─¡Al fin Nueva York! ¡Pensé que nunca llegaríamos! ─exclamó Archibald Cornwell al avistar, aún en la lejanía, la descomunal estatua que dominaba la entrada a la ciudad más famosa de América.
─Pues hubieras sido tú el que no llegara, de no ser por Anthony ─replicó Stear, su voz surgiendo junto con su cuerpo desde una escalerilla que ascendía a cubierta desde los camarotes─. Mira que casi caer al mar por rescatar ese estúpido sombrero de pájaros.
─¡Oye! ¡Es francés! ¡Comprado en una de las boutiques más exclusivas de París! ─protestó Archibald, volviéndose para mirar con actitud amenazante a su hermano mayor─. Y, además. es un obsequio de tío Richard ─agregó, evidentemente para recalcar el porqué era importante que no lo extraviara.
─Dudo que mi padre haya considerado, al comprártelo, que fueras tan estúpido como para utilizarlo en cubierta estando el mar tan picado ─respondió inesperadamente Anthony, quien apareció desde estribor, sujetando un par de gruesas cuerdas en una de sus manos.
─¿Verdad que si? ─preguntó Stear, quien, sonriendo de oreja a oreja, extendió la mano para capturar una de las cuerdas que Anthony le lanzó ─Apuesto a que, nada más que se entere, tío Richard le hará pulir el suelo de la Rosemary II todo el mes.
─Dudo que Archibald lo resista ─repuso entonces una cuarta voz, la de William, quien se unió a la conversación explicando─: esa nave es especialmente complicada de mantener, dado su carácter de reliquia.
─¿Re-reliquia? ─tartamudeó Anthony, mostrándose por primera vez confundido.
─Así es ─respondió Stear, sabiendo perfectamente de lo que William hablaba─. Ese barco fue adquirido por tío Richard en una subasta de la marina inglesa, y él mismo se empeñó en restaurarlo, con nuestra ayuda, por supuesto ─dijo, con inconfundible orgullo, refiriéndose tanto a sí mismo como a William─; lo cual fue una excelente decisión, porque si lo hubiera dejado en manos del personal de los astilleros Brown habrían optado por desechar la cubierta original, misma que es una auténtica joya.
─¿Ayuda? ─inquirió William, con voz teñida de duda, misma que le atrajo la total atención de los otros tres─. Pero si fuiste más un estorbo que otra cosa ¿O ya te has olvidado de cómo casi conseguiste sepultarnos a ambos en el camarote principal, intentando desensamblar esa claraboya aparente?
─Tenía doce años, tío William ─fue la respuesta de Stear, dicha con total inocencia y convicción─. Un pequeño accidente a cualquiera le pasa.
─Sí, claro ─respondió William con una mueca de circunstancias, mirándole con expresión acusadora─. Y supongo, que también la caída del mástil secundario fue un accidente...
─Este...sí ─replicó Stear, aunque con mucho menos seguridad, enrojeciendo visiblemente.
─¿Y puedo saber porqué yo no fui requerido para tal empresa? ─preguntó Anthony, con cierto resentimiento, ignorando la oportunidad para bromear a su primo mayor respecto a su propensión a los accidentes.
─Sí, tío William ¿Porqué el tío Richard y tú nada más llevaron a Stear? ─interrogó también Archibald, más por curiosidad que porque en verdad le interesara demasiado la idea de que Anthony se hubiera perdido de pasar un mes de trabajos forzados en los astilleros propiedad de la familia Brown, ubicados cerca de Edimburgo.
─Pues porque no teníamos idea de que iba con nosotros ─fue la inesperada respuesta de William, acompañada de una feroz mirada dirigida al sobrino respectivo─. Supimos que era él cuando estornudó, en la segunda escala del viaje.
Ante las palabras de William, la respuesta inmediata fueron un par de silbidos emitidos por Archibald y Anthony al unísono: las reacciones alérgicas de Stear eran todo, menos discretas.
