Asff perdón ;___; merezco morir, lo se u_ù XDD, me tardé muchísimo, pero es que empece la Universidad y pufff, se me cambió todo el horario xD… anyway, como recompensa (¿) aquí traigo dos caps juntos :3
Espero les guste x3 y muchas gracias a aki-chan, Black-cherry y xicnar por los animos ;w; XD (me animan a seguir publicandolo aqui x3)
Disclaimer: as always XD, Hetalia Axis Powers no me pertenece sino a Himaruya xD, etc~
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"El país del horrible clima, la espantosa comida y los asesinos pervertidos."
Varios pesados y gordos libros se encontraban sobre un largo escritorio o mesa de lo que parecía ser una biblioteca, una bastante grande, por cierto. Tenía varias estanterías, y aunque aquella larga mesa se encontraba al principio de ésta, se veía la profundidad de lugar, atiborrada hasta el techo de varios libros; y más de uno con una apariencia lo suficientemente longeva como para ser considerado de colección.
Pero el joven de cabello oscuro que estaba sentado allí, apoyando su mejilla contra su mano, y con un rostro que aunque se veía carente de expresión también se notaba aburrido, no leía ninguno de aquellos libros, y la pila que tenía al lado distaba mucho de ser algún manuscrito original de Shakespeare o un boceto del aún no publicado primer libro de Arthur Conan Doyle. No, lo que el pequeño de rasgos chinos tenía adelante eran diccionarios; tomos y tomos de diccionarios de la 'A' a la 'Z' (un abecedario bastante raro), que intentaban dar un sentido a las cientos de palabras que el chico debía obligatoriamente aprender, y distaban tanto de su idioma original.
- Xian, mira bien; éste es el "Oxford English Dictionary". Apenas ha comenzado a publicarse, pero es el diccionario sin duda más completo de todo el inglés británico –su nuevo 'hermano' hablaba con una sonrisa orgullosa y los ojos cerrados, manteniendo sus brazos cruzados con arrogancia como siempre que le hablaba de lo increíble y vasta que parecía la cultura anglosajona, así como su idioma, sus costumbres y sus tradiciones.- Puedes usarlo para hacer tus deberes. Yo estaré algo ocupado, debo ver unos asuntos con la Reina… pero estaré aquí cuando sea el Tea O'clock; corregiremos eso y beberemos algo de té -
El niño suspiró por enésima vez, manteniendo esta vez una mueca y balanceando sus cortas piernas. No le gustaba tener que hacer aquello; el inglés era un idioma difícil, ni siquiera comprendía porqué utilizaban un abecedario tan extraño, y Arthur no le dejaba pronunciar dos palabras sin corregirle el tono con que lo hacía. Habían pasado pocos años desde su estancia permanente en el Reino Unido; debido a su corta edad tan física como mental, Arthur había llevado a Xian a vivir con él a su mansión, dejando sub-encargados del puerto asiático hasta que el mismo Hong Kong estuviese en condiciones de realizar ciertos trabajos por sí solo. La mayor parte de esos trabajos eran cuentas, intereses y ganancias que, aunque ciertamente era muy costoso tener una colonia tan lejos del Imperio, el puerto le retribuía con el doble en monedas, lo que hacía que el rubio y su Reina realmente se interesasen en el territorio, dándole un cuidado y una atención que a muchas otras de sus colonias, no les daban.
Y aunque a él le molestase y a veces deprimiese el hecho de tener que adaptarse a aquella cultura, aprender su idioma y realizar sus costumbres, la verdad era que aprendía muy rápido. Físicamente no debía tener más de nueve años, pero en tan solo año y medio de estancia allí ya podía comprender las conjugaciones y los tiempos, además de haber memorizado el vocabulario y, principalmente, el extraño abecedario. Pasar de escribir kanjis con tinta y pincel a escribir letras con pluma y tintero realmente era raro. Aunque el idioma no era todo lo que le había perturbado.
¿A sus ropas? Adiós. Desde que se había ido de la casa de China, Arthur se había encargado de confeccionarle un tipo de ropa muy desigual: camisas blancas que se cerraban a la mitad y tenían volados tanto en las muñecas, como en el cuello y el centro; chalecos sin mangas de colores beige, marrones y verdes, todos con cuello de corte en 'V', y cuando no usaba de esos, usaba algo que Arthur llamaba 'tirantes' que solían ser casi siempre marrones o negros, y se ajustaban al pantalón, aparentemente para que éste no cayera.
Daba vuelta las hojas del libro, buscando completa una de las oraciones con una palabra que no conocía e intentaba buscar; aunque con la cantidad de contradicciones que tenían los británicos (diciendo algo de una forma, y aplicándolo de otra según la ocasión), no estaba muy seguro de que fuese la correcta. En eso su mano izquierda aflojó el moño negro que traía al cuello. ¡Ah! Esa era otra cosa… es decir, ciertamente él había sido casi un 'regalo', o mínimo 'algo' cedido pero… ¿acaso Arthur se creía que era un perro? ¿Por qué le ponía moño? Bueno, el rubio también usaba uno, aunque era algo más delgado… y ni que hablar de cuando le daba por usar corbatas. Porque nooo, no son esas corbatas que ustedes conocen, gente del siglo XXI; las corbatas de aquella época distaban bastante de las actuales.
