Nieve de masplu
"La mejor Navidad para mí, sería revivir de alguna manera la esencia de mi infancia feliz. Ilusiones, alegrías, familia, magia, amor, esperanzas, libertad, aromas inolvidables, comida deliciosa, villancicos a todo pulmón, nieve de masplu, largas horas esperando que fueran las doce para así abrir los regalos y lo más importante: las personas que partieron. ¿Cómo traer todo eso cuando ya se es un adulto?"
*1 Aquella ostentosa, tediosa y protocolar fiesta era un suplicio. Tomé un último sorbo de champagne, dejé la copa y sigilosamente fui avanzando hasta llegar a una de las salidas laterales de la mansión sin que nadie se percatara. Observé la noche en silencio. Aquella luna que fulguraba de vez en cuando en medio de ese cielo encapotado, iluminó el sendero hacia el jardín como una mágica invitación. Silbé la melodía del villancico que más me gustaba: "O come, o come, Emmanuel" y decidí marcharme. Tomé mi abrigo, guantes y huí con la intención de encontrar un minuto de introspección.
Caminé con cuidado por el jardín escarchado y me cobijé del frío en la casita del árbol; en el ayer ese espacio se veía inmenso y hoy ―en medio de mi soledad―, se había tornado tan diminuto. Literalmente me encogí, era la única manera para poder sentarme en la silla y revisar en el pequeño arcón de raulí que contenía grandes secretos: "El baúl de los registros". Allí se fueron todos los recuerdos, lo más lejos posible para que el dolor no fuera a escapar, quedaran en las paredes de la mansión Andley y dañaran la salud de la Tía abuela Elroy. Ahora estaba sin candado y lo abrí: fotos divertidas, cartas, insectos disecados, soldaditos de plomo, cuentos, unos libros, una brújula, la bitácora de nuestras expediciones imaginarias, unas marionetas, un avión de madera, entre otros objetos. La historia que encerraba cada uno de esos objetos sagrados me llevó a los días en que mi hermano estaba junto a mí.
* . * . * . * . * . * . * . * . * . *
Una Navidad en particular que fue planificada minuciosamente por mi mente y mis sueños infantiles por años. Anthony se fue a Francia y nosotros permanecimos en la mansión Lakewood en la espera de nuestros padres; ya que en sus continuos viajes por el mundo se les imposibilitó llegar a tiempo por esa inclemente nevada de semanas atrás.
Mi suerte era horrible e increíble, ya que de un día para otro, la fiebre apareció para arruinar mis planes y no cedió ni un poco, a pesar de los paños fríos en mi frente y barriga. ¡Cómo odiaba que pusieran eso tan helado ahí! Reclamé y lloré aunque me doliera todo el cuerpo y la cabeza pareciera que fuera a explotar, pero llorar no era la solución. Sólo lo complicó.
"¿Sería grave?" Pensé. Le pregunté al doctor qué tenía y me respondió algo parecido al nombre de una mujer. Conversó largo rato con la tía abuela y se fue despidiéndose de mí, pidiendo que obedeciera y me quedara en reposo. Unos ojos curiosos se asomaron en la puerta.
—Entra —le dije a Stear.
—¿Quepe tipiepenepes? (¿Qué tienes?)
—Me lo dijo, pero se me olvidó. Le preguntaré a la tía abuela cuando regrese —respondí arreglando las mantas de mi cama y acto seguido rasqué mi cabeza con desesperación.
—¿Popor quépe tipiepenepes epesopos pupuntopos ropojopos epen lapa caparapa? (¿Por qué tienes esos puntos rojos en la cara?)
—¿Puntos rojos? Debes estar viendo mal. ¿Dónde dejaste tus gafas? —pregunté al verlo sin ellas.
—Lapas vepeopo peperfepectapamepentepe, poporquepe sopon epenopormepes. (Las veo perfectamente bien, porque son enormes)
—¡¿Qué?! No, no puede ser —exclamé alarmado.
—Sipiepemprepe vipivepes mipirápandopotepe apal epespepejopo… (Siempre vives mirándote al espejo…)
—¡Ahg! ¡Ya cállate!, deja de hablar en jerigoncio. Pásame un espejo —exigí muy molesto.
—Aquí tienes —dijo alcanzándome uno.
—¡Por Dios! ¡Noooo! —bramé impresionado.
Para mi sorpresa tenía muchos granos; los contabilicé, sólo en mi cara, cabeza y cuello eran unos treinta dos y de todos los tamaños. "¿Cuándo aparecieron? ¿En qué momento?" Ni siquiera lo había notado. La tía abuela corrió al escuchar mi alarido y al ver a Stear ahí lo obligó a salir del cuarto. Quise levantarme pero me lo prohibió, dijo que estaría en una cuarentena por tener esa rara enfermedad con nombre de mujer.
—¿Qué es una cuarentena? —pregunté dejando que la tía me arropara.
—Cuarenta días.
