La respuesta ganadora de la encuesta anterior fue la letra c: intenta hacerlo cambiar de opinión invitándolo a jugar con ella.

Y en cuanto al protagonista de la historia… ganó Terry. Pero no se preocupen porque también voy a darle un final feliz al resto!


Capítulo 3

En los jardines del palacio de los Grandchester se encontraba jugando un solitario niño de siete años. A pesar de ser el único hijo del duque de Grandchester, Terry no podía ostentar de su posición frente a la sociedad puesto a su condición de "bastardo", lo cual lo había hecho el blanco de las burlas y hostigamiento por parte de sus compañeros del Real Colegio San Pablo. Con el paso de los años, Terry se había hecho a la idea de que nunca sería como los demás niños. Casi no recordaba aquellos tiempos en los que vivía con su madre, y su padre era cariñoso con él. No entendía porque había sido separado de ella y obligado a vivir en ese castillo donde se sentía un completo extraño. Su padre casi no estaba en la casa, y aquella mujer, "la duquesa cara de cerdo", como él llamaba a Miranda, no hacía más que regañarlo por cualquier cosa que él hiciera. En un principio, cuando su padre se la presentó como su nueva mamá, había intentado agradarle, pero ella jamás había dado una muestra de afecto hacia el pequeño Terry. Miranda solía echarle la culpa por cosas que ni siquiera había hecho, y luego lo reportaba con Richard, quien, ajeno a las suplicas de su hijo, no dudaba en castigarlo con azotes hasta que Terry se arrepintiera por lo que "no" había hecho. Él sólo tenía cinco años la primera vez que había sido víctima de la furia de su padre. Había pasado poco tiempo desde que Richard se había casado con Miranda y ambos estaban brindando una cena en el palacio. Terry sabía que no debía presentarse en el salón principal, pues solo había gente adulta allí, pero como todo niño curioso, no pudo resistirse a ver qué era lo que estaba sucediendo allí abajo. Vestido con sus pijamas, Terry bajó las escaleras y se asomó por detrás de la pared para ver a los comensales comiendo a lo largo de una mesa donde reposaban deliciosos manjares. Dirigió su mirada hacía una bandeja que contenía pequeños recipientes con pudin de chocolate que se veían demasiado suculentos como para no probarlos. Con destreza, Terry se escabullo hasta esconderse debajo de la mesa, y una vez allí, extendió su mano para tomar un pudín, pero tanta fue su mala suerte que al hacerlo derramó una copa de vino sobre el vestido de una de las damas presentes. Tal fue el escándalo que Terry no puedo evitar ser descubierto, y antes de que pudiera decir una palabra, sintió como la mano de su padre lo tomaba fuertemente por el brazo haciéndole daño y lo llevaba hasta su habitación, donde lo desvistió completamente, lo puso de espaldas y… bueno, el resto es algo que un niño de cinco años jamás olvidaría. Escuchó como Richard se despojó de su cinturón y luego sintió los fuertes azotes en su espalda. Una vez que su padre hubo terminado, Terry se acostó en su cama y se abrazó a sí mismo, llorando silenciosamente hasta quedarse completamente dormido. Después de ese día, los azotes se habían repetido con cierta frecuencia, y la espalda y piernas de Terry tenían horribles cicatrices que quedarían marcadas allí de por vida.

Hacía seis meses que Richard había ingresado a Terry en el Real Colegio San Pablo donde, según sus palabras, recibiría una correcta educación que acabaría con esas actitudes rebeldes que poseía. Terry sabía que aquello estaba muy lejos de ser cierto. Poca era la atención que prestaba a las advertencias de las monjas y, a pesar de ya haber recibido varios castigos, no tenía interés alguno de cambiar. Odiaba ese lugar tanto como odiaba el castillo. Las monjas siempre estaban tras él para vigilar que no se metiera en problemas, pero Terry siempre lograba salirse con la suya. Su padre era constantemente citado para hablar acerca de la mala predisposición que tenía Terry con el estudio, y también con sus compañeros, pero ni siquiera los retos de Richard habían logrado encaminarlo. Las peleas con los demás niños eran cosa de todos los días. Generalmente, Terry solo se limitaba a ignorarlos, pero ellos eran quienes lo presionaban contantemente hasta que él ya no aguantaba e iniciaba una riña, de la cual siempre salía perjudicado.

