Jasper mantuvo la cabeza gacha para ocultar sus pensamientos, que no eran nada optimistas. Todo aquello no le gustaba nada. Confiaba en muy pocas cosas en aquella vida caótica, pero la fuerza y la pureza de la vocación del hermano Edward se encontraban entre ellas. A pesar de que no conocía los detalles, sabía que aquel hombre sentía una necesidad avasalladora de hacer penitencia por algo que había sucedido en el pasado, y no tenía sentido que se arriesgara así.

En teoría, el plan de Edward había parecido de lo más práctico. El príncipe James tenía muchos enemigos, y uno de los más peligrosos era el barón Neville de Harcourt. Su única hija había muerto a manos del príncipe, y a pesar de que el rey se había esforzado por ocultar la brutalidad de su hijo, James se había visto obligado a enfrentarse a las consecuencias de sus actos; sin embargo, al barón Neville no le había hecho ninguna gracia que el castigo se limitara a un viaje de arrepentimiento y a una breve estancia en un convento, y el príncipe iba a necesitar algo más que la protección de una pequeña escolta para llegar sano y salvo a su destino. También hacía falta astucia, y afortunadamente, entre los monjes de San Andrés había un gran estratega.

Cuando llegaran a su destino, todos estarían a salvo. El príncipe James expiaría sus pecados, y ni siquiera un padre furioso se atrevería a asesinar a un hombre en estado de gracia. No había duda de que Neville esperaría a que el príncipe volviera a pecar, ya que era obvio que no tardaría demasiado en volver a las andadas; sin embargo, para entonces el hijo del rey ya no sería responsabilidad de los monjes de San Andrés, y le estaría bien empleado que alguien le diera su merecido.

Sin duda el hermano Edward se asombraría por su falta de piedad y afirmaría que incluso los peores pecadores podían salvarse, a pesar de que en el fondo sabía que James llevaba mucho tiempo en manos del demonio y que ni las penitencias ni las plegarias podían rescatar su alma.

Jasper fijó la mirada en la espalda del hombre que encabezaba el grupo. A los demás no les incomodaba que el hermano Edward hubiera sentado a la mujer en su caballo, pero él lo conocía mejor que nadie y sabía que en su corazón debía de estar librándose una verdadera batalla.

Miró por encima del hombro al resto de monjes. El único que permanecía alejado del grupo era el hermano Michael, que sabía interpretar muy bien su papel. Sus ojos castos y su sonrisa dulce engañarían a cualquiera, sin duda le habían ayudado a llevar a cabo sus tropelías durante tanto tiempo. Sólo tenía que acudir a su padre, el rey de Inglaterra, y se le concedían todos sus caprichos.

Pero en esa ocasión las cosas eran muy diferentes, y la única forma de que permaneciera con vida el tiempo suficiente para expiar sus pecados era que viajara de incógnito, disfrazado de monje y rodeado por miembros de la orden más estricta de todo el reino.

Y a la cabeza del grupo iba el hermano Edward, un hombre fuerte e imponente que constituía un blanco perfecto para cualquier asesino dispuesto a acabar con la vida del príncipe.

Había sido el mismo Edward quien había ideado el plan, y el abad había tenido que admitir a regañadientes que era lo más práctico. Antes de ingresar en la orden, Edward había sido un caballero entrenado para la lucha, un soldado de las Cruzadas. Era más alto y fuerte que la mayoría, y muy pocos podrían ganarle en una pelea justa. De modo que él iba al frente del grupo, y el depravado y encantador príncipe bastardo de Inglaterra viviría para pecar un día más. Edward sabía que Jamwa no tenía arreglo, que era posible que volviera a asesinar a otra inocente, y eso era una carga muy pesada que tenía que soportar.

Pero esa inocente no sería la hija del barón Charlie, porque Edward estaba asegurándose de mantenerla a salvo. Eso no le habría preocupado, de no haber visto la mirada que brillaba en los ojos de su compañero cuando se posaban en aquella joven delgaducha.

