Holaa! Bueno, aquí actualizando al fin después de tanto tiempo. Lo siento mucho, pero como ya expliqué en mi otro fic, el tiempo y el internet son dos cosas que no me sobran en estos días TT-TT
Ahora veremos que fue lo que le pasó a Ichigo. También aparecerá otro personaje, éste no aparecía en la historia, pero como es uno de mis favoritos, tenía que ir sí o sí, así que le hice un espacio, jejeje.
Ah! En caso que alguien no lo sepa *cosa que sería muy rara para un fan de Bleach y los haría merecedores de un golpe en la cara con un pez* la bruja de Inuzuri... Retsu, es la famosa Unohana. Creo que a más de alguno se le olvida su nombre XD Y aunque en realidad su nombre es Yachiru,prefiero dejarla con el nombre por el que la conocemos, amamos y tememos. Solo que aquí no tendrá apellido.
Bueno, ya los dejo leer tranquilos, ojalá les guste. Dejen sus comentarios, insultos, dudas, sugerencias y alabanzas en el buzón.
Los personajes de Bleach no me pertenecen...
La historia es una adaptación de "La trilogía del malamor" de José Ignacio Valenzuela
ooooo y cursiva indica flashbacks
CAPITULO 4: PROHIBICIONES Y DESAFÍOS
Ichigo había caído pesadamente al suelo y el grito desesperado de Rukia no se hizo esperar.
Con las manos temblorosas y el corazón acelerado, ella logró voltearlo para dejarlo boca arriba. El chico parecía un fantasma y daba la impresión que en cualquier momento se desvanecería.
A los segundos después se escucharon varias pisadas subiendo con prisa las escaleras, mezclándose con voces alarmadas y preocupadas. Eran Soujiro, Ashido y una mujer de largo cabello castaño que habían llegado al tercer piso.
—¡Ichigo, Ichigo! —la mujer se agachó frente a él y trató de hacerlo reaccionar. Al ver su cara pálida y su respiración casi inexistente, tuvo que suprimir un grito de espanto.
—¡Ve a buscar ayuda! —ordenó Soujiro. No había tiempo que perder.
La mujer se levantó con prisa y partió de inmediato.
Mientras tanto, los dos hombres cargaron a Ichigo y lo llevaron rápidamente hasta su habitación en el primer piso.
—¿Qué…qué está pasando? —preguntó Rukia siguiéndolos, pero no recibió respuesta.
La pelinegra estaba muy asustada. La condición de Ichigo se veía muy mal y parecía que en cualquier momento dejaría el mundo de los vivos. Ella quiso entrar con él, pero Soujiro se negó, diciendo que era mejor dejarlo descansar hasta que llegara alguien que pudiera atenderlo.
Él le puso una mano en el hombro y le sugirió que fuera a esperar a la habitación de su padre y que aprovechara de contarle lo ocurrido.
Rukia asintió, sabiendo que no había nada más que hacer.
Ashido la vio desparecer tras las escaleras y frunció el ceño. Lo que menos quería era que esa chica permaneciera por más tiempo en su casa.
- o -
Ya era la una de la tarde cuando Rukia dejó la casa de Ukitake.
La pelinegra caminaba por la plaza con una expresión triste y al pasar junto al árbol se detuvo a ver a las personas que observaban la nueva ramita con fascinación, todas felices y riendo como no lo habían hecho en mucho tiempo. Solo faltaba que alguien comenzara a bailar alrededor del árbol.
Ella en cambio frunció el ceño y quiso gritarles a todos. Ahora que entendía lo que estaba pasando le resultaba egoísta e incluso cruel el que todos se alegraran por la desgracia de Ichigo, cuyo estado aun era muy delicado.
Y lo peor era que no había manera de tratarlo, pues lo que le ocurría al pelinaranja era algo totalmente distinto a lo que informó el médico que lo trató.
El doctor Matsuda era un médico de otra ciudad que visitaba Inuzuri al menos una vez al mes para tratar a los enfermos, y por cosas del destino y la buena suerte, ese día se encontraba en el pueblo. Su diagnóstico había sido categórico; después de una cuidadosa observación dijo que Ichigo sufría de anemia fulminante. Esa era la única manera lógica de justificar todos los síntomas que presentaba el muchacho.
Ukitake no quiso contradecirlo, pero sabía que lo que le ocurría era algo mucho más grave que una enfermedad a la sangre y después de despedir al doctor le contó a Rukia toda la verdad de lo que implicaba el Malamor.
Masaki, la madre de Ichigo, también lo sabía y por esa razón había sido tan dura con la forastera pelinegra, pues supo de inmediato que ella había sido la causante de que su hijo se debatiera entre la vida y la muerte.
