Disclaimers: La historia me pertenece… en casi su totalidad, los personajes son propiedad de J.K. Rowling y son utilizados sin intención de lucro alguno. Las personalidades de algunos de los personajes así como su edad no corresponden a lo que la magnífica Rowling estipuló dentro de la saga de Harry Potter.

¡Hola de nuevo! No sé si se han dado cuenta que casi nunca digo nada nuevo, pero me parece importante recordar y agradecer por su apoyo, gracias por la oportunidad que le están brindando a la historia, realmente en lo personal, la idea me trae loca, las ideas surgen y surgen... tal vez ahora no se nota, pero las cosas comienzan a alargarse a partir del siguiente capítulo, espero que la historia siga gustándoles, saben, muchas gracias por sus reviews, a los que les contesto personalmente y a Antonia, que bueno, intento agradecerle públicamente, para que sepa que sus comentarios siempre me hacen sonreír y me encantan :D Gracias por todo, hasta el próximo Martes.

P.D. No se limiten, me gusta leer todas sus especulaciones, así que no se contengan ;)


La puerta se abrió después de mucho tiempo, la pelirroja ni siquiera los miró, caminó rápido, Draco la siguió de inmediato mientras que a Zabini le costó unos segundos, en lo que se puso de pie y siguió los pasos de la chica.

Avanzó en dirección a la bodega, les señaló un jeep y subió en la parte trasera, Draco fue directo hacia el volante, así que Blaise tomó el del copiloto.

— ¿A dónde iremos? –la interrogó.

—Sólo conduce, te diré las instrucciones cuando sean necesario –observó por la ventanilla.

No puso objeción alguna. Estaba acostumbrado a seguir órdenes sin chistar, y tenía que morderse la lengua para hacer lo mismo con estas personas, tenía que ganarse la confianza suficiente de cada uno de ellos, para que le creyeran que si habían secuestrado a Ginevra, había sido por falta de arma, pero… tenía que estar alejado de Zabini, porque él podría decir que le había dado una de sus armas.

—Señorita –musitó Blaise haciendo que la chica volteara por primera vez a verlos desde hacía quince minutos –creo que es conveniente que nos diga a dónde y a que iremos.

—Creí suponer que era su superior. Sr. Zabini –le dirigió una mirada cautelosa.

—Lo sé, pero tengo órdenes expresas del Sr. Dolohov de no salir del territorio de la Orden sin que se dé una explicación, ni siquiera si es usted.

—Detén el auto, Malfoy –ordenó y el cumplió la orden.

Bajó del auto sin avisar y comenzó a caminar, cuando rebasó el jeep, se giró de nuevo a ellos.

—Dé vuelta ahora, Malfoy, regrese al complejo junto a su compañero.

—Mis órdenes son cuidar de su seguridad –se desabrochó el cinturón de seguridad y bajó –si desea seguir a pie, la seguiré, pero no volveré al complejo sin usted.

—Es una orden –se burló –no soy una niña pequeña, sé cuidarme muy bien por mí misma.

—Estoy poniendo en tela de juicio sus capacidades para defenderse –soltó Draco en un tono severo, como si regañara a una niña.

—Vuelva al complejo –observó su reloj –llegarán a tiempo para la comida.

—Así vaya a pie tengo que pedir la razón –insistió Blaise.

—Sr. Zabini –Ginny avanzó hasta él, que había bajado también del jeep –tengo un par de dudas, y necesito que las conteste con toda sinceridad ¿bien? –Él asintió –la primera es ¿para quién trabaja usted?

—No sé a qué se refiere –contestó, Draco sonrió, era la peor forma de evadir una pregunta directa.

—Cuando sepa a qué me refiero, dígale a Dolohov, ahora suba a ese Jeep y regrese al complejo.

—No…

—Malfoy irá conmigo –lo interrumpió –porque a pesar de ser un rebelde creo que tiene un poco más claro quién es la persona que manda, le diré una cosa, Zabini –se burló –usted no trabaja para Dolohov, trabaja para la Orden. La próxima vez que un superior se lo pregunte, recuérdelo, ahora vaya, y dígale que crucé la línea señalada como territorio rebelde.