- ¡Joven Terry! – Escuchó que lo llamaban desde la entrada de la casa - ¡Joven Terry! ¡Venga aquí!

Era Amy, la joven empleada que su padre había contratado recientemente. ¿Cuantos años tenía? ¿16? ¿17 como mucho? Era una bella jovencita de cabellos negros como la noche y ojos castaños. Amy había golpeado la puerta del palacio una tarde dos meses atrás y había sido recibida por la temerosa ama de llaves Petrova, quien con una fría mirada le había explicado las reglas de la casa, y puesto a prueba un par de semanas antes de contratarla. Terry no tenía nada en contra de Amy, de hecho, ella era la única persona en la casa que lo trataba como un ser humano. De vez en cuando le daba chocolates a escondidas y siempre que podía lo cubría con sus travesuras, sabiendo que podía costarle su trabajo.

- ¡Joven Terry!

La voz de Amy sonaba desesperada, así que Terry decidió bajar del árbol donde había estado jugando e ir con ella.

- Oh… aquí estas – Dijo Amy con un suspiro aliviador – Tu padre acaba de legar de su viaje de negocios y quiere verte.

- ¿El duque? – Terry nunca llamaba a Richard "papá". Francamente no lo consideraba como tal – El duque nunca quiere verme.

- Creo que esta vez tiene una sorpresa para ti – Le dijo Amy con una sonrisa amigable – Vamos – Le extendió una mano – Ven conmigo.

Terry no sentía deseo alguno por ver a su padre, pero sabía perfectamente que si Amy no cumplía con sus deberes sería despedida, así que tomó su mano y ambos entraron en la casa. Se preguntaba cuál era la sorpresa que el duque tenía para él. La última vez que había recibido un obsequio fue antes de viajar a Londres, en su cumpleaños número 5, su madre le había dado una bonita caja de música, la cual escuchaba cada vez que sentía anhelo por ella mientras pensaba como sería volver a verla. Sabía que algún día sus sueños se harían realidad.

ooo

Ni en sus sueños más fantasiosos Candy había visto una mansión como esa. Había oído hablar de los castillos de príncipes y princesas en los cuentos que la hermana María le leía para dormir, pero verlo en persona era algo verdaderamente increíble.

- ¿Qué te parece? – Le preguntó Richard. Ambos estaban parados en el salón principal, el cual se encontraba decorado por un fino mobiliario y adornos que Candy supuso costarían una fortuna.

- ¡Es hermoso! – Exclamó Candy con su característico entusiasmo infantil - ¿Es aquí donde voy a vivir?

Richard rió. Ya se lo había explicado antes, pero la niña parecía no creerlo.

- Sí – Le contestó una vez más – Enviaré a alguien para que te muestre tu habitación, pero antes… - En ese momento entraron en el salón una joven sirvienta seguida por un niño, mientras que una mujer regordeta bajaba las escaleras – Quiero que conozcas al resto de la familia.

- ¿Qué significa esto, Richard? – Exigió saber la mujer al ver la niña pequeña que estaba tomada de la mano de su marido.

A Candy le dio miedo aquella mujer. Su rostro redondeado no le daba confianza, y se preguntaba si su expresión seria no se debía a que su cabello castaño estaba tan estirado detrás de su cabeza, suponía que eso debería doler un poco.

Después desvió la mirada al niño que se encontraba en la sala. Tampoco tenía cara de muchos amigos, pero su mirada era más bien curiosa.

- Su nombre es Candice – Dijo Richard con una gran sonrisa poniendo las manos sobre los hombros de la niña para presentarla al resto – Y a partir de ahora formara parte de nuestra familia – La mujer profirió un grito de horror que fue ignorado por Richard – Candy, te presentó a mi esposa Miranda. Y el que está por allí – Señaló al niño que los miraba con incredulidad – Es mi hijo, Terry.

- Mucho gusto – Dijo Candy con timidez.

- Richard, ¿Podrías explicarme que es lo que está sucediendo aquí? – Exigió saber Miranda.

