Disclaimer: Los personajes son de SM, la trama es mía.
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We are so perfect
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Bella
Gané.
Pero él no es un premio. Es un humano, y de sexo masculino. No es un puto trofeo.
Cuando una sirena estaba cantándole a un hombre, otra sirena podía arrebatarle "su comida" si tenía mejor voz que la primera y cantaba con más potencia, algo así como lo que pasó ayer, bueno no, quitadle el algo así.
Realmente, ¿este hombre valía la pena para esto? Quiero decir, si Písinoe antes estaba cabreada, no quiero saber cómo estará ahora solamente porque le había arrebatado la cena ganándole en una competición de canto que teníamos siglos que no lo celebrábamos, y encima casi le había echado en cara que tenía mejor voz que ella.
Mis pensamientos se dividían en: toma eso, puta, y en: ¿Estaba Písinoe tan cerca de la orilla? ¿Cómo, vigilándome? Porque el chico no se había ido tan lejos tampoco.
El chico. Un hombre de pelo cobrizo con matices rojizos y dorados, de 1.88, rasgos angulosos que equivaldrían a la belleza de las sirenas y cuerpo bien proporcionado. Olía bastante bien, pero no me daba hambre, ya no.
Se identificó como Edward Cullen, un nombre quizá algo complicado de mencionar para mí, nuestro lenguaje no tenía tantas consonantes, aunque con tantas vocales parecíamos retrasadas hablando…
"Vamos a casa Bella"
Sé que tenía poco tiempo de conocerlo –unas horas– pero parecía ser del tipo escéptico, de esos que puede estar un dragón expulsando fuego por la boca en sus narices y él diría: "Oh, eso es falso, seguro que hay personas dentro, como en los festivales asiáticos". A las personas de este tipo, normalmente les había ocurrido un hecho paranormal años atrás, y ellos intentan reprimir ese recuerdo, pues les causa trauma, y digo esto porque he vivido mil años y conozco mucho, mucho.
Aunque prefería encontrarme con alguien así, y no con una persona que apenas verme entrara a su casa y activara todos los sistemas de seguridad. No sé cómo me vería a sus ojos, pero seguramente como un peligro, como una horrible criatura, una hermosa criatura (N/A: No pude resistirme a poner esas dos palabras, me encanta hermosas criaturas)
Aunque hablando de recuerdos suprimidos… Había algo que con todas mis fuerzas estaba intentando olvidar, aún no sabía si arrepentirme.
Flashback
– Vamos a casa, Bella – Dijo el tal Edward. Con cautela lo observé, y con cautela realicé todos mis movimientos. Ya me había oído cantar y no lo había matado, por lo que estaba indefensa, mi mayor arma había sido revelada, por así decirlo. Mi voz había quedado en sus recuerdos, y esto era ilegal en las Leyes Sirenaicas.
Mientras Edward caminaba con postura tensa delante de mí, lo llamé y se giró. Lo que estaba a punto de hacer, nunca me había sido necesario –habían muerto antes de plantearse cualquier duda, o de notar que estaban siendo devorados por sirenas, bien podían haber pensado que eran tiburones – pero no conocía lo suficiente a este hombre como para dejarlo con esto, y se haría un millón de preguntas a las cuales no podía dar respuesta.
Lo miré directamente a los ojos, tan o más verdes que cualquier árbol que nos rodeaba, pensamiento que me distrajo momentáneamente.
– Tú no me has encontrado sentada en la roca allá afuera, no soy una sirena, no te he cantado, no has visto a ninguna chica ojos y pelo negro. Solo saliste a nadar un rato, y regresaste sano y salvo. – Pensé que había acabado, pero rápidamente recordé que tenía que dar una explicación al porqué de encontrarme aquí – Soy la asistenta de la casa, me has contratado – No sabía de quién era la casa en realidad, si de él o de otra persona, ni la historia, pero espero que funcione.
