Capítulo III

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Caminé al lado de Jake y miré hacia los vampiros.

-Es mi boda y no un campo de batalla -mi voz sonó fuerte y clara. Edward notó mi actitud y relajó la postura para mirarme. Evadí sus ojos.

-Bella, disculpa que me entrometa -inquirió Sam-. Nosotros jamás queríamos arruinarte la boda -miró rápidamente hacia Irina-. Pero creo que ya nos vamos.

Todo se remontaba a venganza. Irina estaba ansiada de asesinar a mis amigos licántropos, quienes me apoyaron y me protegieron de su pareja, Laurent, cuando ninguno de los Cullen estaba en Forks. Temblé de miedo al pensarlo pero esa era la realidad.

Entonces, tal vez esa era la principal razón de la mudanza de ellos a Forks. Se escondían en camuflaje con la idea de que Tanya quería arruinar mi relación con Edward, intentando parecerse a mí -y aún lo intentaba, porque llevaba un vestido blanco para una boda donde, por regla de sentido común, no deben haber damas vestidas de blanco aparte de la novia-.

-Mejor váyanse -repuso Alice con temor, mirando a los lobos.

Sam, Seth, Leah, Paul, Jared y Jacob retrocedieron poco a poco y fueron alejándose poco a poco. El último de la manada volteó y me miró con ojos de decepción como si yo fuera la culpable.

Tal vez pensaba que yo estaba al tanto de las intenciones de aquéllos vampiros entrometidos, cosa que era totalmente falsa.

Rosalie, Emmett y Jasper se llevaron a los del Denalí lejos del lugar y Alice les siguió luego de un rato, dejándome a solas con mi esposo.

Se hizo un silencio entre los dos.

- ¿Qué se supone que pensaba Irina? ¿Tenías alguna idea de que ésto iba a ocurrir? -le pregunté exaltada.

- Por supuesto que no -bajó la cabeza y el volumen de su voz- si Alice lo hubiera visto, se la hubiera llevado léjos de allí.

- ¿Sabes lo que debe estar pensando Jacob?

- ¡Ellos mataron a su pareja! ¿Cómo te hubieras sentido tú en su lugar?

- ¡No era el momento, Edward! -le repliqué molesta.

Hizo un mohín con su boca pero calló.

-No lo entiendes -inquirió por fin-.

Tomé mi vestido entre mis manos y las cerré en puños.

- No puedo creer que estés jugando sus reglas -mascullé entre dientes y me dí la vuelta hacia la maleza del bosque-.

-¿Para dónde vas? -preguntó con desolación en su voz-.

-A hablar con Jacob -inquirí mientras lo veía tomar el camino hacia el este, como humano-. Por lo menos yo intento intervenir para que no ocurra una catástrofe.

Me paré en seco, iba a regresar para argumentar algo más pero una lágrima de impotencia y tristeza bajaba por mi mejilla.

-Regreso luego -intenté que no se me quebrara la voz-.

-Bella, no te vayas -suplicó a pocos centímetros detrás de mí-.

Sequé la lágrima y me di la vuelta. Coloqué mi mano en su mejilla y se me dificultaba la visión por otras lágrimas que buscaban el escape más certero. Mordí mis labios intentando contenerme y miré los suyos, a los cuales me acerqué con lentitud para besar.

-¿Cuando cederán los problemas? -pregunté con voz ronca-.

-No te vayas -suplicó una vez más-.

-Regresaré para nuestra luna de miel -le prometí y acabé con un fugaz beso-.

Soltó mi mano con dificultad pero me dejó ir.

Seguí la silueta de Jacob, intentando gritarle desde lejos para que bajara la velocidad de sus pasos.

-¡Jacob, espera!

El chico paró en seco pero no regresó su vista atrás.

-¿Qué haces, Bella?

Caminó hacia mí con duda.

-Necesito que hablemos.

-Pues este no es el lugar -miró mi vestido- ni el momento. Ya tendrás oportunidad de hablar con otra gente que no sean vampiros-.

-No quiero que pelees -le dije-.

-No voy a dar pelea, pero si me la dan, no me quedaré de brazos cruzados.

-Por favor -le supliqué mirando sus ojos-.

-Vamos a otro lugar-.

-Me tengo que quedar aquí. Debo regresar en un rato.

Jacob ya había emprendido su camino y solo ladeó levemente su cabeza hacia un lado.

