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Capítulo 4: El escorpión y el argonauta

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Abrió muy lentamente la puerta del armario, observando con miedo hacia el exterior. La delgada línea de luz, no más que el débil resplandor de la luna a través de la ventana, acarició suavemente su rostro al acercarlo hacia la puerta. Apenas la había abierto lo suficiente para poder ver lo que ocurría afuera, encontrándose solo con la densa oscuridad de la noche.

Habían pasado horas desde que su madre le ordenó, con lágrimas en los ojos, que se ocultara rápidamente en el armario, apagando cada uno de los candelabros de la habitación. Habían pasado horas desde que dejó de escuchar los gritos suplicantes…y también aquel terrible sonido…un ruido espeso, crujiente, obsceno.

Acercó aún más el rostro hacia el delgado espacio entre la puerta y el marco del armario, apoyando la nariz contra la madera. No podía ver mucho; apenas el vago contorno de los muebles y la luz de la luna traspasando la tela de las cortinas. El silencio era tal que temió que los acelerados latidos de su corazón, o su respiración, pudieran escucharse del otro lado de su refugio. Se llevó una mano hacia la boca, empujando lentamente la madera con el hombro. La puerta se abrió con un chirrido sordo, dándole paso a la habitación, el amplio dormitorio donde su madre lo había arropado tantas veces durante las noches.

El niño avanzó a ciegas hacia el salón principal de la casa, con ambas manos extendidas hacia adelante. Poco a poco sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la falta de luz. Aún así, la sangre se vio negra, no roja, cuando la pisó... Se detuvo por completo, tenso como una estatua, temblando de pies a cabeza. Lentamente bajó la vista hacia el suelo, notando el inmenso charco negro donde su pequeño pie se había hundido. Lo apartó espantado, retrocediendo tan bruscamente que no pudo evitar caer sentado sobre las grandes baldosas de mármol. En ese instante, como si fuera una burla de los mismos dioses, una leve brisa sopló desde el exterior, meciendo suavemente la cortina del gran ventanal. La luz de la luna bañó de lleno la habitación, revelando el grotesco cuadro que nunca, jamás, olvidaría.

Su padre yacía boca arriba sobre la gran mesa de roble pulido, con los ojos muy abiertos observando hacia el techo. Pero no veía. Tampoco sus dos hermanos mayores, desparramados en el suelo alrededor de la mesa, ni los amables criados a los que había conocido desde que tenía memoria. Ni tampoco su madre…su dulce y amada madre…derribada boca abajo sobre las baldosas, con el bello rostro de ojos grises, tan grises como los suyos, apoyado contra el charco de sangre que parecía llenar todo el suelo de la habitación.

—Mamá…papá…—murmuró con un hilo de voz, contemplando horrorizado la escena— ¡Levántense! ¿Qué les sucede?

Pero lo sabía, aún a pesar de su tan corta edad lo sabía. Se acercó gateando hacia ellos, sin importarle el contacto de la sangre aún tibia contra sus rodillas y sus palmas. Pudo sentir las lágrimas corriendo por sus mejillas cuando extendió lentamente una mano hacia su madre, la cual parecía observarlo desde el fondo de unos ojos opacos, vacíos…

Muertos…

…Pliers abrió los ojos, apretando tanto los dientes que se hizo daño. La afilada mandíbula le tembló mientras recorría la gran habitación con la mirada, apretando los puños enfundados en su armadura de oro. Se encontraba sentado sobre una gran banca de piedra, con los brazos cruzados, solo en la inmensidad quieta y vacía del templo de Cáncer. La habitación era fría, del monótono gris y blanco de la piedra, sostenida por altas columnas a izquierda y derecha. En medio de aquel lugar su armadura se veía más brillante y espléndida que nunca. El casco dorado, una máscara de forma vagamente cuadrada, con tres afiladas espinas sobresaliendo a ambos lados de la cabeza, yacía junto a él sobre la piedra del banco.

—Ya no puedo soportarlo más…—murmuró de repente, incorporándose con un movimiento felino y elegante. Aún así, todo su cuerpo pareció temblar de ira y rabia mal contenida cuando se levantó, como si fuera a estallar de un momento a otro—No…no permaneceré un segundo más en este lugar…

Recogió el casco de oro de un manotazo, colocándoselo sobre la espesa y desordenada cabellera negra, y luego echó a andar hacia la salida, rumbo a las escaleras que llevaban cuesta abajo hasta la casa de Géminis. Sin embargo, a medio camino, el santo de Cáncer se detuvo, observando con el ceño fruncido y tembloroso hacia adelante.

Una imponente silueta lo observaba con ambos brazos cruzados sobre el pecho, de pie en la entrada del templo. Era un hombre alto y robusto como un roble, cubierto por una gruesa armadura dorada con pequeños cuernos en los codos y las hombreras. Tenía un rostro fuerte y sincero, con una corta melena de rizos oscuros y una pequeña cicatriz surcándole la mejilla derecha. Los ojos marrones observaron seriamente a Pliers durante un instante.

—Aldebarán…—siseó el caballero de cáncer, sosteniéndole colérico la mirada.

— ¿Adónde te diriges, Pliers?—preguntó el santo de Tauro, sin moverse un centímetro de la entrada del templo.

—Eso no es de tu incumbencia… Ahora quítate del medio o lo lamentarás.

Aldebarán soltó un largo suspiro, sin hacer el menor caso a la advertencia.

—El gran patriarca nos ha ordenado a nosotros, los caballeros de oro, que permanezcamos dentro de los límites del Santuario—observó a Pliers de arriba a abajo—Te conozco mucho mejor de lo que te imaginas…y sé que tienes pensado desobedecer.

Pliers hizo rechinar los dientes, avanzando hacia él hecho una furia.

—No me interesa lo que Magnus haya dicho… ¡Ya estoy harto de esperar aquí! Si el enemigo vuelve a atacar no lo hará ingresando directamente al Santuario, el cosmos ancestral de Athena lo impide, y tanto tú como él lo saben—Pliers avanzó hasta ubicarse cara a cara con Aldebarán. La diferencia de estaturas era notable, pero el santo de Cáncer lo miró directo a los ojos sin mostrar ningún temor— ¿Olvidas que el tal Jasón se presentó en las afueras del Santuario? Ahí es donde iré a vigilar, no aquí donde no tengo nada que hacer.