—Va a ir a territorio rebelde con un rebelde –le recordó Blaise.

—Sí, eso mismo haré, y podría ir usted también, si no me hubiese hecho enojar. Largo de aquí, o me encargaré que sea enviado a Surrey.

—El señor Dolohov…

—Me harté, regrese al complejo ahora mismo, y usted, Malfoy, tome las llaves del jeep, el señor Zabini irá a pie.

Se giró enfadada y siguió caminando, Draco se encogió de hombros y tomó las llaves guardándolas en su bolsillo y caminó apresurado hasta la pelirroja loca que seguía alejándose cada vez más.

Nadie te hará caso, Ginevra, nadie prestará atención a tus órdenes, aun así, te daré un puesto importante, para que todos los subordinados puedan burlarse de ti a tus espaldas –murmuró imitando la voz de alguien –por supuesto, hágalo, me complacerá ser la burla de todos los soldados que están en el complejo más protegido del país –hizo una voz infantil esta ocasión, Draco bajó el rostro para no burlarse de ella –si me dieran un maldito centavo cada que alguien ignora mis malditas ordenes podría dejar de trabajar el resto de mi vida en este momento.

La observó caminar enfurecida y se acercó más a ella, le daba la impresión de que en cualquier maldito momento, terminaría de bruces en el suelo a causa de que la maleza se atoraría en sus zapatos altos y perfectamente limpios, bueno, ahora estaban lodosos y sucios. Eso no quitaba su paso delicado y su torpeza se dejaba ver a cada traspié.

Inclinó la cabeza cuando ella se detuvo, había un tramo completamente lodoso, sabía que si entraba, sus zapatos quedarían atascados como si se trataran de las llantas del jeep. Él la pasó y avanzó sin prestarle atención a su problema y debate interno. Se detuvo cuando el camino volvió a ser más firme.

—Y bien ¿piensa quedarse ahí toda la tarde? –se burló de ella.

—No –contestó nerviosa y tragó saliva.

—Si le ayudo quitará cien azotes la próxima vez que no cumpla sus ridículas órdenes ¿bien? –se cruzó de brazos, esperando que ella accediera.

—No, incrementaré cien, por intentar chantajear a un superior.

—Podemos quedarnos aquí –se encogió de hombros –mis amigos suelen venir por ésta zona cada que anochece.

—Esa es una información muy útil –dio un pequeño salto y sus tacones se hundieron –maldición.

—La esperaré sentado en la roca de allá, en lo que decide dejar de jugar –se burló y se alejó.

Tardó cinco minutos en cruzar esa parte del camino, claro que su saco quedó manchado de lodo cuando evitó caerse de bruces en el lodo, pero no pidió ayuda, no supo si sentir lástima o un poco de admiración.

—Felicidades, ha podido con un charco lodoso –se puso de pie.

—Hay cosas más desagradables –bufó –usted. Por ejemplo.

La siguió. Porque no tenía idea a donde pretendía ir esa pequeña pelirroja loca, pero omitió sus comentarios, no es como si le tuviese miedo, cualquier ataque que ella pudiese darle, podría regresarlo más fuerte, pero… de la profesora McGonagall había aprendido que a las mujeres, por muy desagradables que fueran y por mucho que fueran parte de la Orden, no podían maltratarse como a un hombre.

—Deberías permanecer aquí –lo observó por encima de su hombro –y son necesidades fisiológicas de primera necesidad –le informó y sus mejillas se pusieron coloradas, casi como su cabello.

—De acuerdo, me alejaré un poco hacía allá, para que tenga más privacidad –se burló.

—Es lo más educado que le he escuchado decir.

Se sentó en un tronco caído, esperaba que pronto terminara de hacer lo que sea que vino a hacer a ese lugar, observó todo el lugar, quería toparse con alguien de la Resistencia, si fuera con Pansy, las cosas serían mejor, podría explicarle a ella la situación, no le pediría que les dijera a los demás, pero mientras ella supiera la verdad, lo demás le daba completamente igual, se movió incómodo, nunca había pasado tanto tiempo alejado de ella.