—¿Cuarenta días de qué? —volví a preguntar.
—De permanecer en cama, pequeño.
—¿Qué? pero el médico no dijo nada de cuarenta días —reclamé sin ánimos de desautorizar a la tía abuela, pero me parecía excesivo.
—No lo dijo, pero en mis tiempos ése era el período que duraba la enfermedad. Si te mejoras antes que eso, pues no serán cuarenta días y bien por ti.
—Pero… —balbucee.
Iba a decir que eso era en la época de la prehistoria, por suerte la tía Abuela me interrumpió.
—Nada de peros, no quiero que vayas contagiando a todos en esta mansión. ¿De acuerdo? Voy a pedirle a Margareth que te traiga líquidos y tu almuerzo.
No servía de nada reclamar. Contabilicé en el calendario y los cuarenta días terminaban a principios de enero. Si mejoraba antes, igual no alcanzaría a tener una Navidad como esperaba. ¿Qué sería de mí? Era la primera Navidad en Chicago y cerca de la nieve, ya que los otros años nunca estuvimos en climas fríos como para tener "nieve". Aquel deseo de pasar una Navidad con nieve se había convertido en una obsesión para mí y un dolor de cabeza para mis padres, por algo nos dejaron en Lakewood. Hice grandes esfuerzos por contenerme de llorar cuando apareció otra vez, Stear.
—¿Aparchipiepe? (¿Archie?)
—¡Qué! Ya te dije que no quiero que sigas hablando en jerigoncio —advertí molesto.
—Peperopo…
—¡Qué quieres! —chillé.
—Está bien. Nada… sólo saber. ¿Qué tienes? ¿Ya te acordaste?
—Sí, Varicela —respondí como ventrílocuo, ya que también me molestaba la lengua.
—¿Maricela? Pensé que ése era un nombre de mujer…Hay una chica española llamada así en la casa de los Gómez. ¿La recuerdas?
Rodé mis ojos. ¡Cuánta ignorancia!
—¡Varicela! —corregí irritado.
—Maricela tiene varicela. Ja, ja, ja, ja, ja. Eso rima. ¿No lo crees? —dijo riendo sin parar. Lo que a mí me parecía una falta de respeto y poca hermandad de su parte.
—…
—¿Y por qué lloras? ¿Qué acaso eso es grave?
—¿Te parece poco que si no hago el reposo debido, mi bello rostro puede quedar desfigurado? Y para colmo no tendré mi blanca Navidad —reclamé tratando de parar con esa patética llantina.
—Pero nieve tendrás en cualquier otro momento, mientras sea invierno. Por ahora, lo mejor es cuidarse…—dijo con sus sabias palabras. Era el mayor y debía tranquilizar a su hermano pequeño.
—No es lo mismo, ya que no todos los días es Navidad —rebatí, pero no pude evitar gimotear.
Finalmente, rompí en un llanto desconsolado que venía aguantándome desde que me explicaron lo que era una cuarentena y vi mi espeluznante rostro. No me importaba hacerlo frente a Stear, como era mi hermano mayor, sabía que no le diría a nadie y que tampoco comentaría sobre la preocupación por mi apariencia. Sí, lo sé tanta vanidad era exagerado viniendo de un varoncito. Intentó consolarme pero la llegada de la tía abuela le impidió que se acercara a darme un pañuelo y lo sacó de un brazo.
* . * . * . * . * . * . * . * . * . *
La enfermedad siguió su curso sin piedad de mí. Un día los granos rojizos se abultaron y se llenaron con un líquido transparente en su interior, como volcán en erupción. Tenía tiempo suficiente para admirar su feroz y repulsiva trasmutación; hasta se lo conté en jerigoncio a mi hermano que estaba sentado afuera de la puerta de mi cuarto, en el que estuve confinado por largos días. Él anotaba todo en un cuaderno, no sé con qué fin.
Las erupciones salieron en mi espalda, así que dormía boca abajo; pero también salieron en mi panza así que intenté dormir en posición fetal. La comezón y luego el ardor. Oh, sí, ése era otro tema. Simplemente era insoportable, tanto así que la única sirvienta que cruzó la barrera del miedo que yo infundía con mi mal carácter ―además del terror de terminar contagiada―, me ató por piedad, unos mitones en mis manos para que no me rascara más.
Stear vino cada día a visitarme mientras leía algo o jugábamos para pasar esos largas tardes y en su compañía a veces olvidaba mis horribles ampollas, pero cuando fue descubierto no pudo cruzar la barrera impuesta. Prohibido pasar. Una tarde, dejó un cartel en la puerta: "Cuarentena Archineana" con un dibujo ridículo. Lo dejé ahí, ya que logró hacerme reír.
Las ampollas se reproducían con una rapidez alarmante, al punto de que en poco tiempo mi cuerpo completo saturado de erupciones, parecía un mar de constelaciones. Casi como una maldición. Cuando creía que esto terminaría, aparecían más en otra parte del cuerpo. Cuando digo en "todos lados" es porque "ahí"… también. Hasta en las plantas de los pies, así es que debía ingeniármelas para ir al baño en condiciones poco varoniles.