—Los caballeros de plata han recibido las órdenes de patrullar todo el perímetro—replicó Aldebarán—Ellos se encuentran allí ahora, apoyados por los caballeros de bronce.

— ¿Podrías dejar una tarea tan importante a basuras como esas?—escupió Pliers. Le estaba costando cada vez más contenerse—Solo conmigo será más que suficiente para aplastar a cualquiera que ose acercarse.

El caballero de Tauro permaneció impasible. Podía notar la creciente ira consumiendo cada vez más y más al hombre frente a él.

—Si esa defensa cayera, o si los siervos de Ares hallaran la forma de penetrar directamente en el Santuario, entonces sería indispensable que todos los caballeros de oro estemos aquí. Debemos proteger a la señorita Athena a toda costa.

— ¡He dicho que conmigo será suficiente!—bramó Pliers—Mataré a cualquiera que intente poner un pie en el Santuario. Los destruiré a todos—la expresión del santo dorado se volvió lúgubre, oscura—Lo haré, los mataré… ¡Ahora sal de mi camino!

Pliers apartó a Aldebarán de un brusco empujón, encaminándose hacia la salida del templo. El santo de Tauro lo siguió seriamente con la mirada, sin inmutarse en lo más mínimo.

—Matar no te devolverá a los que perdiste—dijo con voz seria—Matar no borrará el dolor que guardas en tu interior. No lo hizo en el pasado…y tampoco lo hará ahora.

Pliers se detuvo de repente sobre sus pasos, quedándose completamente inmóvil en la entrada. Lentamente, muy lentamente, se volvió hacia Aldebarán. El caballero de Tauro lo conocía desde hacía tiempo, pero nunca antes lo había visto como lo vio en ese instante. El rostro blanco de Pliers estaba desencajado por la ira, imbuido en ella. Sus extraños ojos grises, tan claros que casi se fundían con el blanco que los rodeaba, se clavaron como si fueran dos gélidos puñales en Aldebarán. Muy lentamente alzó un brazo hacia él, apuntándole directo al rostro con el dedo índice. Un cosmos frío y azulado cubrió toda su mano en menos de un parpadeo.

—Ten mucho cuidado con lo que dices…—siseó en modo forzado, pues apretaba tanto los dientes que casi se podía oír su rechinar—Me importan un bledo las leyes de Athena y el patriarca…si vuelves a decirme algo así te destrozaré.

Aldebarán observó en silencio el omnipotente cosmos reunido en el dedo índice de su interlocutor, tan inmutable como al principio. No subestimaba en absoluto el poder de Pliers, pero no fue por eso que le dio la espalda, cruzando ambos brazos sobre el pecho. Aún en silencio, pudo escuchar claramente los pasos del santo de Cáncer al alejarse escaleras abajo, abandonando la casa de su constelación protectora.

—Pliers…—susurró para sí mismo—Cometiste un error al optar por alimentar el odio que te abrasa, en lugar de tratar de imponerte sobre él. Nadie puede vivir con tanta ira…un día te consumirá por completo y ya no habrá nada que podamos hacer por ti.

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El bosque era frío, oscuro, y lo era mucho más en aquel lugar. El inmenso castillo negro, impregnado de una leve luz violácea, parecía cubrir la mitad del firmamento, opacando el brillo eterno de las estrellas. Por detrás, el bosque se extendía como un mar de árboles grises y retorcidos…y por delante…un terrible adversario lo aguardaba.

Stelios observó atentamente al hombre que se hacía llamar Jasón, general de una de las Legiones Berserkers de Ares, el Dios de la Guerra. Si todo lo que Astinos le había comentado era cierto, aquel sujeto tenía una fuerza equiparable a la suya. Por otro lado, el hecho de que hubiera obedecido así como así las órdenes del muchacho llamado Thestio lo desconcertaba… Desvió la mirada hacia un lado por un instante, contemplando la terrible escena. Los cuatro caballeros de plata que había guiado hasta allí, Gávrel, Argus, Dorian y Bastiaan, yacían inmóviles sobre la hierba, tan muertos como todo el bosque parecía estarlo en aquel lugar, a la sombra del gran castillo.

"Amigos…"

Apretó fuertemente los puños, sintiéndose terriblemente enfadado y responsable. Él debió haberlo evitado, él debió haber sido capaz de detener a aquel maldito sujeto. Pero no pudo hacerlo… Thestio se movió a una velocidad que escapó incluso a su curtida visión, asesinando a sus cuatro compañeros con una concentradísima explosión de cosmos. Tal muestra de poder lo había asombrado, y a la vez lo había llenado de un deseo irrefrenable por acabar con aquel maldito. Pero Thestio ni siquiera se había molestado en enfrentarlo. Se había marchado; se había ido dejando a alguien más en su lugar.

Stelios volvió a centrar su atención en el hombre frente a él. Jasón era un sujeto enorme, no demasiado corpulento, pero sí con una estatura que rozaba fácilmente los dos metros. Tenía el cabello de un intenso castaño rojizo, y un par de ojos azules tan fríos y muertos como una tumba. Stelios se quitó su larga capa blanca de un manotazo, encarando a su enemigo con una media sonrisa.

—Tú eres Jasón, ¿verdad? Mi amigo Astinos me habló mucho de ti. Recuerdo que le dio varias vueltas al tema del nombre. Dime, ¿tienes algo que ver con el Jasón del antiguo mito de los argonautas?

El sujeto no contesto de inmediato. Lo observó inexpresivamente con aquellos ojos que parecían dos pozos azules.

—Un tipo callado, ¿eh?—bromeó Stelios— ¿Quién lo hubiera dicho con esa cara tan alegre?

—Puedo percibir claramente tu cosmos, a pesar de que intentas ocultarlo—murmuró de repente Jasón, con una voz tan fría como su semblante—Es un cosmos arrogante y lleno de orgullo, pero aún así muy poderoso… Serás un rival digno.

El berserker avanzó lentamente hacia él, echando hacia atrás la capa escarlata que le cubría el hombro derecho.

—Vaya, me siento halagado—murmuró Stelios, separando ligeramente las piernas.

