Capitulo 4. El día que lo supo.


—Entonces... ¿te irás?

Kōga terminó de sellar una de las cajas antes de responderle:

—Solo por unos días, semana y media a lo mucho. —Subió las escaleras y apiló la caja con el resto encima del estante—. Mi viejo quiere que vaya con él a ese viaje de negocios para empaparme con el conocimiento de la compañía.

—No te escuchas animado.

—No lo estoy —admitió encogido de hombros—, pero no tengo muchas opciones. Tengo que hacerme cargo del negocio familiar eventualmente.

Kagome asintió, a pesar de que él estaba de espaldas y no viéndola.

Estaba un poco desanimada por el hecho de que Kōga se tenía que ir, aunque fuera solo por unos días. Ya la había mal acostumbrado a esperarla por las mañanas, a volver con ella al templo por las tardes y a estar allí cada vez que estaba aburrida en casa. Solo tenía que salir al patio para encontrarlo. Con su madre trabajando guardias y Kōga lejos, el templo se sentiría más vacío que de costumbre. Ella amaba la paz y la tranquilidad, le gustaba el silencio de sus pensamientos más de lo que debería; sin embargo, en el último par de meses… estaba teniendo una perspectiva un tanto diferente.

La consoló pensar que al menos tendría a Sango y Ayame cerca.

Un proyectil húmedo impactó contra su frente y la sacó de un tirón fuera de sus pensamientos. Se retiró con la punta de los dedos el paño empapado en desinfectante del cabello y miró a Kōga con mala cara.

—Eso fue innecesario —se quejó.

—Llevo horas hablando. Estabas fuera del planeta.

Kagome le lanzó el paño de regreso y él lo esquivó, riéndose.

—Lo lamento, ¿qué decías?

—Que hoy tendré mi motocicleta de vuelta.

—¿¡De verdad!? —Aplaudió entusiasmada.

Kōga le sonrió sobre el hombro.

—Si todo sale bien, sí. Volverá al taller luego por detalles de latonería y pintura, pero quiero sacarla por una vuelta antes de irme.

—Eso es asombroso, Kōga, me alegro mucho.

Él le regaló una sonrisa más ancha.

—¿Qué tal si vamos por el paseo que te prometí?


—No estoy muy segura… —musitó. Su voz era una pequeña suplica esperando por ser escuchada.

Retorció sus delgados dedos unos con otros en gesto nervioso, las palmas de sus manos empapadas en un sudor frío. El corazón le estaba palpitando tan fuerte que lo podía escuchar tras sus orejas, y estaba segura de que si Kōga estuviese un poco más cerca lo escucharía también.

—Es normal, se te pasará una vez que te subas.

La sonrisa confiada de Kōga no tuvo el efecto deseado en ella.

Su madre iba a matarla… de verdad iba a matarla. Ella era una mujer comprensiva y dulce en general, pero como madre y enfermera habían dos cosas estrictamente prohibidas en letras rojas al tope de su lista: los cigarrillos y las motocicletas.

Iba a castigarla hasta los treinta si se montaba en esa cosa.

Kōga le extendió el enorme casco y el dolor en su estómago empeoró al tomarlo. La endemoniada cosa pesaba más que ella. Tuvo que abrazarlo contra su pecho para evitar que se le cayera y, de ninguna manera, iba a ser capaz de sostener todo ese peso en su cabeza.

—Kag, todos nos están esperando para almorzar.

—Pero es que es muy pesado...

—Ven, te ayudo. —Las grandes manos de Kōga tomaron el casco de vuelta y se lo colocó encima de la cabeza—. Un poco grande, pero servirá.

—Es algo incómodo —se quejó ella, tratando de sacarlo. Él se lo impidió.

—Tu seguridad primero, así que el casco se queda.

—¿Cómo es que tú no llevas uno?

Le ajustó las cuerdas para mantenerlo en su lugar y sonrió con dulzura al repetir—: Porque tu seguridad es primero.

Kagome agradeció llevar el casco puesto porque así él no podría notar que estaba ruborizándose. Asintió y dejó que él la tomara de la mano para ayudarla a subirse al asiento de la moto. Era enorme, se sentía más pequeña e insegura de lo que esperaba. Su amigo subió frente a ella. Su espalda ancha protegiéndola la hizo sentir ligeramente menos ansiosa.

—Sostente de mí. —Hizo caso enseguida de las instrucciones, aferrándose al torso de Kōga con todas sus fuerzas—. No puedo respirar, Kag.

Soltó el agarre y volvió a sentir su rostro arder de vergüenza.

—Lo siento...

Sintió en su pecho la burbujeante vibración de la risa del moreno através de su espalda.

—Estoy bromeando contigo. Deja de estar tan nerviosa.