Eran más grandes, a veces más bien parecían pañuelos o bufandas, y se ataban alrededor de todo el cuello con un nudo al final. Xian se preguntaba si eso no sería algún tipo de deseo inconciente de ahorcarse.
Por fin había terminado. Al parecer, quien dijo que los niños son fáciles de 'adiestrar' no estaba del todo equivocado; no era tan difícil enseñarle trucos nuevos a un veloz cachorro como sí lo era con un perro viejo. Se levantó del asiento y acomodó los diferentes libros en su lugar; la obsesión del británico con el orden y la limpieza afortunadamente era algo que no había chocado tanto con el menor, que por naturaleza era ordenado.
Salió de la biblioteca llevándose bajo el brazo solamente el cuaderno y el libro donde tenía los deberes y ejercicios que Arthur le hacía hacer, caminando por los largos pasillos hasta llegar a su habitación, guardarlos y luego salir a recorrer el lugar como hacía desde que había llegado. La casa del de ojos claros no tenía ni una sola esquina que siquiera s asemejase a la casa de Yao; tenía una estructura muy particular, y pareciera como si lo antiguo y lo novedoso (que Arthur llamaba elegante) se mezclaban en cada pasillo y salón. Solo bastaba con darse alguna caminata por cualquiera de los pasillos y ver, como a medida que pasaban las épocas, un nuevo cuadro se añadía a esa ENORME colección. Por lo que el Imperio le había comentado, el más antiguo de esos años estaría por cumplir alrededor de mil años; esa cifra no era 'sorprendente' para él ni mucho menos, Yao le ganaba por tres mil más, peor sí le sorprendía que mantuviese con tanta devoción varios de esos cuadros, exhibiéndolos sin problema, aunque en su mayoría en los pasillos internos de la gran mansión.
Los tipos de decoración eran mayormente 'isabelinos', es decir, del gusto de la Reina Elizabeth, aunque Xian no la había conocido (y según la fecha, ni había nacido), aunque las salas más modernas se encontraban hechas al estilo de Victoria, la actual soberana a quien él conocía bastante bien; una mujer que aunque fuerte con él era amable… Claro que, no estaba seguro si era amable con él, o con el dinero que él le daba.
Y en general, toda la arquitectura era diferente; grandes columnas de diferentes materiales, pero todos de un derivado de la piedra, predominantes los colores claros en vez del color hogareño de la madera o colores oscuros y fuertes de decoración china, hasta el más ínfimo detalle allí era diferente, incluso la forma. La mansión donde Arthur vivía tenía forma 'rectangular', sin el techo triangular oscuro que le daba estilo de gran templo a la enorme casa de Yao, aunque al menos se parecían en algo, y eso era el tamaño.
- Aún falta un rato…-comentó el menor en voz baja y mirando hacia el reloj de péndulo que se encontraba en su habitación, el cual marcaba unas dos horas faltantes hasta las 5 pm, horario en que el británico volvería cual religioso devoto a celebrar la ceremonia del té diaria. Caminó hasta el pequeño balcón que tenía al final de su habitación, cerrando la puerta y apoyándose en la baranda de metal sumamente trabajada que evitaba que uno se cayese estrepitosamente hacia abajo, considerando que estaba en un segundo piso, y una vez allí apoyó sus brazos en él, hundiendo un poco su cabeza entre ambos y mirando hacia el cielo.
Estaba nublado, gris y ya se podía imaginar lo que vendría después; nunca había visto un clima tan húmedo, sobre todo porque Hong Kong era un lugar sumamente caluroso, cercano al trópico, mientras que Beijing tenía un clima un tanto más dividido, pero nunca tan mojado. Xian suspiró, miró hacia atrás y caminó dentro de la habitación para volver al balcón y sentarse en una especie de gran silla o sillón, con su panda de peluche entre brazos, aquel que se había llevado entre otras cosas, para recordar. El realmente no odiaba a Arthur, incluso podría estar tomándole cariño al pasar el tiempo… pero extrañaba a Yao.
- Ya son diez años…-su rostro se hundió en la cabeza del panda, aunque se ensombreció un poco, viéndose aún más serio primero y más resignado al final. Habían pasados diez años… sólo faltaban unos 90.
