Bueno pues aquí les dejo un capítulo más por hoy. Espero sus comentarios para saber qué les parece :)
Capítulo IV - Sensaciones
Clarke buscó entre las cosas que tenía en el búnker para curar a Lexa. No había gran cosa para primeros auxilios pero no era la primera vez que tenía que hacer maravillas de la nada. Limpio la herida con cuidado, intentando ignorar la calidez de la piel que estaba tocando por primera vez.
Lexa no podía evitar que su cuerpo se estremeciera y la piel se le pusiera de gallina; no precisamente por dolor sino por otra sensación totalmente diferente. Hacía mucho tiempo que alguien tenía un contacto tan íntimo con ella. Sólo sus doncellas la tocaban mientras la atendían o trenzaban su cabello pero eso no era íntimo, sólo era su deber.
—Sí que te has hecho un buen corte —dijo Clarke rompiendo el silencio que reinaba el lugar—. ¿Ha sido el Carroñero?
—No, el corte fue en un entrenamiento hace unos días pero se ha vuelto a abrir mientras detenía al Carroñero.
La vida de Lexa jamás sería tranquila. Aunque no estuviera en guerra, entrenaba diario con sus guerreros. Debía estar en forma y preparada para cualquier momento en que alguien intentara desafiarla. La gente de los Árboles siempre tiraba a matar y sus entrenamientos no eran la diferencia. Tres días antes, mientras entrenaba con uno de sus guerreros, el muy osado había logrado propinarle un buen corte en la cadera. Como era de esperarse, esto hizo enojar a Lexa y lo derrotó fácilmente pero eso no borraba la herida que ahora tenía.
—Luce infectado —Clarke estaba observando detenidamente la herida para ver qué tan grave era—. No has dejado que Niko te revisara.
Más que una pregunta era una afirmación. Clarke conocía a la terca Comandante. Sabía que para Lexa, admitir que algo le dolía, era demostrar debilidad. Aun cuando se tratara de una herida profunda.
—Porque no es necesario —Clarke rodó los ojos mientras seguía limpiando la herida y Lexa dio un suspiro de resignación—. Tú y tu gente tienen la mala costumbre de quejarse por cualquier rasguño. He tenido heridas peores, esto es nada así que no me matará.
—Ya lo creo que la herida no te matara pero una buena infección sí que podría hacerlo —esta vez Clarke sonó ofendida e hizo un movimiento brusco sobre la herida de Lexa que la hizo encogerse de dolor—. Tú y tu gente tienen la mala costumbre de minimizar las cosas y creer que son invencibles.
Lexa se quedó callada. Esta discusión no llegaría a nada bueno si seguían por ese camino. Con un suspiro acomodó sus brazos bajo su cabeza para dejar que Clarke siguiera con su labor tranquila. La Comandante pensó que si se mantenía callada probablemente no molestaría a Clarke y ésta no intentaría volver a lastimarla. Si era honesta, la verdad es que la sensación que provocaban los dedos de Clarke en su piel era muy placentera. Es cierto que le estaba doliendo la curación, su piel estaba ardiendo, el dolor era agudo y ciertamente no lo diría en voz alta, pero sentía placer al saber quién era la dueña de esas manos.
—Oye... —dijo Lexa después de un rato. Clarke ya había terminado de curarla y ahora sólo estaba recostada esperando a que la rubia le indicara que podía cubrirse—. ¿Has estado aquí todo este tiempo tú sola? Es decir, lo que no entiendo es cómo has aguantado. La soledad no es fácil, a veces es necesario poder hablar con alguien.
—Ya tenía práctica —Lexa se incorporó un poco sobre los codos para verla, estaba confundida ante la respuesta de Clarke—. Antes de venir a la Tierra estuve encerrada en una celda en el Arca por varios meses.
—¿En una celda? —Lexa estaba aún más confundida que antes, estuvo a punto de girarse para ver a Clarke directamente pero una mirada penetrante la detuvo—. ¿Quieres decir que eras una prisionera?
—No te des vuelta a menos que quieras que la manta se quede pegada a tu piel —Clarke suspiró ante la mirada de la morena, Lexa no dejaría el tema fácilmente—. Yo y el resto de Los Cien lo éramos. Por eso nos enviaron a la Tierra como conejillos de india —restó importancia a sus palabras con un movimiento de hombros—. Según Jaha nuestros crímenes nos habían vuelto prescindibles para la sociedad.
Clarke le pasó un vaso con el mismo té de la misma hierva que uso con Jasper para evitar que se siga infectando la herida de la Comandante. Lo aceptó de mala gana y tras olfatearlo bebió un poco.
—Crímenes —repitió Lexa un tanto pensativa—. ¿Qué clase de crimen pudiste haber cometido y cómo es que una criminal se convirtió en la líder de su pueblo?
—Ya te lo había dicho, yo no pedí nada de esto. Simplemente se fueron dando las circunstancias, cuando menos me di cuenta la gente me seguía y esperaba que hiciera algo para mantenerlos a salvo.
