Ninguno de los personajes de Harry Potter me pertenece.


CAPÍTULO CUATRO

Se suponía que el día de su boda debía de estar feliz, que la alegría debía irradiar de ella con naturalidad. Pero no era así. ¿Cómo estarlo cuando se sentía demasiado desdichada y asustada? Realmente no era su sueño el tomar como esposo al hombre que amaba porque era lo que debía hacer para mantenerse con vida, no quería que las cosas entre ellos fueran de esa manera, forzadas. Sabía que él era demasiado bueno, y eso quedó demostrado en el momento en que estuvo dispuesto a casarse con ella, aun sabiendo todo el lío en que se meterían cuando intentaran anular el matrimonio.

En un pensamiento egoísta podría decirse que se sentiría, aunque sea, contenta con lo sucedido, ya que estaría con Remus. Pero no era así. No se consideraba egoísta, mucho menos cuando de él se trataba. Detestaría verlo abatido y por eso se había negado al principio. Pero su insistencia la hizo dudar. ¿Y si realmente era su única opción? No quería terminar en manos de algún idiota como Malfoy, eso seguro. Ella se consideraba fuerte pero ante aquella inmundicia de mago el terror la invadía. Había verdadera maldad y avaricia en aquel hombre, algo oscuro que la hacía temblar casi tanto como el recuerdo de Bellatrix torturándola.

Pensó en escribirles una nota a sus amigos, diciéndole a dónde iba y a qué iba, pero desistió de la idea. Lo mejor sería esperar a que ya estuviera casada con Remus. Allí hablaría con Harry, Luna y Ginny.

Tenía muchas otras preguntas sobre lo que iba a suceder pero no quería hacerlas frente a nadie. Era algo que tendría que conversar con Lupin a solas y eso la ponía realmente nerviosa. ¿Y si cometía una locura y lo besaba? ¿Y si él se enteraba de sus sentimientos? No podía permitir que eso sucediese. Él no la amaba y si llegaba a saber que ella sí tenía esa clase de sentimientos hacia su persona sólo sería una carga molesta más que debía sobrellevar.

No, no iba a permitir que eso sucediese. Se casaría con él, le agradecería e intentaría hacer todo lo posible para que su relación fuera llevadera y sin ningún tipo de inconvenientes.

Con esa idea en mente, miró su guardarropa. Ella nunca sería de las que se preocupaban por seguir la moda ni de verse realmente bella pero era una mujer, al fin y al cabo, y el día de su boda, aunque esta fuera un fraude, quería verme un poco mejor que los otros días. No mucho, sólo algún pequeño cambio. Tal vez un lindo vestido y un poco de maquillaje. Después de todo, se dijo, todos debían pensar que realmente se casaba con Remus por amor, ¿Y qué novia no querría verse bien?

Intento no verse por demasiado tiempo en el espejo. Nunca lo hacía, de hecho, pero aquella mañana tenía muchas menos ganas de hacerlo que usualmente. Se sentía cansado y viejo. El reflejo le había devuelto una imagen apagada, unos ojos opacos y con profundas ojeras debajo. Y el cabello, que una vez fue un suave color arena, ahora tenía muchas más canas de las que podría contar.

¿Y la razón por la que en ese momento se sentía tan condenadamente viejo? Simple y llanamente porque iba a casarse con una mujer veinte años más joven que él.

¡Merlín, era ridículo! A Hermione nunca le había importado la apariencia, ni de ella ni de los demás. ¿Por qué debía ponerse a pensar en eso ahora? Sólo debía concentrarse en representar bien su papel de novio enamorado. No tenía que poner dudas en la cabeza del que los casaría por si en el futuro le pedían que diese el testimonio de lo visto esa mañana. Así que, después de tomar una ducha, se peinó prolijamente y se colocó su usual atuendo. Llevaría la capa más nueva que tenía para, al menos, dar la impresión que se vestía un poco mejor el día de su boda.

Estaba nervioso, pero era un tipo de nerviosismo muy diferente al que había sentido la vez que se había desposado con Dora. Con su ex mujer, la preocupación radicaba en que ella finalmente se diera cuenta de que él era peligroso, que no podía darle nada bueno. Con Hermione, su nerviosismo radicaba en fracasar, en no ser capaz de actuar como era debido y no poder hacerle creer a los demás que se habían casado por amor. Mentir no era su fuerte aunque se le había dado muy bien en las situaciones que lo requerían. A lo largo de su vida había escondido a la mayoría de las personas su condición de hombre lobo, pero una cosa era ocultar esa información y otra muy diferente simular estar enamorado de Hermione Granger.

