Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling, Warner Bros y etcéteras. La autora de este fanfiction se sirve de los nombres propios así como de los personajes, los símbolos y elementos relacionados con dicha marca sin que con ello quiera beneficiarse económicamente. Su único pretexto para escribir esta historia es la satisfacción propia y el amor al arte.
CAPÍTULO 4:
El Lobohombo.
Con el torso cubierto sólo por una ligera camiseta y el resto de su ropa (capa y camisa) encima de su hombro, Crabbe se aventuró a alzar su sudorosa frente hacia el cielo gris carente de nubes y constatar en el reloj de la iglesia que eran apenas las 5:00 p.m. Paladeó la hora en su boca, apenas moviendo los labios, y le supo tan amarga y abrasadora como el caliente smog expedido de los escapes de esos coches que se veía obligado a respirar. En trance, ansiaba que llegara la noche y rogaba a extintas deidades, que desde hacía siglos todo mago erudito de su tierra desdeñaba nombrar, que por lo menos en el frescor nocturno México y su país se parecieran. De pronto, como si una fuerza misteriosa le instara a darle más ceremonia sus palabras, Crabbe alzó los brazos al cielo y, sin pensarlo, empezó a formular en voz alta un primitivo hechizo de estructura complicadísima, invocando nubes de lluvia y truenos. Su cuerpo hercúleo conjuraba la antigua imagen de un druida en medio de grave ritual, completamente fuera de lugar en ese asfalto calcinante donde los troncos de los árboles y la vegetación habían cedido su lugar a los postes de metal rematados por letreros de señalización y a la basura que salpicaba el suelo. Era como si la energía milenaria de aquella antigua tierra de misterios, sepultada bajo toneladas de concreto, pujara a través de su prisión para hacer contacto con las plantas de los pies de aquel ser receptivo. Poco importaba que no fuera uno de sus nativos, o que se tratara de un hombre ignorante y brutal; los dones que heredó de sus antepasados magos hacían de aquel individuo un catalizador perfecto, una herramienta por la cual la energía terrestre podía llevar al mundo palpable las peticiones que necesitaba hacer llegar a oídos de los cielos, aquellas que urgían descargar sobre los suelos el agua de un temporal de lluvias por mucho tiempo atrasado gracias al hombre, que desequilibraba la naturaleza con su insaciable necedad de hacer su vida más fácil a costa de los demás.
Las personas, a pesar del acelerado ritmo de vida que marcaba la ciudad, se detenían lo suficiente para mirar, criticar y mofarse del espectáculo que estaba montando ese gringo corpulento con cara de idiotizado. Crabbe, esclavo de una fuerza que de la que era completamente ignorante, salmodiaba sin descanso una fórmula cuyas palabras jamás había oído, pero que pronunciaba con la misma claridad en que le eran dictadas. Nada perturbaba al gigante, ni siquiera la lata de coca cola que se impactó contra su cabeza, lanzada por su indignado compañero Goyle en su afán de llamar su atención. Draco, el jefe y protegido de ambos, había estado a punto de estrellarse de cara contra un poste, distraído en escribir el borrador que más tarde habría de convertirse en el reportaje de Lupin. Goyle lo había salvado de un seguro chichón jalándolo de un brazo, pero Draco estaba lejos de sentirse agradecido.
—¡He estropeado todo el trabajo por tu culpa, imbécil! —gritaba el rubio, cuya mano afectada por el tirón de su guardaespaldas había trazado un involuntaria línea, gruesa y negrísima, a todo lo largo de su pergamino.
—¿Por qué nada más me gritas a mí? ¡Yo estoy al pendiente de ti y, en cambio, el tarado de Crabbe sólo admira el paisaje! —protestaba Goyle, señalando a su compañero unos pasos más atrás. Oír el reproche de alguno sus guaruras era cosa insólita en la relación que Draco compartía con ellos. En una situación normal nunca habría pasado, pero ahora, a causa del sofocante calor, la imposibilidad de comunicarse con gente que no compartía su idioma, y el ritmo de una ciudad que nada tenía que ver con a su conocida Londres, los tenía a todos estaban estresados y de malas. Draco arrancó la página de pergamino de su block tamaño oficio y, en perfecta armonía con el humor de Goyle, castigó su insolencia haciendo una pelota con el trabajo y arrojándoselo a la cara.
—¡No me rezongues, animal! ¡Mi padre les paga por mi seguridad y el cómo se las arreglen para cumplir con su trabajo no es de mi incumbencia! —escupió Draco—. Bastante tengo con mis propios problemas para que encima me molestes con los tuyos. Para otra vez que me interrumpas, ¡óyeme bien!, le diré a mi padre que te ponga de patitas en la calle.
Justo cuando Goyle estaba a punto de abrir la boca para replicar, un aguacero inesperado azotó sus cuerpos. Ambos maldijeron, se cubrieron las cabezas con lo que tenían a la mano y, al igual que los muggles, corrieron a buscar amparo bajo el toldo de una tienda. Para asco y disgusto de Draco, un hombre mugriento, que había estado escupiendo fuego en medio de la calle segundos antes como un dragón, fue a embarrársele a un costado. Quiso apartarse, pero otro hombre, disfrazado de payaso, lo aplastó contra el traga fuego al hacerse espacio entre él y Goyle con brusquedad. Draco le lanzó una mirada de enfado dispuesto a hacerse respetar por el bufón aquel, pero desistió cuando este, al captar su mala vibra, le respondió con un gesto que se alejaba de lo simpático para rayar en lo sicario. Confundido e intimidado, Draco se tragó sus palabras y miró al frente, procurando encogerse lo más posible para que aquel hombre estuviera cómodo.