De alguna forma, comprendía el porqué de las cosas, que habían terminado tan mal; pero eso no implicase que no le doliesen o le enojasen, repartido aquello entre más de una persona. Se encontraba profundamente molesto con quien ya no era, técnicamente, su Emperador, ese que lo había entregado y vendido sin problema alguno ni bien vio lo que le costaría la guerra al Imperio. Había tenido también, sobre todo en los primeros cinco años, bastante rencor contra Arthur por supuesto; el causante principal de todo eso. Y hacia Yao… la primera sensación infantil que le había quedado, era la que había tenido cuando el mayor le explicó todo aquello, es decir, una sensación de abandono que le persiguió y a veces la perseguía sobre todo entre sueños; porque siendo o no uno de aquel 'grupo' en donde representaban algún país o zona, donde crecían y maduraban diferente a los humanos normales, seguía siendo un niño que, como cualquiera, fácilmente caía ante el miedo y la desesperación. Sin embargo, siempre que llegaba a pensar que su hermano le había dejado tan 'fácilmente', era cuando recordaba lo lastimado que estaba… y quizás era inocente, también por ser un niño, pero él no quería culpar a Yao de eso.
Prefería pensar, que era quien le había defendido, y cuidado, como siempre lo había hecho…
- ¿Xian? Wake up Xian. What are you doing here? It's raining. –el de ojos verdes, que había vuelto tal y como lo había pronosticado para tomar el té, ahora se encontraba semi agachado al lado de aquel sillón, moviéndole por un hombro pues, aparentemente, se había quedado dormido.
- ¿Uhm…? –el menor fregó uno de sus ojos con su pequeña mano cerrada en puño, alzando su mirada y viendo a Arthur que le miraba entre preocupado y confuso.
- ¿Qué te pasó? Si tenías sueño te hubieses recostado, llegué justo para mover el sillón contigo o estarías empapado –comentó el británico, haciéndolo en un tono que Xian ya había catalogado como 'te regaña y a la vez se alaba a sí mismo'.
- Lo siento, no me di cuenta –se disculpó aún manteniendo el peluche en brazos y entrando a la habitación siguiendo al mayor. Bostezó un poco, y recién abrió los ojos cuando Arthur pronunció aquellas palabras… esas a las que tanto les temía.
- Bueno, ni bien terminemos de beber algo de té, me acompañarás a cocinar algo, ¿de acuerdo? Te enseñaré a hacer flan de vainilla –comentó el otro, con una sonrisa feliz y animada que al niño le asustaba. ¿Qué no lo había comentado? Más de allá del idioma, la ropa, la cultura y todo lo que conllevase… lo más difícil desde su llegada hacía diez años había sido la supervivencia que rondaba en una sola pregunta dentro de la mente de un chico que siempre estaba hambriento.
"¿Morir de hambre o envenenado…?"
- ¿Realmente es…necesario, señor? Creo que está bien de comida por ahora, en verdad…-había intentando hacer todo el tiempo posible, retrasándose un buen rato en terminar de beber el té y comer algunos de los pastelitos y scones que estaban dispuestos (a los cuales, lastimosamente había tenido que acostumbrarse al darse cuenta que los comería todos los días los próximos cien años), pero de nada sirviéndole el retraso ya que casi a las siete de la tarde Arthur le llevaba hacia la cocina, informándoles a los chefs que sólo se encargasen de la cena esa noche. – Además, es tarde ya, deberíamos cenar y…-
- ¡Nada de eso! Yo te prometí que te lo enseñaría, y un caballero como yo no puede faltar a su palabra –el rubio tenía sus manos en su cintura, una pose que Xian acostumbraba mirar bastante seguido, y hablaba con aquel deje de orgullo prepotente típico. "Bueno… no puedo faltar mi palabra en esto" Aclaró en su mente, sonriendo de medio lado y dejando caer una gota, carraspeando ante sus nervios.
Y entonces comenzó una nueva tortura, que se repitió con los mismos y exactos pasos en los que ocurrieron con anterioridad, en los pasados diez años: Arthur cocinaba, terminaba el plato luego de enseñarle a Xian con unas MUY desproporcionadas cantidades, y finalmente se lo daba a probar, resultando de la sesión de cocina una especie de masa gelatinosa con forma de flan, pero con todos los bordes y la parte superior negra, quemada. Hong Kong, usando su máxima fortaleza lo probó sin expresar reacción alguna; se levantó de la silla y se fue hacia la cocina, ante la mirada confusa del rubio, y luego de un par de horas más en que no le permitió entrar al de ojos verdes al lugar (amenazándolo con tirar algunos petardos en la Sala Azul, donde la Reina hacía sus fiestas), el niño salía con una bandeja en manos, caminando con cuidado y mirando al frente con la misma cara de póker que había tenido antes.
Los ojos de Arthur casi brillaban de sorpresa y emoción al probar el resultado de ahora, que era la misma receta solo que hecha correctamente; es decir, el flan se veía como un flan y, además, sabía a flan.
Y como ése pasaron muchos días, que se convirtieron en semanas y pasaron a ser meses, para finalmente transformarse en años. De esa forma, sin saber lo que ocurría en los últimos años del siglo en el Este de Asia, Xian llegó hasta el siglo XX, cumpliéndose entonces cuarenta años de su estancia allí.