—Nosotros, los berserkers, somos muy distintos a ustedes. No tenemos constelaciones guardianas que rigen nuestros destinos, y en las cuales se basan nuestras armaduras—se detuvo a solo unos metros de distancia, atravesándolo con la mirada—Nosotros somos la personificación de los antiguos héroes y deidades de la era mitológica, siempre al servicio incondicional de nuestro señor Ares.

—Ya veo—reflexionó Stelios—El vellocino de oro fue colgado de un árbol en consagración al Dios de la Guerra, y, al apoderarse de él, Jasón se ganó el derecho a reclamar el trono de Yolcos… Veo la relación. Ahora dime, ¿se encuentra tu querido señor Ares en el interior de ese horrible castillo? ¿Ha sido él, de alguna forma, quien levantó esta extraña barrera de cosmo-energía?

Jasón lo miró como si fuera solo un insecto más en el bosque, avanzando lentamente hacia él.

—Demuestra ser verdaderamente digno, santo de Athena, y tal vez sacie tu curiosidad antes de matarte.

— ¿Y quién era el arrogante aquí?—sonrió el santo, tensando su postura—Pero me agrada mucho tu propuesta; de hecho, yo estaba a punto de sugerir algo parecido…—Stelios alzó repentinamente un brazo, ampliando su sonrisa— ¡RESTRICCIÓN!

El caballero de Escorpio elevó enormemente su cosmos, señalando con el índice a su oponente. Invisibles ondas circulares emergieron desde la punta de su dedo, avanzando a una velocidad que superaba todo lo conocido. La hierba se meció como sacudida por un vendaval cuando las ondas atravesaron a Jasón, deteniéndolo en seco en medio de su avance.

— ¿Problemas para moverte?—exclamó Stelios, corriendo en línea recta hacia él— ¡Prepárate!

Sin embargo, el poderoso puñetazo que arrojó fue absorbido de repente por una inmensa fuerza. Jasón alzó rápidamente su mano derecha, atrapando su puño con suma facilidad. El santo de oro lo observó con los ojos muy abiertos, sintiendo como si su mano fuera estrujada por una prensa de acero. ¡Se había movido! ¡Se había movido a pesar de que había inutilizado todos sus nervios con la Restricción! En ese momento notó el aura rojiza que envolvía el cuerpo del berserker, dotándolo de una fuerza aterradora. Entonces comprendió… Jasón había hecho estallar su cosmo-energía en menos de un segundo, bloqueando el efecto de su técnica con el solo hecho de aplicar una energía superior. La única forma de hacer algo como eso era elevando el cosmos por encima del empleado en la Restricción…y Stelios había hecho uso del Séptimo Sentido para ejecutar la poderosa técnica paralizante. ¿El poder de aquel sujeto podía ubicarse incluso por encima del de un caballero de oro? No tuvo tiempo de reflexionarlo demasiado.

—Esto es un verdadero golpe de puño, santo de Athena—murmuró Jasón.

Stelios no vio el golpe; ni siquiera llegó a sentirlo. De repente salió disparado hacia atrás con una fuerza monstruosa, impactando de espaldas contra el tronco de un árbol, y luego de otro, y de otro más… Los troncos saltaron en astillas como si hubieran sido golpeados por el puño de un gigante, incapaces de contener su violento retroceso. Apenas había comenzado a entender lo que sucedía cuando todo su cuerpo se estrelló contra un grueso roble, haciendo temblar el tronco desde la raíz hasta las hojas. Stelios cayó de rodillas sobre la hierba del bosque, sintiendo un dolor bestial en el pecho. Su armadura no tenía ni un solo rasguño, pero comprendió que su enemigo le había asestado un golpe con una fuerza sobrehumana. Se incorporó no sin cierta dificultad, topándose con una peculiar imagen. Un amplio corredor se había abierto en medio del bosque, generado por él mismo al impactar y derribar un árbol tras otro. Los troncos yacían despedazados en el ancho pasillo de hierba que su propio cuerpo había abierto, algunos reducidos a astillas. Muy a lo lejos, al inicio del corredor, podía divisar claramente la luz violácea del castillo. Maldición…debía encontrarse más de cincuenta metros hacia el interior del bosque ¿Con cuanta fuerza lo había golpeado ese sujeto? Nuevamente no tuvo tiempo de meditarlo…

—No te distraigas, santo de Athena…

Jasón cayó de repente sobre él, silencioso y veloz como una sombra. Sin darle un segundo para respirar, el berserker desató una feroz avalancha de puñetazos sobre él. Stelios retrocedió con dificultad, bloqueando cada uno de los golpes a una velocidad vertiginosa. Era como si los puños de su rival estuvieran en todos lados a la vez… La rapidez de aquel sujeto era tal que prácticamente le impedía cualquier posibilidad de pasar a la ofensiva. Cada golpe que detenía con la palma de sus manos, y con el dorso de sus antebrazos, era como bloquear una inmensa y pesada bola de acero. Sin embargo, podía verlo. Si… ¡Podía seguir sus movimientos! Stelios se arrojó hacia un lado, rodando ágilmente por la hierba justo a tiempo para eludir una patada que fácilmente podría haberlo partido en dos mitades sangrantes. Se incorporó de un salto, aprovechando la escasa distancia y el hueco generado para contraatacar…pero Jasón se volvió hacia él con la velocidad de un relámpago. Aprovechando la inercia de la patada, el Berserker giró sobre sí mismo con un soberbio quiebre de cintura, apoyando la palma de la mano sobre su abdomen.

— ¡Galope de Quirón!

Stelios observó incrédulo como una intensa luz rojiza brotaba de entre los dedos de Jasón, estallando en un poderoso resplandor escarlata que pareció engullir la totalidad del bosque con su luz. El santo volvió a salir despedido hacia atrás como si fuera un muñeco de trapo, golpeado por cientos de miles de destellos de cosmo en menos de un parpadeo. Su cuerpo se estrelló de espaldas contra el mismo roble de antes, arrancándolo de cuajo. Esta vez no volvió a levantarse; se quedó sentado de espaldas contra el nudoso tronco caído, con el mentón apoyado sobre el pecho.