─¡Ese maldito heno! ─declaró Stear con resentimiento─. Y tus pésimos e inapropiados hábitos de cortesía y modales con la servidumbre: como cualquier caballero normal, deberías abstenerte de participar en las actividades del personal a tu servicio ─añadió, haciendo alusión a la costumbre de William de ayudar a los palafreneros en cuanto llegaban a las caballerizas, debido al interés que siempre tenía por el bienestar tanto de monturas como de criados.
─Admítelo Stear ─solicitó William con una enorme sonrisa, que se hacía más amplia conforme hablaba; sus palabras delatando que optaba por ignorar deliberadamente la diatriba de Stear─: tomar el lugar de Jones no fue tu mejor plan. Y da gracias a que la mujer del posadero tenía ese excelente remedio, pues de lo contrario te habrías perdido de la aventura y nosotros también, porque nos habríamos visto obligados a regresarte a casa y ya puedes imaginar todo lo que Rosemary habría dicho al respecto.
Ante la afirmación de William, Stear hizo un gesto por demás revelador, indicando así lo aliviado que se sentía no sólo por haber tenido éxito en la aventura, sino también por haberse escapado, por un pelo, de la dura reprimenda de su tía. Archibald escogió ese momento para realizar una de sus patentadas señales de burla desmedida, cosa que concentró la atención de Stear sobre él.
─Ese fue el último viaje largo que papá y tú hicieron en carruaje ¿Verdad? ─preguntó Anthony a William, con interés, ajeno a los aspavientos que tenían a Archibald y a Stear enfrascados en un enfrentamiento silencioso, aunque rico en muecas de toda clase.
─Claro, el primer automóvil llegó poco después. Gracias al buen Dios a partir de ahí pudimos desplazarnos sin tanto lío; aunque hay que reconocer que los caminos de las Highlands siempre han representado un desafío mayúsculo para cualquier medio de transporte. Y debo decir que el automóvil es poco recomendable si deseas llevar contigo el personal indispensable ─declaró William, un tanto reflexivo.
─Es verdad, con frecuencia papá se queja de que extraña a Jones durante sus viajes a Londres. No es igual tener que apañártelas sólo con el equipaje ─estuvo de acuerdo Anthony.
─La única ventaja es que tampoco tienen cabida los polizontes inesperados ─declaró Archibald, sacando la lengua en clara provocación a su hermano.
─Bueno, siempre he conseguido esconderme en la parte posterior de un auto ─replicó Stear con seguridad, respondiendo a la observación de Archibald y, enseguida, declaró con toda intención─: Los mayores, suelen ser bastante despistados con ciertos detalles, como comprenderás...
─¿A quién llamas mayor? ¡Zopenco! ─estalló William, tomando a Stear por la camisa y llevándolo de espaldas contra el barandal. Pronto ambos hombres estaban enfrascados en una lucha cuerpo a cuerpo; revoltijo de manos y pies que parecían empeñados en descargar golpes a diestra y siniestra con el único objetivo de proclamarse vencedores contra el otro.
Por encima de la trifulca, Anthony miró a Archibald, éste entendió la señal y se encaminó, siguiendo al joven rubio, hasta la zona del timón, dejando atrás a los rijosos; no sin antes entornar los ojos, en clara señal de súplica dirigida a los cielos, respecto al imposible carácter de su hermano y su tío segundo. Las peleas entre esos dos eran el pan nuestro de cada día, sobre todo desde que se vieran obligados a compartir la reducida superficie de la Dòchais, la nave propiedad de William, la primera que adquiría por su cuenta y que pronto incorporaría a la flota mercante de Lord Brown, el esposo de su hermana Rosemary, la madre de Anthony.
