CRISIS MINISTERIAL
CAPÍTULO 4
UNA AUROR ENTRE LA POLICÍA
Cecilia pidió a Nieves que se encargara de sus llamadas personales. Hasta se desprendió de su móvil para ello. Y eso que, con cuatro hijos, el móvil era casi tan esencial en su vida como su varita.
-Por favor. Les dices a todos que estoy ocupada. Salvo que pase algo urgente...
-Ya, algo así como un niño medio transfigurado o con una pierna rota...
-Cosas de esas, sí. Voy a llamar a ... a... a mi prima María, si. Creo que todos en realidad están llamando para enterarse de qué es lo que pasa con lo de la niña. Si llamo a mi madre puede intentar interrogarme con sus dotes periodísticas... María es un elemento mas o menos neutral... le encargaré que ella hable con los demás...
Pero Cecilia se encontró con que su prima también podía sacar unas habilidades más propias de un interrogador de la KGB.
-Mira, Cecilia, los que somos padres queremos estar tranquilos. Y es obvio que tiene que ver su condición mágica con este secuestro....
-No te pongas nerviosa. Pero comprende también mi posición. Yo no puedo decirte nada.
-¿Puedo mandar a mis hijos al colegio?
-No veo por qué no. Los míos han ido. Y te recuerdo que en su colegio hay cinco niños mágicos.
-Si, pero el tío José Ignacio salió de la empresa esta mañana diciendo que haría guardia por los alrededores...
-¿Qué dices?
-Que tu has puesto guardaespaldas. Por algo será ¿No?
-Mira, María. No tenía ni idea de eso que me estás contando. Es una iniciativa personal de mi padre de la que, reitero, no me había dicho nada.
-Pero...
-De verdad, María. Hoy tenemos aquí un trabajo horrible. Por favor, no me hagas perder mas tiempo.
-Está bien. Espero que nuestro ministerio actúe como debe.
-Estamos haciendo todo lo que podemos...
María colgó el teléfono airada. Cecilia comprendía su preocupación. María tenía tres niños de cuatro, seis y nueve años, y era lógico que estuviera preocupada. Ella también lo estaba, pero no podía hacer más. Decidió aparcar aquello de su padre rondando el centro escolar para más tarde y se puso a trabajar.
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La Inspectora Pérez–Callejón llevaba media hora leyendo muy detenidamente el expediente sobre el caso Verónica Mendoza. Estaba sentada en la única mesa disponible en la ajetreada comisaría, la peor de todas, por supuesto. No disponía más que de un block usado y un lápiz para tomar notas y los demás policías la miraban con extrañeza y hasta cierta prevención.
A primera hora de la mañana, el comisario Valverde había recibido una llamada directamente de un despacho del Ministerio de Interior anunciándole que una colega se sumaba a la investigación. Era imposible que imaginara que la "colega" en cuestión era una bruja y por ende una auror.
La inspectora se había presentado poco después. Al comisario le pareció, como mujer, bastante poca cosa. Era baja, delgada aunque con hombros anchos, seguramente porque se mantenía en forma, algo lógico teniendo en cuenta su profesión, con un pelo largo muy rizado de un color tirando a pelirrojo oscuro y ojos casi negros. Iba vestida con un pantalón de algodón negro, una chaqueta de cuadros y una camisa blanca. La inspectora no llamaba la atención. Pero realmente, pensó el comisario Valverde, lo que importaba eran sus dotes como policía. Y en ese sentido, Rocío Pérez-Callejón le había causado muy buena impresión inicial. Sus preguntas habían sido pocas pero certeras. Y por lo que atisbaba de vez en cuando, estaba haciéndose un buen resumen de la investigación. Volvió a otear por encima del hombro de la inspectora con un vasito de horrible café de máquina en cada mano.
-¿Deseaba algo, Comisario? – Preguntó la inspectora levantando la cabeza del papel. Valverde le echó así, a ojo, unos treinta años. Iba sin apenas maquillar y llevaba las uñas muy cortas.
-Le traía café... no es gran cosa, pero es lo que tenemos...
-Muchas gracias.- Rocío le dedicó una sonrisa que dejó a Valverde sin saber muy bien qué decir, hasta que su entrenado sentido policial le llevó a hacer una pregunta tirando por lo profesional.
-¿Cómo lo lleva?
-Voy leyendo...
-Cualquier cosa, ya sabe... no dude en preguntarme...
-Pues ahora que lo dice, hay muy poco sobre el proceso de adopción de la niña.
Valverde se sintió repentinamente interesado. Era una opción que no habían considerado y sin embargo parecía bastante obvio. Los principales sospechosos eran orientales... Agarró una silla de la mesa contigua y se sentó frente a la inspectora.
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-Hay un auror infiltrado en la policía ¿No? – Preguntó Cecilia al cabo de media hora. Tenía la mesa repleta de papeles, todos con muchos post-it de colorines pegados. Cecilia tenía experiencia nula en criminalística mágica y una ignorancia grande en cuanto a la regulación jurídica mágica en materia de adopción, así que de momento andaba tanteando cosas.
-Si. Rocío Pérez-Callejón.
-¡Rocío!
-¿La conoces?
-Claro. Es de mi edad. Íbamos juntas a clases de magia.
-Entonces sabrás quién es su abuelo.
-Eduardo Callejón.
-Mi jefe. Eso es. Probablemente por eso no lo han metido en esto.
-Ya... ¿tienes su teléfono móvil?
-¿El de Rocío? Si, pero no se si debes llamarla ahora. Estará en plena vorágine investigadora rodeada de policías muggles.
-No voy a llamarla. Voy a mandarle un mensaje.
-¡Ah!
Poco después el teléfono de la inspectora dio un par de suaves pitidos.
-Tiene una llamada. La dejo para que tenga tranquilidad... – Dijo el comisario a la par que se levantaba de la silla. La inspectora le hizo un gesto con la mano para que volviera a sentarse.
-Es un mensaje. Contestaré más tarde.
Ante la mirada inquisidora de él, la inspectora esbozó una media sonrisa la mar de enigmática.
-Se trata de una amiga, una amiga del colegio... contestaré mas tarde.... podemos seguir con lo que estábamos.
El comisario Valverde volvió a sentarse y sonrió.