Rukia movió la cabeza negativamente y suspiró, no podía culpar a Masaki por querer proteger a su hijo. Se sentía responsable por eso.
Suspiró otra vez y recordó las palabras de Ukitake.
ooooooooooooooo
—Es el Malamor. —le había dicho el peliblanco cuando Rukia le contó lo ocurrido con Ichigo. —Es algo mucho más peligroso de lo que piensas.
—¿Qué quiere decir? —preguntó ella confundida.
—Este pueblo está maldito, ninguno de sus habitantes puede sentir el amor y eso va más allá de ser incapaz de conocerlo o entenderlo. Fue una condena, está prohibido.
—¿Qué?
—No me preguntes cómo, pero de alguna manera la vida de todos los habitantes de Inuzuri está atada a esa maldición. —el peliblanco bajó la cabeza. —El amor está prohibido para nosotros y a cualquiera que intente desafiar el embrujo de Retsu, solo le espera la muerte. Esa persona muere tras un breve instante de los dolores más horribles que puedas imaginar.
Los ojos de Rukia se abrieron desmesuradamente.
—Eso…no puede ser. —dijo ella, no tenía lógica ni sentido.
—Por desgracia lo es. No tienes idea de cuántas personas han muerto en este pueblo por causa de ese embrujo. Esa es una de las razones por las que todos aquí tratan de evitarse y el ambiente siempre está cargado de tensión y peleas. —el peliblanco cerró los ojos. No era fácil de explicar, pero esperaba que ella pudiera entenderlo. —La última tragedia ocurrió a fines del año pasado. —relató con tristeza, Rukia escuchaba atentamente. —Eran dos chicos que habían sido amigos desde niños. Habían aprendido a convivir y a soportar los dolores de una simple atracción, pero llegó un momento en que sus sentimientos crecieron y ya fueron imposibles de controlar. —suspiró con pesar. —Los encontraron muertos a ambos en el living de la casa de ella, abrazados y tomados de las manos. En la mesa había una nota que decía "el primer beso y el último".
Rukia sintió un nudo en la garganta.
—Los enterraron juntos en el cementerio, ella se llamaba Rangiku y él se llamaba Gin. Los conocía desde niños, tenían apenas 27 años y eran amigos de Ichigo-kun.
—¿E-entonces esa rama del árbol…?
—Sí, fue a causa de ellos. —respondió. —Y ahora al parecer hay una rama nueva. —la miró fijamente. —¿Entiendes lo que quiero decirte?
Ella tragó saliva y bajó la vista.
—Ichigo-kun se ha enamorado de ti. —dijo Ukitake sin titubeos y las mejillas de Rukia se tiñeron de rojo. —Traté de decirle que no lo hiciera, que su vida estaba en juego, pero sé mejor que nadie que estas cosas no se controlan.
—Yo…—el corazón de Rukia latía apresuradamente.
¿En serio Ichigo se había enamorado de ella? ¿Tan rápido? ¿Entonces era por su culpa que ahora estaba a punto de morir? Y ella, ¿qué sentía por él? No estaba segura.
—No te sientas culpable. —dijo Ukitake en tono comprensivo. —Todo esto es mi culpa, todas las muertes en este pueblo. —el hombre apretó los puños. —Necesito ayuda, Rukia. Cuando ese árbol se seque por completo Inuzuri desaparecerá. Ayúdame a salvar a este pueblo. Siempre pensé que no había nada que se pudiera hacer, pero ahora veo una pequeña luz de esperanza al final del camino.
Ella bajó la vista nuevamente. ¿Cómo podía ayudarlo? ¿Cómo evitar que la gente siguiera sufriendo si ahora ni siquiera podría acercarse a Ichigo sin ponerlo en peligro?
—Sé que esto es difícil para ti, pero te pido que lo pienses por favor.
ooooooooooooooo
—¿Qué debo hacer? —se preguntó Rukia en voz alta.
Sentía un gran peso sobre sus hombros. Lo que le había dicho Ukitake había cambiado por completo lo que pensaba acerca del Malamor.
Como Ichigo le había dicho, eso no era una leyenda, era su realidad. Y aunque aún no terminaba de creerlo por completo, ahora comprendía un poco mejor las cosas; el por qué nadie se atrevía a hablar de Retsu, el motivo de la quema de la bruja, el árbol que se secaba y los malos ánimos que se respiraban en Inuzuri.
Rukia sacudió la cabeza, sabiendo que a cada minuto que pasaba se envolvía más en algo que escapaba de su comprensión.
Sin embargo también estaba el asunto de su amiga. No podía permitir que algo la distrajera de encontrarla. Los días pasaban y aun no hallaba ninguna pista acerca de su paradero.