- Te lo explicaré – Richard hablaba con total tranquilidad, sabiendo que por más que su esposa se quejara y pataleara, solo era él quien tomaba las decisiones en esa casa – Durante mi viaje a América, conocí por accidente a Candy, en realidad fue mi chofer quien se topó con ella en medio de la carretera. Pasamos por un momento preocupante, pero al final decidí que Candy viniera a vivir con nosotros – Explicó con naturalidad – Era una niña huérfana que necesitaba un hogar, y creí que Terry también podría necesitar alguien con quien compartir su tiempo libre cuando no se encuentre en la escuela.

- Si lo estás haciendo por mí pierdes tu tiempo – Expresó Terry con hostilidad.

- Sé que tal vez te parezca extraño ahora, hijo – Le dijo Richard – Pero Candy es una niña adorable y estoy seguro que en poco tiempo se harán grandes amigos.

- No quiero ser amigo de una niñita pecosa – Dijo Terry con desdén cruzándose de brazos.

- ¿Pecosa yo? – Exclamó Candy sintiendo como una repentina furia crecía en su interior.

- Discúlpame que te lo diga, pero tienes muchas pecas – Continuo Terry sin mostrar ningún rasgo de diversión.

- Ya es suficiente – Sentenció Richard con firmeza – A partir de este momento Candy estará con nosotros. Es una decisión que ya he tomado – Dirigió una mirada de autoridad al resto, dándoles a entender que nadie más que él tomaba las decisiones allí – Ahora bien… Amy – Llamó a la empleada.

- Sí, señor.

- Instala a Candy en una de las habitaciones del segundo piso – Le ordenó – Ha sido un largo viaje y quiero descansar un poco, que nadie me moleste.

- Sí, señor – Richard desapareció del salón dejando a Candy sola con esas personas quienes no le habían dado una buena bienvenida – Ven por aquí – Le dijo Amy con una sonrisa amable mientras le extendía la mano.

Candy le devolvió la sonrisa, tomó la mano de la joven y se dejó guiar escaleras arriba. Cada paso que daba le dejaba entrever un mundo completamente diferente al que siempre había conocido. Nunca creyó que la gente pudiera vivir en casas tan grandes, pero supuso que debería acostumbrarse.

- ¿Qué hay detrás de todas estas puertas? – Preguntó Candy mientras caminaban por un largo pasillo.

- Son las habitaciones de invitados – Explicó Amy.

- ¿Tantas?

- Los señores Grandchester son personas muy importantes. Las fiestas en este castillo se realizan con demasiada frecuencia y a veces los invitados se alojan aquí por un par de días, a veces semanas.

- Oh – Continuaron caminando hasta que Candy perdió el sentido de orientación al recorrer tantos pasillos y doblar tantas esquinas.

Candy se estaba cansando de caminar cuando por fin Amy se detuvo frente a la puerta de una habitación.

- Es aquí – Le dijo mientras abría la puerta – Esta es la única habitación que está disponible, pues esta ala del castillo está siendo remodelada completamente y las únicas que han sido terminadas son está y la del joven Terry.

- ¿Cuál es la habitación de Terry? – Quiso saber Candy.

- Está – Señaló con el dedo la habitación que se encontraba justamente frente a la de ella – Candy profirió un gemido de disgusto que no pasó desapercibido para Amy – El joven Terry es un buen muchacho – Le dijo mientras abría la puerta de la habitación y se hacía a un lado para que Candy entrara.

Para variar, Candy se sorprendió al ingresar a la habitación. Si había pensado que no existiría nada más lujoso que su cuarto el en camarote del barco, se había equivocado. Esa habitación era probablemente tres veces más grande que el camarote entro, los muebles, la enorme cama cubierta por cortinas blancas, el enorme ventanal, todo era como de princesas.

Pasaron un par de minutos hasta que Candy se acostumbró a la idea de que a partir de ese momento esa era su habitación.

- Entonces, Amy… ¿Cuál es el problema con Terry? – Le preguntó Candy mientras probaba la cama.

- Bueno… - Amy cerró la puerta de la habitación para que nadie oyera esa pequeña conversación. En verdad intentaba ser profesional y distante con los patrones, pero los niños siempre habían sido su debilidad – No hace mucho tiempo que trabajo en el castillo, pero si he notado muchas cosas – Mientras hablaba, tomó las maletas de Candy y comenzó a desempacar – El duque no pasa demasiado tiempo aquí, así que prácticamente no nota la presencia de su hijo. Terry es un niño muy solitario ¿Sabes? A pesar de asistir a una de las escuelas más prestigiosas de Inglaterra, no ha hecho un solo amigo.

