Antes de nada vais a tener que agradecer a Dovina y a Angelito97-Delena por el bullying que me han estado haciendo hasta que he actualizado. Las odio mucho, pero las quiero aun más. A pesar de que me llenen el twitter con fotos Klayley y me metan presión para que actualice...


Capítulo III

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Decir que Klaus estuvo ausente en la vida de Caroline era quedarse corto.

Siempre fue Rebekah la que estuvo pendiente de ella, criándola, mimándola e incluso educándola. Aunque bien era cierto que tenía personal al cuidado de la niña por razones obvias era ella la que mayor parte del tiempo estaba a su lado.

Rebekah era la única con la capacidad de calmarla cada vez que ésta rompía a llorar. Anna –o cualquier otra persona– podía cogerla en brazos y canturrearle al oído con el fin de que dejara de llorar, pero por alguna extraña razón nada de lo que hacía parecía funcionar, era como si la pequeña no se fiara ni de su propia sombra. ¿De dónde había salido el miedo? ¿Y desde cuando era así? La original no sabía explicarlo. No era hasta que la niña no veía a Rebekah cuando su llanto moría, y automáticamente extendía sus manitas hacía ella como si fuera un reflejo instintivo propio de un recién nacido. Una vez estaba entre los brazos de su protectora sonreía sintiéndose realmente feliz. Porque ella exactamente eso, su protectora, la única con la que se sentía segura. Pero en realidad era mucho más que eso para Caroline.

Rebekah nunca pensó en si misma como un modelo de madre para la niña, y mucho menos esperaba verla algún día como su propia hija. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza. Desde el principio su objetivo era darle un refugio seguro y criarla hasta que cumpliera los quince años, momento en el que la casaría con un noble rico y la entregaría a una buena vida. Pero como suele pasar cuando hacemos planes, estos no salen como en un principio habíamos planeado.

Las cosas cambiaron a un ritmo rápido y antes de que se diera cuenta, Caroline se había convertido en su regalo más preciado.

Su primera palabra fue dicha a los cinco meses de edad, y fue ''Bekah''.

Oír la abreviatura de su nombre salir de entre sus labios le provocó la misma calidez en el pecho que habría causado la palabra ''mamá'', y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que el lazo que la unía a ella era a esas alturas irrompible.

A los ojos de los demás ella era su madre. Algo irónico, pues ella no le había dado luz –y lo más importante–no era una persona considerada socialmente ''apta'' para criar a un bebé. Toda su vida la había pasado entre las sombras. Siglo tras siglo ella había ido de ciudad en ciudad asesinando y divirtiéndose junto a su hermano sin preocuparse absolutamente de nada de lo que la rodeaba. ¿Humanos? Eran alimento. Había ocasiones en las que los hombres le llamaban la atención por su gran atractivo y lograba verlos como algo más que un trozo de carne. Captaban su interés, y cometía de nuevo el mismo error de siempre que la llevaba a una inevitable pelea con su hermano mayor; enamorarse. Y cuando eso ocurría, le afectaba de una manera terrible, se preocupaba demasiado, se volvía vulnerable, y se odiaba a sí misma por eso. Luego era cuando su hermano veía el problema antes que ella y se deshacía de él de la forma más cruel y terrible que conocía, lo asesinaba frente a ella para darle una lección.

El amor es la principal debilidad de un vampiro. Nosotros no sentimos, nosotros no nos preocupamos.

Aunque se prometía a si misma que no iba a volver a tropezar con la misma piedra siempre lo terminaba haciendo. No podía evitarlo. Había nacido con eso y no podía deshacerse del terrible defecto. Sus estúpidos sentimientos la hacían débil en comparación a su hermano.

Él no era así, no se dejaba llevar por sus sentimientos, algo que había hecho desde que se convirtió en vampiro, y por el momento le había ido... ¿Bien? ¿Podría decirse que no preocuparse por nada era algo bueno? ¿Salía Klaus ganando o perdiendo? Era una pregunta algo difícil. Para Rebekah tenía muchos pros y contras. Pero era cierto que una de las desventajas era que aquello le impedía vivir realmente, pues una vida sin sentimiento no era una buena vida.

¿Acaso se le podía llamar vida a aquello que conocía?

No desde luego que no.

Rebekah a diferencia de él solía dejarse llevar por lo que sentía, aun teniendo mucho más que perder que su hermano. En ocasiones, cuando no era necesario el asesinato, llegaba a mostrar compasión por los humanos.

Eran bolsas de sangre, pero incluso esas bolsas de sangre tenían familia, hijos, que los llorarían. Hacerse la responsable de su muerte no la hacía sentir realmente culpable, pero si una cierta molestia en el pecho.

No era culpa. Se repetía a si misma. Ella no sentía culpa.

Algunas veces esa molestia la afectaba más que otras y los terminaba dejando con vida, otros días, se dejaba guiar por sus impulsos vampíricos. ¿Acaso no era esa su naturaleza?

Rebekah no era una buena persona. Pero tener a Caroline en su vida la había cambiado por completo, no en sus actos, pues seguía siendo la misma vampiresa que siempre había sido, sino en su forma de ver el mundo, veía una esperanza para sí misma en Caroline, y por eso estaba poniendo todos sus esfuerzos para ser una buena madre para ella.

Quería conseguirlo. Para sí misma, y para Caroline. Se merecían aquello. Ambas.

Klaus sin embargo… era un caso complicado.

Resumiendo su relación con la bebé de forma simple y concisa: dejarla vivir aquella noche fue la mayor muestra de ''afecto'' que había mostrado en la corta vida de la pequeña.

Apenas se dirigía a ella – más que para regañarle – y bien Caroline podía reír o llorar, porque todo lo que hiciera lo irritaba de una forma casi enfermiza.

Rebekah quiso cambiar esa situación, por eso intentó más de una vez que se encariñara con ella de diferentes formas, como dejándolo al cuidado de ella por unas horas cuando salía al mercado o bien inventándose cualquier excusa para hacerlo pasar más tiempo a su lado.