— ¿Este es todo el poder de un caballero de oro?—inquirió fríamente Jasón, observándolo con sus ojos muertos—Medí fuerzas contra Astinos de Sagitario en el Santuario, estudiando su forma de luchar con suma atención. ¿Ahora qué decido pelear en serio contra uno de ustedes esto es todo lo que pueden hac…?

Jasón calló repentinamente, observando a su rival con el ceño fruncido. Stelios, sin siquiera levantar la cabeza, sacudía sus hombros en una risa sorda.

— ¿Qué es lo que encuentras tan grac…?

Nuevamente, el berserker fue incapaz de terminar lo que iba a decir, pero no por la extraña actitud de Stelios, sino por el agudísimo dolor que lo atravesó de repente. Hincó una rodilla en el suelo, escupiendo un grueso hilo de sangre.

— ¿Pero qué…qué es esto?—murmuró con dificultad, llevándose una mano al hombro.

Un pequeño orificio circular, apenas del grosor de un dedo, perforaba de lado a lado su hombrera izquierda; y otros tres más se distribuían por su pecho y su abdomen. Un quinto agujero perforaba la gruesa armadura dorada que le protegía el brazo derecho, la representación del mítico Vellocino de oro. ¡No podía ser posible! Un dolor monstruoso, inhumano, torturó cada uno de los nervios allí donde los pequeños orificios se abrían.

— ¿Qué tal se siente el veneno del escorpión…?

Jasón levantó la vista, observando furioso hacia adelante. Stelios se había incorporado del suelo, y lo señalaba burlón con el dedo índice. La uña se había vuelto anormalmente grande y afilada, de un rojo tan intenso como la sangre. Una poderosa cosmo-energía dorada le cubría todo el cuerpo, danzando enloquecida alrededor de su mano.

—Esto es la Aguja Escarlata—continuó Stelios, avanzando unos cuantos pasos hacia su oponente. A pesar de que la armadura de Escorpio seguía intacta, numerosas magulladuras le cubrían el rostro y los brazos. Aún así, el santo de oro no parecía notarlo.

— ¿La Aguja Escarlata?—preguntó Jasón con voz apagada. El dolor se había vuelto aún más intenso que antes, dificultándole incluso el habla— ¿Cuándo…fue que me golpeó?

—La Aguja Escarlata es el aguijón venenoso del escorpión—explicó Stelios, sonriendo con la sangre resbalando por la comisura de sus labios—Ataca directamente el sistema nervioso de la víctima, provocando un dolor insoportable. En la brevedad comenzarás a sangrar sin control y luego a perder poco a poco cada uno de tus cinco sentidos. Cuando te haya golpeado diez veces más, justo como hace unos instantes, sin que siquiera lo notaras, entonces será hora de morir.

— ¿Hora de morir…? ¿Hora de morir dices…?—la voz sonó llena a rebosar de ira— ¡Yo te mostraré a ti lo que es el verdadero terror de la muerte!

Jasón se incorporó, extendiendo ambas manos empuñadas hacia los lados. Su cosmos volvió a elevarse de un modo increíble, haciendo temblar como un huracán los árboles cercanos. Stelios retrocedió cautelosamente un paso, observándolo seriamente. El cosmos de aquel sujeto era increíblemente grande, lo suficiente como para permitirle soportar durante un tiempo el efecto de las Agujas. Debía terminar cuanto antes ese combate o lo lamentaría.

— ¡Muy bien Jasón!—exclamó con todas sus fuerzas, colocándose en pose ofensiva, con el aguijón escarlata listo para el ataque— ¡Prepárate para enfrentar el poder de Antares!

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Todos se hicieron a un lado al verlo acercarse, inclinando respetuosamente la cabeza. Los más jóvenes soltaron exclamaciones de asombro, maravillados con la simple visión de su armadura dorada. Astinos, caballero de oro de Sagitario, se detuvo en el borde de las gradas superiores del coliseo, observando hacia la lejana arena de combate. No podía decir que le sorprendiera la reacción de los soldados y aprendices reunidos allí, los cuales lo observaban incapaces de ocultar su asombro. No era para nada común que un caballero de oro se dejara ver en un lugar como ese, tan abajo en la colina, y mucho menos que acudiera a observar los entrenamientos de los reclutas. Pero no era exactamente por eso que había descendido desde la casa de Sagitario… Sus reflexiones lo habían conducido hasta allí casi sin darse cuenta.

Cruzó ambos brazos sobre el pecho, escrutando seriamente lo que ocurría en la arena de entrenamiento, muchos metros por debajo de su posición. Kei, su discípulo y actual caballero de Pegaso, enfrentaba él solo a otros tres santos de bronce, logrando mantenerlos a raya. Desde hacía días su joven aprendiz no había hecho más que entrenarse sin descanso, llegando a extremos como ese. Astinos sabía muy bien a qué se debía aquello…sabía que su enfrentamiento contra Jasón había marcado al joven Pegaso. Kei era consciente ahora de sus límites, y ansiaba desesperadamente poder superarlos. Astinos lo sabía, y también sabía otra cosa, algo que no podía explicar…algo de lo que solo él había sido testigo.

¿Por qué Jasón había detenido su puño?

Astinos lo recordaba claramente. Se había precipitado hacia el antiguo coliseo al detectar el estallido de cosmos en las afueras, y cuando llegó se encontró con su discípulo a punto de ser asesinado por un misterioso enemigo. Había estado a punto de emplear absolutamente todo su cosmos para evitarlo, dispuesto a jugarse el todo por el todo para salvar a su alumno, pero…en el último segundo Jasón se detuvo. Astinos no podía entender por qué aquel terrible sujeto le había perdonado la vida a Kei. ¿Compasión acaso? No, no lo creía. La cosmo-energía del berserker era fría e implacable hasta el extremo; alguien como él jamás mostraría piedad en medio del campo de batalla. ¿Dudas tal vez? Recordaba que Jasón había retrocedido un paso, con un brillo de inseguridad en su mirada. ¿Qué era lo que había visto? Centró su atención en Kei, en como eludía los ataques de tres de sus compañeros para luego derribarlos con su meteoro.

¿Qué era lo que había visto en el caballero de Pegaso?

