Capitulo 4: Malvado por duplicado

Al fin consiguieron los documentos que tanto ansiaban. Sus rostros brillaban con esperanzas, pero en cuanto leyeron los papeles que copió Edward, sus ilusiones se desmoronaron. Resulta, que el lugar donde los mercaderes ilegales realizaban sus intercambios clandestinos no estaba del todo fijado, y que se encontraban en distintos puntos de la ciudad de forma aleatoria cada día para evitar que la policía los descubriese con las manos en la masa. Kana golpeó rabiosa la mesa. Justo cuando creyó que ya no tardarían en encontrar a ese maleante, la cosa se complicó. Edward y Alphonse pensaron que quizás los ladrones seguían una pauta ya establecida para cambiar de lugar los mercados prohibidos. Los hermanos tardaron el resto del día en descifrarlo con éxito, sin embargo, mañana había dos lugares distintos de la ciudad donde había grandes posibilidades de dar con el mercado negro del día. En el barrio Norte y en el suburbio Sudoeste. Se dividirían en dos grupos. Kana iría al barrio norte y Ed y Al, al Sudoeste de la ciudad. Todo estaba planeado y calculado a la perfección. La joven alquimista no pudo pegar ojo, otra vez, de los nervios y Alphonse tuvo que darle algo de conversación para que cayera rendida ante Morfeo.

A la mañana siguiente, se dispusieron a partir a las zonas indicadas.

-Esperad- dijo la chica.

-Salter ya os ha visto antes, será mejor que os disfracéis si no queréis que os reconozca y salga huyendo.

-¿Y tú Kana?

-Salter nunca ha visto mi rostro. Cada vez que le he atacado lo he hecho con la cara cubierta.

Alphonse se cubrió con una capa grande y se encapuchó para no dejar ver su armadura. Edward sacó una vieja gorra, se puso una camisa gastada blanca y una chaqueta larga marrón. Kana escondió la trenza del rubio metiéndola en el sombrero.

-Um…-dudó la chica.

Cogió un trozo de carbón pasó sus dedos por encima y con sumo cuidado manchó un poco la cara de Ed, que se sorprendió ante la idea de Kana.

-Perfecto, así no te reconozco ni yo.

Edward gruñó un poco y Al río por el disfraz improvisado de su hermano. Se despidieron y cada uno se dirigió a su destino.

Suburbio Sudoeste. Alphonse y Ed caminaban por separado, como si no se conocieran de nada. Los dos pasaban desapercibidos entre la multitud de compradores. Nunca habían ido a ese sitio, pero no tenían un buen presentimiento. Un hombre con un bigote castaño se acercó a Al.

-Perdone, ¿no estaría interesado en adquirir mercancía de muy buena calidad por un buen precio señor? Seguro que un caballero como usted sabrá hacer negocios.- ofreció un hombre de aspecto sospechoso mientras le mostraba una cadena de oro, probablemente conseguida con malas artes.

Al le negó su oferta. Eso era justo lo que necesitaba para saber que estaban en el lugar correcto. Edward estaba en la misma situación. Si seguían buscando, no tardarían en encontrar a ese desgraciado. El alquimista de acero vio algo que le resultaba familiar: Un sombrero de copa. Era igual que el que llevaba Salter la misma noche que se enfrentó a él. A Edward le pareció un fallo muy tonto que llevara una prenda tan característica. El muchacho se acercó a su hermano menor.

-Ya lo he visto, Al.- dijo mientras guiñaba un ojo.

La armadura y su hermano comenzaron a seguir al ladrón, con una sonrisa pintada en el rostro de Edward. Salter no tardó en darse cuenta de que lo seguían y caminó hasta un oscuro callejón.

-¡Vamos!- gritó Edward. Y los hermanos Elric corrieron tras él.

