Capítulo beteado por Mónica León, Beta Élite Fanfiction.
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Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M., quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.
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Las risas infantiles se escuchaban de fondo. Los rayos del sol entraban por la ventana y le daban directamente a la cara. Gruñó algo, volteándose para seguir durmiendo.
—¡El trencito… chu, chu…! —Se escuchaba desde la habitación de invitados de la casa de Edward.
—¡Niños! —El cobrizo llamó la atención de los niños de su guardería de verano—. ¡Hoy pintaremos la naturaleza! —Ellos gritaron un "¡yay!" y comenzaron a reír, tapando sus pequeñas bocas con las manitas—. Iremos al jardín, nos sentaremos y esperaremos a que Rose nos ayude a recoger las pinturas. Primero, busquen sus delantales. —Terminó de dar la orden y los niños salieron corriendo mientras gritaban alegres.
Isabella veía la manera tan paternal en la que él los trataba y cómo ellos lo miraban como si fuese el mayor ejemplo a seguir.
—Yo también quiero delantal —comentó divertida, haciéndolo saltar por el susto.
—¡Niños! Demos la bienvenida a la señorita Isabella. —Los niños gritaron un "Hola, señorita" y corrieron a sentarse en césped, formando un círculo.
Se divirtió toda la tarde con los pequeños, ayudando en cada actividad organizada.
Reía, jugaba, corría… Cada cosa con gran soltura.
—Eres genial con ellos —murmuró, dejando caer su cuerpo en el sofá cuando el último niño se fue.
—Amo a los niños —le comentó, encendiendo la televisión.
—¿Qué estudias, Edward? —Se sintió mal por no haberle hecho esa pregunta desde el comienzo.
—Educación preescolar —dijo, viendo la televisión, sin darle mucha importancia.
Ella no supo qué contestarle. Se había imaginado toda clase de profesión para Edward, pero nunca que estudiaba para ser profesor de inicial. Sonrió con ternura.
El impulso y la tensión que estaba cubriéndolos hicieron que ella saltase al regazo ajeno, sonriendo y colocándose a horcajadas.
Unieron sus labios en un hambriento y pasional beso, sus manos recorriendo cada parte de los cuerpos por encima de la tela.
Al poco tiempo, la ropa de ambos estaba adornando el suelo mientras estaban totalmente entregados a su encuentro.
Gemidos, jadeos, gruñidos y suspiros llenaron la sala, Edward entraba y salía de Isabella con lentitud, empujándola a tocar el cielo con la yema de los dedos.
…
Alice revoloteaba por la sala de espera del bufete de abogados para el cual trabajaba. Recién había regresado de su hora de almuerzo y estaba esperando con ansias a su amiga que se había tomado una semana de vacaciones, pero, por boca de su propio hijo, se había enterado que ella estaba viviendo en casa de Edward.
Había intentado hablar con ella, pero se había negado a decirle algo sobre porqué estaba viviendo allí.
—Gianna, dile a Isabella que estoy aquí. —La voz de Dimitri resonó por toda la oficina.
La secretaria lo miró confundida. Había recibido órdenes de la misma Isabella Swan sobre no revelar su paradero al ruso.
—Gianna, en mi escritorio dejé los documentos que había que enviarle a Isabella —contradijo Alice.
La secretaria no dudó dos veces en salir corriendo hacia la oficina de Alice. No quería estar en medio de la discusión que se avecinaba.
El hombre miró desafiante a Alice, como siempre lo había hecho desde que comenzó a salir con la que, todavía, era su esposa.
—Lamento decirte, Dim, que Isabella ha solicitado vacaciones y nadie sabe dónde está. Incluso creo que ha salido de viaje. —Él soltó una sonora carcajada sínica.
Sabía muy bien que ella no había salido del país, ni de la ciudad, pues había visto su auto rodando por las calles de Boston. Si no la detuvo, fue porque la luz del semáforo se lo impidió.