-¿Ves las razones por las cuales no congeniamos? -preguntó entre dientes-.

Su respiración se volvió acelerada y audible.

-No tienes por qué molestarte -dije con temor-.

Jake no hizo comentario alguno, parecía sumido en sus pensamientos, y viendo hacia la nada. Podía notar que intentaba calmarse, porque no quería cometer algún error.

-Ya es suficiente -profirió con desprecio-. No quiero hacerte daño.

Sus manos empezaron a temblar, y me miró con desentendimiento. Dubitó un par de veces y corrió velozmente hacia el norte, dejándome en soledad.

Oscurecía y poco a poco me iba dando cuenta de que estaba sola de verdad. ¿Por qué Edward no iba a buscarme? ¿Por qué Alice no me veía en esta situación?

No estaba tan lejos de la casa de los Cullen, pero no tenía las fuerzas para seguir caminando, mis rodillas cedieron y junto a la lluvia me dejé caer en el lodo, dejándo mi vestido cubierto de tierra y mi cabello goteando sobre mis hombros. Que día más triste el de hoy. El cielo lloraba conmigo y mis manos querían contener las lágrimas, pero la rabia me invadía y no hacía más que golpear el barro que se expandía por mis manos y aquél rugoso maquillaje de ojos se derramaba por mi rostro. Respiré hondo y me acosté sin importarme la lluvia, la tierra, los problemas... nada existía ya.

Todo se tiñó de negro a mí alrededor cuando mis ojos no se permitían llorar más, así que los cerré con fuerza y me llené de valor para encontrar el camino.

Sin dirección alguna, ya me era indiferente el lugar donde estuviera, pero casualmente tuve un atisbo de curiosidad por las flores que había bajo mis pies.

Éste era el lugar, era nuestro prado.

-Bella...-Mi nombre salió de la más dulce de las voces-.

El frío invadió mi espalda y su mano entró en contacto con mi hombro.

Era él.

Me volteé, partí en llanto sobre su pecho y me abrazó con fuerza.

-Mira nuestra noche de bodas, la he arruinado -murmuré con tristeza-.

-Apenas comienza -inquirió y rápidamente posó sus labios sobre los míos-.

Mi piel se erizaba con el contacto de sus manos, más el frío de la lluvia.

Empecé a hacerme preguntas, "¿era ese el momento?".

Me sorprendió la ligereza de sus besos, y la forma en que sus manos viajaban hacia mi espalda. Hacía intervalos de su boca en mi cuello y rostro, así que yo decidí dar de mi parte. Mis manos le quitaron el abrigo negro de su smoking y lo sostuve con mi mano.

-Edward... Lo siento -susurré entre besos, pero no me detuve-.

-¿De qué hablas? -preguntó, mirándome a los ojos-.

-Mira donde estamos, por caprichos míos. Tal vez si lo hubiera pensado mejor... -intenté disculparme de alguna manera, pero no encontraba las palabras-.

El volumen de nuestras voces se aminoraba con el sonido de la lluvia que salpicaba en las rocas y que intentaba pasar el límite de los frondosos árboles a nuestro alrededor. Por eso, me acerqué más a él, aparté las gotas de agua que bajaban por su rostro y lo miré una vez más.

-Aún no lo entiendes, Bella -murmuró, negando con su cabeza-. Aunque una oleada de fuego nos rodeé, o una oleada de viento destruya nuestro alrededor -miró al cielo rápidamente -, y qué importa si un diluvio se aproxima. Nada es más perfecto que cuando estás conmigo.

Me rodeó con sus brazos y hundí mi rostro en su cuello.

La lluvia fue cediendo poco a poco y solo quedaba el frío y la niebla sepulcral de la noche en el prado. Sus musculosos brazos me acunaron mientras lo besaba.

Tomó su abrigo y lo colocó encima de mí, me montó sobre su espalda y corrió velozmente entre la natura del bosque, que rozaba mis pies cada vez que la dejábamos atrás.

De pronto, Edward paró y yo me bajé de su espalda para mirar donde nos encontrábamos pero sus manos buscaron inmediatamente mi rostro mientras me impedía distraerme.

-Espera, espera -supliqué con mi rostro entre sus manos.

-¿Qué ocurre?

-¿En dónde estamos? -susurré en voz baja.

-¿Importa?

Me moví un poco y me alejé para admirar su expresión.

-Déjame mirar, por favor -le pedí amablemente.