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─¿Estás seguro? ─inquirió William, después de escuchar el inquietante informe de Johnson, uno de los administradores del laird en América. El hombre se ocupaba principalmente de las empresas que comerciaban con las naciones Europeas y Asiáticas y representaba un nexo directo entre el laird y su heredero, dado que cruzaba el océano con frecuencia, ocupado en resolver asuntos que requerían de la presencia de un representante acreditado, facultado para tomar decisiones de último minuto, y no sólo de los abogados respectivos.
─No completamente, pero escuché hace un par de semanas discutir a Sir William con Leegan al respecto ─el término empleado indicó a William que en realidad, tal y como sucedía habitualmente, su padre y Leegan habían ignorado olímpicamente la presencia de Johnson al conversar sobre un asunto tan personal. Circunstancia ésta, que hablaba a las claras sobre la inusitada confianza que el laird depositaba en ese hombre; una confianza que, William bien lo sabía, estaba de sobra justificada.
─Supongo que el muy estúpido intentó justificarse con excusas baratas sobre algún interesante y prometedor proyecto, tal y como acostumbra.
─No exactamente, Sire ─contradijo Johnson─: tal parece que, en esta ocasión, la responsabilidad recae sobre Neal Leegan y no sobre Leegan padre, como cabría esperar.
─Antes de tomar tal cosa por cierta, habría que demostrarla ─replicó William con cara de pocos amigos─: Leegan puede muy bien estar inculpando a su hijo para evadir la furia de mi padre ─declaró, y su tono le reveló al otro hombre que creía que tal cosa era la más factible.
─De cualquier forma el daño ya está hecho, y el señor Brighton ha exigido la debida reparación ─dijo Johnson con gravedad─. Las cosas no se hubieran complicado tanto si en ese desafortunado incidente no se hubiera visto comprometido tan directamente el apellido Ardley. Y, dado que Brighton es uno de los principales socios del consorcio, gracias a una reciente cesión de acciones de Edgewood, no puede hacerse otra cosa que asumir la responsabilidad por esta ofensa y tratar de enmendar, en lo posible, la descortesía con que fue tratado por Neal Leegan.
─¿Descortesía? ─inquirió William en franco tono de réplica─ ¿Así es como tú llamas a una acción tan vil? ¡Ese imbécil merecería ir a la hoguera! ─exclamó William en alta voz y luego, preguntó, más para sí mismo que a Johnson─: ¿Porqué demonios a Leegan no se le ocurrió pensar que su estúpido plan tendría consecuencias tan lamentables?
─Supongo que abrigaba seriamente la esperanza de contraer matrimonio con la hija de Brighton antes de que la verdad se descubriera y luego, amparado por su supuesta situación de heredero del laird, realizar las debidas transacciones utilizando la dote de la dama ─opinó Johnson, provocando que William lo mirara con expresión francamente asqueada.
─¡Por los malditos kelpies inexistentes! ─juró William por lo bajo─. ¿Es que ningún Leegan tiene conciencia? ─se preguntó, sintiendo la poderosa ira nacer en su interior, una ira que únicamente había conseguido provocar en él media docena de personas en toda su vida, tres de ellas llevando el apellido Leegan después de su nombre de pila.
Johnson, sabio como ninguno, intuyó lo que sucedía con él y se limitó a encoger los hombros, como respuesta a su desesperada pregunta.
─Aún así ¿Cómo es que todo este asunto llegó finalmente a oídos de mi padre? ─preguntó William, recuperado de su anterior estado de confusión y, Johnson comprendió, empeñado en encontrar una fisura que permitiera destruir la complicada muralla que amenazaba su libertad.
─Supongo que, más que a ningún otro, debemos agradecer al Santo Patrono la meticulosa costumbre del señor Brighton respecto a las cuestiones legales, Sire. El contrato fue redactado por la misma firma que lleva los asuntos del consorcio y resultó inevitable la fuga de información que, no obstante, no se dio lo suficientemente a tiempo para impedir la publicación del anuncio oficial en The Gazette.