Crabbe se les unió. Liberado de su trance y ajeno por completo de su participación en aquel fenómeno imprevisto, maldijo contra la lluvia mientras se secaba el cabello empapado con su capa.
—¡Vaya con el clima! —se quejó, sacudiendo la capa. Los muggles de alrededor se quejaron mordazmente por las salpicaduras, algo de lo que Crabbe no se enteró porque no sabía español—. ¿No había dicho el agente de viajes que no era necesaria ninguna previsión especial contra el tiempo de México? ¡Deberías demandarlo —sugirió a Draco—, te ha visto la cara!
Crabbe exprimió su capa y el agua fue a caer precisamente sobre los gigantescos y bulbosos zapatos anaranjados del payaso. Este torció el gesto hasta que sus labios plisados dejaron expuestos unos dientes amarillos.
—¡Vamos a buscar el Lobohombo ese! —farfulló Draco lanzándose de nuevo contra el torrencial que azotaba la calle mientras se tapaba la cabeza con su block de pergaminos. Goyle suspiró. De mala gana siguió a su jefe y a Crabbe calle abajo.
Dieron con la dirección comparando lo escrito con el papel con los rótulos de las calles colocadas en cada esquina. Pasaron tres veces enfrente del Lobohombo sin darse cuenta, hasta que fueron capaces de descifrar y hacer coincidir la caligrafía de Lupin con el letrero en neón del tugurio. Cansado, pero satisfecho, Draco avanzó hacia la puerta restregándose los parpados para apartar el agua que le resbalaba por la cara.
—¿Por qué está cerrado? —se indignó, al darse cuenta que el portón de la entrada no cedía a sus empujones. Irritado, aporreó la puerta con los puños—. ¡ABRAN! ¡ABRAN!
—Pero… ¿Qué no abren de noche? —intervino Crabbe, recordando la hora del reloj de la iglesia—. Si Lupin te pidió un reportaje sobre las actividades nocturnas de los adolescentes muggles de este país eso significa que…
—¡Sé lo que significa, Crabbe, no soy estúpido! —Draco se apartó de la puerta y miró con disgusto la lluvia—. Hay que buscar un hotel decente donde quedarnos en lo que abren este changarro; no me fío del lugar que nos recomendó ese remedo de agente; a cómo van sus instrucciones, no me extrañaría descubrir que el albergue está plagado de muggles indigentes. ¡Andando!
Tres pasos después, se dieron cuenta de que Goyle no los seguía. Al darse la vuelta, lo encontraron bajo la comodidad del toldo del Lobohombo intercambiando miradas coquetas con una mujer pintarrajeada y con una vestimenta que poco dejaba a la imaginación. La mujer, a todas luces prostituta, sonreía masticando chicle y se balanceaba levemente para que su cliente potencial tuviera una vista periférica y favorable de lo que pretendía rentarle a mil quinientos pesos la hora, sin incluir el cuarto. Comúnmente la tarifa era de doscientos, pero le habían bastado dos segundos y un par de palabras para enterarse de que aquel grandullón era extranjero. Sería estúpida si no le sacaba el máximo provecho a la situación sabiendo de antemano que los turistas siempre traían rebosantes las billeteras.
—¿Entonces qué, primor? —ronroneaba en inglés la venus del charco, acariciando el pecho de Goyle con sus uñas pintadas de rojo cereza—. Te incluiré todo lo que me pidas en el paquete y te haré un descuento en tu próxima visita, si me recomiendas con más de tus amigos. —Goyle se estremeció y suspiró profundamente. La mujer sonrió satisfecha, segura de que ya había cerrado el trato.
Entretanto, un mocoso, un bribón oportunista que operaba cerca de la zona sabiendo que los atracos a los clientes ebrios que salían del Lobohombo siempre eran fáciles, registraba los bolsillos traseros de Goyle sin que este se diera cuenta y le robaba la cartera que, dicho sea de paso, contenía el dinero de Draco y de él mismo. Advertidos por el agente de viaje de que México estaba plagado de carteristas, Draco había acordado con Goyle que cuidara de su dinero, imaginando que su corpulencia persuadiría a cualquier rufián de acercársele. Pero ya ven ustedes. Draco vio al mocoso en plena fechoría y corrió hacia su embobado guardaespaldas buscando salvar su economía, pero el chiquillo alcanzó a verlo y salió disparado, justo en el momento en que Draco lanzaba las manos por delante para sujetarle. Eludiéndolo, el mocoso alcanzó a lanzarse por un desagüe por el que Draco no cabía y por el que de todas maneras no se hubiera metido de tan inmundo que estaba. El pillo se perdió en la oscuridad sin dejar de lanzar risotadas burlonas que luego se volvieron gritos cuando Draco metió una mano en el agujero y le lanzó una maldición con su varita. Draco se permitió una sonrisa maliciosa que duró el tiempo que tardó en incorporarse y ver que Goyle seguía babeando por la prostituta.
