Llegaron a la cocina y allí estaba Sanji preparando la cena.
- Huele genial – justo su estómago gruñó otra vez – seguro que está delicioso.
- Para mis dos morenas y mi pelirroja cocino los mejores manjares.
Sanji cogió una bandeja con caballerosidad exagerada de lo que parecía unos canapés y le ofreció a Sara. Zoro estiró el brazo para alcanzar alguno y justo recibió una patada en el estómago.
- ¡¿Pero ahora por qué has hecho eso?! – exclamó Zoro enfurecido.
- He dicho que los manjares son para mis chicas, si tienes hambre te esperas a la cena.
La caballerosidad de Sanji se había esfumado dejando paso a la rabia que siempre le rodeaba cuando estaba con el espadachín. Después de unas cuantas frases ridículamente adornadas de insultos, el espadachín salió de la cocina maldiciendo a Sanji.
- No le hagas caso, siempre está de mala leche y no sabe comportarse en condiciones.
Sara tan solo le dedicó una sonrisa, no sabía qué decir.
- Espero que no te haya molestado mucho mientras te vigilaba. Aunque eso ha sido idea suya, en ningún momento nadie le pidió… - suspiró y dejó de trocear el pimiento – Sara, todos confiamos en ti y en tus conocimientos con esos chismes. Es solo que ese marimo es demasiado arrogante como para aceptar a alguien más en la tripulación, y menos si es mujer.
- No te preocupes, está todo bien. Cuando está conmigo apenas hablamos, así que no me molesta. Además, tan solo estoy con vosotros por un tiempo, esto pasará pronto.
- Está bien, pero si te llega a tocar avísame, tu caballero, tu amado, tu príncipe azul irá en tu rescate y le pateará el trasero a ese imbécil.
La científica comenzó a reír. Cuando Sanji se comportaba normal y abandonaba su lado cursi, realmente era una persona encantadora. La cena no estuvo lista hasta que pasó una hora, Sara se quedó ayudando al cocinero, aunque con el arte que tenía con la comida, lo único que hizo fue retrasarlo, pero Sanji con toda su gentileza y cortesía, reparaba el daño que Sara causaba.
La cena fue tranquila, todos hablaban, reían, decían chistes y hacían el tonto. Entonces fue cuando Sara se dio cuenta de donde se había metido, los rumores eran ciertos, esa tripulación estaba completamente chalada.
- Me gustaría que te pasaras en un rato por el taller y enseñarte unas cosillas. – Le decía Franky a Sara – Quizás veas interesante con qué puedo hacer que un motor funcione.
- ¿Qué utilizas?
- ¡Supeerrr Colaaa! – Franky se deleitó con la cara de sorpresa de la chica – y los cañones también, de hecho estoy trabajando en algo que te gustará, pásate mañana.
- Y como ya habrás deducido, yo, el "Gran Usopp" soy el que dispara los cañones, nadie tiene mejor puntería que yo.
Básicamente estuvo toda la cena hablando con Franky y Usopp sobre artefactos, estaba maravillada de las invenciones del ingeniero y aún más con los que los hacía funcionar.
- Puede que algún día te pida hacer alguna especie de bomba para lanzarla por los aires.
- Puedo hacer mucho más que eso, de hecho, podría hacerte unas cuantas bombas de luz. Si nos vemos en algún apuro, podremos escapar, gracias a la maravillosa puntería de Usopp – comentó mirando al susodicho – cuenta conmigo.
- ¡¿Puedes construir bombas de luz?! – exclamaron con entusiasmado Usopp y Luffy, quien curiosamente le había llamado la atención la palabra "bomba".
- Claro, puedo programarlas para que detonen de forma automática al pasar cierto periodo de tiempo. Puedo fabricarte muchísimas cosas.
- Al final resulta que Usopp está muy entusiasmado con tu trabajo – comentó Robin uniéndose a la conversación – ¿Ves? Exagerabas al pensar en explosiones y sangre.
Después de la cena, de la cual Luffy se había comido tres cuartas partes del plato de Sara, Sanji le ofreció un cigarro. No había nada más relajante para Sara que fumarse un pitillo después de la cena.
- ¿Qué tal te encuentras del tobillo?
- Mejor, gracias por las muletas Chopper, pero creo que ya no las necesito.