Hizo lo que le pedí y cuando intenté voltearme, colocó una mano sobre mis ojos.

-No quiero arruinar toda la sorpresa. Mañana podremos ver el exterior al amanecer -susurró a mi oído.

Temblé por un escalofrío y luego de pensarlo, me rendí. Empecé a caminar cuando Edward me lo ordenó. Mis tacones retumbaban en un piso de parqué reconocible. Entre los dedos de Edward no podía notar algún cambio de luz visible, a pesar de que me hacían suponer que estábamos ya en el interior de aquél desconocido y misterioso lugar.

Era cálido y tenía un olor a madera en fuego, de lo que supuse sería una chimenea.

Aún caminábamos pero Edward me impedía la visión de mi entorno. Mi esposo tomó mi mano y me dio la vuelta de manera que quedara frente a él.

Nos miramos por segundos infinitos, deseándonos el uno al otro pero había algo que me molestaba y me impedía seguir adelante.

-Mira mi aspecto. No puedo hacer... esto así -murmuré con vergüenza.

-Tranquila -miró detrás de mí en un fugaz segundo para luego verme de nuevo -. Espérame aquí -susurró a mi oído.

Desapareció ante mis ojos y me dejó un poco desconcertada. Edward olía hoy más delicioso que nunca y mis manos ansiaban tocarlo.

Me debatí entre la idea de buscar un baño para arreglar el desastre que estaba hecha o recorrer ese interesante y elegante lugar. La puerta blanca que se encontraba frente a mí, devoro mi curiosidad y lo abrí al instante.

Una luz tenue invadía el cuarto, de donde resaltaban velas de color blanco, colocadas por el suelo de manera aleatoria y me recibía un camino de pétalos con rosas cuyo final no era más que un jacuzzi del mismo color de las velas en el cual burbujeaba el agua caliente que empañaba las paredes.

Gemí de la impresión y llevé mi mano a mi boca. Caminé lento, intentando no cometer un desastre con mi vestido que estaba totalmente destruido.

El agua parecía llamarme y mis pies tuvieron curiosidad de sentir el calor del agua, así que miré atrás como una niña pequeña que está a punto de cometer una travesura.

- ¡Edward, me daré un baño! -le grité impaciente a que respondiera.

No oí nada más, pero no me preocupé. Cerré la puerta sin pasar la llave, me volteé y miré una vez más mi meta.

Me deshice de mi ropa increíblemente rápido y entré con cuidado a la tina burbujeante. Cada articulación y cada nervio de mi cuerpo cedieron en el acto y cerré mis ojos para relajarme.

Estuve allí cuanto tiempo alcanzó para que mis pies y manos se arrugaran como pasas y había utilizado un jabón líquido con un aroma casi idéntico al de la loción que usaba para mi cabello, aquella que a Edward tanto le encantaba.

Una bata de seda me esperaba colgada a la pared. No pude evitarlo, tuve que sonreír con la idea de lo que estaba a punto de suceder. Me envolví y caminé lentamente hasta que oí un movimiento en el pasillo.

-¿Edward? -pregunté con mi mano cerrada en un puño por el extremo de mi bata-. ¿Donde estas?

La decoración del baño se había quedado corta con la perfecta creación de flechas creadas con pétalos rojos que señalaban hacia un pasillo de la derecha. Miré a los lados para cerciorarme de que Edward no estaba y seguí las señales, caminando de puntillas con curiosidad.

Dos puertas de vidrio con marcos blancos al estilo francés, pararon el recorrido de las flechas.

Abrí la puerta con mi mano desocupada y la madera del resto de la casa había sido suplantada por una alfombra color crema, pero aún seguían las flechas hasta desaparecerse al pie de una cama enorme.

Pequeñas velas decoraban el suelo sobre el que había una enorme cama de sábanas blancas con telas de tul colgando de su alta cabecera hasta el otro extremo del mueble. Me encontré sola en esta habitación de ensueño. El ambiente era cálido y agradable, las velas desprendían un aroma dulce de vainilla y chocolate y los colores que prendaban mis ojos eran tonos pasteles y blancos.

Había mucho silencio antes, pero ahora solo se oía el latir de mi corazón desbocado que no paraba de latir con toda fuerza.

Un instrumento cuyos sonidos mis oídos no estaban muy acostumbrados a oír, empezó a tocar al más suave son de mi melodía, la Nana de Bella interpretada por un violín que se reproducía en algún lado de aquella casa.

