Disclaimer: Los personajes y la serie "Yu Yu Hakusho" no me pertenecen, son propiedad de Joshihiro Togashi. Yo los uso sin fines de lucro, con el único objetivo de divertir a quien lo lea. La historia y los personajes no pertenecientes a la serie previamente mencionada sí me pertenecen, prohibido su uso con o sin fines de lucro sin mí previa autorización. La primera parte es basada en el fic "viñetas" de Haruka Hikawa, dado que es el fic que me dio la idea.
Capitulo 4
Ya varios meses habían pasado desde el despertar de Cho y la rutina parecía seguir su curso con una simple alteración: ahora había una pareja más en el grupo. Si bien al principio había resultado un tanto sorpresivo para los demás miembros del equipo, con el tiempo habían terminado por adaptarse a la nueva situación. La pelinegra y el demonio del fuego eran sin duda una pareja peculiar: él siempre tan serio, tan calmado, de un malhumor explosivo; y ella siempre llena de energía, correteando alrededor de él mientras el medio koorime caminaba, tan risueña, y, sin embargo, igual de explosiva que él. La felicidad de ella era más que evidente, lo jalaba de un lado a otro en sus arranques de emoción, y él la dejaba ser, siempre con una casi invisible sonrisa en su rostro que era, quizás, lo que más sorprendía a todos, porque aunque Hiei no lo hiciera tan evidente como Cho lo hacía, todos se daban cuenta de que él era realmente feliz.
Era difícil no verlos juntos al menos una vez al día, por más ocupados que estuvieran se las ingeniaban para encontrarse, ya sea para tomar un helado, entrenar o incluso simplemente pasar el tiempo hablando de todo y a la vez de nada. Tal era la cercanía de ambos que parecían poder entenderse sin mediar palabras; de algún modo habían costumbres del demonio de fuego que se le pegaron a Cho y costumbres de Cho que se le pegaron al demonio de fuego, era por eso que ya no era algo extraño escuchar a la pelinegra responder a algo que la molestaba con un simple "hn" o encontrar a Hiei sacudiéndose el cabello con una mano, distraídamente. Habían también una que otra costumbre que habían adquirido los dos juntos, como la de saludarse o despedirse con un rápido roce de labios, que más de una vez había estado a punto de provocar un infarto en Yusuke o Kuwabara.
Ese día en particular los dos habían estado hablando por varias horas recostados bajo la sombra de un árbol frondoso en el jardín, cuando la pequeña Yukina había aparecido junto al resto de la pandilla. Ambos pelinegros la habían visto con curiosidad mientras ella jugaba con sus manos y un leve rubor aparecía en su rostro. Cho estalló en risas al comprender la situación, ellas eran amigas desde siempre, no era necesario que Yukina le explicara el porqué de su incomodidad para que la pelinegra lo supiera.
- Vamos Yuki, vas a tener que acostumbrarte tarde o temprano. – Concluyó la mujer una vez hubo controlado las risas lo suficiente para poder hablar.
El leve tono carmín de las mejillas de la koorime subió rápidamente a un tono rojo furioso en menos de un par de segundos, logrando simplemente que su amiga se burlará de ella de nueva cuenta. La pequeña dama de hielo optó por cruzar sus brazos sobre su pecho y fingir un leve puchero.
- No seas mala conmigo, Cho. – Se quejó la koorime.
Su amiga le dedicó una suave sonrisa.
- Nunca lo sería, princesa.
La dama de hielo sonrió ante el apelativo.
- Hace mucho que no me llamabas así, no pensé que lo recordarías.
- ¿Cómo iba a olvidarme? – Murmuró en respuesta la pelinegra, encogiéndose de hombros.
Yukina sonrió con cariño. Keiko se acercó al par de amigas, llevándose consigo a Yusuke a quien mantenía sujeto de la mano.
- Veníamos a invitarlos a hacer picnic.
Los ojos de Hiei, que había perdido interés en la conversación hace ya algún tiempo, se abrieron de nueva cuenta. La pelinegra a su lado hizo una leve mueca de desagrado, no es que tuviera nada en contra de la idea de pasar la tarde junto con el resto del grupo, pero había pasado tanto tiempo comiendo a la intemperie que la idea de comer afuera por puro gusto no le parecía del todo llamativa.
- La verdad es que yo por mi parte prefiero quedarme aquí hoy, pero vayan ustedes. – Dijo la pelinegra, buscando librarse del asunto con amabilidad.
Yukina se dio cuenta del desagrado que la idea había causado en su amiga, pero para ser sinceros, tenía muchas ganas de compartir con ella y verla junto a su hermano, por más que de cierto modo la cohibiera, de modo que antes de que los demás pudieran interferir, ella sonrió tranquilamente a su amiga y murmuró:
- Vamos, Cho.
La pelinegra jugó con su cabello, incomoda. El resto del grupo guardó silencio, mientras ambas amigas se veían una a la otra a los ojos, hasta que la dama del hielo decidió agregar algo más a su mención.