—Yo ya te había dicho que eres natural, la gente te sigue porque está en tus venas, en tu ser… No es algo que puedas ignorar —Lexa estudió a la rubia frente a ella por un momento. Sabía que Clarke no quería contarle sobre su pasado pero quería conocerla un poco mejor—. No respondiste la primer pregunta. ¿Por qué crimen te acusaron?
—Por querer decir la verdad —los ojos de Lexa se abrieron como platos y la miró con confusión. Clarke dio un suspiro y prosiguió—. Mi padre era ingeniero en el Arca y descubrió que el sistema de oxigenación tenía una falla que era imposible de reparar. El Arca tenía fecha de caducidad y nosotros con ella. Mi padre tenía la idea de que todos los habitantes debían estar enterados pero el consejo no estaba de acuerdo. Temían por una anarquía y no estaban dispuestos a arriesgarse así que mi madre y el consejo ejecutaron a mi padre lanzándolo al vacío —la voz de Clarke se quebró un poco en este punto— ¿Sabes? Debe ser una muerte terrible, el ser humano no es capaz de sobrevivir sin oxigeno ni de resistir a la gravedad cero sin un traje de protección. Por supuesto a mi padre no le dieron este traje y cuando abrieron la compuerta lo vi salir disparado a la nada.
—Y a nosotros nos llamas extremistas y salvajes.
Clarke recordó la ley que regía el Arca. Definitivamente era muy dura. Cómo era posible que mataran a una persona por tener un segundo hijo o por tomar raciones extras de comida o robar medicamentos para su pequeño hijo enfermo. La vida en el Arca era cruel e injusta. La diferencia es que lo disfrazaban con supervivencia y democracia.
—Nunca dije que la ley del Arca fueran más nobles que la tuya pero definitivamente era menos sangrienta. Ustedes provocan el sufrimiento extremo antes de la ejecución.
—Te dije que nuestra forma de ser, por muy cruel que parezca, sólo es consecuencia de querer sobrevivir. Con tantos peligros ahí fuera y tantos enemigos no podíamos permitir que ningún miembro de la comunidad pensara que podía hacer lo que quisiera. Todos debíamos trabajar en perfecta sincronía y entendimiento —Lexa bostezó y se dio cuenta que los párpados le pesaban un poco—. ¿Qué me has dado?
—Nada, el té que te di sólo sirve como antibiótico —se acercó bastante a la cara de Lexa, digamos que a una distancia de beso—. Jamás te daría algo que te haga daño.
Clarke se levantó para tomar un poco de la carne y patatas que tenía. La morena seguía boca a bajo con la espalda descubierta para que la herida secara y no se le pegara la tela a la piel. Clarke le ofreció comida dándosela en la boca pero Lexa sólo se le quedó mirando como si la acción la ofendiera. La morena sabía que si se levantaba justo en ese momento, la rubia, que estaba agachada frente a ella, sería consiente de la desnudez de tu torso.
—Anda, no seas infantil y come. Seguro que te está muriendo de hambre y para tu desgracia ya obscureció así que ni sueñes que dejaré que regreses a tu campamento en este momento.
—Vale, pero puedo comer yo sola. No me trates como un animalejo herido al que acabas de rescatar —Clarke rodó los ojos por el orgullo tan grande de Lexa—. Sólo que… —se la pensó un par de veces pero ya no podía soportarlo más—. Tengo frío.
Clarke que estaba completamente vestida ni cuenta se dio del bajón de temperatura. Tocó la espalda de la morena y se dio cuenta que estaba helada pero no se sorprendió de que no se hubiera quejado antes de llegar a este punto. Buscó una gasa para cubrir la herida, si la frazada se pegaba en la piel abierta ambas sufrirían bastante al intentar despegarla. Cubrió la herida con mucho cuidado y ayudó a Lexa a colocarse la playera. Sí, efectivamente cuando la morena se incorporó pudo tener un atisbo del par de montes que adornaban su torso pero se concentró en actuar como médico. Simplemente estaba ayudando a una persona herida, no podía comportarse como una adolescente con las hormonas alocadas —pero tampoco podía evitar la resequedad en su boca—. Tras colocarle la playera el echó una manta sobre los hombros para que entrara en calor y prosiguió a hacer que Lexa comiera. Pasó un rato después de que ambas terminaron y permanecieron en silencio. Había muchas cosas que se querían decir pero ninguna sabía por donde empezar.
Lexa observó a Clarke, estudiando cada una de sus facciones como si quiera memorizar su cara para siempre. No sabía si era la mujer más hermosa de la Tierra pero para ella sí que lo era. La verdad es que se estaba muriendo por volver a sentir sus labios pero el cansancio la estaba venciendo. Se recostó en la cama donde había permanecido todo este tiempo y se dio cuenta que aún sentía mucho frío. Entre el frío y el cansancio se armó de valor para pedir algo que en sus cinco sentidos jamás hubiera hecho.
—Aún tengo frío —dijo con una voz tierna y casi infantil que Clarke no le conocía—. ¿Puedes acostarte conmigo y calentarme?
