Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, tampoco Artestella ni mucho menos el Cardverse.
Advertencias: Un beso :D Eso es todo xD
Parejas involucradas: En este capítulo: Francia/Inglaterra. Muy leve Prusia/Hungría.
Palabras: 2,609.
Resumen: Al ingresar nuevamente a los terrenos del Reino al que pidiese asilo hacía ya algunos meses, se encontró una vez más con aquellos hermosos ojos verdes que le habían cautivado.
Sucesos históricos relacionados: Basado en Cardverse, repito. Nada histórico.
Nota de autor: Cuarto capítulo. Gracias por comentar! xD Estaba pensando en subirle el rating un poquito más, pero no creo que sea necesario. Soy descriptiva pero no es para tanto; y en el caso de que hayan escenas del tipo que requieren más madurez (?), avisaré en las advertencias. Lo digo para que estén al tanto de eso. Lamento haberme tardado uwú, comencé las clases y ya me dieron mucha tarea... Creo también que por ahora no subiré capítulos de Love at first sight debido a mi resequedad :cc Cuando se me ocurra cómo seguir, subo capítulo xD
Capítulo IV: Belleza y Revelación.
Francis se detuvo junto a la entrada del Castillo de Espadas, vestido de dorado en esa tierra cubierta de gris y azul, tierra de otoño e invierno, en la cual sabía extrañaría durante largos años de guerra su Reino de primavera y verano, de colores vivaces y gentes alegres. Con once años de vida y un corazón fuerte, hizo acopio de valor y entró. De sus labios jóvenes escapó una palabra elevada a un grito, que hizo eco en todo el Castillo: "Asilo".
La carroza que le había llevado hasta allí y que llevaba al futuro As de Espadas dentro de ella, pasó a su lado. Francis suspiró, recordando los ojos verdes del pequeño que tenía la marca de las Espadas en el dorso de su mano y que, sin embargo, era parte a su vez del Reino de los Tréboles.
Despertó sudando, en su cama, en su deliciosa cama. Y se arropó con las sábanas, como un niño pequeño temeroso de la oscuridad y de lo que en ella se oculta.
Y entonces lo recordó. El momento en el que vio al pequeño niño de ojos verdes por vez primera, y que le llevó a buscarle en cada Reino hasta hallarle con las Espadas, aún después de todo el tiempo que había pasado.
Cerró los ojos, evocando los verdes del niño que había visto transfigurado en un hombre ya adulto. Lo que daría Francis por poder abrazarle, consolarle en la soledad que le dominaba cuando su Rey estaba ausente, por poder ser su vida y su todo, por despertar junto a él cada mañana y entregarse a él por entero cada noche, por ser su aliento y por recitarle poemas y canciones sobre amantes y sobre noches de verano en las que la pasión protagonizaba el acto que se llevaba a cabo en el lecho.
Daría todo su dinero por ello, piedras preciosas… Todo lo que fuese necesario. Y por eso, al día siguiente, un brillo especial apareció en sus ojos, un brillo que nunca nadie había visto en él: ambición. Y esa ambición se traduciría en más visitas al Reino vecino en las que pagaría por verle, pagaría todo lo necesario por estar con él y por obtener el silencio de cada persona que le viese. Si algo sabía era que los Espadas amaban el dinero. Sobre todo el que podían obtener fácilmente. Como escondiendo un secreto u olvidando lo que veían y oían. En realidad, ese dinero fácil era algo que todos en los Cuatro Reinos amaban. Y Francis no era indiferente a ello. Lo aprovecharía al máximo.
- Mi Rey, ¿adónde se dirige?
Francis giró sobre sus talones, y observó a Vash, apoyado en su bastón de Jota, con el semblante de un hombre preocupado.
- Eso es un secreto.
El joven de cabellos en melena lisa y ojos verdes frunció el ceño, demostrando su enojo. Se suponía que el Rey de Diamantes se quedase en su Reino, sentado en su trono, oyendo a su gente.
Pero no estaba siendo así. Y cuando le vio vestir el azul, supo que algo nuevo había aparecido en la mente de su monarca, algo que bien podría traer prosperidad o muchísimos problemas al Reino. Una cosa llamada amor.
- ¿¡Tú aquí de nuevo!? ¡No es prudente! ¡Yao!