—¡Imbécil, fíjate en lo que haces! —gritó Draco aporreando el hombro del gordo distraído.
—¿Eh? ¿Qué? —Goyle lo miró despistado, sin saber a qué se debía la reprimenda. A su espalda la piruja emprendía la retirada; había presenciado el asalto y nada tenía que hacer con un bobalicón que ya no tenía peso alguno encima. Pero sabía dónde se refugiaba el pillo aquel y lo obligaría a darle una parte de lo robado por aprovecharse de la situación y hacerle perder tiempo valiosísimo, frustrándole un suculento negocio que ella ya daba por zanjado.
—¡Hey, tú, no te vayas! —exigió Draco asiendo el brazo de la mujer con mano férrea—. ¡Ese mocoso era tu cómplice! —acusó aventuradamente, no del todo equivocado. La mujer se zafó con brusquedad y emprendió una caminata apresurada. Draco quiso obligarla a quedarse y rendirle cuentas, pero desistió cuando ella empezó a bramar obscenidades y a hacer amago de golpearlo con su bolso.
—¿Qué pasó? —Goyle parpadeaba confundido.
—¡Estúpido! —Draco lo miró con asco: aparte de pendejo, el idiota de Goyle había estado a punto de revolcarse con una zorra muggle. Ignorándolo, se volvió hacia Crabbe—. Debido a que el tarado de Goyle acaba de perder nuestro dinero, vamos a tener que buscar el Gringotts de este lugar.
—¿Pero cómo lo vamos a hallar? —preguntó Crabbe—. No he visto a nadie que se parezca remotamente a un mago entre esta gente y no podemos interrogar a los muggles.
Draco torció el gesto ante esa irrefutable verdad. Echó a andar, seguido de sus amigotes, y fue así como dio con una posible solución a sus problemas.
—Okey, esto vamos a hacer: Crabbe, tú pagarás los gastos y haremos que el director del Profeta te salde la deuda luego.
—¿Qué hay del dinero que te dio Lupin? —inquirió Crabbe súbitamente.
Draco se puso nervioso.
—¿Qué… qué dinero?
—Nosotros vimos que te dio un sobre con papeles verdes llamados dólares, ¿no es así, Goyle? —Goyle asintió con la cabeza—. Lupin dijo que con eso podías cubrir los gastos del viaje.
—¿Hablas de ese asqueroso dinero muggle? —con su falsa indignación, Draco buscaba encubrir sus verdaderas intenciones. En el bolsillo llevaba un sobre con diez mil dólares, dinero que pensaba dar por perdido, cambiarlo a su regreso por galeones en el Gringotts de Inglaterra y abrir con él una cuenta independiente a la de sus padres—. ¿Acaso quieres que YO use ese asqueroso dinero muggle?
—No hay de otra; no creo que aquí acepten dinero de magos —estimó Crabbe.
—Está bien —refunfuñó Draco, furibundo y contrariado—. Usaré ese asqueroso dinero. A ver si no me pega sarna.
—.—
Al fin cayó la noche y Crabbe, Goyle y Malfoy Jr. retornaron a un Lobohombo abarrotado de gente. Con mucho trabajo, lograron abrirse paso entre una muchedumbre de jóvenes que daba fe a voz en cuello de todas sus relaciones para que Charlie, un hombre vestido con un traje tan ceñido que ponía de manifiesto todos sus músculos, les permitiera el paso dentro del antro. Ayudado de tres asistentes tan voluminosos como él, Charlie resguardaba la entrada detrás de una cadena y no la levantaba por nada del mundo a menos que el solicitante en turno reuniera los requisitos que lo hicieran merecedor de ser parte de la distinguida clientela del Lobohombo por esa noche. ¿Cuáles eran? Nadie podía asegurarlo a ciencia cierta, porque lo que agradaba al cadenero en unos, en otros podía desagradarle. Todo parecía indicar que las limitantes respondían únicamente al capricho en turno del poderoso Charlie.
—¡Charlie! ¡Charlie, aquí! ¡Somos tres! ¡Somos tres! —brincaba una chica de vestido diminuto, haciendo que sus bucles rubios botaran sobre sus pechos aumentados con silicona.
—¡Charlie, soy amigo del dueño! —bramaba un mozo con la camisa de seda a medio abotonar, rodeando con el brazo protectoramente a una mujer de labios exuberantes—. ¿No te acuerdas de mí? ¡Soy Paco!
A merced de los movimientos sinuosos y constrictores, el trio de magos era prisionero de aquella aglomeración adolescente. A punto de perder los estribos, Draco indicó a gritos:
—Con toda esta gente jamás entraremos. ¡Crabbe, Goyle, hagan lo suyo!
Crabbe y Goyle abrieron camino repartiendo codazos y patadas contra estómagos, costillas y pantorrillas. Finalmente se pararon frente a Charlie, a una distancia tal que el flequillo del tipo se levantaba con sus alientos. Con su voz más intimidante, Crabbe dijo:
—Oye, déjanos entrar o…
—¡Dinero! —interrumpió Charlie, decidiendo su admisión basándose en su color de piel y su idioma extranjero y llegando a la misma conclusión que la prostituta que había intentado hacer negocios con Goyle—. ¡Es decir…! —se corrigió, dándose cuenta de que el gorila aquel no entendía el español —¡Money, carnal… dame money!