El renito le regaló una maravillosa sonrisa.
- ¡Oh! Sara, por cierto – Chopper captó su atención de nuevo – los resultados de tus análisis son estupendos, no tienes nada, ninguna enfermedad ni nada. Lo único, que te recomiendo que dejes de fumar, Sanji no sigue mis consejos, pero sé de lo que hablo y…
- ¡¿Quieres sake?!
Aquella noche Zoro había bebido algo más de lo usual, de hecho, todos estaban bebiendo y festejando. El espadachín, no contento con llenarle una jarra, decidió pasarle una botella entera. El sake no era lo suyo, Sara era más de cerveza o, a lo sumo, para situaciones difíciles, se ahogaba en la ginebra. Pero aquella noche estaba especialmente alegre y decidió que ya era hora de relajarse un poco y divertirse.
- ¡Ey! ¡Tú, vago! – Regañaba Nami a Zoro – no bebas demasiado, esta noche te toca vigilar.
- Si, si, si – le contestó de forma pesada.
Lo que quedaba de noche está algo borroso en la mente de Sara. Despertó en su cama y las muletas tiradas en el suelo. Nada más abrir los ojos notó una gran punzada de dolor en la cabeza.
- Maldita resaca… Creo que debería controlarme a la hora de beber.
La boca le sabía como si hubiese estado toda la noche lamiendo lomos de gatos, el aliento le olía fatal y además, como aún tenía la ropa de la noche anterior, olía a sudor, alcohol y tabaco. Miró el reloj, eran las 10 de la mañana, no pudo evitarlo, a pesar de todos los factores que indicaban que estaba hecha un completo desastre, cogió la cajetilla de tabaco que estaba sobre su mesita y se llevó un cigarrillo a la boca. Aquello era lo más relajante, muy relajante.
"Toc, toc, toc"
Tres golpes en la puerta que hicieron que la cabeza le estallase.
"TOC, TOC, TOC"
Volvieron a sonar insistentes, mucho más fuertes que antes.
- ¡Por el amor de Dios! ¡Ya voy, ya voy!
Apagó el cigarrillo en el cenicero, se llevó una mano a la cabeza y abrió la puerta lentamente.
- ¡Uff! – El espadachín puso mala cara moviendo la mano como si estuviese espantando moscas – ¿Qué te ocurre? Hueles fatal.
Sara lo miró con cara de pocos amigos, no estaba para bromas.
- Anoche bebí demasiado – se excusó.
- Todos bebimos demasiado. Aunque pensé que ya te habrías levantado y duchado y estarías como nueva. ¿Acabas de fumar? ¿Recién levantada?
- ¿Cómo lo haces? – Le preguntó ignorando su comentario – Parece como si hubieses descansado placenteramente toda la noche.
Sara se dio media vuelta dejando la puerta abierta para que entrase su compañero.
- He bebido desde hace tiempo, así que llevo la resaca mañanera bastante bien. Un buen baño, una pieza de fruta, ejercicio y como nuevo.
- Quizás debería seguir tu consejo.
- Deberías… Así que ahora date una ducha.
Según dijo eso, se sentó en la silla que había en frente del escritorio y se cruzó de brazos.
- ¿Vas a quedarte ahí? – preguntó Sara un poco alarmada.
- Claro, ¿dónde quieres que vaya? Tenemos un acuerdo: tú trabajas, yo te vigilo
Bueno, está en la habitación, no tiene por qué entrar al baño pensó Sara.
- Tardo 10 minutos.
Se dirigía al baño y entonces, se dio la vuelta para mirar al espadachín que estaba ya con los ojos cerrados.
- No te muevas – le advirtió.
- No… - dijo cansinamente y adormilado.
- Ni toques nada.
- No…
- Ni cambies nada.
- No…
- Ni… entres al baño – Sabía que no lo haría, pero se sintió algo mejor cuando le advirtió, y también ridícula.
- No… ¿QUÉ? – Abrió los ojos de golpe y la miró sorprendido - ¿Me tienes por alguna especie de pervertido como al cocinero?
- Bueno, no… Solo… no entres – Zoro aún la miraba sorprendido – Ni mires…
Sara estaba algo avergonzada, el espadachín tan solo soltó un largo suspiro.
- No te preocupes, mi fantasía no es espiar en la ducha a una científica que se dedica a crear bombas.