Empujó la puerta de la oficina. Tenía que recoger un par de documentos para trabajar en casa, cuando esté libre de los niños y de Edward, que últimamente gastaban el tiempo libre juntos, conociéndose más.
—¿Viste a Andy? —preguntó Isabella, riendo, acordándose de alguna diablura de los niños—. Me dijo que podría ser su novia.
—¡Vaya! —Sonrió Edward, dándole el paso a la chica—. Así que tendré un pequeño competidor… —Paró abruptamente de hablar al verla con los hombros tensos y las manos hechas puños.
Dimitri miraba burlón la escena delante. El donador con su mujer, juntos, riendo como si fueran grandes amigos.
Edward se envaró, protectoramente, interponiéndose entre Isabella y Dimitri, mirándolo desafiante.
Cuando por fin se sentía seguro de algo, venía el ex de la chica, la cual estaba conociendo, a presentarse nuevamente en su vida.
—Veo que las ganas de tener un hijo siguen en pie —se burló el ruso. Alice sintió unas ganas inmensas de lanzarle el jarrón egipcio que estaba a su derecha—. No te emociones, muchacho. Tú eres solo la cigüeña.
—¿Qué quieres, Dimitri? —Salió de la protección que le brindaba el cuerpo de Edward y tuvo ganas de regresar al mismo lugar al ver la mirada furibunda que le lanzaba su ex.
—¿Podemos hablar a solas? —Miró a Alice y Edward, desafiándolos a que lo detuviesen.
—Está bien. —Suspiró, restregándose la cara por la frustración. No quería hablar con él, pero mientras más rápido lo hiciera, más rápido salía del problema del divorcio.
Divorcio. Nunca se imaginó que esa acción iba a tener cabida en una etapa de su vida, la que deseaba cerrar.
—Isa, tengo que ir contigo. Soy tu abogada. —Alice utilizó su último recurso.
—Alice, soy abogada. Espérame un rato, Edward. Mientras, elije los colores para pintar el jardín. —Iba a refutar, pero ella alzó la mano, callando cualquier palabra que fuese a ella para persuadirla de hablar con su esposo.
El ruso sonrió burlón y se encaminó hacia la oficina de la abogada, esperanzado en hacerla desistir del divorcio y regresar a su casa.
Isabella, a paso lento, se encaminó a su oficina. Al entrar Dimitri, cerró la puerta, sin seguro por si llegaba a pasar algo. Había recibido amenazas a su número celular.
—¿Qué es esto? —reclamó Dimitri al verse solo con ella, tirando sobre el escritorio el folio donde estaban los documentos que había recibido la pasada tarde en su casa.
—Los papeles del divorcio —dijo con convicción. No se dejaba intimidar de nadie—. Que por cierto, necesito que los firmes con tiempo. No quiero ir a juicio contigo.
—¿En serio, Isabella? ¿La mitad de la casa? —Se cruzó de brazos y enarcó una ceja.
—Y eso que no te pido la mitad de tu auto, porque te recuerdo, lo compraste con nuestros ahorros. —Suspiró pesadamente, bajando la guardia y dejando caer su cuerpo en el sillón frente al escritorio.
—Por favor, mi amor… —Hizo aquel puchero que derretía a Isabella y ahora ni cosquillas le causaba—. Piénsalo. Sigamos en busca de nuestro hijo y…
—Dimitri, quiero esos documentos firmados. Y agradece que no te demandé por daños y perjuicios. Te recuerdo que has cometido un delito y si lo llevo a cabo, soy capaz de dejarte en la calle, teniendo en cuenta que no tienes un centavo. —Estiró el bolígrafo que descansaba en un cajón del escritorio, optimista de que él no siguiera dándole pelea.
Sonrió. Allí estaba la Isabella abogada que nadie le intimidaba. La dejó con el bolígrafo en mano.
—A mí no me vas a intimidar, Isabella. Te conozco y sé que por dentro pareces un corderito encandilado por la luz potente de un auto. —Se removió incómoda en su asiento. Necesitaba persuadirlo.
La bombilla en su cerebro se encendió y marcó la extensión de la secretaria.