- ¿Cómo puede un niño no tener amigos?

- Como te decía… Terry es un niño bastante especial.

- Ya veo… - Dijo Candy con ironía.

- Prácticamente no es tenido en cuenta en esta casa – Continuó diciendo Amy mientras colgaba los vestidos de Candy en el armario – Y cuando sí lo notan… solo es para castigarlo. Casi siempre por cosas insignificantes.

- Y su madre… ¿Ella no pasa tiempo con su hijo?

Por sobre todas las cosas, Candy siempre había soñado con tener una mamá, y no comprendía como un niño que sí la tenía no pasaba tiempo con ella.

Amy dejó lo que estaba haciendo y se sentó en la cama al lado de Candy, mirando hacia ambos lados para asegurarse de que no hubiera nadie más en la habitación.

- Lo cierto, Candy – Le susurró – Es que la duquesa no es la verdadera madre del joven Terry.

- ¿No lo es? – A decir verdad, Candy ya había notado que Terry no se parecía en absoluto a la duquesa. Sí tenía ciertos rasgos de su padre, como la nariz y el mentón, pero… sus ojos, no se parecían a ninguno de los dos. Ese azul tan profundo que le hacía acordar al océano, parecía que ocultaban algo.

- No. Todos saben que el joven Terry ya vivía aquí cuando el duque se casó con Miranda.

- Entonces… ¿Quién es la madre de Terry?

- Bueno… eso no le sé con certeza – Dijo Amy volviendo a sus labores – Pero los empleados hablan, y según lo que he oído, el duque vivió un tiempo en América antes de casarse. Se dice que Terry nació allí y su madre es una mujer de bajos recursos con la cual el duque estuvo saliendo durante algún tiempo. Pero como ya te he dicho… solo son rumores.

- ¿Pero la señora Miranda no quiere a Terry?

Amy rió irónicamente.

- ¿Quererlo? – Dijo con indignación – Yo más bien diría que lo odia. No me preguntes porque, pero creo que Miranda siete un profundo odio por Terry. A veces no entiendo como alguien puede ser tan desalmado con un niño.

- ¿Y Richard? – Preguntó - ¿Tampoco lo quiere?

- No puedo contestarte esa pregunta, Candy – Le dijo con un suspiro – Como ya te he dicho, el duque no pasa demasiado tiempo en esta casa, y cuando está aquí, prácticamente ignora a su hijo. Solo nota su presencia cuando tiene que castigarlo por algún motivo.

- ¿Castigarlo? – Preguntó con horror - ¿Le pega a su hijo?

- Con bastante frecuencia, debo decir – Amy terminó de colgar los vestidos de Candy y fue a sentarse a su lado – La semana pasada el duque fue citado por la directora del colegio de Terry y cuando ambos volvieron, entraron en su despacho y… - Los ojos de Amy se llenaron de lágrimas al recordarlo – Yo pasaba por ahí y pude oír el ruido del cuero azotándose contra su hijo – Los ojos de Candy se abrieron con horror. Si Richard era capaz de golpear a su propio hijo ¿Qué le quedaba a ella? – Pero Terry no gritó en ningún momento – Continuó Amy mostrando un rastro de orgullo en su vos – Es un niño muy fuerte ¿sabes? A pesar de todo por lo que ha pasado, nunca lo he visto llorar.

Una vez que hubo terminado de acomodar todas las cosas en la habitación, Amy se retiró dejando a Candy acostumbrarse a su nueva vida.

