¡Último capítulo! Demoré más de lo esperado pero me doy por servida si fue lo que Rikka esperaba o a alguien le gustó la colección. Y confieso que muero por el Momorin. Huiré de su odio, adius.
Momotarou & Rin.
Hay diversos métodos para llamar la atención de un posible interés amoroso.
De menos a más, los hay simplistas como soltar un llano «Me gustas, quizá deberíamos salir juntos una vez», más hoscos tipo «Se mi pareja» sin emoción alguna bien porque la persona tiene dificultades para expresarse —o porque nació con cara de palo, más o menos igual que Haruka—, algunos sutiles o que procuran no llamar la atención de terceros debido a los nervios «D-desde hace tiempo te he admirado m-mucho», los llamativos que incluyen un centenar de regalos: flores, bombones, serenatas a la luz de la luna (que terminan con el departamento de policía apresando al enamorado por ruido excesivo, aunque para sus adentros admite cuánto muere por estar en una situación así), tampoco no falta aquel que para impresionar está dispuesto a pelear con pandilleros o realizar buenas, por ejemplo, darle leche y comida a un gato abandonado. Y luego de todo eso se encuentra Momotarou Mikoshiba.
Momotarou no clasifica en ninguno de los anteriores. Si Rin debiese catalogarlo en algún tipo, es sin duda el que se aproxima a acosador en potencia. Aunque, claro, interviene Sousuke que con maña asegura que hasta que Momotarou no intente forzar la cerradura de su casa no cuenta como acosador, sólo para sacarle de sus cabales —pues tiene razón—. Y si Momotarou buscase su atención de maneras menos (vergonzosas, desproporcionadas y clichés, como películas de romance barato que ve en la matiné) ridículas, no supondría tantos motivos para fruncir el ceño en su presencia y apretar los dientes. Sencillamente es un caso.
«Es un chaval, seguro no tiene idea de cómo enamorarte, no seas tan duro con él».
Señala Sousuke.
«¿Momotarou volvió a meterse en líos? Ha. Qué bella es la juventud».
Dice Seijuurou, jefe del departamento y hermano mayor de Momotarou ¿el cuál no debería, en teoría, enfadarse? Venga, no es normal que alguien de su edad sea arrestado tantas veces, en teoría. No, de verdad que es antinatural. Va contra todo pronóstico. Igual que los insectos y animalejos que se saca de la manga —en sentido literal—. Aún se acuerda de la ocasión en que Sousuke y él le pidieron que se vaciara los bolsillos para entrar a la comisaria y casi se transformó la oficina en zoológico miniatura. Y había una araña. No debía olvidar a la araña.
«Mira, mira ¡Rin-sempai! Ésta se llama Kotaro. ¿A que no es preciosa? ¡Te la obsequio, parece que a Kotaro le agradas! Eh, Rin-sempai, ¿por qué gritas? Sólo se te subió por el brazo…»
Escalofríos. Muchos escalofríos. Bueno, que al final se reducen a una nimiedad, comparados con demás situaciones en las que se involucra, muy a su pesar, y en que Momotarou reitera lo grandioso que es y cuánto acelera sus latidos (suele observarle y llevarse una mano al pecho, con voz dramática Rin-sempai, tú provocas que esto haga doki-doki; entonces Rin se lo lleva arrastrando del cuello de su sudadera pese a los quejidos y flirteos torpes, ¡que aún continúan! sobre que también le quita el aliento, a costa de los chismes y risas de los demás peatones).
Rin se pregunta, algo constante: ¿por qué a mí? ¿acaso traté mal a mis amigos en otro universo y actué una buena temporada como un patán insensible y esto es el maldito karma cobrándomelas? con una jaqueca que va en aumento. Tal vez lo más alarmante es la terquedad de Momotarou, no se rinde. Jamás. Desde que cursaron preparatoria juntos le ha quedado claro. Y aún así– Cuesta admitir que se acostumbró. Momento, de ningún modo. Primero deja su disgusto a los dulces y pasteles. No hay manera… ¿O sí? Juntarse con Sousuke le afecta las neuronas. No obstante–
«Siempre terminas yendo tú a por Mikoshiba». Es un gaje del oficio. Rin no pide que le toquen casi todos los casos que se relacionan con Momotarou. «Y si no, no paras de pensar en qué andará tramando. Incluyendo en tus días de descanso». ¿No es de esperarse que prevea que hará algo —y acierte— y se anticipe? «Prácticamente sueñas con él». Técnicamente se trata de pesadillas y se las costea el psiquiatra de la comisaria. «Rin». Pero. «Nada».
Pero. Con un demonio, Sousuke lo conoce demasiado bien. Tampoco Momotarou le cae mal, confiesa en lo más hondo de sí que es simpático. Adorable. Tal vez. Si tan sólo fuese menos extrovertido. Y papanatas. E infantil. Rin se lleva una mano al rostro, frotando su sien, contando hasta el millón para calmarse. Si tan sólo no se metiera en líos, sólo para que ellos pasen juntos más tiempo. Se trata de la misma cuestión cada que le llaman. ¿Qué robó ahora? Y él encargándose a toda prisa para ver su sonrisa enorme y un trillado Qué casualidad Rin-sempai, ¡nos encontramos mucho últimamente, debe ser el destino!
(Todo ello termina con Rin casi estrangulándole, sin intenciones verdaderas de homicidio, por supuesto). La rutina se repite, otra vez, ese día. Sousuke lo traiciona yéndose con los bomberos por una alerta de humo —aunque él sabe que es excusa para mirar de lejos a Makoto—. Y debe ir, solo, a por Momotarou. Comúnmente es así. Está en una tienda de abarrotes. Sin ánimos de lidiar con él, se limita a llevárselo y disculpándose con la dueña por aquella escena. Tan ensimismado que no nota que se han detenido frente a la patrulla y Momotarou se acerca más y más a su cara, expectante.
— Rin-sempai.
— ¿Qué, Momo?
— El ladrón no soy yo, sino tú.
Arruga la nariz, saliendo de su aturdimiento.
— ¿Hah?
Y luego Momotarou hace lo digno de Momotarou. Actuar impulsiva y estúpidamente, e intentar besarlo.
Provocando que el cabello de Rin convine con su rubor y suelte improperios mientras lo esquiva. Avergonzándolo con sus siguientes palabras: «Sí ¡Te has robado mi corazón, a cambio déjame tomar el tuyo!» hasta que el sol se pone o ambos se cansan y Rin, rendido, carece de otra opción más que permitirle recargar la cabeza en su hombro.
(Y es algo que jamás dirá en voz alta pero con su compañía, quizá, también oye un doki-doki).
End
