Cambio de escena: _-_-_-_-_-_
Cambio de narrador: :::::::::::::::::
Flashback
Pensamiento: "..."
Sueño: [...]
Mi respiración era pesada, sentía como las finas gotas de sudor descendían de mis sienes, siguiendo el recorrido que mi mandíbula creaba hasta detenerse en mi mentón y poco a poco a medida que pasaban los segundos las gotas se acumulaban en la punta de este hasta que por la gravedad caían al suelo. Sentía como mi camisa, al igual que algunos mechones de mi pelo se pegaban a mi piel por aquella sutil capa de sudor que la recubría.
Un latente dolor en mi pómulo izquierdo, junto a uno de mis costados y mis puños los cuales por la fuerza ejercida al apretarlos mostraban unos nudillos blancos en los que seguramente al día siguiente tendría unos horribles cardenales, al igual que en los lugares antes nombrados.
Por suerte no sería el único con horribles moretones repartidos por el cuerpo, el mastodonte de metro ochenta y seis que estaba frente a mi era el que me había dado aquellos golpes que dolían como mil demonios, pero como he dicho antes, no iba a ser el único con marcas de guerra, puesto que en su mandíbula, estómago y en una de sus piernas se quedarían plasmados unos horribles tatuajes para nada agradables y tan dolorosos como los míos.
¿Cómo había llegado a esto? Fácil, con seis simples preguntas que responderé yo mismo lo podré explicar, creo...
«1. ¿Quién era la persona frente a mí?»
La persona con menor coeficiente intelectual que he conocido. Un neandertal que imponía sus reglas a base de puños. Una pantera que acaba con todas sus presas sin inmutarse (o eso dicen), el gran rey de Las Noches, alguien al que no le puedes pasar por encima ni en broma (eso es lo que él se cree) realmente tenía muchos apodos. Pero su nombre era solo uno... era Grimmjow Jaegerjaquez. La persona más idiota que he conocido en mi maldita vida.
«2. ¿Desde cuándo lo conocía para despreciarle tanto?»
Siendo sincero, desde hace quince minutos. Y ya puedo decir que le odio con toda mi maldita alma. Su personalidad es jodidamente asquerosa y odiosa, no le soporto.
«3. ¿Cómo habíamos llegado a esto?»
El muy imbécil nada más entrar ya venía gritando gilipolleces, amenazando y ordenando a todo el mundo. Simplemente pasé por su lado sin prestarle verdadera atención, me tomó del brazo, me amenazó como al resto y como me he impuesto ante él eso no le ha gustado. Así es como hemos llegado a los golpes.
«4. ¿Dónde había sucedido aquella pelea?»
En medio de la oficina, donde todos se encontraban mirándonos y apostando para ver quien perdía.
«5. ¿Cómo se había detenido la pelea?»
Gracias a la intervención de una chica de cabello verde aqua llamada Nelliel Tu Odelschwanck (la misma que había conocido casualmente aquella misma mañana) la cual había golpeado a Grimmjow con una fuerza sobretanural que hasta pensé que le clavaría la cara en el suelo (bien merecido que lo tendría).
«6. ¿Cuánto tiempo llevaba trabajando en Las Noches para meterme en semejante lío?»
Una semana... ¡una maldita semana! ¿A caso los problemas me seguían a todos lados?
¡No tengo un jodido descanso! Porque no, no solo no tenía a unos molestos, ruidosos y nuevos vecinos, sino que también debía adaptarme a mi nuevo trabajo, compañeros distintos y a un gilipollas sin cerebro para rematar... ¿¡en qué demonios estaba pensando para aceptar!?
Ni yo ahora lo sé, pero lo que sí sé, es que esta no ha sido mi mejor semana.
Miré a mi alrededor, a la que por tanto tiempo había sido mi habitación y así, un sentimiento de nostalgia y añoranza se instaló en mi cuerpo – ¿Siempre había sido tan pequeña? – susurré para mi mismo observando el poco inmobiliario que había en el lugar, creando así en mis labios una tenue y melancólica sonrisa.
– No, simplemente es que tú eres un gigantón – dijo y pegué un salto en mi lugar al momento de pegarme a la pared por el repentino susto que me había dado y por lo mismo, casi tirar las maletas y caerme al suelo.
– ¡Joder! ¿¡Qué en esta casa solo sabéis dar infartos?! – grité poniendo mi mano sobre el lugar donde estaba situado mi corazón, el cual galopaba a gran velocidad.