—¿Qué haces caminando en puntillas? ¿Quieres ser bailarín de ballet? —dijo Stear.
—¡Ahg! ¡Sal de aquí! —chillé enfurecido y mis lágrimas explotaron ante mi desgracia.
—¿Quieres que te traiga un tutú?
—¡Sal! ¡Vete!
Así estuve por una semana, rascándome contra las paredes como una cerda preñada y maldiciendo en otro idioma, para que no me castigaran por las palabrotas que pudieran oír desde afuera de esas paredes. "¿Qué podía ser peor que la comezón y no dormir producto de ella?" Pues no poder comer. Exacto, me salieron dentro de la boca, específicamente en aquel agujero que conecta la nariz con el paladar, entonces hasta respirar fue doloroso y funesto. Comer una sencilla ensalada de lechuga con abundante limón, como me gustaba, fue conseguir el peor alarido de la historia de Lakewood. Decidí dejar de comer eso, pero el hambre siempre estuvo y la escasa comida que pude deglutir siempre fue con lágrimas. Probablemente esas horrorosas ampollas se habían reproducido a propósito, en el camino en que todas esas exquisiteces ―de las que me antojé comer―, debían pasar para saciar mi hambre. Sí, definitivamente eso debía ser una especie de maldición.
Mi furia llegó a su punto más álgido. La condición no mejoró, empeoró sobre todo de noche, que era un suplicio. No supe más lo que era dormir bien y tener el ruido de mis tripas reclamando me produjo insomnio. La habitación de la cuarentena Archineana, que ya era lo suficientemente oscura, ahora se le sumaba que era el cuarto del que nadie quería hacerse cargo; se convirtió en un lugar solitario y escabroso, solamente circulaba personal autorizado o mejor dicho "obligado." Ya lo sabía: "No debía rascarlas" y aunque lo repetía mentalmente, eso no era suficiente para mis manos que tenían vida propia y ansiaban rasgar esas malditas costras. Mi humor cambió y se transformó en profunda tristeza, más aún cuando supe que ya habían terminado la decoración navideña de toda la mansión. No pude participar de ese regocijo que significaba vestir ese maravilloso árbol y ni siquiera asistir a verlo. Tuve que conformarme con imaginarlo y recordar cómo era en años anteriores. Volví a enfurecerme tanto que las sirvientas dejaban la bandeja en el suelo y huían como si esa fuera la habitación de un leproso. Un día me levanté a mirar por el pasillo y me encontré con un remozado cartel que hizo Stear: "Cuarentena Archineana." El dibujo ahora tenía el ceño fruncido, lleno de puntos rojos y esa llantina del otro día. Me enfurecí y lo hice añicos. Volvió al otro día a colocar otro cartel que decía: "Cuarentena, si cuida de su vida no se acerque. Abominable monstruo es muy contagioso"
—¿Esto a ti te parece divertido? —refunfuñé del otro lado de la puerta, podía perfectamente escuchar su risa.
—¡Volveré hermano!, por ahora tengo cosas que hacer.
No me dijo nada más y se marchó. Me acostumbré a recibir siempre algo por debajo de la puerta, delante y hasta pegada en ella. Cartas, claves nuevas para aprender a comunicarnos sin que nadie más comprendiera, dibujos, cuentos, libros y juguetes que me prestaba. Todo con la intención de hacer de mis días y recuperación algo más amena. Lo consiguió porque no había nadie más cercano a mis nueve años que él y que tuviera tanta paciencia, sólo Stear. En un momento en verdad le extrañé y como si pudiese adivinar mi tristeza apareció del otro lado de la puerta.
—¿Tases hia? Dotasen, en la taerpu. ¿No es sia? (¿Estás ahí? Sentado en la puerta. ¿No es así? ) —preguntó en un susurro.
—Habla bien. ¿Quieres? No me gusta que hables al revés ―pedí cansado de ese encierro ―. Además ni siquiera te sale bien.
—De acuerdo.
—¿Cómo supiste que estaba aquí? ―pregunté.
—Se escucha tu llanto de aquí a Chile.
―¿Chile? Sí, claro. Eso es el fin del mundo.
—Si continuas llorando así, las cosas esas se duplicaran —aseguró y por supuesto que eso me preocupó.
—¿Lo dices en serio? En verdad… ¿Eso crees?
—Sí, eso leí en un libro que estaba en la biblioteca. Decía que esos puntos no se deben mojar… ―lo corroboró y le creí.
―Mhhh.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—Dime.
—¿Te gustan las plumas? ―preguntó sin que entendiera mucho.
—¿Qué?
—Que si te gustan las plumas.
—Tu pregunta es …extraña. No lo sé. ¿Qué tienen de especial las plumas? —pregunté de vuelta.
