Capítulo III.

Después de intentar por un tiempo sin resultado alguno, logró abrirse paso entre la multitud ordenada de personas Wing, uno de los gemelos. Se encontraba arreglado con un traje típico de Zao Fu, presentando varios detalles en metal pulido tales como un collar que, lejos de afeminar su apariencia, lo hacía parecer como alguien mayor. Por algún tipo de moda o de nuevo interés, estaba dejando que su barba creciera, de manera lenta y paulatina, dejando entrever una sombra en su rostro. No tuvo que hacer mucho para espantar a Bolin, tan sólo una rápida mirada fue suficiente. Tan sólo una rápida mirada, y el joven novio supo qué era lo que iba a contar.


PM-algo.

Cuando le pedí que me describiera ese día, dijo que era desesperante. Pero yo lo recuerdo soleado, con los pájaros cantando. No creo que haya habido un solo crimen ese día, todo pacífico. Claro, yo no había pasado lo que él, si lo hubiera sabido, habría tenido tanta compasión por él. Verán, mi hermana siempre fue simpática, divertida. Algunos, si la conocen poco, dirían que hasta perfecta. No siempre se puede ser así, y, por más que ella trate, a veces su carácter le gana. En fin, que no quiero contarles nada de antemano, mejor sigo con lo que tenía pensado desde que me senté a escribir. Bien, cuando le pregunté por qué había sido desesperante, se me quedó mirando atontado, como si la respuesta fuera lo más obvio. Mi hermano en ese momento me miró, como si yo acaso supiera qué pasaba.

Es que, si hubieran visto a Bolin ese día, sin saber todo el día que había tenido, lo entenderían. Más que entenderlo, querrían erigirle un monumento en honor a su valentía, hacerle un desfile de kilómetros de largo con carruajes brillantes y pirotecnia para decorar el cielo entero. Hasta harían todo lo posible para que las celebridades más conocidas del Reino Tierra, y por qué no de los demás, fueran a presenciar ese homenaje. Temblaba todo su cuerpo, y tenía ojeras que contrastaban contra su pálida piel. ¿Desde cuándo parecía tener escamas? No tenía un olor que se pudiera decir placentero, y la taza de café negro que estaba entre sus manos parecía contener la negrura de su deseo de descansar.

—Empezaba con 'p' —decía, tratando de acordarse el exacto nombre—. Cuatro días ya, empezaba con 'p'.

No podíamos, al principio, ver qué era lo que estaba tratando de hacernos ver. Nuestra razón de estar en Ciudad República es para otro día, no tiene demasiada importancia ahora. Por suerte no nos estábamos alojando con Bolin y Opal. Teníamos, cómo decirlo, varios lugares donde pasar la noche. En fin, Bolin.

—Cuatro días…

—Sí, empezaba con 'p', ¿qué fue lo que pasó Bolin?

—Nada, nada —dijo entonces, sacudiendo la cabeza como restándole importancia.

Hay algo que tengo que agregar. No sé si les servirá para entender un poco más, o no, pero por lo menos me quedaré tranquilo en que hice lo posible para hacerlos entrar en tema. Tres años antes Bolin y Opal se habían mudado juntos, sin hacer ningún tipo de ceremonia de casados, todavía recuerdo a tía Lin escandalizada y a mamá con una sonrisa intentando apaciguarla, aunque se notaba en su tensión que tampoco estaba feliz. De hecho, al final, tía Lin estaba de lo más tranquila y relajada y mamá no tanto. En fin, habían elegido Ciudad República debido al trabajo de Bolin. Mi hermana, a pesar de ser Maestra Aire y de aspiraciones a monja, aspiraciones que, cabe aclarar, era totalmente secretas hasta este preciso instante, decidió seguirlo. Imagino los suspiros de varios, pensando que el amor es más fuerte que cualquier otra fuerza del mundo. Sí, deben tener razón, porque, y para unir todo, si no fuera por amor, el joven maestro tierra que estaba frente a mí ese día habría salido corriendo sin mirar atrás. Yo lo habría hecho, y comparto sangre. En fin, se habían asentado en un pequeño departamento ubicado en una zona bastante céntrica, que daba a la calle. Desde la ventana de la habitación de ambos, podía verse, lejos, la estatua de Aang y el mar, algo inspirador, según ellos. Las paredes de ladrillo y los pisos de madera hacían que fuera típico de la zona, típico de la ciudad. Pero tanto Bolin como Opal habían decidido que lo 'típico' les iría bien, aunque fuera por un tiempo. Nadie los había molestado. Habían llevado a cabo la vida que deseaban. Se habían visto con amigos, habían progresado en sus carreras. En caso de Bolin, en la policía. Por Opal… no viene al caso, ya será tiempo en otra ocasión de contarles cómo llegó a donde estaba y misceláneos de esa historia.

