¡Hola a todos! Muchas gracias por los reviews y las alertas, significan mucho para mí.
Siento la tardanza... cada vez me parece más utópica mi idea inicial de actualizar semanalmente. En fin, seguiré intentándolo aunque espero actualizar más rápido que esta vez. A cambio, este capítulo es más largo que los anteriores. Eso sí: Es raro, o al menos a mi me parece muy raro, y de nuevo no necesariamente en el buen sentido. Lo que quiero decir es que yo estoy conforme (si no, no lo subiría), pero no sé si os gustará... Pero ya sabéis, el mundo es raro y también las circunstancias que nos rodean: ¿no os parece increíble que se hayan cumplido las condiciones exactas que se necesitaban para que yo esté aquí, ahora mismo, escribiendo esto, y que vosotros estéis leyéndolo a ese otro lado? Bueno, yo creo que Akashi estaría de acuerdo.
En fin, este capítulo incluye mucho diálogo, eso sí. No sé vosotros pero yo suelo disfrutar mucho cuando leo conversaciones interesantes entre los personajes. Claro que... no sé si habré conseguido el efecto que perseguía. Por cierto, en este capítulo aparecen muchos secundarios, aún así, me gusta dedicarme por completo a la pareja principal así que no tengo intención de escribir sobre otras parejas fuera de la línea argumental de Furihata y Akashi.
¡Eso es todo, creo! si os gusta, lo odiáis, tenéis pegas, consejos, etc... lo suyo es dejar un review. Gracias de nuevo y os dejo con el capítulo:
Furihata había soñado con aquello cientos de veces; Despertar una mañana en la cama de una chica preciosa. Entre sábanas arrugadas y retorcidas con más dulzura, si cabe, que la de recuerdos frescos y trasnochadores; un abrazo en torno a su cintura cortesía de un par de largas extremidades rematadas en uñas nacaradas, un «¿qué tal has dormido?», y también, por qué no, un beso de buenos días.
Despertar, en una cama ajena, y sentir el olor de alguien más en la almohada. Hasta ahí podía decir que había cumplido su sueño. Claro que..., ni Akashi era una chica preciosa, ni los recuerdos persistentes eran tan placenteros. Además abrir los ojos y encontrarse un par de tijeras entre ceja y ceja tampoco podía considerarse como alguna especie de método alternativo para despertar a tu pareja. Y eso sin contar con el factor resaca.
Pero Akashi había vuelto a prestarle atención así que Kouki trataba de hacer como si nada de eso importara. Sabía que algo raro se cocía dentro de sí mismo, como si de nuevo su tendencia a depender de otros comenzara a salir a flote habiendo echado el ancla en una persona nueva.
Furihata era una persona dependiente, y era consciente de ello. Necesitaba sentirse querido, y necesitaba atención, también. En ese sentido era como un cachorrito.
Durante toda su vida había dependido de muchas otras personas y el ciclo era siempre el mismo; se concentraba demasiado en alguien, pero ese alguien se iba de su lado, quedaba anímicamente destrozado y, entonces, como un parásito, buscaba otra persona en la que confiar incondicionalmente que le diera cobijo; un mejor amigo durante la escuela media, la última chica de la que se había encaprichado... Cualquier persona era válida siempre y cuando supiera tratarle bien. Y como guardaba sentimientos encontrados respecto a Akashi y sus buenos y malos tratos, había comenzado a preguntarse si tenía algún tipo de vena masoquista o si era simplemente el efecto post-Akashi el que hacía que a pesar de todo no quisiera que desapareciese de su lado. Al fin y al cabo nada ni nadie podía negar esa personalidad tan arrolladora suya; algo había en su manera de mirar, o tal vez en la forma en que su sombra se alargaba cuando atardecía en la biblioteca y él leía a autores desconocidos... ¿sería su sombra, después de todo?; tenía la sensación de que era muy profunda, muy negra..., bastante más de lo normal; Básicamente, sentía que la suya palidecía en comparación. Y mientras observaba a Akashi colocar concienzudamente las piececitas en el tablero se entretenía imaginando que, de tan profunda, podría intentar utilizarla a modo de portal a otros mundos, de túnel del tiempo: divagando, se le vino a la cabeza la idea de que al menos aquella versión de él era incapaz de atravesarlo con esos ojos... Y es que Akashi le parecía una persona con uno de esos encantos raros más propios de las bellezas que se encuentran en los anticuarios.
