CAP 04: QUIDDICHT
Jack bostezó y dejó caer su cabeza entre sus brazos. Estaba sentado casi al fondo del aula, con Rapunzel a un lado y el profesor Binns delante, frente al pizarrón, leyendo con monotonía un pasaje de la caza de brujas de 1500. No es que la historia no le gustara, ni que considerara que el fervor de la rubia al anotar en su pergamino era un tanto exagerado. Al contrario, la clase le había gustado desde el primer día. El hecho de conocer una mirada totalmente opuesta a todo lo que había visto durante sus trescientos años de vida, se enteraba de cosas que los muggles jamás supondrían o imaginarían en los más locos sueños dados por Sandy. Definitivamente, la historia mágica le gustaba y mucho. Pero es que la voz del profesor Binns era tan soporífera que era una total paradoja para el guardián de la diversión el que aquel monótono fantasma atrajera su atención. Un mes de clases, que era lo que llevaban en Hogwarts, era lo que había bastado para convencerlo. Por ello, había tomado una nueva estrategia en la clase: oír apenas, morir de aburrimiento, prestar casi nada de atención y luego ponerse al día con los apuntes de sus amigos más responsables (Hiccup y Punzie). Tenía que rogar un poquito, pero siempre se los entregaban. Comenzaba a adorarlos en serio.
La campana del fin de la hora resonó en el edificio como una bendición y, en menos de un minuto, todos los chicos comenzaron a alistarse para salir de la agobiante habitación, mientras el fantasma los observaba con cierto gesto ausente, antes de desaparecer a través del pizarrón, seguramente en dirección a su despacho. Jack y Rapunzel salieron también, animados de haber terminado la clase y uniéndose al mar de gente que salía de las diversas aulas, para ir a sus siguientes clases o aprovechar sus horas libres en los jardines y salas comunes. Por su parte, se dedicaron a pararse sobre uno de los arcos que daban al exterior, buscando a sus amigos. No tardaron demasiado en encontrarlos, la mata de cabello roja tan característica de su amiga irlandesa era fácilmente reconocible (y distinguible) entre la multitud pese a que, al ser de primero, eran los más pequeños de toda la multitud. A su lado venía su castaño amigo, casi siendo arrastrado también por la marea de estudiantes, que iban en sentido contrario. Sus amigos pudieron notar que tenían en rostro cubierto de tierra, seguramente por culpa de la tarea de herbología, que consistía en trasplantar unos inquietos bulbos que no dejaban de bailotear en sus manos. Eran agotadores, a ellos les había tocado hacerlo esa misma mañana.
- ¡Hiccup, Mérida! – llamó Jack, alzando la mano y sacudiéndola, para que los ubicaran. No tardaron más de dos minutos y varios empujones en llegar a su lado, donde Mérida recibió un pañuelo de Rapunzel, con el que se limpió el rostro.
- ¿Qué tal la clase de Historia de la magia?
- Aburrida, como todas ¿y herbología? – Hiccup sonrió antes de hablar.
- Me han dado diez puntos por evitar que a Mery se le cayera el bulbo al piso – la pelirroja bufó y Jack no pudo evitar sonreír por el apodo.
Había costado un poco que la orgullosa leona aceptara una abreviación para su nombre pero finalmente había terminado por acostumbrarse, volviéndose totalmente natural para los cuatro el que fuera llamada así, aunque sólo por ellos. Lo mismo con Rapunzel, aunque esta había aceptado el apodo encantada, diciendo algo como que los apodos eran símbolo de afecto o algo por el estilo, en lo que sus amigos no habían querido profundizar. Los únicos que no tenían algún mote cariñoso eran los chicos, que se habían negado rotundamente al ser llamado "Jacky" y "pecas", por las muchachas. Demasiado embarazoso para la salud de ambos.
- ¿Qué clase tienen ahora? – inquirió el de ojos azules, antes de que Mérida pudiera replicar cualquier cosa.
- Encantamiento ¿ustedes?
- Pociones – justo en ese momento, la campanada para la siguiente clase sonó.
