Disclaimer: Los personajes y el libro le pertenece Rowlin.

Las intervencioenesson mías.

-El capítulo se llama: Las cartas de nadie. -Dijo la profesora McGonagall.

-¿Es decir que Nadie logró mandarle cartas? -Preguntó Fabian.

-Nadie es muy listo. -Continuó Gideon.

La gente los miraba sin comprender.

-Claramente hablan de Nadie. -Respondió Fred a la pregunta silenciosa de casi toda la sala.

-Nadie pudo comunicarse con el Cachorro. Eso no es justo. -Replicó Sirius.

-la gente seguía sin comprender.

-Están tratando a Nadie como a una persona. Utilizan Nadie como nombre propio. -Explicó Remus.

-Es bastante ingenioso. -Dijo el director sonriendo.

La subdirectora miró a todos con el ceño fruncido y comenzó a leer.

Capítulo 3. Las cartas de nadie.

La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida. Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control

remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.

-pobre mujer. -Se lamentó Andromeda.

Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe. Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry

-mi hermano pequeño se llama Dennis. -Dijo Colin.

El mencionado se sonrojó.

-Esos niños idiotas... me los voy a cargar. -Decía Lunático entre dientes.

Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo.

-¡hogwarts Hogwarts Hogwarts! -Gritaron los gemelos Weasley.

Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall, de la zona.

-Por supuesto que no. Tú irás a Hogwarts. -Dijo Canuto.

-padrino te das cuenta de que estás hablando con un libro ¿verdad?

-Lunático el Cachorro se mete conmigo. -Dijo fingiendo llorar.

El licántropo más joven, le daba palmaditas en la espalda mientras se aguantaba la risa.

Pero los demás en la sala no dejaban de reír.

Dudley encontraba eso muy divertido.

—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día

—dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?

-¡Yo ensayaré con tu cabeza cetáceo! -Exclamó james furioso.

-Cornamenta conoce una palabra rara. ¡Ha llegado el apocalipsis! -Decía Lunático.

-Yo creía que usted era el sensato señor Lupin. -Comentó la jefa de la casa Gryffindor.

-Las apariencias engañan profesora. -Dijeron los dos Remus a la vez.

—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse. —Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.

-¡Eres un digno merodeador Cachorro! -Gritaron todos los merodeadores.

-Eso ha sido fantástico. -Le felicitaron los dos pares de gemelos.

-¿creeis que lo habrá pillado? -Preguntó Lee.

-Lo dudo. -Contestó Harry sonriendo.

Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.

Remus y Lunático miraron severamente a Harry.

-¿qué he hecho ahora? -preguntó temeroso.

-Cachorro nunca comentes nada malo sobre el chocolate. Esté en el estado en el que esté. -Contestó Sirius.

-Ofenderás a Lunático. -Siguió Canuto.

-Lo siento. -murmuró Harry.

Pero los licántropos siguieron enfurruñados.

Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo.

Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura. Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.

-Me gustaría ver ese uniforme. -Dijo Oliver cuando pudo parar de reirse.

Y entonces, el muñeco que representaba a Dudley llevaba puesto el uniforme.

-Crecido si que está. -Dijo Fred.

-Pero apuesto lo que se dice apuesto...- Continuó George.

-¡No os paséis!

-¡Katie tiene razón! -Continuó Alicia.

-¡Es el tío más apuesto del mundo! -Chilló Angelina.

Y más risas se escucharon en la sala.

Harry estaba por los suelos junto a su padre.

La profesora de transformaciones continuó leyendo cuando las risas cesaron.

A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.

—¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.

-Es una mujer muy desagradable. Opinó Alice.

-Una jirafa, una morsa y un cerdo. -Dijo Gideon.

-La familia perfecta. -Continuó Fabian.

-harry eso de que nunca habías ido al zoo es mentira. Porque tienes uno en casa. -Comentó Charlie.

-Lo siento. Tienes razón.

Algunos en la sala comenzaron a reír.

—Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.