- Cállate, por favor…
Los ojos verdes de Arthur refulgieron, sus mejillas encendidas giraron hacia la puerta cerrada. Francis le cogió por la cintura antes de que alcanzase el pomo y le apretó contra su cuerpo, girándole para verle de frente.
- ¡Llamaré a… a mi Jota!
- Silencio, por favor, Arthur…
- ¡Ni siquiera sé tu nombre y me abrazas como si nos conociésemos de toda la vida, imbécil!
Francis se mordió el labio.
- ¿No le has preguntado mi nombre a tu Rey? Yo no te lo diré…
Arthur infló las mejillas rosadas, desviando la mirada entre los brazos del Rey extranjero.
- No… Alfred ha estado fuera dos semanas. No he tenido oportunidad.
Francis posó su mirada en los ojos de la Reina de Espadas, que le devolvió la mirada dulcemente, relajándose entre los brazos del Rey naranjo.
- Eres hermoso, ¿lo sabes?
Un nuevo sonrojo, ahora de color carmesí, apareció en las mejillas de Arthur, que bajó la mirada, simulando -bastante mal- estar enojado.
- ¿Qué sabrás tú...?
Y sus labios fueron acallados por los del Rey de Diamantes, que osó posar los suyos en los de la Reina de Espadas, una de sus manos oculta entre los cabellos cortos de quien tenía el poder de dominar el Reino mientras su Rey se hallaba ausente. Los labios suaves de Francis recorrieron los del menor, su lengua buscando la entrada al dulzor que le podía ofrecer el de ojos verdes, que había dejado de respirar, sorprendido al máximo por el beso.
Se apartaron lentamente, Arthur sonrojado y respirando agitadamente. Su corazón había dado un vuelco, un brinco y se había reacomodado en su pecho, la sangre fluyendo acelerada y en reversa, todo al mismo tiempo.
Francis acarició sus cabellos fugazmente, apoyando su frente en la del menor, que le miró apenas, avergonzado.
- No, no eres hermoso… Eres… - Francis soltó una carcajada deliciosa, que le recordó a Arthur el murmullo del mar en la isla del Reino de Tréboles.- Eres perfecto, Arthur. Perfecto.
- Déjame en paz, Rey de Diamantes. Estoy casado.
- Creo que me gustas mucho, Arthur.
- ¡Deja de pronunciar mi nombre así, imbécil! ¡Yao!
La puerta se abrió de golpe y el Jota de largos cabellos negros atados en una coleta entró atropelladamente, preocupado y al mismo tiempo enfadado con la insistencia de la Reina. Sin embargo, al verlos abrazados, no supo muy bien qué hacer. Al menos hasta que Arthur dio una orden.
- ¡¿Qué esperas?! ¡Aprésale! – Ordenó.
- Es… ¿El Rey de Diamantes…? – Preguntó, dubitativo el Jota.
- ¡Oh, por favor, Arthur…! – Pidió falsa y melodramáticamente Francis, remeciéndole.
- ¡Me está atormentando, este sucio idiota! – Gimoteó Arthur, buscando zafarse del abrazo.
Yao bajó su lanza, poniéndose en una pose de batalla, preparado para atacar al Rey naranjo, que sólo atinó a poner a Arthur en medio, quien pataleó de lo lindo
- ¡Maldición, suéltame! – Gritó la Reina de Espadas, mirando de reojo y sonrojado al Rey de Diamantes, que le sujetaba por la cintura.
Francis le soltó y se acercó al Jota con lentitud, sacando una bolsita de dinero de su bolsillo. El Jota parpadeó lentamente, alzando su lanza para usarla de bastón nuevamente. Francis le estiró la bolsita, y Yao la recibió con buena disposición.
- Olvida todo lo que ha ocurrido, incluso que me has visto aquí. Allí hay dinero suficiente para comprarse una casa, si eso deseas, y algunas piedras preciosas. – Dijo el Rey.
Yao asintió con ansiedad y salió corriendo, dejando la puerta cerrada tras él.
Arthur miró a Francis con indignación, y él le devolvió una mirada cariñosa.
- ¿En qué estábamos, mi vida? – Interrogó Francis.
Arthur se sonrojó de golpe.
- Tienes que irte. – Suspiró, girando sobre sus talones. Su taza de té se estaba enfriando.
- ¿Quieres que me vaya? – Francis sonrió.