Karin se quedó mirándome durante unos largos instantes, a veces realmente esos ojos se imponían sobre mí de una manera increíble, escrutando con su mirada cualquier pequeño detalle, como si pudiesen leer a través de mi – ¿A caso eres idiota? – pero esa idea se marchó tan rápido como vino, puesto que casi siempre me trata de esta forma, y nada más escuchar aquella pregunta un tic se formó en una de mis cejas junto a una vena de mi frente, la cual si seguía hinchándose no me extrañaría que explotara.
– Oi... ten más respeto a tus mayores – ella se cruzó de brazos y simplemente arqueó una de sus cejas.
– Si te crees que eres mayor que yo por tener tres años más eres un idiota – dijo y sentí como si me atravesasen con una flecha – Pero tranquilo, si quieres que te trate como a un fósil lo haré – y ahí iba otra flecha directa a mi autoestima – Aunque mentalmente no superas a un niño de primaria.
– ¡Vale! ¡Ya lo capto, no volveré a decirte nada! – sentencié y ella soltó una pequeña carcajada haciendo que frunciera mi ceño por ello – ¿¡Y ahora te ríes de mí?!
– No, no es eso – su risa cesó y antes de que pudiese ver su expresión al decir aquello, desvió su mirada hacia la ventana – Es solo que voy a echar de menos estos momentos – susurró para sí misma y relajé mi expresión un tanto sorprendido, pero no por ello menos reconfortado. Me separé de la pared en la que había estado apoyado todo el rato y así, me acerqué a mi pequeña hermana para acariciarle la cabeza. Ante aquello ella se giró en mi dirección con los ojos levemente cristalizados, al verla simplemente sonreí y la atraje hacia mí para abrazarla.
– Shh, no hace falta llorar – le dije con aquella sonrisa todavía impuesta en mis labios y ella correspondió con fuerza a mi abrazo al mismo tiempo que ocultó su rostro en mi pecho, tal y como una niña pequeña haría.
– ¿Quién está llorando idiota? Es solo que me ha entrado algo en los ojos – apretó todavía más su agarre y yo simplemente la acogí en mis brazos a la par que le acariciaba la cabeza.
– Si – susurré quedamente y le di un tenue beso en la coronilla – Yo también echaré de menos estos momentos...
Mis palabras se quedaron en el aire, pero sabía que Karin las había recibido al notar un leve asentimiento de su parte.
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Después de aquel fraternal momento, ambos hermanos se separaron y dedicaron una sonrisa. La azabache quiso ayudar al de cabello naranja para bajas sus maletas, y este, aunque quería negarse, nada pudo hacer con la terca universitaria.
Cuando bajaron el padre de ambos volvió a intentar atacar al chico, pero este, sabiendo que haría algo así, lo esquivó y como usualmente hacía se burlaba del mayor. Yuzu en cambio consiguió poner orden entre los dos hombres y suspiró diciendo que eran unos infantiles. El mayor se levantó y comenzó a lamentarse por lo que sus hijos le decían. Después de un rato, los cuatro se miraron entre sí, y aunque intentaron mantenerse serios, les fue imposible conseguirlo, por lo que comenzaron a reír como si no hubiese un mañana.
– "Je... también echaré de menos esto..."– pensó con una apenada sonrisa que el azabache pudo notar.
Aun así, después de aquello, el joven tomó sus maletas con la ayuda de su padre. Al momento de salir, el chico abrió sus ojos sorprendido al ver quienes estaban allí.
– ¡Sorpresa! – gritaron todos mis amigos, los cuales sostenían una gran pancarta que ponía «¡Hasta pronto idiota!».
Una sonrisa apareció en el rostro del de cabello naranja, y pronto no pudo evitar caerse hacia atrás al momento de sentir como una persona tras otra se lanzaban sobre él para abrazarle y despedirse de él, algunos llorando, otros con una sonrisa, dándole la enhorabuena, pero ninguno de ellos le decía que no se arriesgara, puesto que sabían que eso era lo que el chico quería.
Se sentía bien el saber que todos le apoyaban con su decisión, cada uno de ellos a su manera, unos mejores que otros, pero todos con buenas intenciones. Eso le hacía excesivamente feliz, el saber que aun estando lejos todos le iban a echar de menos (aunque algunos de ellos lo disimulaban muy bien con sus burlas) el saber eso, realmente le hacía realmente feliz.
– "También... también voy a echar de menos esto..." – pensó el chico un poco entristeció, algo que, aunque no lo mostrase por fuera, era notable, al menos para su padre, quien negó con la cabeza por lo que vio en la mirada de su hijo. Quizás debía hablar una última vez con su hijo, al menos para que no decidiese cambiar de opinión, pues sabía que eso no le beneficiaría en lo más mínimo.