─¿The Gazette? ─preguntó William, asombrado hasta lo indecible: un anuncio oficial en The Gazette, era algo con lo que no había contado hasta ese momento. Buena suerte, dentro de todo, que hubiera abandonado Escocia a tiempo para evitar la horda de parientes chismosos que, sin duda, se abrían dejado caer por Ardnamur sin importarles un pimiento respetar el protocolo.
─Los Brighton poseen una propiedad menor en Northumberland, y tal parece que el señor Brighton, pese a no llevar unido a su nombre un título nobiliario, es en realidad el hermano más joven del duque de St. Joseph, aunque raras son las personas que conocen este hecho.
─¡Por la Piedra Sagrada! ─exclamó William, verdaderamente apaleado por la noticia─. Tal cosa has dicho, Johnson. Ahora entiendo la preocupación del laird: no podemos permitirnos una enemistad perpetua con los St. Joseph. No después del invaluable servicio que prestaron al Clan durante el siglo XVI.
─Efectivamente ─estuvo de acuerdo Johnson y luego, agregó─: además, está la franca posición deshonorable en que la acción de Neal nos coloca ante la sociedad de ambos continentes. Si bien hubiéramos podido contar con que Brighton se cuidara de airear en público la cuestión, sería absurdo pensar que no hubiera informado sobre ello al duque; cosa que, efectivamente, hizo.
─Aún así, el laird debió pensarlo dos veces antes de oficializar el bando ─se quejó William de pronto─. ¿Porqué diantre tengo que ser yo quien solucione los entuertos armados por los imbéciles de los Leegan?
─Lo lamentable del caso, Sire ─indicó el hombre, enfatizando más que nunca el título formal que le correspondía, antes de proseguir con un anuncio inesperado, que derribó por tierra cualquier esperanza de William─: es que su nombre fue utilizado indebidamente por Neal al presentarse a los Brighton. Y, tratándose, como ya le he dicho, de uno de los socios mayoritarios del consorcio que controla el Banco de América, la cuestión cobra efectos legales inesperados.
─Pero ¿Es que nada puede hacerse? ─preguntó William por enésima ocasión, obteniendo una detestable mirada de conmisceración por parte de Johnson─. Quiero decir: si mi presencia aquí no demuestra la falsificación de identidad que ha ejecutado el hijo de Leegan, entonces ¿Cuál es la situación real?
─La situación real, Sire ─respondió Johnson con voz claramente exasperada─, es que, a todos los efectos, usted se encuentra comprometido en matrimonio con una de las señoritas Brighton Johnson. Deshacer el contrato prenupcial nos costaría por lo menos un setenta por ciento del porcentaje total de la sociedad comercial que establecimos hace más de una década con el señor Brighton y, por desgracia, también representaría una fuga de capital de alrededor del cuarenta por ciento en el resto de las empresas, debido al clima de desconfianza que generaría entre los accionistas un escándalo doméstico como este. Por no hablar de que la nobleza en todo el Reino Unido, empezando por los St. Joseph, nos eliminaría de sus listas de honor.
─Escándalo doméstico... ─replicó William entre dientes, reconociendo la ironía. Sin encontrar más qué hacer o decir, se incorporó de su lugar frente al escritorio, en la reducida, pero funcional oficina de Johnson, y abrió la persiana para contemplar el puerto, que se prolongaba desde el edificio donde se encontraban, hasta la orilla misma de los muelles, situada una tercia de manzanas más allá.
─Sé cuánto lo afecta esta situación, Sire ─declaró Johnson con sincera empatía─; pero no existe solución posible, a menos que el laird declare nulo el bando, cosa que, bien sabemos, no hará; no sólo por lo que está en juego, sino porque es inadmisible para un Ardley rechazar el emparentamiento con la casa de St. Joseph, por no hablar de una de las familias más cercanas al Clan.
─¿Dijiste Brighton Johnson? ─preguntó William de pronto, poniendo cuidado por fin, en el segundo apellido de su supuesta prometida. El énfasis tuvo el efecto deseado en el otro hombre, porque carraspeó, visiblemente incómodo.