—¿Dónde estás Riruka? —preguntó mirando al cielo cubierto de nubes grises.
- o -
Rukia entró a la casa y al no escuchar ruido fue directamente hacia la habitación del telar, donde supuso que Momo estaría. Al abrir la puerta la encontró muy concentrada en su labor y casi a punto de terminar una hermosa alfombra roja.
—Bienvenida. —la saludó Momo al sentirla. —¿Cómo te fue? ¿Tienes hambre? Pronto estará el almuerzo. —le sonrió. —¿En dónde está Ichigo? Creí que vendría contigo.
Con solo oír ese nombre, el recuerdo de su cara pálida y moribunda apareció en su mente. Ella apretó los puños, sintiéndose impotente y a la vez culpable de su sufrimiento, y sin poder controlarse una lágrima de frustración cayó por su mejilla.
La limpió con prisa y tras disculparse con la dueña de la casa, salió otra vez de la casa, sin siquiera entrar a su habitación y sin que ninguna de las dos se enterara del desastre que había dentro de ella.
Momo escuchó cerrarse la puerta de la entrada y comprendió la situación de inmediato. El gato que ronroneaba a sus pies levantó la cabeza para verla, ella le sonrió y se levantó para ir al segundo piso.
—Vamos Shirou-chan, tenemos trabajo que hacer.
El gato soltó un maullido de fastidio, pero siguió a su dueña.
- o -
El frío otra vez era muy intenso y aunque aún no eran las tres de la tarde, parecía que pronto caería la noche.
El pueblo era pequeño por lo que no tomaba mucho tiempo recorrerlo completamente. Aun así, ella no quería regresar a la casa todavía. Necesitaba el aire fresco, así que decidió recorrer los alrededores.
Sin darse cuenta llegó al lugar en donde se celebraba la quema de la bruja; ese pequeño valle justo antes de entrar al bosque.
Se quedó mirando el lugar por unos momentos. El bosque se veía tenebroso, así que no quiso avanzar más allá y como no había nada más que hacer ahí, se volteó para regresar al pueblo.
Al hacerlo sintió la penétrate mirada de alguien clavada a su espalda y un escalofrío muy diferente a los anteriores le recorrió la espalda. Esta vez no se atrevió a voltear para investigar, solo apuró sus pasos regresar al pueblo lo antes posible.
Con el presentimiento de que alguien la seguía, comenzó a correr, pero apenas alcanzó la primera calle de Inuzuri, al doblar en una esquina, chocó violentamente contra alguien que iba en dirección contraria.
—¡Argh! Fíjate por donde vas, tonto. —le reclamó ella, tirada en el suelo y con el corazón acelerado.
—¿Yo? Tú ibas corriendo sin mirar el camino. —le dijo él.
Rukia lo miró feo, aunque sabía que tenía razón.
El chico se levantó y le extendió la mano para ayudarla a levantarse.
Rukia lo observó atentamente y le calculó aproximadamente la misma edad que Ichigo. Era delgado, de cabello negro y usaba anteojos.
—Lo siento, fue mi culpa. —aceptó ella al fin.
—No hay problema. —dijo él. En eso pareció darse cuenta de algo, parpadeó varias veces y acercó su cara a la de ella de manera peligrosa. Rukia retrocedió un paso. —Disculpa, ¿eres Kuchiki-san? —le preguntó.
—¿Eh? —ella lo miró con los ojos entrecerrados. —¿Tú quién eres?
—Eres Kuchiki-san. —afirmó. Rukia no tuvo otra opción más que asentir, pero seguía mirándolo con desconfianza. —Te estaba buscando. —agregó el joven.
Ella frunció un poco el ceño y retrocedió otro paso.
—Ukitake-san me pidió que te buscara para entregarte esto. La dejaste en su casa —dijo, y le extendió una libreta negra que Rukia tomó enseguida. Se había olvidado totalmente de ella.
—Oh, gracias. —le sonrió. —Pero, ¿cómo sabías que era yo?
—Ukitake-san me dio una descripción tuya. —respondió acomodándose los lentes. —Conozco a todos aquí, así que no sería muy complicado encontrar a una forastera. —le sonrió. —Por cierto, soy Uryuu Ishida.
Ella se presentó también y le estrechó la mano.
—¿Vives aquí? —le preguntó ella.
—No. Digo, nací y crecí aquí, pero hace tres años que vivo fuera.
—¿En serio? ¿Por qué? —quiso saber. Se preguntaba si él también estaría afectado por el Malamor.
—Para estudiar y para… investigar algunas cosas. —respondió cerrando los ojos. — Estudio Medicina en la Universidad de Kusajishi. —agregó.