- Claro… Es decir, no es algo que me importe en verdad, pero Alfred podría venir en cualquier momento y verte… Y no sería agradable. Lo digo por mí, no por ti, tú no me importas en lo absolu… – Arthur giró, con su taza en la mano.
No le vio. Francis ya no estaba, se había ido. Y se mordió el labio hasta hacer que sangrara, castigándose por no haberle permitido quedarse.
- Me gustaría hablar con tu Reina, Iván. – Bufó el Comodín Rojo, sus orejas alzándose en enfado.
- Háblale. No voy a molestarlos. – Iván sonrió, sus ojos violeta entrecerrándose en placer.
Gilbert tosió y agitó su cabeza, sus blancos cabellos cortos meciéndose desesperados.
- Tengo entendido que es la Reina quien tiene a cargo la investigación de los castaños del Sur, así que… Mis contactos han dicho que una de las bestias antiguas ha actuado en este tema. – La mirada del albino paseó entre los monarcas, quedándose pegada a la imagen de la Reina silenciosa de mirada verde fría, marcas violeta marcadas en su piel, en su ojo y su mejilla.
Elizabeta no contestó. Al menos no hasta que pasaron tres minutos de tensión, de silencio, en todo el salón.
- Si mi Rey me lo permite, daré permiso al Comodín Rojo para tomar los hombres que necesite y los lleve con él al Sur, para resolver el asunto. – Soltó la mujer, cruzándose de brazos.
- Si… El tema es algo más complejo, mi Reina… No es sólo una bestia antigua, es… Es un dragón, mi Reina. – Dijo, atemorizado, el albino.
Elizabeta suspiró.
- Iván. Gilbert debería tomar también algunos caballos, si me lo permite, mi Rey.
- Que así sea. Llévese a cuantos caballeros y caballos requiera. Los castaños son muy importantes para mi gente. – Sonrió el Rey, ladeando la cabeza.
Gilbert se inclinó y se retiró. Iván observó el perfil de su Reina. A Elizabeta le temblaba el labio.
Las horas pasaban tristes. Francis montaba a un joven corcel blanco, de crines rubias que destellaban como estrellas a causa de la poca luz solar que llegaba desde las montañas. Hacía frío, la lluvia se había detenido hacía ya un par de horas, y las nubes amenazaban una continuación de lo que había quedado a medio camino. El joven príncipe suspiró con fuerza antes de tomar las riendas y tirar de ellas, haciendo que el caballo girase y tomase dirección a la Fortaleza de Espadas.
Al ingresar nuevamente a los terrenos del Reino al que pidiese asilo hacía ya algunos meses, se encontró una vez más con aquellos hermosos ojos verdes que le habían cautivado. El pequeño chico rubio dueño de aquellas orbes le miraba con cierto recelo. Francis era el único que se daba el placer de salir a caballo por los valles previos a alcanzar las montañas. Tanto él como Al y Matt le envidiaban. Al lo hacía obvio, de todas formas. Pero Arthur y Matt… Eran una historia completamente distinta.
El Príncipe de Diamantes se apeó del corcel y caminó hacia el mayor de los tres pequeños, que jugaban aprovechando el receso de las clases. Pero antes de que Francis pudiese acercarse lo suficiente como para alcanzar a tocarle, le era arrebatado una vez más, por una campanilla suave que avisaba el inicio de la siguiente clase.
Nunca se habían hablado. Francis nunca le había oído hablar. Pero sabía su nombre y eso era todo lo que importaba. Arthur Kirkland, quien se transformaría en el As de Espadas. Tampoco importaba si él nunca se enteraba de que él era Francis Bonnefoy, el príncipe heredero de la corona de Diamantes.
El joven príncipe suspiró y sonrió antes de encaminarse a los establos. Comenzaba a llover.
- Ha enviado una paloma para sepamos que viene de camino y que llegará mañana por la mañana.
- ¡Mañana por la mañana! ¡Francis es un irresponsable! ¡Abandona su trono para ir a hacer lo que se le haya ocurrido hacer no sé a dónde! Y lo peor es que nos deja solos cuando hay problemas…
Antonio, el As de Diamantes agitó sus cabellos en negativa, sentado en el trono y viendo con cierta preocupación a Vash, el Jota.
- Sabes que no hay ningún problema importante. Lo más importante es su ausencia. Nada más que eso. – Suspiró el moreno, acomodándose en el trono del rubio.