Pensó que alguna vez su risa lo contagiaría, o que al menos, le devolviera una sonrisa y le dedicara alguna que otra palabra dulce. Fantasías. Nada de eso funcionó. ¡Por Dios, ni siquiera le dirigía la palabra! Ella era como un mueble inútil para él. Nunca se había esperado de Klaus que se convirtiera en su nuevo padre, pero al menos esperaba que se llevara bien con ella, porque de otra forma los siguientes años iban a ser una tortura tanto para Rebekah como para Klaus, y sobretodo y más importante aun, para la niña. Debía ser una completa pesadilla criarse en una casa en la que apenas recibiera amor. Y Klaus más que nadie debería entender eso. ¿Acaso no compartía ninguna empatía por la pequeña? ¿No había vivido él esa misma historia?

A ojos de Rebekah el híbrido eso no parecía entenderlo.

Al menos, había algo bueno que podía sacar de la relación que tenía Klaus con la bebé, y era que en su ausencia Klaus se quedaba al cuidado de ella, y extrañamente le tenía siempre el ojo puesto encima. No la dejaba descuidada a riesgo de que le ocurriera algo malo – ¿era un gran avance, no? – pero como todas las cosas, también tenía su parte mala, y en este caso era que Klaus se pasaba gran parte de ese tiempo gritándole y regañándole.

Rebekah había tomado nota de no dejarla nunca a solas con su hermano con el fin de evitarle futuros traumas a Caroline. Conforme pasaba el tiempo, también acabó rindiéndose con los intentos de hacer que se llevara bien con ella.

Había aceptado que nunca llegaría a complementarse bien con Caroline.

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Fue una noche de invierno de 1733 cuando Caroline dio sus primeros pasos.

Nunca había sido una niña fácil. Siempre tuvo el sueño ligero y se despertaba al más mínimo ruido. Y añadiendo un nuevo rasgo a su personalidad, (¿O defecto?) tampoco era una niña calmada. Difícilmente se estaba quieta durante más de media hora –especialmente desde que empezó a gatear–. Se pasaba el tiempo correteando de un lado a otro de la casa y jugando con sus juguetes. Era insaciable, una niña hiperactiva. Eso a Rebekah era algo que siempre le había parecido gracioso, pero habían días en los que naturalmente no le hacía ni pizca de gracia. Y ya no hacía falta preguntar a las criadas que se quedaban a su cuidado gran parte de tiempo en el que ella estaba ausente, Jenna estaba por volverse loca con ese pequeño diablillo.

Esa noche sin embargo, Caroline estaba más tranquila que de costumbre. La pobre estaba exhausta después de un día agotador.

Sentada junto al fuego de la chimenea, observaba con los ojos entrecerrados por el sueño a Rebekah sentada en el elegante sofá capitoné negro con un libro viejo y desgastado entre sus manos. Parecía estar totalmente sumergida en la lectura.

Caroline bostezó, sintiendo como el cansancio afectaba a sus huesos y acababa con sus ganas de juerga. Sus ojitos se empañaron de lágrimas y se los restregó con los puños en un gesto tierno que hizo sonreír a la original, que en un momento había levantado la mirada del libro al escuchar su adorable bostezo. La pequeña sonrió de vuelta, mostrando sus pequeños dientes, contagiada por su sonrisa.

Empezó a gatear hacia ella. A mitad de camino, un ruido captó su atención. Un ronquido. Giró la cabeza para apreciar como el enorme mastín negro estiraba sus largas patas y se daba media vuelta, con la panza hacia el fuego, disfrutando del calor de las brasas y de la apaciguante armonía que había en el salón en esos instantes. Estaba totalmente relajado.

Aquella era una noche de tormenta. La lluvia golpeaba fuerte y las calles estaban congeladas. No obstante, en casa se estaba caliente. Era la noche perfecta para quedarse en casa frente al fuego tomando un té caliente en compañía de la familia.

Como si Rebekah hubiera tenido los mismos pensamientos, levantó la mirada y se fijó en el reloj anclado a la pared encima de la chimenea. Eran las 8:34. Probablemente esa noche su hermano no dormiría en casa. La original suspiró con pesar y se volvió a centrar en la lectura.

Caroline sin embargo, no tenía ninguna preocupación en mente.

Observando el pecho del mastín subir y bajar al respirar, una sonrisa se dibujó en sus labios.

Gateó hacía él sigilosamente con intención de no despertarlo, aunque las orejas del perro se movieron como las de un gato al captar el sonido. Estaba despierto, pero era un animal demasiado manso, y en esos momentos, demasiado cansado para molestarle la cercanía de la niña. Una vez llegó a su lado, se dejó caer levemente sobre el perro. Apoyó la cabeza y los brazos en el animal, relajándose sobre él. El perro no emitió ningún sonido para quejarse. Simplemente levantó su pesada cabeza y la contempló por unos segundos con ojos cansados. La niña enterró parte de su rostro en su pelaje mientras lo iba acariciando con las manos, disfrutando del contraste cálido de la piel del perro contra la suya, embriagándose de su calor.

Conforme iban pasando los minutos, sus parpados se le volvían más pesados, cada vez dificultándole más la visión. Cuando se estaba rindiendo al sueño y cerrando sus ojitos, un irritante chirrido se escuchó desde la entrada principal de la casa.

Al oír el sonido de unos zapatos golpear la madera, giró la cabeza aun apoyada sobre el enorme mastín. Se fijó en el pasillo donde pocos segundos después vio aparecer una figura masculina.

Se fijó en los pies calzados con bota y fue subiendo la cabeza, siguiendo con la mirada el cuerpo del híbrido, empezando por sus elegantes pantalones y siguiendo después por su camisa blanca prácticamente empapada, y desabrochada por el cuello, dejando ver parte de su pecho y apreciar sus antiguos collares colgar de su cuello, hasta llegar a su rostro. Cuando sus miradas se cruzaron, los labios del híbrido se curvaron hacia arriba en una leve sonrisa.

El perro ladró, y ante eso Caroline se apartó del mastín asustada por el ruido.

Rebekah soltó una carcajada.