Se encaminó a la cocina con su capa colgando de su brazo. La dejó en una de las sillas y comenzó a preparar el desayuno. Era demasiado temprano para que alguien más estuviera despierto pero él no había podido permanecer otro segundo más en la cama. La noche anterior ya le había costado horrores conciliar el sueño, pero cuando lo hizo, sólo logró permanecer en él un par de horas antes de que sus sentidos y sus nervios lo despertaran nuevamente.

Sacó un trozo de pan y se dispuso a tostarlo. Puso el agua para el café sobre el fuego con un movimiento de su varita mientras buscaba entre los estantes un cuchillo para untar.

El aroma del pan tostándose llegó sutilmente a sus fosas nasales. Era demasiado suave para ser detectado por cualquier otro pero sus nervios estaban alterados lo que hacía que su problema peludo estuviera más inquieto de lo normal. Y de repente, casi llegado de la nada y mezclándose con el aroma del pan, le llegó otro muy diferente que supo reconocer con prontitud.

—¡Hola, Hermione!—la saludó, aun dándole la espalda—¿Estás lista ya?

—Buen día, Remus.

Su buena audición le permitió detectar el nerviosismo de la voz de ella. Tragó saliva. No podía arrepentirse ahora. Entendía que ella se sintiera así, pero él era un adulto y debía actuar como responsabilidad.

Se giró, dispuesto a darle una sonrisa para tranquilizarla, pero ésta murió lentamente cuando la vio. Su boca se abrió ligeramente. Intentó decir algo pero nada le salía. Allí estaba, como el día anterior, mirándola embobado por el cambio radical que presentaba aquella mujer. Joven, definitivamente, pero mujer al fin y al cabo. Llevaba un vestido sencillo de un tono claro, muy parecido al blanco, que se ajustaba a su cuerpo en los lugares correctos y terminaba un centímetro por encima de su rodilla. Su cabello nuevamente estaba recogido, dejando ver unos pendientes rojos que discretamente colgaban de sus orejas.

—Te…te ves… bien—logró decir.

Las mejillas de ella se volvieron rojas. No le sonrió, más bien fue una mueca lo que hizo con sus labios.

—Pensé que si me veían un poco más arreglada pensarían realmente que lo hago por ti, porque anhelo nuestra boda.

No pudo entender porqué la decepción lo invadió cuando ella dijo eso, especialmente porque sabía que estaba en lo correcto. No se detuvo a pensar demasiado en ello. Se obligó a darle la sonrisa que tenía planeado entregarle desde un principio.

—¿Quieres desayunar y hablar con Harry antes de irnos?—le preguntó mientras colocaba las tostadas ya listas sobre un plato.

La vio hacer otra mueca graciosa.

—De hecho, creo que prefiero irme directamente. No quiero tener que explicarle nada aun. Sería demasiado complicado, tardaría y llegaríamos tarde.

Él asintió en comprensión.

—De acuerdo, pero desayuna algo antes.

La vio observar las tostadas y su rictus se arrugó.

—La verdad, no creo que pueda comer nada en este momento.

Remus frunció el ceño con preocupación. Se acercó a ella y la contempló fijamente. Estaba algo pálida ahora que prestaba más atención. Ella bajó la mirada para apartarla de la de él. Sintió un vacío en su estómago pero intentó que su rostro no mostrara nada más que preocupación.

—¿Estás segura que quieres hacer esto, Hermione? Te lo dije ayer, podemos encontrar a alguien más.

Ella soltó un bufido y se apartó unos pasos, como si su proximidad le molestase.

—No hay nadie más, Remus—le contestó—Y para que no insistas, porque seguramente eso piensas, no me molesta el tener que casarme contigo precisamente. Realmente lo agradezco.

—Pero algo te molesta—aventuró él.

—¡Claro! Me molesta que estés dispuesto a hacer algo así por mí. ¡Y yo no quiero cre…!—se calló inmediatamente.

—¿No quieres qué?—la incentivó a continuar.