Se cubrió el rostro con ambas manos, se sentía desesperado estando ahí, sentado esperando por una mujer que era parte del enemigo, podía huir en ese momento e ir con los suyos, pero no podía permitir que esos hombres se desquitaran con Theodore.

Se puso de pie de manera violenta, dio la espalda al lugar en donde estaba la pelirroja, estaba en un dilema, su amigo, el que había sido como un hermano todos estos años y la mujer de su vida, le había prometido que jamás la dejaría sola. Recordaba cuando la encontraron en Westbury, la Orden había mandado a una cantidad impresionante de soldados para revisar el lugar y encontrar a cada uno de la Resistencia, ya que corría el rumor que las personas de Westbury ocultaban a rebeldes, había sido una masacre despiadada. Él la vio. Escondida detrás de un montón de escombros, estaba sucia, su rostro bonito y pálido estaba lleno de ceniza, sus ojos verdes estaban rojos de tanto llorar. Se había acercado a ella y le había tendido la mano, le prometió que se haría cargo de ella si los seguía. Y lo hizo, los siguió y él se hizo cargo de ella, primero como si fuese su hermana, y después por lo que comenzó a sentir. Por fortuna. Todos aquellos sentimientos eran correspondidos.

Y ahora estaba cuidando de una mujer torpe y desalmada, debería dejarla ahí, a que la Resistencia la encontrara, la asesinara como ella y sus soldados han hecho con los demás.

Su mano se cerró entorno a la delgada garganta detrás de él, con una fuerza causada por la frustración, sintió los suaves dedos de la pelirroja sujetar su muñeca y de inmediato soltó a la chica, que se llevó las manos a su cuello y comenzó a toser.

Resopló, la mirada chocolate estaba asustada y preocupada, pero aun así, no dijo nada, siguió tosiendo, como si hubiese sido para tanto.

—Pensé que era otra persona, iba a ir a buscarla, tardó demasiado.

—Es mejor que nos vayamos –informó con voz ronca.

—Eso quiere decir que se arrepintió de hacer lo que se supone vendría a hacer.

—He terminado con eso –se encogió de hombros.

—Sólo decidió venir hasta acá a cumplir con sus necesidades fisiológicas.

—No le importa la razón por la que vinimos aquí, usted sólo tiene que cuidar de mi seguridad, aunque realmente, es usted quien me ha puesto en riesgo las dos veces en que he estado en aprietos.

Cruzó el charco lodoso de nuevo batallando por no caer, Draco la observó de reojo, había aprovechado ese momento de privacidad para hacer lo que sea que tenía que hacer, y en lugar de estar atento, había permitido que esa mujer le viera la cara de idiota.

Condujo el jeep demasiado aprisa, el sol estaba en su punto máximo, pronto comenzaría a anochecer y era mejor llegar al complejo, además de que ya tenía un poco de hambre.

—Detén el auto –informó y abrió la puerta antes de que él acatara la orden.

—Maldita sea –gruñó por el poco cuidado que había tenido.

—Pide refuerzos –se giró a verlo –hay un soldado herido, pide refuerzos, maldita sea.

—Sí, pero necesitamos saber primero la situación.

—No me importa la situación –le gritó –si está herido hay rebeldes cerca, sencillo como eso.

Corrió hasta el hombre caído, Draco negó y retrocedió para hacer lo que le había ordenado, no entendía como seguían manteniendo todo ese poder si los altos cargos eran unos simples idiotas que jamás se aseguraban primero de la situación.

—No lo hagas –dijo la voz de un hombre recargado en el jeep –espera un poco, Crabbe –murmuró –no la mates ahora, primero necesitamos un par de cosas.

—Es difícil detenerse –murmuró el otro hombre, Draco lo observó sobre su hombro, el tipo tenía que ser el que estaba tirado en el suelo, estaba vestido de soldado, pero con su condición física tenía que ser un chiste.

—La necesitamos, es la única en Wiltshire que puede hacer un mapa detallado del complejo ¿no es cierto, cariño?