Escuché con atención su explicación, porque no tenía nada más que hacer. Recuerdo que dijo: "Las plumas las tienen las aves y gracias a ellas pueden volar, conforman sus alas. Cuando observo una pluma y la estudio cuidadosamente no comprendo como un sinfín de pequeñas hebras logra esa magia. Sólo puedo mirar y darme cuenta que una pluma vuela libre, flota con el aire sin hacer ningún sonido, pero si cae sobre tu rostro o en la palma de tu mano, puedes sentirla como un suave tacto. Entonces, recuerdo que las plumas también cubren las alas de los ángeles y en fechas como por ejemplo la Navidad, ellos siempre están presentes. No necesitas verles….sólo sentirlos…A veces pienso que…¿Si no soy aviador podré ser el ángel de alguien?" Preguntó después de esa extensa meditación. A mi juicio infantil no comprendí, sus palabras no tenían ningún sentido y no supe qué decir. Mi hermano siempre soñó con vivir la libertad en su máxima expresión, su sueño era volar, ser parte del viento y las nubes. Tal vez por eso todos sus pensamientos fueron mucho más elevados que el común de los chicos de esa edad. Me miró y al ver que no comprendí preguntó:
—¿No has leído los cuentos que te dejé? Creo que no…—dijo al ver mi rostro dubitativo.
—A ti te gustaría volar y por eso te gustan las plumas. Punto. Entonces, ¿para qué preguntas? —respondí sin ganas de filosofar con él.
—No…Bueno… tal vez.
—Imposible ―respondí finalmente.
—¿Qué? ¿Qué es imposible?
―Eres humano y no ángel. Es imposible convertirse en uno. No quiero que nunca te conviertas en uno, mejor sé aviador —dije molesto ante la idea.
El que Stear quisiera ser un ángel para mí significaba muerte, con los años y la maldita guerra, la segunda opción terminó convirtiéndose en lo mismo.
—Cierto. Ya entiendo porqué me gustan las plumas.
—Lo has descubierto porque yo te lo he aclarado. Me debes un dólar —reclamé extendiendo la palma de mi mano.
—Ja, ja, ja. ¡Un dólar! Eso es mucho, pero tienes razón. Me lo has aclarado… en parte.
—Sí… Por cierto. ¿Qué me has traído hoy?
—Nada.
—Como nada. ¿Ni siquiera un chocolate de la despensa de Elly? —dije cruzando mis brazos y frunciendo el ceño.
—Soy mayor que tú, pero aún no alcanzo esa despensa —justificó con una media sonrisa.
—Hmmm.
—Ya debo irme, los siguientes días no podré venir…Cuídate.
Sentí la rabia resurgir otra vez. No me decía en qué andaba y su falta de consideración me parecía cruel. Volteó a verme antes de abrir la puerta.
—¿Estás molesto?
—¡Ya, vete de una buena vez!
—De acuerdo.
—¿Sabes qué? ¡Te odio! porque tú no tienes nada y yo sí. Mi cara quedará desfigurada y a ti no te importa…como no es tu cara —reclamé molesto.
Stear, no dijo nada y lo eché de la cercanía de la puerta. Mi rabia era ridícula e inmadura, porque lo conocía y sabía lo que haría rato después. Igualmente, tuve una idea macabra y la llevé acabo; sabía que volvería con lo que le pedí, él se las ingeniaría para traerme el chocolate y así lo hizo, se fue dejándolo frente a la puerta. Tomé uno, lo abrí y le pasé la lengua estaba convencido que con eso él también se contagiaría en cosas de días y volví a dejar el chocolate en la entrada. A la mañana siguiente supe que debía habérselo comido, porque no estaba, entonces sólo tendría que esperar.
No vino en días, a mí me parecieron siglos de tanto aburrimiento, aparte de preocuparme, me enfureció. "¿Qué clase de hermano era?" Releí sus historietas e ideas que me confidenciaba en cada una de sus cartas infantiles, otro par de inventos que para variar no funcionaban siempre acompañadas de un dibujo, un bicho pegado en el sobre o hasta su ridícula marioneta favorita que dejó a mi lado y no reclamó.
Faltaba una semana para esa blanca Navidad y lo único que pude hacer fue salir de la cama, observar por la ventana y volver a llorar: por sentirme tan solo y abandonado por culpa de esa maldita enfermedad. Sentí la carta deslizarse por la puerta y los pasos de Stear corriendo por el pasillo hasta desaparecer. La abrí y la leí.
Querido hermano:
Sé que estás triste por no tener tu blanca Navidad, pero sería bueno que pensaras que tu enfermedad, no es tan grave. Estuve averiguando, nadie se ha muerto de eso si se cuida bien y es una suerte; ayer escuché a los sirvientes hablar de una chica más o menos de tu edad que tiene una enfermedad que no se cura. Eso me puso triste, hizo que pensara mucho.
