Capítulo 4: El despertar del novato

Los rayos del sol contrajeron fuertemente las pupilas de Momoshiro, y cuando la palma de su mano tapó toda luz proveniente del astro mayor, su mente se clarificó más que nunca. Por encima de todas las cosas, Momoshiro Takeshi era un hombre leal, y dejar a un amigo herido no era una de sus cualidades; estaba convencido de que enfrentar a esos matones por el honor de Ryoma era lo que debía hacer. Al girar su cabeza confirmó que no era el único que pensaba de ese modo. Los ojos café de Kaidoh Kaoru expelían la misma seguridad y confianza que los de él.

—Estamos haciendo lo correcto —afirmó Kaoru en un susurro, y Momo asintió, dándole la razón.

Al cabo de unos minutos de una incesante caminata de pasos largos, los mayores finalmente alcanzaron a los chicos de segundo curso. Tezuka les lanzó una mirada tan dura como extraña, mientras todos los regulares se dirigían con paso firme y apresurado hacia la escuela Kakinoki. Después de lo pronunciado por Kaidoh nadie más habló, pues no sentían la necesidad de hacerlo.

Los murmullos se instalaron en la entrada de la escuela cuando los titulares del Seigaku, veinte minutos después de haber emprendido el viaje, llegaron y se pararon de forma desafiante frente a todos. Los estudiantes del Kakinoki, por supuesto, ya estaban enterados de lo ocurrido; los chismes en las escuelas secundarias corrían como la pólvora.

Un chico bajito y rechoncho comenzó a sentir nervios al ver los rostros decididos de los regulares por lo que, cuando habló, sonó desesperado.

—¡Q-Que alguien llame a Kiichi-senpai!

Uno de sus amigos le hizo caso y salió disparado hacia la parte trasera de la escuela, lugar en donde se encontraban las canchas del equipo masculino de tenis. Solo cinco minutos bastaron para que todos los titulares de esa institución hicieran acto de presencia. El silencio se mantuvo tenso y las miradas de los espectadores estaban situadas entre la curiosidad y la impaciencia. Finalmente, el encargado de terminar de una vez por todas con esa espera fue Kiichi Kuki.

—¿A qué se debe el maravilloso honor de tener a los regulares del Seigaku en nuestra escuela?

Sus ojos chispeaban y sus palabras fueron escupidas con una sorna y un odio que solo reservaba para aquellos a los que realmente detestaba. Su mirada chocó con la de Tezuka, y su indignación creció todavía más al darse cuenta de que él no tenía el más mínimo interés en su persona.

—Estamos aquí por un motivo muy simple —dijo Kaoru de repente, con una seriedad impenetrable pero con retazos de tranquilidad que aumentaron la ira de Kiichi a niveles insospechados—. Queremos hacerles una proposición.

Kiichi Kuki alzó una ceja, no entendiendo absolutamente nada. ¿Dónde estaba el odio y las ganas de querer matarlo a él y a todo su equipo? ¿Por qué súbitamente se estaban comportando de esa manera tan… tranquila, tan calma?

—Jueguen un torneo de tenis con nuestro equipo —continuó Momo—. Si perdemos, tendrán toda la libertad de golpearnos hasta que quedemos inconscientes.

Sus ojos se abrieron de par en par cuando el muchacho terminó de hablar. ¿Acaso había escuchado bien? ¿Los del Seigaku les estaban dando la posibilidad de masacrarlos a todos? Una sonrisa sórdida se posó sobre sus labios, y su mirada se transformó en una triunfal.

—¿Y si perdemos? —preguntó, no pudiendo esconder la excitación en su tono de voz.

—No les haremos nada, no nos interesa pelear —intervino Tezuka con tono decidido—. Solo queremos solucionar esto de una forma que todos conocemos: con el tenis.

