Juego de Voluntades

Apoyo inesperado

Kagome caminaba mansamente hasta el carro, sentía un frío repugnante recorrerle el cuerpo, como si quisiese llegar hasta su alma y quebrantarla más de lo que ya estuviera. Observó el grisáceo pavimento y su vista viajó del suelo a sus brazos, los cuales estaban fuertemente entrelazados. Alzó la vista cuando le hicieron detenerse frente a una reluciente puerta negra de algún vehículo. En eso un poco de cordura volvió a ella y separando un par de milímetros sus labios, se detuvo en seco y volvió su rostro a Inuyasha.

- No, yo no voy a… - Empezaba a decir en un tono casi susurrante. Tenía que encontrar fuerzas de algún sitio. Odiaba cuando tenía esos episodios de shock y desamparo, ¡maldita sea!

- Calle y entre a menos que quiera que le obligue a hacerlo. Y si se resiste, créame que no seré demasiado delicado. – Dijo Inuyasha firmemente. Kagome se extrañó de aquella actitud. No había burla, socarronería o algo semejante. Sólo había…seriedad en su mirada. Algo intrigada por ese cambio tan extraño le hizo caso. No fuese verdad que era tan buen caballero que cumpliera su palabra a cabalidad y realmente, ella estaba harta de los escándalos como para ser protagonista de uno en esos momentos.

Lo observó dar la vuelta al coche antes de introducirse él mismo en el elegante vehículo. Lo miró durante otros segundos y finalmente desvió su vista a la calle, apoyando su frente contra el frío vidrio de la ventana.

Inuyasha la estudió mientras ella estaba sumida en sus pensamientos. Encendió el carro y frunció el ceño al ver que Kagome no estaba precisamente en el presente. Por el reflejo que ofrecía la ventana, observaba en sus ojos un sinsabor palpable y una tristeza imposible de ocultar. De repente empezó a sentirse mal él también. No parecía la misma Kagome que había llegado esa mañana. Aparentemente todas sus fuerzas al fin se habían acabado y ahora tiraba la toalla.

Mientras hacía avanzar el vehículo maldijo cuanto pudo a la arpía de Kagura. Él ya desde antes le había tenido un rencor indecible pero ahora…Dios, ahora lo que más deseaba era estrangularla. Sin embargo, no sabía si fuese muy prudente hablar del tema con la joven en esas condiciones. Él tampoco es que entendiese mucho el asunto, nunca le habían gustado demasiado los cotilleos y de los que se enteraba era por mera casualidad. Pero en verdad ahora sí podía decir que se interesaba por la vida de alguien: por la de Kagome. ¿Un padre moribundo? ¿Qué enfermedad tenía? Y si vomitó sangre, podía ser cualquier cosa, sospechaba que fuese cáncer, dado que es un de los males más comunes hoy en día, pero el quid era ¿cáncer de qué? ¿Qué tan avanzado estaba?

Negó con la cabeza desechando las posibilidades que se aglomeraban en su mente, reparando en la luz roja del semáforo frente a sí. No valía la pena hacerse preguntas como esas si ahora no tenía un plan previo con Kagome. ¿Qué se supone debía hacer? ¿Llevarla a su casa? Bueno, eso en sí era algo que haría cualquier caballero que se respetara, el problema era que…él no era precisamente un caballero.

Ladeó el rostro y observó como ella se mantenía en la misma posición. Vagando en su mente como quien tiene toda la eternidad para tal actividad. ¿En verdad sólo debería dejarla en su casa en tales condiciones? Bueno, no es que ella le importase demasiado, se dijo a sí mismo. Simplemente…le tenía cierta simpatía, sí, eso, una mera simpatía por el carácter tan peculiar que ella poseía.

En eso la observó voltearse y mirarle directamente a los ojos como siempre lo hacía. Pese a su mirada un tanto opaca, mantenía el mismo temple y la misma resolución oculta bajo ese halo de tristeza. Inuyasha le sonrió de medio lado.