Entendiendo a medias las señas que le hacía y el mal pronunciado inglés, Crabbe comprendió que el tipo le pedía un soborno. Se volvió hacia Draco, le pidió el sobre con los dólares y con algunos de ellos pagó a Charlie. Crabbe y Goyle entraron entonces, pero cuando Draco Malfoy pretendió cruzar la puerta, la manaza de Charlie le dio un empujón tan violento que acabó aterrizando de nalgas contra el suelo.
—¿Qué te pasa, imbécil? ¡Déjame entrar, no sabes con quién te metes!
Como el güerito se mostraba demasiado insistente, Charlie decidió que le caía mal y ordenó a uno de sus ayudantes golpearlo. El matón ya lo había levantado por la capa para llevarlo al callejón contiguo, cuando Crabbe y Goyle regresaron a la entrada, dieron al jefe otros mil dólares y salvaron el pellejo de Draco. Con setecientos dólares adicionales, lograron convencer a Charlie de dejar que el rubio les hiciera compañía y resguardarlo así de "los peligros de la calle" (palabras textuales dichas por el cadenero, que les sonrió amenazante).
—¡Maldita rata, lo hizo a posta! ¡Jamás debí ceder el sobre!—farfullaba Draco alisándose la capa, temblando de miedo y rabia ante la intimidación de la que había sido víctima sólo para procurarle unos pesos de más a un barbaján. Flanqueado por sus guaruras, se apresuró a entrar al local jurando que se tardaría dentro lo menos posible.
Apenas vio el ambiente que reinaba en el interior, Draco decidió que lo odiaba. La música, extraña por completo a la que él estaba acostumbrado a oír en las fiestas a las que asistía, era ensordecedora y arrítmica; para hacerse oír, tuvo que gritar con toda la fuerza de sus pulmones para que Crabe y Goyle se enteraran de sus críticas. El baile de aquellos jóvenes, que se le antojó comparar con el hervir de los gusanos sobre la carne descompuesta, era grotescamente seccionado por flashazos de luces de colores que iban del rojo al verde olivo. Encandilado y confundido por estas, Draco procuró mantener su precario equilibrio manteniéndose de espaldas contra la pared mientras avanzaba. Los perfumes de la concurrencia se mezclaban con las fetideces corporales y el humo de los cigarrillos en una atmosfera irrespirable que le revolvió el estómago e instaló un tambor en su cabeza. Sintiéndose enfermo, Draco se sostuvo de una de las columnas de la decoración y su vista tuvo tiempo de examinar el tugurio con mayor plenitud: en las mesas, las mujeres se agitaban convulsivas entre risas vulgares, cortejadas por proxenetas y bribones; en una esquina un borracho vomitaba contra la pared cogido del pelo por un hombre que fumaba tranquilamente un pitillo de mariguana y más allá, protegidos por la relativa penumbra de un cuarto oscuro, un tipo, sentado sobre un sillón de cuero, se ligaba un brazo para después inyectarse heroína, otro esnifaba una línea de cocaína a largo de una mesa abrillantada y una multitud variopinta ondulaba en una masa color carne donde difícilmente se podía decir dónde acababa un brazo y comenzaba una pierna.
«¡Esto es repugnante!» pensó Draco ocultando el rostro en la columna, asqueado; fanfarroneando, había proclamado en innumerables fiestas que él se las sabía de todas y que poco quedaba en el mundo que pudiera sorprenderlo, con el fin de apantallar a los invitados. Pues bien, ahora se retractaba de lo dicho del puro horror de tener que compararse a futuro con esos muggles. Lo único que le quedaba era un mal sano interés por descubrir bajo qué circunstancias exactas Lupin conocía la existencia de un bar de tan mala muerte como aquel ¡Tan seriecito que se veía! No era más que un mosca muerta.
—¿Te sientes bien? —preguntó Goyle.
—Sí —contestó Draco, haciendo alarde de falsa fortaleza—. Es sólo que no me cabe en la cabeza que en un lugar tan chiquito pueda acumularse tanta estupidez junta. ¿Has visto? ¡Fuman marihuana! Parece que esos estúpidos muggles no saben que inspirar el humo de esa hierba te quema los sesos. A lo mejor por eso son tan pendejos.
Se rió de su propia ocurrencia al tiempo que se separaba de la columna… sólo para ver que Crabbe saboreaba con toda calma un porro.
—¡Crabbe! ¿De dónde sacaste eso?
Pillado en falta, Crabbe se puso rojo y tiró el pitillo al suelo, apresurándose a apagarlo con la punta del zapato. No levantó la vista, avergonzado. Draco lo miraba incrédulo.
—Pensé que habías dejado ese vicio —comentó Goyle tranquilamente. Draco volteó a verlo sorprendido, ¿cómo era que Goyle sabía que Crabbe había sido marihuano y él no?