—Por todos los dioses, Astinos—exclamó una alegre voz—Si frunces tanto el ceño todo el tiempo se te va a quedar así para siempre.

El santo de Sagitario pudo escuchar los murmullos de asombro antes de oír aquella jovial voz. Eso también era comprensible. ¿Cuándo había sido la última vez que dos caballeros de oro se presentaban juntos fuera de los límites de las Doce Casas?

—Leánder—dijo con una sonrisa, observando de reojo al recién llegado— ¿Qué te trae por aquí?

Leánder, el joven caballero de Leo, se acercó tranquilamente hacia él, ignorando las exclamaciones de los soldados y aprendices. Con veintiún años de edad, Leánder era uno de los santos de oro más jóvenes del Santuario, junto con Liang de libra, de diecinueve, y Kárel de Piscis, de veinte. Era un muchacho alto y delgado, de vivaces ojos turquesas. Su corta cabellera dorada, tan brillante como el sol, su atractivo rostro y su encantadora sonrisa, habían hecho que casi la mitad de las chicas del Santuario cayeran enamoradas a sus pies. En cuanto a la otra mitad, Leánder procuraba no toparse nunca con ellas, pues no descartaba la posibilidad de que algún día todas se unieran para matarlo por mujeriego.

— ¿Qué me trae a mí por estos lares?—preguntó sonriente—Pues nada. Me aburro de esperar y esperar en la Casa de Leo, así que de tanto en tanto salgo a estirar un poco las piernas. Lo raro es verte a ti aquí, Astinos. Me parece sorprenderte encontrarte fuera del templo de Sagitario, o de la biblioteca.

Astinos sonrió ante las palabras del joven. Su carácter indómito y sarcástico le había acarreado algún que otro problema en el pasado, pero en general no había nadie que no lo considerara un gran guerrero y compañero.

—He estado pensando…—susurró Astinos, volviendo la mirada hacia la arena—Hay algo que no logro comprender.

Leánder se situó justo a su lado, observándolo con las cejas muy arqueadas.

— ¿Algo que tú no puedes entender? Vaya, jamás me imaginé que tal cosa fuera posible.

—Piénsalo un segundo. Ya sabes a que me refiero…

Leánder ensombreció ligeramente su expresión, algo extraño en su rostro siempre sonriente. Guardó silencio durante unos instantes, observando él también hacia el centro de la arena. Hacia Kei.

—Si…sé a lo que te refieres, pero mucho me temo que yo tampoco puedo explicarlo.

Astinos asintió gravemente con la cabeza, sin apartar sus ojos de la arena de entrenamiento. Leánder, en cambio, le dio una fuerte palmada en el hombro, recuperando al instante su sonrisa.

—Vamos, no te desanimes. Te diré algo, si yo necesitara consejo sobre cualquier cosa habría tres personas a las que sin duda acudiría.

—Ah, ¿sí?

—Si. La primera eres tú, obviamente. No creo que haya nadie más sabio y perspicaz que tú en todo el Santuario.

—El segundo es el patriarca, ¿verdad?

—Exacto. Toda su experiencia y sabiduría no pueden pasarse por alto. Y en cuanto a la tercera…bueno, lo dejaría solo como última opción. En lo personal no me gusta tratar demasiado con él. Es un tipo extraño…

— ¿A quién te refieres?

Leánder alzó ambas manos, como si le hubiera preguntado algo sumamente obvio.

—Pues a Arhat, ¿a quién sino?

"Arhat…"

—Mmm…creo que entiendo el por qué de tu desconfianza—reflexionó Astinos.

—No lo dudo. Ya sabes cómo es él. No solo es apacible hasta la exasperación, sino que siempre parece…saberlo todo; ya sea lo que piensas o lo que sientes. Sabe cosas incluso antes de que sucedan, y recuerda otras que no debería recordar, teniendo en cuenta su edad. No sé a ti, pero a mí me provoca escalofríos.

Astinos sonrió ante las ocurrencias de su compañero. Aún así, sabía que lo que decía era verdad. Si había alguien en el Santuario con el que podía hablar de esa cuestión…ese era Arhat.

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Jasón dio un tambaleante paso hacia el frente, envuelto en una poderosa cosmo-energía. La hierba a su alrededor se mecía en círculos concéntricos con cada paso que daba, marchitándose hasta quedar reducida a cenizas. Un fino hilo de sangre resbaló por la comisura de su labio, al igual que las pequeñas hemorragias que habían comenzado a formarse en las heridas abiertas por la aguja del escorpión.

Stelios lo observó seriamente, con ambos brazos alzados y en guardia. La uña de su índice derecho se había vuelto afilada como un puñal, tan roja como la sangre que empapaba los pequeños orificios en la armadura de su enemigo. Stelios estaba bastante sorprendido por lo que veía. A esas alturas, cualquier caballero estaría tirado en el suelo, retorciéndose de agonía. Sin embargo, el cosmos de Jasón se había incrementado hasta volverse asombrosamente grande. Stelios comprendió que debía cerrar sí o sí el combate en los próximos movimientos.

"¡Ahora!"

Jasón avanzó hacia él corriendo en línea recta, a una velocidad incluso mayor a la que había mostrado hasta entonces. Su fuerza también se había multiplicado, pero Stelios notó que el terrible dolor de la Aguja comenzaba a afectarlo. El berserker ya no atacaba de forma fría y calculada como al principio, sino que arrojaba bestiales puñetazos a diestra y siniestra, como si hubiera enloquecido. Aún así, seguía siendo terriblemente peligroso… Stelios se hizo a un lado justo a tiempo para evitar un puñetazo que redujo a astillas el árbol que tenía detrás. Jasón rugió, torciendo la cadera en una titánica patada horizontal. Stelios logró bloquearla a duras penas, cruzando ambos brazos por delante del cuerpo. Pudo sentir la tierra temblar bajo sus pies, y como sus antebrazos se quejaban como si estuvieran a punto de romperse. Intentó retroceder, pero Jasón aprovechó la escasa distancia para abalanzarse sobre él con un poderoso cabezazo directo al rostro.