- ¿Quiere ir a su casa? – Preguntó. Estaba resuelto a no interferir en su vida a menos que ella le diese permiso y si ella se negaba, pues, no habría problema, él dejaría que Kagome siguiera tomando sus propias decisiones.

Observó como lentamente ella parecía volver a la realidad, pisando tierra nuevamente. Entonces llevó una mano a su mentón en pose pensativa y luego de unos segundos en que Inuyasha se mantenía expectante, Kagome negó con la cabeza.

- No. – Suspiró con un tono de voz más claro. Aparentemente empezaba a recuperarse. – No sería muy buena idea llegar así. Preocuparía a papá. – Agregó encogiéndose de hombros.

Inuyasha sonrió con alivio, Kagome estaba recuperándose del episodio rápidamente, pensó para sí. Y con los ánimos renovados y una curiosidad casi enfermiza por la vida de aquella mujer, decidió tomar cartas en el asunto.

- ¿Le molestaría si le propongo que me acompañe a hacer unas diligencias? Así despejaría la mente. – Preguntó Inuyasha con aquella insolente sonrisa. Observó como Kagome alzaba una ceja graciosamente.

- ¿Qué cree usted? – Replicó mordazmente. Inuyasha rió divertido.

- No, bueno, pregunto por si tengo que temer por mi integridad física al aventurarme así. – Dijo alzando las manos en son de paz pero con aquella chispa de picardía en los ojos.

En eso se asombró de ver como Kagome reía. Reía sinceramente, sin una gota de ironía en aquel melodioso sonido. Observó como sus facciones se suavizaban aún más y como sus ojos alcanzaban una chispa similar a la que seguramente tuvo permanentemente mucho tiempo atrás. Sonrió sin poder evitarlo. Aquel espectáculo había sido excelente, y, para el que tuviese dudas, no, no iba a soltar a esa mujer esa noche. Sobre su cadáver. Porque, ¿quién dijo que sólo Kagome era la que nadie paraba cuando algo se le metía entre ceja y ceja?

- Entonces le propongo que se libre de ataduras por esta noche. – Le sonrió. Observó como ella fruncía el ceño y amplió su sonrisa evidentemente divertido por su actitud recelosa.

- ¿Está consciente de la connotación que puede generar la frase "libre de ataduras", no es cierto? – Inquirió recelosa. Él rió pero ella parecía no acompañarlo en su humor. – Especifique, de lo contrario me puede dejar en la primera parada de autobús. – Ordenó.

- Pues, a ver… ¿le gusta ir de compras? – Preguntó. Observó un atisbo de anhelo en sus ojos, pero sólo fue por un pequeño instante. Luego volvió a su expresión habitual.

- ¿Pretende que lo acompañe a ir de compras después de la odisea de una jornada laboral inolvidable?

- Bueno, no duraremos mucho. Si promete ser sumisa y adorable le brindo un helado de recompensa. – Prometió guiñándole un ojo y viendo como ella cerraba un puño, conteniéndose de lanzarle un certero golpe. Observó como se revolvía incómoda en el asiento y lo veía sospechando de él como si fuese un terrorista con una bomba atómica en sus manos.

- No vuelva a decir "sumisa" en una oración que se refiera a mi persona bajo ninguna circunstancia nuevamente, ¿entiende? Y con respecto a su propuesta estoy dispuesta a aceptarla. – Exhaló hondo y le miró con determinación. – Pero a la mera conducta inapropiada le advierto que soy cinta negra, ¿me oyó?

Inuyasha rió a carcajada suelta. Tenía tiempo que no se relajaba de esa forma. Todo era una imagen, todo consistía en guardar las apariencias. Inclusive con las mujeres con las que salía. Una máscara impenetrable que resguardaba su verdadera esencia. Pero con Kagome, veía que no tenía que ser así, no tenía por qué ser caballero de espléndida armadura, porque ella no apreciaba esas actitudes respetuosas y frívolas cuando se estaba en pleno siglo XXI. Bueno, quizá parcialmente, se empezó a corregir a medida que ponía en marcha el vehículo rumbo a un centro comercial. Después de todo, las mujeres en esencia tienen puntos en común y a su parecer, a cualquiera le gustaría que le tratasen como si fuese de la realeza.