Ella dudó unos instantes antes de responderle y él tuvo la retorcida idea de que iba a mentirle. ¿Pero por qué lo haría?

—No quiero… causarte molestias.

Remus la miró con el ceño fruncido.

—¿Estás seguro que querías decir eso? Sabes que puedes confiar en mí, Hermione.

Ella boqueó unos instantes antes de alzar la barbilla en acción de seguridad.

—Completamente, Remus.—aseguró y tomó una de las tostada para comenzar a comerla.

Él la miró por unos instantes más antes de preparar un poco de café. Sólo esperaba que todo fuera bien en el Ministerio. Ya después vería si lograba convencer a Hermione para que le dijera lo que realmente le estaba ocultando.

Hermione sintió que el bocado que ingirió cayó pesadamente dentro de su estómago. A penas había podido tragar por el nudo que tenía en la garganta, una mezcla de tristeza y nerviosismo. ¡Merlín! Debía tranquilizarse. Estuvo a punto de decirle a Remus lo que sentía. Él se dio cuenta que le había mentido. No, no le había mentido, le había ocultado parte de la información.

"Y no quiero crearme falsas esperanzas"

Eso había estado a punto de decirle. Y habría sido una enorme equivocación. Tendría que tener más cuidado en el futuro y pensar bien antes de hablar.

Finalmente, cuando se empezaron a escuchar sonidos en la casa anunciando que los demás despertaban, se apresuraron a salir de la casa para aparecerse cerca de la entrada al Ministerio. Fueron por la cabina telefónica, la misma que habían utilizado en su quinto año para ingresar a, supuestamente, rescatar a Sirius. El atrio ya bullía de magos y brujas y, en el fondo, se elevaba una tarima donde seguramente se anunciaría que Fudge era el nuevo ministro de magia y que desde ese día una nueva ley entraba en vigencia. La secretaría de Comunicación parecía haberse encargado de llamar a periodistas de todo el mundo, porque allí se encontraban cientos de ellos, algunos hablando un inglés muy precario.

—¡Oh, miren lo que tenemos aquí!—dijo una voz demasiado chillona y reconocible para su desgracia.

Hermione se detuvo y se giró, colocando su peor expresión de disgusto. Aquella mujer rubia le sonrió mostrando sus perfectos dientes blancos rodeados por unos labios con labial rojo.

—¡La integrante femenina del trío de oro, la rompecorazones del último torneo de los tres magos y el misterioso y sexy hombre lobo!—exclamó giñándole un ojo a Remus.

Ella sintió deseos de lanzarle algún encantamiento que borrase esa horrorosa sonrisa de su rostro. ¡No tenía ningún derecho a giñarle a Remus! Lo miró de reojo y vio que se había ruborizado. Era adorable, pero detestaba que aquello fuera ocasionado de aquella loca.

—¿Han venido a escuchar el anuncio que darán?—les preguntó apoyando su peso en uno de sus pies entaconados.

—No, y no es de tu incumbencia qué venimos a hacer aquí, Skeeter—le espetó con brusquedad.

Remus se apresuró a cruzar uno de sus brazos sobre sus hombros, atrayéndola a su pecho cuando vio la ferocidad en su mirada.

—Amor, vamos…—le dijo con dulzura en su oído lo suficientemente alto como para que aquella mujer oyese—No quiero esperar más.

Una de las cejas perfectamente delineadas de la periodista se alzó al oír aquello y rápidamente una sonrisa depredadora, que se asemejaba demasiado a la de un tiburón, apareció en su rostro.

—¿Así que están juntos?—preguntó aproximándose a ambos con movimientos deliberadamente lentos—Pues, déjenme felicitarlos…—Miró a Hermione—Y dime, Hermione Granger, ¿qué se siente salir con un hombre cuya edad puede competir con la de tu padre? ¿Cansada de estar con niñitos que no lograban alcanzar tus expectativas?

—¡Más vale que mantengas la boca cerrada si no quieres que revele tu pequeño secreto!—exclamó Hermione amenazadoramente.

Rita Skeeter rodó los ojos.

—Cariño, actualízate, soy ahora una animago registrada.

Hermione frunció el ceño, sabiendo que allí seguramente había algo más de lo que decía. Pero aquel no era el momento para ponerse a discutir. Se soltó de las manos de Remus que casi le quemaba y se encaminó al ascensor. Él se apresuró a seguirla.