Rukia lo miró fijamente. ¿A qué se refería con "investigar"? El chico sintió su mirada inquisitiva y volteó la cara.
—Bueno, ya te entregué eso, tengo que irme. El doctor Matsuda debe estar esperándome en el muelle.
El pelinegro comenzó a caminar, pero Rukia lo alcanzó.
—¿Viniste con el doctor Matsuda?
—Eh… sí, él también es un profesor de la universidad y algunas veces me pide que lo acompañe en sus visitas a terreno. —le respondió y luego bajó la vista. —Fue una suerte que viniéramos precisamente hoy… de lo contrario habría perdido a otro amigo. —dijo con una voz triste y más para sí mismo, pero ella pudo escucharlo.
—¿T-te refieres a Ichigo?
—¿Lo conoces? —él se detuvo y volteó a verla con extrañeza.
Ella solo bajó la vista y no pudo evitar sonrojarse y entristecerse a la vez.
"Ya veo, así que ella es" pensó el pelinegro, entendiendo en seguida la situación "Es linda, Ichigo"
Ichigo y Uryuu eran mejores amigos desde niños y aunque el último había decidido irse del pueblo, su amistad seguía intacta. Fue por eso que se apenas se enteró de lo ocurrido, corrió hasta la casa de Ukitake, pues por estar atendiendo a otros pacientes del pueblo no supo de la situación hasta que el propio doctor Matsuda le contó.
"Ichigo-kun se ha enamorado. Y creo que esa muchacha podría ayudarnos".
Esas habían sido las palabras de Ukitake cuando el chico apareció en su casa, muy preocupado por la condición de su amigo. Aunque claro, el anciano olvidó mencionar que se trataba de la misma chica a la que encargó encontrar después.
—¿Cómo…cómo está él? —preguntó Rukia, una vez que reanudaron la marcha.
El muchacho guardó silencio por unos segundos y el corazón de la chica se estrujó.
—No muy bien, aún está muy débil. —le respondió sincero. —Pero… Ichigo es muy testarudo, no creo que se deje vencer tan fácil.
Rukia soltó un suspiro y apretó la libreta contra su pecho. Esperaba con fuerza que así fuera. También se preguntó si podría volver a verlo, aunque probablemente no. Estaba en riesgo su vida, así que tal vez sería mejor alejarse de él.
¿Por qué le dolía el pecho al pensar eso?
—Supongo entonces que… ya sabes sobre el Malamor, ¿verdad? —le preguntó y ella asintió.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —él la miró con interés. —¿Tú…tú también…?
El adivinó su pregunta y cerró los ojos.
—Así es, yo también. Esa maldición fue impuesta a todos los que nacemos aquí y permanece contigo no importa a donde vayas.
—¿Y… en verdad no hay nada que se pueda hacer?
—Hasta ahora no. —le dijo mirándola a los ojos. —He intentado encontrar alguna manera de vencer el hechizo de Retsu, pero todo ha sido inútil. Esa fue otra razón por la que me fui, porque odiaba ver como morían mis amigos a causa de eso, sin que yo pudiera hacer nada para ayudarlos. Y bueno…después de tres años de no conseguir nada ya casi había perdido las esperanzas. —reveló con pesar. —Pero… Ukitake-san tiene esperanzas en ti, dice que tú eres diferente, que tal vez puedas ayudarnos. —la miró a los ojos. —Si eso es cierto, ¿lo harías?
Rukia se soprendió, pero no dijo nada.
El silencio reinó un rato, él sabía que no era algo fácil de decidir, así que prefirió dejar el tema y hablar de otras cosas.
Aunque acababan de conocerse se agradaron de inmediato. Ella estaba feliz de conocer a otra persona con quien pudiera hablar normalmente.
Los dos chicos siguieron caminando tranquilamente mientras la conversación fluía relajada.
—Oye, ¿no se supone que irías al muelle? —le preguntó Rukia de pronto, deteniéndose al final del camino.
Ella solo lo seguía, pero ya habían llegado hasta el otro extremo del pueblo, en donde más adelante había una pradera y luego bosque y montañas.
Ishida entonces reaccionó, sus pies lo habían llevado involuntariamente hasta ese lugar tan conocido. A los lejos se veían dos casas, la más cercana a ellos era una pequeña vivienda de color rojo y a su lado había un amplio espacio cercado para mantener a algunos animales.
El muchacho permaneció en silencio mirando el terreno hasta que divisó algunas ovejas que aparecieron sobre la colina. Unos minutos después aparecieron más ovejas, junto a una persona que las correteaba al interior de la cerca.
Rukia notó que Ishida no despegaba la vista de aquella persona y sus animales.