- Muy bien, le informo que compraré algunas cosas para dar en estas Navidades. ¿Desea que pasemos por alguna tienda en particular a comprar algo? – Preguntó mirándola por el rabillo del ojo.

Kagome lo meditó un momento. Lo cierto es que le hubiera gustado pasar por la tienda aquella donde vendían ramos de flores perfectamente hechos, dado que se le antojaba regalarse uno a sí misma esa noche, pero se contuvo de decir en voz alta su deseo. Así que negó con la cabeza.

- Yo sólo haré de acompañante, ¿recuerda? – Dijo ella revisando algo en su bolso.

- No tiene por qué tomarlo así si yo soy tan encantador. – Bromeó. – Digamos que…estamos consolidando una relación laboral. – Agregó mirando con curiosidad como ella sacaba de su cartera un estuche compacto que abrió y reveló ser una polvera. Luego sacó un lápiz labial que dejó sobre su regazo y empezó a pasarse las manos por el cabello intentando darle un aspecto presentable.

- Sí, claro, relación laboral. – Sonrió ella con ironía pasando sus manos con maestría entre los rebeldes mechones.

Sin ser plenamente consciente de por qué lo hacía, Inuyasha se quedó mirando todo el proceso cuanto su vista se lo permitía, considerando que aún tenía que mantener los ojos frente a la autopista. Los finos dedos de ella resbalaban por el lacio cabello, el cual, se movía con gracia al compás de los movimientos de cabeza que hacía Kagome. Luego la observó tomar la mota y aplicarse algo de polvo facial. En medio del proceso ella frunció el ceño y le miró directamente.

- ¿Qué? – Espetó probablemente retándolo a que le criticara su pequeño acto de vanidad. Él sonrió y negó con la cabeza.

- Nada. – Expresó tranquilamente. Kagome no parecía muy convencida de su respuesta.

- Más le vale. – Dijo empezando a aplicarse algo de lápiz labial.

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Inuyasha caminaba con paso resuelto frente a una gran cantidad de tiendas que se abrían paso ante sus ojos con coloridos y luminosos motivos navideños, resaltando un espíritu de alegría, quizá intentando con esto que la gente no notase el incremento de precios. A su lado iba Kagome mirando casi con adoración todos los locales. Aparentemente ella tenía tiempo que no se daba esos gustos y sin embargo, ella siempre vestía impecablemente. Frunció el ceño sin entender. ¿Es que acaso había alguien más en su vida que se encargara de algo así? ¿Un novio, quizá?

- Mire, allí venden algunos muñecos de nieve. ¿Alguna persona de su familia le gusta ese tipo de adornos? – Le preguntó ella señalando una tienda algo menos llamativa que las demás.

Él, obligándose a no pensar más en disparates miró con atención la mercancía que Kagome le señalaba y bueno, no es que fuese muy sensible o algo pero, aparentemente esos muñecos estaban decentes, según su opinión.

- Probablemente mi madre aprecie algo así. – Dijo encogiéndose de hombros. Miró con atención a Kagome, probablemente esperando alguna reacción por nombrar la palabra "madre", dado que él se había enterado por chismes que ella era huérfana de madre desde muy temprana edad. Pero lamentablemente o quizá afortunadamente, esa mujer era un retrato imperturbable a la hora de mostrar alguna emoción referente a su calvario interno.

- Entonces, regáleselo. A fin de cuentas, no creo que usted se tarde mucho escogiendo detalladamente, ¿o sí? – Inquirió ella. Él frunció el ceño. ¿Qué le hacía pensar eso?

- Bueno, mi familia me importa lo suficiente como para no sólo regalar calcetines en Navidad. – Dijo sonriendo con ironía. Ella rió incrédula.