—Lo lamento, no pude resistirlo. Con tanta gente alegre al alrededor, no pude evitar querer regresar a los buenos tiempos…
Alzó un poco los ojos, para ver la reacción de Draco. Este no cabía en sí de incredulidad. A pesar de que consideraba a Crabbe un subordinado, poco más que un simple amigo, creía que no había nadie que lo conociera en el mundo mejor que él, excepto tal vez Goyle. No quiso admitirlo, pero el saber que aquel par había decidido mantenerlo en la ignorancia sobre el vicio de Crabbe le dolió tanto como si su padre le negara usar su carruaje alegando que no confiaba en él.
—¡Ya pues! Vamos a sentarnos —resolvió Draco enfadado, apretando la mandíbula para detener la retahíla de reclamos que quería lanzar en contra de Crabbe—. Aquella mesa está bien. Muero por acabar este trabajo y largarnos de una vez.
Se disponían a ocupar la mesa cuando un hombre vestido de cholo apareció e hizo aspavientos, como para reclamarla.
—¡Hey! ¡Hey! ¡Esta ya está apartada, gabachillos! —decía en español.
—¿Qué dice? —preguntó Draco, que no entendía ni jota del idioma.
—Creo… —Crabbe frunció el ceño en señal de concentración, intentando interpretar las señas de aquel fulano—. Creo que dice que la mesa le pertenece.
—¿Ah, sí? —Draco chasqueó los dedos y señaló al cholo—. Derríbalo, Goyle.
Goyle empujó al cholo y este, en lugar de amedrentarse y salir corriendo, se prendió de inmediato.
—¿Ah, sí? ¿Muy machín, pinche gabacho? —indignado, el cholo se giró hacia un grupo de hombres que vestían como él y les hizo enérgicas señas para que se acercaran—. ¡Muchachos, vengan, aquí hay un problema! —volvió la cara hacia el trio, inclinándola amenazante—. ¿Muy fregones ustedes, verdad, gabachos de quinta?
El grupo llegó a apoyar a su amigo, enseñando los dientes y gruñendo intimidaciones. Una vez más ninguno de los británicos entendió nada de lo que decían, pero la retadora y violenta expresión corporal que habían adoptado aquellos hombres estaba más que clara. Crabbe y Goyle se adelantaron, uno tronándose los nudillos, el otro metiendo la mano en el bolsillo interno de su túnica para echar mano de la varita. Al ver el amago de Goyle, los cholos se encresparon pensando, no muy equivocadamente, que iba a sacar un arma. De inmediato equilibraron las cosas extrayendo de sus bolsillos navajas y pistolas. La gente de las mesas contiguas se apresuró a alejarse lo más posible de la inminente zona de batalla; Draco, en cambio, se sentó cómodamente para presenciar el pleito, sonriendo con confianza.
—¿Qué sucede aquí? —ladró una voz autoritaria. Era Charlie que venía a meter paz por la fuerza cumpliendo con su obligación apenas se enteró del chisme. Se metió en el epicentro mismo del problema y estiró los brazos para reclamar el espacio—. ¡Despejen! ¡Despejen! —ordenaba a uno y otro grupo—. ¡Nada de broncas aquí adentro! Si quieren partirse el hocico, váyanse allá afuera; pero bien lejos del antro, cabrones.
Hubo rezongos. Los cholos, no muy dispuestos a abandonar del todo los asuntos trascendentales que habían estado tratando antes de que los llamaran a pelear, decidieron aplazar los golpes.
—´Tá bien, Charlie, no habrá pleito —aseguró el cholo cabecilla. Charlie, conforme, regresó a su puesto en la entrada. El cholo se volvió hacia el trio, sus ojos vueltos dos rendijas en penumbras bajo la pañoleta que le cubría la frente y las cejas—. Ustedes cuídense, que nosotros vamos a estar al pendiente de que no escapen el bulto. En cuanto pongan un pie fuera de este lugar —adelantó el cuchillo con brusquedad, encajándolo en una barriga imaginaria —los vamos a filerear, mugres gringos.
Los cholos se alejaron, apuntándose los ojos con los dedos y luego señalándolos a ellos mientras advertían que los estaban "watchando". Crabbe y Goyle, que medio entendieron el confuso spanglish, se mantuvieron erguidos en su lugar, haciendo alarde de lo poco intimidados que estaban.
De lejos, un par de mujeres habían quedado fascinadas con el vigor que aparentaban los cuerpos de esos gringos engreídos.
—¿Ya viste a esos gabachos? —la mujer inclinó la cabeza hacia su compañera, sonriendo con lujuria—. He oído que los matones son muy potentes.
Ambas rieron, excitadas por el peligro.
—Yo he oído que los gringos tienen harta marmaja —aportó la otra, mordiéndose los labios—. ¡Vamos a ligárnoslos!
Sin más que agregar, ambas se lanzaron a la conquista.
—¡Hola, guapos! ¿Vienen solos?
Crabbe y Goyle se quedaron estáticos, con los traseros en el aire a centímetros de hacer contacto con sus asientos.
—¿Qué dicen estas? —preguntó Draco, ya harto de tantas interrupciones.
—No lo sé —respondió embobado Goyle, con los ojos clavados en el brillante remate del vestido que apenas bastaba para cubrir el área donde el tronco de la mujer se unía con las piernas—. ¡Pero son muy bellas!