—Gianna, por favor, dile a Alice que venga. —No esperó la respuesta de la secretaria y solo colgó.
—¿Alice? —Dimitri comenzó a dar vueltas a un pisapapeles que estaba sobre el escritorio—. También llama a tu amante si necesitas refuerzos.
Isabella no le contestó la provocación, solo se encogió de hombros y apoyó su espalda en la silla giratoria de cuero, mirando detenidamente sus pies que estaban cubiertos por los zapatos Converse, ya que solo estaba de pasada para recoger unas cuantas cosas.
Dos golpes en la puerta indicaron que su amiga estaba en modo abogada del diablo. Hasta pena le daba del pobre hombre, dos de las más grandes y devoradoras de cortes se iban a enfrentar a él.
Alice ingresó, como si estuviera bailando en vez de caminar, alrededor de la oficina hasta pararse al lado de su amiga.
—Alice no es mi abogada. Mi abogado es Aro y agradece que no lo llame. Alice es abogada principal de " ". Ella lleva los casos jurídicos de la compañía por parte del 49 % de accionistas y es la que lleva el testamento de tu padre. —Isabella sonrió triunfalmente al ver la expresión atónita de Dimitri.
—Aquí solo te quedan dos cosas —le dijo la pelinegra, acercándose un poco a él por el otro lado del escritorio—. Firmas el divorcio o retiro el freno que tengo con todos esos buitres que te quieren ver hundido. —Dimitri las miró a ambas, tratando de ocultar el miedo.
—No los frenes, Alice… —le dijo burlón, tratando de intimidarla—. Déjalos que me demanden cuanto quieran…
—No, no, no… —Alice negó, chasqueando la lengua—. ¿Tú sabes cuál es la sentencia con los estafadores? Son 20 años de cárcel, como mínimo.
—Eso solo parte de Alec, tu primo. El que debería estar en la presidencia, ya que tú, no has cumplido ninguno de los puntos del testamento. Luego son cuatro accionistas, cada uno deseando hundirte y por último, yo, que tengo en mis manos todas las pruebas necesarias para hacerte enfrentar un juicio de daños y perjuicios. —Dimitri se vio acorralado entre aquellas dos menudas mujeres, pero que cuando estaban en modo jurídico, parecían que fueran una mole de cuatro metros.
Ambas mujer sonrieron satisfactoriamente. Esa misma tarde firmaría los documentos e Isabella sería una mujer libre.
Edward estaba asqueado por tanta atención que Gianna le daba. Los senos falsos y el excesivo colágeno en los labios de la morena no la ayudaban a coquetear con el muchacho que siempre había detestado a las mujeres plásticas.
Aparte de que no necesitaba a nadie más. Isabella tenía una semana durmiendo en su cama y cuantas veces ellos lo deseaban, hacían el amor.
—¿Seguro que no deseas algo? —Volvió a insistirle la secretaria y él volvió a contestarle lo mismo, "no".
Isabella y Alice salieron de la oficina de la primera, soltando pequeñas risillas, burlándose de la cara de asustado que tenía el ruso.
Tenían experiencias con convictos con tatuajes y caras que gritaban "soy un asesino". Los intimidaban hasta que ellos gritaban que lo iban a pensar y en realidad ese "pensar" significaba que lo iban a hacer, pero nunca les había resultado tan divertido como ese momento.
Dimitri casi se orinaba en sus propios pantalones cuando le estaban sacando cuentas de los años de cárcel que le esperaban.
—¿Ya? —les preguntó un Edward confundido. Entraron con caras laxas y salieron sonrientes.
—Lo está "pensando". —Alice hizo las comillas con los dedos, sofocando una carcajada que quería salir.
Dimitri vio los documentos sobre el escritorio. Nunca en su vida había asistido a un juzgado cuando su esposa estaba trabajando, nunca la había visto en acción y él pensaba que la gente exageraba cuando la mencionaban como una grande al momento de trabajar.
Ahora, de primera mano, estaba consciente de que, ambas trabajando juntas, eran capaces de retar al mismo diablo, y salir ilesas y victoriosas del juicio.