Me acerqué a una enorme ventana de cortinas blancas que caían del techo para abajo. La noche lucía su traje blanco en todo su esplendor.

-Si las palabras pudieran expresar cómo me siento en éste momento, te cansarías de oírme hablar -susurró en casi un ronroneo. Su mano recorrió mi cadera de atrás hacia adelante.

Sentí un escalofrío de su respiración acompasada rozando mi cuello y volteé un poco mi cara hacia atrás.

-Estoy nerviosa -inquirí con pena.

Edward dudó y se alejó medio paso de mí.

-¿A que pueda herirte? -preguntó con dolor en su rostro.

Me volteé y le sonreí.

-Por supuesto que no -acaricié su rostro y le miré a los ojos.

Regresó a la misma cercanía de antes y colocó su frente con la mía, cerró los ojos y soltó un suspiro.

-Se hace tarde -su aliento divino se combinó con el aire con aroma dulce proveniente de las velas.

-¿Para qué? -pregunté en voz baja y cerrando mis ojos.

-Para cumplir con mí promesa. Tú has cumplido la mía, a pesar de que no era de tanto agrado para ti.

-Se siente bien ser Isabella Cullen -coloqué mis manos sobre su pecho.

El silencio hizo acto de presencia en esta escena y yo esperé... esperé porque no me molestaba hacerlo. Había aguardado paciencia por el deseo que tenía de estar con Edward y tan solo faltaban minutos, o segundos.

Gotas empezaron a repiquetear contra el vidrio del balcón de marco blanco y la lluvia aceleró su frecuencia.

-Te amo -susurró en un hilo de voz y comenzó lo que sería el principio de la más exquisitas de las noches.

Aquélla primera vez que había intentado acercarme de esta forma a Edward, había sido negada; ahora no había nada que argumentar y con toda seguridad empecé desabotonando su camisa, que permanecía húmeda del recorrido que habíamos hecho debajo de la lluvia, amoldaba y marcaba sus músculos a la perfección haciéndolo lucir más seductor de lo normal.

Mi esposo me facilitó el trabajo, deshaciéndose de su camisa y lanzándola a un lado mientras nos besábamos desenfrenadamente. Sus manos viajaron hacia el nudo de la única tela que cubría mi cuerpo, mientras que las mías empujaban su rostro más cerca, porque así lo quería y así lo necesitaba... cerca.

Se distraía entre la concentración de nuestros labios y la ropa en sus manos. Edward maldijo apretando los dientes y se oyó como aquella pieza roja de seda se destruía con el poder de sus manos; reí para mis adentros, sin problemas me deshice de sus pantalones aunque me hubiera gustado destruirlos.

Yo me encontraba de espaldas a la cama "King size". Quería empezar pronto así que tomé más autoridad sobre mi esposo e hice que cambiáramos lugares y poco a poco lo fui llevando sobre las sabanas. Cambió la posición de sus labios recorriendo la hendidura entre mi mandíbula y mi oreja. Él tenía las mejores formas de seducirme, tanto que me hacían sentir sedienta. Ahora podía entenderlo a la perfección, mientras sus dedos recorrían mis piernas y las apretaban con ansias, su deseo de sangre era difícil de controlar, así como las ganas que yo le tenía ahora.

Fue colocándose hacia atrás hasta quedar con su espalda un poco apoyada sobre la cabecera, mientras yo me mantenía inclinada con mis rodillas sobre la cama y entre ellas tenía las caderas de Edward. Él se subió un poco más, me besó de nuevo y yo coloqué mi mano sobre la cabecera y la otra sobre su pecho. Cuando pensé que allí acabaría todo, en un fugaz movimiento me colocó a mi debajo.

Me dedicó una media sonrisa y rodeé sus caderas con mis piernas.

Fue dulce y delicado pero ágil al mismo tiempo... Edward y yo éramos uno solo.

Gemí en el momento, por la adrenalina que había descargado en aquél pequeño instante. Mi pecho desnudo tocaba el suyo que, con aquella temperatura gélida, me provocaba una sensación placentera.

Era indescriptible lo que sentía cuando Edward entraba en mí, haciéndome sentir llena y como nunca me había sentido. Estaba segura de que no habría otra cosa en la vida que pudiera compararse con esto. Mi esposo no parecía estar incómodo, su respiración también era agitada y sus movimientos se volvían cada vez más violentos y placenteros.