Estuvo por replicar que era imposible no estarlo, pero el fuerte rugido del motor de la motocicleta cobrando vibra cortó sus palabras de inmediato. Kōga bombeó el acelerador un par de veces. La vibración era fuerte e intimidante. Lágrimas de pánico llenaron sus ojos mientras se aferraba con todas sus fuerzas a Kōga y cerraba los ojos. Pudo sentir como las ruedas empezaron a andar y el viento aumentó la velocidad, golpeando con violencia la piel expuesta de sus brazos. Mariposas revolotearon en su estómago mientras el ruido del tránsito se hizo audible y no fue hasta que escuchó la voz de Kōga hablarle sobre el barullo que se permitió abrir los ojos.

Era increíble.

¡Estaban volando!

Kōga zigzagueaba de una línea a otra, evadiendo el tráfico con agilidad.

Todo era una oleada inmensa de sensaciones inexplicables. Su piel erizándose, sus oídos zumbando, las mariposas revoloteando más fuerte, la excitación bombeando por todo su cuerpo mientras la adrenalina se extendía con placer por sus venas, fluyendo fuerte por su torrente sanguíneo. Se encontró a sí misma riendo a carcajadas, incapaz de reprimir su emoción por más tiempo.

Entonces lo supo: así se sentía ser libre.


Ayame se llevó la pajilla del vaso a los labios y movió rápido la vista a la entrada del local en lo que las puertas se abrieron.

Tampoco eran ellos.

¿Por qué justo ellos dos tardaban tanto?

—¿Podrías parar?

Ayame le frunció las cejas a Sango.

—¿El qué?

—Tus nervios —señaló su pierna—, me ponen ansiosa.

La pelirroja paró su extremidad de inmediato, sin haber notado antes que la había estado moviendo constantemente de arriba abajo. Le torció el gesto a Sango y la morena entrecerró los ojos con sospechosa.

—¿Está todo bien?

—Sí —respondió cortamente, sorbiendo la soda del vaso.

Sango quiso añadir algo más, pero se guardó la conversación para más tarde cuando notó que Miroku regresaba con la bandeja de comida rápida a la mesa. Se hizo a un lado para darle espacio al ojos azules y enseguida se llevó una patata a la boca.

—Esas son mías —se quejó él.

—Ya no —resolvió ella, agarrando más patatas.

Ayame los ignoró ambos, sus ojos volviendo a clavarse en la entrada.

La moto de Kōga cruzó por el estacionamiento y, pocos segundos después, pasó las puertas dobles con Kagome riendo a su lado.


Como Kōga prometió, el lunes temprano ya se había ido.

La mañana en la escuela transcurrió con su lentitud regular. No hubo nada emocionante o particular, ella prestaba atención a cada clase y cumplía con los trabajos de cada asignatura, Sango se sentaba a su lado en las materias que compartían y se ayudaban mutuamente con las tareas.

Lo que si llamó su atención en el último período fue la continua ausencia de Inuyasha.

Ella no sabía mucho —nada sobre él. El año pasado no compartieron ninguna asignatura, así que no podía abogar con que sus prolongadas faltas fueran "algo natural en él", pero no lo había visto desde esa vez que tuvieron que trabajar juntos para Estudios Sociales.

Había pasado más de una semana desde entonces.

Ella no lo notó en un principio; después de todo, apenas eran compañeros de clases. Pero ahora habían pasado muchos días y su curiosidad despertaba.

¿Quizá algo le había sucedido? ¿Quizá la despreciaba tanto que decidió cambiar clases?

Estuvo tentada a preguntarle a una de las chicas, pero prefirió dejarlo pasar. Sea lo que fuese, no era de su incumbencia y no le gustaba ser entrometida.

Estaba caminando por el corredor de la escuela en dirección a la salida cuando llamaron su nombre. Giró sobre su eje para encontrar a Ayame avanzando con una amplia sonrisa hasta alcanzarla.

—¡Kag! Creí que no te alcanzaría antes de que te fueras. —dijo. Sonaba animada, más que de costumbre—. Ven, estamos todos decidiendo a donde ir para el siguiente fin de semana.

—¿El fin de semana? —preguntó, dejándose guiar por Ayame que ahora tiraba de su mano.

La pelirroja asintió.

—Es mi cumpleaños y queremos hacer algo grande.

Eran una de las pocas personas yendo en dirección contraria a la salida. Ayame giró con ella por el pasillo y caminaron un poco más hasta que ya no había más estudiantes en ese corredor que ellas dos. Kagome la siguió dentro de una de las aulas y se extrañó que estuviese completamente vacía.

¿Dónde estaban los demás?

—¿Los demás no...?

No tuvo oportunidad de terminar la pregunta. Un dolor agudo se disparó tras su cabeza cuando su cabello fue halado de forma brusca y gimió de dolor en lo que su espalda chocó con la pared tras ella. Se encogió sobre sí misma, aturdida, deslizándose hasta el suelo para tratar de disipar el golpe, pero enseguida un tirón más a su cuero cabelludo la obligó a mantenerse en pie.

Se atrevió a abrir los ojos para encontrarse con el verde enfurecido de los de Ayame.

—Escúchame bien, porque solo lo diré una vez —siseó cerca de su rostro.

«¿Q-qué está pasando?», era el único pensamiento coherente que cruzaba su mente.