- No puede ser tan malo – Decía ella para sí misma pensando en Terry – Estoy segura que el señor Richard sí lo quiere. Después de todo… es por eso que yo estoy aquí, para hacerle compañía a Terry. Tal vez lo único que necesita es alguien que esté con él y lo escuche, un amigo… o amiga.

ooo

Terry estaba acostado en su cama escuchando la dulce melodía que salía de la cajita de música que su madre le había obsequiado. Sabía que esa niña estaba en la habitación de en frente, la había oído gritar varias veces con asombro, probablemente cuando iba descubriendo cosas nuevas en su cuarto. No comprendía porque su padre la había llevado allí. Lo último que el duque necesitaba era otro hijo no apto para heredar el título, y mucho menos una niña. Creyó escuchar que ella estaba allí por él, para que tuviera alguien con quien jugar ¿Cómo si él no pudiera hacer sus propios amigos? No tenía ninguno, eso era cierto, pero así le gustaba a él. No le interesaba hacer amigos como los chicos de su clase. Niños malcriados que recibían toda la atención de papi y mami. No le gustaba esa clase de gente, siempre creyéndose superior a él. Terry simplemente se reía de ellos.

Eran las ocho de la noche cuando Amy golpeó su puerta.

- Joven Terry – Lo llamó – Joven Terry, la cena ya está servida.

- No tengo hambre.

- El duque quiere que estés presente en la mesa esta noche - La voz de Amy sonaba con su típico nerviosismo, y una vez más, Terry no quiso ser el culpable de que la corrieran. Se levantó de la cama y salió de la habitación – Gracias – Le dijo ella con alivio.

Terry solo le brindó una tímida sonrisa y bajó las escaleras para dirigirse al comedor, donde el duque, Miranda y la niña ya estaban sentados a la mesa.

- Toma asiento, hijo – Le dijo el duque señalando la silla vacía que estaba al lado de la niña.

No quería darle a su padre otro motivo para que lo regañara, no esa noche, así que obedeció, tomó asiento y unos minutos después llegó la cena.

Con una mirada a su alrededor, Terry pudo notar que no era él el más disgustado por la presencia de la niña pecosa. Al parecer, Miranda estaba verdaderamente furiosa con el duque por haberla traído. Sintió un perverso placer al descubrir que su "querida" madrastra estaba pasando un mal momento. Sus amistades comenzarían a hablar sobre la huérfana que su marido había llevado a casa, y si a eso se le sumaba su incapacidad por darle un hijo legitimo… bueno, no sería agradable para ella.

- Terry – Comentó el duque en medio de la cena – Candy tiene deseos de aprender a montar a caballo. Quiero tú le enseñes.

- ¿Yo? – Preguntó Terry con una mescla de confusión y fastidio – Disculpe, duque, pero aunque debo admitir que soy un excelente jinete, me temo que cualquiera de los capataces haría un mejor trabajo.

- El tema es que… - Continuó el duque – Candy está aquí para hacerte compañía a ti, así que creo prudente que pasen el mayor tiempo posible juntos. Al menos el tiempo que no estés en el colegio.

- No lo haré – Sentenció Terry con firmeza – No tengo ganas de enseñarle a montar a una pequeña niña.

- No era una petición – Dijo el duque con frialdad – Mañana a las siete en punto te quiero en el establo para que enseñes a Candy a montar.

La mirada de su padre le dijo a Terry que, si no hacía lo que él ordenaba, ya sabía lo que le esperaba.

Hacía tiempo que Terry se había acostumbrado a los azotes del duque, y hasta había logrado dominar sus ganas de gritar ante sentir tan insoportable dolor, pero lo cierto es que esa no era una de sus actividades favoritas. Decidió que cumpliría los caprichos de su padre, después de todo… que tan malo podría ser enseñarle a esa niña tonta como se monta un caballo.

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Candy debía admitir que la vida de los ricos no era tan buena como había creído. Era cierto, tenían todo lo que deseaban pero había algo que ni todo el dinero del mundo podía comprar, algo que en hogar de Pony sobraba: amor. Era evidente que en esa familia las relaciones eran muy frías entre ellos. No había presenciado ni una sola muestra de cariño ni siquiera a Terry. Se supone que los niños deben crecer con el amor de su familia, incluso Candy había recibido el amor de dos maravillosas mujeres, pero Terry no lo tenía, y Candy sentía lastima por él. Pero si había algo que era seguro, Richard la había llevado allí porque su hijo necesitaba a alguien con quien compartir, alguien con quien jugar, y a quien contarle lo que le molestaba y hacia feliz. Candy quería ser esa persona, quería que al menos Terry tuviera el afecto de una persona, que se sintiera feliz y poder ver una sonrisa en su rostro.

Eran las 6.30 am cuando Amy entró en la habitación de Candy para despertarla.