- Te lo pido yo, por favor.
Como si esas fueran palabras mágicas, la pelinegra bufó resignada, sin más se levantó. Sacudió de nueva cuenta su cabello, le ofreció la mano al demonio del fuego para que se levantara y viendo a los ojos a la koorime respondió.
- Lo que tú me pidas, Yukina.
La aludida notó la incomodidad en las palabras de la chica, pero las paso levemente por alto. Ya se encargaría ella misma de que Cho pasará un buen rato. En cambio, simplemente le dedicó una sonrisa sincera y le ofreció su mano, para caminar juntas. Fue así como partieron, como en cadena, Yukina sujetando la mano derecha de Cho, y Cho sujetando la mano derecha de Hiei con la mano libre.
Llevaban un par de minutos en el sitio que Botan había escogido para hacer el picnic. El sitio en sí era realmente hermoso, era un prado extenso, con algunos árboles que daban sombra, el sol brillaba en lo alto, varías flores decoraban el verde y unos cuantos pajaritos hacían de sus cantos la música de fondo que se mezclaba con las risas de los miembros del grupo. Las chicas, excepto Cho, se habían dedicado a proteger la comida de las hambrientas manos de Kuwabara y Yusuke, mientras Kurama colocaba un par de manteles en el suelo para poder sentarse y colocar la comida. Hiei y la pelinegra estaban cómodamente sentados bajo la sombra de uno de los árboles.
La comida en sí no había durado mucho, no es que hubieran logrado comer mucho de todos modos, entre Yusuke y Kuwabara se habían atragantado prácticamente todo lo que habían traído. El grupo descansaba ahora junto entre risas amenas y comentarios sobre uno que otro recuerdo del pasado; todos estaban recostados bajo la sombra. Yusuke tapaba sus ojos con una de sus manos, mientras la otra afianzaba el agarre en la cadera de Keiko, cuya cabeza reposaba en el pecho de su novio; Kurama estaba sentado con la espalda apoyada en el tronco del árbol, a su lado estaba Kuwabara acostado en el césped junto a Yukina, quien estaba arrodillada con los dedos de su mano entrelazados en los de su compañera, sobre una de las ramas del árbol estaba Hiei, cuyas intervenciones se basaban casi únicamente en insultos a Kuwabara y uno que otro comentario sarcástico. Pasados los minutos decidieron regresar casa quien para su casa, dando como resultado la separación del grupo, quedando así Yukina, Hiei y Cho solos.
Las dos chicas conversaban y reían amenamente, una a cada lado del demonio del fuego, quien solo permanecía en silencio escuchando las ocurrencias de las muchachas y una que otra anécdota del pasado que o bien se contaban la una a la otra o recordaban de alguna travesura que habían hecho estando juntas.
- Éramos unas sádicas de pequeñas. – Dijo la pelinegra, aún entre risas.
La koorime simplemente siguió carcajeándose mientras hacía un movimiento con la mano para darle a entender a la muchacha que estaba de acuerdo.
- ¿Te acuerdas como destruimos el cuarto de Yami? – Mencionó Yukina mientras se sujetaba suavemente el estómago.
- ¡Cierto! – Respondió la otra a duras penas. – ¡Volteamos el velador, hicimos un desastre y desarmamos la cama!
- ¡Sí! ¡Y escondimos las partes en el jardín!
- ¡Me había olvidado!
- Por eso la anciana amargada esa pensaba que éramos mala influencia para ti. – Recordó la pelinegra, arrugando su cara adrede a modo de burla.
Siguieron riendo hasta que llegaron al tiempo y tuvieron que separarse para que cada una pudiera ir a su propio cuarto. Yukina sonrió ampliamente al ver a su amiga y a su hermano marcharse juntos en dirección al cuarto de la pelinegra con las manos entrelazadas, le encantaba que estuvieran juntos. Cho era perfecta para el demonio del fuego.
Cho iba casi saltando de alegría, se sentía bien, feliz. Hace mucho tiempo que no pasaba un rato así con Yukina, no por falta de ganas, sino porque simplemente no se había dado, momentos así no son algo planificable, simplemente surgen de la nada, son espontáneos. Entro a su habitación con una gran sonrisa tatuada en su rostro, dando brinquitos se acerco al armario y tomó una blusa unas tallas más grandes que ella para dormir, ella las usaba a modo de pijama, le resultaban cómodas. Al darse la vuelta vio al demonio del fuego recostado en la cama, mirándola fijamente, ya solo en bóxers. Se sonrojó un poco, ya hace varios meses que esa visión la encontraba prácticamente a diario y aún no podía evitar sonrojarse no solo por su falta de ropa, sino por la profunda mirada de la que Hiei era poseedor. Alegre, se acomodó sobre su pecho, después de robar un rápido beso de sus labios.
- Tú y mi hermana son buenas amigas. – Dijo él, rompiendo el relativo silencio en el que estaban inmersos.