-No sabía que en ese colegio, la gente llevara el uniforme mojado. -Observó James.

Harry volvió a mirar en el recipiente.

—Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.

-harry y su padre chocaron las manos por la similitud de sus palabras.

-Se nota que estáis emparentados. -Dijo Lily con una sonrisa dulce.

—No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.

Lily lanzó maldiciones a los muñecos Dursley.

Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall.

-parecería que llevas puestos trozos de piel de un elefante viejo. -Apuntó Canuto.

Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.

harry y su padrino chocaron los cinco.

Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.

Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.

—Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, detrás de su periódico.

-¡Ha mandado a su hijo a hacer algo! -Dijo Fred.

-¿Creeis que esté enfermo? -Preguntó George.

—Que vaya Harry

—Trae las cartas, Harry.

—Que lo haga Dudley.

—Pégale con tu bastón, Dudley.

-¡Le arrancaré la cabeza a mordiscos! -Gritó Sirius.

-¡Voy a lanzarles tantas maldiciones que no van a saber ni su nombre! -Gritó Frank.

Harry esquivó el golpe y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.

-¿Es tu carta de Hogwarts? -Preguntó James emocionado.

-¿Quién sabe? -Evadió Su hijo.

Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él. ¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros.

James miró mal a Sirius y a Remus.

Éstos se encogieron en sus sitios.

Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.

Señor H. Potter

Alacena Debajo de la Escalera

Privet Drive, 4

Little Whinging

Surrey.

-¿Y si en la carta pone donde duerme mi hijo por que nadie fue a comprobar que todo estuviera bien? -Preguntó Lily muy enfadada.

-Las cartas se envían automáticamente señorita Evans. -Contestó Dumbledore.

-pues deberíais fijaros más. -Sentenció ella y se cruzó de brazos.

El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello.

-¡hogwarts hogwarts Hogwarts! -Gritaron los merodeadores.

Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.

-Yo todavía conservo la primera carta que me mandaron. -Dijo Hermione.

-Mi madre conserva todas y cada una de las que mis profesores le mandan. -Dijo James.

muchos asintieron estando de acuerdo. Pues sus madres también lo hacían.

-Así mamá Dorea podía regañarnos cuando íbamos a casa por vacaciones. -Dijo Sirius.

-Aunque a Lunático nunca le castigaba. -prosiguió Canuto.

-Era el consentido de mami.

-¿celoso Jamie?

-En tus sueños Lupin.

-Pero nunca le cayó muy bien peter. -Comentó Canuto.

-¿Por qué sería? -murmuró Harry en voz baja para que solo le escucharan Ron y Sirius mayor que se encontraban uno a cada lado suyo.

-Ella siempre decía que no le daba buena espina.

-Pero nosotros decíamos que eran imaginaciones suyas. -Dijo Canuto.

—¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.

-Eso ha dolido. -Dijo Fred.

-No sabía que la gente tenía el sentido del humor tan nulo. -Comentó Fabian con un escalofrío.

Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.

-Creo que deberías haberlo abierto en el vestíbulo. O habértela guardado para leerla después.

-Ahora lo sé mamá.

Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal.

—Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.

-¿NO podría haberse intoxicado? -Preguntó Ron.

—¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!

-Ese niño no podía quedarse calladito. -Gruñó Ginny.

Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.

-¡Devuélvesela maldita morsa! -Gritaron casi todos.

-¿Os dais cuenta de que le estáis gritando a un libro? -Cuestionó Percy.

Sus hermanos le miraron mal y él agachó la cabeza.

Debía disculparse pronto. Sabía que había sido un completo idiota.

—¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla.

-Carácter Black a la vista. -Dijo james.

-Mezclado con el carácter Evans. -Comentó Sirius.

-¿Carácter Black? -Preguntó Dean.

-Es que mi madre es una Black. -Dijo James.

-Y los Black cuando se enfadan... -habló Remus.

-No quieras estar cerca. -Terminó Lunático.

-harry es terrible cuando se enfada. -Comentó Ron.

-Mezcla de Black y Evans. -Dijo Sirius orgulloso.

—¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.

-Adoro las descripciones de este libro. -Dijo Alicia.

-Pues son los pensamientos de Potter. -Dijo un hufflepuff sonriendo.

—¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.

Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.

—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!

-Panda de dramáticos. -Musitó Draco asqueado.

-Por una vez en mi vida, estoy de acuerdo con Malfoy. -Comentó Harry.

Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí.

Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.

—Quiero leer esa carta —dijo a gritos.

-ese chico tendría que pasar una semana en casa. -Dijo Bill.

-Seguro que se le quita la mala educación y los malos modos que tiene. -Aportó Charlie.

-mamá Dorea le podría en vereda rápidamente.

-Eso habría que verlo. Sería muy divertido Cornamenta. -Habló Canuto.

—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.

-Mi ahijado es una bomba de relojería. Estoy tan orgulloso...

Sirius se enjugó una falsa lágrima de la cara.

—Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.

Harry no se movió.

—¡QUIERO MI CARTA! —gritó.

—¡Déjame verla! —exigió Dudley

—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura.

-¡Vamos Cachorro! -Gritaron los merodeadores.

-¿Sabéis que su primo es más grande que él ¿verdad? -Cuestionó

-Fabian para nosotros, Harry siempre será el mejor. -Dijo james.

Y después abrazó a su hijo que se puso a llorar entre sus brazos.

Pronto, los dos Sirius y ambos Remus rodearon a Harry y a su padre y se unieron a su abrazo.

-Tu nombre merodeador es Cachorro. -Dijo james.

Los demás merodeadores asintieron y Harry sonrió feliz.

Le gustaba su nombre merodeador. Pensaba que le hacía especial porque se lo había puestu su familia. Su verdadera familia.

Ganó Dudley, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.

-No te preocupes Cachorro. Nos ocuparemos de la mini morsa. -Comentó Lunático sonriendo con malicia.

—Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?

—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.

-Podrían haberlo hecho. -Refunfuñó James.

—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...

Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina.

—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta...

Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...

—Pero...

—¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?

-¡malditos Dursley! -Gritó Molly. Y lanzaron más maldiciones a los muñecos.

-Menos mal que se regeneran después de ser destruidos porque si no... -Comentó Lee.

-Tienes razón amigo. -Dijo Fred y le apretó el hombro.

Lee se sonrojó y apartó la mirada. Fred sonrió al verlo.

(Tal vez...) Pensaba el muchacho pelirrojo.

Entonces se centró en la lectura con una sonrisa.

George vio la interacción de ambos chicos y le dio un golpe juguetón a su hermano con el codo. Después se miraron y sonrieron.

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.

-¿Pero cabía por la puerta? -Preguntó Seamus.

-Con dificultad. Mucha dificultad. -Respondió Harry.

—¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió?

—Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé.

-¿Que hizo qué? -Preguntaron muchos horrorizados.

Y lanzaron maldiciones a el muñeco de vernon.

—No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre.

—¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo.

Ron tembló ante la mención de las arañas.

Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.

—Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley

-¿Cómo que segundo dormitorio? ¿Tenían más dormitorios y te hacían dormir en la alacena? -Preguntaba Lily.

James estaba tan furioso que no podía ni hablar. Después con cierta dificultad dijo:

-¡Espero que haya una muy buena razón por la cual mi hijo esté con esas personas! ¡Porque si no aquí van a rodar cabezas! Luego se dirigió a los muñecos y les pegó puñetazos y patadas hasta que se cansó. Volvió a su sitio y le hizo una seña a McGonagall para que continuara leyendo.

—¿Por qué? —dijo Harry

—¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo.

La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél.

-¡Si esa gente aparece en persona les voy a decir unas cuantas cosas! ¡Y si no... iré a su casa en cuanto acabemos de leer estos libros y... y...!

-Cálmate Cornamenta. Nos vengaremos.

-Eso espero Canuto.

En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino.

Los dos Sirius gruñeron pareciéndose a los animales en los que se transformaban.