El capitán no lo podía creer. Ellos les estaban dando en bandeja de plata la oportunidad para hacerlos desaparecer del mapa deportivo de una vez por todas. Tal vez tenían segundas intenciones, pero a estas alturas eso ya no adquiría relevancia. En su mente no había otra cosa más que destrozar a ese equipo lo antes posible. Y luego de eso, la escuela Kakinoki por fin estaría en lo alto del tenis, donde siempre debió estar. Echó un vistazo a sus compañeros, y sus miradas le indicaron que todos aprobaban la propuesta.

—Aceptamos —dijo sin más dilación, con sus ojos centelleando emoción e impaciencia.

—Muy bien —retomó Kaoru—, entonces nos vemos el próximo viernes en las canchas de tenis callejeras a las 6. No tarden —terminó desafiante.

Cuando todos los titulares del Seigaku se retiraron del lugar, Kaoru tardó apenas un minuto en acercarse a Tezuka.

—Lo siento, capitán, quizás debimos consultarlo contigo primero antes de hacer cualquier cosa —dijo agitado, temiendo su rechazo—. Hemos puesto en riesgo a...

Pero Tezuka lo detuvo con un movimiento seco de mano.

—No te preocupes, Kaidoh —comentó sin prisa, con sus ojos posándose por primera vez en los de su compañero—. Pese a que en un principio se han acelerado, pienso que han hecho lo correcto. No hay mejor forma de defender a un amigo que haciendo exactamente lo mejor que sabes hacer.

Pero Kaoru no se sentía enteramente satisfecho.

—Pero ¿y si perdemos?

Tezuka hizo un amago de sonrisa cuando habló:

—No vamos a perder. —Su voz sonó sin ninguna prisa y, sobre todo, sin ni una sola pizca de miedo o indecisión.

El futuro capitán del equipo del Seigaku se hinchó de orgullo al ver que su superior le dedicaba una mirada de aprobación. Después de todo, y pese a ser bastante alborotados junto a Momoshiro, estaban haciendo lo correcto.

Ahora, se dijo Momoshiro para sus adentros, lo peor no sería el partido de tenis de esa semana, sino enfrentarse directamente a lo que Ryoma pudiera decirles.


Sakuno se sentía nerviosa, tal vez demasiado. Estaba a solas en la habitación de Ryoma, sintiendo —de tanto en tanto— su mirada penetrante posándose sobre su cuerpo. Cada vez que eso ocurría, sus pómulos se teñían de rojo mientras que su corazón latía a destiempo. El muchacho, por otra parte, copiaba los apuntes que ella le había traído, y la miraba en cada pausa que hacía. Pudo notar, no sin algo de satisfacción contenida, que ella acariciaba nerviosamente a Karupin mientras sorbía del zumo que yacía en la mesita de noche.

Los dolores en el cuerpo de Ryoma estaban disminuyendo paulatinamente, por lo que ese lunes por la tarde su ánimo había mejorado positivamente. Sin embargo, lo que tenía al muchacho un tanto pensativo era esa extraña y leve agitación en su pecho cada vez que veía a Ryuzaki. Tal vez todo era producto de la intensa medicación prescrita, pensó un tanto abstraído, o quizás era simplemente el hecho de que ella estaba visitándolo mucho estos últimos días.

—Ryuzaki —preguntó de pronto, dejando de escribir y concentrándose en sus ojos carmesí—, ¿por qué lo hiciste?

La muchacha dejó de acariciar a Karupin y tragó saliva.

—No entiendo a lo que te refieres —bisbiseó.

—Por qué me salvaste —aclaró él.

Ella dejó de sentir nervio y, por el contrario, imbuyó su mirada de una incipiente confianza.

—Esa pregunta es demasiado obvia, Ryoma-kun. —Su voz sonó tan segura, que si no hubiese estado tan concentrada en lo que iba a decir, probablemente hubiera dudado de que esas palabras salieran de su propia boca, y con toda seguridad habría tartamudeado—. Porque me importas.

Aquellas tres palabras fueron suficientes para descontrolarlo internamente. Sintió sus ojos escocer, sus manos picar de la emoción y su garganta secarse en un santiamén, tanto que tuvo que tragar. Y si hubiese estado cerca de ser una persona normal, sin trabas y sin esconder tanto sus sentimientos, con toda seguridad se hubiera sonrojado.