—¿Por qué demonios hiciste eso, Remus?—gruñó entre dientes.

—Debemos dar credibilidad a nuestra historia—le respondió el murmurando, para que nadie más que ella lo oyese.

—¡Entiendo! ¿Pero por qué con ella? Escribirá una historia de nosotros donde todo lo que dirá será mentira.

Remus suspiró.

—Ya nos enfrentaremos a eso después. Además, con la nueva ley y la asunción de Fudge dudo que le den demasiada importancia al artículo de una periodista en decadencia.

Hermione no respondió, esperaba que Remus tuviera razón, aunque tenía el terrible presentimiento de que no sería así. Subieron en silencio en ascensor y cuando éste se abrió comenzaron a caminar uno al lado del otro por un amplio pasillo casi desierto. Ella nunca había estado allí.

—¿En qué sección estamos?—le preguntó.

—Es una sección del Departamento de aplicación de Ley Mágica. Este es el nivel correspondiente al Comité de Matrimonio Mágico y regulación de natalidad.

Ella frunció el ceño, confundida.

—¿Regulación de natalidad? ¿A caso temen que haya un sobre exceso de nacimientos de magos y brujas?

—No, lo contrario, que no nazcan los suficientes.

Ella estaba por volver a hacer una pregunta cuando, de pronto, una puerta apareció casi de la nada a su derecha y se abrió. Hermione se apartó como acto reflejo.

—Debemos entrar allí—dijo Remus, empujándola con suavidad al interior.

Lo recibió una pequeña sala pintada de un rosa viejo, con sillas individuales que se agrupaban de a dos. Una bruja joven y sonriente estaba parada en el centro, mirándolos a ambos con demasiada amabilidad.

—¡Felicidades!—les dijo cuando ambos la saludaron—Supongo que están aquí para casarse. Rellenen estas fórmulas y enseguida los atenderá un ministro. Imagino que trajeron sus anillos.

Los ojos de Remus se abrieron inmensamente y Hermione también pronto se dio cuenta que se habían olvidado por completo de ese detalle.

—¡Oh, no se preocupen!—exclamó sin borrar su sonrisa—Por un pequeño costo nosotros le entregamos un par. Si lo desean, deben completar, además, este otro formulario.

Le entregó a Remus ambos papeles y una pluma.

—¡Qué tenga un buen día!

Hermione se sobresaltó cuando la joven mujer se apareció, dejándolos solos en la sala. Remus lanzó un suspiro y fue a tomar asiento para comenzar a escribir. La pluma no necesitaba tinta, porque al ser trazada sobre el papel por sí sola desprendía una tinta color rojo, con un aroma delicado. Desde su punto de vista, todo era demasiado… romántico.

Se fue a sentar al lado de Remus y contempló qué era lo que escribía.

—¿Lazo sanguíneo entre la pareja?—preguntó desconcertada, leyendo.

—Son formularios algo desactualizados—le respondió mientras escribía al lado de aquella pregunta la palabra ninguno—Ten en cuenta que antes, las parejas de Sangres Puras, tenían algún tipo de relación entre ellos. Todos trataban de no "contaminar" su sangre y muchas veces se casaban incluso entre primos. Es el lazo sanguíneo más cercano que está permitido.

Remus terminó de completar los dos formularios, uno más ridículo que otro a su modo de ver, y cuando lo hizo, apareció delante de ellos una nueva puerta. Se abrió y se dejó ver a un hombre rechoncho pero con sonrisa amable.

—Pasen, pasen…—los incentivó al ver que ambos se paraban—¿Ya está todo listo?—extendió la mano para tomar los formularios y, cuando los tuvo, murmuró un hechizo mientras pasaba su varita sobre ellos. Éstos brillaron un segundo y luego volvieron a su estado normal—¡Genial! Todo está en orden. Venga, vengan…

Era su despacho, mucho menos empalagosamente romántico que la sala de espera pero prolijo y limpio.

—Ya que la información está completa, sólo queda colocar la firma de ambos aquí—indicó señalando un nuevo papel que había hecho aparecer sobre su escritorio—Se colocarán los anillos y ¡listo!.