Furihata observó el tablero de shōgi en el suelo e hizo una mueca extraña.
—De verdad que el shōgi no es lo mío...
Seijuuro había terminado de poner la última pieza en la vanguardia. Lo miró pacientemente, como si no le quedara otra que explicar de nuevo la lección a un alumno desaventajado.
—¿Y qué es lo que se te da bien a ti, Kouki?, ¿ser insolente cuando estás bebido? No me hagas cobrarme todas las que me debes y sé obediente.
El aludido enrojeció y asintió en silencio. No era de estilo japonés, pero aún así Seijuuro había colocado el tablero en el suelo de su habitación porque, según él, jugar en una mesa y sentarse en sillas no tenía ni la mitad de gracia. Se había posicionado de rodillas y tenía la espalda muy tiesa. Jugaba en su propio campo; el shōgi era su especialidad y se notaba que se sentía especialmente cómodo con la situación. Furihata tuvo la impresión de que tocaba las piezas con el infinito cuidado con el que se toca a un amante.
—Te gusta mucho el shōgi, ¿no?
Su ojo dorado parecía carmesí bajo esa luz.
—Claro.
Bien pensado, Kouki se dio cuenta de que no sabía nada sobre muchacho. Y sucedió que esto le pareció curioso, ya que en un periodo de tiempo relativamente corto Seijuuro había asistido a momentos de su vida en los que nunca pensó encontrarlo. Además, ¿qué había de malo en aprender cosas sobre esa faceta de Akashi que no conocía?
—¿Del uno al diez?
—Diez. ¿Estás intentando mantener una conversación amistosa conmigo, Kouki?
El chihuahua dio un respingo y a Akashi le pareció como si un par de orejas agachadas comenzaran a materializarse sobre sus cabellos marrones. Soltó una risita nerviosa y se mordió el labio.
—Em, ¿sí, supongo? ¡Lo siento! —exclamó—. Ha estado fuera de lugar, ¿verdad? Lo ha estado, sí... —dijo rascándose la nuca.
—Relájate —interrumpió el otro—. Después de todo, los únicos capaces de mirarme a los ojos mientras hablo y mantener conversaciones conmigo en igualdad de condiciones son aquellos que se dedican a servirme. Y tu me sirves, asumo.
—Um...
—Puedes preguntarme lo que quieras. Pero ten en cuenta eso que dicen: «Las conversaciones interesantes son aquellas que te hacen cambiar tu forma de ver el mundo». Y bien, Kouki, ¿crees que eres capaz de introducirme a nuevos puntos de vista? —preguntó. Una sonrisa bailaba en sus labios.
Furihata pareció reflexionar.
—Lo dudo —e hizo una pausa, como debatiéndose entre continuar o no—. Apenas entiendo tu forma de pensar... Además —prosiguió, azorado—, a mí me parece que cuando uno siente simpatía por una persona también tiene ganas de conocer detalles estúpidos y hablar sobre cosas aleatorias, no necesariamente trascendentales... O algo así.
Akashi movió la primera pieza. Era un peón de los de la fila delantera.
—¿Por ejemplo?
—Pues, no sé, cosas como si eres de los que cuidan los libros al extremo o de los que doblan y subrayan las páginas. Déjame que piense...
Kouki se llevó la mano al mentón y alzó los ojos pensativo. Se tomó su tiempo, y Akashi esperó pacientemente mientras echaba alguna que otra mirada furtiva al tablero. Era el turno de Furihata, pero irremediablemente éste parecía más interesado en la conversación que en el juego.