- Oh, sí, claro, y ahora me dirá que los acompaña en una velada familiar cargada de risas infantiles y ambiente festivo. – Expresó mordazmente.

- Bueno, acepto que durante estos últimos dos años no he asistido, pero eso no significa…

- ¿Lo ve? Por eso la gente siempre termina alejándose de los suyos. La familia siempre es una piedra en el zapato a la hora de querer resolver una situación complicada. Te critican, te comparan con otro, no importa lo arruinado que esté, siempre lo defenderán a capa y espada mientras que a ti te reniegan. Buscan la forma de tomar el papel de víctima y de tú ser el malo de la película. Es típico. – Dijo ella con amargura palpable en su tono de voz.

Él le miró con atención. Empezaba a entender lentamente el código usado por ella. Kagome no relavaba nada de su vida propia si no había algo que le dijera que podía darse el lujo de emitir sus opiniones. Pero antes de poder siquiera preguntarle, escuchó el grito de una mujer. Ladeó el rostro por inercia y observó a un hombre anciano echado en el suelo. Aparentemente había tropezado y caído.

Y justo cuando se disponía a reaccionar e ir a ayudarle ya Kagome estaba junto al hombre sujetándolo de brazo y hombros.

- Oh, Dios mío, ¿se encuentra bien? – Inquirió pálida como un fantasma y mirada opaca, como quien siente que le están arrancando el alma.

Inuyasha pronto se puso a su lado y juntos ayudaron al anciano a levantarse. Por suerte, las bolsas que llevaba el viejo consigo habían amortiguado un poco la caída y no tenía nada grave. En eso la mujer que había exclamado el grito se acercó a ellos presurosa y miró preocupada al hombre.

- Oh, papá, ¿No te duele nada? ¿Te pasó algo? – Preguntaba apresuradamente mientras una expresión compungida y angustiada se develaba en su rostro.

El aturdido anciano negó lentamente con la cabeza y finalmente sonrió tranquilizando a su hija.

- No es nada, mi niña. – Dijo ampliando la sonrisa. – Soy un viejo torpe pero eso no quita que también sea muy resistente. – Bromeó haciendo que las facciones de la mujer se relajaran un poco y lograra corresponder su sonrisa.

Sin embargo, Inuyasha y apenas notó cuando la mujer les agradecía su ayuda y se retiraba vigilando atentamente a su progenitor, puesto que había estado atento a cada una de las expresiones de Kagome. Su excesiva palidez y el espasmódico titiritar de sus hombros, sus manos sudorosas, sus pupilas dilatadas y aquella mirada vacía cuando el hombre musitó aquel "mi niña" a su hija. Kagome en esos momentos pese a su mutismo y expresión imperturbable parecía que finalmente cedería y se desmayaría.

Sin importarle demasiado la reacción de ella, le tomó su gélida mano y le condujo rápidamente para que tomara asiento en unos de los bancos que se encontraban dentro del centro comercial. Ella lo hizo sin replicar mientras hacía un esfuerzo por devolverle el oxígeno perdido a sus pulmones. Inuyasha posó sus manos sobre sus hombros y le miró con atención y seriedad.

- ¿Te encuentras bien? – Preguntó sin importarle el estarle tuteando. Ella asintió levemente. – Te traeré un helado, ¿de acuerdo? No te muevas de aquí. – Ordenó antes de dirigirse a la tienda de helados más cercana. Allí compró dos barquillas de chocolate con mantecado y volvió junto a Kagome.

Le pasó su respectivo helado, que ella y apenas logró sostener lo suficientemente fuerte entre sus dedos como para que no se le resbalara de la mano. Posteriormente, Inuyasha tomó asiento junto a ella sin quitarle los ojos de encima. Se mantuvo en silencio un momento mientras buscaba como abarcar la situación, sin embargo, Kagome se le adelantó.

- Es horrible, ¿sabías? – Murmuró ella. Él se mantuvo serio haciéndose una idea a qué se refería.