- ¡Antonio, por favor! – Gimoteó Vash, llevándose las manos al rostro con desesperación y cierto enfado en los verdes ojos. – Al menos dime en qué se ha metido ahora…
- Pregúntale a él cuando llegue. – Casi bostezó el As, ladeando la cabeza.
- Está con una mujer, ¿no es así? – Intervino Lily, tomando la palabra por primera vez en toda la conversación, sus ojos verdes brillando de ansias.
- Me temo que no. – Contestó, simple, Antonio, curvando sus labios en una sonrisa delicada que emulaba las de Francis.
Vash se sonrojó levemente, intuyendo lo que ocurría con su Rey, y cubrió con sus manos los oídos de su joven hermana menor antes de volver a hablar.
- ¿Está con un hombre, entonces? – Preguntó, en una voz de volumen moderado, esperando que sólo Antonio le oyese.
El As suspiró y se levantó de golpe.
- Y no con cualquiera.
- El Rey… - Musitó, apenas, el Jota de ojos verdes.
- No, Vash.
- La… La Reina… - Volvió a susurrar, ésta vez con el temor enredado en la lengua, aún cubriendo las orejas pequeñas y perfectas de Lily.
Antonio asintió con la cabeza, desviando la mirada.
- Arthur Kirkland es su blanco ahora. Me temo que tendremos que prepararnos desde ya para una guerra. – Dijo la voz suave y cadenciosa del As, cerrando los ojos.
Vash soltó a su hermana y suspiró, abrazándola con delicadeza por los hombros.
- Lo que menos queremos los Diamantes es la guerra. Y menos ahora que las cosas están saliendo algo mejor, gracias a Francis y las oraciones al Dios Dorado. – Soltó Vash, haciendo una mueca de desagrado.
Lily abrió sus preciosos ojos de jade, de par en par, mirando a su hermano con temor.
- ¿Guerra has dicho, hermano? – Preguntó, trémula como un gatito que ha perdido toda noción de dónde podría estar su madre.
- Así es, Lily. Tememos que Francis atraiga la guerra. – Asintió Antonio, abriendo los ojos con dulzura para mirar a la joven e inocente Princesa.
- Pero… Francis ha hecho cosas grandiosas en nuestro Reino. Alguien como él no sería capaz de atraer la guerra sólo porque sí. ¡Debe haber algún motivo que los haga pensar eso! – Lily defendió, las manos cerca del pecho, intentando contener lo que sentía.
Para ella, Francis nunca sería su esposo, nunca terminaría por enamorarse de él, pero le tenía tanta simpatía… Él la trataba tan bien, que la joven sentía admiración y mucho aprecio por su Rey. Para ella era casi un hermano, si bien eran primos.
- Francis le ha estado coqueteando a una Reina, por lo que me ha dicho Antonio. Y eso puede atraer la guerra. Como sabes, todas las Reinas de los demás Reinos están casadas frente a los Eternos y, por lo tanto, Francis puede atraer la furia de los Dioses, además de la de todo un Reino, y de un Rey poderoso. – Contestó Vash, caminando lentamente hacia la ventana, dejando a su hermana frente al As que descansaba en el trono.
- ¿Se trata de la Reina de Tréboles? ¡Sería terrible tener que enfrentarse a Iván…! – Exclamó la jovencita, cubriéndose los labios al imaginar semejante espectáculo sangriento.
No. Contra Iván, el Despiadado, nunca.
- No es conveniente que sepas de qué Reina se trata, Lily. Sólo ve y reposa en tu cuarto. Francis llegará pronto y necesito que estés descansada para los juicios de mañana. – Ordenó Vash, suspirando, apenas volteando para verla.
La chica asintió y salió del salón, encaminándose a las escaleras que le conducirían a su recámara.
Rodeada de dorado y cortinas de velo naranjo, la joven Princesa subió y empujó la puerta de su cuarto, abriéndola de par en par. Y entonces, al ver las rosas rojas que adornaban su mesita de noche, se dio cuenta de todo. La Reina a la que Francis visitaba, la que recibía sus atenciones, no era otra que la Reina de Espadas. Aquella que había robado la mirada de su Rey durante buena parte de la mascarada y a quién ella le tuvo que entregar la rosa salvaje al finalizar la fiesta.
No supo cómo reaccionar al respecto.
