Buenas!
Ante todo muchas gracias por las reviews.
Os escribo aquí para deciros que he encontrado el libro traducido en Internet así que solo tengo que cambiar los nombres y algunos adjetivos por lo que en un principio actualizaré cada día.
Ahora os dejo con el nuevo capítulo.
Capítulo 4
¿Seguro QUE no quieres venir? Esperaré mientras te cambias —Niccy estaba arreglada para ir de fiesta. Tenía un aspecto sensacional.
—Gracias, pero, como te dije, necesito estar despejado por la mañana —además, no tenía nada elegante que ponerse.
—Si es lo que quieres, pero no te agobies. Recuerda que no es más que un nuevo trabajo.
—¡No estoy agobiado en absoluto! —sonrió—. Es que mañana comemos con un pez gordo de las finanzas. Mark está casi seguro de que puede convencerle para que nos avale. ¡No quisiera estropearlo todo por quedarme dormido!
En ese momento sonó el teléfono.
—Es para ti —dijo Niccy—. Si no puedo hacerte cambiar de idea, me marcho. No me esperes despierta.
Kurt sabía que era Sam y se puso roja cuando oyó su voz al otro lado de la línea. Se había puesto furioso cuando le había dicho que había decidido mudarse con Niccy y que iba a aceptar el nuevo trabajo.
—Pensé que ya lo habíamos discutido y decidido que dirías no al trabajo —había replicado él—. Dile que has cambiado de idea. Deja que encuentre a algún otro idiota que esté preparado para quedarse en la calle en un par de meses. En cuanto a lo de dejar la casa de Brenda, nunca he oído nada más estúpido. Vivir con tu rica amiga no te resultará tan económico.
Kurt había hecho oídos sordos. Hasta que no estuvieran casados, podía vivir donde le apeteciese. Y se lo había recordado, sorprendiéndose de su propia sangre fría.
—Tú decidiste que dijese no al trabajo. Yo lo he pensado mejor y he decidido que me gusta el reto —cosa que no era del todo cierta. No era que lo hubiese pensado mejor, sino que se había picado por la forma en que el italiano había pasado revista a su habitación y lo había calificado de agujero propio de un ratón—. He aceptado el trabajo y me gusta mantener mi palabra. No entiendo por qué estás tan en contra.
—Tienes menos sentido común del que creía. Y no te molestes en venir a casa por mí este fin de semana. Estaré demasiado ocupado para verte.
«Estupendo», se había dicho a sí mismo irritado. Tenía muchas cosas que hacer y un montón de información que leer sobre palacios, casas de labranza y hoteles con los que Mark firmaría un contrato después del encuentro con el financiero, así que no necesitaba ir a casa para que nadie le echara un sermón.
Pero quizá Sam se hubiera apaciguado y le llamaba para desearle suerte con su nuevo trabajo. El siempre había seguido el camino que él le marcaba, y el haber actuado de repente en contra de sus deseos lo habría alterado. Era comprensible y lo perdonaba por ello.
—Mi madre quiere saber si puedes venir a casa el próximo fin de semana —dijo con voz de hielo—. La tía Faye va a venir y quiere verte. Ya sabes lo impresionada que se quedó contigo cuando te conoció. A mi madre le gustaría que vinieses a cenar el sábado.
—¿Y tú quieres que vaya o no? —preguntó con calma.
La familia Clayton al completo trataba a la irascible anciana como si fuera de la realeza porque era rica. No tenía descendencia, así que esperaban que su fortuna pasase a manos de Sam y todos estaban encantados con que Kurt le hubiera causado buena impresión.
—Por supuesto —exclamó en tono molesto—. No sé por qué lo pones en duda. Estamos comprometidos.
Quizá fuera su manera de disculparse por la forma en que había reaccionado al darle la noticia de que había aceptado el trabajo.
—Entonces, allí estaré —dijo suavizando la voz.
—¡Ese es mi chico!
Todo quedaba perdonado y Kurt lo escuchó aliviado mientras él le contaba lo ocupado que había estado, hasta que mencionó a Rachel.