Se preguntaba quien podría ser, no podía distinguir quien era, pues estaba muy lejos y además era la primera vez que iba hasta ese lugar.
Rukia alternaba la vista entre Ishida y la persona que se veía a lo lejos, pero de pronto vio como el chico se doblaba un poco y se llevaba la mano al pecho, respirando entrecortadamente. Era lo mismo que Ichigo lo hacía cuando estaba frente a ella y que antes no podía notar.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente y una ola de pánico la envolvió.
—¿Qué… qué tienes? —le preguntó alarmada, sujetando del brazo al joven en caso que fuera a desmayarse.
"El amor está prohibido para nosotros y a cualquiera que intente desafiar el embrujo de Retsu, solo le espera la muerte. Esa persona muere tras un breve instante de los dolores más horribles que puedas imaginar"
Recordó con horror las palabras de Ukitake.
"¡No!" chilló en su interior. "¿P-por qué?" preguntó mirando a su alrededor. ¿Sería acaso el Malamor? ¿O tal vez otro mal que aquejaba a aquel muchacho?
—¡Oye, oye! Resiste… resiste por favor. —pidió ella con la voz nerviosa.
Era como si tuviera a Ichigo frente a ella, desvaneciéndose lentamente.
—E-estoy bien. Solo… solo tengo que irme de aquí. —respondió él.
Ella asintió. Lo que sea que le hubiera pasado, le ocurrió justo frente a esa casa roja, así que lo mejor era sacarlo de ahí.
Los dos regresaron lo más rápido que pudieron hasta el centro del pueblo.
Al llegar a la plaza se sentaron y descansaron un momento. Y aunque para ella no había pasado desapercibida la expresión de tristeza del chico mientras miraba aquella casita roja y a la persona de los animales, no quiso preguntarle nada. No en ese momento cuando se veía tan débil.
El muchacho poco a poco regresó a su semblante normal y después de hablar un rato, llegó el momento de despedirse.
—Vendré a ver a Ichigo en un par de días. Espero verte a ti también. Cuídate Rukia. —le dijo con una sonrisa y se despidió con la mano.
Ella sonrió al ver que la llamaba por su nombre y también se despidió. Había hecho un nuevo amigo y estaba feliz, pues eso no era muy fácil para ella.
- o -
—Ya es hora de regresar. —se dijo la pelinegra en voz alta. —Leeré esto apenas llegue a casa y después visitaré algunos lugares para preguntar por Riruka. Y si me alcanza el tiempo, tal vez pueda pasar por esa casa roja.
Ella caminaba por la plaza, la cual contaba con más visitantes de lo normal pues todos aun estaban fascinados por la maravilla de la rama nueva. Trató de no prestarle atención para no recordar a Ichigo y su cara de agonía.
Iba ensimismada en sus pensamientos cuando de pronto, una sombra sobrevoló su cabeza. Su primera impresión, la que le puso los nervios de punta, fue que era esa horrible lechuza con cuernos y ojos amarillos. Sin embargo, al alzar la vista y descubrió que se trataba de una gran ave de plumaje blanco que giraba en círculos alrededor de la plaza.
"¿Es una garza?" se preguntó. No estaba segura, pero era hermosa y estilizada. El ave planeaba y de vez en cuando descendía y con sus largas patas rozaba la copa del árbol, como si quisiera atraparla.
Rukia estaba embobada viendo su presentación, cuando de pronto, el ave giró, y emitiendo una serie de sonidos extraños se abalanzó hacia ella a toda velocidad.
La pelinegra dio un respingo y acto reflejo, se arrojó a un costado para evitar el golpe.
"¡¿Por qué diablos me odian las aves?!" gritó en su interior cuando ya estaba de rodillas en el suelo, intentando levantarse.
Varios niños que jugaban en la plaza pasaron corriendo junto a ella y le dieron un fuerte empujón. La pelinegra cayó de bruces otra vez y la libreta negra de Ukitake cayó al suelo.
Uno de los niños, sin querer le dio una patada y ésta salió disparada aun más lejos, abriendo sus hojas al viento.
—¡No! —Rukia se horrorizó al ver como todos los niños corrían y saltaban sobre aquel preciado cuadernillo.
Una niña de pelo rubio se percató del interés de Rukia por aquella libreta y encontró muy divertido el no despegar sus pies de ella y moverlos para descuartizar las hojas.
—¡No! —gritó Rukia nuevamente, se levantó de prisa y corrió hacia el grupo de infantes, apartando a la niña de un brusco empujón.
La mocosa cayó al suelo y acto seguido, un llanto infantil demasiado exagerado se escuchó en la plaza. Casi de inmediato la alegría y risas se apagaron.