─Alice Marianne, la esposa de Brighton, es prima mía ─declaró con incomodidad, refiriéndose sin duda a la madre de la mencionada joven─. Es integrante de la misma rama de la cual provengo yo, nuestra familia ha pertenecido al Clan por casi dos siglos y...
─No necesitas darme lecciones de historia justo ahora, George ─atajó William con voz dura, tuteándolo como no se había permitido hacerlo desde hacía casi una década─. Sé perfectamente quiénes son los Johnson y porqué el Clan Ardley los valora tanto ¡Maldita sea! ¿Es que la estupidez de los Leegan no tiene límite? ─preguntó con furia, identificando perfectamente a los responsables de su situación actual; no tan desesperada como humillante, había que reconocer.
─Lo siento, Sire ─declaró George con sinceridad.
─No más que yo, amigo ─dijo William, permitiéndose un momento de debilidad para suspirar audiblemente; su anterior furia convertida de pronto en una melancolía palpable, que consiguió borrar en parte antes de añadir─: al menos, la situación es totalmente distinta a la que me había imaginado.
─¿Porqué? ─inquirió Johnson, genuinamente interesado, olvidándose por un momento de respetar la distancia emocional que requería guardar ante el heredero.
─Pensé que Leegan aspiraba a formar una alianza con la familia del laird a través del matrimonio de su hija y que tal situación había orillado a Padre a tomar una decisión apresurada ─dijo William, con todo el sentimiento que la afirmación requería. George comprendió, de pronto, el porqué el heredero no parecía ni de lejos, tan afectado como había esperado: cualquier escenario era mejor que eso.
─No dudo que tal cosa se le hubiera ocurrido a Leegan, eventualmente ─dijo George─. Es beneficioso que ese recurso ya no esté en sus manos a partir de ahora.
─Dime, George ─pidió William con tono serio─. ¿Cómo es ella?
─Sire... ─George dudó un momento, hecho que le acarreó una mirada impaciente de William, quien inesperadamente, comprendió que debía existir algún problema con su prometida.
─¿Qué? ¿No piensas que tengo derecho a preguntar? ─inquirió, comenzando a enfadarse al corroborar en el inesperado sonrojo del hombre mayor, sus nacientes sospechas.
─Por supuesto, Sire ─estuvo de acuerdo el hombre─; pero, lamentablemente, no puedo responder a esa pregunta, no sólo porque no he tenido el placer de visitar a la familia de Marianne desde hace más de diez años, sino porque... en realidad no sé cuál de las dos hijas de Brighton será la que asuma el compromiso ─declaró con nerviosismo evidente.
─Existe algo que no quieres decirme ¿Verdad Johnson? ─afirmó William, sin sombra de duda.
─Sire, creo que lo mejor sería que Sir William y usted...
─Si no me lo dices ─interrumpió William con tono amenazador─, entenderé que puedo ir directamente a Brighton House a presentar mis respetos a mi futura esposa.
─¡Por Dios, Sire! ¡No se le ocurra cometer tal disparate! ─exclamó Johnson, visiblemente alterado.
─¿Y porqué no? ─preguntó con decisión, exsigiendo la explicación que, resultaba evidente, Johnson se empeñaba en ocultarle.
─Sire, la verdad sea dicha, no es usted el único que ha tenido problemas aceptando el compromiso: Birghton habría preferido cortar todo nexo con nosotros y sumirnos en la ruina económica y el ostracismo social antes que entregarnos a una de sus adoradas hijas, y ha sido la directa intervención de Alice Marianne, apoyada por el mismísimo St. Joseph, la que nos salvó de tan desagradable suerte.
─¡Por todos los kelpies! ─exclamó William con renovado vigor. Y luego, para sorpresa de George, su rostro enrojeció.