Barrio Norte. Kana caminaba con los ojos bien abiertos y con mucha cautela para dar con la persona que buscaba con ahínco. Había mucha gente, pero no había indicios de ser un lugar especialmente sospechoso. Seguramente se había equivocado y sus dos compañeros estaban en el lugar correcto, pensó para si misma. No se rindió tan fácilmente. Siguió examinando la zona durante un rato. Decidió dar la vuelta para volver a comprobar los sitios por los que ya había pasado. Dio media vuelta y no pudo dar crédito a lo que veían sus ojos… ¡Bingo! Allí estaba el ladrón entre la multitud de personas, a unos pocos metros de distancia de ella. ¿Había estado detrás de ella todo este tiempo? ¿Y si la estaba siguiendo? No podía ser. Salter nunca la había visto sin su capucha, sería solo casualidad… Kana se acercó sin llamar la atención hacia donde estaba el anciano con una sonrisa de satisfacción en sus labios. El viejo cambio de dirección, huyendo de la muchacha. Al principio caminaba a paso ligero, después subió el ritmo de sus pasos hasta que empezó a correr y se metió por una calle menos transitada. Kana corrió tras él evitando tropezar con la gente para no perderlo de vista. Se recogió la melena mientras lo perseguía, para que su pelo no la estorbase si tenía que pelear con el criminal. Cada vez iban por calles con menos gente y más estrechas. Kana perdió un momento de vista a Salter cuando dio la vuelta a una esquina. Corrió para atraparlo, pero cuando llegó, resultó que era un callejón sin salida. ¿Dónde se había metido? La muchacha sintió una presencia en su espalda pero cuando se giró era demasiado tarde. Salter la agarró del cuello y la estampó contra el muro. Kana se quejó del dolor. Vio algo extraño en la arrugada cara de su antiguo enemigo.

-¿Cómo me has reconocido si cada vez que nos hemos enfrentado, nunca has visto mi cara?

-Qué curioso, ¿nos habíamos enfrentado otras veces?

-¡Devuélveme la joya de mi abuela!

-Precisamente te he acorralado por eso. ¿El rubí de tu familia es una piedra filosofal?

Kana no entendía por qué le estaba preguntando eso. ¿No se supone que la joya la tenía él? Además, el Salter que ella conoce no cree en viejos mitos y solamente roba para conseguir dinero a cambio de las valiosas piezas que consigue en sus hurtos.

-¡Tú no eres Salter! ¿Quién eres y porque también quieres el rubí de mi familia?

-Vaya, y yo que creía que el disfraz me había salido perfecto.- dijo con una vocecilla insolente.

El viejo cambio totalmente en pocos segundos. Se transformó en un muchacho de cabello largo, azabache, con una mirada fría y de ojos violetas. Vestía una ropa extraña: negra y ajustada. 'Vaya disfraz de mal gusto' pensó Kana.

-Me llamo Envy y tengo como misión vigilar que los hermanos Elric no mueran, son un sacrificio demasiado valioso para nosotros. En cuanto me enteré de que 'la pulga de acero' estaba ayudando a una mocosa a recuperar una extraña piedra, me pregunté si era una piedra filosofal. A mi padre le interesaría tener otra más para sus futuros planes. Así que te seguí y me disfracé de ese viejo asqueroso para atraparte. Por desgracia este plan ha sido una pérdida de tiempo, me temo que simplemente ese rubí sea una piedra vulgar y corriente.-dijo el homúnculo.

-¿Sacrificios? ¿De qué va todo esto? ¡Suéltame! ¿Qué piensas hacer con Ed y Al?- chilló Kana. Envy le apretó el cuello para que callara.

-Cállate. Vamos a ver… ¿Qué podría hacer contigo? Eres solo una humana inútil sin nada que ofrecer. Podría utilizarte como cebo para atrapar a esos memos y así tenerlos encerrados hasta el día prometido, los humanos sois tan simples…O podríamos usarte como sacrificio. Dime, ¿estás interesada en la transmutación humana, mocosa?

Kana le miraba con odio y repulsión, mientras que él le dedicaba una sonrisa siniestra.

-Serás… ¡Cómo se te ocurra hacerle algo a mis amigos te juro que…!

Kana agarró la muñeca de su enemigo pero no con intención de escapar, ya que era demasiado fuerte, y le escupió en la cara. Envy se limpió la cara con la otra mano y su mirada burlona se convirtió en una llena de ira.