– No sé si el chucho ladra a modo de saludo o lo hace por defensa propia al haberte visto la cara.

Klaus sonrió porque estaba pensando precisamente en lo mismo.

– ¿Qué hace aquí el perro?

– Quise dejarlo en el establo por esta noche, estaba lloviendo demasiado. Anduve buscándolo en el campo por un buen rato pero no lo hallé en ningún lado. Resulta que el maldito ya se había metido en casa y estaba tumbado junto al fuego cuando llegué.

Klaus rió.

– Chucho inteligente.

– Nik, estas dejando el suelo perdido – señaló Rebekah con desaprobación.

El híbrido como respuesta se quitó los zapatos y los lanzó a la otra punta de la habitación. Él mastín siguió con la mirada el movimiento, hasta que estos golpearon la pared y seguidamente el suelo.

Rebekah puso los ojos en blanco, sobre todo cuando la camiseta del híbrido siguió el proceso.

– Asunto arreglado. – sonrió mostrando sus hoyuelos. Se buscó su propio sitio en el sofá, escogiendo el que más lejos quedaba del fuego, a la izquierda de su hermana. Rebekah frunció el ceño con desaprobación cuando Klaus apoyó los pies encima de la mesa de cristal.

– Apestas a alcohol. – Le espetó.

– Y tú a cuadra.

La original intentó disimular su sonrisa sin mucho éxito. Klaus no se molestó en ocultarla.

Con Klaus era todo blanco o negro, no había un punto intermedio, pero cada día iba teñido de un color diferente, y este era de un relajante blanco pálido.

Era un buen día. Ambos estaban bien. Cuando Caroline tiró de la fina tela del vestido para llamar la atención de Rebekah, esta se vio obligada a bajar la mirada y sonreírle ampliamente.

– No me he olvidado de ti.

La niña miró con curiosidad del híbrido a ella. Rebekah sonrió aun más y se inclinó para agarrarla de la cintura. Caroline se puso sobre sus pies, pero sus ojos curiosos estaban puestos en Klaus. A pesar de que vivían bajo el mismo techo él era un completo desconocido. Apenas se veían, y a decir verdad, a la niña lo intimidaba un poco.

Verlo así de relajado y feliz era nuevo para ella. Por la que parecía ser la primera vez, Klaus le estaba sonriendo. La niña lo imitó, sonriendo en su dirección como si le hubiera ofrecido un dulce.

Seguidamente se separó del cuerpo de Rebekah y se aferró al sofá, apoyándose en él para mantenerse de pie. Klaus no estaba en el mismo sofá, y la niña parecía estar decidida a ir en su dirección, pero para eso debería caminar unos centímetros sin ningún tipo de ayuda.

Dio un paso hacia la izquierda, aun apoyándose contra el sofá, sin dejar de mirar al híbrido. Rebekah se puso en total tensión, preparándose para agarrarla por si tropezaba. No se levantó, pues con su velocidad vampirica podría prever su caída aun y aunque estuviera a cien metros de ella.

– Nik– lo llamó y Klaus levantó la mirada del libro que estaba ojeando con aburrimiento. Observó interrogante a su hermana, que le hizo un gesto con la cabeza señalando a la niña. Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que pretendía hacer y dejó el libro a un lado del sofá. Caroline dio otro paso, y otro, hasta que llegó al final. Dudó unos segundos, pero en ese tiempo Klaus hizo un gesto invitador con las manos, instándola a acercarse a él. Bastó eso para que la niña se soltara y empezara a caminar. Fueron dos segundos, posiblemente tres, pero en tres pasos rápidos llegó al otro sofá, más concretamente a los brazos del híbrido que la esperaban abiertos.

– Oh Nik – exclamó Rebekah llevándose las manos a la boca. Estaba incrédula por lo que había acabado de pasar.

Caroline había caminado.

Había dado sus primeros pasos.

Todo se quedó en silencio por unos segundos. Rebekah observaba la escena boquiabierta sin asimilarlo. Klaus también estaba impresionado pero reaccionó rápido y sonrió sintiendo una extraña felicidad dentro de él, orgulloso.

Como si supiera que había hecho algo bien, Caroline giró la cabeza y sonrió a Rebekah. Luego se dio la vuelta y fijó sus ojitos en el híbrido, que ahora sonreía ampliamente.

La original no salía de su trance. Caroline había dado sus primeros pasos, ¡y para acercarse a Klaus! Casi se sintió ofendida, pero la felicidad que estaba empezando a crecer en ella aplacó ese sentimiento.

¿Acaso era eso posible?

Klaus la tomó en brazos, dejándola de pie justo sobre sus piernas. Con las manos se aferró a su cintura impidiendo que cayera y obligándola a mantenerse rígida.

Rebekah soltó una carcajada completamente feliz, y aun más cuando la niña agarró el cordel de uno de los collares del híbrido, observándolo con curiosidad. Su risa se le contagió a Klaus.

– No me lo puedo creer – repitió Rebekah. – ¡Nunca antes lo había intentado!

Y era cierto. Ni siquiera le había hecho intentar caminar, ¿No era demasiado pronto para ella? ¿Trece meses de edad? ¿O era perfectamente normal? Estaba nerviosa. No entendía nada de niños.

Y estaba emocionada.

– ¿A que edad se supone que deben dar sus primeros pasos los bebés? ¿Crees que podría volver a intentarlo sin caerse?

– ¿Y a mi me lo preguntas? – Klaus levantó una ceja mirando a su hermana. Cuando Caroline tiró de uno de sus collares jugando con ellos frunció el ceño y la separó un poco de él.

Rebekah sonrió con diversión.

– ¿Y por que no? Pareces haberte vuelto un experto en niños.

Al ver la cara que puso Klaus soltó una carcajada.

– Yo de ti cerraría la boca, hermanita.

– ¿No tengo razón? Al fin y al cabo Caroline ha caminado hacia ti. Mírala, incluso parece que le gustas.

Klaus se observó en ella, que ahora la miraba fijamente. Se sintió incomodo al darse cuenta de que tenía a una cría en brazos y se aclaró la garganta.