—Ya sé.
Le interesaban cosas como su tipo de música favorita, su opinión acerca de si la melena del rector era un peluquín o no; o saber si alguna vez al cambiarse de cola en el supermercado había tomado la decisión correcta de elegir la fila más corta, dijo. Casi resultaba increíble —continuó Furihata—, imaginarse a Akashi en situaciones cotidianas. Pero más increíble le parecía aún imaginárselo enamorado, admitió entre risas.
—¿Y eso por qué? —preguntó Seijuuro con sumo interés.
Poniendo a un lado la partida al ajedrez japonés que muy a su pesar había quedado en el olvido, su trabajo de campo estaba dando sus frutos. Después de todo le resultaba fascinante escuchar las ocurrencias de su nueva fuente de entretenimiento: Kouki siempre parecía saber cómo hacer que se mantuviera interesado, y eso era algo que prácticamente nadie era capaz de lograr.
—Bueno, es que es difícil de visualizar —contestó—. No te lo tomes a mal, pero no te imagino perdiendo la cabeza por nadie.
Akashi observó que, poco a poco, Furihata comenzaba a sentirse más cómodo hablando con él. Parecía que por fin empezaba superar esa molesta costumbre suya de retractarse en sus palabras o disculparse cada cinco minutos.
—¿Piensas que soy asexual?
Sus mejillas se colorearon ligeramente, y de pronto la moqueta del suelo se volvió la cosa más interesante que había en la habitación.
—Bueno... si tuviera que decantarme por algo diría que sí.
Seijuuro dejó escapar una de esas carcajadas suaves y sosegadas que sólo él era capaz reproducir.
—Kouki, Kouki, Kouki... Pero qué inocente eres —dijo, sacudiendo la cabeza a modo de negación—. Lamento sacarte de tu error, pero no lo soy. No sé cuál será tu impresión de mí —prosiguió, divertido—, pero déjame decirte que, aunque un poco excéntrico, también soy humano y estoy hecho de la misma pasta que el resto; Eso sí, a diferencia de los demás, yo siempre gano, por lo que siempre tengo razón.
Una especie de sombra recorrió sus facciones y sus ojos brillaron como piedras de ámbar. Furihata se estremeció al tiempo que notaba como un hilo de magnetismo se entrelazaba entre él mismo y el enigmático individuo. Seijuuro propuso continuar la partida.
—¡Espera! —exclamó entonces—. No has respondido mis otras preguntas.
De pronto la cabeza comenzó a dolerle con mayor intensidad. «Nunca más volveré a beber», se dijo.
—Tenemos una partida en curso. Y a decir verdad me gusta jugar en silencio. Dame un respiro, todavía estoy tratando de dar con alguna actividad en la que seas potencialmente bueno... —suspiró —. No creo que el shōgi sea lo tuyo, pero bueno, al menos así tengo un compañero de juego.
Kouki entrecerró los ojos, comprendiendo la verdadera naturaleza de aquel desafío al ajedrez japonés: ¿Sería posible que Akashi no tuviera a nadie más que jugara con él? De pronto sintió una punzada de lástima y pensó en hacer de tripas corazón con su dolor de cabeza y darle el gusto de ser su adversario. Pero en ese entonces la melodía predeterminada de un teléfono que no era el suyo irrumpió en la habitación con lo que a Kouki le pareció una total desconsideración ante su malestar posborrachera.
Akashi se incorporó y se apresuró hacia la cómoda junto a la ventana sobre la que descansaba el pequeño aparato. Casi simultánemente, su propio móvil comenzó a sonar. Mientras tanto Seijuuro hablaba pausadamente con la persona al otro lado de la línea, pero a diferencia de él, para cuando Furihata quiso encontrar el dispositivo —que por alguna razón se hallaba debajo de la almohada— éste había dejado de sonar. Y fue cuando introdujo su contraseña y lo desbloqueó que se topó con alrededor de veinte mensajes pertenecientes todos a Hyuuga y Kiyoshi.