-Insecto asqueroso. Desde luego la mejor opción será que te mate aquí mismo.- gritó Envy.

El homúnculo transformó su brazo en una cuchilla. Los ojos de Kana se llenaron de terror, pero ese no era el momento de quedarse parada y esperar a que le dieran muerte. Le dio un rodillazo a su agresor en el abdomen antes de que asestara su golpe mortal. Envy retrocedió un poco y Kana aprovechó el espacio libre que dejó para liberarse de su agarre. La cuchilla quedó clavada en la pared y la muchacha se puso detrás del acosador. Vio que en la parte trasera de su muslo, había tatuado una marca de uróboros. ¿Sería un homúnculo? Kana decidió huir por si en realidad se trataba de una criatura artificial creada con alquimia.

-¡Ven aquí engendro!- gritó Envy.

Envy persiguió a la muchacha. Quería vengarse por la humillación que le había hecho pasar.

Mientras tanto Ed y Al seguían tras el verdadero Salter. El viejo era escurridizo y subió por unas escaleras de una vieja nave industrial hasta llegar a la azotea del edificio.

-¿Otra vez? ¡Mira que te gusta pelear en lugares altos!- dijo Ed

Salter rio ante el comentario y siguió corriendo hasta que su vejez le hizo parar para recuperar el aliento. Al y Ed le rodearon.

-Vaya, la juventud está llena de energía, que recuerdos me trae.

Edward creó una cuchilla de metal con su automail y Alphonse estaba preparado para atacar.

-¡Ahora, Al!

Los dos atacaron, cada uno por un lado. Salter sonrió, admirado por la valentía de los dos chicos. Saltó hacia arriba y los dos hermanos chocaron irremediablemente. La armadura acabó aplastando a su hermano.

-¿Pero qué haces Al? ¡Eso ha dolido!

-Perdón, perdón…

Ed se levantó rápidamente y empezó a atacar al viejo con su filo de acero. Salter esquivó la mayor parte de sus intentos, hasta que por fin consiguió hacerle una herida en su brazo. Dolorido, el hombre puso su mano sobre su herida.

-Maldita sea…

Puso sus manos sobre el suelo, dispuesto a escapar como la última vez.

-¡Esta vez ese truco no te funcionará!- gritó Alphonse.

-¿Creéis que soy tan repetitivo, muchachos?

El ladrón abrió un boquete en el suelo y cayó al interior de la nave abandonada. Ed y Al saltaron dentro también. Estaba oscuro, no se podía ver demasiado bien. Al abrió un boquete en la pared para que entrase luz. Allí estaba Salter escondido tras una columna.

-¡Ya eres mío!- gritó Ed.

De un tajo rompió los guantes negros que tenía puestos Salter.

-Ahora no podrás hacer alquimia.

-Buena idea, canijo, pero soy un hombre con recursos.

Para sorpresa de los dos hermanos, Salter no solo tenía círculos de transmutación en los guantes, sino que también los tenia tatuados en las manos. Al se dispuso a agarrarlo por la espalda.

-Ey, ey, ey. Quietecito chaval de la armadura. ¿Sabes lo que es esto?- preguntó sacando un paquete.

Al y Ed se quedaron quietos y callados.

-Vaya, quería usarlo para otra ocasión más especial, pero me lo estáis poniendo difícil otra vez…Esto que tengo en la mano, queridos alquimistas, recibe el nombre de trinitrotolueno.

-¡Dinamita!- exclamaron los hermanos al mismo tiempo.

-Correcto. Así que mejor me dejáis escapar y todos contentos, ¿vale muchachotes?

Los hermanos no hicieron nada y el criminal se dirigía felizmente a la salida. Edward en un arrebato de ira, dio una palmada y creo dos grandes brazos de piedra para atrapar a Salter.

-¡Ed, no!- chilló Alphonse.

Salter se dio cuenta de sus intenciones y con una carcajada horrible prendió fuego al explosivo y salió corriendo.

-¡Bastardo!- insultó el hermano mayor.