– Le gustan mis collares, que es diferente.

Rebekah sonrió.

– Caroline – la llamó, captando su atención. La original se levantó del sofá y se agachó a pocos metros de donde estaba su hermano y la niña, abriendo los brazos. – Déjala en el suelo, Nik.

No le hizo falta repetirlo dos veces. Una vez la dejó en el suelo con cuidado agarró la cintura de la niña, que miraba a Rebekah dudando sobre si avanzar. Esta vez estaba un poco más lejos. Tendría que caminar más. Cuando Klaus aflojó el agarre, poco a poco separó las manos para darle libertad. Caroline no lo pensó dos veces y empezó a caminar hacia Rebekah. A pesar de su valentía y su esfuerzo no consiguió llegar tan lejos y perdió el equilibrio. No fue un problema porque Rebekah la cogió rápidamente en brazos mientras reía sin parar, totalmente feliz.

Klaus sonrió mirando la escena. Había olvidado la ultima vez que vio a su hermana así, su risa la contagió y sobretodo cuando Rebekah empezó a dar vueltas por el salón con la niña en brazos sin dejar de repetir una y otra vez lo orgullosa que estaba de la niña de una forma ridículamente dramático.

Las risas incluso despertaron al enorme mastín. Aquella noche el perro movió la cola observando la apacible escena.

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El tiempo pasó rápido, demasiado para el gusto de la original que ya de por si estaba acostumbrada al rápido paso de los años.

Ver a la niña crecer fue como parpadear. En un momento cerró los ojos cuando aún estaba gateando, y al abrirlos en una milésima de segundo después Caroline ya había cumplido los siete años, y su cabello había crecido formando preciosas ondas rubias que le llegaba casi por la cintura. Se había vuelto una niña educada y muy alegre, con su sonrisa podía alimentar las plantas muertas y revivirlas, era un rayo de luz en un océano de oscuridad. Y no podría haber mejor comparación. Había iluminado con su luz cada pequeño rincón del corazón de la original.

Fue un día de primavera cuando las cosas empezaron a cambiar.

Rebekah ese día no se hallaba en casa. A Caroline la despertó Jenna, una de las criadas de la casa, cosa que la extrañó ya que normalmente solía hacerlo Rebekah. Cuando preguntó por ella le respondió que le había surgido un imprevisto. Frunció el ceño sin comprender, pero no hizo más preguntas.

Nunca solían contestar sus preguntas.

Asuntos de adultos, le decían.

Después de salir de su lujosa alcoba, bajó las escaleras y se comió el desayuno que le tenían preparado en la gran mesa, repleta de deliciosos platos dejados a su elección. No tenía mucha hambre, así que comió pan, mermelada y leche.

Nada más terminar observó a dos de las criadas conversar al final de la cocina. Se levantó de la silla sigilosamente y empezó a caminar de puntillas hacia la salida, dispuesta a ir al jardín.

– ¿Dónde te crees que vas? – Caroline dio un saltito y se dio la vuelta con la mano en el corazón por el susto.

– Jenna. – La mujer se cruzó de brazos y levantó la cabeza, tratando de mantenerse seria – Estaba buscando a Lupo, creo que lo he visto salir al jardín. – Lupo era el nombre que le dio a uno de los perros. Rebekah le dijo en una ocasión que esa palabra significaba lobo en latín, así que llamó al animal de esa forma por su aspecto lobuno.

Obviamente Jenna no compró su excusa. La miró con una ceja enarcada.

– ¿De verdad?

– Sí.

– Valiente mentirosa. Sabes que no puedes salir sola. No desde que te las ingeniaste para salir de casa y te acabaste perdiendo por el pueblo.

Caroline frunció el ceño ante el recuerdo, sus mejillas se sonrosaron.

– ¡Pero prometí no volver a irme sola! ¡Y además no pretendía ir a la ciudad!

Otra pequeña mentira. De hecho ese era el plan. Y hubiera ido a la ciudad de no ser porque se perdió antes.

Se estaba volviendo una mentirosa profesional.

– Bien, te creo – sonrió Jenna, aunque sabía a ciencia cierta que acababa de mentirle en la cara. – Pero cometiste un error ese día, lo sabes. Cualquiera te podría haber atacado.

Caroline la miró sin comprender. Siempre le decían lo mismo, cada vez que salía el tema. ''Podrían haberte hecho daño'' ¿Por qué le salían con esas? ¿Qué persona desalmada lo haría?

– ¿Quién atacaría a una niña?

– Te sorprenderías de la maldad que hay allí afuera. – la cortó Jenna con un tono firme. Ella más que nadie lo sabía. Incluso dentro de esa casa, aun corría peligro. Al fin y al cabo estaba rodeada de vampiros.

Caroline bajó la mirada a sus pies por unos instantes.

– Me equivoqué. – acabó diciendo en un hilo de voz – La fastidié ese día, pero no volveré a salir sola. Lo prometo. Solo quiero ir al jardín, no saldré al pueblo.

– Ni al bosque. – añadió Jenna.

– Ni al bosque.

La miró dubitativa unos segundos, sin saber que decirle a la niña. Podría meterse en un buen lío si Rebekah se enteraba que la había dejado sola, por no decir que la mataría.

Suspiró.

– Confío en ti, Caroline.

Caroline sonrió ampliamente. Por fin había conseguido que le dieran un poco de libertad para hacer lo que ella quisiera, y eso la hacía feliz. Nuevamente volvían a confiar en ella.

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Estuvo un buen rato entretenida. Tumbada sobre la hierba mojada observaba a un gavilán posado en una de las ramas de un árbol alimentar a sus polluelos.

Era plena primavera, la época más viva del año. Los capullos de las flores se abrían formando flores hermosas. Los árboles tenían más hojas que nunca y los cantos de los animales resonaban por todo el campo.

Todo estaba en su lugar y en perfecta sincronía.

Caroline cerró los ojos y se embriagó de la tranquilidad que se respiraba en el ambiente, hasta que algo llamó su atención.

Un relincho.