Ella asintió con la cabeza y subió la mirada, encontrándose con ese par de ojos que tanto le gustaban, en ellos pudo ver curiosidad y supo que no estaría conforme con una respuesta tan escueta como esa.
- Nos conocemos desde pequeñas. – Murmuró ella, mientras se acomodaba más sobre su pecho. – Nos presentó una amiga que teníamos en común, Yami. Una mitad koorime, como tú. – Continuó. – Pronto nos hicimos realmente cercanas, éramos las tres mosqueteras, inseparables.
- ¿Yami? – Preguntó él, sin saber de quién se trataba.
- De ella no quiero hablar, chiquito.
El chico se mantuvo en silencio a modo de aceptación a esa respuesta por un par de segundos más antes de continuar con su interrogatorio, ella estaba de humor para sus preguntas y él no pasaría por alto la oportunidad de obtener las respuestas que quería.
- Enana.
- ¿mmm?
- Dijiste que le prometiste a mi hermana volver a ella, estuviera en donde estuviera. – Recordó él.
- Sí.
- ¿Por qué?
- Cuando las tres éramos aún pequeñas por una serie de motivos estúpidos hubo problemas en mi clan. – Comenzó a relatar ella. – Fueron Yukina y Yami quienes estuvieron ahí para mí como soporte en esos momentos. – Continuó ella. – Yami tuvo que irse, cosa que me deprimió más aún, pero Yukina y yo nos apoyábamos una a la otra, juntas logramos salir adelante. – Murmuró ella, con nostalgia. – Después de un tiempo, cuando las cosas ya estaban más tranquilas, ella me confesó que había descubierto la existencia de un hermano perdido y que quería ir a buscarlo. No la detuve, yo también debía marcharme, así que tomamos caminos diferentes, nos separamos. No sabía cuándo volvería ni a dónde iba, pero sabía que debía irme, ¿Lo entiendes? – Subió la mirada para ver como el muchacho asentía, confirmando que había comprendido y siguió hablando. – Ella me hizo prometer que nos volveríamos a ver y como yo no sabía ni mi destino ni cuánto tiempo estaría lejos, le prometí que en cuanto regresará la encontraría, estuviera donde estuviera, y volvería a ella.
Las palabras de la pelinegra fueron cada vez más bajas hasta que él supo que ella se había quedado dormida, pero ahora él entendía mucho más que antes, aunque por supuesto aquellas respuestas habían logrado provocar más interrogantes en su cabeza. No la presionaría, no había prisa, la experiencia le había enseñado a darle su tiempo a Cho en ese tipo de cosas, tarde o temprano se enteraría.
La mañana no tardó en llegar y con ella los molestos rayos del sol que se colaban por la ventana, molestando a aquellos que aún querían permanecer dormidos. Una pelinegra empezó a removerse en los brazos de su acompañante, fastidiada por los rayos solares, buscando la manera de ocultarse de ellos y así poder seguir durmiendo. Sintió como el brazo que sujetaba su cadera la presionaba más contra el demonio del fuego, como leve pedido de que se quedase quieta. Una risita escapó de sus labios mientras con algo de dificultad se las ingeniaba para así poder darle un suave beso en la mejilla a Hiei, el chico reaccionó ante el tacto soltando un leve bostezo para luego posesionarse de los labios de su compañera en un beso entre somnoliento y demandante. Cuando se hubieron separado, ella le dedicó una sonrisa y se acomodó nuevamente en su pecho, tranquila.
Pasaron los minutos y ahí seguía ella, escuchando los latidos del corazón de Hiei, acariciando la piel de su pecho con sus dedos, mientras él rozaba la yema de sus dedos en la espalda de ella. Cho se sentía llena, feliz, tranquila, segura y le encantaba. Nunca antes en la vida se había sentido así y para ser sinceros no tenía la más mínima intención de dejar ir ese conjunto de sensaciones que la embargaban. Besó el hombro del demonio, con cariño y sintió como el besaba su frente en respuesta. Suspiró, sabía que debía levantarse aunque no lo deseara realmente. Se puso de pie y se acercó al armario para coger una muda de ropa.
- Te amo.
Simplemente se le salió, sin poder evitarlo, sorprendiéndola incluso a ella misma. No estaba planeado, no lo había pensado siquiera, sencillamente se había escapado de sus labios al verlo ahí recostado en la cama, mirándola de esa manera tan profunda que le hacía perder cualquier atisbo de razón y al decirlo se había dado cuenta de que así era, todo ese paquete de sensaciones que la recorrían al verlo tenía un nombre y ese era amor, aunque ella lo hubiese notado recién en ese momento. Y no, Cho no sabía cuando había pasado, eso también había sido algo que simplemente paso. Guardó silencio, viéndolo a los ojos, nerviosa. Lo vio levantarse de la cama, vestirse, y sus latidos se aceleraron, su corazón expectante. Lo miró pasar de largo a su lado sintiéndose como si algo le impidiese respirar y al verlo salir por la ventana sin darle respuesta alguna casi pudo escuchar como algo en su pecho se rompió en mil pedasos.
