Notas de la autora:
Hola a todos, hoy es viernes y por tanto toca actualización. Ojalá disfruten este capítulo.
Cualquier comentario sobre mi trabajo es bien recibido.
— No quise ofenderlos con lo que dije antes —se disculpó Azul apenas los jóvenes entraron a la casa— Es solo que la noticia fue demasiado para mí.
Ninguno le respondió nada, se miraron brevemente entre ellos, y luego Dieciocho con ojos escrutadores recorrió a la mujer de pie frente a ella.
— Deberías darte una ducha —al observarla detenidamente y ver el estado de su ropa y de su cabello, era más una orden que una sugerencia.
Azul notó la mueca de disgusto de la joven, más no se lo tomó personal. Por alguna razón, comenzaba a comprender que sus salvadores tenían un carácter demasiado peculiar.
— Buscaré algo que puedas usar —soltó la rubia abandonando la habitación.
— Gracias Lázuli.
La rubia detuvo sus pasos al escucharla e instintivamente apretó los puños, al volverse su hermano la miraba divertido, sus fríos ojos le lanzaron una silenciosa amenaza al pelinegro, pero ni eso pudo borrarle la sonrisa de satisfacción en su rostro cuando se acercó a ella.
— No tiene memoria, pero no es tonta. Ningún humano se llamaría Diecisiete o Dieciocho.
— Pudiste usar otros nombres idiota.
El pelinegro se alzó de hombros y volvió a la cocina, en tanto que la rubia planeaba la forma de vengarse de él.
Al ver que los jóvenes la dejaban sola, la mujer decidió buscar el cuarto de baño por ella misma. Pasados unos minutos, entró a la cocina de nuevo, los ojos de Diecisiete se encontraron con los suyos.
— No sé cómo usar esa ducha —admitió ante la sonrisa burlona de su anfitrión.
Este se levantó sin decir nada y entró al cuarto de baño, seguido de la mujer. En la pared de la ducha habían varios botones, él presionó algunos con expresión dudosa y siguió intentándolo hasta que el agua comenzó a salir de la regadera.
— Gracias.
Diecisiete salió sin responderle, le divertía ver que la mujer no sabía cómo realizar algunas tareas tan comunes para un humano. Más en ese momento, se dio cuenta que él tampoco tenía demasiada idea, hacía mucho que tampoco usaba una ducha, como androide no lo necesitaba, pero por un instante recordó su pasado, la sensación del agua fría cayendo por su piel en un día caluroso, el alivio producido por la disminución de su temperatura corporal, o la confortable sensación del agua caliente en un día frío.
Y de pronto, su mente comenzó a viajar hacia su pasado. A traer de vuelta aquellos recuerdos de su vida humana que tanto se esforzó por dejar en el olvido.
— ¿Y Lázuli? —escuchó decir y los fantasmas de su memoria se desvanecieron.
No tenía idea de cuánto tiempo había pasado inmerso en sus pensamientos, pero no debió ser poco. Azul estaba parada frente a él, bañada y cambiada.
— No tengo idea.
Afirmó, y entonces se percató de la incomodidad de la peliazul, quien discretamente trataba de bajar la falda del vestido que Dieciocho le dejó para que se pusiera y que evidentemente era para una adolescente y no para una mujer. De no ser por el favorecedor ajuste de la tela sobre el cuerpo de Azul, Diecisiete se habría reído, en cambio la miró de arriba a abajo, haciéndola sonrojarse al instante. Nunca se habría imaginado que debajo del overol de trabajo que llevaba, la mujer escondía semejantes atributos.
— Ese vestido te queda mejor que la ropa que traías antes —soltó logrando que ella se ruborizara más, tal y como esperaba.
— Es algo incómodo —se quejó sin dejar de sentir la mirada del ojiazul recorriendo su cuerpo.
Por toda respuesta Diecisiete sonrió, le divertía verla en apuros tratando de cubrirse los pechos y las piernas que el vestido dejaba casi por completo al descubierto.
— Vaya, estoy hambriento —mintió, esperando que ella se ofreciera a prepararle algo, lo que finalmente sucedió.
Las manos de Azul se ocuparon entonces de preparar un sandwich, y dejaron por un momento de empeñarse en bajar la falda y subir el escote de aquel ajustado vestido. Diecisiete miró a sus anchas la anatomía de la mujer, apenas crédulo de lo que apreciaba. Azul tendría poco más de cuarenta años, pero seguía siendo bastante atractiva, estaba en forma, su piel se mantenía firme y gozaba de una lozanía que seguro haría molestar a Dieciocho, cuya intención al darle esa prenda era seguramente la de humillarla.
— Te prepararé algo de tomar —dijo ella entregándole el sandwich, sacándolo al instante de sus reflexiones.
— Con esto es suficiente —respondió sonriendo al advertir el generoso busto de la mujer, cuando esta le acercó el plato.
— Bien, iré a mi habitación entonces.
El pelinegro asintió, Azul abandonó la cocina lo más rápido que pudo, se sentía avergonzada, por un momento mientras preparaba el sandwich advirtió la forma en que Lapis la estaba mirando, y al inclinarse para darle la comida, pudo comprobar que no estaba malinterpretando nada, pues los ojos del joven miraron sin pudor cierta parte de su anatomía.
Apenas llegó a la habitación que le habían destinado, cerró la puerta y al volverse hacia el espejo que colgaba del muro, vio el rubor en sus mejillas. Confundida se sentó en la cama, sentía su pulso acelerarse al recordar los ojos azules de Lapis mirándola de forma sugestiva. Un ligero estremecimiento la invadió, al reflexionar en lo atractivo que encontraba a su salvador, y lo inadecuado que eso resultaba en su situación actual.