Mis inventos no tienen el efecto que quisiera, ya que no ayudan a nadie y tampoco colaboran a la ciencia que a mí me encanta. ¿Para qué sigo? ¿No lo crees? ¿Qué es lo que tú crees? Bien podrías darme tu opinión, ya que tienes tiempo de sobra para pensar. ¿No lo crees?
Te aprecia, tu hermano…
Stear
Sonreí y pensé en que era muy majadero en consultar sin pagar. "¿No era un acuerdo que dejé tácitamente por escrito? No doy consejos sin previa paga". No acabé de pensarlo y en la puerta me dejó la retribución a mi trabajo: un pastel de chocolate. Reflexioné en sus palabras, en cierta forma sentí un remordimiento de conciencia por llorar por mi apariencia cuando siempre existe alguien en una situación peor. Yo era lindo, lo sabía y aún con esas pequeñas marquitas mi atractivo seguiría inalterable. Volví a sentir pena o algo parecido, ante la confusión y crisis de genio inventor que estaba atravesando mi hermano. Debía estar pasándola mal porque amaba los inventos desde que tenía uso de razón, aunque sus ideas no fueran las más cuerdas. Tomé un lápiz y escribí la siguiente carta.
Querido hermano:
Es triste lo que me cuentas y me has hecho sentir mal. ¿Conforme? No lloraré más pero en verdad lloro por aburrimiento y a veces para llamar la atención. Quiero correr, jugar y salir a pasear en auto y eso supongo que tendrá que esperar. Los días se me han hecho largos y por las noches la picazón es espantosa.
Sobre tu problema, creo que debes seguir inventando cosas. ¿No es eso lo que te gusta hacer? Igual tus inventos funcionan…bastante mal. Bueno, entiendo que no es lo que tú esperas… pero hacen que yo me ría. ¿Acaso no es bueno hacer reír a las personas?
Te aprecia mucho, tu hermano…
Archie
Esta vez tuve especial cuidado de no lamer el sobre para que los bichos invisibles no se fueran a vivir ahí y le contagiaran, lo cual era ridículo, ya que días atrás fui capaz de babear un chocolate con ese propósito. Me entretuve con la lectura de Hansel y Gretel, cuando sentí otra carta deslizarse por la puerta.
Archie:
Esta misiva será más corta, tengo mucho por hacer. ¿Estás queriéndome decir que soy un buen comediante? ¿Debería dedicarme a hacer inventos…algo así como bromas? ¿A eso te refieres? Lo pensaré no me parece muy mala idea.
P.D.: Te enviaré un nuevo código que he inventado para que hablemos en clave. Debes estudiarlo. Uno de estos días te pondré a prueba.
Cuídate mucho.
Stear
Desde ese día no supe más de él. No más cartas, no más juegos, ni conversaciones a través de la puerta. Me indignó "¿Cómo mi hermano pudo olvidarse de mí y mi desgracia? ¿Qué acaso no le importaba? ¿Cómo pudo olvidar la promesa que le hizo a mi madre de que siempre me cuidaría?" Le escribí una carta con un lápiz rojo como la de mi furia interna por su cruel abandono, además puse en ese papel, palabrotas que si alguien más las leía me harían merecedor de unas cuantas tundas.
Sabía, por la tía abuela, que él siempre estaba en la casita del árbol y otro tanto en su cuarto especial, que era donde se encerraba a hacer sus inventos; también me enteré que le castigaron aunque no me dieron detalles del porqué. Sólo podía pensar en que sus inventos eran más importantes que yo y mi desgracia. Le di la carta a la sirvienta y cerré la puerta con llave. Pedí, mejor dicho, exigí que pusieran una cinta alrededor de la pieza para que nadie se me acercara por unos cuantos metros a la redonda y volví a llorar como un enano malcriado.
* . * . * . * . * . * . * . * . * . *
La Navidad alegre estaba presente en aquellos villancicos de los sirvientes que circulaban, eso lograba que me sintiera el chico más desdichado de la faz de la tierra y de toda galaxia. Exagerado, lo sé. Cuán equivocado uno puede estar cuando se encierra en su propio dolor, aunque en ese minuto era eso: un chiquillo consentido e inmaduro.
La tía abuela fue bien clara: debía ir a la misa de gallo y cuando volviera quería ver a todos durmiendo. Mañana por la mañana, llegarían mis padres y ahí podríamos abrir los obsequios que dejó Santa Claus a los pies del enorme árbol que estaba en la sala. Si me portaba bien tendría oportunidad de ir a verlo por mi propia cuenta.
—¿Y mi hermano, Stear? —pregunté.
—No se siente bien y creo que tiene fiebre.
—¡Fiebre!… ¿Tiene lo mismo que yo?
—Tal vez.