Los ojos de todos los presentes se concentraron en la muchacha pelinegra que reconocieron como aquella forastera que no mostraba respeto por sus costumbres. Y ahora, además, se atrevía a pelear con una pobre niña.
Rukia se levantó con un movimiento elegante y aunque sabía que la mocosa solo lo hacía por llamar la atención, le palmeó la cabeza de manera amistosa para tratar de calmarla. Pero claro, ella solo redobló sus lloriqueos teatrales.
Una venita furiosa apareció en la cabeza de Rukia.
"Así que eso sentía Renji cada vez que yo fingía llorar para meterlo en problemas" sonrió con ironía, pero esa sonrisa se esfumó cuando se vio rodeada por los aldeanos que la miraban con ojos hostiles y enfurecidos.
Dos mujeres y un hombre dieron un paso amenazante hacia ella.
"¿Qué diablos les pasa?" pensó Rukia mientras guardaba la libreta negra en un bolsillo de su abrigo.
Varias personas hicieron lo mismo y poco a poco se formó un círculo.
Rukia frunció el ceño, pero también sintió algo de temor. Había sido testigo de como las cosas en Inuzuri rápidamente se convertían en episodios violentos y no tenía intención de verse envuelta en uno de ellos.
Ella dio un paso al frente para irse de ahí, pero la gente no la dejó pasar. Tenía el corazón acelerado, pero no pensaba demostrarles que estaba asustada.
El ambiente era muy tenso y para colmo, la mocosa aún no se callaba.
Rukia apretó los puños molesta y dispuesta a defenderse hasta lo que dieran sus fuerzas. Eras muchas personas, pero ella era ágil y rápida.
El círculo se estrechó aun más, cada vez más amenazante.
—¡Ya basta! —se escuchó un grito. —¡Déjenla en paz!
Todos voltearon a ver a Soujiro Ukitake acercándose a ellos con la cojera de su pierna derecha. Su expresión era seria y compuesta y su sola presencia logró que la turba se disolviera, aunque los murmullos aún podían oírse sin problemas.
—Ven conmigo. —le dijo él haciéndole una seña con la mano.
Ella se apuró a su encuentro, pero pudo apreciar sin problemas los ojos desafiantes que la veían pasar, diciéndole que los asuntos entre ellos no se quedarían olvidados.
—Maldición. —gruñó ella. Ahora, con buena parte del pueblo en su contra, le sería más difícil conseguir información sobre el paradero de su amiga.
- o -
Rukia y Soujiro estaban fuera de la casa de Momo, a un lado del cartel "Alfombras Akatsuki no Umi".
—¿Quiere entrar? —le ofreció la pelinegra, sacando las llaves para abrir la puerta.
Soujiro negó con la cabeza y con un gesto nervioso no dejaba de recorrer la fachada de la casa; sus ojos iban desde el techo puntiagudo hasta el marco de las ventanas. La mirada se le volvió extraña, casi nostálgica y tuvo que voltear para disimular ante la joven.
—¿Sabías que esta es una de las casas más antiguas de Inuzuri? —le preguntó, tratando de sonar normal.
—Sí, ya me lo dijeron. Aquí vivían Retsu y su…
—¡Esos son cuentos de viejas chismosas! —la interrumpió Soujiro con agresividad y Rukia se sobresaltó. —¿Para eso te mandó llamar mi padre? ¿Para llenarte la cabeza con sus tonterías?
La pelinegra quedó estática ante aquel estallido de furia.
Soujiro pareció darse cuenta y respiró profundamente para luego seguir como si nada hubiera pasado.
—¿Qué hablaste con él?
Rukia frunció un poco el ceño y obedeciendo a sus instintos decidió que era mejor no comentarle acerca de la libreta que tenía en el bolsillo. Al parecer la conversación no era habitual en la familia Ukitake y Soujiro se veía demasiado interesado en obtener información acerca de su padre.
—Vine a Inuzuri a buscar a una amiga. —le respondió calmada, usando una de sus sonrisas de niña buena. —Y Ukitake-san se ofreció para ayudarme. Por eso fui a verlo.
Después Rukia le contó acerca de la desaparición de Riruka, del video que le mandó y el hecho que nadie parecía haberla visto. Quería ver la reacción de Soujiro, pues ya había comenzado a serle sospechoso. Sin embargo, el hombre reaccionó con la preocupación normal de cualquier persona.
—¡Eso es terrible! ¡Tenemos que actuar de inmediato! Yo mismo iré a hablar con el jefe de policía para que nos ayude a buscar a tu amiga. Estoy seguro que la encontraremos pronto. —dijo con convicción.