- ¡Arriba! – La sacudió con cariño – Es hora de levantarse. El duque quiere que estés a las 7 en los establos y todavía tienes que vestirte y desayunar.

- Es muy temprano – Replicó Candy somnolienta. En el hogar de Pony debía levantarse a la misma hora, pero había sido un viaje largo, y el día anterior no había tenido mucho tiempo para descansar.

Mientras Candy se desperezaba, Amy se dirigió hacia el armario y tomó de allí un pequeño traje de montar que Richard le había comprado antes de viajar a Londres.

- ¿Quieres que te ayude a vestirte?

- No, gracias – Le contestó Candy poniendo sus pies fuera de la cama – Yo puedo hacerlo sola.

- Muy bien. Te espero abajo – Dijo Amy antes de salir de la habitación.

Candy entró en el cuarto de baño que estaba en su habitación, no sabía que las habitaciones de los castillos tenían su propio baño, se aseo un poco y luego se puso su traje de montar color crema con chaqueta marrón. Bajó hasta el comedor principal donde Amy sirvió su desayuno.

- ¿Y los demás? – Preguntó Candy al notar que tenía la enorme mesa solamente para ella.

- El duque ha salido temprano, una emergencia en la oficina – Explicó mientras le llenaba una taza con leche – La duquesa no se despierta de su sueño reparador sino hasta las ocho – Lo cual era una ironía, pues su rostro nunca mejoraba – Y el joven Terry ha desayunado temprano y está esperándote en los establos.

- Entonces será mejor que me apresure.

Candy tomó su leche y se comió dos huevos revueltos, tocino, un plato de cereales y una tostada con mermelada. Hubiera comido también una manzana, pero no quería hacer esperar a Terry.

- ¡Vaya! – Exclamó Amy – Nunca había visto a nadie comer de ese modo.

- Aún tengo hambre – Admitió Candy mientras se limpiaba la boca con una servilleta – Pero Terry me está esperando.

- Espero que no te caiga mal tanta comida.

- No lo hará – Aseguró Candy – Ahora debo irme ¿Podrías decirme donde quedan los establos?

Amy le señaló el camino que debía seguir y Candy salió corriendo para llegar lo antes posible.

Si el interior del palacio le había parecido enorme era porque todavía no había visto los jardines. Cuando al fin llegó a los establos, estaba completamente exhausta, y sentía como comenzaba a revolverse su estómago.

Terry estaba parado justo en la puerta del establo, vistiendo su traje de montar con chaqueta roja, se veía realmente lindo. En sus manos sostenía las riendas de dos caballos, uno blanco y otro negro.

- ¡Terry! ¡Terry! – Gritó Candy agitando sus manos mientras corría hacia él - ¡Terry! ¡Ya estoy aquí! - El muchacho se dio la vuelta, pero su rostro no expresó ninguna clase de sentimiento al verla – Espero que no hayas esperado por mucho tiempo.

Terry se encogió de hombros y le extendió las riendas del caballo negro. Candy las tomó con desconfianza y el caballo resopló con fuerza.

- Su nombre es Shadow – Le dijo Terry mientras montaba su yegua - ¿Qué esperas? ¡Móntalo! – Le habló con rudeza y Candy se quedó quieta – No tengo todo el día.

- No sé cómo montarlo – Respondió ella. El caballo era mucho más alto que ella – Tal vez podría empezar por algo más pequeño.

- ¡Oh, por Dios! – Exclamó Terry con fastidio mientras bajaba de su caballo.

Se dirigió hacia Candy, la tomó por debajo de sus axilas y con un mínimo esfuerzo la levantó en el aire y la subió al caballo, quien no se mostró muy feliz por tener una persona en su lomó. Luego Terry ajustó la montura para que los pies de Candy llegaran a los estribos y volvió a montar su yegua – Listo.

Alguna que otra vez Candy había montado uno de los ponis del rancho de los padres de Tom, pero nunca un caballo como Shadow, y debía admitir que sentía un poco de miedo.

- Terry… no creo que…

- ¡Cállate! – Le dijo – Ahora vas a hacer lo que yo te diga – La miró fijamente a los ojos dejándole en claro quien mandaba allí – Golpea con tus pies los lados del caballo. Así – Terry golpeo a su yegua y esta inmediatamente comenzó a andar – Hazlo - Candy lo hiso, pero el caballo no se movió – ¡Más fuerte! – Repitió la acción con más fuerza, nada.

