Disclaimer: ¿Conocen a una señora llamada Stephanie Meyer? Ella creó Crepúsculo.


Capítulo 4

Preguntas y respuestas

Llegamos a Port Angels en tiempo record. Edward manejaba como si estuviera metido en la película de Rápido y Furioso. ¡En serio! Era un as al volante. Y a mí me encantaba la velocidad. Sospecho que a él también porque lucía muy satisfecho.

— ¿Quieres ir a un parque de diversiones?

— ¡Por supuesto!

Es decir, ¿quién se resiste a un parque de diversiones? Yo no. Y menos con Edward. Nos montamos en la ruleta rusa. En los carritos chocones. Y entramos en la Casa del Terror (que de terror no tenía nada, nos reímos de lo lindo con esos artilugios). Nos sacamos fotos con nuestros teléfonos.

Y todo el tiempo seguimos el juego de las preguntas. Para cuando salimos de la última atracción, ya sabía que Edward adoraba la música clásica, que su favorito era Debbusy y su Claro de Luna, y que era el más rápido de su familia. Él sabía los nombres de mis padres, que habían muerto hace cinco años y que se casaron y se divorciaron varias veces seguidas. Vamos que ni Enrique VIII ni Elizabeth Taylor.

— Debió ser difícil para ti — fue lo único que comentó Edward al enterarse de mi situación familiar.

Me encogí de hombros. Era la primera vez que hablaba tanto de mi familia. La primera vez que confesaba lo que pasó desde mi punto de vista. Charlie lo sabía, por supuesto, pero es porque era mi tío. Nunca hablé de mi situación familiar a alguien que apenas conocía. Hasta ahora…

— Se sintió… Se sintió bien hablar contigo.

— Cuando quieras — me ofreció él. Y sonreí.

— He estado pensándolo toda la noche, ¿qué edad tienes?

— Diecisiete años — contestó Edward rápidamente, demasiado rápidamente.

Alcé una ceja.

— Bueno, ¿cuánto hace que tienes diecisiete?

— Nací en 1901.

— Eso hacen cien… ciento cuatro años — saqué la cuenta rápidamente.

Edward asintió.

— ¿Y tú?

— Um… Tengo diez años más de los que aparento.

— Eso quiere decir que naciste en 1980. Y que en 1995 fuiste convertida.

Ya me veía venir su pregunta: ¿Cómo te transformaste? Así que cambié de tema.

— Sí, así es. ¿En dónde estabas?

— ¿En 1980? — Asentí —. Creo que en un pequeño pueblo irlandés.

— Ah…

Salimos del parque y entramos al volvo. Edward condujo hasta la Bella Italia.

— Adoraba la comida italiana — confesé —. Vivíamos al lado de una señora italiana que tenía como diez gatos… Señora Santini… Cuando mis padres tenían sus peleas y no… no querían que los escuchara, me enviaban con la Señora Santini. Ella me dejaba ver televisión o me contaba historias de sus gatos. Era… era divertida.

— Bella, tus padres…

— Lo sé, eran un asco.

Él me miró fijamente. Con una mirada que se podía traducir en disculpa. Me encogí de hombros. No debía disculparse, las cosas eran como eran y yo las aceptaba.

Entramos en el restaurante y Edward pidió una mesa. La camarera (Lancey por lo que decía su gafete) se lo comía con los ojos. Estaba segura que tenía una piscina entre sus bragas. Y eso no sé porqué, pero me puso celosa, y mucho. Tomé la mano de Edward y la entrelacé con la mía, asegurándome que la camarera vea ese gesto. Ella pareció lívida y farfulló algo como:

"Enseguida le atienden".

Toma eso, perra.

Edward sacó la silla para que me sentara y así lo hice. Teníamos la carta en frente de nosotros, pero ninguno de los dos íbamos a tomarla. ¿Para qué? No era como si fuéramos a comer algo de allí.

La camarera que había prometido Lancey llegó, pero no fue mejor que esta. Barbie (juro que rodé los ojos al ver ese nombre en su gafete) miraba directamente a Edward, y no a mí. Así que puse mi brazo alrededor del cuello masculino y apoyé mi cabeza en su hombro. Ella entonces carraspeó y se dispuso a recordar su profesionalidad.

— ¿Qué les sirvo?

— Un vino tinto — pidió Edward.