En cierto modo, tenía sentido, ya que los había abandonado en aquel bar y no había vuelto a dar señales de vida hasta el momento. Leyó por encima la mayoría de los mensajes y se enteró de que se había dejado las llaves sobre la barra y que Hyuuga había tenido que recogerlas en su lugar; bien pensado, aquello explicaba el porqué Seijuuro lo había traído a su dormitorio en la residencia de estudiantes en vez de acercarlo a su casa. Al parecer, estaban bastante preocupados, ya que desconocían dónde había pasado la noche y temían que estando tan borracho se hubiera metido en líos. Tecleó una respuesta tranquilizadora y se disculpó. Después se pasaría a recoger las llaves y ya de paso los invitaría a cenar y a ver algún partido de baloncesto en su casa para compensarlos, prometió.
Para cuando hubo enviado el mensaje, Akashi ya había terminado de hablar.
—Nos vamos —dijo.
Furihata pestañeó, confundido.
—¿A dónde?
—A buscarte un talento, claro está —y esbozó una de sus típicas sonrisas—. Pero no vayas a creer que me he olvidado de nuestra partida.
Así fue cómo Seijuuro arrastró a Kouki hacia la estación de tren un sábado por la mañana sin darle apenas explicaciones. «Vamos a ver a unos viejos conocidos míos», había comentado Akashi cuando Kouki le preguntó, tras lo que no se atrevió a demandar más detalles.
Sobre sus cabezas, carteles luminosos orquestaban el flujo de pasajeros hacia los andenes correspondientes. A Akashi le gustaba viajar en tren, e incluso disfrutaba del sonido que emitían los vagones al circular sobre los raíles, le relajaba. En ocasiones pensaba en lo mucho que le gustaría subirse un tren y dejarse llevar hasta el final de la línea; pero hasta el momento no había encontrado a nadie dispuesto a hacerle compañía durante el viaje. Muchas veces, cuando se desplazaba en Shinkansen —la red de alta velocidad—, deseaba que el viaje se alargara más todavía porque por extrañas razones no tenía ganas de llegar al lugar de destino; Esto le pasaba especialmente cuando se dirigía a Kyoto para ver a su padre, pero a veces también le ocurría incluso cuando la parada final se trataba de un sitio al que había estado esperando ir. Sentía que era más cómodo vivir en el tránsito que enlazaba los sucesos, habría dicho si alguien le hubiera preguntado por la peculiaridad.
—Se está retrasando —dijo Akashi con un deje de molestia en la voz.
—En realidad, llevo aquí un par de minutos. Pensaba que estábamos esperando a alguien más.
Kouki, sobresaltado, pegó un brinco hacia un lado revelando la figura de un chico de estatura pequeña a sus espaldas.
—Tú nunca cambias, Tetsuya —sonrió Seijuuro.
—Podría decir lo mismo de ti, Akashi-kun —respondió éste con la misma simpatía contenida en la voz—. Buenas, me llamo Kuroko Tetsuya —dijo después, dirigiéndose a Furihata—. Akashi-kun y yo nos conocemos desde hace tiempo. Encantado.
Kouki le estrechó la mano, todavía sorprendido.
—¡Ho-hola! Yo soy Furihata. Furihata Kouki. Voy a la misma clase que Akashi.
—Sí. Te he visto por el campus un par de veces con él —asintió Kuroko—. Me sorprende bastante verle congeniar con alguien tan bien.
Kouki abrió la boca, impresionado.
—¿De verdad?
—Vamos a perder el próximo tren —señalo Seijuuro, echando a andar.
De camino, Kuroko le contó que habían cursado juntos la secundaria y que se habían vuelto más cercanos cuando coincidieron en el club de baloncesto, solo que Kuroko había sido el manager del equipo junto a otra chica llamada Momoi, mientras que Akashi se había convertido en nada más y nada menos que en el capitán del equipo. Disputaron una gran cantidad de partidos; y al parecer eran bastante buenos. Sin embargo el basket no era lo único en sus vidas y ninguno de ellos llegó a obsesionarse con los torneos. Fueron años divertidos —decía Kuroko con una pequeña sonrisa—, pero después cada uno fue a parar a una escuela diferente, a excepción de Akashi y él mismo, quienes fueron compañeros de clase hasta que se graduaron, y donde Seijuuro volvería a jugar al baloncesto con un nuevo equipo.
