Hola a todas esta es la primera adaptación que realizo, ame este libro por eso quise adaptarlo espero que ustedes también lo amen.

Los personajes pertenecen a Naoko Takeuchi y la historia a Gayle Forman.

10:12

Cuando la ambulancia llega al hospital más cercano —no el de mi ciudad, sino un pequeño centro médico de la zona que parece más bien una residencia de ancianos—, los paramédicos me llevan presurosos al interior.

— ¡Creo que tiene un neumotórax! ¡Ponedle una sonda pleural y trasladadla inmediatamente! —grita la amable pelirroja al entregarme a un equipo de enfermeros y médicos.

— ¿Dónde están los otros? —pregunta un tipo barbudo con bata de cirujano.

—El otro conductor sufrió contusiones leves, lo están tratando en el lugar del accidente. Los padres ya estaban muertos cuando llegamos. Hay un niño de unos siete años que viene detrás de nosotros.

Dejo escapar un largo suspiro, como si llevara veinte minutos conteniendo la respiración. Después de verme en la cuneta, no había tenido valor para buscar a Sammy. Si le había pasado lo mismo que a mamá y papá, lo mismo que a mí… No quería ni pensarlo. Pero no, está vivo.

Me llevan a una habitación pequeña con luces brillantes. Un médico me unta una cosa naranja en un lado del pecho y luego me introduce un pequeño tubo de plástico. Otro médico me ilumina un ojo con una linternita.

—No hay reacción —dice a la enfermera—. El helicóptero ya ha llegado. Que la lleven a trauma. ¡Vamos, muévanse!

Me sacan a toda prisa de la sala de urgencias rumbo al ascensor. Tengo que correr para no perderlos. Justo antes de que se cierren las puertas del ascensor, veo a Rei. Qué raro. Se suponía que íbamos a visitarla, y a Nicolás y el bebé. ¿La han llamado por la nevada? ¿Por nosotros? Se afana en el vestíbulo del hospital con expresión concentrada. No creo que sepa siquiera que se trata de nosotros. Quizá incluso ha dejado un mensaje en el móvil de mamá, explicando que se había producido una emergencia y no iba a estar en casa para recibirnos.

El ascensor sube hasta la azotea. Hay un helicóptero en el centro de un gran círculo rojo. Sus aspas cortan el aire con un zumbido. Jamás he ido en helicóptero. Mi mejor amiga, Mina, hizo una vez una visita aérea al monte St. Helens con su tío, que trabaja de fotógrafo para National Geographic.

—Y allí estaba él, hablando sobre la flora post-volcánica, cuando voy yo y le vomito encima —me contó Mina en clase el día después de su aventura. Aún parecía algo descompuesta tras la experiencia.

Mina participa en el anuario y quiere convertirse en fotógrafa profesional. Su tío la llevó a ese vuelo como un favor especial, para alentar su talento incipiente.

—Hasta las cámaras le rocié con porquería —se lamentaba la pobre —. Ahora ya nunca seré fotógrafa.

—Hay distintas clases de fotógrafos —intenté consolarla—. No es imprescindible que vayas por ahí volando en helicóptero, ¿sabes?

Ella se echó a reír.

—Pues no pienso volver a subirme en un trasto de ésos nunca más. ¡Y tú tampoco lo hagas!

He de decirle a Mina que a veces uno no tiene elección.

La puerta está abierta. Meten mi camilla con todos sus tubos y cables. Yo subo detrás. Un paramédico se encarama de un salto sin dejar de apretar la pera de plástico, que al parecer respira por mí. Cuando despegamos, comprendo por qué Mina se mareó tanto. Un helicóptero no es como un avión, una bala suave y veloz. Es más bien como un disco de hockey que sale despedido dando tumbos. Arriba y abajo, de lado a lado. No entiendo cómo pueden asistirme, leer los pequeños gráficos de ordenador, pilotar este trasto al tiempo que hablan de mí a través de los cascos, cómo pueden hacer nada de todo eso en un aparato que se sacude sin parar.

El helicóptero atraviesa una turbulencia, lo que debería revolverme el estómago. Pero no siento nada, al menos el yo que está aquí mirando. Y por lo visto, el yo de la camilla tampoco siente nada. Una vez más tengo que preguntarme si estoy muerta, pero se ve que no, porque en ese caso no me llevarían sobrevolando estos tupidos bosques.