Por supuesto, para llegar a ese momento, antes debió pasar por cierto otro…
- ¿Es decoración del árbol de Navidad? -preguntó el pequeño, un par de meses después de aquello, mirando el pino cortado de ese año que, a diferencia de los otros, tenía en todo su alrededor una especia de 'serpiente' (o algo que recordaba a una) pero de muchos papelitos de colores brillantes de color dorado, que tenían cierta textura algo mullida, decorativa. Arthur sonreía orgulloso ante el decorado, que se había puesto de modo en Inglaterra junto al muérdago, aunque éste era más antiguo.
- ¡Así es! Son largas colas que se enredan alrededor del árbol, ¿qué te parecen Xian? ¿Acaso no se ven bonitas? Si quieres, puedes poner una tú también –con sus manos en la cintura, caminó hacia una mesita baja cercana, y levantó una caja de cartón, dejándola en el suelo. Estaba llena de esa clase de decorados, puesto que las esferas y la estrella del árbol ya estaban colocadas; Xian había tenido su primera Navidad allí, puesto que al parecer en China no se festejaba en aquel momento, y mucho menos se cortaban árboles.
- Entonces… ¿se puede colgar cualquiera de esa forma y que lo rodee? –quiso asegurar, quedándose pensativo y tocando una de las coloridas esferas a las que se había tenido que acostumbrar (junto al traje y la barba blanca que Arthur usaba en esas épocas).
- Sí, cualquiera de ese tipo. Bueno, ¿por qué no colocas algunas? Yo debo ir a arreglar las decoraciones del comedor y el vestíbulo, quizás también algunas habitaciones, uhm…-miró hacia arriba y sonrió, dejándole la caja a mano.- ¡Cualquier cosa me avisas! –sonriente, el rubio se retiró dejando al chico allí, que se quedó examinando un buen rato el árbol y luego se fue. Tardó unos quince minutos, y volvió con una tira que podía 'enroscarse' y rodear al árbol de la misma forma en que aquella cosas, de color rojo. Debió colocar una silla para subirse y acomodarla, bajando un rato después y mirando su obra; escuchó la voz de Arthur cerca y miró hacia atrás, mientras mantenía un cordoncito blanco en su mano y un fósforo en la otra.
- ¿Pudiste colocar algo y-…? ¡¡Waah!! ¡¿Q-qué es eso?! –chillando, el europeo corrió hacia el árbol lo suficientemente rápido como para quitar aquello, que no era nada más ni nada más que una secuela de fuegos artificiales (que no sabía de dónde había sacado), aunque no tan rápido para que no terminasen prendidos, por lo que los lanzó al primer costado que encontró, explotando éstos y, de paso, algunas ventanas.- A-ahh… ¡ahhh! ¡¡HONG KONG!! –Tapándose los oídos y pegándose a la pared bastante asustado, miró acusador al chico que se había quedado pestañeando sorprendido, pero sin decir nada.- ¡¿C-cuántas veces tengo que decirte que dejes de tirar esas cosas dentro de la casa?! ¡Y…y fuera también! –Sufriendo un tic nervioso mientras hablaba, se sacudía el polvo que le había caído encima, teniendo parte del cabello lleno de él al igual que la ropa, y yéndose mientras protestaba.- ¡Debería maldecirte para que aprendas! –dando zancadas y yendo rápidamente a limpiarse y traer algo para limpiar ese desastre (puesto que en vísperas de Navidad, no podría pedirle a su mayordomo), amenazando con cosas que al chino le sonaban ilógicas y extrañas, pareciendo más venir de alguien que creía en las hadas que de un Imperio.
Por supuesto que el de ojos ámbar no esperaba que algo como eso pudiese cumplirse. Y fue recién al otro día (el día de Navidad, y luego de obviamente haber tenido que ayudarle a limpiar), que a levantarse, no notó nada extraño… hasta que fue al baño.
- ¿Uh…? –adormilado, se refregó un ojo mientras se lavaba el rostro, comenzando a aclarársele la vista y quedándose duro, poniéndose pálido paulatinamente y pasándose un dedo por sobre los ojos.- ¿Q-qué…? ¡¿Qué es eso?! –levantando su voz y dando un paso atrás, se quedó mirando a su joven reflejo en el espejo que, igual que él, poseía ahora unas cejas un tanto… peculiares, que estaba seguro Yao no tenía.
¿Acaso sería que estar con Arthur, tenía efectos secundarios?
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"La Alianza Anglo-Japonesa."
"¿Japón? ¿Q-qué hace él aquí…?"
Okay, y porque las personas normales duermen en la noche, Xian no había estado presente en lo ocurrido durante todo el día anterior.
Temprano, Arthur había partido por orden de la Reina y algunos consejeros de ésta que le aseguraron al rubio que, por mucho que fuese el Imperio Hegemónico del mundo, no podría estar siempre peleando solo contra las otras potencias en expansión y por ello, necesitaba un amigo. Claro, eso representó todo un dilema para él, que desde siglos anteriores, cuando incluso el mismo Alfred era apenas un niño (cuando no era malagradecido), el idiota de Francis y a veces también Spain solían burlarse de él por ese detalle. El eternamente 'sin amigos', que tenía muchas dificultades para hacerlos.