Después de aquella inesperada despedida, la familia Kurosaki se dirigió hacia la estación de trenes, donde el de cabellos naranjos se despediría y el lugar donde tomaría uno de los trenes con dirección a Tokio, un viaje solitario que realmente se le haría pesado ya que lo más seguro es que tardara más de cuatro horas en llegar a la gran ciudad.
Cuando llegaron, todos se detuvieron frente a los raíles del tren que llevaría al joven hacia su destino. El mismo, se giró para despedirse de sus familiares, obteniendo así un cálido abrazo de parte de sus dos hermanitas, haciendo que por ese acto, una gran sonrisa se implantara en el rostro del agente, quien correspondió a tan amoroso gesto sin dudarlo ni un solo instante.
No supieron cuanto tiempo estuvieron de aquella forma, aun así, ni todo el tiempo del mundo sería suficiente para ellos. Era cierto que él no se marchaba para siempre, pero el ver irse a una persona querida a un lugar en el que no la podrías ver todos los días y en el que no podrías pasar tiempo con ella, dolía...
La llamada del siguiente tren a Tokio los hizo separarse, solo tenía unos minutos más para poder despedirse.
Su padre se había puesto frente a él, su mirada y expresión era seria, había visto sus verdaderos sentimientos.
– Ichigo... – comenzó a decir, pero el menor le interrumpió.
– No viejo, no hables. Sé lo que vas a decir, pero antes, déjame hablar – su mirada antes endurecida, se ablandó, una tenue sonrisa se formó en su rostro y después de una corta pausa, habló – No he cambiado mi opinión en lo más minio, solo que al tomarla sé que debo desprenderme de cosas muy importantes para mí. Aunque deseo proteger con toda mi alma todo lo que me hace feliz, necesito encontrar lo que me haga sentir completo cueste lo que cueste. Así que, hasta que nos volvamos a ver, no creéis ningún desastre. ¿Sí? – pronto unos fuertes brazos le rodearon en un paternal abrazo y unos segundos después de aquella acción, el azabache se separó para tomar las mejillas de su hijo.
– Estoy muy orgulloso de haber visto crecer a unos hijos tan maravillosos como vosotros, y sé que vuestra madre lo está también – dijo con una gran sonrisa dirigida a sus tres hijos. Los cuales negaron con la cabeza y como el azabache había hecho, lo abrazaron con cariño y amor, demostrándole con aquel silencioso gesto cuanto le querían.
Una última llamada dirigida a los que deseaban dirigirse a Tokio fue efectuada. El chico aún no queriendo, tuvo que separarse de su familia y al momento de sonreírles tomó sus maletas y se giró en dirección al tren.
– ¡Ten cuidado Onii-chan! – le gritó la menor de los tres hermanos.
– No te metas en problemas Ichi-nii – dijo con una sonrisa la azabache.
– Y sobre todo, ¡vive! – gritó el mayor con una enorme sonrisa. El de cabello naranja no se giró en ningún momento. Simplemente entró en el vagón y en vez de girarse, alzó la mano a modo de despedida, pues sabía que si se giraba para mirarles, sus traicioneras lágrimas caerían.
– Os echaré de menos – susurró el cerrando sus ojos y suspirando, le quedaba un largo viaje por delante.
– Es... ¿en serio? – susurró el de cabellos naranjas sin creerse lo que estaba viendo. Sabía que el apartamento que había rentado la semana anterior por su precio quizás no estaría en las mejores condiciones, pero esto, ¡era pasarse demasiado! El edificio en sí ya tenía un aspecto desvencijado y arcaico de tres plantas, quizás sería uno de los más antiguos de la ciudad, pero claro, el que tuviese una apariencia que le decía que la estructura no soportaría muchos años más, no era lo que preocupaba al chico, puesto que aunque aquella calle se encontraba relativamente cerca de su trabajo estaba en una de las peores zonas que jamás hubiese podido ver, era ese el verdadero motivo de su preocupación. – "Realmente este no es un lugar para vivir con tranquilidad..." – pensó al mirar a su alrededor para después negar con la cabeza, no debía juzgar el lugar solamente por sus apariencias, quizás y era un lugar confortable en el que vivir.
Nada más entrar dentro del edificio se sorprendió bastante de ver en el buen estado que estaba el lugar, limpio, todo reformado y arreglado. Casi parecía un hotel de cinco estrellas, claro... eso solamente era la entrada, a medida que iba avanzando y subiendo las escaleras para llegar a la primera planta un tic apareció en una de sus cejas – "Bien, al parecer mi vecino es uno de los seres más asquerosos del lugar... ¿cómo coño se le ocurre dejar tantas bolsas de basura frente a su puerta?" – gruñó el chico tapándose la nariz ante el repugnante olor y pronto se paró frente a su puerta para abrirla con rapidez y así poder respirar con normalidad nada más cerrarla – Tsk, mi estancia aquí no va a ser tan tranquila como pensaba – gruñó exasperado el chico, quien no había tenido un buen viaje.