En unos segundos los dos protagonistas intentaron alejarse al máximo de la bomba. Alphonse cubrió a Ed con su cuerpo para evitar que se lastimase. La dinamita estalló, haciendo que la antigua nave industrial se viniera abajo. Los peatones que estaban cerca de la zona chillaron asustados. Pronto, solo quedaron restos del destrozado edificio. Una figura plateada salió de los escombros, con un chico malherido en sus brazos.

-¿Te has hecho mucho daño, Ed?

-¡Agh! Admito que esta vez sí que me duele bastante...-dijo el chico de cabellos dorados mientras se quejaba de dolor.

- Creo que me he roto algo.- añadió.

Alphonse cargó con su hermano y le pidió a una señora que llamara a una ambulancia. Dentro de poco estaría sano y salvo en el hospital.

En ese momento, Kana estaba huyendo de aquel homúnculo psicópata, que clamaba venganza. Se escondió en una callejuela para poder despistar a Envy. Le extrañó ver que el homúnculo no venía. Quizás se había cansado de ir a por ella. Más calmada, Kana se asomó para comprobar que no había peligro: no había nadie. Hasta que le pareció oír una voz amiga.

-¡Kana!- gritó un falso Edward.

La muchacha, algo desconfiada, se acercó hasta su amigo.

-¿No estabas en el suburbio Sudoeste, Ed?

-Salter no estaba allí, por eso he venido a buscar por aquí.- dijo con una sonrisa.

-¿y, Al?

-Estará por allá, buscando.

-Ah, vale. Por cierto Ed, hace tiempo que te quiero decir algo…- dijo la chica con un tono de voz suave.

Buff, no me digas que está imbécil tiene sentimientos por la pulga de acero y ahora tengo que aguantar el rollo. Bueno, ¿qué más da? Dentro de poco acabaré con ella y podré volver con 'padre' antes de lo previsto- pensó el homúnculo disfrazado.

-¿Qué, Kana?

-¿No eres demasiado bajito para tu edad? Hasta yo te paso por poco.

Envy comenzó a reír frenéticamente. Desde luego esa chica había dicho lo que pensaba todo el mundo sobre el cabeza hueca de acero. La muchacha le pegó una patada con todas sus fuerzas en la cara.

-Tú no eres Edward. Muéstrate y acabemos esto.-dijo la muchacha con una mirada asesina.

-Maldita rata…Y yo que pensaba que la mocosa pelirroja era más tonta.

La palabrita mágica hizo que Kana le soltase un puñetazo bestial en toda la cara. Desde luego era un monstruo cuando nombraban el color de su cabello. Envy cayó al suelo totalmente pasmado. Sin duda quería matarla cuanto antes. La chica volvió a correr y Envy la siguió furioso. Kana acabó en la calle principal del barrio, donde estaba toda la gente parloteando y comprando. La chica se perdió entre la multitud. Cuando el homúnculo llegó se disfrazó de ciudadano civil y comenzó a buscar entre la gente. Kana sabía que si seguía allí la encontraría fácilmente, hasta que vio que en una tienda cercana, vendían tintas de colores. Una sonrisa iluminó su rostro. Envy pasó unos minutos más buscando a la asquerosa humana que se atrevió a pegarle, hasta que al final se cansó, decidió volver con padre, sin antes jurar que la próxima vez que la viera, la mataría fríamente y con saña. Kana estaba pagando una barra de pan a un vendedor mientras veía que su perseguidor, finalmente, se largaba. Iba encapuchada y había cambiado el color de su característica chaqueta azul, por un verde suave, usando la alquimia.

-No eres el único que se puede disfrazar, memo- dijo en voz baja.

Salió airosa de aquel enfrentamiento, usando la cabeza y con mucha, mucha suerte. Se estaba preguntando si sus otros dos compañeros habían atrapado al ladrón. Caminaba silbando por la calle hasta que vio algo que le heló la sangre. Una ambulancia iba a toda velocidad por la carretera, y si sus ojos no la engañaban, había visto asomar por la ventanilla a una armadura gigante que le gritó mientras la ambulancia corría a una velocidad vertiginosa.

-¡Luego te lo explico, nos vemos en el hospital militar!

La alquimista de ojos verdes se quedó totalmente perpleja y solamente pudo susurrar una cosa:

-Mierda.