Stelios se precipitó de espaldas hacia la hierba, desorientado por el terrible golpe; sin embargo, se las arregló para hacerse a un lado en el último segundo, girando con una veloz pirueta casi al nivel del suelo. Aquella era su oportunidad… Sin incorporarse del todo, el santo de Escorpio abanicó su mano derecha en un rápido movimiento, el cual deformó el aire a su alrededor. Tres estrellas rojizas salieron disparadas a toda velocidad, enterrándose en el pecho de Jasón en menos de un parpadeo. El berserker soltó un gruñido sordo, cerrando fuertemente su mano en un puño.

— ¡Galope de Quirón!—exclamó con voz espesa de sangre.

Los innumerables destellos de energía roja avanzaron hacia el santo, más poderosos que nunca, pero Stelios ya había visto a través de la técnica… Sabía que era una potente descarga de rayos de cosmo que destruía todo a su paso, muy similar al Relámpago Atómico de Astinos, o al Plasma Relámpago de Leánder. En el momento en que el puño de su rival resplandeció, Stelios ya había dando un increíble salto hacia adelante, superando la tormenta de cosmos que barrió con todo el sotobosque. Disparó tres nuevos aguijones en pleno aire, los cuales se hundieron en el brazo derecho de Jasón con un sonido como el de un mazo al ablandar carne. Pero no se detuvo ahí. Cayó al suelo dando un ágil giro al ras de la hierba, bordeando ampliamente la posición del berserker. En cuanto éste hizo ademán de voltear, tres agujas más se incrustaron en su espalda, haciendo brotar la sangre a borbotones. Jasón rugió de ira y dolor, volviéndose como un toro desbocado hacia él. Pero Stelios no se dejó sorprender. Lo esperó fríamente y en guardia, eludiendo la embestida con un corto salto hacia un costado. Eso era todo lo que necesitaba.

— ¡Aguja Escarlata Antares!

El dedo índice del santo se hundió hasta el nudillo en el omóplato de su rival, perforando armadura, piel y hueso. Al retirarlo, la sangre manó a presión por todas y cada una de las quince heridas, formando un gran charco escarlata sobre el verde de la hierba. Jasón se quedó inmóvil, con ambos brazos a los lados del cuerpo y el rostro cubierto de sombras. Stelios lo observó fríamente durante unos instantes. Ya no podía sentir su increíble cosmos.

—Has recibido los quince golpes de la constelación de Escorpio—murmuró—Es increíble que aún puedas mantenerte de pie, pero no tardarás en morir. En este momento, no eres más que un cadáver sostenido a duras penas sobre sus piernas—dio media vuelta, alejándose a través del amplio corredor abierto en el bosque, rumbo al castillo—Aún así fuiste un increíble rival, y tienes mis respetos por eso. Hasta nunca, guerrero de Ares.

Stelios se detuvo, abriendo enormemente los ojos.

—No…no puede ser.

Un cosmos, un cosmos asombrosamente fuerte se encendió a sus espaldas, tan poderoso y magnánimo que pareció cubrir todo el bosque. Stelios volteó asombrado, topándose con una imagen imposible.

—No…no moriré sin antes haberte llevado conmigo al inframundo, Stelios de Escorpio…

Jasón había alzado su brazo derecho, con el dedo índice apuntando hacia las estrellas. Una inconcebible cantidad de energía se acumuló en la punta del dedo, relampagueando en la forma de una perfecta esfera escarlata. Stelios no podía creerlo…ese sujeto no solo había recibido los quince golpes del Escorpión, sino que aún podía concentrar toda esa increíble cantidad de cosmo-energía. ¡Jasón se negaba a morir sin antes destruirlo!

— ¡Supremacía de Argos!—bramó el general, haciendo estallar la energía reunida en su dedo.

Eso fue lo último que Stelios pudo ver. Una inmensa onda expansiva brotó del cuerpo del Berserker, extendiéndose en forma circular a su alrededor como un terremoto de energía roja. Los árboles, las rocas, el suelo mismo, todo estalló en pedazos al ser alcanzado por la poderosa onda de choque. Stelios cruzó los brazos a modo de defensa, quemando al máximo su cosmos, pero sabía que no podría lograrlo.

Jasón.

Aquel sujeto era un monstruo.

Avanzó tranquilamente a través del amplio pasillo de piedra, sin prestar atención a los soldados que lo saludaron al pasar, inclinándose respetuosamente ante su presencia. El pasillo era ancho, de roca oscura, flanqueado por altas columnas negras. Concluía en una enorme puerta doble de ébano, con manijas y bisagras de oro. Thestio, General de la primera legión de Berserkers, abrió la puerta de par en par, adentrándose en la habitación del otro lado. Se trataba de una gran recámara de forma circular, con amplios ventanales ubicados a los lados, todo trabajado en la misma piedra negra y pulida. La recámara estaba rodeada de gruesos pilares entre ventanal y ventanal, llevando hacia un segundo pasillo sumido en las sombras.

Thestio atravesó a paso lento la recámara, con una sonrisa astuta en los labios. Era un joven de no más de veinte años de edad, esbelto como una lanza de guerra. Tenía la piel pálida y el lacio cabello rubio peinado hacia atrás. Pero eran sus ojos, extrañamente rojos, lo que más llamaba la atención de toda su apariencia.

— ¡Mis estimados compañeros de armas!—exclamó de repente, deteniéndose en medio de la recámara— ¿En qué puedo ayudarlos?

Durante unos segundos, el silencio fue la única respuesta que obtuvo. Thestio esperó pacientemente, observando de una en una las tres sombras ocultas tras los pilares.

— ¿Has dejado solo a Jasón contra los intrusos?—preguntó una voz grave y solemne.

Thestio clavó sus ojos escarlatas en la corpulenta silueta a su derecha, la cual salió desde detrás de una de las columnas.

— ¿Y qué hay con eso, mi querido Cratos? ¿Acaso dudas de las habilidades de Jasón?

Thestio amplió su desagradable sonrisa, observando de reojo al hombre llamado Cratos. Era un sujeto alto y musculoso, ataviado con una túnica blanca al antiguo estilo griego. Su pálido rostro era de rasgos severos, de nariz aguileña y mandíbula bien marcada. Una corta barba negra le cubría el mentón, delineando ambos lados del rostro con elegancia. Sus ojos eran de un negro profundo, al igual que la espesa cabellera que le caía hasta media espalda, separada con una firme raya al medio.