Se levantó extrañada y siguió el ruido que la llevó a la parte trasera de la casa. Que grande fue su sorpresa al ver a Klaus guiando a un caballo negro al establo. Era un ejemplar de percherón precioso. Su paleja resplandecía con la luz del sol.

Caroline lo observó con los ojos abiertos como platos. No era el primer caballo que había visto pero sí el primero que veía tan grande y esplendoroso. Pero no fue precisamente su aspecto lo que llamó su atención, sino más bien la conducta que mostraba. Estaba en un estado totalmente fuera de sí.

Se atrevería a decir que incluso parecía peligroso.

Cuando el híbrido tiró de las riendas para conducirlo al establo, el caballo se detuvo en seco y tiró con todas su fuerzas hacia atrás, temeroso.

Se negaba a entrar en la cuadra.

Caroline corrió rápidamente hacia Klaus al darse cuenta de lo que estaba pasando. El caballo estaba aterrorizado.

El animal se puso sobre sus patas traseras, soltando un relincho que le recordó al aullido desgarrador de un lobo herido e hizo que el corazón le diera un vuelco en el pecho.

– ¡Lo está asustando!

El híbrido la observó incrédulo, sin poderse creer que la niña le hubiera dirigido la palabra, y mucho menos que lo hablara de esa forma.

– ¿Qué has dicho?

– Tiene miedo. – señaló como si fuera obvio. No se preocupó de con quien estaba tratando, en lo mucho que aquel hombre la inquietaba, lo único importante era aquel caballo.

– ¿Y te crees que a mí me importa? – dijo el híbrido entre dientes – Este caballo va a entrar de cabeza al establo quiera o no. Haz algo de provecho y tráeme el látigo.

La niña abrió los ojos como platos.

– ¿El… látigo?

– ¡Sí, el látigo! – gruñó. – Maldita sea. Mañana se las verán conmigo por haberme vendido un caballo completamente loco. No te acerques a él, es peligroso.

Al ver que Klaus le daba un nuevo tirón y el caballo enloquecía aun más, hizo una de las mayores estupideces de su vida, se interpuso entre el caballo y el híbrido.

Klaus al verla se detuvo en seco y el miedo llenó cada rincón de su cuerpo.

– ¡Caroline! – gritó y dejó caer la cuerda de golpe. Nervioso, observó como el animal relinchaba y movía la cabeza arriba y abajo sin dejar de golpear el suelo con una de sus patas traseras en lo que parecía un tic nervioso. La seguridad de Caroline se disipó una vez quedó cara a cara con el majestuoso animal. Cualquier persona en el cuerpo de Klaus hubiera cogido a la niña de la cintura y la hubiera apartado del caballo desquiciado, pero él no era otra persona. Era Klaus, y si bien la niña había osado desobedecerlo y cometer ese terrible error, lo iba a pagar caro.

No dejaría que el caballo le hiciera daño. Rebekah lo mataría por eso. Su objetivo era que sintiera el terrible miedo en su cuerpo por unos segundos, esa adrenalina al ver que su vida pendía de un hilo, bastaba que el animal se pusiera sobre sus patas traseras y la atacara para provocar eso. Entonces se arrepentiría de su estupidez, sabiendo que ya era tarde.

Adelantándose al movimiento del semental, una Caroline hecha un manojo de nervios sacó algo del bolsillo, un terrón de azúcar. Y no se podía decir en ese momento si Klaus era el más sorprendido por ese gesto o el caballo.

Klaus esperó, y para su sorpresa el caballo después de soltar un resoplido bajó el cuello para olfatear el torrón. El híbrido no salía de su asombro.

Caroline sonrió al ver como el caballo relajaba los tendones del cuello y recogía el torrón con sus dientes. Soltó una risita y acarició con su mano libre el hocico del animal, escuchando el divertido sonido que hacía al mascar.

Klaus se aclaró la garganta a sus espaldas. Al oírlo, la niña se giró aun con una sonrisa. Al ver su alegría casi se contagió, pero Klaus siendo Klaus, mantuvo su aura de dios gélido en todo momento.

Sin mostrar ninguna emoción, dio un paso hacia el caballo y retomó las riendas.

– ¿Cómo se te ha ocurrido hacer esa insensatez? – su tono era duro, pero no parecía estar enfadado. Lo que hiciera la niña no era asunto suyo al fin y al cabo.

– A veces valen más las buenas palabras y gestos nobles que un golpe. Creí que esta era una de esas ocasiones. – respondió titubeante.

El híbrido levantó una ceja, disimulando la risa que empezaba a crecer en su pecho ante la idea de su hermana diciéndole esas palabras.

– ¿Quién te ha dicho eso? ¿Rebekah?

– No. Jenna – respondió orgullosa.

Klaus no pareció complacido.

– ¿Te tomas en serio lo que te dicen las sirvientas?

Caroline no lo comprendió.

– ¿No debería tener en cuenta su opinión?

– Claro que no. Simplemente están aquí para cuidarte y hacerse cargo de la casa. Como osan darte lecciones… que sabrán ellas de la vida que hay fuera. – gruño entre dientes.

– Jenna sabe lo que hay en el mundo fuera de esta casa. Y vos habláis como si las criadas no fueran personas.

– Son personas. De una clase social que bien podría compararse a un insecto.

Caroline frunció el ceño.

– Ni siquiera son esclavas.

– ¿Acaso no lo son? Explícame entonces la diferencia entre ellas y un esclavo – espetó Klaus.

Caroline dudó. Realmente, ¿Cuál era la diferencia? No mucha, sin embargo estaba segura de que un esclavo sería tratado de peor forma y tenido en más baja consideración.

– Rebekah dijo que no son para nada esclavas. Y de hecho trata a Jenna como a una igual.

Klaus puso los ojos en blanco.

– Rebekah se ha ablandado mucho estos días.

Es por tu culpa quiso añadir, pero en el último instante lo refrenó.

– No lo comprendo mi lord – cuando la palabra ''mi lord'' salió de entre sus labios Caroline se quedó pensativa. ¿Cómo se supone que debería llamarlo? ¿No era demasiado formal? Al fin y al cabo vivían bajo el mismo techo.