Al cabo de unos minutos, Sara estaba bajo el agua, era placentero sentir el chorro de agua tibia caer sobre sus hombros. Comenzó a enjabonarse y, no sabía por qué, se le vino a la mente la imagen de Zoro sentado en la silla frente al escritorio, sus músculos se contrajeron, apoyó su cabeza sobre la pared del baño y dejo que la sensación de calidez le consumiera mientras observaba sus tatuajes.
Su pelo aún estaba mojado y le empapaba la camiseta híper-ancha que llevaba puesta. Se quedó mirando a la chica que le devolvía la mirada al otro lado del espejo, le faltaban todos sus pendientes y su piercing. Se lavó los dientes y volvió a echarse agua en la cara y recogió su pelo en una coleta alta, no le gustaba llevar el pelo suelto, le molestaba demasiado. Al cabo de unos minutos estaba más o menos presentable, total, Zoro ya la había visto en un estado lamentable, cuando la viese así le parecería Afrodita.
Abrió la puerta y le preguntó:
- ¿Mejor Roronoa?
- Si, tienes mejor cara. Por cierto, Franky ha venido y me ha pedido que te dijese que te acercases después de comer, así que podrás aprovechar para preguntarle.
¡Oh! Ya no recordaba que tenía problemas con el detonador.
- ¿Te ocurre algo?
- No, solo que estaba pensado, que esta mañana no podré hacer demasiado si no he encontrado el problema.
Sara cogió su guante y se lo colocó en la mano derecha, no le gustaba que la gente viese su cicatriz, solía llevar chaquetas o camisetas de manga larga para cubrirla y con la ayuda del guante, lograba taparla por completo. Aunque era un día caluroso y había optado por ponerse una camiseta de manga corta, por lo que usar el guante no tenía sentido, simplemente lo hacía por rutina.
Se dirigió a la mesa de su escritorio y Zoro se levantó dejándole la silla libre y sentándose en el suelo apoyado en la cama. Antes de ponerse frente a su escritorio, la científica se dirigió a su mesita de noche y sacó una pequeña cajita, la abrió y comenzó a ponerse sus pendientes, tres en la oreja derecha, dos bolitas plateadas y un aro pequeño negro, y dos en la izquierda, ambos eran bolitas pequeñas. Por último, cogió un aro finito y plateado, se dirigió al cuarto de baño y frente al espejo, apresó con los dedos pulgar e índice su labio inferior y pasó el aro sin ninguna dificultad por un agujerito minúsculo prácticamente imperceptible a primera vista situado justo debajo del labio y a la mitad de éste, haciendo que el aro lo rodease.
Ahora sí.
- Tienes… muchos pendientes.
- Me gustan, me hacen ver diferente – le contestó la científica distraídamente.
- ¿Por qué te los habías quitado? – preguntó con curiosidad.
- Bueno, cuando trato con alguien sobre negocios, suelo quitármelo para causar buena impresión.
- ¿Qué tipo de negocios?
- Pues la entrega de paquetes o cuando intento convencer a algunos piratas para que me lleven en su barco. No da demasiada confianza.
- ¿Es que acaso te importan la impresión que des a los demás? – preguntó Zoro sorprendido por el motivo.
- No, pero si a primera vista ya desconfiaste de mí, ¿cómo hubieses reaccionado si hubiese llevado todos los pendientes y me hubieses visto los tatuajes? Estoy segura que ni siquiera me habrías dejado invitar a Luffy a comer.
El espadachín se quedó pensando, tenía razón, malditas apariencias. Sara sonrió al darse cuenta que había dado en el clavo.
Como el día anterior, la mañana había sido tranquila, de vez en cuando el espadachín le preguntaba cosas sobre el trabajo, pero todas por mero formalismo, hasta que se metió en terreno personal.
- ¿Por qué te hiciste esos tatuajes?
- Porque me gustan – respondió Sara de mala gana.
- He visto que no solo es tu brazo, también tienes uno rodeando el muslo derecho.
Sara lo miró algo enfadada, pero Zoro no es de las personas que se echan para atrás con tan solo una mirada de enfado por parte de su oponente.
- ¿Qué haces mirando tan arriba de mis piernas?