—Ten cuidado, Goyle —advirtió Draco, intentado interponerse entre la debilidad de su amigo—, no vayas a caer en su trampa. Las mujeres son traicioneras, por eso yo no me he casado… —a su izquierda, el rechinido de una silla lo interrumpió. Draco volteó para ver a Crabbe alejarse con la otra fulana—. ¡Crabbe! ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Vuelve acá…! —hubo otro rechinido a su derecha y, al voltear, el que se alejaba era Goyle—. ¡Goyle! ¿Acaso no oíste lo que te dije? ¡Par de estúpidos! Cuando regresen sin quinto alguno…
Se interrumpió entre balbuceos, un gay, agitando su melena larga y castaña, se sentó frente a él.
—¡Hola, guapo! —le dijo en inglés—. ¿Te quedaste solito? Yo soy Brenda ¿Y tú?
Draco torció el gesto.
Después de dos horas de improvisar bailes en la pista y compartir litros de cerveza con sus acompañantes que corrieron cuenta de sus bolsillos, Crabbe y Goyle estaban a punto de pisar tercera base: libres de la influencia del pudor a causa de la borrachera, se besuqueaban con las mujeres y metían sus manazas bajo la licra de sus vestidos sin que ellas se resistieran. Draco observaba asqueado.
—Estúpidos.
—¡Aich, no seas amargado! ¡Ay, esa canción me gusta! Vente, vamos a bailar —Brenda se levantó y tiró del brazo de Draco. Este se zafó con brusquedad.
—¡Piérdete! —escupió.
—¡Llegaron las tachas! —gritó alguien. La concurrencia celebró el anuncio con gritos de alegría y aplausos. Draco, en cambio, permaneció imperturbable ante el aviso, con el avinagrado rostro recargado en una mano.
Dando en el clavo, Brenda dedujo, basándose en la falta de entusiasmo del gringuito, que este no conocía las tachas. Maquinó darle una a ver si así aflojaba. El chico era muy sangrón, lo suficiente para hacer dimitir a cualquiera de sus planes de conquista; pero a él le gustaba muchísimo y no quería tirar la toalla sin haber agotado todos sus recursos.
—¡Yo quiero! ¡Yo quiero! —Brenda brincó en su lugar para llamar la atención del vendedor, que no tardó en arribar y ofrecer su mercancía—. Deme seis, porfis.
Volvió a sentarse y le ofreció una a Draco con su habitual melosidad.
—¿Qué es eso? —preguntó este, receloso.
—Tachas, lindura: éxtasis —explicó Brenda agitando frente a sus ojos una pastilla que tenía grabada una "X"—. ¿No te suenan de nada? ¡Pero si todo en mundo en Estados Unidos las usa!
—Yo no soy estadounidense, soy…
No acabó la frase porque un borracho se estrelló violentamente contra su mesa. Brenda recibió el impacto de lleno y la tacha que traía en los dedos voló para finalmente aterrizar dentro del vaso con agua de Draco y esconderse entre sus hielos. Crabbe, al verlo tan amargado mientras ellos se divertían, quiso invitarle unos tragos para mitigarle el mal humor. Draco, que pocas ganas sentía de compartir la borrachera con sus traidores amigos, sólo le había aceptado aquel vaso con agua.
Mientras Brenda regañaba al ebrio y Draco, ajeno al malestar de su acompañante, se llevaba su vaso a los labios ignorante de su reciente contenido, Crabbe y Goyle se disponían a probar las pastillas que sus nuevas amigas les ofrecían. Simultáneamente, los tres empezaron a sentir los efectos de la droga.
—¡Órale! ¡Qué chido liro! —dijo Goyle en español, sintiendo que un globo de energía y felicidad se expandía sin descanso en su interior.
—¡Sííí, neta, gay! —quiso decir "wey" imitando los modismos de sus amigas, pero Crabbe no estaba para reparar en errores sutiles ni sus amigos para corregirle, porque la necesidad de compartir la creciente euforia era urgente.
Sin perder tiempo, Goyle y las chicas decidieron darle rienda suelta a su renovada energía con un baile acelerado; Crabbe se apresuró en unírseles, arrojando el cigarro por encima de su hombro para que no le estorbara. El cigarro cayó en un vaso con licor que estaba en una mesa desocupada y se incendió. Un mesero que pasaba por ahí lo vio y trató de extinguir el pequeño fuego azotándolo con un trapo, pero este acabó por prenderse también. El mesero se asustó y lanzó el trapo al bote de basura. Viendo que dentro el fuego del trapo comenzaba a menguar, el mesero regresó tranquilamente a sus labores.
Pero la ilusión del trapo apagándose sólo duró lo que el hombre tardó en alejarse. Protegido dentro del bote de basura de las corrientes de aire que provocaban los movimientos de la clientela y alimentado por las colillas de cigarro, las envolturas grasientas de las botanas y el alcohol que resbalaba fuera de las latas y botellas supuestamente vacías, el fuego comenzó a avivarse. Nadie notó el humo que salía del bote de basura. Nadie notó las pequeñas llamas que surgían de él para empezar a lamer los muros, hasta que estas alcanzaron alturas descomunales.
—¡Traigan un extintor! —gritaba un hombre a la muchedumbre asustada que intentaba alejarse de las llamas que ya empezaban a dar cuenta de las inflamables cortinas.