- ¿Qué es horrible? – Inquirió dejando de lado por un momento su barquilla. Quería saber más de la situación del padre de su interlocutora, pero era algo que estaba decidido dejar de lado. Ahora no importaba lo que rodeara a Kagome, sino lo que ella experimentaba dentro de sí.

Kagome pareció meditar la pregunta mirando con atención el helado que se derretía muy lentamente en su cúspide. De pronto sonrió.

- Eres como Sango, come helado en pleno invierno. – Dijo sin quitar aquella leve sonrisa de su rostro mientras no apartaba los ojos de su helado. Inuyasha arqueó una ceja. ¿Quién era Sango? Y Kagome pareció leerle el pensamiento, puesto que continuó: - Es una amiga mía. Nos conocemos desde hace años y… - Calló para ampliar un poco más su sonrisa. – La única que no me dio la espalda cuando todo el asunto de papá. – Finalizó suspirando.

- ¿Te ha apoyado desde entonces?

- Sí, ella…ella es como una hermana mayor para mí. – Dijo tristemente. – Y en verdad se lo agradezco. – Pausó mientras volvía a suspirar. – Quizá no debería hablar esto contigo, pero…daría igual a fin de cuentas. Después de todo te preguntarás el porqué de mi reacción tan exagerada.

- No es exagerada. – Replicó Inuyasha. – Creo que de repente has asociado a ese anciano con tu padre, ¿no es así?

La observó asentir antes de darle una última probada a su helado y lanzar el resto a un canasto de basura.

- Sí. Es horrible tener que vivir con esa zozobra. Aquella posibilidad de que en un día pierdas todo lo que te importa, todo lo que conociste verdaderamente y por quien has sacrificado tanto. Y en casos como estos no puedo evitar sacar a la luz aquel miedo irracional que mantengo doblegado en mi interior. Es algo…no sé como definirlo, es como si de repente te apresaran el corazón y los pulmones, haciéndote querer desaparecer y finalmente descansar en algún otro sitio completamente lejos de la realidad. Realmente no me gusta pasar por este tipo de cosas. Ya esta sería mi tercera vez, lo odio y a veces me odio a mí misma por ser tan débil. – Finalizó suspirando pesadamente. Inuyasha la miró con atención durante unos segundos antes de hablar.

- No eres débil. – Le corrigió haciendo que ella volviese sus ojos a él. – Eres una de las personas más tenaces que he conocido. ¿Qué te hace pensar que ser fuerte es ser invencible? Eres humana y es lógico que no puedas mantener tu apariencia de chica fuerte por siempre. En algunos momentos tiene que ceder ese velo para recuperarte un poco, ¿no crees?

- Dudo que hayas vivido una experiencia como la mía. No es tan fácil como parece. – Repuso cruzándose de brazos en actitud protectora consigo misma. Ya le era tan difícil confiar en alguien, que siempre intentaba ponerse a la defensiva. Inuyasha entendió. Quizá había que irse con más cuidado con ella.

- Realmente te mintiera al decirte que estás equivocada, porque yo no he tenido tal sensación por tanto tiempo. Sin embargo, mi madre cuando murió yo aún era un chico y bueno, estuvo hospitalizada durante una semana entera. Los médicos hacían y deshacían esperanzas y esos días fueron muy tortuosos, a veces me siento culpable al desear en ese momento que todo se acabara de una vez, fuera cual fuera la forma, pero que lo hiciese de una buena vez por todas. – Confesó uniéndose a los suspiros de Kagome con uno propio. – Probablemente tenga que cargar con esa cruz durante toda mi vida, pero al menos intento que no me afecte lo suficiente como para desboronar todo lo que queda en mi mundo.

- Pero deduzco que eso que te ocurrió sería hace años. – Musitó apretando un poco más el firme lazo que formaban sus brazos. – Ojalá tenga tanta suerte como tú, pero mientras tanto me temo que yo no puedo borrar mis fantasmas.