La gente los miró pero no dijeron nada.

Y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.

-¡La lectura es sagrada! -Exclamó Padma.

Los demás Ravenclaws estuvieron de acuerdo.

Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.

—No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo...

Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación.

-Ese niño necesita disciplina - Opinó Augusta frunciendo el ceño.

Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente.

Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley.

-Odio a esos Dursley. -Comentó Teo a sus amigos.

-A Mí no me cae bien Potter pero nadie merece que le traten así. -Opinó Draco.

Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.

—¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4...

Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiento y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello. Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.

-Se cansa forcegeando con niños pequeños. Qué patético. -Dijo Ron.

—Vete a tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley.. Vete... Vete de aquí.

-Menudo drama. La que lían por una simple carta. -Comentó Canuto.

-Además, seguirán llegando cartas hasta que Potter conteste. -Continuó la profesora de astronomía.

-¿De verdad? -Preguntó Hermione.

-Por supuesto joven Granger.

Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo?

-Claro que sí hijo. -Sonrió Lily.

Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.

-¿Estás de broma verdad? -Preguntó Ron.

-¿Por qué lo dices? -Cuestionó lunático.

-Porque los planes de Harry suelen salir mal. -Comentó Hermione.

-¡oye! Por lo menos sé improvisar.

-Menos mal porque si no... -Prosiguió Ron.

El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente.

-¿Lo arreglaste tú? -Preguntó Seamus.

El ojiverde asintió.

Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.

Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente

mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.

—¡AAAUUUGGG!

-¿Qué ha pasado? -Preguntó Lily tensa.

-Lo mismo ha pisado la cara a su tío o algo así. -Respondió Katie.

-Eso sería gracioso. -Murmuró Oliver.

La cazadora se sonrojó.

Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!

Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío.

-¡Katie eres la ostia! -Exclamaron Fred y George.

La chica volvió a sonrojarse.

Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer. Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té.

-No te preocupes cachorro ese intento de hombre va a sufrir bastante.

-No es necesario papá.

-¡Por supuesto que lo es!

-Tranquila pelirroja. Nos vengaremos.

-Más te vale Black.

Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.

—Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos.

-¡Eso es imperdonable! -Gritó Neville.

-¡Cómo se atreve esa morsa a...! -Exclamó Zabini. El chico cuando se dio cuenta de lo que había hecho bajó la cabeza mortificado.

-¡Así se habla chico de Slytherin que va al curso de Ron! -Ovacionaron los gemelos.

-Se llama blaise Zabini. -Dijo Harry.

-¡zabini Zavini Zavini...! -Corearon los merodeadores y los dos pares de gemelos.

El mencionado se sonrojó.

Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.

-Menudo idiota. -Dijo Parvati.

—¿Te das cuenta? —explicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.

—No estoy segura de que esto resulte, Vernon.

—Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.

-Sinceramente, prefiero no ser como ellos. -Comentó Seamus.

-Anda que darle a un clavo con un pastel de fruta... -Aportó Dean.

El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.

-¿Y no pudiste coger ninguna? -Preguntó Ginny.

El chico negó con la cabeza.

Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas.

-Ese ser es espantoso. -Dijo Lavender.

Salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.

-¡Alerta permanente! -Voceó Moody.

Los que no le conocían saltaron en sus asientos.

El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón.

-Le lanzarían un confundus. -Murmuró Remus para sí.

-Y me sigo cuestionando por qué no pudiste coger ninguna carta. -Comentó Hermione.

Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.

-Esa mujer es muy desagradable. -Comentó Severus en voz baja.

—¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —preguntaba Dudley a Harry, con asombro.

-El mundo mágico cerdito sin cola. -Comentó Lunático.

-¿Qué os parece si le ponemos una bonita cola rizada? -Cuestionó Canuto.

-De acuerdo. -Secundó James.

Harry hacía todo lo posible para no reirse.

(Se llevarán una gran sorpresa) -Pensaba el ojiverde.

La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.

—No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas...