¿Era culpable de eso? Definitivamente y me sentí mal. La tía abuela insistió en que era factible que eso sucediera si él desobedeció y se acercó a mí. La enfermedad se contagiaba hasta con el mismo aire que se respiraba, y según la tía Elroy, él lo sabía porque se le advirtió. Si Stear lo sabía, ¿por qué no lo evitó?Retomó su sermón abordando otra vez el tema de los regalos y cuándo deberían abrirse, aunque sus órdenes las escuché con atención, los obsequios no eran tema, porque para mí el mejor regalo era la nieve y jugar con ella, hacer ángeles con mis brazos en el suelo blanco. Recuerdo que en mis viajes a Nueva York, cuando veía esa ciudad teñirse de blanco, aunque no fuera Navidad, me hacían prometerme que algún día tendría algo así.
Corrí a la ventana y la vi alejarse en el auto. El silencio reinó en toda la casa y me lancé de bruces en la cama dispuesto a llorar. Sentí un toquecito en la puerta.
—Pase.
—Hola, Archie —saludó mi hermano, vistiendo su pijama.
—Hola —saludé desganado.
—Vamos, levántate —ordenó quitándome las mantas con las que estaba tapado hasta la cabeza.
—¿Adónde vamos? No puedo levantarme. Tú tampoco.
—Si puedes, tienes pies y estás mejor. Vamos, tenemos tiempo antes de que regrese la tía abuela de la misa —dijo sacando de los pies de mi cama una manta.
Obedecí, le seguí en esa ruta silenciosa y a hurtadillas como los dos niños pequeños y revoltosos que éramos. Antes de salir a la intemperie me pasó una manta y caminamos rápidamente hasta la casita del árbol, refunfuñé todo el camino porque mi cabello no estaba lavado y por mi feo atuendo, pero solo conseguí que me colocara un gorro y me obligó a quedarme abajo.
—¿Para qué me traes acá si no puedo subir? —reclamé más que preguntar.
—¡Cállate y espera!
—Dicen que nevó tanto las semanas anteriores, que hoy no nevara. Se agotó la nieve y agradezco que sea así. La Navidad será menos desdichada para mí —expliqué egoístamente.
—¿En serio?
—Claro. Igual hace frío. ¿No lo crees? —comenté frotándome las manos.
—Para eso tienes la manta.
—Sí, pero… ¿Qué tanto haces ahí arriba? Quiero subir ―volví a reclamar.
—¡No!, te dije que esperes ahí. Obedece a tu hermano mayor —exigió con voz seca.
*2 Cerré mis ojos porque tenía sueño y el frío era insoportable. Sentí un cosquilleo en mi frente, probablemente por las costras que picaban y recordé que no podía rascarlas así que me contuve. Luego otra vez, pero el cosquilleo lo sentí cerca de mis ojos y otro en una de mis mejillas. Esa imperceptible caricia me obligó a abrir los ojos, entonces tuve frente a mí, el mejor regalo que me habían dado: Nieve. Artificial y al estilo Stear.
Miles de suaves plumas blancas viajaban, flotaban y bailaban con la brisa gélida de esa noche. Las recibí con una sonrisa, giré recibiendo más, admirando como saturaban ese cielo oscuro, descendían ligeras y plagaban ese húmedo césped. Las recogí con mis manos y las lancé otra vez arriba, contento, feliz y siempre sonriendo. Por primera vez un invento de Stear funcionó y fue para esa noche de Navidad. Él también bajó, simuló hacer una bola de plumas y me las lanzó a mí, fue una sencilla diversión entre los dos por varios minutos. Las plumas seguían flotando libres hasta que nos cansamos y me di cuenta que nos habíamos transmutado en ángeles sin tener que acostarnos en el césped. La estática de algunas plumas se impregnó en nuestros brazos, en especial en los de Stear. "Ahora eres un ángel" fue lo que pensé y no dije.
Sonreí al entender el porqué estuvo castigado, con razón las sirvientas no sabían que se habían hecho las almohadas de pluma de ganso en toda la mansión, fueron parte de su invento. Me invitó a subir a la casita y admiré la decoración en la que él se esmeró sin la ayuda de nadie: mesa, manteles, árbol, vasos, cena y la pesada máquina que inventó que no sé cómo es que la subió hasta ahí.
—Siento mucho si no era la nieve que esperabas… Trabajé días, noches enteras y de esa máquina nunca salió nieve. Así que tuve una idea mejor… Nieve de masplu ―explicó un tanto avergonzado de su supuesto fracaso. Para mí no lo fue, mi hermano nunca fue ni sería un fracaso.
—Por favor, Stear. El nuevo lenguaje, ése de invertir las palabras… es complicado, inventa algo mejor. Sé que tú puedes, siempre lo haces ―dije porque la verdad que las palabras al revés eran un problema para mí.
—De acuerdo.
Lo observé en silencio, sintiéndome culpable por mis arrebatos infantiles que debieron dolerle. En esa mesa y esa cena estaban todas las comidas de mi gusto, a pesar de que él odiaba el jamón con el queso junto, todos los bocadillos eran de eso. Debía disculparme, pero él era mi hermano y ya sabía de antemano que mi ofuscación duraba poco y que a veces los hermanos son así: se maldicen y se amigan, se pelean y se quieren… y así sucesivamente. "Un lazo de sangre pesa mucho más, que cualquier malentendido". Según palabras de la tía abuela.