Inuyasha sonrió con pesar. Era cierto. Mientras la presencia de su padre estuviese latente nunca podría intentar mejorar. Realmente no podía imaginar qué haría él en su caso. A su padre no lo conoció lo suficiente como para crear un vínculo tan fuerte y en realidad, su progenitor ni siquiera contaba con él aunque fuese para los negocios, lo cual, siempre creyó que aquella sería la salida a su deplorable situación familiar. Él incursionó dentro del mundo empresarial con la esperanza de ganarse el orgullo de su padre, y pese a su éxito envidiable por muchos, a su progenitor no le era suficiente. Apretó la mandíbula cerrando simultáneamente sus puños y de pronto sintió ira y…dolor, pero no aquel dolor físico que logra sanar, sino un dolor proveniente desde dentro, de aquel que corroe si no se logra mantener a raya.

- Veo que las familias nunca serán suficiente para hacerte sentir mejor, al menos de forma completa. Son demasiados individuos y demasiadas necesidades, ¿no es cierto? Quizá ahora te des cuenta de lo que quise decir hace rato. – Dijo Kagome.

Inuyasha alzó la vista, dejando a un lado sus pensamientos fatalistas para volver a la realidad. Miró a Kagome sonreír levemente, como quien entiende el sentimiento del otro a cabalidad. Y en verdad, él tenía demasiado tiempo que no encontraba una sonrisa así. Lentamente formó él una sonrisa propia y asintió.

- Es muy cierto. Aunque, ¿sabes? Tú forma de ver el mundo es tan enternecedora que ahora me provoca mandar al diablo todos los regalos y enviar cartas con insultos a cada uno de los que conforman mi árbol genealógico. – Comentó en tono jocoso. Kagome amplió su sonrisa, pasando a mostrarse divertida.

- Muchos dicen que soy una mala influencia y una amenaza a la sociedad, probablemente sea cierto. – Comentó en tono cómplice volviendo adquirir aquel leve brillo en sus ojos.

- Oh, desde luego que sí. – Aseguró siguiendo el juego mientras ambos se ponían de pie. – Y para pagar por ello, ahora recorreremos todo el centro comercial y no nos iremos hasta que le compremos a Sesshomaru las pantuflas de ornitorrinco que siempre ha querido para Navidad y que nunca se las regalaron. – Agregó en tono solemne mientras Kagome se echaba a reír.

- De acuerdo. – Contestó entusiasmada.

Inuyasha amplió su sonrisa. Sentía que podía confiar en Kagome plenamente, aunque no tenía una razón concreta para tal acción. Sin embargo, veía en ella una personalidad fuerte moldeada por los golpes que ha tenido que sufrir durante toda su vida. Y ese tipo de personas que logran sobrevivir a las catástrofes internas son muy difíciles de conseguir. Así que definitivamente, Kagome era una en un millón, cosa por lo que se decidió que, pasase lo que pasase, no quería perder el contacto con aquella fascinante mujer.

- Oh, pero antes… - Dijo él como acordándose de algo importante. – Debemos regalarte una rosa para hacer memorable la velada, ¿no es cierto? ¿Qué clase de caballero sería si no te la diera? – Inquirió encaminándose a una tienda con espectaculares adornos florales.

Kagome borró su sonrisa completamente en shock y le miró como si se hubiese vuelto repentinamente loco.

- ¿Que tú qué? – Exclamó caminando y dirigiéndose a donde estaba él mirando con atención las exhibiciones de ramos de rosas de una gran gama de colores.

- ¿Qué prefieres? ¿Una docena? ¿Dos docenas? ¿Rojas? ¿Rosadas? – Preguntaba señalando cada uno de los ramos pensados para distintos gustos.

Kagome rió divertida por sus ocurrencias pero de repente se detuvo al observar algo que le llamó la atención.

- Ese. – Musitó señalando un sencillo ramo con una única rosa blanca en medio de aquellas ramitas verdes con florcitas blancas.

Inuyasha sonrió, sí, era de esperarse que Kagome escogería algo sencillo pero igualmente hermoso. Pensó divertido en que quizá esa rosa la identificara a ella más que cualquier otro ramo que estuviese allí.