Decían que el pelo con tonos rojos era una marca del diablo, y aunque él no creía en esas tonterías, no podía evitar preguntarse cómo era posible que una muchacha de apariencia tan normal pudiera captar la atención de un asceta tan disciplinado como el hermano Edward, que no había mostrado ningún interés en el sinfín de mujeres mucho más hermosas que habían intentado atraparlo.

El hermano Edward siempre había sido un verdadero misterio, pero en todo caso, nunca rompería sus votos. A pesar de la forma en que miraba a lady Isabella cuando ella no se daba cuenta, no iba a pasar nada. Ella iba a ingresar en un convento, el príncipe James confesaría sus pecados, se quitaría su ropa de religioso y volvería a su vida pecaminosa, y Edward y el resto de monjes regresarían al monasterio, donde estarían apartados de las tentaciones del resto del mundo.

Estaban a unos tres kilómetros de distancia de las propiedades de Thomas de Wakebryght, y un día más cerca del convento de Santa Ana. Con la gracia de Dios, llegarían sin contratiempos.

Miró de nuevo hacia el hermano Edward. De lady Bella sólo alcanzaba a ver algún mechón esporádico de su pelo rojo endemoniado ondeando con el viento, y aunque se dijo que todo iba a salir bien, aquello empezaba a darle muy mala espina.

Bella había conseguido dormir un poco, aunque no le habría parecido humanamente posible. A pesar de que el caballo no andaba con paso brusco, corretear por los caminos no contribuía a poder conciliar el sueño, pero el sólido cuerpo que tenía a la espalda, la calidez del aliento que le abanicaba el pelo, el contacto de aquellas piernas que tenía bajo las suyas, los brazos que la rodeaban y la mantenían cautiva…

Ni siquiera quería pensar en ello. Hacía tres años desde la última vez que se había interesado en un hombre, y el tipo en cuestión la había decepcionado profundamente. Pero el hombre con el que estaba en ese momento era mucho más peligroso; de hecho, podía resultar incluso letal.

Se había quedado dormida a pesar de todo, y cuando despertó ya estaba oscureciendo y le dolía todo el cuerpo. Se despejó de golpe al darse cuenta de dónde estaba, y su inquietud se incrementó cuando el caballo se puso nervioso al notar su reacción. Un breve murmullo tranquilizó al caballo, y fue entonces cuando recordó quién la tenía en sus brazos… el príncipe oscuro, el demonio encarnado con boca de ángel caído.

—Estaos quieta.

Bella obedeció de inmediato, porque tenía más miedo de caerse del enorme caballo que del hombre que tenía a su espalda… al menos, eso fue lo que se dijo a sí misma.

—¿Dónde estamos? —era absurdo que se sintiera sin aliento, había estado durmiendo.

—¿Dónde estamos, mi señor? —la corrigió él.

—Mi señor —dijo ella, mientras le dedicaba toda clase de insultos para sus adentros.

—De camino al lugar donde vamos a pasar la noche. En adelante dormiremos al aire libre, pero esta noche podréis disfrutar de una cama que aliviará los dolores que os aquejan.

—¿Quién os ha dicho que me duele algo…? Mi señor —se apresuró a añadir lo último al notar el tono cortante de su propia voz.

El príncipe no era célebre por su tolerancia, y ya había asesinado a varias mujeres.

—Apenas os teníais en pie, supongo que alguien tendrá que llevaros a la cama en brazos.

Bella se irritó aún más al darse cuenta de que parecía divertido por la situación.

—¡Vos no! —le espetó, antes de poder morderse la lengua.

Le pareció oír que soltaba una carcajada queda, pero no podía volverse a mirarlo; además, en la creciente oscuridad tampoco habría alcanzado a ver gran cosa.

—No, yo no. Tengo sirvientes que se encargan de tareas tan triviales como acarrear a mujeres obstinadas.

—Entonces, ¿por qué estoy montada con vos?, ¿no sería mejor que fuera con alguno de vuestros hombres?

—Lady Isabella, no sois una flor pequeña y mi caballo es el único capaz de cargar con vos y con un hombre. Además, me siento generoso y lo consideraré parte de mi penitencia.