Ante aquella pregunta, pudo notarse cierto rubor en las mejillas del espadachín al darse cuenta de su imprudencia.
La científica llevaba pantalones cortos de lino algo anchos y no había sido consciente de que al cruzarse de piernas se pudiese ver el tatuaje, pero claro, Zoro estaba sentado en el suelo y desde ahí tenía una panorámica perfecta de sus piernas.
- Es algo personal, no quiero hablar de eso.
- ¿Personal?
- Si, privado, algo que no quiero compartir contigo ni con nadie.
Zoro volvió a cerrar los ojos con el ceño fruncido y agarró sus katanas fuertemente para dar a entender que estaba preparado para cualquier imprevisto. Sara suspiró, se levantó de la mesa y se sentó frente al espadachín con las piernas cruzadas. Éste, al notar la presencia de la chica delante de él, abrió los ojos, se podía apreciar por como miraba a la científica que estaba malhumorado.
- Verás, se trata de un cuento, la historia comienza aquí, ¿ves? – Dijo señalando su muñeca izquierda – va avanzando por aquí – decía a medida que recorría con su dedo su brazo hasta el hombro – y… ¿alguna vez has visto a una chica desnuda?
- ¡¿QUÉ?! ¿Eso qué tiene que ver con lo que me estás contando? – exclamó Zoro alarmado y nervioso.
- Responde – le dijo Sara con impaciencia.
- Claro que sí, no soy tan joven – le respondió indignado.
- Tienes 19 – dijo no muy convencida de su respuesta.
- Pues eso, tengo 19 años y he vivido mucho hasta ahora – el rubor de sus mejillas habían desaparecido y parecía muy seguro de sí mismo.
Sara ladeó la cabeza intentando descubrir la mentira en su rostro, pero el espadachín parecía muy convencido y seguro de lo que decía. La científica se puso de rodillas en el suelo y agarró el dobladillo de su camiseta blanca logrando sacársela sin la menor dificultad por la cabeza.
De un momento a otro, Zoro se encontraba frente a una chica cubierta de tatuajes, su mirada recorría todo su torso, le había visto los brazos, pero no había pensado que tendría todo cubierto por tatuajes, apenas se había percatado del fino sujetador negro que cubría sus pechos.
- El cuento sigue por mi hombro, la espalda es mi escena favorita – dijo dándose la vuelta para mostrarle a su compañero el tatuaje – la parte de delante es el resto de la historia hasta el hombro derecho. Faltaría el final, pero no lo recuerdo. Se aprecia mucho mejor sin el sujetador pero… no creo que sea apropiado.
- ¿Te tatúas… un… cuento? ¿Quién se tatúa un cuento del cual ha olvidado el final?
Le preguntó Zoro intentando comprender, parecía no importarle lo más mínimo tener a una chica semidesnuda frente a él. Él estaba absorto en su cuerpo, atónito, pero tan solo observaba los tatuajes, nada más.
- Yo, yo me tatúo mi cuento favorito.
- ¿Por qué?
- Porque este relato me lo contó mi padre al que llevo sin ver años. La frase que rodea el muslo es algo que solía decir.
- Oh… ¿Y esa cicatriz? – le preguntó mirando su brazo derecho.
- Una pelea – le contestó secamente.
El espadachín se quedó pensando mientras Sara lo escrutaba intentando adivinar qué se le estaba pasando por la cabeza.
- ¿Por qué me lo has contado? Habías dicho que era personal, algo privado.
- Te he dado el beneficio de la duda. Confío en que no lo cuentes. No guardo ningún secreto horrible, mis tatuajes son solo… un recuerdo. No quiero haceros nada malo, solo estoy haciendo mi trabajo.
- No te preocupes, no se lo diré a nadie. Yo también te daré el beneficio de la duda – le dijo con una sonrisa de medio lado – Por cierto, ¿de qué trata el cuento?
Sara lo miró con los ojos muy abiertos, nunca se lo habían preguntado.
- Quizás en otro momento – le respondió frunciendo el ceño.
Sara volvió a ponerse la camiseta y volvió a su mesa de trabajo. El resto de la mañana pasó rápido, Zoro estuvo más hablador y como la científica no podía avanzar en su trabajo hasta que no hablase con Franky, se permitió el lujo de conocer un poco más a la persona a la que le había revelado parte de su historia.