Xian apenas comprendió a donde iba y prefirió no darle mucha importancia cuando Arthur empezó a protestar y despotricar, lo único que le llamó la atención fue verlo irse con un ramo de flores. ¿Desde cuándo tenía novia? Por supuesto, el niño ni idea tenía de los últimos movimientos de Rusia, que parecía tener no muy buenas intenciones hacia los territorios de China y Japón, evidentemente pretendiendo expandirse y… Arthur sabía que detenerlo, sería imposible si estaba solo. De allí salió esa loca idea de 'hacer amigos'.
- No tengo nada en contra de 'hacer amigos' pero… realmente no tengo idea de qué debería hablar con Alemania… Aparte, incluso como signo de amistad, ¿por qué rayos yo tenía que comprar un ramo de flores… pa-para Alemania? –El rubio hablaba sólo y en voz semi baja, protestando y despotricando bastante lleno de vergüenza, sacudiendo la cabeza al estar en frente de la casa del alemán.- ¡…Pero, ahora que he llegado hasta aquí no puedo volver atrás! Bien, hagámoslo…-Finalmente avanzó por el pórtico y dio dos golpes a la puerta, recibiendo respuesta instantáneamente, cuando el de cabello hacia atrás salió de ella.
- ¿Qué? ¿De qué se trata tan temprano en la mañana? –el germano ni siquiera había mirado quién era el visitante, pero ya reclamaba con un tono bastante agrio, ante la cara atónita del inglés que, a juzgar por su mirada, ni siquiera esperaba que le abriese.- ¿Reino Unido? Tú, ¿por qué…? –
- ¡H-hey, Alemania! No me importaría que nos hiciésemos amigos, e-estaría bien si…-
-… Paso –Y tan rápido como salió, el ojiazul esta vez cerró la puerta en su cara, recibiendo una esperada reacción.
- ¡H-HEY! ¡¡Espera un segundo!! –los golpes se reanudaron más fuertes que antes, y mucho más seguido, mientras las protestas y balbuceos del británico salían de su boca.- Ngh…-espera… ¡OYE! –siguió gritando hasta que el cerrojo se volvió a mover, retrocediendo algo asustado con su cuerpo mas no con sus piernas, por cuestión de orgullo.
- ¡¡Silencio!! ¡Eres demasiado ruidoso! A ver, ¿cuál es tu problema? –
- ¡Ya lo he dicho! Hacernos amigos-…-
- ¿Y por qué yo debería ser tu amigo? ¡Dame una razón consistente en 5 segundos! –
- E-eso es porque… bueno, ¿sabes…? –Tartamudeando, el mayor de los dos tragó saliva y lo miró más fijamente, con una mueca llena de prepotencia y orgullo.- Por mi bien –
- Entonces, no es por mi bien –Puertas cerradas (o azotadas), una vez más.
- ¡O-oye…! –eso fue lo último que pudo expresar, antes de verse en la necesidad de buscar algún nuevo rumbo o destino; pero la decisión de hacerlo fue más difícil de lo que había pensado.- Damn it, Germany bastard… en el pasado, incluso tu Rey se mudó a mi país…-aún protestando, se detuvo a mitad de su discurso para pensar en las opciones, comenzando a hablarse a sí mismo de una forma muy rápida y poco entendible.- Francia está fuera de cuestión. Quiero que Rusia muera. Dudo ser capaz de ser amigo de la Triple Alianza –continuaba hablando al mismo ritmo, refiriéndose con aquél último a Austria e Italia, que se encontraban aliados con Alemania.- No creo poder tener ninguna ventaja si me alío a los Bálticos. Suiza parece ser una causa perdida…Entonces, están Holanda y Bélgica.......-
Los pasos de sus botas de cuero se escucharon al chocar contra el verde pasto y las pequeñas rocas del camino; luego de mucho pensarlo y ver el curso de las cosas, finalmente había decidido probar suerte con Japón, aunque el camino para llegar hasta allí había sido algo largo, pero pudo tomarse un pequeño descanso al pasar por la India y posteriormente por Hong Kong.- Uhmm… bueno, es cierto que Japón se ha hecho increíblemente fuerte en tan solo las últimas décadas pero…el Este y el Oeste realmente tienen muchas diferencias, me pregunto si aceptará…-cabizbajo, se encontraba con los brazos cruzados y suspirando cada tanto, cansado, y estresándose ante aquel último pensamiento.- S-si él me rechaza, no quiero convertirme en el hazmerreír del mun-…-no pudo terminar su monólogo consigo mismo cuando de pronto la puerta corrediza de madera frente a la que estaba parado se abrió, llevándole más que un susto, sobresaltándose en su lugar.