Bella contuvo un bufido, aunque fue más por miedo de sobresaltar al caballo que por temor a ofender a su acompañante. Aquel hombre era un verdadero enigma, porque a pesar de que estaba claro que era peligroso y capaz de recurrir a la violencia, a pesar de que sin duda poseía fuertes deseos carnales que incluso parecían llevarlo a prestarle atención a un ser anodino como ella, no le parecía un asesino brutal e implacable; sin embargo, la cruda realidad demostraba que sus instintos se equivocaban, y tendría que controlar su lengua si quería llegar sana y salva al convento.

Al dejar la prisión que había sido para ella el hogar de su padre, se había creído con más libertad de la que tenía en realidad, de modo que sería mejor que volviera a representar el papel de mujercita sumisa y bobalicona.

—Sí, mi señor —dijo, con el tono de voz carente de inflexión que solía usar con su padre—. Sin duda recibiréis el perdón divino, y podréis emprender una vida llena de paz y de justicia.

El soltó una carcajada, y le dijo con sorna:

—¿Eso creéis?

—¿Qué otra cosa podría creer, mi señor? Mi padre me dijo que eso era lo que sucedería, y una buena hija es consciente de la sabiduría de sus mayores.

Bella se quedó de piedra al sentir que la tocaba. El príncipe sujetó las riendas con una sola mano, y con la otra la tomó de la barbilla y la obligó a que volviera la cabeza para mirarlo. Estaba demasiado oscuro para poder verlo con claridad, y para que él alcanzara a ver la furia que se ocultaba tras su fingida mirada de inocencia.

—Y vos sois una buena hija, ¿verdad? Organizabais las tareas del castillo, obedecíais a vuestro padre, y conocéis el poder curativo de las plantas. Encajaréis bien en un convento, donde serviréis a Nuestra Señora y mantendréis la lengua a buen recaudo.

—¿A qué os referís? —le preguntó ella con nerviosismo, sin dejar de mirarlo.

—Supongo que sabéis que en el convento haréis voto de silencio, ¿no? Es una orden dedicada a la meditación, y casi nunca se os permitiría pronunciar una palabra que no sea en latín. Será mejor que digáis todo lo que tengáis pendiente antes de entrar allí.

El le soltó la barbilla, y Bella se volvió de nuevo hacia delante. El contacto de su mano le había resultado casi tan inquietante como lo que le había dicho, porque se volvería loca si tenía que hacer voto de silencio.

No le extrañaba que su padre no la hubiera advertido de aquel detalle. Sospechaba que lo había hecho a propósito, pero sabía que carecía de la sesera suficiente para urdir aquella artimaña; además, cuando estaba delante de él siempre se limitaba a decir lo mínimo posible, así que sin duda había creído que no le resultaría difícil mantenerse callada. Al fin y al cabo, se creía el único con derecho a hablar.

Le habría estado bien empleado que lo hubiera envenenado antes de marcharse, pero a pesar de que una dosis inadecuada de la pócima que le administraba habría obrado maravillas, ella sería incapaz de hacer tal cosa. Por muy grande que fuera la tentación, sólo quería usar sus conocimientos sobre plantas y remedios para ayudar a los demás. Atemperar los deseos carnales de su padre había salvado a las criadas, aunque por increíble que pareciera, algunas de ellas no parecían desear que las librase de sus atenciones libidinosas. Pero atentar contra su vida habría sido imperdonable, y habría quedado condenada a cargar con una mancha imborrable en el alma.

Lidiaría con los acontecimientos conforme fueran sucediéndose. Quería llegar a ser la abadesa de la pequeña orden religiosa en un tiempo récord, ya que no tenía ninguna duda de que podía conseguir casi cualquier cosa que se propusiera gracias a su ingenio, sus conocimientos, y su férrea determinación. Encontraría la forma de relajar las estrictas reglas del convento, o empezaría a hablar consigo misma en su celda.

—No tengo nada pendiente, mi señor —murmuró con la más inocente de sus voces.

Le pareció que él murmuraba algo que podría haber sido «un cuerno», pero se dijo que lo había oído mal. El viento estaba arreciando, el día primaveral iba perdiendo calidez, y más adelante se alzaban las murallas de un castillo que le resultaba ominosamente familiar.