—Buena suerte con ello –forcejeo.

—La otra noche nuestro reencuentro fue algo precipitado, no me presenté ¿cierto? Ambas veces han sido algo agitado, no he podido, la primera vez, tu querido profesor Dumbledore interrumpió la situación, la otra noche el rubio idiota aquí presente, bien, ahora lo dudo, pues soy Quirinus Quirrell y vas a hacer todo lo que te diga –se burló.

—Robaron mapas ¿para qué me necesitas a mí? –se removió del agarre del tipo.

—Sólo hay quince personas en Inglaterra… o mejor dicho, había ¿no es así? Es claro que atacar a Albus Dumbledore es más peligroso que atacarte a ti, niña estúpida, por eso estoy en un sitio como Wiltshire y no en Londres.

—Hay mapas –insistió.

—Ya lo sé, los robé –admitió –pero no muestran en su totalidad la superficie del lugar, hay puertas, más puertas… códigos y más códigos y tú sabes esquivarlos, vas a llevarnos escondidos en el jeep, y dejarás que robe el sistema detallado… quiero el protocolo, para ser más específico, después –se acercó a ella –dejaré que mi amigo Crabbe, haga de ti todo lo que quiera, para después ser piadoso y matarte. Como debí matarte hace dieciséis años.

Ginevra observó a Draco, que tenía ambos brazos en sus costados, sin hacer ningún movimiento.

—Por supuesto –se burló –muy buen plan al enviar a tus sirvientes de espías.

—Ningún hombre mío te habría cuidado por muy temeroso de la muerte que estuviera –se burló Quirrell –ese de ahí, es un niño asustado, comparado con mis hombres.

—El obeso es un hombre, pensé que era una cruza de un humano y un oso.

—Tranquilo, Crabbe –negó –Ricitos de Oro no robará tu sopa hoy.

—Pues yo no estaría tan seguro de eso –sonrió Draco en forma burlona.

—No es que lo dudes o no –Quirrell sacó su arma y le apuntó al rubio –no creo que seas muy ágil como para esquivar las balas.

Draco escuchó el grito de la pelirroja un segundo después de que el hombre detonara su arma, pero la bala pasó a una distancia considerable del rubio.

—Es para mostrarte, que no tengo miedo a disparar y matar.

—Es un rebelde –le informó Ginevra a Quirrell.

—Oh –contestó fingiendo asombro –pues con más razón, merece la muerte, por traición.

—No me llames rebelde ¿quieres? No estoy de acuerdo con lo que la Resistencia está haciendo –frunció el ceño, y en ese momento estaba siendo honesto, al menos no estaba de acuerdo con los métodos que este tipo, Quirinus Quirrell estaba usando.

—Siempre les lavan el cerebro, es una lástima –negó y volvió a levantar el arma.

—Espera, no.

— ¡Te dije que haría eso! –chilló Quirrell cuando Ginevra golpeó en la boca del estómago a Crabbe y corrió en dirección a él, para desarmarlo –estúpida.

La sujetó del cuello como minutos antes Draco la había sujetado, ella arremetió contra el brazo del hombre, pero no con el que la sujetaba, sino con el que sostenía el arma apuntando al rubio.

—Odio a las perras como tú ¿sabes? –La soltó –sólo sirven para una cosa, arruinar los momentos divertidos.

La mano de Quirinus con la que sostenía el arma golpeó el rostro de la pelirroja, la levantó con la otra mano sujetándola del cabello y la golpeó de nuevo con tanta fuerza que la dejó inconsciente.

—Bien, ya no será problema alguno –se burló.

Draco apretó los puños furioso, toda su sangre estaba hirviendo en furia, odiaba que golpearan a las mujeres frente o a sus espaldas, era algo que simplemente no podía tolerar, la sola idea lo ponía furioso.

Se acercó a ella, tenía roja la mejilla y el labio ligeramente sangrante, levantó la vista hasta el calvo que seguía divertido y burlándose de la situación, cometió el error que todos cometen, alardear y dejar de estar alerta.

Rodeo el cuello del rebelde y lo desarmó apuntando al obeso frente a él.