- De acuerdo. Entonces vamos y te lo regalo. – Le guiñó un ojo a lo que Kagome rió una vez más.

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Kagome se sentía plenamente feliz por haber compartido un rato tan agradable. Tenía mucho tiempo que no se divertía así, tan plenamente, tan…libre de ataduras, como dijo Inuyasha. Sonrió volviendo el rostro a él. Lo observó concentrado en el camino mientras manejaba el vehículo, sin embargo, su semblante se mostraba relajado y aparentemente estaba tan contento como ella. En verdad se sentía en deuda con él, se dijo mirando con admiración la rosa blanca que tenía entre sus manos y que él le había obsequiado sin ningún reparo. Pareciera como si le pudiese leer la mente y saber que aquello era lo que quería para esa noche. Admitía que sólo Inuyasha la había sacado de su abismo interno de forma tan rápida. Por lo general le tomaba días o como mínimo horas reponerse a situaciones así, por lo que, aquella salida había sido una auténtica salvación para su torturada psique. Era como si él le hubiera extendido la mano justo cuando ella caía en un pozo sin fondo, oscuro y lúgubre.

Miró sus manos con bolsas de diversas tiendas y volvió a sonreír. También había hecho varias compras, y pese a que no consiguieron las pantuflas de ornitorrinco, habían conseguido la mayoría de las cosas que estaban buscando.

- Inuyasha, me encuentro en deuda contigo. ¿Cómo te puedo devolver el favor? – Le preguntó reparando en que llegaban a su casa al ver la tenue y familiar luz del porche.

Ladeó el rostro mirándole y aguardando una respuesta. Sin embargo, él sólo se limitó a sonreír.

- No hay de qué. – Contestó de forma sosegada. – Sin embargo, me pienso cobrar esta noche. – Agregó ampliando su sonrisa para luego continuar. – Sólo que será después. – Finalizó sin tono jocoso, ni siquiera usando su tono habitual. La forma de decirle la última oración había sido…suave, cálida.

Kagome sintió que empezaba a sonrojarse y decidió que era mejor irse. Empezó a recoger sus bolsas y a acomodarla entre sus hombros y mano izquierda para dejar libre la derecha al momento de introducir la llave en la cerradura de la puerta principal. Abrió la puerta del carro y justo cuando se disponía a poner un pie afuera, volvió el rostro a él una vez más.

- Muchas gracias por todo. – Dijo sonriendo.

Inuyasha observó con atención aquella sonrisa. Una sonrisa sincera, verdaderamente cargada de agradecimiento. Una sonrisa que, le había dejado completamente hipnotizado, reconocía. Manteniendo el rostro serio y con los ojos fijos en Kagome empezó a acercarse lentamente a ella. Quizá ese fuese su paga, pensó. Y lo que aparentemente no ser demasiado, para él suponía que sería como ganarse el cielo. Observó que ella no retrocedía, no sabía si por hacer gala de una demente valentía o porque ella también esperaba que él la besase. Sin embargo, todos sus sueños se hicieron añicos a milímetros de los labios de ella. Justo cuando ya entornaba los ojos un sonido estridente le arrebató el clima cargado de electricidad que habían formado.

Apretó los puños mientras lanzaba vejaciones en su mente hacia toda la humanidad. Porque, estaba seguro que su celular sonaba gracias a uno de los pertenecientes a dicho grupo. Igualmente, el sonido hizo despertar a Kagome de su breve letargo, haciéndola dar un respingo para finalmente bajarse precipitadamente del auto.

Ella, evidentemente nerviosa, se despidió apenas con la mano antes de encaminarse apresuradamente hacia su hogar.

Inuyasha suspiró maldiciendo una vez más al mundo para luego mirar aquel ruidoso e infernal aparato mostrando un nombre titilante. Sin poder evitarlo, frunció más el ceño al reconocerlo: el causante de la mayoría de sus desgracias, o al menos, así le bautizaba desde ese mismo instante.