No solo había tenido que soportar los constantes ronquidos de la persona que se sentaba a su lado, si no también que esta comenzara a babear y poco a poco fuese acercándose a él, claro que no dudó en levantarse y ponerse en otro lado pero claro, había sido una peor decisión, a su lado se había sentado dos gigantes que parecían no haberse duchado en años y ahora se encontraba en un apartamento con un vecino que encima no tenía la más mínima intención de sacar la basura en vez de dejarla en su portal –"Está bien, está bien, no pasa nada. El viaje hasta aquí puede que no haya sido el mejor, pero debo pensar en positivo. Seguro que mis vecinos son unas buenas personas que no me van a molestar en lo más mínimo" – pensó con una leve sonrisa el agente. Quien no se hacía una idea de lo equivocado que podía estar.
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El primer día en aquel apartamento fue tranquilo, no solo porque al parecer porque no había ruido alguno, ni porque sabía que no estaban, si no porque no tendría que presentarme a cada uno de ellos. Por suerte aquel día no debía ir a trabajar, por lo que simplemente me dediqué a arreglar todo el piso para que pareciese lo más cómodo posible o al menos que no pareciese un puto estercolero.
El apartamento a como yo creía era bastante espacioso, al menos para una sola persona lo era. Miré a mi alrededor, un viejo sofá de dos plazas, una tele extrañamente de pantalla plana, aunque no excesivamente grande, pero lo suficiente para disfrutar de una buena imagen, una estantería de libros al lado de la ventana y varios inmuebles más que ya venían. Mi estómago rugió y con una sonrisa negué con la cabeza, a punto de gritar el nombre de Yuzu me callé, pues ninguno de ellos estaba aquí – Dios, debo acostumbrarme a hacerlo todo yo solo – dije rascándome la nuca y suspirando – Bueno, primero dormiré un rato y ya después me prepararé algo de comer.
Pronto me tumbé en el sofá, el cual me quedaba pequeño por mi altura, pues veía como mis pies se salían de este por la misma razón. Sin tomarle demasiada importancia, puse mi brazo tras mi cabeza y el otro sobre mi abdomen. Un leve suspiro escapó de mis labios y pronto mis párpados se cerraron sin yo poder evitarlo, el viaje había sido largo y agotador, por lo que no me venía mal dormir un rato.
Claro que ni cinco minutos me duró aquello, pues pronto escuché como una gutural y varonil voz comenzaba a decir sandeces a los cuatro vientos, ocasionando que mi ceño se frunciese por eso mismo. ¿¡Qué a caso no tenía respeto alguno o qué?!
De un salto me levanté del extrañamente cómodo lugar en el que me encontraba y fui corriendo en dirección a la puerta para que al momento de abrir la puerta, en frente cerrasen de un portazo y me dejasen con la palabra en la boca. Chasqueé mi lengua y por igual cerré con brusquedad. ¡Al final no iba a tener una estadía tan tranquila como yo lo esperaba!
El primer día no fue si no el comienzo de mi dolor de cabeza, lo primero, no solo tenía un vecino asqueroso y maleducado, sino que también en el piso de arriba vivía alguien excesivamente ruidoso, por no decir desconsiderado, pues no paraba de hacer ruido una y otra vez.
Al menos al día siguiente cuando tuve que ir a trabajar no tuve que encontrarme con ninguno y siendo sincero cuando llegué me sorprendí, puesto que esperaba otra cosa, todo el lugar estaba completamente repleto de blanco, incluso algunos trabajadores parecían llevar un uniforme con ese mismo y pulcro color. Todo ordenado, todo pareciendo perfecto, bueno, todo menos el comportamiento de los trabajadores, que, había que decirlos, el de algunos era muy peculiar.
No medié palabra con nadie, en cambio podía sentir todas y cada una de las miradas que estaban sobre mi ser. Parecía que fuese un intruso en aquel lugar y realmente, no me extrañaba. Pronto sentí una mano sobre mi hombro haciendo que diese un respingo en mi lugar y me giré en la dirección de quien me había puesto la mano encima.