—Me ha gustado mucho tu regalo, hermano…¿Tú subiste esto solo? ¿La maquina la hiciste en los días que no me fuiste a ver? ¿Cómo? —interrogué curioso por saber más.
—No sigas con la interrogación y comamos. ¡Qué tengas una hermosa Navidad, hermano!
Hice un gesto estúpido en ese minuto, hoy por supuesto que considero que no lo fue. Lo abracé. Aún tengo grabado la tibieza de ese abrazo puro y lleno de gratitud. Lo abracé tan fuerte que vi en sus ojos cafés y tras sus gafas, unas lagrimillas. Me aparté avergonzado, porque se supone que los hombres no hacen ese tipo de demostraciones, pero no había nadie cerca para verlo. También pensé en que podía contagiarle. "Contagio", recordé. Toqué su frente y estaba hirviendo, de seguro tenía fiebre.
—Tienes fiebre, Stear. Dejemos esta cena —dije alarmado y dispuesto a volver a la casa.
—No. No te preocupes. ¿No abrirás el regalo que hay en el árbol? —preguntó indicándome hacia el costado.
Voltee mi mirada hacia allá, también se había esmerado en ese detalle. Yo por supuesto que tenía el mío para él, solo que estaba en mi cuarto y en el apuro no lo llevé conmigo. Igualmente me pidió que lo abriera. Rasgué ansioso el papel de estraza y me encontré con un enorme frasco.
—Una crema para que tu rostro no quede desfigurado con las cicatrices ―contó orgulloso de su invento.
—G-gracias…―balbucee emocionado.
—Parece que tendrás que prestármela.
—Debes sentirte mal. Vamos, te ayudo a ir a tu cuarto ―dije ayudándole a bajar del árbol.
¿Quién mejor que yo sabía cómo se sentía y cómo comenzaba esa rara enfermedad con nombre de mujer?
—Por casualidad… Lamiste el chocolate que me diste. ¿No es así?
—Sí… lo siento.
—Ya me lo imaginaba…No importa, vamos.
—Pensé que me habías abandonado, por eso lo hice… ―expliqué en una tonta excusa.
Stear se detuvo, volteo a verme y palmoteo mi espalda. Yo apenas lo pude mirar ante tamaña estupidez.
—Te hice una promesa y nunca la romperé. ¡Nunca! Eres un tonto. ¿Ya lo sabes no? —dijo y me lanzó unas plumas sobre mi rostro.
—Sí.
—¿Cómo se hace para que no pique? —preguntó mientras se rascaba la cabeza.
—Uh, difícil respuesta, porque eso no cede nunca y con nada —aseguré como todo un experto en la materia.
Retornamos a la mansión empujándonos y jugando en el camino. Cada uno se fue a su cuarto para evitar que la tía abuela nos regañara, aunque yo, sin que lo notara esperé sentado a los pies de su cama hasta que se quedara dormido. Junto a la almohada dejé el regalo que adquirí para él hace meses atrás: un libro de nuevos inventos que quería que pusiera en práctica y que a futuro fue su favorito. A la mañana siguiente nuestros obsequios dejados por Santa Claus fueron llevados al cuarto de cada uno y lo abrimos en presencia de la tía abuela y nuestros padres.
A los días después, Anthony llegó, yo estaba mejor de mi enfermedad y la cuarentena no fue necesaria; pero no así Stear que cayó como un pollo y la cuarentena ahora fue para él. Período que aproveche muy bien vengándome, dejé un cartel en su puerta que decía: "cuarentena Stearneana". Por supuesto yo tampoco lo abandoné y le escribí cada día, me senté afuera de su puerta a conversar y cuando nadie nos veía jugábamos un partido de ajedrez. Cuando Neil quiso verlo, según para hacerle un regalo, tuvo que dejar su presente en el suelo. Yo le conocía y sabía que no era cierto, sólo quería burlarse de su desgracia. Conocía a Stear, al igual que cada uno de sus pensamientos e ideas antes de que me las confesara y reí ante lo que sabía que él haría.
—¡Oh! Stear no quiso los chocolates que le traje, entonces me lo comeré yo —murmuró, Neil llevándose a la boca dos bombones.
—Noooo… —grité tratando de evitarlo, pero fue tarde.
—¿Querías comértelos tú? Lo siento, pero el resto también me los comeré yo solo. ¡Cómprate el tuyo! —dijo con su estilo tan particular.
—Si tú lo dices, Neil —respondí apenas conteniendo la risa —. Que tengas buen provecho.
Stear contagió a Neil, luego cayó Anthony y finalmente Elisa. Especulábamos que la pareja de Anthony y Elisa, se contagiaron por un "beso mortal". Bromeamos y nos burlamos de eso. Claro, era imposible. Tal vez no en los sueños de Elisa, pero sí eran una espantosa realidad en las pesadillas de Anthony.