Charlie, que había entrado alertado por los gritos de pánico, llegó a tiempo para ver el fuego expandirse a lo largo del local siguiendo la línea que marcaba la tela, escuchó al hombre y replicó:
—¡Mierda! ¡No hay extintor! ¡HUYAN! ¡HUYAN!
La gente se puso histérica. Cientos de personas corrían simultáneamente buscando salir por donde habían entrado, empujándose, escalando unos sobre otros, tirándose de los pelos y arrancando carne con las uñas para obtener ventaja y salir primero. Las pantallas empotradas en las columnas falsas explotaban a causa del sobre calentamiento; la decoración de los techos y las paredes caía sobre las cabezas en jirones incendiarios; las palmeras y las plantas artificiales se desplomaban derretidas a borbotones sobre plastas de plástico hirviente que reclamaban el suelo, avanzando como lava hacia los pies de la muchedumbre.
Hubo pocos que sostuvieron la cordura en aquel infierno. Recordando las salidas emergencia, se desprendieron de la muchedumbre que agolpaba la entrada para aventurarse a buscarlas. Valientes, volvieron al interior envuelto en llamas, cruzaron pasillos y pistas de baile protegiéndose con sus manos de la metralla de vidrios provocada por los estallidos de las botellas de licor y llegaron a las puertas alternas que los llevarían a la seguridad de la calle. Lanzando una exclamación de júbilo, uno de los intrépidos apretó el paso para llegar primero y empujó con el hombro para abrirlas.
—¡No manches! —increpó aterrorizado después de varios intentos fallidos—. ¡Pinche puerta, está pintada la hija de su puta madre!
—¡No mames, wey! —La gente se tiraba de los pelos, maldiciendo esa maldita técnica graffitera que hacía que los dibujos dieran la impresión de 3D.
Mientras tanto, Crabbe y Goyle se veían libres de los efectos de las tachas y el alcohol gracias al susto. Abandonaron a sus acompañantes a su suerte y corrieron dentro del local entre las mesas y el gentío enloquecido que se dirigía en dirección opuesta, intentando localizar a Draco.
—¡Ahí esta!
Como si el pandemónium de su alrededor no existiera, Draco y Brenda permanecían sentados frente a frente, mirándose embelesados. Draco estaba sorprendido de la extraña luminosidad que se desprendía de Brenda, algo así como uno de esos halos que lucían los santos pintados en cuadros religiosos. Nunca antes se interesó por descubrir el significado de ese fenómeno, pero ahora que lo tenía a la mano y comprobaba que era real y no mera licencia artística para hacer la ilustración más interesante, no pudo menos que desear palparlo. Su mano hizo el intento y aunque el tacto envió a su cerebro la información de que aquella luminosidad flamígera quemaba como mil soles, no pudo tocarla, la atravesó limpiamente hasta que sus dedos hicieron contacto con la mejilla de Brenda. Draco se conformó con acariciar su piel con el dorso entonces, pensando que, después de todo, los mortales no podían manosear lo divino a su antojo. Ya era demasiada suerte que aquel ángel se haya fijado en él y le permitiera contemplarle.
—¿Sabías que eres hermoso? —Draco, con cara de drogado y perdido, miraba a Brenda arrobado.
De pronto, Crabbe lo agarró del cuello de su camisa y tiró de él con brusquedad, intentando levantarlo.
—¡Déjame! —chilló Draco, manoteando para quitárselo de encima—. ¿No ves que estoy ligando?
—¡Jefe! ¡Jefe! ¡Debemos escapar, nos vamos a calcinar! —gritaba Goyle para apoyar a Crabbe, intentando hacer que Draco entrara en razón y cooperara.
Sus palabras no llegaron a oídos de Draco, pero sí a los de Brenda. El halo divino que Draco había visto rodeándolo recuperó su verdadera forma y contribuyó con violencia a traer a Brenda a la realidad.
—¡Fuego! —aulló el gay—. ¡Fuego! ¡Oooh, Dios, me desmayo!
Brenda azotó cuán largo era. Crabbe aprovechó la conmoción que esto provocó en Draco y por fin logró cargárselo sobre un hombro. Sin más tiempo que perder, Goyle y él echaron a correr.
—¡No! ¡No, Brenda! ¡Te amo! ¡No me iré sin ti! ¡BRENDAAAAAAAAA!
Hicieron una parada exprés en los baños con la finalidad de medio ahogar a Draco en un retrete para evitar que volviera con Brenda y les malograra el rescate. Con el jefe cuerdo al fin, el trio exploró angustiado los rincones del Lobohombo que la mayoría ya había recorrido buscando una salida. Como si alguien quisiera jugarles una broma macabra, descubrieron que las puertas de emergencia estaban pintadas; buscaron los extintores para apagar el fuego, pero los méndigos no estaban; la puerta por la que habían entrado y por la que Crabbe y Goyle habían intentado salir antes de acordarse de Draco, estaba ahora bloqueada por escombros incendiados; por último, siguieron a una gentío guiado por meseros, que gritaban que podían sacarlos a todos por la puerta de los empleados. Lamentablemente, al llegar a ellas se toparon con que estaban cerradas con candado. Las mujeres lloraron y los hombres gimieron ofreciendo falsas esperanzas, pero todos estaban convencidos de la inminente condena.