- ¡¡W-…WAH!! ¡Tú! ¿Qué quieres? ¡Dime tu nombre! –chillando desconfiado, se había atajado con sus manos, mirando al joven que había aparecido frente a él.
- ¿Sí…? Yo soy Japón. Estaba parado aquí fuera frente a mi puerta desde hace rato, así que…Uhm, usted es el Reino Unido, ¿verdad? –
- E-eh…ah, sabes mi nombre…- el rubio le miró estando más tranquilo, aunque aún bastante sorprendido, balbuceando.
- Naturalmente. Ah… no hablemos estando aquí afuera… pase por favor –
- Oh… está bien – Dicho y hecho, el británico entró a la extraña y curiosa casa, sin poder evitar mirar a cada lado de ésta cuando fue conducido hacia una mesa pequeña baja, viéndose obligado a sentarse apoyándose sobre sus rodillas, y sufriendo un entumecimiento en su espalda que sabía más tarde le dolería. Kiku le trajo algo de té a los minutos.
- Aquí tiene, hice algo de socha –
- ¿Socha? – "¿Qué demonios es 'socha'? Pero este color verde es té japonés… si no me equivoco, ¿un nuevo tipo de bebida o… alguna clase de misterio Oriental?" Con la cabeza metida en lo místico y misterioso, se quedó mirando el color verdoso del líquido hasta que el japonés delante suyo se extrañó al no verlo beber, preocupándose un poco.
- Etto, Igirisu-san… ¿usted odia el té? –
- ¡Ah, no! Jeje, p-para nada. Estoy seguro de que me gustará…-le dio un sorbo bastante largo a la bebida, cerrando sus ojos y abriéndolos al final, algo sorprendido, y viendo confuso la taza de forma extraña y luego al japonés.- Ah, pero… el té japonés no es dulce…-
- ¿D-dulce? – "Pero, no creo que usualmente el té sea dulce…" – Ah, quizás, ¿no es de su gusto? –
- Oh no, no es eso, para nada. Está perfectamente bien así como está –sonrió algo torpe por hablar tan rápido, sin querer arruinar la única conversación afable de más de medio minuto que había mantenido con algún otro país, y se alegró al ver cómo, precisamente, el chico de ojos tan profundos y oscuros parecía aliviarse, agradeciéndole en palabras y dejando al rubio más distraído, sorprendiéndose al notarse así y prefiriendo ir dándole forma al asunto que iba a tratar.- Uhm, he oído los rumores acerca de ti… 'Una Isla Asiática que se ha manejado para hacerse fuerte en tan solo unas pocas décadas'. Me gustaría oír tu opinión como dicha nación –
- ¿Mi opinión…? Bueno, supongo que debo establecer relaciones con quienes son mis iguales. En un mundo tan grande como el nuestro es imposible manejarse sólo… y, hablando de éste tema, he estado un tanto preocupado ante la reciente conducta que ha tenido Rusia-san. Y para lidiar con ese problema, la comunicación con otros países será fundamental –el de cabello oscuro sorprendió bastante al más joven al pronunciar tantas palabras de golpe, en comparación a las pocas que había dicho hasta el momento, fuera de que considerase aquella opinión, como sumamente razonable.- Sin embargo… yo he estado viviendo por mi propia cuenta desde hace mucho tiempo; y siendo honesto y en particular, realmente no tengo idea de cómo son las cosas en América o Europa –
- ¿En verdad…? ¡Bueno, entonces la próxima vez ven a mi casa! Yo te enseñaré todo –ofreció el otro, volviendo a sonreír bastante afable y amable, como resultaba ser cuando no se le provocaba para lo contrario.
- Se lo agradezco mucho. Si yo fuese capaz de hacerme amigo de una persona de su talla, Igirisu-san, me sentiría mucho más tranquilo –Japón lo pronunció como si fuese poca cosa, pero la palabra resonó en la mente del británico varias veces, borrándole la sonrisa y sorprendiéndole al tope de sonrojarlo, entorpeciéndolo y poniéndolo bastante nervioso.
- ¿A-amigos…? ¡A-ahh! S-sí, por supuesto, uhm…-sin saber dónde meterse, le dio un hondo sorbo a la pequeña taza de té que tenía entre manos, terminándosele justo cuando, no mejor dicho, lo salvó la campana. Se escucharon unas pocas campanadas que anunciaban el anochecer, tomando por sorpresa al británico que miró el reloj enseguida.- Oh, ¿ya es tan tarde? Jeh, me disculpo por haberme quedado tanto tiempo. Creo que ya es hora de que vuelva a mi hogar –
- Sí, por favor tenga cuidado. La próxima vez yo ire a su hogar; también tengo muchos deseos de escuchar sus historias, Igirisu-san –
- Uhm, ¿en verdad…? ¡Bien! En ese caso, prepararé unos deliciosos scones y té negro para cuando vengas –sorprendiéndose primero, se sonrojó un poco y al final sonrió con confianza y seguridad, llevando una mano a su cintura mientras se levantaba del asiento, sonándose un poco la muy contracturaza espalda. Pero ahora y por primera vez, el más sorprendido no era él.