Y aun así no lo conoces.

– Mi lord – empezó dubitativa – ¿Cómo debería referirme a vos? ¿Niklaus? ¿Nik?

Como si le hubiera caído encima un balde de agua fría un escalofrío recorrió su columna vertebral.

– No me llames así – su tono gélido la hizo estremecer. – Para ti soy Klaus.

– Yo… lo siento. – se disculpó rápidamente Caroline – Rebekah lo llama así, y yo pensé…

– Rebekah es mi familia – espetó, y como si esas palabras hubieran cobrado forma de una mano negra, Caroline casi sintió como si esta se clavara en su pecho y estrujara su corazón. Aquel hombre le inspiraba temor, no había tenido trato con ella en toda su vida más que para levantarle la voz por algo que había hecho mal.

No estaba acostumbrada a que alguien la tratara de esa forma. Nunca nadie le había hablado de esa forma, y ella era demasiado sensible.

Klaus se sorprendió al ver que los ojos de la niña se empezaban a empañar de lágrimas.

– Lo siento – repitió ella, parecía estar totalmente arrepentida, y aquello no tenía mucho sentido. Para empezar no sabía que es lo que había hecho mal. Pero estaba segura de que había metido la pata hasta el fondo, ¿Por qué sino iba a hablarle de esa forma?

Klaus se aclaró la garganta y miró de nuevo al caballo, empezando a sentirse incomodo. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Disculparse con ella? ¿Heriría sus sentimientos si ahora le dijera que se marchara?

Klaus suspiró. Sí, por supuesto que sí. Era una cría, no podía tratarla como si fuera una adulta.

Se aclaró la garganta nuevamente, con la mirada fija en el animal.

– Pareces tener buen trato con los animales. – murmuró y Caroline lo observó confusa. – ¿Te gustan los caballos?

– Bueno… de hecho Rebekah no deja que me acerque a ellos. Dice que es peligroso.

Klaus esta vez no disimuló su sonrisa.

– ¿En serio?

– Sí – dijo Caroline aun más confusa, sin entender porque sonreía. Aquel hombre era muy extraño. En un momento podía estar alzándole la voz y reprendiéndole y al segundo después sonriendo como si lo que hubiera dicho fuera gracioso. Y no lo era. O al menos, a ella no le parecía gracioso.

Klaus soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza.

– Típico de Bekah. Apuesto a que nunca has visto a un semental como este.

La niña negó.

– Entonces nunca habrás montado.

Nada más las palabras abandonaron su boca, Klaus pudo ver el brillo en los ojos de Caroline. Su sonrisa se amplió aun más al comprobar que no se debía precisamente a las lágrimas. La pequeña estaba realmente ilusionada, probablemente esperando que le propusiera subir en él. Por una vez, se permitió no ser un ogro con ella.

– ¿Quieres que te de un paseo?

– ¡Sí!

Y con eso bastaba. Situación arreglada. Realmente los niños eran patéticos.

– Espera que meta a este caballo en la cuadra.

Y Dioses, vaya que iba a entrar en la cuadra esta vez. Aunque tuviera que usar el látigo contra él.

– ¿Por qué debería meterlo en el establo? ¿No vamos a montarnos en él?

– Este caballo está completamente loco – argumentó Klaus algo incrédulo, lo cual no era del todo cierto. Lo había montado en todo el camino de trayecto a casa y no había habido ningún problema. Hasta que llegó a la cuadra. Se puso nervioso y perdió el control. Probablemente sería un trauma del animal por algo que su anterior dueño había hecho con él. En lo general, el caballo parecía fiable. Lo que de verdad le sorprendía era que después de ver el espectáculo que había montado, la niña aun quisiera algún trato con ese animal. Pensó que probablemente el caballo la habría aterrado. No se esperaba que quisiera volver a acercársele

Con la respuesta que recibió de la niña, lo sorprendió por cuarta vez en toda su vida.

– Confío en él.

Klaus la observó en completo silencio durante unos segundos, evaluando sus palabras. Dudó por un momento, pero finalmente suspiró y se acercó a ella.

– Como quieras.

Sin darle tiempo a decir nada más la cogió de la cintura y la levanto en el aire, haciendo que soltara un grito por la sorpresa, y la dejó sentada encima del sillín del caballo. Se permitió un momento para observar su cara de completa sorpresa, felicidad, y… miedo.

Klaus sonrió aun más.

– ¿Arrepentida?

– Ne-nerviosa. – titubeó.

Bien, porque ya es demasiado tarde. Añadió para si mismo, sonriendo aun más ampliamente. En menos de dos segundos se subió al caballo, sentándose justo detrás de Caroline, y tomó las riendas.

El caballo, que hasta este momento había seguido golpeteando el suelo con su pata trasera en su ya conocido tic nervioso, relinchó cuando Klaus dio un tirón hacia la derecha con las riendas, instándolo a girarse. Lo hizo caminar campo a través, en dirección al bosque. Era un camino fácil, no habían muchos árboles y tampoco animales salvajes que podrían suponer una amenaza.

No volvió a dirigirle la palabra a la niña. La notaba nerviosa en el asiento pero poco a poco fue relajándose.

Pasados tres minutos observó a la niña que no había dicho aun ni una sola palabra.

Caroline ahora estaba ensimismada con el caballo. Apenas se fijaba en nada a su alrededor, el semental era todo cuanto veía. Se vez en cuando acariciaba su cuello y no borraba la sonrisa de ningún momento.

Klaus sonrió levemente. A su corta edad y nunca había visto un caballo como aquel. ¿Acaso Rebekah no la sacaba de casa? ¿Qué se supone que le enseñaba a la niña?

– ¿Eres consciente de que tenemos un par de caballos en la cuadra, verdad?

– Sí, pero como ya dije Rebekah no me deja acercarme a ellos, y son demasiado pequeños.

Klaus sonrió.

– Son yeguas, y ambas están demasiado viejas. Por eso hoy fui al mercado en busca de un buen caballo. Es el mejor que he podido comprar, joven, ruguroso y fuerte, pero por supuesto, tiene un problema. – murmuró lo ultimo entre dientes. Siempre tenía que haber algún problema.