—¿Ahora qué hacemos? —preguntó fuera de quicio Goyle, contagiado por la histeria colectiva.
—¡Maldición! —con mano temblorosa, Draco sacó y empuñó su varita.
—Pero… Lupin dijo que no podíamos usar ma… —empezó a replicar Crabbe.
—Pues como dicen aquí: ¡Qué Lupin chingue a su madre! Yo no voy a morir rodeado de un montón de muggles sólo para complacer las exigencias de ese idiota.
Draco levantó su varita y comenzó las palabras de un hechizo que le ayudaría a volar la puerta, cuando alguien lo empujó y su varita salió expedida con rumbo a una jungla de pies donde se perdió. Draco se lanzó de cabeza en su busca, soportando pisotones, empellones y puntapiés. Cuando al fin la localizó y la tuvo al alcance, estiró los dedos lanzando una exclamación de triunfo… al mismo tiempo que un pie gigantesco caía sobre ella y la partía.
—¡NOOOOOOOO! —gritó Draco.
—Lo siento —se disculpó la conocida voz de Crabbe—. Me empujaron.
Goyle extrajo a Draco del interior de la gentuza; lucía demacrado y su mirada estaba opaca. La entrada del lobby de los empleados comenzó a arder y la gente volvió a gritar. Pronto, todos sintieron la sofocante ola de calor que precedía la llegada de las llamas.
—Vincent, Draco… —Goyle les lanzó una mirada vulnerable —¿Alguna vez les dije cuánto los quiero?
Sin más justificaciones, Gregory Goyle rodeó a sus amigos con sus fuertes brazos.
—Yo también los quiero —confesó Crabbe con voz aflautada, respondiendo al abrazo.
—Este sin duda es el fin — concluyó Draco con tono fúnebre. Resignado a su destino, cedió a una última muestra de afecto.
El trio se salvó a último minuto recordando que eran magos y que tenían más posibilidades de salir que volando una puerta. Se desaparecieron y aparecieron en las calles y, con la cara tiznada y las ropas chamuscadas, fueron al barrio que les había indicado aquel agente de viajes y usaron los servicios de correo que los magos locales tenían para comunicarse internacionalmente.
Draco garrapateó un venenoso reportaje que hablaba puras pestes sobre los antros nocturnos de los muggles mexicanos y luego escribió una carta donde volvía a dar un resumen de sus desventuras y exigía más dinero a Lupin para regresar a Inglaterra, arguyendo que lo habían perdido todo en el siniestro; vil mentira aquella: pues se sentía con derecho de quedarse el resto de los dólares como una indemnización. Lupin respondió con una empática misiva en donde ofrecía sus condolencias por el mal rato pasado. El escrito incluía a su vez otro sobre, expedido por el director general, en cuyo interior encontraron dinero, muy poco esta vez, y una nota. El director no se mostró tan comprensivo como Lupin, amenazó a Draco con despedirlo y demandarlo si volvía a hacer mal uso del dinero y luego le ordenó dirigirse a Estados Unidos y escribir un picante artículo (pues quería ofrecer a su clientela adicta a los muggles relatos estimulantes sobre estos y no «patrañas desprestigiantes») que hablara de una lujosa estética para caballeros en particular.
Ultrajado en lo más hondo, Draco rabió al saber que el director consideraba su terrible experiencia una patraña, pero acató la orden de todos modos. Aunque no tenía ni idea de qué tipo de lugar podía ser una estética para caballeros, la perspectiva de ir a Estados Unidos le sentó como una briza refrescante. Todo era mejor que permanecer en México; en Estados Unidos por lo menos la gente hablaba inglés. Además, su padre, que había visitado E.U.A. en más de una ocasión, le había contado que ahí reinaba el orden, no había delincuencia y las calles estaban limpias.
A bordo del avión que lo llevaría a Estados Unidos, Draco miró por la ventanilla el panorama que ofrecía México desde el aire por última vez.
—¡Juro que no volveré a ese estúpido país! —imprecó con amargura.
Muchas gracias por sus reviews, recibirlos me pone muy contenta! Disculpen mi atraso, se suponía que iba a actualizar la semana pasada, pero mis obligaciones me lo impidieron. Espero que la extensión del capítulo sea suficiente para compensarlos :3.
Aclaro que la desgracia del bar Lobohombo está basada en hechos reales, ocurridos en octubre del año 2000, donde decenas de personas murieron y muchas más quedaron heridas gracias a un incendio y a la poca seguridad que ofrecían a sus clientes los dueños del antro. Las autoridades de México se pusieron muy duras con los clubes nocturnos desde entonces. Este fic fue escrito por aquel tiempo, cuando la noticia era reciente. El humor es más negro que nada, pero que se sepa, antes de que alguien decida lincharme, que la parodia también es un medio de criticar las negligencias de la sociedad.
Respuesta a reviews anónimos:
kasandra potter
¡Saludos, Kasandra! Aquí tienes ya la actualización. Espero que haya sido de tu agrado. Es un gusto saber que te haya parecido bien el lenguaje de los muchachos. Uno busca expresarse como mejor le parece y es un consuelo que haya quien lo entienda y no te condene por ello.