De nuevo en esa cafetería, mencionada ahora por si antes se me quedó en el olvido, no puede faltar el lugar, ahora sí, podemos decir que Bolin había dejado de hablar. Mudo, como si fuera un muerto con la capacidad de respirar. Y por un segundo llegué a pensar eso. Había visto tantas cosas en mi vida, algo así sería sorprendente, pero no imposible. No tenía la mirada en ningún punto en específico, podía notarse, y aun así era obvio a los ojos que tenía la mirada fija en la mesa.

—Bolin —dijo mi hermano, Wei, con preocupación.

No era normal verlo así, nunca. A menos, quizás, que alguien muriera, pero en ese caso nos habríamos enterado antes, seguramente. Cuatro días. Si me detenía a pensarlo por un segundo, hacía cuatro días que no veía a mi hermana. Y fuera por coincidencias de la mente, o quizás porque a la vida le gusta divertirse a costa de sus peones, una horrible posibilidad apareció.

—No puedo creerlo —dije, a medio levantarme de la silla, con mis ojos abiertos. Los párpados me dolían de la fuerza—, ¡mataste a mi hermana!

Nunca olvidaré todos los ojos que giraron en ese instante. ¿Olvidé decir que mis últimas cuatro palabras las pronuncié gritando? Sin olvidar que le señalaba a Bolin con el dedo de forma acusadora. Ahora que lo pienso, sí, a la vida le gusta reírse de vez en cuando. Sin embargo, el maestro tierra frente a mí no parecía en ánimos de sonreír. Más bien, lanzó una suerte de gemido frustrado y dejó caer su cabeza sobre la mesa, dejando escuchar un sordo ruido.

—Ella me va a matar a mí primero —dijo, apenas audible. No tardé en darme cuenta de lo estúpido que había sido, y volví a sentarme—. Hace cuatro días que Opal anda extraña— dijo entonces Bolin, sorprendiéndonos a ambos por la compleja oración que había dicho en contraste de sus balbuceos anteriores.

A partir de ahí, su historia fue fluida. Tal parece que los hechos, perdónenme si quizás los mezclo un poco, fueron más o menos así.

Como cualquier otro día, Bolin se preparaba para trabajar. Se levantó temprano, gracias a una estricta rutina que había tenido que aprender a seguir a los golpes. Su adorada novia tenía que levantarse un poco más tarde ese día, además que había dicho que estaba cansada. Para la hora que él se iría, ella recién estaría despertando. No tenía sentido molestarla entonces. Lógico, recuerdo haber pensado cuando me lo dijo, más siendo Opal. Repito, la perfección que suele mostrar a los que poco la conocen no es eterna, más bien, es escasa. Pero no quiero transformar esto en la declaración de Opal y su carácter. De cualquier manera, Bolin dijo haberse levantado.

Como siempre, se preparó su desayuno, sin darse cuenta que atrás suyo, en el marco de la puerta que daba a su habitación, había una figura parada. Esbelta, definida elegante, con unos ojos que dejarían sin aliento a muchos, y un ceño fruncido que nada tenía que hacer ahí.

— ¿Por qué no me despertaste? —se escuchó, venenosa esa voz, ligeramente subida de tono, el reproche claro en cada sílaba. El joven dijo haberse dado vuelta, algo asustado. Quizás había olvidado algo importante. Nunca había sido bueno con las fechas en general, mucho menos con algo que podría haber surgido de un día para el otro. Cumpleaños o aniversario de seguro no eran, solía hacer frío para el segundo, y el primero, bueno, había terminado por grabárselo a fuego en la memoria.

—Hoy tenías que salir más tarde, amor.

—Sí, ¿qué tiene que ver? ¿Acaso sólo quieres estar conmigo cuando tengo que salir a tu mismo horario?

—No es eso Op, es que, verás, quería que…

—Basta de excusas —dijo, enfurecida, mirándolo como si tuviera enfrente a su peor enemigo. Debo decir que he recibido esa mirada una o dos veces, y no se la recomiendo a nadie. Fría, especuladora, con esa tortuosa lentitud con la que parece poder controlar el tiempo. Cuando Bolin nombró esa mirada, me dieron escalofríos.

A paso pesado, como si quisiera derrumbar el edificio con sólo su caminar, Opal fue hasta la mesa donde solían comer, se sentó, y no dijo nada más. Su ceño no se relajó, sino que pareció acrecentarse.