Además, si estuviera muerta, mamá y papá ya habrían venido en mi busca.

Veo la hora en el tablero de mandos: las 10.37. Me pregunto qué estará pasando en tierra. ¿Habrá descubierto Rei quiénes eran los de la emergencia? ¿Habrá llamado alguien a mis abuelos? Viven en la ciudad de al lado; yo estaba impaciente por ir a cenar con ellos. El abuelo pesca y prepara salmón ahumado y también ostras, lo que seguramente habríamos cenado con el pan casero de la abuela, pan moreno de cerveza. Luego la abuela se habría llevado a Sammy a los grandes contenedores de reciclaje de la ciudad y le habría dejado hurgar en ellos en busca de revistas. Últimamente a Sammy le ha dado por el Reader's Digest . Le gusta recortar las caricaturas y hacer collages.

Pienso en Mina. Hoy no había clases. Es evidente que no iré al instituto mañana. Seguramente mi amiga creerá que falto porque me quedé hasta tarde viendo a los Shooting Star en Portland.

Portland. Seguro que me llevan allí. El piloto no deja de hablar de Trauma Uno. Por la ventanilla, veo alzarse la cima del monte Hood. Eso significa que nos acercamos a la ciudad. ¿Estará Darien ya allí? Tocó en Seattle anoche; siempre se pone con la adrenalina por las nubes después de un concierto, y conducir lo ayuda a relajarse. El resto de la banda está encantado de tenerlo como chófer mientras ellos echan una cabezada. Si ya está en Portland, seguramente todavía duerme. Cuando despierte, ¿tomará un café en Hawthorne? ¿Se irá con un libro al Jardín Japonés? Eso fue lo que hicimos la última vez que fui a la ciudad con él, sólo que entonces hacía más calor. Sé que esta tarde la banda hará una prueba de sonido. Y luego Darien saldrá a esperarme. Al principio creerá que me retraso. ¿Cómo va a imaginar que en realidad llego demasiado pronto? ¿Que he llegado esta mañana, cuando la nieve aún se estaba derritiendo?

—¿Has oído hablar de ese tal Yo-Yo Ma? —me preguntó Darien. Era la primavera de mi segundo curso en el instituto. Él estaba en tercero. Llevaba varios meses observándome durante los ensayos en la sala de música. Era un centro público, de esos institutos progresistas que siempre se mencionan en las revistas nacionales por su especial atención a las artes. Y era verdad que disponíamos de mucho tiempo para pintar o dedicarnos a la música. Tiempo que yo pasaba en las cabinas insonorizadas. Darien también iba mucho a tocar la guitarra, pero no la eléctrica como en su grupo. Allí sólo tocaba melodías acústicas.

—Todo el mundo ha oído hablar de Yo-Yo Ma —contesté, poniendo los ojos en blanco.

Darien sonrió y me fijé en que tenía una sonrisa asimétrica, una comisura más alta que la otra. Con el pulgar en que lucía un anillo señaló el patio del instituto

—No creo que encuentres a cinco personas ahí fuera que hayan oído hablar de Yo-Yo Ma. Y por cierto, ¿qué clase de nombre es ése? ¿Es un apodo o algo así? ¿Yo Mama?

—Es chino.

Darien soltó una risotada, meneando la cabeza.

—Conozco a muchos chinos. Y tienen nombres como Wei Chin o Lee. Pero no Yo-Yo Ma.

—No blasfemes contra el maestro —repliqué, aunque no pude evitar reírme. Había tardado unos meses en convencerme de que Darien no pretendía burlarse de mí; ahora solíamos charlar cuando nos encontrábamos en el pasillo.

Sin embargo, me desconcertaba que se hubiera fijado en mí. Aunque no era un chico súper popular, de los deportistas o de los que iban para triunfadores, era guay. Guay porque tocaba en una banda con universitarios. Guay porque tenía su propio estilo rockero, con ropa que compraba en tiendas de segunda mano y mercadillos, no en rebajas de Urban Outfitters. Guay porque en el comedor del instituto parecía muy feliz absorto en la lectura de un libro, no fingiendo leer por no saber dónde o con quién sentarse. No se trataba de eso. Tenía su pandilla de amigos y un nutrido grupo de admiradores.