– Encantado de conocerte Ichigo Kurosaki – dijo con una leve sonrisa que me produjo escalofríos aunque esa sonrisa junto a otros factores más era lo que me producía tales estremecimientos – Mi nombre es Sousuke Aizen, soy el jefe de esta oficina – dijo y al ver que sus trabajadores estaban vagueando con una sola de sus miradas pronto todos volvieron al trabajo, con una rapidez impresionante – Veo que al final aceptaste la oferta que te hice. Lo cierto es que no esperaba que aceptases, pero ya que lo hiciste espero que estés cómodo aquí en Las Noches – dijo y me extendió la mano, la cual sin dudar dos veces la tomé y pronto las estrechamos.
Parecía un hombre que sabía lo que hacía, pero esos ojos de color chocolate... no terminaban de mostrarme toda su forma de ser, o al menos, así me parecía a mí.
Después de aquella pequeña charla, él me mostró el lugar que de ahora en adelante iba a ser mi escritorio y sin más se marchó haciendo que le mirase de reojo y una sonrisa se formara en el rostro ajeno al ver mi acción. Volví mi vista a la mesa y un tenue sonrojo se formó en mis mejillas, eso había sido de alguna forma vergonzoso.
Después de aquello no sucedieron demasiadas cosas a lo largo de la semana, realmente hasta parecía ser un trabajo tranquilo, a excepción de cuando hacía patrulla por la ciudad claro. Había conocido a gran parte de los trabajadores de la oficina y para ser sincero, todos y cada uno de ellos se comportaban de una forma... realmente no tengo adjetivos que ponerle, ¡eran muy distintos los unos de los otros!
Por el contrario de mi vida en mi nuevo apartamento con mis nuevos vecinos, que si no hacían ruido cuando investigaba algunas cosas de los casos, no paraban de molestar con cualquier otra estupidez, las personas más irrespetuosas que nunca haya conocido.
Por suerte mi trabajo era el triple de tranquilo. Y eso realmente lo agradecía, en algún lugar debía tranquilizarme. Claro, eso fue lo que pensé hasta que me encontré con el gilipollas de Jaegerjaquez.
Y ahora aquí me encuentro, parado frente al imbécil que estaba siendo sostenido por Nnoitra y Ulquiorra, mientras que yo era detenido por Nelliel quien me decía una y otra vez que me relajase.
– ¡Vamos soltadme idiotas! ¡Dejadme que le parta la cara a ese idiota! – gruñó él intentando liberarse del agarre de los otros dos, mientras que yo fruncía todavía más mi ceño.
– ¡Quiero verte intentarlo! – dije intentando avanzar más pero la de pelo verde aqua me detenía en todo momento para que no hiciera ninguna estupidez. En cambio el frunció todavía más el ceño, al punto en que creí que en algún momento sus cejas se juntarían de la fuerza ejercida en estas. Lo notaba en su mirada azul, detestaba que me opusiera a él, en sus acciones podía verlo, deseaba romperme la cara de una forma que ningún tipo de cirugía podría arreglármela.
– ¿¡Ah?! ¡Ahora verás! – gritó librándose del agarre de sus compañeros para ir corriendo en mi dirección, yo por igual aparté a Nelliel de en frente de mi y ambos corrimos para volver a golpearnos hasta que antes de comenzar otra pelea, el jefe se puso en medio de ambos y ambos al detenernos tan abruptamente caímos al suelo frente a sus pies.
– Kurosaki, Jagerjaquez, a mi despacho, ahora – sentenció y todos en la sala una vez más con una de sus miradas volvieron al trabajo, dejándonos a la pantera y a mi tirados en el suelo. Él nos miró fijamente y sin decirnos nada se giró para dirigirse a su oficina.
Ambos nos levantamos con lentitud y nos miramos por unos instantes en los que la tensión entre nosotros aumentó como no tenéis idea, él después de un gruñido en mi dirección, metió sus manos en sus bolsillos y siguió al castaño. Yo arqueé una ceja y bufé exasperado. No solo no tenía unos vecinos molestos, uno de ellos poco higiénico y extremadamente maleducado (aunque no lo había visto en ningún momento desde que llegué) si no que ahora, solo una semana después de llegar a Las Noches ya me había metido en semejante lío por un subnormal arrogante.
– Está situación no puede empeorar en lo más mínimo – en aquel momento debería haber cerrado mi bocota, pues no sabía lo equivocado que podía estar.
ítulo: IV. ¿Compañero y vecino?
Sigo sintiendo que los finales son un poco precipitados, pero si no no adelantamos nada de la historia, igualmente, ya se han conocido, se han dado de hostias, se odian y no se soportan nada más conocerse. Ichigo ya tiene varios problemas en el lugar donde vive y claramente ahí no acaban. Igualmente, espero que hayáis disfrutado y que os haya gustado y nos vemos pronto.
¿Algún review bonito?