El sentimiento de bienestar que había embargado por completo a Ryoma se esfumó de forma tan rápida como inesperada cuando, quince minutos después de aquellas gratificantes palabras, los regulares inundaron su habitación. De pronto, el aire se había vuelto muy pesado, pensó molesto.

—Qué quieren —gruñó, sin ninguna intención de disimular su descontento.

—Lamentamos interrumpir tu cita, pequeñín —dijo Eiji pícaramente, guiñándole un ojo. En respuesta, Ryoma chasqueó la lengua, y Sakuno se ruborizó por completo—, pero tenemos algo importante que contarte.

—Momoshiro y Kaidoh no se han aguantado las ganas —comentó Tezuka en tono impersonal—, por lo que el viernes a las 6 tenemos que ganarle al equipo de tenis de la escuela Kakinoki.

—No tenemos otra opción más que vencer, porque, si no lo hacemos, nos van a magullar tanto o más como te golpearon a ti —añadió Fuji con algo de malevolencia, esperando causar una reacción en el muchacho.

Momoshiro también lo deseaba. Esperaba una mala cara por parte de Ryoma, o al menos unas palabras recriminándoles el poco tacto que tenían en situaciones de ese calibre; no obstante, notó que el muchacho se tomó su tiempo antes de contestar, suponiendo de alguna forma lo que se venía.

—Me sorprenden —dijo finalmente—. Pensé que harían algo estúpido —confesó, apuntando al chico serpiente y a su compañero con algo de sorna—, pero veo que al menos se piensan un poco las cosas antes de actuar.

Kaoru dejó escapar un siseo, Kawamura esbozó una tímida sonrisa, Oishi rió nerviosamente y Eiji carcajeó, totalmente divertido ante la escena. De a poco, Ryoma estaba recuperando su humor característico.

—Pero ¿estarás bien para enfrentarte en un partido ante ellos? —preguntó Sakuno, saliendo de su estado de silencio e interviniendo por primera vez. Ryoma pudo notar la preocupación impregnada en su voz.

—No te preocupes, Ryuzaki —le dijo él, tranquilizándola—, estaré bien para ese día. Es algo que tengo que hacer.

En el momento en que sus ojos volvieron a encontrarse, ella supo, con toda seguridad, que Ryoma estaría bien. Había un aura de confianza y seguridad rondando los iris gatunos del peliverde, así que asintió lentamente y formó una tímida sonrisa en la comisura de sus labios.

De repente, el aire volvió a hacerse pesado y escaso.

—Enternecedor —musitó Fuji.

—¡Cuánta ternura, nya! —exclamó Eiji emocionado, fantaseando ante el prospecto de que los de primer año pudieran tener una aventura amorosa.

—Yo… eh… —Súbitamente, para Kaoru fue muy interesante la mancha informe que se encontraba en el techo de la habitación.

—Genial —pronunció simplemente Momo.

—Oh —dejó escapar Kawamura.

—Bien, creo que es hora de que dejemos a Echizen solo —intervino Tezuka—. Nos veremos el jueves en el entrenamiento, cuando tu reposo haya finalizado.

Ryuzaki Sakuno no se percató de que el cuarto de Ryoma se vació hasta que él volvió a hablar.

—Gracias por prestarme tus apuntes, Ryuzaki.

Sakuno, a su vez, tampoco pudo descifrar la mirada de Ryoma, aunque sí podía asegurar una cosa: era una mirada profunda, tanto que llegó a estremecerla.


Notas de autora:

Soy plenamente consciente de lo mucho que he tardado, así que no hay ninguna excusa que valga. También sé que dije que este sería el último capítulo, pero decidí dividirlo porque realmente no podía seguir dilatando esta situación. Es el capítulo más corto que he subido hasta ahora, pero estoy segura de que les gustará.

Muchas gracias por su apoyo a través de estos meses, y sobre todo, mil disculpas por el retraso. Un abrazo a todos.