Y así las dudas de Rukia se esfumaron, quien al fin sintió que avanzaba en la búsqueda de su amiga. Ella le agradeció infinitamente por la ayuda, Soujiro le respondió con una sonrisa y una palmadita en la cabeza.
Rukia entonces le preguntó si sabía de algún modo para comunicarse con su familia en Tokio. El hombre le entregó su celular, un aparato muy anticuado que ella nunca antes había visto.
—Es viejo, lo sé. —sonrió él. —Pero aquí no hay señal para los celulares así que no necesito uno muy moderno. Yo sólo lo uso cuando viajo, aquí lo máximo que puedes hacer, si tienes mucha, mucha, pero mucha suerte, es enviar un mensaje de texto.
Ella decidió intentarlo de todas formas.
"Nii-sama, vamos de paseo con los padres de Riruka a la montaña por unos días. Estoy muy bien. Te llamo cuando regrese. Saludos a Renji.
Apretó el botón de enviar con la esperanza que el mensaje llegara y al menos le diera algo de tranquilidad a su hermano.
—Gracias. —dijo ella regresándole el celular.
Soujiro asintió y giró para marcharse, pero de pronto se detuvo y volteó para mirarla.
—Mi padre…él… ¿te dijo algo sobre mí?
—¿Eh?
—¡Cualquier cosa que te haya dicho sobre mí es mentira! ¿Oíste? ¡Es mentira! Él cambió mucho conmigo después de mi accidente. ¡Muchísimo!
Soujiro estaba muy cerca de Rukia y la miraba con una mezcla de rabia y temor.
El hombre sacudió la cabeza con fuerza y se alejó lentamente debido a la cojera de su pierna.
—Yo no tuve la culpa. ¡No tuve la culpa, maldición! —se exaltó otra vez y usando su pierna sana, pateó con furia un bote de basura que había cerca. Éste se partió por la mitad y desparramó su contenido en la calle.
Rukia otra vez quedó estática. No sabía que le pasaba a ese hombre y por qué sus repentinos arranques de furia. ¿Y cómo pudo destruir ese tambor?
—No te preocupes por tu amiga. La vamos a encontrar. —le dijo volviendo a su expresión calmada. Se acomodó el cabello y tras despedirse, se alejó calle abajo tarareando una canción.
- o -
Rukia entró a la casa otra vez sintiéndose preocupada por la extraña actitud de Soujiro, y ahora sentía que había hecho bien en no comentarle acerca de la libreta.
La pelinegra caminó por el pasillo, pero antes de llegar a su habitación la voz de Momo la hizo voltear.
—Rukia, te estaba esperando. —le dijo la joven ciega bajando las escaleras con una soltura increíble. —Ve a lavarte las manos para que podamos almorzar.
—¿Eh? No, no tengo…—iba a negar el ofrecimiento, no tenía estómago como para comer, pero al bajar la cabeza vio al gato blanco y su típica mirada fría que parecía regañarla por algo. Era como si le hablaran.
"Te estuvo esperando todo este tiempo. ¡Acompáñala a almorzar!" esas fueron las palabras que Rukia interpretó de aquella mirada de ojos turquesa.
Ella se sintió culpable y aceptó, aunque después sonrió. Al parecer se estaba volviendo loca, creía que ese gato le ordenaba cosas y para colmo, ella lo obedecía.
Momo sonrió también y caminó tranquilamente hasta la cocina para poner la mesa. El gato dio una última mirada a la pelinegra y luego siguió a su dueña.
Rukia llegó hasta su habitación, pero el aire frío que salió apenas ella giró la manilla de la puerta le advirtió que algo andaba mal. La empujó despacio y asomó la cabeza con cuidado.
Un aire aún más frío le dio de lleno en la cara. Ella abrió la puerta totalmente y sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver el desorden en el cuarto.
La silla estaba tirada en el suelo, las puertas del armario estaban abiertas de par en par al igual que la ventana. Su maleta y su ropa también estaban desparramadas en el suelo.
¿Sería un ladrón?
"¡Dios, Momo!" pensó alarmada y preocupada. Por fortuna ella estaba bien. Tal vez se encontraba en el segundo piso cuando el ladrón entró y eso era un alivio, pues una muchachita ciega no hubiera podido defenderse contra él.
Claro que en eso reparó que la casa se veía en perfecto estado. ¿Entonces solo entraron a su habitación?
Un escalofrío de certeza la recorrió de pies a cabeza; algo faltaba en su cuarto.
De inmediato comenzó a buscar el libro verde que le había regalado Urahara, pero no pudo encontrarlo.
Sus sospechas eran ciertas; alguien la estaba siguiendo. Ya no estaba imaginando cosas. Alguien había entrado a su habitación, buscando algo que ella tenía y ese algo era el libro con el título "Retsu".