No, era imposible. El castillo de Jacob de Wakebryght estaba en la dirección contraria al convento de Santa Ana, no tenía sentido pasar un día entero alejándose de su destino. Además, todos los castillos se parecían mucho, y cada vez era más difícil ver bien en la oscuridad creciente. Había estado en Wakebryght una única vez, el día de su compromiso, y había sufrido tal humillación, que había jurado no volver jamás.

—Es posible que este lugar os resulte familiar —comentó el príncipe, que permanecía ajeno a su desconcierto—. Pertenece a un vecino de vuestro padre, es el castillo de Wakebryght.

—¡No! —Bella no pudo evitar la exclamación seca y cortante que brotó de sus labios.

—¿No?, os aseguro que es que sí.

—El castillo de Wakebryght está en dirección contraria al convento de Santa Ana.

—Sí, es cierto. Hemos recurrido a una pequeña estratagema, para despistar a los que puedan desear hacerle algún mal al querido hijo del rey —le dijo él, con cierto matiz extraño en la voz—. Nadie sospechará que hemos venido por aquí. No os preocupéis, un día más o menos no supondrá ninguna diferencia cuando el resto de vuestra vida se extiende ante vos. Tendréis tiempo de sobra para dedicarlo a Dios y a las buenas obras… en silencio.

—No pienso ir.

A él no parecieron afectarle en nada sus palabras, y le dijo con calma:

—Me extrañaba vuestra vocación, pero no voy a juzgar la decisión de vuestro padre. Sospecho que le causaréis más de un problema a la buena abadesa de Santa Ana.

—Me refiero a que no pienso ir a Wakebryght, prefiero morir antes de entrar en ese castillo —le espetó ella con decisión.

Ya estaban acercándose a la puerta principal, donde los esperaba un comité de bienvenida en el que se encontraba la insoportable madre de Jacob de Wakebryght, lady Rebecca. Su reacción fue instintiva, imprudente e inmediata: intentó saltar del caballo.

Aunque tomó al príncipe desprevenido, era demasiado rápido para ella. De ver cómo iba acercándose el suelo desde una gran distancia, pasó a sentir que la apretaba de nuevo contra su pecho duro y que la sujetaba con tanta fuerza que apenas pudo respirar.

—No me parece una buena idea, mi señora —le murmuró al oído—. El suicidio es un pecado mortal, además de una reacción exagerada. No os preocupéis si os desagrada nuestro anfitrión. Como su esposa estaba de parto cuando ayer nos fuimos de aquí, lo más probable es que esté a su lado o celebrando la llegada de su heredero. Ese hombre está encandilado con su mujer.

Eso era algo que Bella sabía muy bien.

—Por favor, no me obliguéis a entrar en ese lugar, prefiero dormir en el bosque —susurró—. Ni siquiera hace falta que dejéis a alguien conmigo para que me proteja, sabéis bien que no soy una mujer que pueda tentar a los hombres.

Por alguna razón que Bella no alcanzó a entender, él soltó una súbita carcajada.

—Vais a dormir en el castillo de Jacob de Wakebryght, mi señora. Y si seguís protestando, voy a ataros a mi cama.

Aquella idea no la atrajo en lo más mínimo, aunque si Jacob pensaba que era la amante del célebre príncipe, quizás se preguntaría si había hecho bien al rechazarla… no, aquello era más que improbable. Habían jugado juntos de niños, los habían prometido cuando aún estaban en la cuna, y habían sido buenos amigos; sin embargo, cuando la habían llevado para que se casara con él a los catorce años, él había alzado la cabeza para poder mirarla a los ojos y se había negado tajantemente. Se habían devuelto tanto los regalos como la novia, que había regresado al castillo de Bredon en un incómodo carro cubierta con un velo que ocultaba su vergüenza, mientras que Jacob de Wakebryght se casaba con su delicada, morena y curvilínea prima Vanessa.

—Preferiría servir de carnaza para un montón de dragones que volver a ese castillo —masculló en voz baja.

—Por desgracia, no hay ninguno cerca. ¿Qué tenéis en contra de Jacob?, ¿acaso os rompió el corazón?