– ¿Qué edad tiene este? – preguntó Caroline con curiosidad.

– Hace poco dejó de ser un potro, ahora tendrá unos cuatro años, probablemente cinco.

Su contestación pareció sorprenderla.

– ¡¿Crecerá más?!

Klaus rió entre dientes.

– Me temo que no. La edad de los caballos es diferente a la de las personas.

Caroline pareció curiosa ante eso. Durante unos minutos se quedó callada, hasta que finalmente volvió a abrir la boca para preguntar aquello que estaba rondando por su mente.

– ¿Tiene nombre?

– ¿Por qué iba a tener nombre?

– ¿Y por qué no?

Klaus puso los ojos en blanco por sus irritantes preguntas. Aunque no pudo evitar sonreír.

– Nervio sería un buen nombre.

''Nervio'' Klaus sintió ganas de reírse.

– Es el nombre más patético que he oído en mi vida.

Caroline pareció ofendida.

– ¿Y por qué? A mi me gusta. Seguro que a Rebekah también le gusta. Y a Jenna. Oh, ¿Y qué tal Negro?

– No voy a ponerle ningún nombre, Caroline – Sentenció cansado.

– Necesita un buen nombre, ¿Cómo va a referirse a él sino?

– He tenido muchos caballos en mi vida y nunca he nombrado a ninguno.

– ¿Y por qué no?

– Tus irritantes preguntas van a acabar sacándome de quicio, dulzura.

Caroline iba a abrir de nuevo la boca cuando Klaus detuvo al caballo abruptamente. El animal echó el cuello hacia atrás por el tirón de las riendas y se puso sobre sus patas traseras. Caroline soltó un grito agarrándose como pudo al cuello del caballo.

Con eso Klaus soltó una carcajada.

– ¿¡Por qué ha hecho eso!? – gritó horrorizada.

Sin decir nada y aun sonriendo maliciosamente Klaus se bajó del caballo.

– ¿Por qué te bajas? ¿No irás…? – A Caroline se le congeló el corazón en el pecho al pensar en la posibilidad que acababa de cruzar por su mente – ¿No irás a dejarme aquí sola, verdad?

Klaus se lo tomó con diversión. Al parecer había sacado la desconfianza de su hermana Rebekah. Aun y aunque no la hubiera parido le estaba inculcando muchas cosas. Él estaba en desacuerdo con muchas de ellas. Como la de prohibirle salir a la calle, ni sola ni acompañada.

''es peligroso''

lo era si iba sola, ¿Pero qué peligro podía correr con un original al lado? Estaba aislando a la niña en aquella casa, limitándola a… nada. Con razón se escapó una vez que su hermana bajó la guardia. Aquel día se rió cuando una de las sirvientas comunicó con miedo en el cuerpo la noticia a Rebekah de que su protegida se había esfumado. Y no fue porque Rebekah terminó arrancándole la cabeza a aquella impertinente humana que había osado desobedecer una orden y dejar a la niña sola. Le pareció divertido porque él estuvo en lo cierto. Le dijo a su hermana una y mil veces que recluyéndola en casa las cosas no iban a acabar bien entre ellas, y al final cuando la niña hizo un acto de rebeldía, él resultó tener razón.

Klaus agarró las riendas del caballo y lo condujo a través de dos manzaneros. Encima del caballo, Caroline vio con claridad un río a pocos metros de ellos. Klaus los estaba conduciendo hacia él. Sin poder evitarlo se puso aun más nerviosa.

– ¿Klaus? ¿que hacemos aquí?

''Quiero volver'' pensó con fuerza como si así él pudiera oírlo. Pero no lo dijo en voz alta. No quería dar la impresión de una niña asustada.

Klaus no contestó y se acercó a un árbol repleto de manzanas rojas. Estiró el brazo y cogió la más grande y apetitosa. La lanzó una vez al aire y la atrapó al vuelo, sonriendo.

Caroline lo miró con curiosidad cuando Klaus volvió a acercarse a ella. Después de darle un mordisco a la manzana se la ofreció.

– ¿Quieres una?

Frunció el ceño.

– No. No quiero una.

Klaus sonrió ampliamente.

– ¿Es por que la he mordido yo? Vamos, amor, hay confianza. Al fin y al cabo vives bajo mi techo, ¿no es así?

La niña le mantuvo la mirada. Entendió por su tono que aquella frase iba con doble sentido. Le estuviera dejando claro que vivía en su casa, él era el dueño y ella una indeseada. Al fin y al cabo nunca le había importado.

– No quiero ninguna manzana, ni esa ni otra. Gracias.

Klaus sonrió.

– Me he dado cuenta de que ya no me tratas de vos. ¿Qué ha sido del ''mi lord''? – se fanfarroneó.

– Vos tampoco… – Caroline se mordió la lengua – Tú tampoco lo haces. ¿Por qué yo debería tratarlo con cortesía? – Espetó levantando la cabeza con orgullo.

Por algún motivo eso le pareció gracioso a Klaus. Sus siguientes palabras de algun modo sorprendieron a Caroline.

– Tienes toda la razón.

Después de unos instantes la niña fijó la mirada en el caballo, que había bajado la cabeza para comer una de las manzanas que habían caído del árbol. Le acarició el cuello cariñosamente mientras lo escuchaba mascar. Sonrió. Le gustaba aquel caballo.

De pronto la preocupación hizo acto de presencia en su cuerpo.

– ¿Lo mantendrá, verdad? – preguntó, tan impaciente por saber la respuesta que ni se dio cuenta de que había vuelto a tratar a Klaus con formalidad.

– Lo veremos al volver. Si se niega a entrar al establo se lo devolveré a su anterior propietario. He pagado una suma importante de dinero por él, y si voy a tener problemas cada vez que quiera entrarlo en la cuadra de poco me va a servir.

La niña lo miró con tristeza. Lo entendió de todas formas.

– ¿Su anterior dueño lo cuidaba bien, verdad? – Se preocupó – ¿No pasará hambre? Aquí al menos tiene manzanas...