- ¿Té negro? ¿Acaso hay otros tipos de té en su hogar? –
- Oh sí, tienen un color más oscuro, y también ponemos azúcar en él –
- ¡¿Azúcar en el té?! –la sorpresa y el exalto que pronunció el japonés descolocaron al británico, que ya lo veía absolutamente como a una nación de lo más tranquila.- Ah… como me lo esperaba, la Cultura Occidental es muy compleja –
Arthur no pudo evitar que se le escapase una risita ante los cambio repentinos del otro, tragando saliva más que nada porque se sentía nervioso al pensar que podían ser amigos, aunque mantenía siempre su porte; el orgullo del más poderoso de todos no podía sucumbir.- Ejeh, importamos gran cantidad desde la India, asi que… ¡Oh! Cuando vengas no olvides traer un paraguas y algún traje para lluvia. En mi hogar el clima es muy húmedo y sería problemático si pescas un resfriado –
- Lo entiendo, muchas gracias por preocuparse. Estaré esperando por la ocasión en que pueda visitarlo –
De esa forma, aquellos dos terminaron en la situación de la que Xian se enteró al día al siguiente; aparentemente, esa misma noche al volver, el jefe de Japón pretendió establecer una Alianza con el ruso al que Arthur se enfrentaba, y Kiku mismo fue de última hora al Reino Unido, buscó a Arthur y le pidió firmar una Alianza en ese mismo instante, a lo que el británico, luego de la depresión que le sobrevino antes al pensar que serían enemigos y volvería a estar solo, aceptó gustoso (adjudicando que sería solo 'por su bien'), decidiéndose a firmarla al día siguiente y, por la hora, invitando a la nación mayor pero más baja a quedarse en su mansión.
Fue recién al otro día que, al despertarse Xian y salir de su habitación para bajar al comedor principal donde desayunaban usualmente Arthur y él (y el joven Canadá o la pequeña Seychelles cuando se quedaban allí), se encontró con una persona sentada allí que no se esperaba, y a su rubio dueño en la cabeza de la mesa, como siempre solía estar.
- ¡Oh! Hong Kong, estábamos esperándote. Mira, él es Japón, él y yo formaremos una Alianza y seremos a-amigos –anunció el de ojos verdes, aún costándole pronunciar esa palabra que tanta vergüenza le daba pero que tan bien sonaba cuando Kiku la pronunciaba con naturaleza. Arthur no tenía idea de que esos dos se hubiesen visto, pues para él, eso de 'familia asiática' era casi un cuento; ¿cómo podía existir familia entre quienes no eran del mismo país y, siendo Japón una isla, ni siquiera eran limítrofes? Era el equivalente a pensar que el imbécil peludo bebedor de Francis era su hermano. Algo completamente terrorífico e impensable por supuesto, que ese debilucho fuese co sanguíneo suyo…
- Hong Kong-kun, ha pasado tiempo... veo que has crecido satisfactoriamente en manos de alguien como UK-san, como era de esperarse –saludándolo con aquel aire siempre formal y educado que llevaba, el japonés semi sonrió al chino que, frente a él, se había quedado quieto y atónito. Su cuerpo tenía seis años la última vez que vio a aquél, tres años menos que ahora, peor aún así se sintió feliz, en el fondo, de ver aunque fuese a uno de los que eran su primera familia. Lo que sí le extrañó (aparte de su presencia), eran los elogios que hacía hacia Arthur, cuando no recordaba que fuese muy elogiador, al menos con China.
- Ah, Japón -bajó su cabecita en señal de respeto y saludo, yendo a sentarse luego a su lugar que era el opuesto al que Arthur le había ofrecido a Kiku.
- Vaya, no sabía que se conocían tan bien… verás Xian, Japan y yo nos hicimos aliados para poder evitar cualquier truco sucio por parte de Rusia hacia el territorio del este asiático –explicó el europeo, hablándoles con cierta inocencia al no tener idea de cómo eran las relaciones de parentesco entre esos dos, fuera de que ambos tenían una mirada muy particularmente similar. Le gustaba hacer partícipe de algunos comentarios y eventos al niño, principalmente porque su objetivo era prepararlo y poder mandarlo a su hogar para que se encargase de la administración, sin tener que estar yendo él hasta Hong Kong cada dos meses como regularmente se veía obligado. Por supuesto no decía los detalles más importantes; como que Kiku defendería a la India en caso de ser atacada, y menos comentario los beneficios extra que su Reina había pedido, dejando a Japón en una posición que, si bien era ventajosa (pues el Imperio más grande le abría todos los caminos con tal de hacerlo crecer), a la vez le dejaba con un status de 'semi colonia', casi como un ayudante del rubial.
La razón por la que Kiku lo había aceptado era, en gran parte, que estar al semi servicio del británico no le presentaba ninguna molestia, en comparación a las ventajas que obtenía y lo que aprendería.