─¿Qué ocurre, Sire? ─se aventuró a preguntar el hombre de confianza del laird.
─¿Me estás diciendo, querido amigo, que el señor Brighton, el esposo de tu querida prima, esta última miembro distinguido de una familia que pertenece a nuestro Clan desde hace dos siglos, y que se caracteriza por su lealtad inquebrantable a la familia del laird, desaprueba sinceramente esta unión?
─Eso es indudable ─estuvo de acuerdo Johnson, enrojeciendo visiblemente ante el sarcasmo tan magistralmente expresado por William─. Sin embargo, y por clara fortuna del destino, al menos una de las jóvenes Brighton está dispuesta a honrarnos ─a William no se le pasó por alto la forma en que Johnson remarcó la palabra─ con su mano en atención a la angustia de su pobre madre y el desasosiego que tal empresa provoca en su querida hermana ─ante esta frase, la expresión de William cambió de interesada a perpleja, al comprender el significado real de la misma.
─¡Por los malditos kelpies! ─juró William─. ¡Si nada más eso me faltaba! ¡Una maldita debutante desasosegada ante la posibilidad de casarse conmigo y la otra concediéndome el honor de aceptar mi mano en matrimonio para evitarle la pena a su querida hermana! ¿Quién se han creído que soy? ─declaró lo último gritando a voz en cuello; no obstante, George pareció no notarlo y continuó diciendo:
─Bueno, Sire ─Johnson pareció pensárselo por interminables momentos, dando a William tiempo para serenarse, antes de explicar─: En realidad, tal parece que la joven Brighton, la que le ha concedido a usted el honor de aceptar su mano en matrimonio, tiene una interesante idea respecto a su persona y tampoco está decididamente emocionada por verse obligada, en virtud de las buenas costumbres, a convertirse en la esposa de un escocés taimado, con una evidente ignorancia del mundo civilizado y que prefiere sepultarse en territorios inhóspitos en vez de hacer frente a sus sobrados deberes con las familias del Clan y ocuparse, como es debido, de su pobre padre, quien hace mucho tiempo ya, debió ser liberado de la responsabilidad que pesa sobre sus cansadas espaldas ─declaró Johnson de un tirón.
─¿Qué? ─el monosílabo, casi inaudible, estuvo a punto de arrancarle a George una inoportuna sonrisa; eso y el innegable hecho de que el rostro de William comenzaba a congestionarse aún más de lo que ya estaba. Siendo escocés, y además un futuro laird, era de esperarse que el heredero no se tomara a la ligera un comentario de esa naturaleza.
─No tengo la información directa, Sire ─declaró Johnson con impotencia que, William no se percató, era en su mayor parte, fingida─. Esa sólo se la puede dar su padre, ahora que se entreviste con él en Chicago. Aunque escuché al laird mencionar que fue precisamente esa singular percepción de la joven sobre la escocesa personalidad de usted, su heredero directo, la que le decidió a ejecutar el bando sin pensárselo dos veces. Ya conoce usted las particulares ideas de milord respecto a...
─¡Por supuesto que las conozco! ─estalló William, incapaz de contener por más tiempo la rabia─. ¡Y aún no puedo creer que haya tenido la cara para hacerme algo así! ¿Escocés taimado yo? ¡Eso está por verse! ─declaró en franco tono amenazador y luego, añadió, con todo el sentimiento que la ocasión requería─: Escúchame bien George: dile a mi padre que me importa un soberano pimiento la ruina social y económica y que vaya pensando en conseguirse un nuevo heredero porque ¡Juro que me dejo de llamar William, si voluntariamente concedo en convertir en mi esposa a una arpía como esa!
─Una arpía St. Joseph-Johnson... ─aclaró George con circunspección. Lo cual propició que William le dedicara una de sus patentadas miradas de cólera desmedida, mucho más efectivas que las del mismo laird, antes de abandonar la oficina a grandes zancadas, cerrando con violencia la puerta tras él.