— ¿Quieres desayuno? —preguntó Bolin, usando una cara de ternura que trató de imitarnos, pero que sólo consiguió que nos burláramos de él.

Lo siguiente sí que fue una sorpresa. Esperaba que nos dijera que mi hermana le había tirado algo, le había ignorado, hasta que le había escupido. Nunca pensé que Bolin diría que la siguiente imagen que tuvo de Opal, fue llorando. Desconsolada, como si en serio no hubiera nada más por qué vivir.

—Seguro estás exagerando —le dije a Bolin, cruzándome de brazos, inseguro. Más que eso, extrañado. Incluso incrédulo.

Entonces, y parece que ese día Bolin estaba de ánimos para hacer imitaciones, otra vez demasiados ojos se giraron en nuestra dirección cuando la dramatización del joven de una muchacha llorando se llevó a cabo. No fue gracioso porque seguía pareciendo increíble. De nuevo con la historia que me contó.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Bolin, ahora inseguro de si acercarse o no. Parecía ser una trampa.

—Es que —empezó a decir Opal, pero tuvo que contenerse para soltar un sollozo suave— eres demasiado bueno, y yo te trato mal, pero es porque a veces me frustro y…

No pudo decir más, aunque por la mirada de Bolin supongo que en realidad no quiso revelar más de la privacidad.

—No te preocupes.

Y de nuevo un ceño se frunció.

—¿Qué no me preocupe? ¿Qué clase de consuelo es ese? O sea, ¿soy una perra pero puedes soportarme, eso dices?

—¡No, claro que no!

—Mejor vete a trabajar de una vez.

—Sí amor.

La retirada de Bolin en realidad no fue por voluntad propia, me confesó. Tenía hambre, aun no se despertaba, y faltaba una hora para que tuviera que entrar al trabajo. Pero no sabía qué hacer en esa situación, y supuso que lo mejor era dejarla sola. Tendría un mal día, de seguro, pensaba, cuando él llegara ya todo sería como siempre. Nunca la había visto de esa manera, esperaba nunca volver a hacerlo.

Cuando llegó, lo más rápido que pudo, ansioso por ver a su adorada novia de vuelta a la normalidad, vio cuán equivocado estaba. Fue lo mismo, el mismo extraño humor, seguido por una suerte de voluntad de la no-voluntad. La siempre sonriente, ahora se arrastraba por todas partes como si lo único que importara fuera nada. Así siguió el siguiente día, y el siguiente, hasta llegar al día anterior a vernos. Ya no dormía por el llanto y los gritos y, por más que él no lo dijera, algún que otro momento pasional. Es sólo una deducción, pero es más que lógica, supongo. En fin, Bolin nos dijo que ese día no tenía ganas de salir del departamento. Prefería que Opal le gritara y llorara hasta irse, que se deprimiera en las escaleras, ir a consolarla, y después acostarse a dormir hasta que su ya no sabía qué tan adorada novia volviera. Tuvo que levantarse, a pesar de no quererlo. Tuvo que irse, y se apuró a no desayunar. No le di tiempo a Opal de saludarlo.

Necesitaba dormir, eso lo había dejado claro. Y no parecía ser que la noche anterior hubiera conseguido su objetivo, tan ojeroso como lo encontramos nosotros. De cualquier manera, él dijo que había hablado con Mako, ya tan desesperado, sobre la situación. El mayor había sonreído, según él, de una manera algo socarrona, como si se burlara o algo parecido. Entonces le dijo algo, que era lo que Bolin había estado tratando de decirnos desde el principio, sin que nosotros pudiéramos entender.

—Empezaba con 'p', 'PM-algo', así dijo Mako que se llamaba.

El primero en darse cuenta, lo admito, no fui yo. Mi hermano me tomó del brazo, ahora él asustado, mirando a Bolin. Más tarde, mientras salíamos corriendo del lugar, dejándolo al pobre a la deriva en la cafetería, me confesó la razón. Ya ambos sabíamos con qué letra terminaban las dichosas siglas, y de seguro el que Bolin nos hubiese pedido que nos juntáramos con él para una charla casual no era coincidencia de esa S que faltaba al final. La verdad, si tengo que decirlo, me sentí mal por el chico que quedó atrás nuestro, condenado a pasar unos días más con su dulce y adorada novia Opal en el estado más potenciado de su ánimo. Imaginen, si mi hermana de por sí no es una santa como todos creen, imaginen, si pueden, que esté con PMS.


Del resto de las historias, mucho podría decirse, pero, a decir verdad, en su mayoría fueron emotivas. Quizás en algún momento puedan ser contadas sin necesidad de que alguien llore mientras habla. Por ahora, las que me han dado permiso para dar a conocer, son estas tres.