Los muchachos se despidieron y se separaron, Mérida y Punzie hacia el aula del profesor Flitwick, mientras que Jack e Hiccup bajaban a la mazmorra del profesor Malfoy. No tardaron demasiado en llegar, dado que estaban relativamente cerca, por suerte para los muchachos, porque sabían lo duro que podía ser el rubio profesor con los atrasos. Una vez dentro se sentaron en una de las mesas del fondo, que eran las más grandes y las más cómodas. No pasó demasiado para que Draco Malfoy, el profesor de pociones, entrara a la mazmorra con andar elegante, cerrando la puerta con un ademán de varita y escribiendo, con la misma, la receta de lo que harían ese día. Era la segunda parte de una poción que venían madurando desde la semana anterior. Con el último movimiento mágico, los calderos que estaban guardados en los estantes volaron hacia los puestos que les correspondían, deteniéndose justo frente a los estudiantes, que observaron dentro, algo aprensivos.
- Las pociones deberían estar cristalinas y burbujeantes, en caso de no ser así, pueden abandonar el aula y volver la próxima clase, para continuar con la siguiente poción – habló Malfoy, arrastrando las palabras como era su costumbre – como es obvio, reprobarán este trabajo, pero pueden…redimirse…en la próxima clase.
Resignados, varios alumnos se pusieron de pie, dispuestos a abandonar el aula, cosa que hicieron en silencio. Tanto Eugene como Tuffnut, que había trabajado juntos, y cuya poción se había puesto roja, con una consistencia similar a la pintura, fueron los últimos en salir, luego de que Ruffnut, que trabajaba con otra chica de Slytherin, les hiciera un gesto burlón, que su hermano respondió. Una vez el castaño hubiera cerrado la puerta el aula quedó en silencio, mientras el profesor observaba cuidadosamente a los que habían quedado. Quedaba un poco menos de la mitad de los alumnos, entre ellos el equipo de Jack e Hiccup, Ruffnut y la chica Slytherin, los primos de Ravenclaw Skandar y Camille y dos parejas más, con quienes Jack no había hablado jamás.
- Bien, la siguiente parte de la poción está en la pizarra, si hay algo que no entienden, no olviden preguntarme, no quiero que ningún caldero estalle como pasó en la clase anterior – los dos amigos se miraron sonriendo.
Eso había ocurrido en la clase de Mérida y Punzie. Según las chicas, había sido más cómico que peligroso. En cuestión, el caldero de una pareja de Hufflepuff había estallado, llenándolos de líquido y haciendo que varios se sobresaltaran y casi arruinaran sus pociones. Varios se habían molestado con las dos torpes chicas pero, cuando sus cuerpos comenzaron a llenarse de pelos púrpuras, haciendo que terminaran pareciendo un anormal yeti morado, las carcajadas habían sido tales que ambas habían estado realmente agradecidas cuando el joven profesor las había enviado a la enfermería, poniendo orden. La clase no avanzó con demasiados inconvenientes aunque, de todos modos, varios alumnos tuvieron que abandonar sus pociones, cuando estas dejaron de cambiar como correspondía: liberando un suave vapor inholoro y transformándose en un ligero líquido ambarino. Hiccup hechaba las últimas raíces cortadas en trocitos cuando la clase terminó y ambos muchachos salieron sonriendo triunfantes luego de que el profesor los felicitara por la muestra de poción entregada. Les iría excelente, era seguro.
Una vez fuera se dirigieron directo a los jardines, donde se encontraron con las chicas que descansaban cerca del lago, observando como el calamar gigante sacaba sus tentáculos de vez en cuando, para disuadir a los chicos que pensaban en darse un chapuzón de media tarde y espantar a sus potenciales alimentos.
- ¿terminaron antes? – quiso saber el castaño, extrañado de que parecieran llevar un tiempo ahí.
- Sí, unos chicos se han puesto a discutir y lanzarse hechizos, dejaron bastante destrozado todo, así que el profesor Flitwick los castigó y prefirió dejarnos salir antes – explicó Mérida, sin dejar de tirar piedritas al lago, como venía haciendo desde hace un rato.
- Puede que sea cosa mía, pero ¿por qué tus clases son siempre más divertidas que las mías? – se quejó Jack, uniéndose a la competencia de tiro. Los otros se rieron.