Edward al oírme decir todo esto, tenía cara de "Te llevaré al médico" pero en el momento en que acabé, repitió y corroboró absolutamente todo, aunque las sirenas, siendo detallistas, podíamos notar ligeros cambios en los ojos de las personas, y por lo que estaba viendo en Edward, estaba decepcionado de que le obligara a creer algo que no era cierto.
Era mejor así.
Fin Flashback
Me levanté de la cama. No podía dormir cavilando tanto. En lo que te pones a pensar sobre lo que te ha ocurrido a lo largo del día, que Dios te proteja, porque no vuelves a dormir en toda la noche.
Después de que me dijera esa frase de "Vamos a casa, Bella" como si fuera un perrito rebelde que se ha escapado, o su novia de toda la vida –ese pensamiento me resultó incomodísimo, más tarde pensaría sobre ello– no volvió a decirme nada más, y eso que no incluía en la compulsión las palabras "Y ni se te ocurra hablarme" seguro que su cerebro aún lo estaba asimilando. Solo cuando se levante por la mañana sabré si lo he hecho bien o no, y como se levante diciéndome: "Realmente anoche no dormí, estuve pensando y me di cuenta de que sí, eres una sirena…" juro que me va a dar un ataque cardíaco, porque Písinoe, más mi juramento, más robarle la cena, más un humano descubriendo lo que era y que había más como yo, era capaz de convertirse en humana –aunque lo detestase– y comerme mientras aún estaba viva.
Recorrí el pasillo de la casa sin hacer un mínimo ruido, la casa oscura, y a través de los cristales, el mar de la misma forma. ¿Estarían mis hermanas durmiendo? ¿En una reunión decidiendo qué hacer conmigo?
El cristal-puerta de la casa me reveló un auto reflejo un poco débil porque no era un espejo en sí. En general, seguía siendo muy bella, con la piel totalmente inmaculada, sin ninguna marca, ni lunar o mancha, y ojos grandes oscuros, que me conferían un aspecto diabólico, y un pelo largo de mechas rojizas, pero podía ver como mi piel empezaba a resecarse, solo un poco, pero se debía a la falta del agua marina, pura, limpia, sin cloro u otros añadidos que le echaban al agua aquí, y para intentar conservarme fuerte y hermosa por si se avecinaba una lucha con mi hermana, comí un poco de atún que encontré en la nevera, pero era inútil, era un hombre o nada.
Era cuestión de tiempo que muriera, si no me mataba Písinoe ya lo haría mi añoranza al mar.
Edward
Día siguiente.
El dolor de cabeza con el que me desperté, no era como ninguno que hubiera tenido antes, porque este incluía una fuerte sensación de desorientación, de saber que olvidas algo y tu cerebro se fuerza al máximo para recordarlo como si tu vida dependiese de ello.
Llamé a la asistenta, Bella, para que me trajese algún analgésico, pero el mero hecho de recordar quién era ella y qué hacía en esta casa intensificó el dolor de cabeza. Repetí su nombre y la cabeza estaba por estallarme, al tercer intento solo eran gruñidos, porque me había negado a decir su nombre en voz alta si no quería que me empezara a salir sangre de las orejas.
–Aquí tiene, señor Cullen – Con humildad y sin querer mirarme directamente a los ojos, una joven de belleza indecible me sirvió un vaso de agua y una pastilla.
– ¿Te he dicho antes que no me llames señor Cullen? – Me sentía inútil, tirado en la cama agonizando como si tuviera ponzoña en mi sistema. Me atreví a mirarla, mientras ella se acercaba y me ponía una mano un poco más fría que la temperatura normal, en la frente. Su pelo y su aroma, rozaron mi barbilla y no pude evitar suspirar.
En ese instante, el dolor de cabeza se había esfumado, no disminuido, si no directamente desaparecido.
Es curioso como apagó ese fuego, de la misma manera en que encendió otros.
– Creo que debería ir preparando el desayuno, te dejaré a solas – Sin nada más que añadir, se retiró de la habitación dejando su esencia en ella, estuve unos minutos mirando al techo pensando en ella.