— ¿Alguna especificación?

Barbie tenía una voz chillona, molesta. Lo peor es que el tipo de la mesa vecina parecía comérsela con la mirada. Bien dicen: "el amor es ciego".

— Que sea de 1980 — dijo Edward con intención. Puse los ojos en blanco.

— Muy chistoso — le repliqué cuando Barbie se alejó por fin.

— Y tú muy celosa.

¿Celosa yo? Sí, claro… Ellas eran las que lo veían y yo solamente… Bueno sí, tal vez estaba celosa. Tal vez… Edward sonrió torcidamente. Qué infantil era.

Otra camarera, Joan según lo que se leía en su gafete, se acercó a nuestra mesa. No miró a Edward. De hecho, sólo miraba al piso. Dejó la botella de vino sobre la mesa y se alejó a toda prisa.

— ¿La habrán asustado? — comenté con estudiada indiferencia.

— Sí, la asustaron. Una vampirita que yo me sé.

— ¿Rosalie? ¿Alice? ¿Tu madre?

Edward se rió.

— ¿Esa es tu forma de decirme: "métete en tus asuntos"? ¿O tal vez "quiero saber sobre tu familia pero no sé cómo decírtelo"?

¿Decirle que se vaya a la… o saber más sobre él? Creo que era muy obvia mi decisión.

— La segunda opción.

Él asintió.

— ¿Qué quieres saber?

Y entonces me contó sobre los Cullen. Como Carlise (que ahora sabía que era el mismo que había escrito el diario dejado en la biblioteca de Aro) lo había trasformado a él, "salvándolo" de una gripe española. Y más tarde había trasformado a Esme, Rosalie y Emmett. Alice y Jasper llegaron tiempo después y rápidamente se convirtieron de la familia.

Familia… Seguía siendo una palabra rara para definir a un grupo de vampiros. Pero Edward me convencía que sí podía haber una familia de vampiros. La forma en que hablaba de todos… de Esme sobretodo… de sus hermanos… mención especial era Carlise…

Cuando íbamos por la mitad de la botella, Edward paró su relato y me miró. Había llegado mi turno de hablar. Respiré profundamente.

.

.

.

— Bueno, eh… Cuando cumplí quince años, mis padres decidieron separarse. Esta vez definitivamente… o eso es lo que habían dicho. Como siempre, el divorcio era traumático. Y yo no podía quedarme con nadie. Mi tío Charlie, que siempre se culpa por no haber estado disponible, estaba sumido en una depresión a causa de su propio divorcio con Renne. Por ende, mi tía Renne también estaba descartada, estaba deprimida y todas sus fuerzas las enfocaba en Vanessa.

— No ibas a ser un estorbo — me interrumpió Edward.

Lo miré fijamente. Charlie me lo había dicho, pero yo sabía que lo sería. Que sería un estorbo. Siempre lo había sido. Había sido un estorbo para mis padres… Si yo no hubiera nacido, ellos no se hubieran casado para luego divorciarse para volver a casarse porque su hija necesitaba padres unidos. Era un estorbo para Charlie. Estaba poniendo en peligro su vida por mi egoísta deseo de no quedarme sola. Y ahora iba a poner en peligro a Vanessa. Siempre había sido un estorbo, y eso nunca iba a cambiar. No importaba lo mucho que Charlie y Edward se empeñaran en lo contrario.

Seguí con mi relato:

— Bueno, papá consiguió dinero y un pasaje a Italia. Y me marché.

— ¿A Italia?

— Volterra, específicamente.

— Los Vulturi — afirmó.

Todo vampiro con dos dedos de frente sabían quiénes eran los Vulturis, qué hacían, y cómo podías pintarte un blanco en la frente para que te encontraran y redujeran a cenizas.

— Sí… Entré… Entré en su grupo de caza. En el grupo de los incautos humanos que entramos en la boca del lobo, bueno, en la del vampiro. Y yo… bueno, yo no sabía…

— Eras humana, no debías saber.

— Sí, lo sé…

— Te dejaron vivir.

— Aro lo hizo. Yo intenté correr cuando me di cuenta que uno de los vampiros había destrozado el cuello de una anciana y bebía de su sangre. Había leído varias novelas de vampiros para saber lo que… Por supuesto, no llegué muy lejos.

Edward asintió. Comprendía.