Bella se tensó sin decir palabra, pero fue respuesta suficiente. Se le había olvidado lo observador que era el príncipe.

—Ya veo —le dijo él—. No os preocupéis, dudo que se dé cuenta de vuestra presencia. El embarazo de su esposa ha sido bastante difícil, así que supongo que estará demasiado ocupado preocupándose, celebrando o llorando, para prestaros atención.

—Eso espero.

—Aunque si está llorando, puede que ésta sea vuestra oportunidad. Si su esposa no puede proporcionarle un heredero, es posible que muera en el intento y que vos podáis ocupar su lugar. Sería un final feliz para todos.

Bella alzó la mirada hacia él, pero ya estaba demasiado oscuro y sólo pudo ver su silueta recortada contra el cielo nocturno.

—Lo que decís es horrible, jamás le desearía tales desgracias a nadie.

El se limitó a hacer que el caballo apretara el paso, y pronto llegaron al bien iluminado patio principal del castillo. Tal y como el príncipe había vaticinado, Jacob no estaba allí. Los únicos que habían salido a recibirlos eran su madre, una arpía avinagrada que tenía una desacostumbrada sonrisa en el rostro, y el tío de Jacob, Sam. Bella se sintió invisible, porque los dos actuaron como si no estuviera allí y se centraron en el príncipe.

—Honráis nuestro hogar con vuestro regreso, príncipe James —dijo Rebecca, con su característica voz fría—. No sabíamos que contaríamos con el placer de vuestra compañía tan pronto. Lamento que mi hijo no esté aquí para recibiros, pero su esposa está sufriendo mucho. He hecho que le informen de vuestra llegada, y sin duda cenará con nosotros.

—No hace falta, los futuros padres son de lo más tediosos.

El príncipe desmontó con una gracilidad sorprendente y alzó las manos hacia Bella, que vaciló por un instante. Si agarraba las riendas y hundía las rodillas en los flancos del caballo, el animal echaría a correr y la llevaría lejos de aquel dichoso hombre que no dejaba de exasperarla. Pero para eso tendría que hacer que el caballo diera media vuelta, porque si se adentraba aún más en el patio no iba a conseguir nada,

No tuvo tiempo de seguir pensando en su posible huida, porque el príncipe la agarró de la cintura y la bajó del caballo sin demora. Por una vez, se alegró de que siguiera sujetándola, porque no estaba segura de poder mantenerse en pie.

—Ya conocéis a lady Isabella de Swan, ¿verdad? —comentó él.

Por la expresión de lady Rebecca, parecía que acababa de ver una serpiente.

—Por supuesto. Bienvenida a Wakebryght —volvió a centrar la mirada en el príncipe, y comentó—: Me temo que no vamos a estar demasiado festivos, creo que para cuando os marchéis mañana estaremos de duelo. No esperamos que lady Vanessa supere esta noche.

—¿Y el bebé? —le preguntó Bella.

No, una serpiente no, un simple gusano.

—El bebé morirá también, no puede hacerse nada por ellos.

Lady Vanessa y su hijo nonato iban a morir y ella estaría allí para consolar a Jacob y ayudar a Rebecca, quizá para cambiar su vida y convertirla en lo que podría haber sido. Sólo tenía que mantenerse callada.

Al sentir el peso de la mirada del príncipe, tuvo la desagradable impresión de que él era consciente de lo que estaba pensando. Alzó la cabeza, y se enfrentó a la dura mirada de lady Rebecca sin pestañear.

—Soy una buena partera, y he asistido a las mujeres de Swan durante partos muy difíciles. Llevadme junto a lady Vanessa, quizás pueda ayudarla.

A pesar de que no era una petición, dio la impresión de que lady Rebecca iba a negarse, pero el príncipe le dijo:

—Llevadla junto a esa pobre mujer, no tengo ganas de seguir discutiendo a la intemperie —sin más, le dio a Bella un pequeño empujoncito que la indignó.