- Por cierto, nos encontramos a Hagrid hace un rato y nos ha invitado a tomar té con él – intervino Punzie. Ambos chicos pusieron rostro de cómica preocupación.
Habían conocido a Hagrid sólo dos semanas después de haber empezado las clases. Bueno, más bien, él los había conocido a ellos. Tan solo unos días después de haber iniciado las clases, los chicos habían establecido una rutina de la apenas se habían dado cuenta: se reunían en las puertas del gran comedor y se saludaban; desayunaban; pasaban los minutos antes de la clase juntos; iban a clases; se reunían en los tiempos libres; terminaban las clases; disfrutaban un par de horas; hacían los deberes y luego disponían del resto del día.
Esa vez habían decidido ir a conocer la zona cercana al bosque prohibido donde quedaba, precisamente, la cabaña del gran hombre, junto al pequeño huerto de verduras mágicas que poseía desde que había llegado a vivir ahí. Se habían puesto a recorrer y a jugar, bromeando y molestándose. Punzie había sacado su varita, junto con Jack y entre los dos hacían montículos de nieve para jugar con bolas de nieve, pese a que aún no había suficiente frío como para que nevara. En eso estaban cuando, de la nada, el enorme labrador de Hagrid, Fang, salió de entre las enormes calabazas, eufórico por lamer los copos de nieve que salían de las caritas de los chicos. El grito fue al unísono y, por el brinco, el hechizo de Jack llegó a una de las pequeñas jaulas que había junto a la puerta del guardabosque, congelándola, aunque sin hacer daño a las criaturas que dentro se encontraban. Sin embargo; no fue ahí donde terminó, dado que, alertado por los gritos y ladridos, Hagrid, alarmado, salió a observar, azotando la puerta que, por la fuerza, rompió la jaulita de hielo, liberando a las criaturas, que se asemejaban a las motas de hollín y que comenzaron a saltar por doquier. Estuvieron las próximas dos horas intentando atrapar a las pequeñas criaturas con ayuda del semigigante. Llegaron tarde a clases y el castigo lo pagaron con el guarda-bosques, que terminó tomándoles cariño e invitándolos a tomar el té con él de vez en cuando.
- Mis dientes no soportarán otra de esos dulces suyos, Tooth se enfadará conmigo – soltó Jack, antes de poder darse cuenta de la información que revelaba.
- ¿Tooth?
- Ah, sí, ya saben… ¿el hada de los dientes? – dijo, con nerviosismo, tirando más piedras para no tener que verlos.
- Vaya forma de llamarla ¿Y por qué se enfadaría contigo? – inquirió Mérida, sardónica.
- Bueno, porque no debe gustarle que los niños se dañen los dientes, ¿no creen?
- ¿No estás un poco grande para que te visite? – volvió a arremeter la chica de cabellos de fuego.
- ¡Claro que no, aún tenemos dientes de leche!
- A mi me visitó hace tres meses - intervino Rapunzel cuando vio que Mérida quería seguir discutiendo.
- Y a mí también, cuando se me cayó el canino – agregó Hiccup. La chica bufó, cruzada de brazos, pero entre dientes pudieron oír que a ella también le había dejado dinero, de todos modos.
- Como sea, el punto es que esos dulces van a terminar rompiéndonos la boca – se quejó nuevamente Jack. Los demás se encogieron.
- Hagrid los hace con buena intención, no seas llorón.
- ¡Hey!
Cuando Jack y Mérida comenzaron una guerra de muecas, los otros dos no pudieron más que suspirar y sonreírse, esperando a que se aburrieran de otra de sus absurdas peleas antes de volver a clases. Para cuando estas finalizaron, los cuatro se dirigieron a la pequeña cabaña del guardabosque y profesor, golpeando varias veces, hasta que el enorme hombre los recibió. No tardaron demasiado en acomodarse, algunos más cerca de la chimenea (como en el caso de las chicas) y algunos más lejos (como Jack, que esquivó de manera rotunda el calor e Hiccup, que acompañó a poner la mesa a Hagrid, acostumbrado al frío).