—No sabía que Akashi-kun también había jugado al basket durante el bachillerato —comentó Kouki, pasmado.
—No me digas que tú también jugaste en el equipo de tu escuela. Estoy rodeado de frikis del baloncesto —bromeó.
Kouki se echó a reír. Seijuuro los observó de reojo desde su asiento, en uno de los extremos, una vez hubieron subido al tren. Se preguntó entonces cómo es que esos dos podían llevarse tan bien habiendo acabado de conocerse.
—Más o menos. No estaba en el equipo principal, aunque mis senpais en Seirin fueron siempre muy amables conmigo.
—¿No es esa la escuela a la que fue Kagami? —preguntó Seijuuro distraídamente.
—¿Conocéis a Kagami, Kagami Taiga? —inquirió Kouki, impresionado, mirando alternativamente a los dos jóvenes—. ¡Y que luego digan que Tokyo es grande!
—Oh, ya lo creo que lo conoce —sonrió Akashi, cruzando los brazos—. De hecho también estará allí hoy, ¿no?
Las puertas del vagón se abrieron en ese momento y una oleada de nuevos pasajeros atestó el cubículo.
—Sí, últimamente no nos hemos visto mucho. Admito que estoy bastante entusiasmado —reconoció, en el mismo tono monótono y con los ojos muy abiertos.
«Deben de ser muy buenos amigos», pensó vagamente Furihata, con algo de envidia. Pero en ese momento Seijuuro hizo algo inesperado: se levantó, cediéndole el asiento a una mujer que sostenía un bebé y que le dio las gracias. Kuroko también pareció notar con sorpresa el hecho, pero no dijo nada.
El resto del viaje transcurrió en silencio. A dos paradas de su destino Kouki se incorporó de un salto y pasó el brazo sobre la barra de igual modo en que Akashi lo había hecho antes, alegando que se le estaban durmiendo las piernas. Su asiento fue rápidamente ocupado por un señor que sostenía un periódico. Tetsuya los observó mientras aparentaba meditar sobre algún asunto en particular, y señaló en ese momento que ambos parecían tener la misma altura; La observación pareció molestar profundamente a Akashi:
—¿Pero qué dices, Tetsuya? —estalló—. Admito que no por mucho, pero está claro que soy el más alto de nosotros tres. Observa —dijo, colocándose frente a frente con Kouki.
Trazó una línea imaginaria al ras de su pelo y demostró que, efectivamente, superaba al muchacho en un par de centímetros
—Olvidaba que era un asunto delicado, el de tu altura —murmuró Kuroko por lo bajo.
A medio camino de una carcajada, Furihata sintió que alguien que trataba de abrirse paso hasta la puerta le propinaba un fuerte empujón. Si hubiera sido impulsado hacia atrás, no habría habido ningún problema, pero sucedió que esa sonrisa suya acabó estampada contra la mandíbula de Akashi, quien estando tan cerca por la demostración previa no había tenido tiempo de apartarse.
Para cuando logró separarse, Furihata estaba tan colorado como una señal de stop... ¡A punto había estado de plantarle un señor beso!
Pero Akashi, que ni siquiera se inmutó, volvió a la carga.
—Eso lo demuestra —le dijo a Kuroko, quien le miró sin comprender a qué demonios se refería.
—¿El qué?
Furihata se miraba los cordones de los zapatos con ímpetu. Sus orejas tenían el aspecto de irradiar el mismo calor que el interior de un kotatsu en verano.
—Si hubiéramos medido lo mismo, Kouki habría acabado dándome un beso en los labios —observó—. Pero al ser más bajo que yo, ha acabado chocándose contra mi mandíbula.