-¿Los muggles no reciben correo los domingos? -Preguntó Daphne asombrada.

-Los domingos son días de descanso. -Comentó Hermione.

Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una.

-¿Por qué no cogiste una del suelo? -preguntó Lily.

-Tal vez le guste atrapar cosas. -Divagó Canuto.

-Puede ser buscador. -Comentó James.

Harry miró muy serio a su padre y dijo:

-Papá no me gusta el quidditch. Me parece un deporte horrible.

Los fanáticos del quidditch que no sabían la verdad. miraron a Harry como si le hubieran salido patas de acromántula. Los que sabían que el chico jugaba, se reían internamente aunque a Oliver casi le da un infarto por escuchar a su buscador hablar así de su pasión.

Todos le siguieron el juego a Harry. Querían ver cómo acababa esto.

Por su parte James estaba con la boca abierta de asombro. Un par de veces intentó decir algo pero las palabras no le salían.

-¿No puedo hacer nada para que te guste el juego? -Cuestionó finalmente.

Sirius y Remus se aguantaban la risa como podían.

-No papá. Odio volar. Se me da fatal.

James se abrazó a sus amigos muy pálido.

-No te preocupes cariño. No pasa nada porque no te guste el quidditch. -Dijo Lily.

James asintió con la cabeza dándole la razón a su novia.

(Aunque intentaré que te guste el Quidditch) -Pensó el merodeador.

—¡Fuera! ¡FUERA!

Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor. Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.

—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!

-Creo que se ha vuelto loco. -Comentó Teo.

Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa.

-¿Intentó llevarse todo eso? Preguntó Dennis Creevey.

Harry asintió.

Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.

—Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo

hacía.

-Está como una puta cabra. -Dijo Tonks.

-¡Nimphadora! ¡Ese lenguaje!

-Lo siento mamá.

No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba.

-Los lobos aullan. -Los cerdos gruñen. -Comentó Canuto.

Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.

Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber...

-¿Eres curioso Harry? -Preguntó Frank.

-Qué va. -Dijo Ron con hironía.

-Demasiado curioso. -Refunfuñó la profesora McGonagall.

-Entonces igual de curioso que su padre. -Comentó Canuto.

-Es aún más curioso. -Dijo Remus.

-¡Es un digno merodeador! Qué lástima que no le guste el quidditch.

-Calma Cornamenta. No pasa nada. -Intentó consolarle Lunático.

James murmuraba cosas como:

-(Hijos malvados que odian el quidditch y le daría un infarto)

Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.

—Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.

Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:

Señor H. Potter

Habitación 17

Hotel Railview

Cokeworth

Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró asombrada.

-Qué hombre tan antipático. -Refunfuñó Kingsley.

—Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.

—¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.

—Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde.

-¡Pienso igual que un muggle con sobrepeso! -Gritó Teo escandalizado.

-¿Qué tiene de malo pensar como un muggle? -Cuestionó Lily.

-Pues que los muggles son basura y... -Comentó un Slytherin.

Ginny le mandó un Mocomurciélago bastante potente.

-No lo decía por que fuera muggle. -Aclaró Teo. Si no porque es "ese muggle"

Lily asintió conforme.

-Te entiendo tío. -Le dijo Draco en voz baja.

Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido.

Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.

—Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.

-Es odioso y repelente. -Dijo hermione asqueada.

Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry.

-¿Cuándo es tu cumpleaños? -Preguntó james.

-El treintaiuno de Julio. -Respondieron Harry, Sirius y Remus a la vez.

Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.

-Cachorro este año tendrás la mejor fiesta de cumpleaños del mundo. Te lo prometo. -Dijo Sirius.

-Ya me lo has dicho muchas veces. -Comentó Harry. Siempre que me escribes me dices lo mismo. Aunque aún faltan dos meses para eso.

-Y si logramos cambiar todo esto, tendrás los mejores cumpleaños de todos. -Dijo James.

Harry sonrió feliz.

Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.

—¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!

Hacia mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.

—¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!

Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea.

—Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!

En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro.