—No dudo de Jasón, pero su oponente es un caballero de oro.

La sombra a la izquierda rió burlonamente, apoyándose de espaldas contra una de las columnas.

— ¿Acaso deberíamos preocuparnos por eso? Ningún santo de Athena, se cubra de oro o no, es rival para nosotros.

— ¿Lo ves, Cratos?—sonrió Thestio, encogiéndose de hombros—Zelo sí sabe lo que dice. Estoy seguro de que él no pondría ninguna objeción a la hora de enfrentarse a una de esas basuras doradas.

Zelo sonrió fríamente, cruzando ambos brazos sobre el pecho. A diferencia de sus compañeros, vestía una larga túnica negra de sacerdote, la cual rozaba el suelo al caminar. Era un hombre sumamente delgado, con una piel blanca e inmaculada hasta el extremo. Sus ojos negros carecían de cualquier tipo de brillo, lo cual le daba un aspecto extraño a su rostro afilado. Sus cabellos también eran negros, y estaban perfectamente peinados hacia atrás, rozándole los hombros.

—No me subestimes, Thestio—respondió fríamente el corpulento Cratos—No tengo ningún temor de enfrentarme a los doce santos de oro, pero sabes muy bien que su Señoría se enfadará si perdemos la oportunidad de aniquilar a uno de ellos. Ha fijado su derrota como uno de los principales objetivos a lograr.

Thestio se echó a reír con ganas, llevándose una mano a la frente.

— ¿Ahora lo llamas "su Señoría"? ¿He escuchado bien? Por favor…no recibiré órdenes de nadie que no sea el Señor Ares en persona.

—Entiendo tu actitud—susurró una suave voz—Pero olvidas que fueron el señor Deimos y el señor Fobos quienes pusieron a su "Señoría" al mando. Debemos obedecerlo aunque no te guste.

Thestio observó de soslayo a la tercera y última sombra, la cual avanzó hasta ubicarse bajo la pálida luz que se colaba a través de los ventanales, cortesía de la luna y las estrellas.

—Tal vez…pero los dioses hermanos no se encuentran aquí ahora, Eneas. Están muy ocupados perdiendo el tiempo en la búsqueda del nuevo recipiente del señor Ares—Thestio volvió a encogerse de hombros—Yo digo que no tenemos por qué hacer lo que nos ordena ese infeliz. Al fin y al cabo él no es uno de nosotros.

Eneas, un atractivo joven de unos dieciocho o diecinueve años, se llevó una mano al mentón, sonriendo amablemente.

—Ese infeliz podría matarte si así lo quisiera, Thestio.

—Me ofendes, él no se encuentra a la altura de ninguno de nosotros, los doce Generales Berserker. Es solo por su posición, si así quieres decirle, que el señor Fobos y el señor Deimos lo colocaron al mando.

—Interesante forma de verlo—sonrió Eneas, inclinando de lado la cabeza. Era un joven elegante y hermoso como un dios, de cortos rizos castaños y grandes ojos verdes. Vestía con una túnica corta similar a la de Cratos, aunque de un azul muy oscuro—Aún así deberíamos obedecerlo. Es un emisario sumamente importante.

— ¿Deberíamos?—inquirió Thestio, observándolo sonriente.

Eneas se encogió de hombros.

—Ha fijado la derrota de los caballeros de oro como algo prioritario. Si desobedeciendo sus órdenes podemos matar a algunos de ellos, entonces no veo problema alguno. Lo prioritario es lo prioritario, sin importar los medios.

—Me gusta esa lógica—opinó Zelo. Sus ojos eran tan negros y opacos que parecían dos trozos de carbón—No estaría mal aplastar un par de cucarachas de oro.

—Oh, ¿pero por qué limitarse solo a ellos?—aventuró Thestio en tono inocente— ¿Por qué no ir por el verdadero trofeo?

— ¿Qué es lo que propones?—preguntó Cratos, alzando una poblada ceja negra.

Thestio sonrió de un modo repulsivo, mostrando unos dientes blancos y perfectos.

—Oh…quién sabe…

Sus ojos rojos brillaron como dos brasas en la oscuridad de la habitación.

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Stelios se incorporó lentamente de entre las ramas y los troncos derribados, sintiendo como si su armadura pesara una tonelada. ¿Aún estaba vivo? Debía estarlo. El dolor que sentía en cada fibra de su cuerpo era demasiado real como para estar muerto. La sangre escapó de sus labios entreabiertos cuando logró incorporarse, apoyándose contra un árbol que milagrosamente se mantenía en pie.

—Por las ocho prisiones del infierno…—murmuró asombrado, observando a su alrededor con los ojos abiertos como platos.

El bosque se encontraba completamente irreconocible. La infinita masa de árboles había sido reemplazada por un suelo llano y calcinado que despedía humo. Restos de rocas y troncos descansaban aquí y allá, algunos reducidos a astillas, otros horriblemente carbonizados. A lo lejos, formando una especie de anillo a su alrededor, podía divisar los árboles que habían escapado de la explosión. Era como si un enorme círculo de destrucción hubiera surgido en el centro del bosque; una isla calcinada en medio de un mar de árboles. Y delante de él, a unos diez metros de distancia, la imponente silueta se acercaba tambaleante.

—Debes estar bromeando…—susurró el santo de oro, resignando una sonrisa de asombro.

Jasón, el General Berserker, avanzaba lentamente hacia él, con la mirada gacha y ensombrecida. Su hermosa armadura negra se encontraba teñida de escarlata; delgados ríos de sangre resbalando desde las quince heridas del escorpión. Stelios comprendió que su rival no podía tener mucho más tiempo de vida, era inconcebible que así fuera. Sin embargo, la determinación de aquel hombre era asombrosa. Su increíble cosmos continuaba ardiendo a pura fuerza de voluntad, completamente decidido a llevárselo con él al infierno. Y justamente por eso fue que volvió a alzar su brazo, apuntando con el dedo índice hacia el estrellado cielo nocturno.