La azabache se hundió contra la pared, sus ojos empañándose. Su corazón acelerado y sus nervios hechos mella apenas le permitían respirar propiamente.

—Aya…

Estaba tan abrumada que su cerebro tardó en procesar el repentino ardor expandiéndose como fuego en su mejilla y el sabor metálico de la sangre dentro de su boca. Sus temblorosos dedos rozaron con incredulidad el área en carne viva, justo donde la mano de Ayame había impactado.

¿La había abofeteado?

—¡Cállate! —rugió la chica frente a ella—. ¡Te quiero lejos de Kōga! —su voz volvió a estallar en sus oídos—. Podrás engañar a todos con ese disfraz frágil e inocente pero a mí no. Él nunca se fijaría en una perra penosa como tú. Es lástima lo único que siente por ti, así que hazte un favor y olvídate de él. —La muchacha la empujó una vez más contra la pared. Su cabeza pegó del concentro y ella no fue capaz de emitir ningún sonido, tragándose el dolor—. ¿Has entendido?

La mirada hostil de Ayame conectó con la de ella y no encontró atisbo de la chica risueña y dulce con lo que había compartido todo este tiempo en la escuela. No había nada más que furia quemando en el verde profundo de sus ojos. No había nada más que odio y desprecio.

Asintió apenas, sin poder articular palabra.

No fue hasta que Ayame abandonó el aula de clases que se dio cuenta del fuerte temblor de su cuerpo. Su espalda se deslizó por la pared en lo que sus piernas colapsaron, incapaces de sostenerla por mas tiempo. Lagrimas calientes empezaron a rodar por sus mejillas, pero ella se mantuvo llorando en silencio, hecha un ovillo en el suelo.

Y el infierno se desataba otra vez.


Tomó a Buyo del suelo de su habitación y salió con él colgando en brazos fuera de casa. Había estado leyendo todo el día y necesitaba algo de aire fresco.

Se sentó en su lugar favorito, bajo la sombra del Goshinboku, el árbol sagrado que se alzaba en el jardín del templo. Era lo único en su templo que realmente consideraba mágico, sentarse en las raíces de aquel árbol siempre le brindaba una paz instantánea.

La brisa del atardecer mecía su cabello y el sol empezaba a esconderse en el horizonte. Ella se mantuvo acariciando el pelaje de Buyo mientras trataba de dejar su mente en blanco.

No había asistido a la escuela, no estaba en el humor para cruzarse con nadie. Su madre preguntó por la hinchazón en su labio y el tono morado en su mejilla, pero ella siempre tuvo dos pies izquierdos, así que su madre creyó enseguida la historia de que se había golpeado por accidente. Estaba tan consumida por el trabajo ultimamente, que no notó la falsedad de su sonrisa mientras le contaba como se había tropezado saliendo de la escuela. Kagome agradecía eso, lo último que quería era preocupar a su madre ahora que se veía siempre tan contenta en su nuevo empleo.

Aún dolía, no el golpe, sino las palabras de quien consideraba su amiga.

Ella ni siquiera entendía a que se refería con "alejarse de Kōga", ella nunca trató de estar cerca de él —no de la forma en la que Ayame presumía—y no pensaba hacerlo en un futuro tampoco. Le tenía un enorme afecto a su amigo, lo apreciaba muchísimo, pero… lo que ella dijo no dejaba de repetirse en su cabeza una y otra vez, torturándola de la peor forma.

¿Sentía ella algo más que amistad por Kōga? La respuesta era no. Admiración quizá, pero no amor.

¿Tenía Kōga otras intenciones con ella? ¿Era su amigo solo por lástima? No tenía con certeza las respuestas a esas preguntas.

Ella nunca quiso esta clase de problemas, por ello se mantenía alejada de todos en primer lugar. Las personas siempre terminan lastimándose unas a otras, siempre se dejan llevar por las emociones y destruyen todo a su paso debido a eso.

Respiró profundo y recostó la espalda del tronco del árbol, soltando un largo suspiro. Por ahora solo agradecía no tener que ver a Kōga hasta dentro de una semana o quizá más… le daba tiempo para pensar.

Tiempo para pensar como decirle que ya no quería verlo más.

Estaba por cerrar los ojos cuando captó movimiento en una de las pagodas frente a ella. Enfocó al abuelo emergiendo desde la pequeña caseta y, tras él, salió un chico alto de hombros anchos y cabello imposiblemente negro cargando una caja fuera del almacén.

Los ojos dorados de Inuyasha se cruzaron con ella y Kagome abrió más sus orbes azules en evidente sorpresa. Esta vez no lucía molesto o disgustado, solo traía su usual semblante inexpresivo. El rompió contacto visual de inmediato, siguiendo al abuelo mientras este no paraba de explicarle todo sobre el mantenimiento del templo.

Buyo maulló para que siguiese mimándolo y ella se estremeció, regresando a la realidad. Estuvo confundida, atando cabos en su dispersa mente, hasta que finalmente todas las piezas cayeron en su lugar.

Inuyasha...

Inuyasha tomaría el trabajo hasta que Kōga regresara.