-¡Esa no es manera de tratar a unos niños! -Gritó Molly exaltada.

-Podrían ponerse enfermos. -Comentó la señora Pomffrey enfadada.

Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.

El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habitaciones.

La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno.

-Eso no es comida suficiente. -Dijo Augusta.

Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.

—Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.

-Voy a meterte tu alegría por el cu...

-¡Señor Potter! -Exclamó indignada la profesora McGonagall.

-Lo lamento profesora. pero mi cuñado me saca de quicio.

Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.

-Oh mi niño. -Dijo Lily abrazándolo.

Sus compañeros se rieron pero Harry los ignoró. Era maravilloso estar entre los brazos de su madre.

Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.

-¡voy a matarte maldita jirafa envidiosa! ¡Voy a lanzarte tantas maldiciones que me suplicarás piedad! ¡No volverás a acercarte a mi ahijado! -Mientras Sirius gritaba todo eso, lanzaba maldiciones oscuras a los muñecos. Nadie se atrevió a interrumpirle. Ni siquiera su yo más joven.

Después cayó de rodillas al suelo y se tapó la cara con las manos. Luego se sentó con las rodillas contra el pecho y comenzó a mecerse adelante y atrás.

Los que vinieron del pasado miraban estupefactos la escena. No comprendían lo que pasaba y estaban muy asustados.

-Es mi culpa. Todo ha sido culpa mía. Si no hubiera sugerido el cambio... Si no hubiese ido detrás de él... Todo es mi culpa. Estaría mejor muerto.

Remus intentó acercarse a Sirius pero una barrera invisible no se lo permitía. Harry también lo intentó con el mismo resultado.

James se acercó y tocó la barrera con la mano y pudo pasar.

Le puso una mano en el hombro a Sirius pero éste no reaccionaba. Se sentó a su lado y lo abrazó con fuerza.

-Sirius lo que sea que haya pasado no es tu culpa. Sé que tú cuidarías a mi hijo como si fuera el tuyo propio. Sólo me alteré por cómo le trataban esas personas. Pero sé que no estuviste con Harry por algo demasiado malo que no podías controlar.

Sirius lloró con más fuerza.

Remus, Canuto, Lunático y Harry consiguieron traspasar la barrera y abrazaron a Sirius.

-Todo se resolverá en el tercer libro padrino. Sé que todavía faltan unos días para eso pero... Todo irá bien.

Remus acarició el pelo de Sirius con ternura.

-Cuando leamos el tercer libro yo juzgaré si ha sido tu culpa. -Dijo James.

Los merodeadores siguieron hablando un rato más intentando calmar a Sirius. Cuando se calmó y todos volvieron a sus sitios, la profesora de transformaciones continuó con la lectura con los ojos húmedos.

La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir. Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre.

-¿Cuando comemos? -Preguntó Sirius.

Después del siguiente capítulo. -Dijo Dumbledore.

Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegara la hora de su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.

Hagrid le guiñó el ojo a Harry discretamente y el chico sonrió.

Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría.

-Harry eso es horrible. -Dijo Hermione escandalizada.

Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.

-Técnicamente no sería robar porque son tuyas. -Comentó Alice.

-¿La casa estaba llena de cartas? -Preguntó Colin.

Harry negó.

Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?

Lily se abrazó a James escondiendo la cabeza en su pecho. Estaba muy asustada. Esperaba que su niño estuviera bien.

Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo...

-¡Hazlo Harry! ¡Despierta a esa mini morsa! -Dijeron los gemelos Weasley.

Tres... dos... uno...

BUM.

-¿Qué ha sido eso? -Preguntó James con la voz entrecortada.

Harry sonrió para tranquilizar a sus padres.

Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta.

Alguien estaba fuera, llamando.

-¿Quién es? -Preguntó Canuto.

-El capítulo ha terminado. -Dijo la profesora McGonagall.

-¿Quién quiere leer? -Preguntó el director.

-Yo lo haré. -Dijo kingsley.

La animaga hizo levitar el libro hasta las manos del auror que comenzó a leer.