- Comprendo –el menor asintió, mirando con su típica seriedad el desayuno que ponían en frente suyo y comenzando a comer luego de que el rubio diese las gracias. Los desayunos británicos eran la mejor comida de todo el país.- Entonces… si esa persona atacaba, uhm… ¿Qué no atacaría primero a China? –con la poca comprensión que tenía del mundo, preguntó aquello sincera e inocentemente, pues si bien no conocía a Rusia sabía que era vecino de China. No comprendió las expresiones algo incómodas que adoptaron los dos mayores, principalmente Arthur, conciente de que nunca le había mencionado lo que había ocurrido siete años atrás, durante el conflicto entre Japón y China.
Pero antes de que pudiese volver a preguntar algo, Arthur rió, pretendiendo cambiar el tema y siendo interrumpido por Kiku, que miraba con su rostro inexpresivo a ambos, y se dirigía como si nada hacia el chiquillo.- Bueno, probablemente; sin embargo, soy yo el que busca una alianza debido a que dependiendo de mi desempeño corren riesgo varios pequeños y… bueno, no quisiera que se repita lo que te ocurrió a ti –la forma en que lo dijo se podría haber descripto como sutil y a la vez como brusca; brusca porque no tuvo decoro alguno en decírselo, aunque fuese, de la forma en que Kiku lo pensaba, y sutil, porque no le había dicho directamente que en los últimos siete años tanto su melliza como los dos coreanos habían pasado a sus manos, o que para ello había tenido que lógicamente a Yao.
El japonés debía contar con algo existente, y es que quizás por su seriedad nata, el chico entendía bastante rápido, tonto no era sino lo contrario, y su comprensión se vio reflejado en el rostro de sorpresa que mostró, abriendo los ojos como platos primero, y balbuceando cosas mientras intentaba acomodar las piezas sin tener que volver a preguntar pues, de todos modos, en ese momento su voz no le salía. Frunció el seño y tembló un poco, viéndose molesto, aunque bastante frío. – Entonces… Mei, Yong y Hyung gestan contigo porque… traicionaste a Yao –comentó el chico, viéndole con una fría inexpresividad muy similar a la misma que Kiku adoptó entonces, alzando un poco las cejas pero sin decirle nada, cerrando sus ojos unos momentos. No se molestaría en explicarle sus razones al pequeño chino, si tampoco se las había explicado a Yao. Sin embargo, sus razones eran lógicas… si Yao no había podido con el Occidente, por nunca preocuparse de ello, ¿qué no sería correcto que quien se encargase de la crianza de los más pequeños fuese alguien capaz de hacerlo? Para el Jefe de Japón, su gente y él mismo, si los pequeños coreanos y Mei seguían en manos de China, seguramente sufrirían el mismo destino que Hong Kong muy pronto, y especialmente su Jefe consideraba esa opción como despreciable. No quería más extranjeros en el continente.
Y el niño no tardó en volver a alzar la mirada, mostrándose igual de serio que antes pero estando a punto de lanzar otro comentario cínico que buscaría ser hiriente; los niños de por sí tenían el defecto de ser sinceramente crueles, y éste ya era bastante más directo de lo normal. Mirándole, Arthur lo notó e intervino enseguida, levantándose y tomando al niño del brazo mientras miraba algo apenado al japonés, avergonzándose.- Ahh, disculpa Japón, lo regañaré un poco…-se disculpó mientras asentía aunque Kiku sólo asintió, sin realmente verse afectado. No le extrañaba mucho esa reacción por parte del chico, que siempre había sido tan dependiente de Yao; aunque suponía que incluso protestando, no podría negar que su hermana no se encontraba mal.
Xian no volvió a decir nada mientras Arthur le llevaba hasta fuera del comedor, se agachaba y le miraba con aquella mueca que tenía tintes de niñez.- ¡Hey, Xian! ¿Qué estás haciendo? Tú siempre has sido un niño muy maduro, ¡no me pongas en vergüenza! Además, en temas como esos solo deben intervenir los adultos…oye, ¿me estás escuchando? –miró confundido al menor al ver que éste miraba hacia el suelo con una mezcla de enojo y tristeza, pero ante su pregunta, solo se quedó cabizbajo y algo tristón hasta que al final asintió, mirándole solo al poder adoptar aquella expresión en la que el rubio no podía adivinar lo que pensaba. Sonrió al ver aquello, pues creía que era signo de que estaba mejor.- Bien, entonces volvamos; debes tener hambre –le comentó, regresando al comedor con el menor siguiéndole, aunque éste aún algo cabizbajo.
Realmente él no sabía de traiciones, batallas o guerras…, por muchas artes marciales que supiese, un puerto pesquero jamás estaría hecho para lo bélico, pero lo que le molestaba no era eso sino que… sin ninguno de ellos cuatro, y careciendo también del apoyo de Kiku entonces… China debía estar, en ese mismo instante, mucho más que solo.