Kuroko miró a la curiosa pareja con perspicacia y esbozó una sonrisa que ninguno de los dos fue capaz de interpretar.
—Esta vez te voy a dar la razón, Akashi-kun.
—Aquí estamos.
—¿Escuela secundaria Teikō? —preguntó Kouki leyendo el cartel de la entrada— ¿Qué hacemos aquí?
El edificio en sí era como cualquier otro. El modelo prototípico de escuela en Japón. Con sus cuatro pisos y su arquitectura rectilínea e insulsa, la entrada conducía al aparcamiento de profesores —ahora vacío— mientras que el patio se situaba detrás de la construcción, bajando la explanada en la que se sentaban las chicas de la clase de dibujo cuando trataban de retratar a los más guapos del club de atletismo. El gimnasio, por último, era un edificio anexo y de menor tamaño pegado al ala oeste del principal.
Akashi no había pisado aquel lugar en los últimos cuatro años. Pero a diferencia de lo que se pudiera pensar, no era una persona muy dada a la nostalgia.
—Akashi-kun y yo vamos a ver al resto del equipo que había mencionado antes. La mayoría de nosotros no se ha visto desde la ceremonia de graduación de la escuela media, excepto en algún partido en el que algunos se han enfrentado —dijo—. Kise-kun no paraba de insistir en que nos reuniéramos todos para ya de paso jugar un poco, como en los viejos tiempos. Ya lo conocerás; es un poco pegajoso y a veces se comporta como un crío, pero es buena gente.
Sin más, se dirigieron hacia el gimnasio.
Kuroko les explicó que habían obtenido el permiso del director para hacer uso de las instalaciones, quien muy a menudo solía henchir el pecho de orgullo cada vez que observaba esa vitrina acristalada de su oficina que, en favor al prestigio del colegio, aquellos muchachos se habían encargado de proveer de trofeos.
—¿Por qué me has traído aquí, Akashi-kun? —susurró Kouki mientras caminaban, inquieto—. ¡Yo no tengo nada que ver con vuestra pequeña reunión!
Akashi se detuvo. Tetsuya, unos pasos por delante, les lanzó una mirada de: «¿Pensáis quedaros ahí mucho tiempo?». Pero Seijuuro hizo un gesto indicándole que se adelantara, y Kuroko, encogiéndose de hombros, se introdujo en el gimnasio sin insistir.
—¿Cómo que no? Vas a jugar con nosotros.
—No pinto nada aquí... —murmuró Kouki, cabizbajo—. El baloncesto tampoco es mi fuerte.
—Escucha —Seijuuro lo agarró de las mejillas y acercó mucho su cara a la de Furihata—. Estoy cansado de tu actitud. Si te rindes a la mitad de camino, nunca conseguirás ganar en nada. Y la victoria, Kouki —dijo en un tono más suave, deslizando el pulgar sobre el pómulo de Furihata—, la victoria lo es todo. No te tenía por alguien con una voluntad tan débil.
Dejó caer los brazos como si pendieran de un cuerpo sin vida y se dio la vuelta sin decir nada más. Furihata se preguntó entonces cómo una caricia podía resultar tan fría.
—Te puedes ir a casa. No te voy a retener —aseguró Seijuuro en un tono casual, justo antes de cerrar la puerta metálica del edificio a sus espaldas.
Kouki pateó una piedra y se sentó en el suelo levantando una nube de polvo. Él no había elegido ser tan mediocre, se decía; y si una persona tan increíble como Akashi había tomado interés en él, la cosa no podía durar demasiado. Precisamente, si no fuera tan prefecto y tuviera la capacidad de ver más allá de sus narices, tal vez y sólo tal vez hubiera sido capaz de comprender la forma en que las personas normales a veces no consiguen sus propósitos por mucho que traten de llevarlos a cabo con éxito. Pero por supuesto, él debía estar acostumbrado a que todo fuera de acuerdo a sus planes.