- ¿Nos querías mostrar algo, Hagrid? – preguntó la rubia, una vez los cinco estuvieron sentados con sus respectivas tazas en las manos.
- Oh, sí, en realidad sí – dijo el semigigante, con afabilidad, antes de dirigirse a buscar un pequeño frasco, que tenía en una de las repisas y que irradiaba un leve resplandor. Con cuidado, lo dejó en la mesa.
Los muchachos lo observaron con interés y, dentro, pudieron ver como varias bolitas se pegaban a toda la superficie del frasco. Hicieron una mueca. Tenían un aspecto bastante desagradable, como de huevos de pez, pero al de barba no parecía molestarle para nada la sensación gelatinosa de estos, ya que tomó algunos con la mano y se los acercó, para que los observaran.
- Son huevos de salamandra, haré que los alumnos de tercero las cuiden como trabajo de fin de curso, aunque aún debo esperar a que nazcan, me han dicho que son muy enérgicas – explicó, ante la mueca de desconcierto que ahora tenían los cuatro – la maravilla de estas amiguitas es que disfrutan el agua y mueren en el calor, es muy difícil cuidarlas y hacer que consigan nacer, pobrecitas…
Por supuesto, ninguno de los cuatro sintió verdadera empatía por aquellas cositas redondas, pero aceptaron las palabras del mayor con una leve sonrisa, asintiendo y dándole la razón. Se preguntaron si serían igual de activas que aquellas bolas de hollín que habían tenido que atrapar pero, aunque no lo fueran, si eran tan difíciles de cuidar como decía el adulto, seguramente los de tercero se las verían negras para poder aprobar el ramo. Por un breve instante, sintieron pena por ellos. Al menos, hasta que Hagrid soltó las siguientes palabras.
- Si gustan puedo reservarles unas a ustedes, será divertido verlas crecer.
- ¡No, no! – exclamaron a la vez, dejando un poco sorprendido al otro.
- Es decir, dices que es muy difícil que nazca, no nos gustaría que algún alumno de tercero se quedara sin la suya porque nos des una a nosotros – excusó Rapunzel, no queriendo que se sintiera mal.
- Por cierto, ¿han oído que la temporada de Quidditch comienza mañana? ¡Estoy ansiosa por verlo! – saltó Mérida, cambiando de tema.
- Mi padre siempre se jacta de sus triunfos en Quidditch en el colegio, dice que Gryffindor es el mejor equipo – comentó el pecoso.
- ¡Por supuesto que es el mejor equipo!
- De todos modos eso está por verse, me dijeron que el equipo de Ravenclaw ha mejorado muchísimo con los años.
Rapunzel y Jack se limitaron a mirarlos, ya les habían hablado del Quidditch y, aunque sonaba interesante, aún no habían visto ningún partido, así que no opinaban demasiado. Aunque volar, por supuesto, era un lujo que realmente disfrutaba el albino, opinión que compartía con Mérida.
- En realidad tanto Gryffindor como Slytherin están bastante parejos y Ravenclaw cada vez se queda menos atrás, ni que decir de Hufflepuff, supe que este año el nuevo capitán los tiene entrenando con un nuevo programa que promete bastante – comentó Hagrid, más que nada para que detuvieran lo que podría convertirse en una discusión entre ambos chicos.
- Bueeeno, de todos modos podremos saberlo mañana muchachos, no se acaloren – habló Jack, con jovialidad, abrazando a Hiccup por los hombros y sin notar como este se calmaba casi de inmediato.
- Ya verán como Gryffindor gana por goleada, ¡ni siquiera necesitarán atrapar la Snitch! – Hiccup chasqueó la lengua.
Al día siguiente, la algarabía en el gran comedor era tal, que Hiccup se preguntó como los alumnos se escuchaban entre ellos. Mientras avanzaba hasta su mesa, acompañado de Skandar y Camille, pudo ver a los alumnos con casi todos los distintivos de sus casas puestos, predominando principalmente los colores de Gryffindor y Ravenclaw, los equipos que se enfrentaban. Ellos mismos llevaban puestas sus bufandas con sus casas y pequeños prendedores con el águila lucían en sus pechos.
