se disipaban lentamente.


Siento la tardanza, pero ya saben cómo es la vida de una estudiante de 4º curso de E.S.O., y más cuando se van a acercando los exámenes. Espero que en este puente del Día de los Difuntos pueda subir dos capítulos (como mínimo). Hasta entonces, ruego seáis pacientes. Gracias por leer y espero que el capítulo haya agradado.