Yo tampoco era ninguna pardilla. Tenía amigos y una amiga íntima con quien almorzaba. También había hecho buenas relaciones en el campamento de música al que acudía en verano. Caía bien a la gente, aunque no me conocían en profundidad. En clase era reservada. No levantaba mucho la mano ni me dirigía a los profesores con descaro. Y siempre estaba ocupada, ya que dedicaba gran parte del tiempo a practicar o asistir a clases teóricas en el conservatorio de la ciudad. Los chicos eran simpáticos conmigo, pero solían tratarme como si fuera adulta, una profesora más. Y no se coquetea con las profesoras.

— ¿Qué dirías si te dijera que tengo unas entradas para ver al maestro?— me preguntó Darien con un destello en los ojos.

—Venga ya. No es cierto —repliqué, dándole un empujón más fuerte de lo que pretendía.

Él fingió darse contra la pared de cristal.

—Ya lo creo que sí —dijo después—. Para el Schnitzle ese de Portland.

—Es el Arlene Schnitzer Hall. Tocará la Sinfónica.

—Ahí mismo. Tengo entradas. Un par. ¿Te interesa?

— ¿Lo dices en serio? ¡Pues claro que me interesa! Me moría de ganas de ir, pero las entradas costaban ochenta dólares. Un momento. ¿Cómo las has conseguido?

—Un amigo de la familia se las dio a mis padres, pero ellos no pueden ir. No hay para tanto —se apresuró a contestar—. Bueno, es el viernes por la noche. Si quieres, te recojo a las cinco y media y vamos juntos a Portland.

—Vale —acepté, como si fuera lo más natural del mundo.

Pero al llegar el viernes por la tarde estaba más nerviosa que cuando el invierno anterior, mientras estudiaba para los exámenes, me bebí una cafetera entera del espeso y cargado café de papá.

Los nervios no eran por Darien, en cuya compañía ya me sentía cómoda, sino por la incertidumbre. ¿De qué iba aquello exactamente? ¿Se trataba de una cita? ¿Un favor de un amigo? ¿Un acto caritativo? Me gustaba tan poco pisar en falso como iniciar a tientas un nuevo movimiento. Por eso practicaba tanto, para encontrarme en terreno seguro y perfeccionar luego los detalles.

Me cambié de ropa unas seis veces. Sammy, que ya había vuelto de la guardería, estaba sentado en mi cuarto, sacando cómics de Calvin y Hobbes de los estantes y fingiendo leerlos. Se moría de la risa, no sé muy bien si por las ocurrencias de Calvin o por mi nerviosismo.

Mamá asomó la cabeza para ver qué tal me iba.

—Sólo es un chico, Sere —dijo al verme hecha un manojo de nervios.

—Ya, pero resulta que es el primero con el que quizá tenga una cita. No sé si vestirme para una cita o para un concierto de la Sinfónica. La gente de aquí se pone de tiros largos para esta clase de eventos. ¿O crees que debería ir más informal?

—Ponte algo con lo que te sientas a gusto —me aconsejó—. Así seguro que no fallas.

Mamá habría puesto toda la carne en el asador de haber estado en mi lugar. En las fotos de ella y papá de sus viejos tiempos, parecía un cruce entre una sirena de los años treinta y una motorista, con su corte de pelo a lo duende, sus grandes ojos azules perfilados de negro, y su cuerpo delgado como una espiga siempre luciendo atuendos sexys, como una camisa de encaje estilo retro combinada con pantalones de cuero ceñidos.

Suspiré. Ojalá hubiese tenido tanto valor como ella. Al final elegí una falda negra larga y un suéter marrón de manga corta. Corriente y sencillo. Como yo misma, supongo.

Cuando Darien apareció con un traje de piel de tiburón y zapatillas deportivas (conjunto que impresionó a papá), supe que aquello era realmente una cita. Darien había decidido ponerse de punta en blanco para la Sinfónica, y un traje de piel de tiburón de los años sesenta era su manera de vestirse formal, pero yo sabía que había algo más. Pareció nervioso al estrecharle la mano a mi padre y comentarle que tenía los discos de su vieja banda.

—Para usarlos como posavasos, espero —repuso papá. A Darien le sorprendió que el padre fuera más sarcástico que la hija.