Saludaron a Tany, que bebía café y se dispusieron a desayunar, pero no llevaban ni media tostada cuando Mérida se acercó sonriente, junto al primo de los Adler, Demian. Un poco más atrás venían Jack y Punzie que, en un intento de ser imparciales, vestían los colores de su propia casa, como varios de los otros chicos, que no apoyaban a ningún equipo en particular.
- Oh, ¿es que acaso ninguno va a apoyarme? – soltó el Gryffindor mayor, mirando a sus parientes, que desayunaban con tranquilidad. – Maldición, no recibo el apoyo de mi propia familia – reclamó luego, ceñudo, aunque su sonrisa lo delataba.
- Si te sirve de algo Demian, en caso de que tengas una accidente, iremos a verte a la enfermería – dijo Tany, maliciosa – pero de todos modos procura no caerte de la escoba.
Mientras el chico de cabellos color miel les reclamaba, sentándose con ellos y robándoles la comida, Mérida se volteó a su amigo, que la observaba también, ambos de forma desafiante. Jack y Rapunzel se miraron entre ellos, extrañados ¿desde cuándo Hiccup se prestaba a esas bromas? ¿o desde cuando era tan competitivo? La rubia se habría preocupado si la sonrisa socarrona de Jack ni hubiera hecho que prestara atención a las palabras del castaño. Al parecer, la pelirroja le había ofrecido una apuesta y, para sorpresa de ambos, el pecoso había aceptado.
- Si Gryffindor gana, harás mis deberes por un mes – apostó Mérida, bajo la atenta mirada de sus amigos y de los Adler, que luego miraron al chico.
- Y si Ravenclaw gana, tu no podrás decirme un comentario sarcástico en la misma cantidad de tiempo.
- ¡Hecho! – y se dieron las manos, sonriendo ladinos.
Luego de eso, tanto Mérida como Demian se marcharon, luego de que este último le asegurara que debería organizar su agenda, porque no existía mejor cazador que él. Rapunzel se fue con la chica y Jack se sentó a su lado, mirándolo sonriente.
- ¿Qué?
- Oh, nada, sólo que no me esperaba que cayeras en la trampa de Mérida.
- No importa, Ravenclaw ganará ¿verdad chicos? – sus compañeros de casa lo miraron, antes de sonreír.
- Pues claro que sí.
Si habían creído que el ambiente en el comedor era festivo, era porque no habían vivido aún el ambiente que se vivía en las gradas del campo de Quidditch, donde se oían pitidos y gritos de júbilo, mientras los alumnos se acomodaban en las zonas que correspondían a sus casas. Jack estaba sentado junto a los gemelos y a Eugene, animando las buenas jugadas y abucheando las malas.
El guardián de la diversión estaba alucinado, había oído muchísimo de aquel deporte desde que había llegado a Hogwarts pero no se esperaba que fuera tan increíble. Si bien estaba acostumbrado a volar a grandes velocidades gracias al viento y su cayado, aquello se veía mucho más divertido. La ventaja de Ravenclaw sobre Gryffindor era de apenas diez puntos y, tal como lo había asegurado, era claro que Demian era realmente habilidoso como cazador. De pronto, el cazador de los leones pasó zumbando frente a sus gradas, seguido de cerca del buscador de color azul. Segundos después, el chico de séptimo que hacía de buscador alzaba la mano, con la Snitch moviendo las alas con frenesí, marcando así, la victoria para el equipo de rojo. El estruendo fue inmediato, con la marcha de victoria comenzando a sonar y las ovaciones de los estudiantes a voz de grito. Jack se rió, pensando en lo frustrado que debía estar Hiccup. Se alejaron de las gradas y, luego de despedirse de sus compañeros de casa, llegó al trote a un costado del estadio, donde sus amigos se encontraban. Mérida, tal como se esperaba, se jactaba divertida y jubilosa por la victoria, mientras Hiccup mascullaba fastidiado.
- Puedes partir con mi redacción de transformaciones, Hiccup – se burló la pelirroja.
Tal y como lo suponía, Mérida no dejaría de reírse.