—Supongo que sabes que Rachel ha estado pasando la mayor parte del tiempo en casa. Hace incursiones esporádicas a Londres, pero lleva instalada aquí desde nuestra ceremonia de compromiso. A lo mejor no tiene trabajo: demasiado mayor para que le ofrezcan sesiones como top model.
¿Percibía un tono de despecho en sus palabras? Parecía que Rachel estuviera manteniendo los planes de su boda en secreto, pero podía habérselo contado a Sam. Después de todo, pronto sería de la familia. Por lo que a el respectaba, no quería ni pensar que Blaine se convertiría en su cuñado, así que, cuando llamaba a casa, no le daba pie a su madre para que le contase lo entusiasmada que estaba con la boda de su hija preferida.
—¿Y eso es malo? —se limitó a decir, y luego continuó hablando de otras cosas.
Cuando el taxi se paró en el semáforo, Kurt cogió el maletín de piel que contenía la propuesta de la Jenson. No había necesidad de ponerse nervioso, se dijo, aunque se habría sentido mucho mejor si hubiera entrado en el restaurante con Mark. Pero éste llevaba toda la mañana reunido con el director del banco y había delegado en Kurt para que llegase a tiempo a la cita y defendiese el fuerte en caso de que él se retrasase. ¡El único inconveniente era que se había olvidado de preguntarle cómo se llamaba el famoso financiero!
Pagó el taxi y se dirigió a la entrada de uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad. El había hecho sus deberes y confiaba en su capacidad para llevar a buen término la reunión. No se inquieté cuando le dijeron que el señor Jenson todavía no había llegado, pero que su invitado ya estaba sentado a la mesa. Miró su reloj. Tres minutos de retraso. Siguió al maitre a través de las mesas y se quedó de piedra cuando vio a Blaine ponerse de pie para saludarle.
—Siento llegar tarde —se excusó mientras el maitre retiraba la silla para que se sentase. De todos los posibles avalistas, ¿por qué habría tenido Mark que elegir a Blaine?
—Sólo unos minutos —le tranquilizó educadamente—. Cuando Jenson se puso en contacto conmigo para decirme que quizá no pudiese venir, me garantizó que su ayudante personal, Kurt Ryland, me trataría como me merezco —se recostó en su silla con la cabeza ligeramente inclinada a un lado y una sonrisa perversa en la boca—. Podría haber dos Kurt Ryland dentro de la industria turística, pero decidí que sería una estupenda coincidencia. Así que esa garantía que me ofreció Jenson ha hecho que esperase este momento con impaciencia. Y aquí estamos Kurt. Estoy listo y deseando que me trates como me merezco.
Lo miró fijamente a los ojos intentando controlarse. ¡Si por el fuera, lo trataría con una escopeta de cañón recortado! Pero la cita era demasiado importante para Mark como para hacer o decir nada que pudiera dar al traste con la oportunidad de asegurarse el aval que necesitaba para el negocio.
—Por supuesto —replicó sin inmutarse—. No pediremos hasta que llegue Mark, pero estoy seguro de que querrás beber algo.
—Ya me han traído algo —señaló con los ojos al vaso de vino y, aunque no hizo ningún gesto facial, Kurt sabía que se estaba riendo de el.
—N-no me había dado cuenta —tenía la sensación de que le estaba poniendo a prueba y acababa de suspender el examen. Alcanzó su maletín—. Tengo aquí nuestra propuesta. Quizá quieras echarle un vistazo mientras esperamos.
—Ya la he estudiado detalladamente. Concertar una cita sin haberlo hecho habría sido una pérdida de tiempo y yo no pierdo el tiempo, Kurt —eso ya lo sabía. Lo sabía porque lo había sufrido en sus propias carnes. ¡Y encima durante todo ese tiempo había estado planeando casarse con su hermana!—. Relájate Kurt —lo miró con ojos suplicantes pidiendo que dejase de hacer comentarios irónicos, pero él no se dio por aludido, sino que sonrió cruelmente—. Rachel me dijo que eras un humilde secretario en una sucursal de una cadena de agencias de viajes, y resulta que apareces como la ayudante personal de un joven que está subiendo como la espuma. ¿Va siempre por ahí desacreditando tus logros?