—También soy rebelde –informó –y no voy a dejar que idiotas como ustedes, manden a la mierda mi misión.

Golpeó con la culata a Quirrell, y no fue necesario hacer algo serio con el obeso, porque a sus posibilidades, echó a correr cuando Draco disparó al aire, no sabía qué clase de misión tenían esos dos, pero no estaba de acuerdo con su método, y a su vez, no iba a matar a nadie de los suyos.

Aventó el arma junto al desmayado hombre y fue hasta Ginevra, suspiró cansado y la sostuvo en sus brazos, no pesaba casi nada, la colocó en el jeep y fue hasta el lugar del conductor.

oOo

Despertó asustada, observó a su alrededor, estaba en su habitación, dentro del complejo, pero… ¿cómo había llegado hasta ahí? Lo último que recordaba era haber sido tan estúpida como para caer en la trampa de unos rebeldes.

—No, no puede…

—Así que ya despertó –murmuró Draco asomándose, estaba en el balcón.

—Pero como… -se sujetó la cabeza.

—Le pedí ayuda a mi amigo Nott.

—El cocinero –murmuró.

—Prefiere que le digan Nott o Theodore –se encogió de hombros.

— ¿Qué fue lo que pasó? –le preguntó y se puso de pie.

—Debería descansar… aunque una ducha primero no le caería nada mal –se burló.

—Sí, claro –hizo un movimiento de cabeza para restarle importancia al hecho de que necesitaba una ducha –no entiendo ¿cómo llegamos hasta acá?

—Sólo voy a decirle una cosa, y no me importa que sea mi superior –avanzó hasta ella –mi trabajo aquí, por desagradable que sea, es cuidar de su seguridad, la próxima vez que le diga que tenemos que asegurarnos de la situación…

—Se vistieron como soldados –lo interrumpió –usted hubiese hecho exactamente lo mismo que yo de ser rebeldes.

—No –contestó agresivo –por espantoso que parezca, no hubiese hecho lo mismo, no podemos arriesgar tantas vidas por una sola –la observó –hubiésemos sido tres personas muertas en lugar de una. Ningún rebelde se hubiese detenido.

—Es mentira –contestó haciendo que se detuviera.

—No lo es.

—Claro que es mentira, me querían a mí y eran de los suyos, si fuese cierto lo que dijo, se habría marchado porque significaría sólo una pérdida, no dos.

—Sigues viva, por eso no me fui –giró la perilla.

—No te he dicho que te vayas –murmuró.

—A menos que vaya a pedirme que comparta la cama con usted como agradecimiento, no veo porque quiera que me quede.

— ¿Quiere que comparta la cama con usted por agradecimiento? –le sonrió arrogante.

—Lamento informarle, que tengo una novia en la Resistencia, y que estoy más que enamorado de ella, usted jamás podría compararse con ella –se encogió de hombros –así que me veré en la incómoda situación de decirle que no me interesa como mujer.

—Ni usted me interesa como hombre –admitió sin darle importancia y caminó hasta él –puede marcharse, en un segundo –le informó e introdujo su mano en la bolsa derecha de los pantalones de Draco.

—No lo creo –la sujetó del brazo para evitar que bajara un poco más.

—Esta situación no tiene que tener ningún ámbito sexual, suelte mi mano –ordenó.

—Sáquela de mis pantalones y lo haré.

—De acuerdo –sonrió así que la soltó.

En un rápido movimiento introdujo más su mano y jaló algo de la bolsa, Draco observó el objeto pequeño y de color negro que sacó.

—Pero… ¿qué demonios es eso y cómo llegó a mi bolsa?

—Yo lo puse ahí cuando encontramos a ese hombre tirado –contestó.

—Claro ¿y por qué razón? –se cruzó de hombros.

—Creí que ya quería irse –levantó la vista y le sonrió –buenas noches, Sr. Malfoy, que descanse.

—Pero…

—Lo veré a primera hora y gracias, que por muy desagradable que sea para el mundo, sigo viva gracias a usted.

—Sí, me declararé culpable por esa tragedia la próxima vez –salió del lugar.