Me aseé y me di una ducha, me tomé mi tiempo, ya relajado porque el dolor de cabeza no daba indicios de volver para tomar venganza. Bella me llamó avisándome que el desayuno ya estaba listo aunque no entró al baño. Me vestí como los hawaianos en las películas americanas y cuando volví a la habitación, me fije que en la mesita de noche el agua estaba intacta y la pastilla seguía ahí.
Bella
– ¿Qué tal está?- Jamás en mis mil años de existencia, había cocinado comida humana, pero las sirenas éramos buenas en todo lo que nos proponíamos, por lo tanto tampoco me preocupaba mucho la respuesta.
–Muy rico, me alegra haberte contratado– Noté la confusión superficial que pasó por los rasgos de Edward, con confusión superficial me refiero a que tal vez el ni siquiera sabía que se sentía así. Efectos secundarios, como el dolor de cabeza de esta mañana.
La pastilla solo estaba ahí porque él la había pedido, pero no era necesaria, un toque mío bastaba para sanarle. Por otro lado, estaba muy orgullosa de que no se levantara chillándome, porque eso significaba que no había perdido mi toque hipnotizando a la par que perdía mi cola.
– ¿Qué quieres hacer ahora? – Le pregunté y me encontré realmente interesada por saberlo. Me apoyé en la encimera, el sol brillaba plenamente y era un día hermoso, afuera se oían las gaviotas. Quizá para él esto serían unas bellas vacaciones, pero para mí era una tortura.
– ¿Y si vamos a nadar? –Propuso tímido, e ignorante.
–No –no me alteré en lo más mínimo al responder, no quería volver a usar la compulsión porque él podría sangrar y yo desmayarme– ya nadaste ayer, ¿no es cierto? Creo que hoy podemos aprovechar el día en otra cosa.
– ¿Cómo qué? Estamos en isla, ¿sabías? Rodeados de agua – Me sorprendió brevemente la cara que pusimos los dos al oír las últimas palabras, decidí preguntar.
– ¿No te gusta el agua?
– Eres la asistenta, ¿nunca te lo había contado? Llevas muchos años en la familia – Su voz se oyó mecánica, como si se limitara a recitar esas palabras enfrente de un público.
–No, nunca me lo contaste – Dios, que buena mentirosa soy
– Es… Algo dentro de mí que me dice que el mar no es bueno, como piensa mucha gente que es vida – me preocupé, quizá mi compulsión no había sido buena y se acordaba de Písinoe, pero como si me leyera la mente, lo aclaró – Es un recuerdo que no recuerdo, irónico, lo sé. Quizá si eso no me hubiera sucedido, me habría gustado tanto el mar como a mi padre.
Súbitamente me incliné en la encimera, y él se enderezó en la silla. Ahí captó mi atención, aunque esto no era verdad, Edward Cullen había captado mi atención desde la primera vez que lo vi.
Me dediqué toda la mañana y parte de la tarde a conocer su historia.
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– ¿Entonces tu padre tenía un yate llamado Claro de Luna? – Sin saber cómo, ambos habíamos acabado en el sofá, el contándome su historia fervientemente, no como alguien que la ha repetido un montón de veces, y yo embelesada escuchándolo. No es fácil hipnotizar a una sirena.
Era tan interesante conocer a otra persona que no se parecía en nada en ti, ni en la forma de crianza, era como descubrir un planeta nuevo.
– Sí. Un yate no muy ostentoso aunque la palabra ya lo sea –los dos reímos– no volví a saber de él.
Ahora me daba cuenta, que nuestras historias se habían entrelazado hace tiempo. Yo sabía cual yate era Claro de Luna, cómo olvidarse del señor que iba a bordo, tan audaz… Edward padre seguía vivo, pero claro, esto no podía contárselo a Edward Jr porque terminaría derivando en mi historia, y por más que me doliese, el nunca tendría que saber absolutamente nada de mí.
Oh, somos tan perfectos. Yo un mito, el un escéptico.
Creo que voy mejorando! Ya no las dejé abandonadas tanto tiempo! Y sobretodo ahora que viene Semana Santa jujuju
Besos, Fanny