Sin pensarlo dos veces, firmó cuanta línea punteada estaban en los documentos, sin mirar atrás.
Él tenía suficiente ingenio para trabajar independientemente, sin necesidad de tener una empresa a su cargo. Incluso podría hacer su vida con Félix sin interrupciones, ni andar escondiéndose de los demás.
Salió de la oficina hecho un bólido. Isabella, Alice y Edward se sobresaltaron al escuchar la puerta del bufete resonar y rechinar por el maltrato recibido.
—Debería cobrarle la puerta —dijo Alice mientras se ponía de pie junto con los tórtolos, caminando hacia la oficina de la castaña.
Ella corrió a su escritorio. —¡Los firmó! —chilló abrazándose de Edward.
Seis meses después.
—¿Qué fue lo que primero pensaste cuando me viste? —preguntó ella sobre el pecho de Edward.
Habían pasado toda la tarde festejando la buena noticia que había llegado hasta la oficina de Isabella; la notificación de que era completamente soltera.
—Mmm… —Él se encogió de hombros—. Dije en mi mente "esta vieja quiere que le haga el favor" y mi cuerpo se estremeció. —La mujer alzó la mirada ceñuda, deseando que de sus ojos salieran dagas envenenadas con cianuro y se clavasen en Edward. El cuerpo de este comenzó a sacudirse por el ataque de risa.
—Sí, búrlate de mí, bebé. —Le dio un manotazo juguetón en el pecho.
—¿Bebé? —Edward enarcó una ceja—. ¡Oh, abogada! Usted debe saber que la
pedofilia está penada con la ley. Creo que deberé castigarla.
—Ah, ¿sí? ¿Cómo me castigarás? —Subió por el cuerpo del cobrizo, rodeándolo con sus piernas.
—Unos azotes —le dijo, dando una pequeña nalgada.
—¡Me pegaste! —Fingió enojo mientras Edward asentía y volvía a darle otra nalgada.
—Me gusta tu culito respingón —le susurró en el oído, frotando el lado donde había dado el golpe—. Provoca estar azotándolo y amasándolo.
Isabella se removió ansiosa al sentir los dedos del chico recorrer su trasero. Hizo fricción entre sus sexos y gimió al sentir lo preparado que estaba para otro asalto.
Cuatro meses después.
—… Y por último, mi más grande agradecimiento a la mujer que me ha enseñado, o recordado, lo que es tener una familia. Alguien que cuida de mí sin ninguna clase de interés… —Los ojos de Isabella brillaban de orgullo al escuchar a Edward hablar en día de la inauguración de su centro de cuidado inicial.
—¡Solo uno! —gritó Emmett, haciendo sonrojar a Edward y reír a los presentes.
—¡Haz silencio! —lo reprendió Rose.
—Perdón, Rosie. —El grandulón hizo un pechero y la rubia rodó los ojos. Estaba pensando en inscribir a su novio por la edad mental que parecía tener.
—Bella. —Ella sonrió ante aquél apodo que le había puesto uno de los niños que Edward cuidaba—. Gracias por ser mi apoyo. No te imaginas lo feliz que soy teniéndote a mi lado. Por eso, delante de todos, quiero demostrarte lo mucho que te amo, porque sí, yo te amo demasiado como para dejarte ir y comprometerte delante de todos los que son, ahora, mis padres de familia. ¿Quieres ser mi novia? —Todos giraron a ver a Isabella que estaba llorando por tan hermosas palabras.
—Sí. —Asintió, sonriendo, con lágrimas rodando por sus mejillas.
Los presentes aplaudieron emocionados al ver al ojiverde bajar del podio y correr para ajustarla entre sus brazos y darle un necesitado beso.
—Gracias. Me haces el hombre más feliz del mundo. —Volvió a besarla.
La castaña sonrió, separándose un poco del cuerpo de su, ahora, novio. —Te amo. —Y Edward, de la emoción, volvió a juntar sus bocas.