— Aro me tocó — continué —. Y luego pareció sorprendido.

— ¿Aro sorprendido?

Edward era el que parecía genuinamente sorprendido, pero lo entendía.

— Sé que no es un comportamiento común en él, pero sí… se sorprendió.

— ¿Por qué?

Suspiré.

— Aro dijo que tenía un escudo. Una especie de protección mental que me cuidaba de cualquier…

— ¡De cualquier intrusión en tu mente! ¡Por supuesto!

La mirada de Edward era como si… Como la mirada que debía lucir Colon cuando divisó América. O como cuando Edison consiguió encender su luz. O como… Bueno, sólo imagínenselo. Era como si hubiera completado un difícil rompecabezas.

— ¿Disculpa?

— Bella, yo…

Parecía acorralado. Como un niño que pillan en una falta. Era tan adorable…

— Yo… Yo tengo que decirte algo.

— Dime.

— Puedo… Puedo… No, no puedo… ¡No puedo decírtelo!

— Edward, tranquilo, dime.

Edward evitó mis ojos y se levantó.

— Tenemos que irnos.

— ¿Qué? ¿Por qué?

— Van a cerrar.

— ¿Ya? ¿Tan pronto? — pregunté, pero igual me levanté.

— Bella, llevamos aquí tres horas.

— Tres horas… Vaya, ni las he sentido.

— Por supuesto.

Edward pagó el vino (lo único que consumimos) y dejó la propina. Las camareras (Lancey y Barbie volvieron a mirarlo como si lo devoraran). Les fulminé con la mirada y se voltearon asustadas. Sonreí.

— Celosa — susurró Edward cuando salimos de la Bella Italia.

Me encogí de hombros. No era culpa mía que ellas ni pidieran permiso para mirarlo. Perras

Edward me volvió a abrir la puerta del auto y me senté.

— ¿Y entonces? ¿Qué me ibas a decir?

— Yo… Yo puedo leer mentes.

— ¡Woa!

Él lee mentes. Edward puede leer mentes. ¡Edward puede leer mentes!

— Sé que debí decírtelo antes, pero es que no salía el tema y…

Bueno, cálmate, Bella, no es el fin del mundo. No es como si tu cabeza fuera muy interesante, ¿no? Dios, quiero morirme.

— Perdóname, Bella, pero…

¡Un momento! ¡Mi escudo! Él no puede leer mi mente. No puede…

— ¿No puedes leer mi mente, cierto?

Edward asintió.

— Puedo leer las de todos. Las de mi familia. Nuestros compañeros del instituto. Las camareras — Hice una mueca antes la mención de las estúpidas camareras —. Todas… Excepto la tuya.

¡Bingo! Edward no puede leer mi mente. Edward no puede… Edward no… Vale, fin del baile mental.

— Oh… ¿Por eso me miraste tanto?

— Al principio te odiaba — admitió —. Venías a destruir todo lo que yo creía de otros vampiros… De otras vampiresas. Incluso de mujeres jóvenes. Realmente, la única vampira joven que conozco… que realmente conozco es Rosalie.

— Creí que Rosalie era mayor que tú…

— ¡Qué va! Creo que yo tenía unos catorce cuando ella nació, o algo así, no sé…

— Ya…

— Bueno, tú venías a cambiar todo. Y luego… luego cuando no pude escucharte… Podía escuchar a Jess y a Angela pero tú… En blanco. Y yo pues…

Decidí sorprenderlo un poco y bajé mi escudo mental.

"¿Te sentiste frustrado?"

— ¿Cómo…? ¿Cómo hiciste eso?

"¿Sorprendido, Cullen?"

— Sorprendido es poco, ¿cómo…?

Volví a colocar mi escudo y respondí:

— Es parte de mí. A veces ni siquiera recuerdo que está ahí. Y otras… bueno, otras tengo que utilizarlo.

— ¿Puedes hacer lo que quieras con él?

Edward parecía un niño en Navidad. Intrigado y entusiasmado. Escuchar mis pensamientos no había hecho que disminuyera su curiosidad sobre mí, al contrario…

— Sí, puedo hacer lo que yo quiera.


Notas de la autora:

— Capítulo lago, no? Pero era necesario, ahora saben más cosas sobre Bella. Saben cómo se convirtió en vampira. Y sus poderes.