Rukia, rechinó los dientes, apretó los puños con fuerza y asomó la cabeza por la ventana. El estúpido espantapájaros la miraba desde su posición, con el cartel con su nombre, sus brazos meciéndose con el viento y esa boca de cordel que parecía reírse de ella.
La pelinegra lo miró con molestia, pero no era el espantapájaros lo que la preocupaba. Era esa persona que no quería que siguiera investigando sobre la bruja.
Los ojos de Rukia brillaron con determinación, sacó el cuadernillo de Ukitake del interior de su abrigo y lo apretó con fuerza. No le ganarían.
"A un Kuchiki nadie lo vence" pensó con orgullo, mientras una ola de adrenalina la envolvía de pies a cabeza. Tendría que ser más hábil, más astuta y mucho más valiente que aquellos que trataban de asustarla.
—¡No les tengo miedo, idiotas! ¿Oyeron? ¡No les tengo miedo! —gritó rabiosa al exterior.
Sus gritos se esparcieron veloces a través del paisaje y pronto desparecieron.
Ella cerró la ventana con fuerza y corrió las cortinas.
No la asustarían, pero sabía que ante aquel desafío que lanzó al viento, pronto alguien vendría a cobrárselo.
- o -
Mientras tanto en lo profundo del bosque, en donde la luz no llega y el día se convierte en noche, alguien avanzaba lentamente, con las hojas secas moviéndose a su paso.
A varios metros de distancia se observaba una fogata, pero sus llamas no mostraron sorpresa cuando ese alguien llegó junto a ellas en cuestión de segundos.
La naturaleza le hace una reverencia a la figura que emerge entre las sombras y se detiene junto al fuego, dueña de todo cuanto la rodea. Su largo cabello negro flamea con el viento y su ropa se confunde con el paisaje. Sus ojos son dos profundos pozos azules que engullen a todo aquel que se atreva a mirarlos. Sus pies descalzos parecen conectados a las mismas raíces de la tierra.
Un remolino de aire frío aparece junto a la figura, la había buscado para entregarle un objeto como ofrenda en su honor.
Su mano se estira al frente y atrapa el libro de tapas verdes con el título impreso en letras grises; "Retsu", se lee en la portada.
Ella permanece en silencio, se acomoda el cabello mientras mira fijamente aquel libro. En su mente aparecen cientos de imágenes que hasta hace tiempo creía encerradas; aquel odioso investigador japonés que la buscaba para hablar con ella, los gritos de Inuzuri en su contra, el rostro de su sabio e incomprendido padre y… la cara de ese hombre. La sonrisa de ese hombre, las promesas de ese hombre.
La sangre que aun recorre su cuerpo hierve de tan solo pensar en él, el más grande de los traidores. Sus ojos brillan de rabia y de un rápido movimiento, alza un brazo por sobre su cabeza para arrojar su reciente adquisición. El libro se retuerce entre las llamas, transformando todas esas palabras en un puñado de cenizas.
El fuego se apaga y ella sigue su camino en medio del bosque, patrullando, siendo testigo de como su embrujo pronto cumpliría su venganza contra todo ese pueblo.
Una corriente de aire parece susurrarle al oído algunas verdades que ella no conocía.
—Una nueva rama ha reverdecido. —dice calmada, pero todo el bosque parece temblar ante su voz.
Otra corriente le lleva otro rumor, un grito, un desafío esparcido al viento.
Ella frunce el ceño y su cuerpo comienza a vibrar. La situación se está agravando más de lo que pensó.
La forastera de ojos violetas es un peligro que debe erradicarse, justo como lo hizo con Shunsui Kyoraku hace tantos años. Aquella muchachita puede darse por muerta.
Y mientras sus pies se hunden en la tierra, buscando los minerales que calmen su furia, ella cierra los ojos y vuelve a verlo.
Vuelve a ver su sonrisa, su cara, vuelve a sentir su aroma.
Las hojas del bosque le susurran su nombre, el nombre de Jushirou Ukitake.
cha chan! ¿Qué les pareció? Pobre Ichigo, está a punto de visitar la Sociedad de Almas XD Esperemos que pueda recuperarse.
Por otro lado, ¿quién creen que robó el libro de la habitación? ¿Y alguien se acuerda de Riruka? Adfadfa... a veces hasta a mi se me olvida.
Y esta fue la presentación de Ishida... no puedo olvidarme de ese quincy sensualón, jijij.
Concurso: ¿Quién será la persona que vive en esa casa roja y cuida las ovejas? Esta vez hay dos galletas en juego!
Bueno, espero que les haya gustado el capi. Nos leemos pronto
Matta nee ;)