Edward siguió con la mirada a lady Bella mientras ella se internaba en el castillo de Wakebryght. Andaba con los hombros tensos bajo el brillante manto de pelo que le caía a la espalda, y su postura le resultó muy familiar. Era la que adoptaba una persona cuando se dirigía hacia una batalla que no estaba convencida de poder ganar, pero que no tenía más remedio que afrontar.

Él mismo había estado en aquella situación demasiadas veces. Se había visto atrapado en medio de batallas sangrientas por una tierra que ya estaba llena de sufrimiento humano, sin saber con certeza qué era lo que estaba haciendo allí. El desierto era ardiente e inhóspito, y las riquezas que se habían acumulado allí carecían de valor en comparación con las vidas de gente inocente.

Sí, era una Tierra Santa, pero para todas las creencias. Y no estaba seguro de si su Dios quería que asesinara y arrasara para arrebatársela a otras personas, personas que creían en otro Dios que al fin y al cabo no era tan diferente del suyo.

Elizabeth iba a luchar por lady Vnessa y su hijo, tal y cómo él lo había hecho por la Tierra Santa. Pero ella no iba a empuñar una espada manchada con la sangre de personas que no merecían morir.

El príncipe de verdad estaba observándolo con una pequeña sonrisita, como si pudiera leerle la mente. Era un hombre peligroso, al que se le habían permitido todo tipo de abusos durante demasiado tiempo. Había disfrutado en las Cruzadas, ya que el asesinato era el mayor de sus placeres, y, al regresar a Inglaterra, la vida debía de haberle parecido muy aburrida. A falta de infieles a los que masacrar, había optado por acabar con las vidas de ingleses inocentes, y era fácil darse cuenta de cómo había conseguido salirse con la suya durante tanto tiempo. Su sonrisa angelical conseguía que muchas mujeres olvidaran las brutalidades de las que era capaz, y como conocía la naturaleza humana, sabía demasiado bien cuál era la forma de conseguir sus propósitos.

James iba a darse cuenta de lo que le pasaba y lo usaría a modo de arma, así que tenía que esforzarse por mantenerse apartado de Bella. Que él supiera, el príncipe sólo se interesaba por las mujeres más hermosas, pero eso no significaba que ella estuviera a salvo. A pesar de que no era una frágil belleza, su fortaleza sería una afrenta para alguien romo el príncipe.

Jasper estaba mirándolo con preocupación. A su manera, era tan perspicaz como James, y sin duda también se había dado cuenta de su súbita debilidad.

Pero todo aquello carecía de importancia. Tenía que proteger a Bella, y si estar cerca de ella despertaba deseos inesperados que llevaban mucho tiempo dormidos, se trataba de un castigo justo por sus pecados. Cuanto más la deseara, más dolorosa le resultaría su cercanía, y él era un hombre que aceptaba el dolor para alcanzar la salvación. Aceptaría el tormento de la lengua afilada de aquella mujer, sabiendo que jamás podría saborearla.

Aunque al fin y al cabo, daría igual. Creía que acabaría pagando con la vida, y entonces estaría en manos de Dios juzgarlo. El pecado que se había planteado era mucho peor que el que estaba evitando.

Se temía que iba a tener que matar al príncipe James, que acabaría rebanándole el pescuezo y dejando que se ahogara en su propia sangre para que no pudiera asesinar a otra persona inocente. Ya tenía demasiados niños y mujeres en su conciencia, y si tenía que renunciar a su propio alma para salvar a una sola víctima más, lo haría sin dudarlo en raso de que fuera necesario.

Iba a darle tiempo para que se arrepintiera de verdad. Era posible que el príncipe alcanzara un verdadero estado de gracia, aunque era improbable que durara demasiado. Él mismo había matado tantas veces, que había perdido la cuenta de los cadáveres que se acumulaban a sus pies. Había asesinado a inocentes y a villanos, a mujeres y a hombres, a ancianos y a niños. En la guerra, la muerte era imparcial.

Rompería su promesa, y mataría al hombre al que le habían encomendado que protegiera. Asesinaría de nuevo, a pesar de que había rezado para no tener que volver a hacerlo. Haría lo que hiciera falta para evitar que muriera un solo inocente más… y que Dios se apiadara de su alma.