Primero fue el turno de ella. Leyó el papel antes y comprobó que era casi idéntica a un acta matrimonial muggle. Luego fue el turno de Remus quien ni siquiera se detuvo a leer. El hombre les entregó sus anillos pero antes de que su futuro esposo le colocase a ella el suyo, el ministro lo interrumpió.

—¿No piensas decirle nada?—preguntó burlón—¿O acaso estás demasiado interesado en validar este matrimonio?—inquirió giñándole un ojo a Remus, haciendo que éste enrojeciera.

—¿Validar?—logró murmurar Hermione repentinamente consciente de que aquello no se le había ocurrido.

Ella… bueno, estaba enamorada de Remus y si la posibilidad de tan sólo besarlo hacía que su corazón latiese de manera errática, el pensamiento de "validar" el matrimonio era algo que… bueno… Tal vez ni siquiera estaba lista para tener esa clase de pensamientos.

Como si no lo hubieras soñado, dijo una burlona vocecita en su cabeza que procuró silenciar inmediatamente.

El hombre rió suavemente, pareciendo no ver la repentina palidez de la pareja que tenía delante de él.

—¡Oh, ya saben! Son cuestiones… ¿cómo decirlo…? protocolares… que los recién casados están más que dispuestos a cumplir. —les contestó—Pero antes eran todos matrimonios arreglados en su mayoría y se requería algún modo que impidiera su anulación. Si la novia ya había intimado con su marido, la familia de él no podía deshacerse de ella tan fácilmente. Ni ella escapar de él…—rió más estruendosamente—Pero no creo que este sea su caso, ¿Verdad?

Hermione escuchó reír a Remus, lo que la alarmó pero no en el modo en que debería ¿Y si él realmente quería hacerlo? Sus manos empezaron a sudar y se las fregó nerviosamente por su ropa. ¡No, eso era imposible! Él la veía como su hija, muy bien lo había dicho.

Cuando las risas se calmaron, él la contempló.

—Por supuesto que diré algo —dijo, volviendo a lo que había iniciado aquella incómoda conversación.

Él la miró a los ojos y la tomó de la mano, acariciando con su pulgar el dorso. Hermione no supo qué hacer, si dejarle hablar, quedándose a escuchar cualquier mentira romántica que estuviera a punto de decir, o interrumpirle y con alguna excusa acelerar toda la cuestión. Quería hacer aquello último pero no se le ocurrió ninguna buena idea para apresurar al ministro que los casaba.

—Hermione… Te conozco desde hace muchos años y de todas las personas que conocí en el mundo nunca imaginé que terminaríamos así. Eres una joven mujer hermosa, fuerte y decidida, que se hace valer. Sé que mis días como tu esposo no serán otra cosa más que un interesante camino que estaré dispuesto a recorrer a tu lado, sin importar lo que debamos enfrentarnos—dijo con suavidad, como si realmente no le importas si el hombre que estaba frente a ellos escuchara o no—Estoy siendo sincero. Muy sincero. Sé que no somos realmente amigos pero es algo que ansío. Quiero ser tu amigo, Hermione, tu compañero durante el resto de nuestras vidas.

Y para completar aquellas palabras que la dejaron estremeciéndose, lo vio inclinar su cabeza para dejar un beso en su dedo anular, justo antes de deslizar el anillo.

Hermione lo vio volver a ponerse derecho y obsequiarle una sonrisa calmada. Lo entendía, entendía que él le decía que aquello lo hacía porque, en cierta forma, la quería y se preocupaba por su bienestar. Tal vez no en forma romántica como ella a él pero de momento eso le era suficiente. Y en ese instante su corazón lo amó mucho más, si eso fuera posible.

Se soltó de su mano y se lanzó en sus brazos, rodeando su cuello para dejar un casto beso en su mejilla. Murmuró un suave "gracias" en su oído y se apartó rápidamente para no cometer ninguna locura. Pudo ver como las mejillas de Remus se volvieron de un adorable rosa que la hizo sonreír.

El suspiro que lanzó el hombre frente a ellos los hizo salir de su propio mundo. Ambos se voltearon rápidamente a verlo, tensos. Para no perder más tiempo, Hermione tomó el anillo que quedaba y se lo colocó a Remus sin mayores retrasos. Esta vez nadie exigió que ella dijera algo y lo agradeció silenciosamente.

El ministro les sonrió a ambos.

—Felicitaciones, señor y señora Lupin, ahora son marido y mujer.