Estaba a punto de irse, incluso si se sentía culpable por no haberse podido despedir de Kuroko. De todas formas, pensaba, tenía que pasarse por casa de Hyuuga para recoger las llaves de casa y, si le daba tiempo antes de que cerraran, aprovechar también para acercarse a la librería y comprar algunos de los libros incluidos en las listas de referencia provistas por sus profesores a principios de curso.
Sin embargo, el sonido de un par de voces aproximándose consiguió frustrar sus intenciones y, por alguna razón, los músculos no le respondieron. Así que se quedó ahí, congelado, sintiéndose como un ladrón atrapado con las manos en la masa, y eso que no recordaba haber hecho nada que no debería.
—Dice que quiere que le haga entrar en razón... ¡Como si yo fuera capaz de convencerlo de nada! —dijo el más alto, indignado—. Está tratando de cobrarse el favor que me hizo, Takao. Y no sé en qué posición se supone que eso me deja.
—No te estreses, Shin-chan —contestó el otro—. Él lo conoce mejor que nadie y sabe que si tú no logras que cambie de opinión no es porque no lo hayas intentado, sino porque cuando se le mete una idea en la cabeza... ¡Eh, hola!
Kouki alzó la vista y forzó una sonrisa demasiado débil como para lograr convencer a nadie.
—Hola... —saludó, levantándose.
El extraño lo miró con curiosidad con ojos afilados, similares a los de un halcón.
—Me habías dicho que este era, Shin-chan, uno de esos reencuentros emotivos y plagados de lagrimas entre antiguos compañeros... —dijo el joven llamado Takao, sin despegar la vista de Kouki— ¿pero quién diablos es este chico, vuestro antiguo recogepelotas?
—No recuerdo haber dicho nada parecido —se apresuró a contestar el otro, tosiendo.
Se llevó una mano vendada al mentón y estudió a Furihata con exhaustividad.
—A todo esto, ¿quién eres?
Kouki desvió la vista y comenzó a rascarse la nuca.
—Me llamo Furihata, había venido a acompañar a Akashi-kun pero yo ya me...
—¡Es amigo de Akashi, Shin-chan! —exclamó Takao, arreando un codazo en las costillas al otro.
—¿En serio? —preguntó éste, anonadado, mientras se ajustaba las gafas.
—Sí. Bueno no; es decir, más o menos. En realidad...
—¡Yo soy Takao! —interrumpió, entusiasmado, el más bajo—, ¡y este es Shin-chan! Shin-chan proviene de Shintaro, pero como normalmente suele poner esa cara de vinagre que ves ahora, la gente no suele tomarse muchas confianzas y le llama simplemente Midorima. Oye... ¿Qué haces aquí fuera? —preguntó entonces, como si se acordara de repente—. ¡Entremos!
Takao se colgó de su cuello como si fueran amigos de toda la vida. Comenzó a andar, y a Kouki no le quedó otra que resignarse y dejarse guiar hacia el interior.
Aomine y Kise se encontraban echando unas cuantas canastas cuando Akashi llegó al lugar. Kuroko y Kagami parecían flirtear algo más apartados. Mientras que Murasakibara, que había alcanzado una altitud monstruosa, o eso fue lo que pensó Akashi en cuanto lo vio, picoteaba algo de una bolsa desde el banquillo.
—¡Akashicchi! —exclamó Kise cuando vio que llegaba.
—Hola a todos —sonrió Seijuuro, aún sin poder quitarse de la cabeza lo ocurrido con Kouki.
A Akashi le gustaban las personas interesantes. Pero más aún, le gustaban las personas con dignidad; y ese complejo de inferioridad que Kouki parecía incapaz de dejar a un lado —y eso que Seijuuro había tratado de abrirle los ojos más de una vez—, era un inconveniente que, en su humilde opinión, afectaba a la permanencia de aquella singular relación.