Klaus sonrió.

– Estoy seguro de que recibió buenos tratos. De haber sido maltratado se notaría en su forma física.

– ¿Y por qué se niega a entrar en el establo?

Klaus se encogió de hombros.

– Eso es algo a lo que no encontraremos respuesta. Será mejor que nos vayamos, Rebekah estará por llegar y si no te ve en casa te meterás en un buen lío.

– Vos también os meteríais en un buen lío – sonrió Caroline.

– Quizá, pero a mi no me puede castigar – señaló con diversión. Caroline hizo una mueca, sabiendo que tenía razón.

Cuando Klaus se subió de nuevo al caballo le tendió la manzana a Caroline sin esperar respuesta. Una vez hizo girar al caballo retomaron el camino y de nuevo el silencio hizo acto de presencia entre ellos.

A pesar de que a Caroline le hubiera gustado la idea, no se cruzaron con ningún ciervo. De vez en cuando veía especies de pájaros que nunca antes había visto, y llegó a ver a alguna ardilla en los árboles, pero en general no se cruzaron con mucha fauna. Fue un viaje aburrido.

Aun así Caroline estaba rebosante de felicidad.

– No le dirás nada a Rebekah de esto. – afirmó Klaus más una vez llegaron. El híbrido la miró con seriedad una vez se bajó del caballo.

Caroline no borró la sonrisa del rostro en ningún momento. Estaba realmente feliz por aquel paseo.

– No le diré nada.

Cuando Klaus la bajó del animal y la puso en pie la niña se quedó congelada, y por su reacción Klaus supo al instante lo que acababa de ver.

Puso los ojos en blanco sabiendo a quien tenía a sus espaldas.

– ¡Caroline! – gritó una voz femenina llena de miedo. Para la siguiente vez que habló su tono asustado cambió por uno furioso. – ¡Nik!

El híbrido gruñó con fastidio.

– ¿Qué quieres, Rebekah?

– ¡No has hecho lo que creo que acabas de hacer!

– ¿Y qué se supone que crees que acabo de hacer, hermanita? Sea lo que sea, seguro que te equivocas. Siempre supones mal.

Rebekah le dedicó una mirada asesina antes de clavar los ojos solamente en la niña.

– Caroline, dime que no te ha hecho subir al caballo.

La pequeña respondió rápido.

– No, simplemente estaba dejando que lo acariciara.

Rebekah frunció el ceño.

– ¿Pretendes que compre eso?

– ¡Tú nunca me dejas acercarme a los caballos! – gritó Caroline fingiendo molestia – siempre me dices que es peligroso. ¡No lo entiendo! Klaus me ha dejado acercarme y no me ha hecho nada. No entiendo porque siempre estas empeñada en protegerme, no va a pasar nada por que me acerque a un caballo.

La original la observó sorprendida. Realmente no esperaba esa contestación.

Klaus sonrió a espaldas de Rebekah. Siete años y estaba hecha toda una mentirosa. Y había elaborado una mentira bastante creíble por el tono en el que lo había contado.

Se empezaba a notar que se había criado en la casa de los Originales. Casi se sintió orgulloso.

– Caroline… – Rebekah suspiró y se dio la vuelta para encarar a su hermano.

– ¿Es eso cierto? ¿Que no la has hecho montar en el caballo?

– Totalmente – respondió sonriendo mostrando sus hoyuelos.

– Quise subirme, pero no me dejó. Es tan aburrido como tú. – Ante la cara que puso Rebekah Klaus casi se desternilló de la risa. Solo un borracho, un suicida o una niña pequeña sería capaz de hablarles así a un par de vampiros originales.

Finalmente Rebekah reaccionó y tomó la mano de Caroline.

– Despídete de Nik, voy a darte un buen baño. Seguro que te has estado revolcando en la hierba otra vez con ese chucho maloliente. Estás llena de hojas y ramas.

Caroline asintió feliz y mientras caminaba se giró a echar un vistazo a Klaus. Le sonrió. Estaba contenta por ver que le habían hecho creer a Rebekah una mentira entre ambos.

Sin embargo Klaus no le devolvió la sonrisa. La miró completamente serio y le dio la espalda, empezando a caminar hacia el caballo. Caroline frunció el ceño sin comprender a ese hombre. ¿Por qué la trataba de esa forma? ¿Qué le había hecho ella a él? Sabía que de ser por él ella no estaría viviendo en su casa. Sabía que ella no le importaba. Pero no le costaba nada ser gentil.

Cuando ya estaba lejos del híbrido, algo hizo clic en su mente y se dio la vuelta para mirarlo. Vio a Klaus a lo lejos conduciendo al caballo a los establos. A diferencia de la primera vez, ahora el caballo no se revelaba y lo estaba siguiendo dócil, poco a poco entrando en la cuadra. Klaus le había tendido la mano, mostrándole algo que llamaba su atención.

A Caroline no le hizo falta verlo para saber qué es lo que llevaba en la mano.

Un terrón de azúcar.


Nuevamente gracias por todos los comentarios. Estoy muy feliz por ver que os está gustando.

Una cosa que no viene a cuento con el fic. Hasta el día 2 de junio se podrán nominar parejas de televisión para los Teen Choice Awards 2015. En la categoría de mejor química Klaroline va muy bien. Hace dos días estaba la primera, ahora en segundo lugar... u.u pero sigue estando entre las tres primeras, que es lo importante. Siempre es preferible que más gente ayude. Es la única forma que tenemos que hacernos oír. Probablemente no tengamos otra oportunidad. Dos parejas entrarán de TVD; Delena y la otra está entre Steroline y Klaroline... Las que tengáis cuenta en twitter podéis ayudarnos, por aquí estamos twitteando hasta que nos sangran los dedos xD Pensad que es importante, al menos imaginad la cara de Julie cuando le digan que Klaroline está nominada :) por eso merece la pena. ¡Klaroline merece la pena! :)

Y bueno, no os entretengo más. No diré que actualizaré pronto la proxima vez porque ya me conocéis xD

¡Besos!