La foto que tenía ese baúl y que hoy sostenía en mis manos, era la de cada uno con las pintas rojas que gracias a la crema que él creó yo no quedé con cicatrices que lamentar. Todos los demás quisieron usarla. Estoy convencido que ése es otro de sus inventos que funcionó y es porque cuando se crea algo con dedicación y amor por otro, esa energía es la que finalmente hace la diferencia. ¿No?
*2 Todo ese recuerdo había llegado a mi mente, subsanando viejas heridas, dando respuestas a mis preguntas. Tal vez por culpa de ese sentimiento de orfandad en el que me vi envuelto días previos a las festividades, no había conseguido ver con claridad. Desde que Stear se fue a la guerra para nunca más regresar, comprendí que perdía al mejor hermano que alguien podía tener y eso fue insostenible por mucho tiempo. Nunca más le abracé con ese fervor como aquella noche y fue un error. Me faltaron abrazos, te quiero, escucharle y compartir mucho más. Hubiese sido ideal enojarme menos y sonreírle más, no irme enfadado y abrazarlo, quedarme en silencio a su lado. Volví a llorar en Navidad, como aquellos días pasados, pero esta vez no por nimiedades, sino que por un dolor de adulto que comprendía mucho mejor las cosas y entendía que la infancia no regresa para darnos una segunda oportunidad. Ya no le sentía en la casa, ya no escuchaba su risa y no me pedía que fuera el primero en probar sus inventos. Hoy reclamaba a mi hermano a ese cielo en el que probablemente habitaba y aseveré de rodillas en el suelo: "Me has abandonado, te fuiste para siempre"
Mis lágrimas rodaron libres por mis mejillas, por todo lo que me guardé por estúpido protocolo, por considerarme un hombre fuerte y por vergüenza de ser visto. Me di ese permiso de extrañar a mi hermano y sollozar como una niña pequeña si era preciso, sólo para aliviar un poco esa angustia que oprimía mi pecho como consecuencia de lo mucho que lo extrañaba.
Me sequé las lágrimas y alcé mi mirada al cielo buscando aire, su rostro en esas nubes y la paz de mi alma por fin llegó. Un milagro descendió desde tu cielo a mis ojos: una Navidad de masplu, la inconfundible nieve de Stear.
Una solitaria pluma blanca, bastó… bailó con el viento, su suave toque en mis mejillas bañadas en lágrimas y entonces entendí tu mensaje que descendió a la vida otra vez. En un susurro te dije también: "Feliz Navidad, amado Stear"
Fin
Lista de música:
*1 "O come, o come, Emmanuel" – The Piano guys.
*2 "The day before the day" – Dido
Temas hermosos, que aconsejo de verdad oír. En especial el segundo por su letra.
Notas de autor:
La pluma… la vimos en la película Forrest Gump. Representa el elemento: aire y se asocia también a las aves + vuelo = libertad. Yo lo asocio a los ángeles. La pluma indígena, se ve en rituales chamanes, como medio para comunicarse desde este mundo al de los espíritus. Por otro lado también es considerada un amuleto de protección y buena suerte. Y por último, la pluma durante la primera guerra mundial era regalada a algunas personas (hombres) sanos como señal de cobardía por no enrolarse. Interpretaciones hay y muchas.
¿Lepes gupustopo? Yapa lepes depejepe…ja, ja, ja, ja. Ya, dejándose de broma, les dejé un nuevo cuento con una narrativa más distendida, sencilla, tierna, en ocasiones cómica y muy emotiva. Por medio de un flashback se fusiona la visión de la niñez contra la que se tiene en la adultez y conocemos un poco más la relación de dos hermanos: Archie y Stear Cornwell. Este cuento en especial se lo obsequio a todos aquellos que tienen un hermano (a) y se ven reflejados en alguna u otra medida en esta pequeña historia. ¿Hay chicas que gusten de Archie y Stear por aquí? Si es así, va para ustedes también. =)
Gracias por los comentarios, extensos, cortos, por aquellas palabras sencillas o complejas, en privado o públicas. Los de ayer y hoy. Todo lo valoro aunque me cohíba y no sepa cómo responder en palabras a muchas de esos lindos comentarios. Gracias a los anónimos que curiosean y a quienes dejan su nombre: Mayosiete, Zuremi, Remiel22, Ladylyuva, las dos Guest que entiendo me conocen y Martha: me alegra que tu imaginación vuele con la lectura, la mía vuela con la escritura. El personaje Alexandre Ferreira da Souza era encantador.
Respondiendo a la consulta de LizCarter: Los cuentos que presento, van "casi" por orden cronológico y por el momento, no manejan parejas definitivas comprendo que te guste Terry, pero responder a tu pregunta, sería anticiparme a lo que voy presentando y arruinaría el final de la antología.
Ladyzafiro