Si no hubiera sabido que, como a él, le gustaba el baloncesto, no lo habría traído consigo. Pero no, lejos de agradecerle, de decir «¡Akashi, tú sí que sabes!»..., no. Lejos de eso, no se le ocurría otra cosa que volverse a casa sin tener en cuenta en lo más mínimo que hubiera hecho todo aquello pensando en él. Ignorando que la noche previa lo hubiera acogido en su dormitorio después de que lo despertara de madrugada, que hubiera tenido que dormir en el sofá por su culpa; Habiéndole perdonado la vida en más de una ocasión por sus meteduras de pata sin precedentes...
Echó de menos entonces su diccionario de chino de la clarividencia, ¿qué demonios se suponía que debía hacer en casos así?: ¿desistir, tal vez? Por eso es que odiaba a los perros desobedientes.
Y es que a pesar de todo, Akashi pudo comprobar ese día que son ciertos esos relatos que salen de vez en cuando en las noticias sobre perros que encuentran a sus dueños en situaciones adversas; de esos que vuelven después de meses perdidos o que, con el tiempo, acaban regresando a sus casas después de viajes muy duros.
Kouki traspasó la puerta seguido de Midorima y Takao. Hacía gala de una cara larguísima mientras trataba de evadir los ojos de Akashi.
Seijuuro se dio cuenta en ese momento de un suceso cuanto menos misterioso. El que Furihata se hubiera decidido a volver junto a él le provocó un sentimiento de gran alivio; se sintió más ligero, más en paz. Como si ahora que él había llegado, sus ambiguas y comprometedoras sonrisas fueran finalmente auténticas. Basicamente, se sintió contento. Especialmente contento.
«Qué extraño» recordó haber pensado cuando se aproximaba hacia él. Le colocó las manos sobre los hombros, dispuesto a felicitarle por haber tomado la decisión correcta, cuando de pronto, asombrado, Kouki despegó los labios mientras mantenía la vista fija en algo que prometía ser espectacular de veras y que se situaba unos pasos más a lo lejos. Se sonrojó, como minutos antes en el vagón de tren, y Seijuuro siguió la línea invisible de sus ojos marrones; Se encontró entonces con algo que había tenido la ocasión de presenciar ya unas cuantas veces, y se giró hacia él portando una sonrisa burlona.
Eran Kuroko, Kagami, y la muestra pública de su afecto. Aquellos dos eran como la típica pareja —en ocasiones molesta— que siempre se encuentra en los grupos de amigos, solía pensar Akashi.
Furihata devolvió la mirada a Seijuuro para después observar, con recelo, cómo aquellas palmas descansaban sobre sus hombros. Trató de dar un paso hacia atrás, extrañamente abochornado, pero no consiguió otra cosa que ser agarrado por Akashi con más fuerza, a quien el repentino rechazo no le hizo ninguna gracia.
En ese momento Seijuuro tuvo una idea brillante, y movido por esa curiosidad patológica suya decidió que ponerla en práctica le aportaría, seguramente, resultados más que fructíferos para su divertimento. Efectivamente, se dispuso a plantarle un beso en la boca cuando, a escasos dos centímetros del inminente contacto, tuvo que apartar la cara porque le entraron ganas de estornudar. Cuando volvió en sí Furihata lo observaba con cara de haber recibido un susto de muerte; por lo demás, nadie parecía haberse dado cuenta del pequeño incidente. Y Seijuuro comprendió entonces, durante unos segundos, que la oportunidad había pasado; para él estaba más que claro que debía haber sido títere de algún que otro shinigami travieso que se había dedicado a ponerle una pluma bajo la nariz.
Soltó a Furihata y por un momento se quedó así, pensando en las oportunidades perdidas, en lo extraño de los sucesos, y en la forma en que incoherentemente Murasakibara parecía masticar unos regalices, ajeno de todo y de todos. Pero debajo de todos aquellos estratos la felicidad que le embargó al mirar hacia un lado y comprobar que —aunque en proceso de shock emocional— Kouki seguía a su lado trascendió por encima de todo.
Y eso también era muy raro, se dijo.