—Claro que no —mintió. Estaba acostumbrado a que le hicieran de menos. Además, Rachel obviamente le había dado esa información antes de aceptar el trabajo con Mark y, en cualquier caso, era su hermana y no iba a hablar mal de el delante del hombre con el que iba a casarse. No era tan vengativo—. Hoy es mi primer día con Mark.
—Entonces seguiste mi consejo. Has decidido probar tus alas. Bien hecho, Kurt —le miró con condescendencia, robándole la respiración.
Le habría gustado encontrar las palabras apropiadas para ponerlo en su sitio, porque quizá el haber calificado su habitación de agujero de ratones la hubiera empujado a mudarse con Niccy, ¡pero su decisión de trabajar para Mark no tenía nada que ver con él! Respiró aliviado cuando Mark se sentó con ellos. Un escalofrío le recorrió la espalda. No le gustaban sus reacciones cuando el italiano estaba cerca, pero, por el bien de su jefe, sabía que tenía que aguantarse.
No le resultó tan difícil como creía. Las preguntas de Blaine eran incisivas e indicaban que, por muy informal que fuera en lo tocante a su vida emocional, cuando se trataba de negocios tenía la cabeza fría. Mark expuso su caso de forma convincente, haciendo que Kurt se olvidase de su malestar e interviniese con sus propias aportaciones, hasta el punto de que casi sintió pena cuando llamaron a Blaine por teléfono y los dejó solos.
—Yo creo que vamos a cerrar el trato —dijo Mark. Había un brillo de confianza en sus ojos—. No nos hemos dejado nada en el tintero, ¿verdad?
—No se me ocurre nada —sonrió sintiéndose también lleno de confianza. Todo había ido como la seda. El italiano había hecho sus deberes, había que reconocérselo, y ellos habían expuesto el caso de manera muy convincente—. ¿Nos dará la respuesta hoy mismo o nos tendrá mordiéndonos las uñas hasta no tener más que muñones?
—Espero que hoy. Desde luego, yo lo voy a presionar —miró rápidamente hacia atrás por encima del hombro—. Dime si me equivoco, pero hubo un momento en que tuve la impresión de que tú y Blaine os conocíais de antes.
De repente, toda su alegría se esfumó. Sabía a qué momento se refería. Había sido discutiendo acerca los requisitos de liquidez mientras les retiraban el primer plato. Los ojos de Blaine se habían posado sobre sus estilizados dedos.
—Entonces no ha conseguido perder el anillo para siempre. Si tuviera que escribir un informe de sus progresos pondría: «Debe esforzarse más».
¡Como si el hubiera dejado el anillo entre los platos sucios intencionadamente! ¡Pues tenía que saber que no tenía intención de romper con Sam! Gracias a Dios habían llevado el segundo plato y Mark había retomado la discusión sobre la liquidez.
—Va a casarse con mi hermana —anunció—. Apenas lo conozco.
—¿Blaine Anderson va a casarse otra vez? —abrió los ojos como platos—. Vaya golpe para su reputación.
—¿Reputación?
—Ya sabes cómo funcionan estos ricachones hombres de negocios. En su tiempo de ocio, buscan calidad. Se rodean de encantadoras damas entre las que pueden elegir, lo mejor de lo mejor, pero nada de compromisos, eso sobre todo. En su caso, y teniendo en cuenta su trayectoria, yo diría que no se fiaría de una mujer por debajo de los cincuenta a menos que pudiera deshacerse de ella —al ver el brillo de repulsión en sus enormes ojos esmeralda, intentó arreglarlo—. Olvida lo que te he dicho. Seguro que tu hermana es una mujer maravillosa. Y no olvides eso que se dice de que un mujeriego reformado acaba siendo el más fiel de los maridos —se sintió aliviado al ver que el «mujeriego», reformado o no, regresaba a la mesa—. Ningún problema, espero. ¿Más café?
Blaine meneó la cabeza y se echó atrás en su silla, dejando claro quién era el que tenía la sartén por el mango al pasear sus ojos de Kurt a Mark y de nuevo a Kurt, que se puso en tensión al notar cómo aquellos ojos plateados estudiaban minuciosamente todas y cada una de sus facciones. Luego, como saliendo de su ensoñación personal, Blaine habló pausadamente.