"Supremacía de Argos", así era como Jasón había llamado a aquella ciclópea explosión de cosmos. Era un ataque brutal, prácticamente imposible de eludir. El Berserker hacía estallar la energía reunida en la punta de su dedo, generando una gran onda expansiva que avanzaba a la velocidad de la luz, despedazando todo a su paso. Si Stelios aún continuaba con vida luego de haber recibido su impacto, era gracias a su armadura y a que se había escudado en su poderoso cosmos de caballero dorado; el Séptimo Sentido. Aún así, el daño residual lo había herido muy gravemente. Sabía muy bien que no sería capaz de soportar otro ataque como ese. Moriría.

—Bien…no quería hacer esto…pero veo que no tengo otra opción…

Stelios apretó los dientes, extendiendo su brazo derecho hacia adelante. Se sujetó la muñeca con la otra mano, abriendo la palma derecha como si fuera una garra, con los dedos fuertemente tensados. Jamás había utilizado antes ese ataque; jamás pensó que alguna vez se vería forzado a hacerlo. Nadie debía sobrevivir a Antares, la técnica que todos conocían como la más poderosa entre todos los ataques del escorpión. Pero aún había otra cosa que podía hacer. Su última carta de triunfo. Debía jugarla…Calíope lo esperaba de vuelta en el Santuario, tal como le había prometido, y no tenía pensado faltar a su palabra.

"Calíope… Espérame, ya voy…"

Delante de él, Jasón dejó escapar un feroz grito de guerra, reuniendo su aún increíblemente alto cosmos en la punta del dedo índice. Stelios no perdió más tiempo. El suelo a su alrededor se resquebrajó cuando toda su cosmo-energía, todo su espíritu, todo su ser, fue reunido y acumulado en la palma de su mano derecha, materializándose en una perfecta esfera de plasma dorado.

— ¡LA CAPITULACIÓN DE ORIÓN!—exclamó con todas sus fuerzas, justo en el instante en que la energía reunida por Jasón estallaba.

Stelios extendió su mano hacia el frente en un veloz golpe de palma, haciendo explotar la esfera de cosmos. Una poderosísima onda de choque barrió el suelo del bosque, haciendo volar troncos, polvo y ramas por los aires. Fue apenas un destello dorado, un estallido imposible de ver, el cual impactó de lleno contra la onda expansiva de su enemigo. Durante una fracción de segundo ambos ataques parecieron igualarse. Una inmensa presión, un vacío rojo y dorado, se formó entre Jasón y Stelios, los cuales permanecieron con los pies enterrados en la tierra, presionando con absolutamente todas sus fuerzas. Pero aquel empate no estaba destinado a prolongarse. La onda dorada sobrepasó de repente a la rojiza, golpeando al Berserker con una fuerza descomunal. La presión de ambos ataques levantó a Jasón por los aires, reduciendo su armadura negra a pedazos. Su cuerpo salió despedido hacia atrás como una rama arrastrada por la tormenta, estrellándose contra el suelo justo en el instante en que los últimos restos de cosmo-energía se disolvían en el aire.

Silencio.

Absoluto silencio.

Stelios cayó de rodillas, apoyando ambas manos sobre el suelo. El sudor le corrió en gruesas gotas por el rostro, precipitándose contra la tierra calcinada del bosque. ¿Lo había logrado? Levantó la mirada con dificultad, sintiendo cada movimiento como una terrible tortura. Sus ojos azules notaron borrosamente el cuerpo descansando en el suelo, varios metros por delante de él.

—Lo has conseguido, caballero de Athena…—escuchó difusamente, como si estuviera a punto de caer dormido—Has demostrado ser digno…y me has vencido. Ahora tienes mi respeto como guerrero y no faltaré a mi palabra…

Jasón guardó silencio. ¿O quizás era él que había caído inconsciente? No…aún podía escucharlo.

—Nuestro señor Ares aún no ha reencarnado en este mundo…—prosiguió el berserker—Se encuentra encerrado en el castillo, contenido por el sello que Athena creó hace siglos; un sello que está a punto de romperse…—una carcajada ahogada escapó de sus labios—Has demostrado tu fuerza, valiente Stelios, pero ha sido en vano… Los más poderosos hijos del señor Ares, los amos Deimos y Fobos, ya se encuentran entre nosotros… Ellos levantaron la barrera alrededor del castillo, para proteger el sello, y no importan lo que hagan…ni ustedes ni Athena podrán jamás derrotarlos… El fin es solo cuestión de tiempo… El Dios de la Guerra renacerá. Yo lo sé…lo sé…

Stelios cayó de cara contra el suelo, cerrando inevitablemente los ojos. Ya no podía sentir nada…ni la tierra contra el rostro ni el indecible dolor de sus heridas. Su armadura de oro, a pesar de haber recibido el terrible poder del Berserker, aún continuaba intacta…sin embargo, el cuerpo debajo era tan frágil como el de cualquier mortal.

Y como un mortal cayó.

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Continuará…

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Un pequeño bonus a modo de regalo.

Leánder, caballero de oro de Leo:

Edad: 21

Estatura: 1,75 m

Peso: 80kg

Fecha de nacimiento: 18 de agosto

Origen: Atenas; Grecia (provincia romana ubicada al este del imperio)

Significado del nombre: Leánder es un nombre de origen griego cuyo significado literal es "El hombre del León"

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Stelios, caballero de oro de Escorpio:

Edad: 25

Estatura: 1,84 m

Peso: 85kg

Fecha de nacimiento: 3 de noviembre

Origen: Rodorio; Grecia (provincia romana ubicada al este del imperio)

Significado del nombre: Stelios es un nombre de origen griego cuyo significado literal es "Pilar".

Técnica especial: Las propias de los santos de Escorpio, Restricción y Aguja Escarlata. Además, posee una técnica creada por él mismo, "La Capitulación de Orión". Stelios acumula al máximo su cosmos haciéndolo estallar en una potente onda de energía que arrasa todo a su paso, en un estilo similar a la "Explosión de Galaxias" de Saga o el "Gran Cuerno" de Aldebarán. Es su ataque más poderoso y su nombre está inspirado en el mito del legendario cazador Orión, el cual, debido a su arrogancia, fue castigado por la Madre Tierra, quien envió un gigantesco escorpión para que acabase con él. El escorpión cumplió con su tarea, y, en honor al cazador, Zeus elevó al cielo las constelaciones de Orión y Escorpio.

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