Mis manos no sabían qué hacer, mientras apretaban sin compasión la piel de la espalda de Edward y luego le rasguñaban y halaban de su cabello.

No memoricé la cantidad de veces que un gemido escapaba de mi garganta, ni la cantidad de minutos que habíamos durado en aquél momento mágico que me hacía sentir extasiada de placer, pero estaba completamente agotada y el aire en mis pulmones batallaba por entrar rápidamente.

Estábamos empujando todo al límite, pero queríamos más, más el uno del otro.

Ya no había marcha atrás, debíamos resistir hasta pedir clemencia.

-¿Sabes en lo que te has metido? -preguntó en mi oreja.

-Creo que sí, y no me arrepiento.

-Nadie habló de arrepentimientos -repuso con una sonrisa placentera.

-Me tienes atrapada -susurré con nuestros labios a pocos centímetros.

Edward se colocó sobre mí y aprisionó mis manos hacia los lados mientras besaba mi cuello.

-Nos queda el resto de la noche.

-Podrían ser la eternidad si así lo quisieras -sentencié y no quise entrar más en argumento así que le besé, para así iniciar nuestra perfecta luna de miel.

No estaba cansada, el agotamiento tan solo me permitía cerrar los ojos y descansar un poco. Quería despertar y encontrarme con el causante de mis más intensas emociones, que me saludara con esa sonrisa que tanto me encantaba y que me acunara entre sus brazos y que jugara con mi cabello mientras cantaba mi canción de cuna. Sentía cuando el dedo de Edward recorrí la línea de mis caderas, cuando garabateaba en mi abdomen, pero llevaba mucho tiempo en la misma posición y todos los músculos los tenía dormidos. Abrí mis ojos poco a poco y mis brazos débiles me empujaron para acomodarme.

-Ya despertaste, amor -susurró Edward en mi oído.

Edward se levantó un poco y apoyó su mejilla sobre su mano en una posición del perfecto Adonis.

-¿Ya me vas a decir en donde estamos? -le pregunté con voz ronca.

-Se suponía que era una sorpresa -repuso con desilusión-. Pero ya tendremos suficiente tiempo de disfrutarla, luego de nuestra luna de miel -sonrió satisfecho-.

-¿Es una casa? -pregunté exaltada y mis párpados no dejaban de subir y bajar.

-Es nuestra casa -dijo en tono amable, haciendo énfasis en la palabra que nos otorgaba la propiedad.

-Pero, ¿cómo...?

Mi esposo hizo un siseó con la boca para que hiciera silencio y colocó un mechón de mi cabello detrás de mi oreja, luego, me analizó con la mirada e hizo un mohín en son de burla.

-Luego te explicaré -susurró, aún jugueteando con mi cabello.

Sobre una peinadora blanca que se encontraba en la esquina, se encontraban mi vestido de boda, destruido y sucio, y los restos de la pieza de seda que había usado por tan solo unos minutos antes de la acción.

Me levanté y me tapé con una sábana para acercarme a los restos de ropa.

-Alice me matará. Realmente me gustaba- comenté, tocando algunos rasguños de la falda de mi vestido cuyo color blanco era reemplazado por el marrón.

Edward rió en voz baja.

-No, el vestido es tuyo. Y pues, si quieres, puedo mandar a hacer otro igual, por si deseas recordarlo limpio y con toda la costura en su sitio.

-Prefiero guardarlo así, me trae buenos recuerdos -sentí como mis mejillas se calentaban-.

Corrí hacia la cama, agarrando la sabana para no caerme y me acosté a un lado de mi Dios personal.

-¿Como estas? -me preguntó y le sonreí.

-Estoy mejor de lo que te imaginas -dije mientras me estiraba un poco. Un par de huesos sonaron e hice un mohín de incomodidad-. ¿Qué hora es?

-Alrededor de la una de la madrugada y nuestro avión sale dentro de -miró un reloj antiguo que estaba colocado sobre una pequeña mesita de noche- cinco horas.

-¿Avión? -pregunté con duda.

-¿Crees que aquí acabó nuestra luna de miel?

Me sonrojé y escondí mi rostro en la almohada.

-Entonces, ¿Quieres irte? -me preguntó.

Edward estaba ahora acostado con el rostro hacia mí y una de las sabanas se entrelazaba con sus piernas y yo me apoyé sobre mi brazo. Me acerqué lentamente y le besé suavemente una vez más para luego sonreír un poco.

-Por supuesto que sí.