- ¿Qué demonios quieres, Sesshomaru? – Masculló enojado contestando finalmente la llamada.

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- ¿Qué diablos creía que estaba haciendo? – Murmuraba Kagome para sí mientras luchaba por hacer encajar la llave en la cerradura. Una tarea que, se hace bastante complicada cuando todo tu cuerpo tiembla como gelatina.

Luego de unos segundos de lucha, logró hacer que la llave entrara y el seguro se abrió, permitiéndole el paso a su hogar.

Dejó todas las bolsas con sus compras sin demasiado cuidado al lado de la puerta, en el interior de la casa. Echó un último vistazo al carro de Inuyasha, que aceleraba y se unía a la fila de vehículos que transitaban por la calle una vez que él se hubiese asegurado de que Kagome estuviese a salvo dentro de su domicilio.

Cuando se perdió de vista, Kagome suspiró cansinamente y finalmente cerró la puerta y pasó la llave, sellando el seguro nuevamente.

- ¿Qué es lo que me pasa? – Se preguntó de repente afligida, porque, ante tal atrevimiento por parte de Inuyasha debía odiarlo, y sincerándose consigo misma, la verdad es que todo aquello, todo aquel preámbulo antes del beso que nunca llegó fue sencillamente…mágico.

Se desplomó no muy elegantemente en el sofá y abrazó un cojín mientras observaba las cosas de su casa hasta lo que le permitiese la penumbra de la estancia.

- ¿Qué sucede conmigo? – Se volvió a cuestionar suspirando sin entender aquel mar de emociones que la embargaban.

No sabía si todo aquello era bueno o no. Lo cierto era que, por mucho que lo intentara, aquello no fue para nada desagradable como hubiese querido afirmar.

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¡Hola! Espero que hayan pasado muy bien el fin de año n.n Del capítulo anterior, bueno, sencillamente agradezco muchísimo sus reviews. Incluso fueron más que en el segundo capítulo, así que no cabía en mi alegría al ver que este fic tuviese tanta aceptación. También me alegra ver que la personalidad de Kagome ha fascinado tanto y que muchas se hayan identificado con ella, puesto que a mí también me agrada como es, tan original como ella sola xD.

En este capítulo, para quienes me lo pidieron, ya tienen una idea de cual es la visión de Inuyasha con respecto a toda la situación de Kagome, que, creo que es bastante favorable, ¿no? (Quizá hasta demasiada, pero bueno ñ.ñU, aquí todo puede suceder, dado que el fic da pie para que las cosas sean bastante volubles) Igualmente con lo de la idea que se tiene de la familia, yo a veces siento que puede ser así en algunos momentos, pero tampoco odio a todo el que tenga vínculo consanguíneo conmigo xD Es sólo para adaptarlo a la realidad que viven los protagonistas con sus respectivas familias.

Bueno, con respecto al beso cortado ñ.ñU no me odien por eso. Las cosas no deben salir así de apresuradas si se quiere que se desarrollen decentemente, o al menos, así pienso xD Ya ven que Kagome es demasiado desconfiada como para que todo fluya a pedir de boca así sin más. Sin embargo, no creo que haya tantos momentos cortados como éste en el resto del fic, o al menos, así lo espero ñ.ñU

Y finalmente, pues, agradecerles mucho todos los reviews que me han dejado, que, en verdad, me han alegrado mucho y de los cuales aprecio tanto apoyo por parte de ustedes.

Muchas gracias a: giselita, PaauLaa :D, Sayuri, Danesa-19, kagomekaoru, erini, RociRadcliffe, KaoruRurouni24, Vampirestar, setsuna17, marcela, siordia, pamela, DabuRu-Tamashi, masha, bela123, eternal-vampire, Zandy, Sheila, cibel05, Mari-loki, jegar sahaduta, melitona chan.

Espero me puedan dejar su opinión con respecto al capítulo de hoy y no me queda más nada que decirles además de que tengan un muy próspero año 2008. Sayonara.