Justo cuando Candy comenzaba a frustrarse, un fuerte sonido resonó por todo el bosque, ella se asustó y pegó un fuerte grito, lo cual hiso que el caballo se asustara, se parara en sus dos patas y saliera al galope.

Lejos de calmar al caballo, Candy lo estresaba cada vez más con sus gritos. Shadow continuaba galopando hasta internarse más en el bosque. El vertiginoso paseo sumado al hecho de no saber dónde se encontraba provocaba que el desayuno que acababa de comer comenzara a revolverse en su estómago.

- ¡Alto! – Escuchó una voz detrás de ella. Alguien había llegado a ayudarla - ¡Detente!

¡Era Terry! ¡Gracias a Dios!

- ¡Terry! ¡Terry! ¡Ayúdame! - Poco a poco, la yegua de Terry fue dándoles alcance hasta que el muchacho pudo sostener con fuerza las riendas de Shadow hasta detenerlo completamente - ¡Quiero bajar! – Gritó Candy histérica.

- ¡Espera! Vas a asustar al caballo.

- ¡No más de lo que yo estoy ahora! ¡Terry, por favor!

- De acuerdo, de acuerdo – Contestó él cansinamente mientras desmontaba su yegua para luego ayudar a Candy a bajar de su caballo – Ya está – Dijo en cuanto los pies de la rubia tocaron el suelo - Candy no pudo darle las gracias, pues las náuseas que sentía eran tan fuertes que corrió hacia uno de los árboles y vomitó todo lo que había comido - ¡Qué asco! – Exclamó Terry sin sentir pena por ella.

ooo

-¿Cómo fue tu primera clase de equitación? – Preguntó Richard a Candy durante el almuerzo.

Terry dirigió una mirada nerviosa a Candy. Si le llegaba a contar acerca de su pequeño incidente, su padre lo castigaría sin dudas. La verdad no debió haber elegido un caballo rebelde como Shadow para que Candy lo montara, ni los jinetes más experimentados habían logrado domarlo del todo, pero había sentido tanta rabia cuando su padre le había impuesto la obligación de enseñarle a montar que lo hiso.

- Creo que pronto lograré dominarlo – Dijo Candy con una sonrisa. Nada más. Ni una sola palabra acerca de lo que en verdad había pasado.

Después del almuerzo, Terry se encontraba acostado en el césped cuando sintió que alguien se sentaba al lado suyo.

- ¿Terry? – Era Candy.

- ¿Qué haces aquí? – Le preguntó sin abrir los ojos.

- Estaba aburrida allí adentro.

- ¿Y?

- Me preguntaba si no querías jugar a algo.

- Gracias… pero no me gustan las muñecas ¡Vete a jugar a la mamá a otro lado!

- Tal vez podamos jugar a otra cosa.

- Escucha – Dijo Terry incorporándose – Sé que el duque te pidió que vinieras conmigo, pero no quiero tu compañía, ni la de nadie. Estoy bien así.

- Hagamos un trato.

- Yo no hago tratos con niñas.

- Si tú juegas conmigo…

- Olvídalo.

- No le diré a tu padre lo que pasó esta mañana - Terry la miró a los ojos con seriedad ¿Por qué no lo había delatado durante el almuerzo cuando el duque le pregunto? No podía contestar esa respuesta, pero sabía que ahora esa pequeña niña pecosa lo estaba sobornando - ¿Qué dices?

Solo había una cosa por hacer.

- ¿Qué clase de juego tienes en mente?

Continuará…


En el próximo capítulo se realiza un baile en el castillo de los Grandchester, al cual Candy y Terry deciden asistir sin haber sido invitados ¿Cuál es la reacción de Terry cuando Candy es descubierta por Miranda mientras intentaba robar dos postres para ellos?

a) Se echa la culpa de todo para evitar que ella sea castigada.

b) Corre a su habitación como si nada hubiese pasado.

c) Empuja a Miranda para poder escapar con Candy de un castigo seguro.

d) Defiende a Candy y enfrenta a su madrasta en frente de todos.