—No pierdan la cabeza, chicos. Hubo heridos graves entre el público que bailaba en el último concierto de Yo-Yo Ma —nos advirtió mamá con sorna cuando nos alejábamos.

—Tus padres molan —comentó Darien mientras me abría la puerta del coche. —Lo sé —repliqué.

Fuimos hasta Portland charlando de cosas intrascendentes. Él me puso canciones de bandas que le gustaban, como un trío de pop sueco que sonaba monótono, pero también una banda islandesa experimental que hacía una música muy hermosa. Nos perdimos un poco en el centro de la ciudad y llegamos al concierto con el tiempo justo.

Nuestros asientos estaban en el anfiteatro. A años luz del escenario. Pero uno no va a un concierto de Yo-Yo Ma por las vistas, y el sonido era increíble. El músico conseguía que el chelo sonara como el llanto de una mujer y, al minuto siguiente, como la risa de un niño. Escucharlo me hacía recordar por qué elegí el chelo: por esa cualidad tan humana y expresiva que lo distingue.

Cuando comenzó el concierto, miré a ADarien con el rabillo del ojo. Parecía tomárselo con paciencia, pero no dejaba de consultar el programa, seguramente contando los movimientos que faltaban para el intermedio. Me preocupó que se aburriera, pero al cabo de un rato estaba enfrascada en la música y ya no me importó.

Entonces, cuando Yo-Yo Ma interpretaba Le Grand Tango, Darien me tomó la mano. En otro contexto habría parecido falso, el viejo truco de bostezar para moverse y meter mano. Pero Darien no me estaba mirando.

Tenía los ojos cerrados y se balanceaba ligeramente en su asiento. Él también estaba absorto en la música. Le apreté la mano y estuvimos así hasta el final del concierto.

Después compramos cafés y donuts, y paseamos a lo largo del río. Hacía humedad, de manera que se quitó la chaqueta y me la echó sobre los hombros.

—No conseguiste las entradas por un amigo de la familia, ¿verdad? — quise saber.

Pensé que se reiría o que levantaría el brazo fingiendo rendirse como hacía cuando lo vencía en una discusión. Pero me miró a la cara y vi el tono azul profundo que danzaba en sus ojos. Negó con la cabeza.

—Las compré con dos semanas de propinas repartiendo pizzas — admitió.

Me detuve. Oía el agua del río lamiendo la orilla.

— ¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué yo?

—Mira, jamás he conocido a nadie que se implique tanto en la música como tú. Me fascina verte practicar. Se te forma una arruga preciosa en la frente, justo aquí. —Me tocó el entrecejo—. Yo estoy obsesionado con la música, pero aun así no entro en trance como tú.

—¿Y qué? ¿Soy como una especie de experimento social para ti? — Pretendía bromear, pero sonó con cierta amargura.

—No, no eres un experimento —declaró con voz algo ronca.

Sentí que el calor iba subiéndome por el cuello y que me ruborizaba. Clavé la vista en mis zapatos. Sabía que Darien me estaba mirando, y también que si alzaba los ojos me besaría. Y me sorprendió lo mucho que deseaba ese beso, darme cuenta de que lo había pensado tan a menudo que incluso había memorizado la forma exacta de sus labios, he imaginado que le acariciaba el hoyuelo de la barbilla con el dedo.

Levanté los ojos parpadeando. Darien estaba esperando.

Así fue como empezó.

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Hola de nuevo, aquí estoy con un nuevo capítulo!

Al fin hubo noticias de Sammy, está vivo pero no sabemos en qué condiciones se encuentra. También apareció Darien en la historia, ya había sido mencionado antes pero ahora Sere recuerda su primera cita, y awwwwww fue tan romántico!

Me he demorado un poco en actualizar porque he tenido una vida social muy ocupada xD, soy parte de una comunidad de la saga de Maze Runner (Por favor léanla en demasiado buena) y hemos tenido muchas cosas que hacer, la semana pasada asistí a la Comic Con en Chile y conocí al Doc de Volver al Futuro fui muy feliz por eso, también en mi trabajo de artesana he estado haciendo muchas cosas entre ellas algunas de Sailor Moon, y entre medio de todo eso tengo que estudiar para mis exámenes así que como verán no he tenido mucho tiempo disponible y eso que no he asistido a mi trabajo real jijiji

Gracias por leer, que tengan un lindo fin de semana y nos estamos leyendo muy pronto!