—Estoy impresionado con su oferta, Jenson. Llame mañana a mi oficina de la calle Lombard y mi departamento legal y financiero redactarán el contrato. Pero hay una cosa más —su voz se convirtió en un ronroneo y volvió a mirar a Kurt. El se estremeció y tuvo un mal presentimiento—. Un favor.
—¡Por supuesto, lo que sea!
Kurt sabía que su jefe no podía contener su euforia. De no haber estado en un sitio público, se habría puesto a dar saltos allí mismo. Quería prevenirlo, porque conocía bien a Blaine. El «favor» que estaba a punto de pedirle podía ser dinamita y Mark, cegado por su alegría, no podría verlo.
—He visto en su propuesta que las primeras instrucciones para el señorito Ryland son viajar a la Toscana el miércoles de esta semana para concertar acuerdos e itinerarios en dos emplazamientos que usted personalmente visitó en un viaje de exploración este otoño pasado.
—Correcto. Un convento renovado a las afueras de Florencia y...
—Me gustaría que contemplase un tercer emplazamiento —le cortó Blaine suavemente—. Tengo una prima.., es viuda, desgraciadamente. Su marido le dejó un pequeño castillo y muchas deudas. Yo me he ofrecido a pagárselas, pero Emilia es una persona independiente. Sin embargo, cuando me contó que tenía intención de darle alguna utilidad a su herencia, accedió a que la financiase. El proyecto es convertir el castillo en un pequeño y exclusivo hotel; todavía hacen falta los permisos y contratar a los arquitectos. Si, cuando termine sus asuntos de Toscana, el señorito Ryland pudiera reunirse conmigo allí, ¿el sábado por ejemplo?, para decirnos si cree que, una vez terminado, el hotel de Emilia reuniría los estándares de calidad de Jenson, le estaríamos eternamente agradecidos.
Los ojos de Blaine se burlaron del repentino cambio de color en el rostro de Kurt. Era como si supiera la razón por la que un arrebato instintivo de miedo le había dejado sin respiración. Sin embargo, aunque el miedo era real, el no alcanzaba a adivinar lo que lo provocaba, así que, ¿por qué los ojos de Blaine le decían que lo entendía perfectamente? Le hacía sentirse empequeñecido, como si hubiera perdido el control sobre sí mismo y se lo hubiera entregado a él. Tal y como había sospechado, Mark accedió.
—¡Hecho! Si sale bien, irá en beneficio de todos. Cuantos más destinos tentadores pueda ofrecer, mejor. Si su prima puede arreglar el castillo y tenerlo funcionando a tiempo, podríamos incluirlo en el folleto del año que viene.
Kurt estaba furioso. Pero claro, Mark haría el pino con tal de agradar a su nuevo avalista y lo que menos importaba era que a ella no le apeteciese lo más mínimo reunirse con él el sábado.
¡Sabado! Se revolvió en su silla. Sam la esperaba el fin de semana. Lo de menos era la fortuna de la tía Faye, sino que Sam le había dicho que le quería a su lado y gracias a aquello habían hecho las paces. No podía decepcionarlo.
—Lo siento —dijo—. Ya he hecho planes para este fin de semana. Sería difícil cancelarlos.
—Pero no imposible.
Oyó el tono confiado de su voz y lo odió por ello; también la repelían sus tácticas. Entonces, Mark puso su granito de arena.
—Nada es imposible —sólo a un tonto le habría pasado desapercibido el mensaje que se leía en sus ojos. Los deseos de aquel hombre estaban por encima de todo—. Envíeme un fax con la dirección exacta y la hora a la que prefiere que se reúnan y Kurt estará a su disposición.
Estaba entre la espada y la pared, no tenía lternativa.
—¿Señorito Ryland? —el italiano la miraba con aire triunfal. La opción a opinar que parecía estar dándole no era tal, y lo sabía.
—Como dice Mark, estoy a su disposición —transigió, sin mover un músculo de la cara. Él se había salido con la suya, pero no tenía por qué sonreírle.
